Carlos Chimal
Savoy
Esa mañana se presentó
en el hotel donde ella se había hospedado con una sonrisa en
la boca y una caja de dulces de leche en las manos. Ella no estaba,
y apenas iba a despuntar el alba. Regresó el resto de la semana,
cuatro madrugadas consecutivas, y cada vez le informaron que Aélita
acababa de salir. A la quinta mañana, cuando los oficinistas
bajaban a distraer el sueño, se tropezó con ella.
Fuera de su realidad, conformada por las suculentas que la rodeaban,
un siniestro terciopelo mostaza cubriendo las sillas y las cortinas,
más el sonido gutural y geométrico de sus vecinos del
norte, Aélita no se apartaba del ambiente natural en el que había
crecido, como acostumbran ciertos animales. Pero entonces vio venir
a Savoy encorvado como todos los de gran estatura, igual que su madre.
No pudo evitarlo. Él le propuso caminar por los jardines de María
Dyada, hacia donde se dirigía ya con paso resignado ante su inminente
fracaso.
Anduvieron juntos por los desnudos y fríos jardines. Savoy empezó
a creer que podía hablar con ella. Hacia la tarde estaba seguro
de que podía contárselo todo. Aélita guardaba silencio.
Él le dijo que tenía un empleo en la BMW,
empresa donde ganaba lo suficiente para negociar en siete idiomas y,
agregó, tenía ahorrado algún dinero, producto de
la especulación bursátil.
Savoy perdió el paso. La muchacha se movía en ángulo,
su andar era oblicuo y retardado, desenfadado y gracioso. Comprendía
el paso reposado del ave nocturna. No llevaba tarjetas de crédito
y su cabeza clara, de cabello corto, húmedo y brillante, le daba
el aspecto de esos querubines que asisten a las fiestas de los famosos.
Y se ríen con ellos. Las figuras de los teatros del Renacimiento
palidecerían bajo su perfil. Vistos así, los ojos de Aélita
parecían ligeramente abombados y las sienes, bajas y cuadradas.
Era graciosa y un poco descoordinada, como una vieja estatua en un jardín,
extraviada en el acontecer y en cuya piel las huellas de la intemperie
soportada eran obra del viento, de la lluvia y de las innumerables fracturas
de la piedra caliza que acompañaban el paso de las estaciones.
Savoy sentía su presencia con inquietud y, no obstante, creía
ser dichoso por primera vez. Cerró los ojos y entró en
una gota del tiempo que se convirtió rápidamente en una
burbuja de luz. La imagen de Aélita, deformada, se gestaba a
voluntad de su mente, como si ésta fuese independiente de él.
Cuando ella sonreía, la sonrisa estaba sólo en los labios
y era un poco amarga. Era el rostro de una incurable que aún
no padecía ninguna enfermedad.
Desde entonces pasaron muchas horas en los jardines. Savoy quería
recorrer también los museos y Aélita lo llevó a
todos los de la ciudad. Ahí descubrieron que, si bien ambos apreciaban
lo sublime y lo original, también elogiaban con emociones no
menos sentidas lo adulterado y lo vulgar. Cuando percibían el
olor del aceite donde se cocinaba un objeto inmaculado, sus manos parecían
hacer las veces de ojos. El tren de los museos es una dura carga. Savoy
le dijo entre una sala y otra:
Tienes el tacto de los ciegos. Hay quienes no pueden hacer nada
cuando de tentar se trata.Y entonces privilegian los dedos y se olvidan
de la mente. Pero tú...
Aélita cerró el paréntesis del recelo y le extendió
las manos. La gente pasaba mirando las obras maestras y mirándolos
a ellos, con suspicacia intelectual. Los dedos de Savoy avanzaron vacilantes,
esquivos porque habían encontrado una mala cara en la obscuridad.
Por fin se abrazaron. Por un momento parecía como si hubieran
tapado dos bocas llorosas. Las manos quedaron quietas y ella se volvió.
Su aroma y, de hecho, sus ropas eran de una época que Savoy no
pudo determinar. Llevaba aretes y collar de perlas. Su falda, moldeada
a la cadera, tenía una línea amplia. Era más larga
y con más vuelo que el corriente de las mujeres, y estaba cortada
en una seda cuyo peso le permitía compartir el sueño de
toda mujer frente al tiempo: despedía una renovada antigüedad
que los volvía locos.
