Bueno, "nube" tal vez no sea exacto, pero digamos que son similares a las espesuras que dibuja la luz en la pared de enfrente cuando abro la ventana, que no está siempre de par en par, únicamente en ocasiones especiales instituidas por mí mismo para que no se me hagan costumbre al igual que el resto de las pequeñas actividades rutinarias. Así, considero también la lectura de las nubes un regalo que no desperdicio a tontas y a locas -porque las hay tan deslavadas o tan pastosas que mejor dejarlas ir-, sino que dosifico en aras del proyecto que tengo en la mira para salirme de aquí. Tampoco barrunto bien qué es "aquí" ni dónde se encuentra geográficamente localizado, aunque deduzco estamos en una zona de transición; mejor dicho, en un callejón sin salida o con muy dudosa salida, dependerá desde dónde se le considere. De ahí, pues, mi empeño en rastrear sólo lo más granado en cuanto a color, textura, calidad, riesgo, trazo original de la nube se refiere. Y es increíble lo que ciertos pensamientos han avanzado en la construcción de estrategias para evadirse: túneles, escaleras, torres, puentes, fosos, elevadores, con cualquier material de una cierta solidez. Catapultas, vuelos tipo Ícaro no faltan, obvio, y bastante más ingeniosos, hasta construir caballos de Troya con los desperdicios de la cocina. El caso es que he ido acumulando mota a mota una suficiente cantidad de elementos para mi propio objetivo con la ventaja de que nadie percibe mis sustracciones tan ocupado como tienen su cerebro imaginando, delineando, destruyendo o perfeccionando el diseño, la estrategia, hasta los mínimos pormenores, en un vaivén de pensamientos que, acepto, no siempre alcanzo a atrapar en su totalidad, y eso hace más lenta mi tarea y la entorpece en etapas cuando tanta claridad necesito. Entonces, la ventana es mi aliada: la expectativa de abrirla llega a descargar en mi cuerpo una dosis tal de adrenalina que caigo en un trance capaz de darle respuesta incluso a dudas no formuladas. La pared de enfrente cumple con su papel de pantalla, pero es necesaria la luz. Entonces el trago amargo es que no sé de antemano si habrá o no habrá luz afuera. Ahora bien, ¿qué es "afuera"? El existir en mi encierro una ventana que se abre sobre una pared que recibe luz o carece de ella no indica nada de por sí.
Podría tratarse de un espejismo confeccionado
para mi comodidad -no aburrimiento, angustia o temor a la muerte
según ocurre con otros residentes- y el placer que me procuran
geometrismos, numerologías, rompecabezas. Pero que la luz
está, es incuestionable: ella no constituye un invento
humano, no es una elaboración mental; formamos parte de
su consistencia -o inconsistencia-, nos engloba y abarca. Me atrevo
a afirmar que somos luz, que nada existe salvo luz. También
afirmo no ser el único aquí en saberlo. Sospecho
que si yo veo las espesuras de pensamientos es porque quienes
piensan están conscientes del hecho. Mas en tales vericuetos
no entro: allá cada uno con sus luces. El espacio que ocupamos
está vacío de luz, en efecto, pero sus corpúsculos
danzan con giros de sombra a nuestro alrededor y su cadencia es
quien nos da vida y movimiento. A veces ha entrado el guardián
segundos antes de dirigirme a la ventana -nunca hay certeza de
cuándo llega-, y es como un aviso de reajuste, igual que
si se tratase del mecanismo infinitamente complejo y preciso de
un reloj. Entonces sé debo repasar con mayor minucia las
espesuras recogidas a la hora del oficio o durante la gimnasia
matutina porque podría ocurrir, y ocurre, que algunos sí
escuchen lo que el capellán masculla, sea porque esperan
un mensaje, una consigna, cualquier variante, o porque el propio
capellán se abre ventana y transmite la clave de una nueva
pieza que ya el aludido incorporará a su rompecabezas personal.
Me acontece, no lo niego, sorprenderme escuchando cómo
me penetra alguna frase literalmente inoculada sin previo aviso.
