Esto rebasa por mucho el odio al poderío mundial que domina a los desheredados y los explotados, los que cayeron en el lado equivocado del orden global. Ese maligno deseo habita en el corazón de los que disfrutan de sus beneficios. La alergia a cualquier orden definitivo, a cualquier poder definitivo es afortunadamente universal, y las dos torres del World Trade Center encarnaban, perfectas en su gemelidad, precisamente ese orden definitivo.
No se requiere una pulsión de muerte o de
destrucción, tampoco un efecto perverso. Resulta lógico
e inexorable que el engrandecimiento del poder exacerbe la voluntad
de destruirlo, también que sea cómplice de su propia
destrucción. Cuando las torres se desmoronaron, daba la
impresión de que respondían al suicidio de los aviones
suicidas, suicidándose. Se ha dicho: ¡Dios
mismo! No puede declararse la guerra. Pues sí, Occidente,
que ha tomado el lugar de Dios (de la divinidad todo poderosa
y de la legitimidad moral absoluta), se convierte en suicida,
y se declara la guerra a sí mismo. Las innumerables películas
de catástrofes revelan esa fantasía que conjuran
a través de la imagen, sumergiendo todo bajo los efectos
especiales. Pero la atracción universal que ejercen, al
igual que la pornografía, muestra que el paso al acto está
siempre cerca; es la veleidad de rechazar un sistema que, de tan
poderoso, se acerca a la perfección o a la omnipotencia.
De hecho, es probable que los terroristas (al igual
que los expertos) no hayan previsto el hundimiento de las Twin
Towers que cifró, más que el ataque al Pentágono,
el shock simbólico contundente. El desmoronamiento
simbólico del sistema fue el resultado de una complicidad
imprevisible; como si desmoronándose ellas mismas, suicidándose,
las torres hubieran entrado en el juego para rematar el acontecimiento.
En cierto sentido, es el sistema entero el que contribuye, por
su fragilidad interna, con el acto inicial.
Pero el sistema se concentra mundialmente, constituyendo
al límite una red que se vuelve vulnerable en un solo punto
(así, un hacker filipino logró, desde su
computadora portátil, lanzar el virus I love you,
que le dio la vuelta al mundo devastando redes enteras). Aquí son los dieciocho kamikazes quienes, gracias al arma absoluta
de la muerte multiplicada por la eficiencia tecnológica,
desencadenan un proceso catastrófico global.
Cuando el poder mundial monopoliza a tal grado la
situación, cuando enfrentamos esta concentración
desmedida de las funciones de la maquinaria tecnocrática
y del pensamiento único, ¿qué otra vía
existe sino la de una transferencia terrorista de la situación?
Es el sistema mismo el que ha creado las condiciones objetivas
para esa represalia brutal. Al guardarse todas las cartas en la
mano, obliga al Otro a cambiar las reglas del juego. Y las nuevas
reglas son despiadadas, porque la apuesta es despiadada. A un
sistema cuyo exceso de poder plantea un desafío irremediable,
los terroristas responden por medio de un acto definitorio, sin
posibilidad de intercambio alguno. El terrorismo es el acto que
restituye una singularidad irreductible en el seno de un sistema
de intercambio generalizado. Todas las singularidades (las especies,
los individuos, las culturas) que pagaron con su muerte la emergencia
de la circulación mundial la cual ya obedece a un
poder único, hoy se vengan a través de esa transferencia terrorista de la situación.
Terror contra terror no hay ninguna ideología
detrás. A partir de esto, nos hallamos más
allá de la ideología y de la política. Ninguna
ideología, ninguna causa, ni siquiera la islámica
puede reivindicar la energía que alimenta al terror. No
apunta ni siquiera a cambiar el mundo sino (como los herejes en
su tiempo) a radicalizarlo a través del sacrificio; el
mismo que el sistema pretende imponer por la fuerza.
Al igual que un virus, el terrorismo está
en todos lados. Hay un goteo permanente de terrorismo en el mundo:
es la sombra que proyecta todo sistema de dominación listo
a despertar en cualquier lugar como un agente doble. Ya no existe
una línea de demarcación que permita cercarlo. Se
halla en el corazón mismo de la cultura que lo combate.
