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Las reacciones en México ante el 11 de septiembre varían,
transcurrido el primer impulso de horror. Al verse globalizada sin
remedio (y sin protestas) por los acontecimientos de ese día
y los siguientes, la sociedad mexicana se encontró, como
casi todas las sociedades del mundo, sin unas definiciones claras
de la globalización. Estamos globalizados sin duda, ¿pero
eso qué significa? ¿Es simplemente recibir al mismo
tiempo en todos los países las modas y los acontecimientos?
En México, la radio y la televisión cubren cerca de
95 por ciento del territorio, y tras el atentado terrorista, todos
los canales y todas las estaciones de radio se dedicaron a lo largo
de semanas a cubrir los acontecimientos, a interesarse en la identidad
de las víctimas, el heroísmo de policías y
bomberos, en los actos de protesta y remembranza, en el duelo en
Norteamérica y en el planeta. No se dispuso de otro tema
en las conversaciones y, por ejemplo, se censuró muy vigorosamente
al músico Karl Heinz Stockhausen y al ensayista Jean Baudrillard
que comentaron frívolamente el "portentoso acto estético"
del derrumbe de las torres.
Entre tanto desconcierto y confusión, una idea (un hecho)
no se discutió, el cambio radical de la historia de todos;
un día en la vida de Nueva York fue literalmente un salto
internacional al revelar la intercesión de la violencia en
las jerarquías estrictas de la globalización, y al
exhibirse lo intolerable de los argumentos de la intolerancia, los
del terrorismo de Estado entre ellos.
Se desató un torbellino de hipótesis e interpretaciones,
y como en todas partes, en México circuló por un tiempo
la versión revanchista: Estados Unidos "se la buscó
y el que siembra vientos, recoge tempestades". Tal afirmación,
moral y políticamente inaceptable, arraiga en la idea perversa
que guía a la visión derechista de las matanzas y
los genocidas: los países, las comunidades, los credos "se
la buscan", las víctimas son invariablemente los culpables.
A estos convencidos de la Lotería del Juicio Final, en nada
les sirve que se localice a los responsables del terrorismo, las
castas criminales, las perversiones financieras, y el temblor psicopatológico
de los fanáticos, que se erigen en jueces, dictan sentencia
y pretenden castigar a los símbolos al margen de quienes
los representen. Pero la derecha y la izquierda sectarias coinciden
en negarse al esfuerzo interpretativo, y por eso no comprendieron
que no hay víctimas culpables, y que tales generalizaciones
a propósito del terrorismo desatienden lo muy probado: en
primera instancia, las tempestades siempre las cosechan los ajenos
a ellas pero cercanos a su embate.
En América Latina la demostración más abyecta
de terrorismo a nombre de la justicia social ha sido el grupo terrorista
peruano Sendero Luminoso. El Presidente Gonzalo o Abimael Guzmán,
el criminal que se presentó como "la cuarta espada del
marxismo", ordenó como reivindicaciones demenciales,
el asesinato de campesinos, de líderes sociales, de médicos,
de policías, de soldados, de todo el que se interpusiera
en su ruta de "pureza revolucionaria". (Fue tal su desintegración
moral y mental que no resulta extraño el apoyo que ha recibido
de un grupito de fanáticos en México.) Al justificarlo,
se habló de la crueldad y el racismo de los terratenientes
peruanos y del ejército. Esto, innegable, no justifica en
lo mínimo uno solo de los crímenes de Sendero Luminoso,
porque nada desintegra tanto como las competencias de salvajismo.
Y en el País Vasco, ETA es otro ejemplo demoledor. Ya se
sabe: la irracionalidad monstruosa que dice actuar a nombre de la
racionalidad de la protesta, es uno de los grandes obstáculos
de la disidencia democrática.
El imperio y sus alrededores
En octubre de 2001, un axioma se difunde casi sin necesidad de
palabras: el centro de poder planetario es, como siempre y mucho
más que siempre, Norteamérica. No admiten dudas las
noticias de los preparativos de la venganza, las detenciones masivas
de árabes y palestinos en Estados Unidos, el resurgimiento
del macarthismo y el incremento de la dureza policíaca en
la Frontera Norte. El 11 de septiembre exhibe y aumenta en el plano
internacional la debilidad de casi todos los países, entre
ellos México, que se encuentra vinculado orgánicamente
con Estados Unidos por la industria, el comercio, las industrias
culturales y, muy principalmente, las migraciones. En unos días,
la convierte en una demostración de la eternidad burocrática,
se acrecientan las dificultades para obtener visas y la suerte de
los migrantes queda entre paréntesis en lo que al diálogo
de los gobiernos se refiere.