El capítulo de los museos quedó atrás. Un domingo
azul Savoy descubrió sus intenciones. Al entrar en una tienda
de antigüedades del centro de la ciudad y mientras pedía
el precio de un pequeño tapiz, la vio reflejada en el espejo
de la puerta de la trastienda, vestida con un traje de brocado; el tiempo
traería el festejo para usarlo, pensó. Mientras tanto,
manchado y roto en algunos lugares, había más tiempo para
arreglarlo con holgura.
Savoy encontró que su amor por ella no era una genuina elección
duradera, lo cual pudo haberlo horrorizado los primeros instantes pero
luego entró en razón. Aélita misma se lo había
dicho, hormona mata neurona. Era como si el peso de toda
su vida se hubiera concentrado en un cono sideral. Él tenía
el propósito de hundir su bota en el fango de las celebridades
psíquicas de la nación con esfuerzo laborioso y tenaz.
Pero apareció Aélita y su destino se le reveló
espontáneamente. Cuando le pidió que se casara con él
lo hizo pensando en su propio bienestar; así le resultaría
más fácil aceptar una negativa. Pero cuando ella dijo
que sí, se sintió desnudo e indefenso ante la mujer y
su pasado. Aélita, por su parte, sacó la balanza de su
interior, puso en un plato los hechos y en el otro los sentimientos,
y esperó a ver hacia dónde se inclinaba el fiel.
Savoy era el único sobreviviente del primer grupo de bebés
engendrados por varones. Ocho de ellos murieron durante el periodo de
gestación, dos más sobrevivieron unas cuantas horas después
del parto y murieron por diversas complicaciones inmunológicas.
Uno más sobrevivió hasta el año, cuando se le encontró
bocabajo, inerte por un paro respiratorio repentino. Tres madres varoniles
murieron durante la cesárea y el resto reanudó su vida
normal después de varias semanas de convalecencia. Antes del
trágico desenlace, una madrugada de primavera el progenitora
de Savoy se fugó del centro hospitalario donde se encontraban
bajo observación y cuidados los doce elegidos, y sobrevivió
trabajando para un circo que andaba de gira por los alrededores de la
ciudad, ajeno al mundo de los medios.
Cansado del aserrín y el fandango, dos semanas más tarde
el progenitora de Savoy regresó al centro de la ciudad. Fue encontrado
sin sentido días después, en el interior del antiguo pasaje
Savoy, un sitio abandonado años atrás por la feria del
inmueble. Al mes parió a un niño robusto y llorón,
y murió a las pocas horas. El recién nacido fue adoptado
por una pareja de inmigrantes alemanes que lo criaron hasta su propia
muerte en un accidente aéreo, poco después de haber cumplido
Savoy los catorce años de edad. Ahí entro yo,
pensó Aélita.
El muchacho fue preparado para saber la verdad. Además, el experimento
se había repetido quince años después, a pesar
de las protestas de muchos que aún recordaban la experiencia
desastrosa de los primeros doce. Los seis nuevos voluntarios eran ahora
felices madres de cuatro niñas y dos varones aptos para engendrar.
Aélita fue la doctora encargada de cuidar que Savoy no se fracturara
emocionalmente hasta que, un año más tarde, rumbo a los
dieciséis de sedad, un día de verano consiguió
meterse en la cama de Aélita. Por la mañana ella lo abandonó.
Los siguientes cinco años Savoy los pasaría estudiando
por cuenta del programa de recuperación de genes primarios y
durante sus ratos libres fisgaría en las casas de antigüedades
del centro de la ciudad.
Ahora él le hablaba en alemán mientras ella comía
schnitzel y pasteles de carne, oprimiendo su mano blanca sobre el asa
de la jarra de cerveza.
Das Leben ist ewig, darin liegt seine Schönheit decía,
convencido de que ella se habría de casar con él por el
síndrome de Hawking. Todas las enfermeras terminan casándose
con sus pacientes.
Paseaban por delante del Palacio de los Permisionarios, bajo un sol
cálido y radiante que bañaba las estatuas y los setos
recortados con figuras animalescas. Fue con ella al Kammergarten
de las Calandrias y allí le habló de sus nuevos planes,
y luego se dejaron caer en la Plaza de Volador. Se sentaron en un banco
y luego en otro menos mojado. Apareció un vendedor de camotes
y plátanos asados, quien aprovechó para aligerar la presión
de su caldera e invitarlos a comprar. El sonido agudo recorrió
el jardín como si se tratara de un representante divino, aficionado
a no perderse nada.
Nunca dejé de quererte repitió él.
¿Por qué yo? dijo ella.
Aélita se levantó y lo llevó al Hotel Ambos Mundos,
donde alquilaron una habitación para defenderse del viento. La
inspección ocular era el instrumento favorito de ella, así
que se acercó a la ventana y corrió las cortinas de poliéster.