Y la fractura visible (y el odio) que opone en el plano mundial
a los explotados y los subdesarrollados con Occidente se une secretamente
a la fractura interna del sistema dominante. Éste puede
hacer frente a cualquier antagonismo visible. Pero contra ese
otro antagonismo de estructura viral, contra esa forma de reversión
casi automática de su propio poder, el sistema es impotente
como si todo aparato de dominación secretara su dispositivo
de autodestrucción, su propio fermento de desaparición.
Y el terrorismo es la onda de choque de esa reversión silenciosa.
No se trata de un choque entre civilizaciones o
religiones, sino de otro que sobrepasa con creces al Islam y a
Estados Unidos, en los que pretendemos focalizar el conflicto
para hacernos la ilusión de que existe un enfrentamiento
visible y una solución por la fuerza. Se trata de un antagonismo
fundamental que señala, a través del espectro de
Norteamérica (que es quizás el epicentro de la globalización,
pero que de ninguna manera representa toda su encarnación)
y a través del espectro del Islam (que tampoco es la encarnación
del terrorismo), la globalización triunfante enfrentada
a sí misma. En este sentido, se puede hablar de una
guerra mundial; no la tercera sino la cuarta y única verdaderamente
mundial, pues lo que está en juego es la globalización
misma. Las dos primeras guerras mundiales respondían a
la imagen clásica de la guerra. La primera puso fin a la
supremacía de Europa y a la era colonial. La segunda puso
fin al nazismo. La tercera, que tuvo lugar bajo la forma de la
Guerra Fría y la disuasión, puso fin al comunismo.
De una a otra, nos hemos dirigido cada vez más hacia un
orden mundial único, que hoy ha llegado virtualmente a
su consumación. Un orden que se encuentra enfrentado a
las fuerzas antagónicas diseminadas en el corazón
mismo de lo mundial, en todas sus convulsiones actuales. Guerra
fractal de todas las células, de todas las singularidades
que se rebelan bajo la forma de anticuerpos. Enfrentamiento a
tal punto inasible que cada cierto tiempo es necesario salvaguardar
la idea de la guerra a través de puestas en escena espectaculares,
como las de la Guerra del Golfo o la de Afganistán. Pero
la Cuarta Guerra Mundial está en otra parte. Ella es la
que inquieta a todo el orden mundial, a toda dominación
hegemónica si el Islam dominara al mundo, el terrorismo
se levantaría en su contra. El mundo mismo se
resiste a la globalización.
El terrorismo es inmoral. El acontecimiento del
World Trade Center, ese reto simbólico, es inmoral,
y responde a una globalización que en sí misma es
inmoral. Pues bien, seamos inmorales. Y si queremos comprender
algo, miremos un poco mas allá del Bien y el Mal. Por primera
vez, nos hallamos frente a un acontecimiento que desafía
no sólo la moral sino toda forma de interpretación
Tratemos de hacernos de la inteligencia del Mal.
El punto crucial está justo ahí: el
contrasentido total de la filosofía occidental, la del
Siglo de las Luces en cuanto a la relación entre el Bien
y el Mal. Creemos ingenuamente que el progreso del Bien, su ascenso
al poder en todos los ámbitos (ciencia, tecnología,
democracia, derechos humanos), corresponde a una derrota del Mal.
Nadie parece haber comprendido que el Bien y el Mal ascienden
al poder al mismo tiempo, y siguen el mismo movimiento. El triunfo
del primero no conlleva la desaparición del otro, sino
al contrario. Al Mal lo consideramos, metafísicamente,
como un error accidental. Pero ese axioma, del que se desprenden
todas las formas maniqueas de la lucha entre el Bien y el Mal,
es ilusorio. El Bien no reduce al Mal, ni a la inversa: son irreductibles
el uno para (con) el otro, y su relación es inextricable.
En el fondo, el Bien no podría darle jaque al Mal más
que renunciando a ser el Bien, puesto que al adjudicarse el monopolio
mundial del poder lleva consigo un efecto de retour de flamme
de una violencia proporcional.
En el universo tradicional, existía un balance
entre el Bien y el Mal, una relación dialéctica
que aseguraba de algún modo la tensión y el equilibrio
moral del universo como en la Guerra Fría, donde
el enfrentamiento de las grandes dos potencias aseguraba el equilibrio
del terror, anulando la supremacía de una sobre la otra.