Antes había sucedido algo muy importante: en atención
a la estrategia del canciller Jorge Castañeda y del presidente
Vicente Fox, el presidente Bush -así lo declara reiteradamente-
considera a México "un gran amigo, uno de los mejores
que tenemos". Esto le permite a Fox viajar con frecuencia a
Nueva York y Washington, hablar dos veces en el Congreso norteamericano,
ser objeto de recepciones fastuosas y, algo nunca antes visto, ir
al Congreso a darle plazos para el arreglo legal de la situación
de los trabajadores indocumentados. "Tienen de aquí
a diciembre", le señala imperioso Fox a los legisladores
norteamericanos el 8 de septiembre de 2001.
Luego del 11 de septiembre, ya se ha analizado en abundancia, los
políticos norteamericanos le reprochan a Fox que no acuda
directamente a Washington a dar el pésame. A la distancia,
esto se parece en exceso a la demanda de un acto de cortesanía,
porque si algo no escasea desde México luego de la tragedia
son los pésames, pero al parecer nunca son suficientes. Fox
se queda en la residencia presidencial, no pide un minuto de silencio
el 15 de septiembre en el Zócalo por las víctimas
de cuatro días antes, y aunque ofrece su "apoyo incondicional"
al gobierno norteamericano, más bien se repliega, aturdido
por las sombras del nacionalismo o, tal vez, por las versiones rudimentarias
del nacionalismo manejadas por algunos de sus consejeros. El diagnóstico
de Fox es, según creo, erróneo. Nadie habría
protestado por la visita de urgencia a Bush, ni porque se guardase
un minuto de silencio por la víctimas. Pero el gobierno no
estaba al tanto de las mutaciones del nacionalismo.
Los mitos y las leyendas sobre el nacionalismo mexicano corresponden
en su mayoría a un pasado que se canceló en lo básico.
En los años recientes, este nacionalismo ha perdido su antiguo
filo militante, confinándose en los comportamientos rituales,
en los entusiasmos deportivos y gastronómicos, en las tradiciones
que se salvan del naufragio impuesto por la modernización
salvaje... y en los núcleos permanentes del rencor contra
el imperio. Es obvio que ya no existe el nacionalismo indignado
ante la pérdida de los territorios en 1847, ni el organizado
en torno al antiyanquismo. Ahora, el gringo ha dejado de
ser estrictamente el otro; es, sí, el otro y es el
vecino del otro, que resulta ser el primo, la hermana, o el tío
del sedentario o de la sedentaria que no cruzaron la frontera. El
peso de las migraciones sucesivas modifica de modo extraordinario
la cultura y la economía de México (con una fuerte
presencia en la política), y la noción de Estados
Unidos se va transformando, sin que se desvanezcan en lo mínimo
las caracterizaciones de racismo y abuso laboral.
El nacionalismo no escapa a este influjo, y de hecho se transforma
por un lado en rituales de autocompasión, y por otro en una
afligida y divertida conciencia nacional que oscila entre el orgullo
y el desamparo. Al desbordarse en fechas muy recientes el nacionalismo
norteamericano, los mexicanos están al tanto: nunca han dispuesto
ni dispondrán de algo así, de la obsesión chovinista
que agita a todas horas la bandera nacional, afirma hallarse en
"la tierra de la gran promesa", y declara al siglo XX
y al siglo XXI "los siglos de Norteamerica".
Pero la ausencia de un nacionalismo belicoso de tanta resonancia
no elimina el sentimiento nacional ni sus diversificaciones, y la
globalización instalada de manera irrefutable el 11 de septiembre
se sujeta, sin que se quiera, a la crítica más devastadora,
lo que se intensifica con la guerra de Afganistán.
