CARLOS LISCANO

La cabeza contra el muro

Escribir sin saber, escribir ignorando, ciego de luz, de claridad, viéndolo todo sin ver.
Sólo ver la lucidez que anula la capacidad de entender y permite sólo saber, de una sola vez, el Todo, lo que es, lo que fue, lo que será, el centro, los contornos, lo que nunca podrá ser.

Escribir para ser y sólo ser eso que se escribe, el chorro de voz que dice, que nombra cada cosa, cada instante, lo que nadie ve, lo que no es visible y existe, lo que no existe y es nombrable y entonces, nombrado, se hace visible.

Nombrar y ser en lo que se nombra; nombrar hasta que no quedan palabras y el chorro de voz se hace grito, susurro, puro aire tibio de animal perplejo, y sigue nombrando, regresado al origen, al asombro, a la primera vez, cuando era uno con la naturaleza: era naturaleza.

Ser en lo que se nombra. Querer ser sólo en lo que se nombra.
Volverse lo nombrado, volverse sólo palabra. Volverse aire tibio de la voz.
Ser el vaho que se diluye en el aire frío de la madrugada, los ojos abiertos, ciegos de lucidez, sabiendo todo, sin pronunciar palabra, para anular la maldición, la que persigue al animal hablante.

 

 

Apartarse de lo que se es para poder nombrarse; verse de fuera; inventar al que es capaz de verme, de nombrarme, de juzgarme.

Inventar con infinito esfuerzo al que me verá. Eso sólo puede hacerlo la palabra.
Ser un ser que sea sólo eso, la voz que nombra para que, cuando todo esté nombrado, quedar ciego de luz, mirando sin ver, concentrado en el punto que todo lo es, y así saberlo todo, sin entender.

Inventar para poder ser. Inventar no para dejar de no ser sino para poder saber, para llegar a ser, lo que fue, promesa que acabó en maldición.

No esforzarse, no mirar, no ver, no oír. Sentarse y dejarse hundir, descender al centro, ir hacia atrás y hacia adentro, volver a la madrugada en que el chorro de aire tibio que marcó la niebla era todavía promesa y no maldición.

Descender hasta lo más hondo, lo más oscuro; viajar en lo oscuro hasta el puntito de luz que brilla en el centro de la cabeza.

Descender más, todavía más: desde el ser apenas, desde el ser que entiende pero no sabe, al ser que todo lo supo, que le bastaba nombrar para saber.

Dejar el ser apenas. No ser el ser apenas. Dejar de querer entender para querer sólo saber.

Caminas de pared a pared como un condenado, un loco, un lúcido.
De pared a pared como uno que no es un lúcido sino un condenado a buscar la luz, la lucidez.

Estás condenado y estás loco, de a ratos, y estás solo. Siempre que estás loco estás solo.
¿Horas son? ¿Son días? ¿Son sólo minutos?

¿Cuánto dura la locura, la condena, la busca de la lucidez?
No hay nadie para decírtelo, porque si estás loco es porque estás solo, porque sólo estás solo cuando estás loco.
¿Eres otro entonces? ¿Eres el mismo?

Recoger los trozos, las circunstancias, los pedacitos de vida que se pierden en distracción, en nada, y hacer de todo eso uno.

Juntar las palabras del instante, de cada cosa, de lo nimio, de lo olvidado. Unirlo todo de una sola vez, y verse.

Verse de un solo golpe: Ese soy yo, soy lo que he dicho, lo que he nombrado.
¿También el error y la mentira soy?

Recorrer los campos, las ciudades, los siglos, los minutos. De la cuna al pudridero.
Ser el torrente de palabras y a la vez estar fuera del torrente, observando a ese que es, a ese que pasa, a ese que corre, que ha nombrado, que sólo existe porque se nombra.

¿Ser el que observa y lo observado? ¿Cercar la presa, aproximarse a ella, cazar la caza? ¿Quemar el fuego? ¿Mojar el agua?