Este balance se quiebra a partir del momento en que se impone
una extrapolación total del Bien (hegemonía de lo
positivo sobre cualquier forma de negatividad, exclusión
de la muerte y de toda fuerza adversa latente, triunfo de los
valores del Bien en toda la extensión). A partir de ahí,
se rompe el equilibrio, como si el Mal retomara una autonomía
invisible, desarrollándose a partir de entonces en forma
exponencial.
Toda proporción guardada, hay una semejanza
con el orden político que se produjo a raíz de la
desaparición del comunismo y del triunfo mundial del liberalismo.
Ha surgido un enemigo fantástico, que se infiltra en el
planeta como un virus, surgiendo de todos los intersticios del
poder: el Islam. Pero el Islam no es sino el frente móvil,
la cristalización de ese antagonismo, que está en
todas partes y en cada uno de nosotros: terror contra terror pero
terror asimétrico. Esta asimetría desarma por completo
a la superpotencia mundial. Enfrentada a sí misma, no puede
sino hundirse en su propia lógica de la correlación
de fuerzas, sin capacidad alguna para jugar en el terreno del
desafío simbólico y de la muerte, a los que ignora,
pues los ha excluido de su propia cultura.
Hasta ahora, esta potencia integradora ha logrado
absorber y reabsorber todas las crisis, toda negatividad. Con
ello ha creado una situación profundamente desesperante
(no sólo para los condenados de la tierra, sino también
para el confort de los privilegiados). El acontecimiento fundamental
es que los terroristas dejaron de suicidarse en vano al poner
en juego, de manera ofensiva y eficaz, su propia muerte. Los guía
una intuición estratégica simple: la inmensa fragilidad
del adversario, la de un sistema que ha llegado casi a su perfección
y que, de pronto, se vuelve vulnerable al más mínimo
destello. Los terroristas lograron hacer de su propia muerte un
arma contundente en contra de un sistema que vive de excluir la
muerte, y cuyo ideal es: cero muertos. Todo sistema de cero muertos
es un sistema de suma cero. Y cualquier medio de disuasión
y destrucción resulta impotente contra un enemigo que ya
ha hecho de la muerte un arma contraofensiva. ¡Qué
importan los bombardeos norteamericanos! ¡Nuestros hombres
tienen tantas ganas de morir como los americanos de vivir!
De ahí la desigualdad de las cuatro mil muertes infligidas
de un solo golpe a un sistema de cero muertos.
Es así que se juega todo por la muerte. No
sólo por la irrupción violenta, en directo, en tiempo
real de la muerte, sino por la irrupción de una muerte
más que real: simbólica, la muerte por sacrificio
es decir, el acontecimiento absoluto y definitivo.
Tal es el espíritu del terrorismo.
Nunca atacar al sistema en términos de la
correlación de fuerzas. Ése es el imaginario (revolucionario)
que impone el sistema mismo, el cual sólo sobrevive obligando
a sus adversarios a pelear en el terreno de la realidad, que siempre
es su terreno. Y desplazar la lucha a la esfera de lo simbólico;
ahí donde la regla es el desafío, la reversión,
el frenesí. De tal manera que a la muerte no pueda respondérsele
sino con una muerte igual o superior. Desafiar el sistema
con un don al que no puede responder sino a través de su
propia muerte y su propio desmoronamiento.
La hipótesis terrorista es que el sistema
mismo se suicida como respuesta a los diversos desafíos
de la muerte y del suicidio, puesto que ni el sistema ni el poder
escapan a su condición simbólica y sobre esa
trampa descansa la posibilidad de su destrucción.
En ese ciclo vertiginoso del intercambio imposible de la muerte,
la del terrorista representa un punto infinitesimal. Y no obstante
provoca una aspiración, un vacío, una gigantesca
onda. Alrededor de ese ínfimo punto, todo el sistema, el
de lo real y el poder, se vuelve denso, se tetaniza, se repliega
sobre sí mismo y se hunde en su propia eficacia.
La táctica del modelo terrorista consiste
en provocar un exceso de realidad, y hacer que el sistema se desmorone
bajo ese exceso. La ridiculez de la situación, así
como la violencia que el poder moviliza, se tornan en su contra.