Aclaro que quien oficia y el guardián son a no dudar la
misma persona, aunque no tenga manera de confrontar la certeza
-ya dije que todos nos comportamos como si ninguno existiera,
idem el guardián cuando acerca las comidas u oficia-; lo
doy por un facto no sujeto a verificación, algo similar
a la apuesta pascaliana, ¡y a otra cosa mariposa! Con esto
no asevero ser yo el aludido, pero la coincidencia con el privilegio
de la ventana no me parece aleatorio. Desde luego acepto pecar
de soberbia al insinuarse un elegido en este encierro. Nada asegura,
lo he dicho, que no se trate de un espejismo elaborado por mí
por comodidad. Trato de ser honesto, no hacer trampas y luego
verme atrapado en agotadores laberintos, bastante aprensivo soy
y mucho gasto empeño en el granado de las nubes, su traducción
y posterior dibujo en la pared de enfrente. Lo de "dibujo"
es un decir: no trazo trazos con instrumento alguno; es sólo
a fuerza de concentración -sencillos ejercicios cuando
respiro la luz- que he logrado descarapelar convenientemente segmentos
y franquearme no pocos pasajes, desconectados aún entre
sí. He de tener perseverancia y fe inconmovible en la gracia
de la luz, en su guía y discernimiento. No hay otra opción
y es la única realidad que acepto sin chistar, y no sólo
como parte de mi bien estudiada comodidad que, por contraste con
mi natural aprensivo, resulta paradójico. Digamos se trata
de una manera de arroparse, un edredón tibio en la intemperie
que nos rodea. ¿Nos? Generalizo sin pruebas. No argumentaré.
Indicios suficientes me proporcionan las nubes: obra o no de mi
ingenio, son incuestionables sus resplandores, titileos, oleajes
y vibraciones; un inmenso mar en el que sobrenadan, compactos,
los pensamientos larvas de colores, gusanos verdinegros, algas
viscosas, grumos de leche, granillos de azúcar, su variedad
es infinita. Soy poco dado a las metáforas, basten estos
ejemplos, la precisión de su naturaleza de bejucos sólidos,
no uniformes en su unidad pero sí en su conjunto, visto
éste desde gran altura, un mirador bajo el cual se extendiese
el mentado mar centelleante, espejo salpicado de migas... En una
ocasión, la ventana abierta, percibí el diseño
preciso del mapa, su perfil, como si la luz, por su cuenta, se
hubiese ocupado de enhebrar los pensamientos fragmentarios faltantes
y los embonase en su justo sitio. El caso es que, en vez de alegrarme,
esa visión fulgurante me perturbó. Incluso diría
que me atemorizó. ¿Miedo a qué? Así
la vi y así de rápido la borré.
Claro que
no me atreví a cerrar la ventana, mucho menos a taparme
los ojos, por no ofender a la luz que se entregaba tan generosa.
Al temor -eso lo descubrí después- se añadió
un franco malestar: ¿para qué otorgar lo no solicitado
explícitamente? Soberbia, lo reconozco, pero considero
esas gratuidades una afrenta al aserto de que sólo lo que
cuesta trabajo obtener es lícito disfrutar. No hubo reacción
de parte de la luz y en ello conocí que nada tiene de humano:
es imparcial, absoluta, fluida, concede sin hacer distinciones.
Está igualmente dispuesta -o no lo está- hacia todos
los seres vivientes, es libre, pura, inalterable. Fue un duro
golpe. No voy a ocultarme haber desperdiciado la oportunidad de
avanzar en el proyecto que tengo en la mira para salirme de aquí.
Este "aquí" incierto, de dudosa localización
geográfica y tan cercana a un vacío, a un hoyo negro,
a la masa faltante de los físicos atómicos. ¿Y
qué se yo de eso? Nada. Como nada puedo saber de antemano
cuando abro la ventana, si habrá o no habrá luz
afuera. En ocasiones ni siquiera distingo la pared de enfrente;
es decir que sin la luz, es abrir nada. Sencillamente el espacio
permanece cegado, a pesar de sentir el hueco entre mí y
la pared pletórico de una tesitura olorosa, un tufillo
que me da la impresión de ser una planta carnívora
esperando atrapar en sus peludas antenas algún insecto,
ave o pequeño roedor, amén de que ese "pequeño
roedor" podría tratarse de mí. No fantaseo,
la sensación es definitiva, contundente, una descarga de
mantarraya en las dendritas, un rigris en el tímpano que
eriza la piel. Tampoco entonces acierto a cerrar la ventana, bajar
los párpados o siquiera cruzarme de brazos a manera de
protección. ¿Protegerme de qué o quién?
