Apartarse de lo que se es para poder nombrarse; verse de fuera; inventar al que es capaz de verme, de nombrarme, de juzgarme.
Inventar con infinito esfuerzo al que me verá. Eso sólo puede hacerlo la palabra.
Ser un ser que sea sólo eso, la voz que nombra para que, cuando todo esté nombrado, quedar ciego de luz, mirando sin ver, concentrado en el punto que todo lo es, y así saberlo todo, sin entender.
Inventar para poder ser. Inventar no para dejar de no ser sino para poder saber, para llegar a ser, lo que fue, promesa que acabó en maldición.
No esforzarse, no mirar, no ver, no oír. Sentarse y dejarse hundir, descender al centro, ir hacia atrás y hacia adentro, volver a la madrugada en que el chorro de aire tibio que marcó la niebla era todavía promesa y no maldición.
Descender hasta lo más hondo, lo más oscuro; viajar en lo oscuro hasta el puntito de luz que brilla en el centro de la cabeza.
Descender más, todavía más: desde el ser apenas, desde el ser que entiende pero no sabe, al ser que todo lo supo, que le bastaba nombrar para saber.
Dejar el ser apenas. No ser el ser apenas. Dejar de querer entender para querer sólo saber.
Caminas de pared a pared como un condenado, un loco, un lúcido.
De pared a pared como uno que no es un lúcido sino un condenado a buscar la luz, la lucidez.
Estás condenado y estás loco, de a ratos, y estás solo. Siempre que estás loco estás solo.
¿Horas son? ¿Son días? ¿Son sólo minutos?
¿Cuánto dura la locura, la condena, la busca de la lucidez?
No hay nadie para decírtelo, porque si estás loco es porque estás solo, porque sólo estás solo cuando estás loco.
¿Eres otro entonces? ¿Eres el mismo?
Recoger los trozos, las circunstancias, los pedacitos de vida que se pierden en distracción, en nada, y hacer de todo eso uno.
Juntar las palabras del instante, de cada cosa, de lo nimio, de lo olvidado. Unirlo todo de una sola vez, y verse.
Verse de un solo golpe: Ese soy yo, soy lo que he dicho, lo que he nombrado.
¿También el error y la mentira soy?
Recorrer los campos, las ciudades, los siglos, los
minutos. De la cuna al pudridero.
Ser el torrente de palabras y a la vez estar fuera del torrente,
observando a ese que es, a ese que pasa, a ese que corre, que
ha nombrado, que sólo existe porque se nombra.
¿Ser el que observa y lo observado? ¿Cercar
la presa, aproximarse a ella, cazar la caza? ¿Quemar el
fuego? ¿Mojar el agua?
Buscar, andar, buscar. Hacerse el distraído,
mirar para otro lado. Ni estar ni ser.
Diluido en el aire, fundido en las cosas, esperar el momento de
sorprenderse: ¡Ese soy!
Y la presa ya no está allí. Ni presa hay.
Cazar la caza para cazarse.
¡Te tengo! ¿Ocurrirá una vez? ¿Habrá
palabras para nombrarlo? Una palabra que lo diga todo, ¿existe?
Las seis letras de mi nombre, ¿dicen quién soy?
Una vez encontré a un hombre que hablaba
una lengua que yo no entendía. Era un hombre grande que
quería decirme quién era pero no tenía palabras
más que las de su idioma.
Yo también era un hombre grande y quería escucharlo
y también quería decirle quién yo era y tampoco
tenía palabras para decírselo en una lengua que
él entendiera.
Como éramos dos hombres grandes que conocíamos miseria
y golpes y fríos y hambre, sabíamos que basta tomarse
de la mano para decírselo todo.
Para decir: Esta es mi mano, yo sé quién eres, he
bebido de la misma agua y me han dolido tus huesos cada vez que
te golpearon.
Yo sé quién eres y sé que mis huesos te dolieron
cada vez que me golpearon. Dormí en tu jergón tirado
en el suelo húmedo cuando dormías en mi jergón
tirado en el suelo húmedo.
Tus hermanos perdidos que nunca volverás a ver son mis
hermanos perdidos que nunca volveré a ver.
Entonces, dos hombres grandes sentados a la mesa de un café
en Estocolmo, se tomaron las manos, se miraron a los ojos, y se
contaron sus vidas sin decir palabra.
Ando, ando, te busco, te encuentro. Creo saber dónde
estás. Te pongo nombres provisorios para fijarte, para
que no te escapes.
Merodeo tu ser, tu sitio. Me acerco. Que no me veas, que no me
oigas, no te des cuenta.
Me muevo apenas. Me quedo quieto para observarte.
¡Te tengo, te tengo! Me hundo, ¿milenios, segundos?;
la claridad, la luz, la ceguera.
Miro y no estás.
La palabra es un muro.
La palabra alza un muro entre el que nombra y lo nombrado. Lo
que tiene nombre se vuelve incognoscible.
Para saber hay que demoler la palabra, ir más allá,
donde reside lo nombrado.
Buscar la bestia, lo oscuro. Ir a lo oscuro.
Buscar la luz en la oscuridad. Llegar con la palabra a lo anterior
a la palabra, al lado de allá, donde estuvo la bestia,
donde la bestia está, vive, clama en silencio que se la
deje ser.
La bestia no es culpable sino el otro, el que todo
lo ha nombrado.
Juntos, la bestia y el otro, capaces de lo mejor.
Solo, el que todo lo nombra, capaz de lo peor.
Eras un muchacho y ya estabas petrificado.
Eras un muchachito y ya te habían puesto nombre, lugar,
fecha, día y hora.
Eras casi un niño y ya estabas condenado.
La destrucción salva la vida.
Es imposible salvarse si no se destruye lo heredado, el nombre
que te dieron, el lugar que te asignaron, el camino ya marcado.
Muchachito poca cosa, nombrado, marcado y ya vendido,
si una vez y muchas veces destruir fue tu salvación, ¿por
qué no habría de serlo a los 51 años, estos
más que marcados días del camino a la vejez, la
enfermedad, la muerte, el pudridero?
Volver a la destrucción a cualquier precio.
Desmontar las palabras que te nombran, te señalan, te hacen
ser éste y no otro, uno de tantos, la mayoría inmensa,
los otros, los mejores.
Volver al hacha de la lucidez que rompe y libera,
que desnombra, que desanda.
Volver al débil muchachito que, de frente al camino señalado,
abandonó todo y marchó a campo traviesa.
Volver a darse la cabeza contra el muro, si es necesario,
para saber.
Carlos Liscano, "La cabeza
contra el muro",
Fractal n° 22, julio-septiembre,
2001, año 6, volumen VI, pp. 87-91.