Los actos terroristas son una lente de aumento de su propia violencia
y, a la vez, un modelo de violencia simbólica que le está
vedada, la única que no puede ejercer: la de su propia
muerte. Por esto todo el poder visible es impotente frente a la
muerte ínfima, pero simbólica, de unos cuantos individuos.
Hay que admitir la evidencia de que ha nacido un
nuevo terrorismo, una nueva forma de actuar que juega el juego
y se apropia de las reglas para manipularlas.
Esta gente no sólo lucha con armas desiguales,
puesto que ponen en juego su propia muerte, la cual carece de
respuestas (son ruines), sino que han hecho suyas
las armas de la gran potencia. El dinero y la especulación
en la Bolsa, las tecnologías informáticas y aeronáuticas,
la dimensión espectacular y las redes mediáticas:
han asimilado la modernidad y la globalización sin cambiar
su rumbo, lo que implica destruirlas.
Para colmo de la malicia, utilizan incluso la banalidad
de la vida cotidiana norteamericana como máscara y como
doble juego: duermen en sus suburbios, leen y estudian en familia
antes de despertar de un día para otro como bombas de efecto
retardado. El conocimiento preciso, sin error, de esa clandestinidad
tiene un efecto casi tan terrorista como el espectacular evento
del 11 de septiembre. Arroja la sombra de la sospecha sobre cualquier
individuo: ¿o no acaso cualquier ser inofensivo puede ser
un terrorista en potencia? Si ellos lograron pasar desapercibidos,
cualquiera de nosotros representa un criminal desapercibido (cada
avión se convierte en sospechoso), y en el fondo es verdad.
Quizá corresponde a una forma inconsciente de criminalidad
potencial, disfrazada, y cuidadosamente reprimida, pero siempre
susceptible, si no de resurgir al menos de vibrar secretamente
frente al espectáculo del Mal. Así, el acontecimiento
se ramifica hasta el detalle propiciando un terrorismo mental
aún más sutil.
La gran diferencia es que los terroristas, al disponer
de las armas del sistema, disponen de otra arma letal: su propia
muerte. Si se conformaran con combatir el sistema mediante sus
propias armas serían eliminados de inmediato. Si opusieran
tan sólo su muerte, desaparecerían de la escena
tan rápido como en cualquier sacrificio inútil hasta
ahora eso es lo que el terrorismo ha hecho casi siempre (como
los atentados de los palestinos), y por lo que ha estado condenado
al fracaso.
Todo cambió a partir de esa unión
entre los medios modernos disponibles y el arma mas simbólica;
ésta multiplica infinitamente su potencial destructivo.
Esa multiplicación de los factores (que nos parecen irreconciliables)
es lo que les da semejante superioridad. Por el contrario, la
estrategia de cero muertos, la guerra limpia, tecnológica,
pasa precisamente del lado frente a esa transfiguración
del poder real a través del poder simbólico.
El éxito prodigioso de un atentado como el
del 11 de septiembre es un problema en sí. Y para comprender
algo hay que desprenderse de la visión occidental, y advertir
lo que sucede en la organización y la mente del terrorista.
Una eficacia de tal grado supondría en nosotros una capacidad
de cálculo, de racionalidad, que difícilmente podemos
imaginar en otros. Y en caso de contar con esa capacidad, como
cualquier organización racional o de servicios secretos,
habría fugas y errores.
El éxito está en otra parte. La diferencia
es que, en el caso del terrorismo, no se trata de un contrato
laboral, sino de un pacto y de la obligación impuesta por
el sacrificio. Una obligación como ésa se halla
protegida frente a toda deserción o corrupción.
El milagro reside en su capacidad para adaptarse a la red mundial,
al protocolo técnico, sin renunciar a la complicidad con
la vida y la muerte. De manera opuesta al contrato, el pacto no
une individuos ni siquiera su suicidio representa
un acto de heroísmo individual. Es un sacrificio
colectivo sellado por una exigencia ideal la conjugación
de dos dispositivos: una estructura operativa y un pacto simbólico,
lo que hace posible un acto de tal desmesura.
No tenemos idea de lo que significa el cálculo
simbólico, como en el póker o las máquinas
traga monedas: apuesta mínima, resultado máximo.