Ya dije que la luz no es alguien, algo, aunque todo le pertenezca
y todo esté embebido de ella. ¿Cuál es el
caso de hacer gestos inútiles? Claro que con pensarlos
ya se materializan en la nube que cargamos a cuestas con nuestros
pensamientos incrustados como alfileres, nuestros deseos, intenciones,
palabras. Palabras, eso somos, un eterno ruido que se graba en
los pentagramas del vasto silencio con que la luz nos rodea para
que los pinchazos no se nos reviertan por mor de su mismo peso.
Mas el grabado permanece, se sostiene, y es su dibujo el que pretendo
haber aprendido a leer como lee el músico los sonidos en
su cuaderno pautado. De nuevo me arrogo una excepcionalidad dudosa:
cualquier otro residente puede encontrarse en idénticas
circunstancias. Después de todo cada uno tiene sus propias
cuatro paredes que le circundan según la medida de sus
propios pensamientos. Eso me consta a partir de las nubes suspendidas
encima de las coronillas a la hora del oficio o durante la gimnasia
matutina. Y llegados a este punto repito que el no haber visto
otra ventana excepto la mía no prueba que no las haya,
y quizá sea esa la razón por la cual nadie tiene
conmigo ninguna actitud peculiar. Con "actitud peculiar"
no discierno una forma de comportarse prescrita de antemano pues
de hecho todos actuamos como si ninguno existiera y la rutina
de soledad que nos alimente nunca altera o rompe su ritmo digestivo
lento, lento rumiar, lento divagar. ¿Lento -o rápido-
con respecto a qué? Lo que aquí acontece no tiene
parámetros de comparación: sucede. Lo que sí
se ha alterado, no lo oculto, es mi sistema de lectura: empiezo
a percibir un tinte de impaciencia que distorsiona lo que hasta
ahora resultaba transparente; dejé de considerarme privilegiado
y el "regalo" ya no me parece tal. Para resumir, me
está importando menos granar los elementos útiles
al perfeccionamiento del diseño gracias a cuyo término
podré salir, que rastrear entre las espesuras indicios
de alguna otra posible ventana o del mismo proceso e intento que
vivo y proyecto. Ahora bien: ninguna de las entidades vivientes
aquí se encuentra en cautiverio. Aparte el guardián,
que es quien igual oficia, no hay autoridades y a él ni
siquiera se le considera "autoridad". Ofrece un servicio
devocional, y nos trae de comer. Tampoco nos imponemos alguna
específica abstinencia o ascetismos; este encierro es voluntario.
Es decir que, supuestamente, cada uno lo tomó como yo mismo
lo tomé en su momento. Al menos esta es mi versión.
¿La versión de los otros residentes? Carezco de
cualquier conjetura. ¿Engaños son de mi mente? Explorar
la naturaleza material de la nube, inquirir sobre su propósito,
¿es desafío, engreimiento, una sutil hipocresía,
debilidad por un lenguaje fabricado de pé a pá?