Retiró también el burlete que esta, como otras ciudades,
inserta en las juntas para evadir la noche fría. Él se
puso a hablar de sus parientes: una abuela lesbiana que había
optado por la fertilización artificial, feliz e indolora; sus
dos hermanos abogados, quienes habían ayudado a legislar para
contener la furia de los desgraciados; y un joven tránsfuga que
había intentado evadir su destino, el único en salvar
el producto de los doce primeros infortunados hombres madre. La memoria
era corta, pues estaban en el último año del estero.
Savoy hablaba animado por su afán irrefrenable de recrear a los
grandes boxeadores y taxistas de estas tierras. Sentía en el
pecho un enorme peso, como si estuviera destinado a soportar la carga
uniforme de sus atavíos y su destino biológico. Tras volverse
a mirar a Aélita luego de una cascada de datos y especulaciones,
la vio sentarse y quedar ahí, con las piernas extendidas, la
cabeza apoyada en el respaldo adamascado del sillón, con un brazo
colgando y una mano que, por azares del destino y la densidad de la
luz en ese instante, parecía más vieja y más sabía
que el resto del cuerpo. Al mirarla, él comprendió que
no era lo fuerte y tenaz para hacer de ella lo que se esperaba. Se requería
de algo más que elocuencia. Se necesitaba el contacto con personas
exoneradas de su condición terrenal por un acusado sesgo protogenético,
una especie de espíritu ancestral, alguien de aquel antiguo régimen
de bacterias, virus y moléculas prístinas, nanomáquinas
dispuestas a hacer cada vez algo novedoso, por ejemplo, viejas damas
de los tribunales herméticos que sólo recordaran en público
a otros jueces, cuando en realidad lo que lograban era citarse a sí
mismas. O hacer animales de antimundos y plantas anaeróbicas.
O hacer muchos de nosotros mismos.
Intentaron viajar por las ciudades cercanas pero al duodécimo
día desistieron y regresaron a casa. Durante los meses siguientes,
Savoy esperó a que Aélita mostrara inclinaciones religiosas,
reconociendo tácitamente que ambos eran un enigma. Mientras se
servían del sushi de cangrejo y merluza que se hallaba colocado
al centro de una mesa, él se trataba de convencer a sí
mismo. Tal vez detrás de aquella aparente indiferencia se ocultaba
la grandeza. Savoy intuía que, a su pesar, la atención
de Aélita ya estaba prendida en algo que todavía no había
pasado a la historia. Ella siempre parecía estar escuchando el
eco de una escaramuza en lo más recóndito de la vida celular
de Savoy. Creía saber nadar dentro de su vasto mundo microscópico
y, no obstante, carecía de una localización precisa. Incluso
cuando llegó a conocerlo mejor fue incapaz de fundar su intimidad.
El espectáculo tenía algo de griego. Savoy revivía
la tragedia de su padre. Ataviado como un capricho de sastre, intentando
en vano acomodar el paso al de su probable mujer, Savoy avanzaba entre
la multitud, con el monóculo bien atenazado, tratando de llevar
a Aélita del brazo, hablándole, llamando su atención
sobre esa marquetería y hacia aquella otra vitrina de afanes
y reverencias. No le importaba destrozar su espíritu pacificador
por hacerla partícipe del destino para el que la había
elegido: darle hijos que reconocieran y honraran el pasado turbulento
de los dos, una real dinastía de locos, considerando quiénes
serían sus padres y sus abuelos. Sin esta deferencia, todo lo
que habían sido desde que fueron preconcebidos se diluiría
en el tiempo vacío. Pero ella no escuchaba y él, irritado
y simulando un tono ecuánime, dijo:
!Voy a convertirte en la reina de Marte!
Enseguida se preguntó qué había querido decir en
realidad; ella siguió evadiéndolo. Un hijo, eso
es, ¡un hijo!, pensó él. Esta idea lo acometió
de manera intempestiva, mientras hacía números para el
nuevo día.
Muy temprano corrió a su casa invadido de un frenesí impaciente,
como el niño que oye desfilar al equipo campeón y no tiene
a quién pedirle permiso para sentarse en sus hombros y ver todo
el espectáculo a placer, mediante impulsos desiguales pero verlo
todo en los hombros de un gigante. Cuando la tuvo delante otra vez esa
tarde, lo único que pudo articular fue:
¿Y nuestro hijo? Wo ist das Kind? Warum?
Warum nicht? respondió ella.