Es exactamente lo que lograron los terroristas con el atentado
en Manhattan, e ilustra bastante bien la teoría del caos:
un golpe inicial provoca consecuencias incalculables, mientras
que el despliegue gigantesco de los norteamericanos (Tormenta
del Desierto) no obtiene sino efectos insignificantes por
decirlo de alguna manera, el huracán termina en el aleteo
de una mariposa.
El suicida representaba un terrorismo de pobres;
el de ahora es un terrorismo de ricos. Eso es lo que nos causa
tanto miedo: que se hayan hecho ricos (poseen los medios para
ello) sin dejar de desear nuestra ruina. Según nuestro
sistema de valores, ellos hacen trampa: poner en juego la propia
muerte no es correcto. Pero a ellos no les importa, y las nuevas
reglas del juego ya no nos pertenecen.
Todo resulta útil para desacreditar sus actos.
Llamarlos suicidas y mártires.
Se agrega, de inmediato, que el martirio no prueba nada, que no
tiene nada que ver con la verdad, y que incluso (citando a Nietzsche)
es el principal enemigo de la verdad. Ciertamente, su muerte no
prueba nada. Pero no hay nada que probar en un sistema en el que
la verdad es inalcanzable o es que ¿somos nosotros
quiénes pretendemos ser los portadores de esa verdad?
Por otra parte, ese argumento notablemente moral se revierte.
Si el mártir voluntario, el kamikaze, no prueba
nada, entonces el mártir involuntario, la víctima
del atentado, tampoco prueba nada; y hay algo de inconveniente
y obsceno en hacer de ello un argumento moral (sin prejuzgar en
absoluto su sufrimiento y su muerte).
Otro argumento de mala fe: los terroristas cambian
su muerte por un lugar en el paraíso; su acto no es gratuito,
por lo tanto no es auténtico. Sería gratuito sólo
si ellos no creyeran en Dios, si la muerte no entrañara,
como lo hace para nosotros, una esperanza (los mártires
cristianos no esperaban otra cosa que esa sublime equivalencia).
No pelean con las mismas armas. Mientras que ellos tienen derecho
a la salvación, nosotros ni siquiera podemos albergar esa
esperanza. Mientras que sólo nos queda el duelo de nuestra
muerte, ellos pueden hacer con ella una apuesta ambiciosa.
En el fondo, todo esto la causa, la prueba,
la verdad, la recompensa, el fin y los medios representa
una forma de cálculo típicamente occidental. Incluso
a la muerte la evaluamos con tazas de interés, en términos
de calidad/precio. Cálculo económico de pobres,
y de quienes ni siquiera tienen el valor de ponerle un precio.
¿Qué puede pasar salvo la guerra,
que no es mas que una pantalla de protección convencional?
Se habla de terrorismo biológico, de guerra bacteriológica
o de terrorismo nuclear. Pero todo esto no pertenece al orden
del desafío simbólico, sino al del aniquilamiento
sin palabra, sin gloria, sin riesgo; al orden de la solución
final. Resulta un contrasentido ver en el acto terrorista una
lógica puramente destructiva. Me parece que sus actos,
en los que la muerte va implícita (lo que precisamente
la hace un acto simbólico), no buscan la eliminación
impersonal del otro. Todo permanece en el terreno del desafío
y el duelo, es decir, una relación dual, casi personal,
con la potencia adversa. Es ella quien los ha humillado, y ella
debe ser humillada y no simplemente exterminada. Es necesario
degradarla. Esto jamás se logra con la fuerza bruta o la
eliminación del otro. Debe apuntársele y herirla
en la adversidad. Aparte del pacto que une a los terroristas,
existe algo así como un pacto en el duelo con el adversario.
Es exactamente lo contrario de la cobardía de la que se
les acusa, y lo opuesto a lo que hicieron los norteamericanos
en la Guerra del Golfo (y que repiten actualmente en Afganistán):
objetivo invisible, liquidación operativa.