El caso es que la impaciencia me pone a la defensiva sin saber
de qué o contra qué. Y presumo que esta ansia se
me va transformando en agresividad. Siento alterada la temperatura
del cuerpo, y alteradas también cada una de las nubes que
escudriño, como un desafío a subyugar. No hay ecuanimidad
en mí, apenas discrepancia y deterioro. El juego de sombras
que a fuerza de concentración -sencillos ejercicios cuando
respiro la luz- he logrado horadar en la pared de enfrente y cuyos
pasajes aún no consigo conectar entre sí, no me
gratifica, hasta me parece que la luz se vuelve furtiva, precaria,
lo cual es imposible pues la luz no es invento humano, no constituye
una elaboración mental. Somos luz y todo es luz. De lo
que se deduciría que mi nivel de percepción ha descendido
ostensiblemente. No supongo qué irá a ocurrir, si
"algo" tendría que ocurrir. ¿Fue el miedo
que me produjo la visión fulgurante del mapa diseñado,
mi rechazo, lo que debilitó la capacidad de leer los pensamientos
y granar entre ellos las piezas necesarias para el rompecabezas,
mi propio proyecto de evasión? Si antes aseguré
que sólo acepto sin chistar la realidad de la luz, ¿debo
retractarme ahora ante la nueva situación? Una cosa es
dudar, otra distinta negar. Agazapado durante el oficio en mi
sitio, espío; y durante la gimnasia matutina entorpezco
a propósito mis movimientos para distorsionar la consistencia,
color, calidad, riesgo, trazo original de la nube que ocupa en
esos momentos mis indagaciones. Lo curioso en ese quejido que
oigo -no es el rigris en el tímpano-, el levísimo
suspiro de un muy fino cristal que se rajara sin quebrarse, pero,
irremediablemente hendido, sufriera. Nada se ha roto y cada uno
se comporta como si los demás no existieran, cada cual
dueño y señor de su espacio, su ritmo cotidiano,
sus rutinas de soledad. Yo zozobro en la incertidumbre, los gestos
inútiles, el dispendio. Abrir la ventana, inclusive, la
expectativa ahora, me aterra, corrompe la esperanza de consuelo
que la presencia de la luz implica de por sí, inalterable
incondicionada. Para colmo estoy encolerizado. Piso un terreno
desconocido. Sin embargo -¿en compensación?-, empiezo
a prestarle mayor atención al oficio: relajo los músculos,
abandono ese terreno desigual y accidentado hacia el que me precipito
al inmiscuirme en zonas ajenas maculándolas con mis miedos.
¿Miedo a extraviarme? ¿Dónde? Como si comparar
me protegiera del torbellino de mis oscilaciones, deyecciones,
turbulencias, neblinas... Y si no he mencionado los sueños,
es porque no somos producto de ningún sueño; tampoco
nos encontramos en estado de ensoñación. Las atmósferas
del espacio que ocupamos tienen otras intensidades, otra porosidad.
Ya hablé de una zona de transición. Corrijo lo de
"callejón sin salida": existe una continuidad
palpable, un a modo de crecimiento, de mudanza, y, a pesar del
dolor que me hiere, no hay derrota, deseo de arrojarme hacia un
despertar cualquiera, necesidad de rendir cuentas. ¿A qué
o a quién? Yo establecí las reglas del juego y esa
coerción me ha entumecido.
No hice sino acumular peladuras sobre peladuras, cáscaras.
Caí en la trampa de mis propias reglas, éstas son
las consecuencias, ningún misterio. Los tentáculos
de la codicia abrieron una grieta, una rajadura, y el cristal,
cascado, no resuena nítido por más que lo golpee
con toques exquisitos... "Zona de transición"...
Apenas palabras para denominar el espacio en el que estamos inmersos,
que nos circunscribe pero nos prohíbe instalarse. ¿Un
tránsito entre dos intervalos? ¿Una etapa anterior
o posterior a otra etapa? Lo ignoro. No quisiera amarrar certezas
cual espigas en hato, prismas en un candil fijo. Puntualizo simplemente
que desde que me vigilo, "algo" no fluye. ¿Acaso
empecé a separarme, a cuestionar mi implícita pertenencia
al diáfano manantial de luz, a inventar la pared de enfrente?
¿Está resultando el espejismo más deslumbrante
que la luz original? ¿Sobrevivo? Cómo colocarle
pesas a los pies para sentirse bien anclado a tierra. ¿Tierra?
Sólo espacios con diferentes intensidades, atmósferas,
temperaturas. Y color. Sin embargo hoy, durante el oficio, sentí
-¿sí?- la sugerencia de una última opción:
volver a abrir la ventana. Ninguna euforia. El ademán tranquilo,
neutro diría, de aproximarse, y abrir...
El dibujo en la pared de enfrente ha desaparecido. Era la posibilidad
de atravesarla sin restricción alguna. El diseño
sólo me había aprisionado. Afuera de sus límites
no hay espera, propósito, objetivos. Salvo la luz, libre,
pura, vacante. Caí en un estado de tan total absorción
que se me desbordó el llanto, sin freno, sin vergüenza,
dócil, sumiso, blando. Lloré. Lloré mucho.
Mucho. Cuando el guardián tocó mi hombro, supe que
sería yo quien ocuparía en adelante su lugar. Entonces,
también, me di cuenta de que el guardián era ciego...
Lisboa, octubre de 2000