"Estamos globalizados, sí, ¿pero de qué
modo?" La globalización desigual y combinada se deja
sentir en México en un sinnúmero de temas. Entre los
más destacados:
-El sometimiento, la sujeción en la practica del gobierno
mexicano a un conjunto de decisiones del norteamericano, lo que
se expresa de manera muy elemental en la recomendación del
presidente Fox al comandante Castro en marzo de 2002, dos días
antes de la Cumbre de Monterrey, conversación divulgada por
el Comandante Castro en pleno olvido de un compromiso explícito
y en desquite por el voto de México con relación a
los derechos humanos en Cuba:
Castro: Dígame, ¿en qué más
puedo servirlo?
Fox: Pues básicamente no agredir a Estados Unidos
o al presidente Bush, sino circunscribirnos...
Una frase así hubiese sido inconcebible incluso en los regímenes
del PRI, sujetos a los gobiernos norteamericanos, pero todavía
atenidos a las formas jurídicas del nacionalismo. ¿Qué
es "circunscribirnos"? Por el contexto, es recordar nuestro
sitio secundario y no pretender nunca abandonarlo, I know my
place. El presidente Fox pertenece a una generación de
mexicanos marcados por el pragmatismo en su versión más
elemental, aquella según la cual el detentador del poder
máximo posee las claves de todos los comportamientos. El
que manda ordena y encauza la psicología colectiva, sería
la conclusión.
El determinismo, un elemento primordial en la psicología
y la cultura de América Latina y de México, se vigoriza
con la globalización. No sólo entra en crisis la sociedad
de los Estados nacionales, también debido a los organismos
transnacionales, se agudizan los problemas del espacio transfronterizo
que acentúa la división injusta del trabajo y la desigualdad
social. "¿Qué se puede hacer contra esto?",
se han preguntado desde hace mucho los latinoamericanos, y luego
del 11 de septiembre la interrogante se desdibuja parcialmente al
comprobarse los niveles de impotencia. Ante el imperio se puede
hacer muy poco, casi nada, se concluye. Y el determinismo desmoviliza
a las sociedades ante llamadas emergentes. "¿Qué
le vamos a hacer? Si aquí nos tocó."
La soberanía, un término antes indiscutible,
se ve sometida a numerosas revisiones y polémicas. La conducta
de las grandes potencias afecta en muy buena medida a la ecología
(cambios climáticos, el agujero de ozono, el Efecto Invernadero),
y en la vida de cada país intervienen poderosamente los mecanismos
de los holdings, las crisis monetarias, los precios del petróleo,
las guerras, la televisión por cable, la concepción
de la moda como la clonización de las sociedades. "Ya
no hay fronteras", dicen los que nada comentan ante el maltrato
atroz de los mexicanos en la zona fronteriza de Estados Unidos.
Y la desaparición de los signos de la soberbia mexicana se
acentúa. ¿Cómo se define la soberanía
nacional ante las estructuras transnacionales?
En la práctica cotidiana, las libertades de movimiento de
los Estados nacionales se reducen considerablemente. Su capacidad
de acción internacional amengua, y la soberanía se
fragmenta de acuerdo con factores nacionales, regionales e internacionales.
Esto, que debería ser objeto de evaluación cuidadosa
se vincula de inmediato a la mentalidad determinista, y luego del
11 de septiembre lo común es oír frases del "desahucio
de la soberanía": If you can't beat, join'em.
-El narcotráfico, el "Estado paralelo" del
delito, que devasta a las sociedades, contribuye enormemente a la
masificación del delito, y es "el caballo de Troya"
de la policía norteamericana en los asuntos de México.
-La comunicación, por efectos de la falta de recursos
y de los monopolios norteamericanos, se globaliza de manera tiránica.
Así por ejemplo, para enterarnos en México de la guerra
de Afganistán o de la invasión israelí de Palestina
se ha dependido extensamente de CNN.
En resumen, lo que el paisaje post 11 de septiembre agrega de conocimiento
específico es el conocimiento del estilo y las dimensiones
de la dependencia, no una dependencia mental (allí no hay
determinaciones colectivas sino estrictamente individuales), ni
siquiera, aunque la hay y múltiplemente, una dependencia
económica y política, sino la dependencia de la falta
de alternativas. Resucita la vieja idea del traspatio, y ante ella
no hay respuestas organizadas, salvo la defensa mínima y
errátil por parte de la izquierda de la dictadura de Fidel
Castro, presentada como "la salvación de la dignidad
de todos", aunque esto presuponga admitir y admirar la supresión
de las libertades democráticas.