De estos sucesos quedan las imágenes por
encima de todo. Debemos preservarlas, así como la fascinación
que ejercen sobre nosotros, ya que ellas son, quiérase
o no, la escena primigenia. Al mismo tiempo que radicalizaron
la situación mundial, los acontecimientos de Nueva York
han habrán radicalizado la relación
entre la imagen y la realidad. Acostumbrados a ver una profusión
continua de imágenes banales y una oleada de acontecimientos
simulados, el acto terrorista de Nueva York resucita, a un mismo
tiempo, la imagen y el acontecimiento.
Entre las armas que los terroristas lograron volver
en contra del propio sistema, una de las que capitalizaron con
mayor provecho fue el tiempo real de las imágenes, su difusión
instantánea a nivel mundial; al igual que la especulación
en la Bolsa, la información electrónica y la circulación
aérea. El papel de la imagen es notablemente ambiguo. Al
mismo tiempo que exalta el acontecimiento lo toma como rehén.
Juega, de manera simultánea, a la multiplicación
infinita, la diversión y la neutralización (así
sucedió con los acontecimientos de 1968). La imagen consume
al acontecimiento, en el sentido de que lo absorbe y lo ofrece
al consumo.
En tanto acontecimiemto-imagen, le otorga un impacto
hasta ahora inédito.
¿Qué queda del acontecimiento real
si la imagen, la ficción, lo virtual se filtran por doquier
en la realidad? En este caso, creímos ver (quizá
con cierto alivio) un resurgimiento de lo real y de la violencia
de lo real en un universo supuestamente virtual. ¡Se
acabaron sus historias virtuales, esto es la realidad! Asimismo,
fuimos testigos de una resurrección de la historia más
allá del fin que le fue anunciado. Pero, ¿la realidad
rebasa la ficción? Si parece haberlo logrado, se debe a
que absorbió su energía, y ella misma se convirtió
en ficción. Casi podría decirse que la realidad
siente celos de la ficción, lo real está celoso
de la imagen
Se trata de una suerte de duelo entre ambos,
entre quién resultará más inconcebible.
El desmoronamiento de las torres del World Trade
Center es inimaginable, pero no es suficiente para hacer de
él un acontecimiento real. Un incremento de la violencia
no es suficiente para acceder a la realidad. La realidad es un
principio, y ése es el principio que se ha perdido.
Realidad y ficción son inextricables; lo fascinante del
atentado reside en la imagen (las consecuencias simultáneas
de jubilo y catástrofe son en sí mismas imaginarias).
Es un caso en el que lo real se suma a la imagen
como un excedente de terror, como algo más estremecedor.
No sólo es aterrador sino que además es real. En
lugar de que la violencia de lo real esté ahí y
se sume al estremecimiento de la imagen, la imagen se halla antes
que nada, y a ella se suma el estremecimiento de lo real. Algo
así como una ficción que rebasa la ficción.
Ballard (a partir de Borges) hablaba de reinventar lo real como
una ficción más temible y más sublime.
Esa violencia terrorista no representa un retour
de flamme de la realidad, no más que el de la historia.
Esa violencia terrorista no es real. En cierto sentido
es peor: es simbólica. La violencia en sí puede
ser perfectamente banal e inofensiva. Sólo la violencia
simbólica genera una singularidad. En ese acontecimiento,
en la catastrófica película de Manhattan se conjugan,
en su mayor expresión, los dos elementos que fascinan a
las masas del siglo xx: la magia blanca del cine y la magia negra
del terrorismo. La luz blanca de la imagen y la luz negra del
terrorismo.
Después del shock intentamos extraer
algún sentido, encontrar una interpretación; pero
carece de él, y ese radicalismo, esa brutalidad del espectáculo
es lo original y lo irreductible. El espectáculo del terrorismo
impone el terrorismo del espectáculo. Contra esa fascinación
inmoral (incluso si desencadena una reacción moral universal)
el orden político es impotente. Ése es nuestro teatro
de la crueldad, el único que nos queda extraordinario
por cierto, ya que alcanza el punto más álgido de
espectacularidad y desafío. Al mismo tiempo, es el
micromodelo fulgurante de un nudo de violencia real en una cámara
de máxima resonancia la forma más pura de
lo espectacular, y un modelo de sacrificio que opone al
orden histórico y político la forma simbólica
más pura del desafío.