Buscar, andar, buscar. Hacerse el distraído, mirar para otro lado. Ni estar ni ser.
Diluido en el aire, fundido en las cosas, esperar el momento de sorprenderse: ¡Ese soy!
Y la presa ya no está allí. Ni presa hay.

Cazar la caza para cazarse.
¡Te tengo! ¿Ocurrirá una vez? ¿Habrá palabras para nombrarlo? Una palabra que lo diga todo, ¿existe? Las seis letras de mi nombre, ¿dicen quién soy?

Una vez encontré a un hombre que hablaba una lengua que yo no entendía. Era un hombre grande que quería decirme quién era pero no tenía palabras más que las de su idioma.
Yo también era un hombre grande y quería escucharlo y también quería decirle quién yo era y tampoco tenía palabras para decírselo en una lengua que él entendiera.
Como éramos dos hombres grandes que conocíamos miseria y golpes y fríos y hambre, sabíamos que basta tomarse de la mano para decírselo todo.
Para decir: Esta es mi mano, yo sé quién eres, he bebido de la misma agua y me han dolido tus huesos cada vez que te golpearon.
Yo sé quién eres y sé que mis huesos te dolieron cada vez que me golpearon. Dormí en tu jergón tirado en el suelo húmedo cuando dormías en mi jergón tirado en el suelo húmedo.
Tus hermanos perdidos que nunca volverás a ver son mis hermanos perdidos que nunca volveré a ver.
Entonces, dos hombres grandes sentados a la mesa de un café en Estocolmo, se tomaron las manos, se miraron a los ojos, y se contaron sus vidas sin decir palabra.

Ando, ando, te busco, te encuentro. Creo saber dónde estás. Te pongo nombres provisorios para fijarte, para que no te escapes.
Merodeo tu ser, tu sitio. Me acerco. Que no me veas, que no me oigas, no te des cuenta.

Me muevo apenas. Me quedo quieto para observarte. ¡Te tengo, te tengo! Me hundo, ¿milenios, segundos?; la claridad, la luz, la ceguera.
Miro y no estás.

La palabra es un muro.
La palabra alza un muro entre el que nombra y lo nombrado. Lo que tiene nombre se vuelve incognoscible.
Para saber hay que demoler la palabra, ir más allá, donde reside lo nombrado.

Buscar la bestia, lo oscuro. Ir a lo oscuro.
Buscar la luz en la oscuridad. Llegar con la palabra a lo anterior a la palabra, al lado de allá, donde estuvo la bestia, donde la bestia está, vive, clama en silencio que se la deje ser.

La bestia no es culpable sino el otro, el que todo lo ha nombrado.
Juntos, la bestia y el otro, capaces de lo mejor.
Solo, el que todo lo nombra, capaz de lo peor.

Eras un muchacho y ya estabas petrificado.
Eras un muchachito y ya te habían puesto nombre, lugar, fecha, día y hora.
Eras casi un niño y ya estabas condenado.

La destrucción salva la vida.
Es imposible salvarse si no se destruye lo heredado, el nombre que te dieron, el lugar que te asignaron, el camino ya marcado.

Muchachito poca cosa, nombrado, marcado y ya vendido, si una vez y muchas veces destruir fue tu salvación, ¿por qué no habría de serlo a los 51 años, estos más que marcados días del camino a la vejez, la enfermedad, la muerte, el pudridero?

Volver a la destrucción a cualquier precio.
Desmontar las palabras que te nombran, te señalan, te hacen ser éste y no otro, uno de tantos, la mayoría inmensa, los otros, los mejores.

Volver al hacha de la lucidez que rompe y libera, que desnombra, que desanda.
Volver al débil muchachito que, de frente al camino señalado, abandonó todo y marchó a campo traviesa.

Volver a darse la cabeza contra el muro, si es necesario, para saber.

Carlos Liscano, "La cabeza contra el muro", Fractal n° 22, julio-septiembre, 2001, año 6, volumen VI, pp. 87-91.