Me gustaba un libro para niños que me habían regalado, barato de papel grueso, de las fábulas de Esopo; me gustaba un tomo de los cuentos de Andersen que me había comprado con el dinero que me dieron para mi cumpleaños. Pero tenía problemas con los otros libros, sobre todo con los que se suponía gustaban a los muchachos de edad escolar.
Durante una o dos horas a la semana en la escuela -esto era en quinto de primaria- el director, el señor Worm, nos leía Veinte mil leguas de viaje submarino de la serie de Collins Classics. El quinto grado era de "exhibición" y resultaba importante para la reputación de la escuela. Las exhibiciones, organizadas por el gobierno, eran para las escuelas secundarias de la isla. Ganar una significaba no pagar las cuotas de la escuela secundaria y conseguir libros gratis durante todo ese tiempo. También significaba atribuirse una especie de fama para uno mismo y para la escuela.
Estuve dos años en la clase de exhibición; otros muchachos inteligentes tenían que hacer lo mismo. En mi primer año, que se consideraba de prueba, hubo doce exhibiciones en toda la isla; el año siguiente hubo veinte. Fuesen doce exhibiciones o veinte, la escuela quería su buena cuota de prestigio, y nos hacía trabajar mucho. Nos sentábamos bajo una angosta tabla blanca en la que el señor Baldwin, uno de los maestros (con pelo crespo aplastado y lustroso), había pintado con mano torpe los nombres de los ganadores de exhibiciones de la escuela de los últimos diez años. Y -dignidad preocupante- nuestro salón de clases también era la oficina del señor Worm.
Él era un mulato de edad avanzada, de baja estatura y corpulento, muy correcto con anteojos y traje, y bastante maltratador cuando se irritaba; jadeaba mientras nos azotaba, como si fuese él quien estaba sufriendo. A veces, tal vez sólo para salirse del pequeño edificio ruidoso de la escuela, donde las ventanas y las puertas siempre estaban abiertas y las clases estaban separadas sólo por mamparas de media altura, nos llevaba al patio polvoso a la sombra del árbol de samán. Alguien le llevaba su silla y él se sentaba bajo el samán tal como lo hacía tras su gran escritorio en el salón de clases. Nos parábamos a su alrededor y tratábamos de estar quietos. Bajaba los ojos al pequeño Collins Classic, extrañamente parecido a un misal en sus gruesas manos, y leía a Julio Verne como un hombre que reza.
Veinte mil leguas de viaje submarino no era un texto para analizar. Sólo era la manera del señor Worm de introducir su clase de exhibición al ámbito de la lectura en general. Debía darnos "cultura general" y, al mismo tiempo, ser un receso del intenso estudio para las exhibiciones (Julio Verne era uno de esos escritores que se supone gusta a los muchachos); pero esas horas eran horas vacías para nosotros, no fáciles de aguantar ni de pie ni sentados. Yo entendía cada palabra que pronunciaba pero no captaba nada. Esto a veces me sucedía en el cine; pero allí siempre disfrutaba la idea de estar en el cine. Del Julio Verne del señor Worm no retuve nada y, salvo los nombres del submarino y el capitán, no recuerdo lo que se leyó durante todas esas horas.
Sin embargo, a estas alturas, ya había empezado a tener
mi propia idea de lo que era escribir. Era una idea privada, y
curiosamente dignificante, separada de la escuela y separada de
la vida desordenada y desintegrada de nuestra familia extendida
hindú. Esa idea de escritura -que me daría la ambición
de ser escritor- se había desarrollado a partir de las
cositas que mi padre me leía de vez en cuando.
Mi padre era un autodidacta que se había hecho periodista.
Leía a su modo. En esa época tenía poco más
de treinta años; y seguía aprendiendo. Leía
muchos libros al mismo tiempo, no terminaba ninguno, no buscaba
la historia o el argumento en ningún libro sino las cualidades
especiales o el carácter del escritor. Allí encontraba
el placer, y podía saborear a los escritores sólo
en pequeños fragmentos. A veces me llamaba para que escuchara
dos o tres o cuatro páginas, rara vez más, de escritura,
que disfrutaba especialmente. Leía y explicaba con entusiasmo
y era fácil que me gustara lo que a él le gustaba.
De esta manera insólita -considerando los antecedentes:
la escuela colonial racialmente mixta, la introversión
asiática en la casa- yo había empezado a reunir
mi propia antología de literatura inglesa.
Éstas eran algunas de las obras que estaban
en la antología antes de que yo tuviera doce años:
algunos parlamentos de Julio César, algunas páginas
de los primeros capítulos de Oliver Twist, Nicholas
Nickleby y David Copperfield; la historia de Perseo
de Los héroes de Charles Kingsley; unas páginas
de El molino sobre el Floss; un romántico cuento
malayo de amor, huida y muerte de Joseph Conrad; uno o dos volúmenes
de las Historias de Shakespeare de Lamb; algunos cuentos
de O. Henry y Maupassant; una o dos páginas cínicas
sobre el Ganges y una fiesta religiosa de Pilatos bromista
de Aldous Huxley; algo en el mismo tono de Vacación
hindú de J.R. Ackerley; unas páginas de Somerset
Maugham.