La toma de conciencia en tiempos conformistas
Si era inevitable la hegemonía de la globalización
a la usanza norteamericana, ya no es tan previsible el surgimiento
de la sensibilidad crítica, que se percibe en tiempos muy
recientes. Ciertamente, no se veía como posible. Los mal
llamados "globalifóbicos" han tenido en México
una presencia relativamente escasa, así muchos entiendan
la justicia de sus demandas, y el que los verdaderos globalifóbicos
son los pertenecientes a las minorías capitalistas que atentan
contra los recursos y las libertades del planeta. Sin embargo, no
obstante la pobreza de las organizaciones de izquierda y la debilidad
de la sociedad civil (más proyecto que realidad), las agresiones
a los mexicanos en Norteamérica ya encuentran mayor resistencia
en México. A este respecto debe insistirse en lo ya obvio:
si algo ha cambiado en México la perspectiva de las comunidades
mexicanas en el exterior, es la globalización. Sin previo
aviso pero con ferocidad, la globalización nos informa de
lo evidente: el destino pende de golpes de computadora, las inversiones
no tienen patria, las patrias no tienen inversiones, ante el neoliberalismo
no hay alternativas y el neoliberalismo no es ni podrá ser
alternativa para las mayorías y las minorías responsables.
La globalización extermina cualquier fetichismo o voluntarismo
del afuera. Si el afuera ya está aquí
dentro, ¿por qué no aceptar que a los mexicanos en
el exterior también se les globaliza de acuerdo con una versión
tiránica y monopólica? Nos hace distinta la índole
de las oportunidades; nos asemeja la enorme dificultad para aprovecharlas.
Estar globalizado quiere decir más informado de muy
distintos hechos, entre ellos el de los obstáculos inmensos
para enfrentar los poderes políticos y financieros; quiere
decir más seres formados en la pasividad y, también,
en los casos que se multiplican, quiere decir gente más dispuesta
a la defensa de los derechos humanos en donde quiera que se vean
afectados. Así, los asesinatos, las golpizas, las arbitrariedades
de la migra y decisiones como la reciente de la Suprema Corte de
Justicia de Estados Unidos que declaró inexistentes los derechos
de un trabajador mexicano han encontrado en México respuestas
indignadas en los medios, el Congreso y la opinión pública.
Del mismo modo, así como la guerra en Afganistán no
despertó mayores reacciones visibles, si acaso unas cartas
en la prensa, los sucesos de Palestina sí han repercutido
en el ánimo colectivo en forma casi unánime. Así
como no se aprueba a los suicidas árabes con bombas, no se
aceptan tampoco las incursiones israelíes, ni las acciones
racistas ni el desprecio por los derechos humanos de los palestinos.
Ni terrorismo de la desesperación, ni terrorismo de Estado.
Del congreso de puntos de vista y moralejas
El 11 de septiembre es, no obstante lo gastado de la expresión,
un parteaguas histórico. Ese día se inauguró
formalmente y sin que se admitieran excepciones, la conciencia de
la globalización, se modificó a fondo la noción
de espectáculo, se pusieron a prueba los resortes
humanistas de la solidaridad, y se afirmaron los poderes irrebatibles
con todo y sus puntos vulnerables. En los países del antiguo
Tercer Mundo, el 11 de septiembre ha sido hasta el momento el principio
ominoso y vistoso de la destrucción de sus expectativas.
Para los mexicanos, la conciencia de la globalización real
e inevitable ha significado y está significando demasiadas
cosas, entre ellas la vigorización de la defensa de los derechos
humanos, la resistencia al racismo, la sensación opresiva
de límites, la desesperanza a mediano y largo plazo, la clarificación
de sus demandas y sus posibilidades organizativas en Estados Unidos,
en alianza necesaria y amplísima con las comunidades chicanas,
otro gran protagonista.
¿Y cómo se dice okey en inglés?
Carlos
Monsiváis, "México desde el 11 de septiembre",
Fractal
n° 22, julio-septiembre,
2001, año 6, volumen VI, pp.
11-35.
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