Aélita se trataba de convencer de que concebir era la mejor manera,
tal vez la única de explorar la tierra incógnita de su
interior. Comenzó a sumirse en una calma cataléptica y
tensa, creyéndose encinta antes de estarlo. Paseaba por el campo,
subía a los tranvías, seguía la línea de
los ápsides mientras apuntaba los nombres de su próximo
vástago: Feliciano, Solventino, Arate. Arate cavate. Eso es lo
que necesitaba Aélita, una tarea rutinaria y humilde.
Abrazó la religión católica. Una mañana
de agosto entró en una iglesia discretamente. Ahí el sacerdote
le habló del alto vuelo de la grulla y de su increíble
resistencia para mantenerse en una pata. Las oraciones de los feligreses
siguieron opacando el rumor de los que meditaban. Miró hacia
la bóveda de la nave y sufrió un ligero mareo. Algunas
mujeres que hasta ahora la habían ignorado, voltearon a verla.
Su insospechado deseo de redención proyectó una sombra
sobre las imágenes de los santos, mientras cruzaba el templo
en busca de la salida.
Visitó muchas iglesias: San Francisco, San Agustín, la
Virgen del Perpetuo Socorro. La guiaban un embarazo invisible y la ligereza
de la que ha terminado de despertar. Otra ocasión se arrodilló
en las frías baldosas de una iglesia rusa localizada en los límites
del centro de la ciudad. No había bancos y llamaba la atención
la figura solitaria y absorta del fraile, un hombre de espaldas anchas
y pies grandes sobre unos huaraches diseñados para atletas de
alto rendimiento. Un día fue a la calle de Poussin, donde aún
se levantaba el convento de las Perpetuas Adoradoras y pidió
hablar con Sor Ramona, su tía abuela, una vieja monja que administraba
el retiro con un profundo humor subterráneo. Habló con
ella.
Sor Ramona, sintiendo que su sobrina estaba tan lejos de pedir y recibir
conmiseración, la bendijo desde el lado más brillante
de su alma y le ofreció un té de gengibre con limón
seltzer. Cualesquiera otras yerbas y estimulantes eran considerados
meros placebos en ese lugar. Acompañadas de varias hermanas,
Aélita fue a ver la tumba del Niño ciego milagroso que
había muerto de un desvanecimiento a los cuatro años de
edad. Aélita quiso rezar pero su plegaria fue horrible y prefirió
callarse. De hinojos, no podía dejar de pensar si su vientre
estaría creciendo, como la yerba alrededor de la tumba santa.
Trataba de imaginar el mundo al que pertenecería su hijo.
Por la noche, cuando Savoy volvió a casa, la encontró
recostada en un sofá mirando la lucha libre por televisión.
Se preguntó entonces: ¿Qué es lo que anda
mal en este mundo?
En la madrugada ella se despertó pero no se movió. Él
se acercó, la tomó del brazo y la levantó. Ella
apoyó sus manos en el pecho de Savoy y empujó con todas
sus fuerzas. Parecía asustada. Abrió la boca, de donde
no salió palabra alguna. Él recuperó el equilibrio
y dio un paso al frente; también trató de hablar pero
no pudo decir nada. Él se fue a acostar al sofá y ella
se tiró rabiosamente en la cama.
Una hora más tarde le empezaron los dolores. Aélita maldecía
a gritos, algo que tomó totalmente desprevenido a Savoy. No sabía
si atenderla o mandarla al infierno.
¡Maldito macho con vientre de hembra! le gritó
ella. Se movía despacio, alejándose de él pegada
a las paredes. Parecía haber bebido, con el cabello bailándole
delante de los ojos grises.
La incredulidad de Savoy no fue suficiente. Aélita dio a luz
entre gemidos de autocompasión y gritos histéricos de
confianza en sí misma. Temblaba de éxtasis y de dolor.
Hablaba como hija de papi, seis leperadas cada cinco palabras. Luego
se incorporó apoyando los codos en la plancha, con la bata manchada
de líquidos sanguinolentos, mirando hacia todos lados, como si
hubiera extraviado su bolso o su mascota. Pasó por su cabeza
la tumba hueca del Niño ciego milagroso y empezó a sollozar,
era una niña que acaba de descubrir el horror del vacío.
Al cabo de una semana de convalecencia Aélita se sentía
perdida. Creía firmemente haber hecho algo irreparable y, al
mismo tiempo, algo que nadie había experimentado antes, lo cual
atraía poderosamente su atención. Una mañana brumosa
Savoy entró a la habitación de la criatura sin hacer ruido
y encontró a Aélita sosteniendo el pequeño cuerpo
en alto, como si se dispusiera a estrellarlo contra el suelo, aunque
un instante después lo bajó con suavidad.