Cualquier masacre les habría sido perdonada,
si hubiera tenido sentido, si pudiera interpretarse como una violencia
histórica ése es el axioma moral de la buena
violencia. Cualquier forma de violencia les habría
sido perdonada, si ésta no hubiera sido transmitida por
los medios (el terrorismo sin los medios no sería
nada). Pero es una ilusión. No existe el buen uso
de los medios, ellos forman parte del acontecimiento, forman parte
del terror y juegan en uno y otro bando.
El acto represivo sigue la misma espiral imprevisible
del acto terrorista. Nadie sabe dónde va a detenerse ni
los virajes que van a producirse. En el plano de las imágenes
y de la información, no es posible distinguir entre lo
espectacular y lo simbólico: imposible distinguir entre
el crimen y la represión. Ese desencadenamiento
incontrolable de la reversibilidad es la verdadera victoria del
terrorismo. Victoria visible en las ramificaciones y la infiltración
subterránea del acontecimiento no sólo en
la recesión económica directa, política,
bursátil y financiera del conjunto del sistema, y en la
recesión moral y psicológica que resulta de ella,
sino también en la del sistema de valores, de toda ideología
de la libertad, de la libre circulación, etc., que eran
parte del orgullo del mundo occidental, y del que se valía
para ejercer su influencia sobre los demás.
La idea de la libertad, idea nueva y reciente, está
en vías de extinguirse en las conciencias y en las costumbres.
La globalización liberal está a punto de consumarse
bajo la forma exactamente inversa: una mundialización policíaca,
el control total, el terror de la seguridad. La ausencia de reglas
desemboca en una escalada de obligaciones y restricciones equivalentes
a las de una sociedad fundamentalista.
Disminución de la producción, del
consumo, de la especulación, del crecimiento (¡pero
ciertamente no de la corrupción!): todo sucede como si
en el sistema mundial se operara un repliegue estratégico,
una revisión desgarradora de sus valores da la impresión
de una reacción defensiva ante el impacto del terrorismo,
pero en el fondo se trata de una respuesta a su disposiciones
secretas, regulación forzada como salida al desorden
absoluto que, de alguna manera, se impone sobre sí mismo
interiorizando su fracaso.
Otro aspecto de la victoria de los terroristas es
que las demás formas de violencia y desestabilización
juegan a favor suyo: terrorismo informático, biológico,
el ántrax y el rumor. Todos le han sido imputados a Bin
Laden, quien podría incluso reivindicar a su favor las
catástrofes naturales. Todas las formas de desorganización
y de circulación perversa le son útiles: hasta la
estructura misma del intercambio mundial generalizado a favor
de un intercambio imposible. Se trata de una suerte de escritura
automática del terrorismo, (re)alimentada por el terrorismo
involuntario de la información, con todas las consecuencias
de pánico que resultan de ella. Si en toda esa historia
del ántrax, la intoxicación ocurre por una cristalización
instantánea, por el simple contacto entre una solución
química y una molécula, ello significa que el sistema
alcanzó un peso crítico que lo hace vulnerable a
la más mínima agresión.
No existe una solución para una situación
límite. No es de ninguna manera la guerra, que ofrece una
situación conocida: la avalancha habitual de fuerzas militares,
información fantasma, bombardeos inútiles, falsos
y patéticos discursos, despliegue tecnológico e
intoxicación. Al igual que en la guerra del Golfo: un no-acontecimiento,
un acontecimiento que en realidad no tuvo lugar.
De hecho ahí está su razón
de ser: sustituir un acontecimiento real y extraordinario, único
e imprevisible, con un pseudo-acontecimiento repetitivo y ya conocido.
El atentado terrorista corresponde a una precesión del
acontecimiento en todos sus modelos de interpretación,
mientras que la guerra estúpidamente militar y tecnológica
corresponde, por el contrario, a una precesión del modelo
sobre el acontecimiento, y por lo tanto, a una apuesta ficticia
y a un no-lugar. La guerra como continuación de la ausencia
de política con otros medios.
©Jean Baudrillard, L esprit du terrorisme, Éditions Galilée, Paris,
2002.
Traducción del francés: María Virginia Jaua-Alemán.
Jean Baudrillard,
"El espíritu del terrorismo",
Fractal n° 24, enero-marzo, 2002, año 6, volumen
VII, pp. 53-70.