La criatura, un niño de piel morena, era más bien pequeño
y callado. Dormía mucho más que el resto de los de su
edad, envuelto en una parálisis crepuscular. Enseñaba
escasos movimientos voluntarios y lloriqueaba a la más mínima
provocación.
Aélita volvió a salir y vagó por las plazas sin
rumbo. Hacía viajes intermitentes al mercado, de donde volvía
horas más tarde, indiferente al aroma de las violetas que había
decidido comprar y cultivar desde el nacimiento de su hijo. La gente
se sentía agredida cuando ella volteaba a decirles algo, siempre
en defensa de su vástago. Incluso en la guardería donde
lo dejaba cuando no podía más y sentía que iba
a enloquecer, pensaban que ella era una de esas señoras que vivían
enfrentadas a una catástrofe que aún no ha sucedido.
Savoy, por su parte, comenzó a padecer las primeras horas de
la fama. Sus compañeros en la oficina lo admiraban y se burlaban
de él. ¡Eres madrísimo!, le decían.
A veces, al querer entrar en una tienda, daba marcha atrás, sacaba
su videófono portátil y pedía a su abogado que
negociara con los dueños de ese almacén las regalías
que habrían de pagarle por pasearse en los pasillos, atrayendo
las miradas inquisitivas y los comentarios mórbidos de los demás.
Pronto, la tienda estaría llena de curiosos compradores.
Una noche, al volver a casa a eso de las dos, encontró a Aélita
a obscuras, entre los pliegues de una cortina. Aélita había
adelantado el mentón, de manera que parecía haber perdido
los músculos del cuello. Él se acercó y ella le
dijo furiosa: ¡Yo no lo quería! Savoy levantó
una mano y le dio una bofetada. Ella dio un paso atrás; se le
cayó el control de la televisión que guardaba en una mano
y lo recuperó al vuelo. Respiró profundamente. Contó
hasta diez, tratando de adquirir naturalidad.
Tú tampoco lo querías dijo, mientras encendía
el gran televisor, al parecer en eso también fracasé.
Savoy giró el cuerpo sin mover los pies y le sonrió a
la pared. ¿Qué le vamos a hacer?, se dijo.
Ella lo alcanzó y lo obligó a mirarla de frente. Aélita
le enseñó los dientes en una mueca que no era una sonrisa.
Comparó su popularidad con la del hombre elefante.
Disfruta de tu soledad, me voy ahora mismo terminó
diciendo ella.
Cogió la capa que Savoy le había comprado en el momento
más cursi y vulgar de su relación. La llevaba arrastrando
cuando barrió con mirada asesina la habitación. Savoy
entendió que los ojos de Aélita veían aquel espacio
inhabitado, como si lo hicieran por primera vez. Los siguientes días
algunos vecinos preguntaron por su mujer y él les respondió
que había desaparecido con su hijo, el cual no pensaba reclamar.
La gente dejó de dirigirle la palabra al mal padre. Por primera
vez sintió nostalgia de su instinto maternal.
Varios meses más tarde volvió a verla. Iba acompañada
de Susi Cuatro, una conocida doctora de almas aturdidas por los rayos
de una tormenta llamada felicidad, y con quien parecía haber
establecido una apacible relación de pareja. Sus altos ingresos
permitían que ambas estuviesen en la lista de próximos
embarazos artificiales, con la esperanza de que el raquítico
niño que estaba criando se animara al verse acompañado
de dos niñas, cuyos genes eran de lo mejor que podía encontrarse
en el mercado. Vio a las mujeres y al niño ingresar a un club
privado.
Fue esa mañana de abril cuando Savoy entendió lo que le
habían dicho alguna vez sus padres adoptivos, quienes le relataron
una romántica genealogía de savoyes hasta llegar a él,
Savoy el Magnánimo. El último músculo de
la aristocracia a la que tú perteneces es la locura, recuérdalo.
El último hijo que nace de un linaje como el que iniciaron tus
abuelos a veces resulta idiota. Tú estás, por fortuna,
muy lejos de ser imbécil. Gente como nosotros, por deferencia
a la naturaleza, queremos subir pero bajamos. En cambio tú, aunque
quieras bajar siempre tendrás que subir. Ese es tu destino.
Carlos Chimal, "Savoy", Fractal
23, octubre-diciembre, 2001, Año VI, Volumen VI, pp. 89-102.