Lamb y Kingsley deberían haber sido demasiado anticuados
y complicados para mí. Pero de alguna manera -sin duda
por el entusiasmo de mi padre- yo era capaz de simplificar todo
lo que escuchaba. En mi cabeza, todos los fragmentos (incluso
los de Julio César) asumían aspectos del
cuento de hadas, se volvían un poco como las cosas de Andersen,
lejanas y atemporales, con las que no era difícil jugar
en la mente.
Pero cuando acudía a los libros en sí, me era difícil
ir más allá de lo que me habían leído.
Lo que ya conocía era mágico; lo que trataba de
leer yo solo era muy lejano. El lenguaje era demasiado difícil;
me perdía en los detalles sociales o históricos.
En el cuento de Conrad el clima y la vegetación eran como
lo que me rodeaba, pero los malayos parecían extravagantes,
irreales, y no podía ubicarlos. Cuando se trataba de los
escritores modernos, su acento sobre su propia personalidad me
excluía: no podía fingir que era Maugham en Londres
o Huxley o Ackerley en la India.
Deseaba ser un escritor. Pero junto con el deseo había
llegado el conocimiento de que la literatura que me había
provocado ese deseo venía de otro mundo, muy lejos del
nuestro.
2
Éramos una comunidad de inmigrantes asiáticos
en una islita colonial del Nuevo Mundo. Para mí, la India
parecía muy lejana, mítica, pero en esa época
todas las ramas de la familia extendida habíamos estado
fuera de la India sólo cuarenta o cincuenta años.
Todavía estábamos llenos de los instintos de la
gente de la llanura del Ganges, aunque año tras año
la vida colonial que nos rodeaba nos absorbía cada vez
más. Mi presencia en la clase del señor Worm era
parte de ese cambio. Nadie de nuestra familia había entrado
a esa escuela tan joven. Otros después de mí irían
a la clase de exhibición, pero yo fui el primero.
Pedazos distorsionados de la vieja India (muy vieja, la India
de los pueblitos decimonónicos, que han de haber sido como
la India de siglos anteriores) todavía estaban conmigo,
no sólo en la vida reservada de nuestra familia extendida,
sino también en lo que nos llegaba a veces de nuestra comunidad
que estaba afuera.
Una de las primeras cosas públicas a las que me llevaron
fue a ver Ramlila, la obra de teatro al aire libre basada
en el Ramayana, historia épica sobre el destierro
y posterior triunfo de Rama, el héroe-dios hindú.
Se realizó en un campo abierto rodeado por caña
de azúcar, a orillas de nuestro pueblito rural. Los actores
tenían el torso desnudo y algunos traían arcos largos;
caminaban de modo lento, estilizado y rítmico, sobre las
puntas de los pies, y con pasos altos y trémulos; cuando
salían de escena (son recuerdos de hace mucho) bajaban
una rampa que se había cavado en la tierra. La obra terminaba
cuando quemaban la gran efigie negra del rey demonio de Lanka.
Esta quemazón era una de las cosas por las que había
venido la gente; y la efigie, burdamente hecha, con papel alquitranado
sobre un marco de bambú, había estado parada en
el campo abierto todo el tiempo, como una promesa de la conflagración.
Todo en ese Ramlila se había transportado desde
la India en la memoria de la gente. Y aunque como teatro era burdo
y hubo mucho que se me fue de la trama, creo que entendí
más y sentí más que durante El príncipe
y el mendigo y Sesenta años gloriosos en el
cine local. Esas fueron las primeras películas que vi,
y nunca tuve idea de lo que estaba viendo. Mientras que Ramlila
había dado realidad, y mucha emoción, a lo que conocía
del Ramayana.
El Ramayana era el cuento hindú esencial. Era la
más accesible de nuestras dos épicas, y vivía
entre nosotros como viven las épicas. Tenía una
narración fuerte, ágil, rica y, aun con la maquinaria
divina, el asunto era muy humano. Los personajes y sus motivaciones
siempre podían discutirse; la épica era como una
educación moral para nosotros. Todos los que me rodeaban
conocían la historia por lo menos en resumen; alguna gente
incluso se sabía algunos de los versos. A mí no
tuvieron que enseñármela: era como si siempre hubiese
conocido la historia del injusto destierro al bosque peligroso.
Estaba subyacente en la escritura que llegué a conocer
después en la ciudad, en Andersen y Esopo que leería
por mi cuenta, y en las cosas que mi padre me leería.
3
La isla era pequeña, 1,800 millas cuadradas,
medio millón de personas, pero la población estaba
muy mezclada y había muchos mundos distintos.
Cuando mi padre consiguió trabajo en el periódico
local, nos fuimos a vivir a la ciudad. Era a sólo doce
millas, pero fue como ir a otro país. Nuestro mundito rural
hindú, el mundo de una India recordada que se estaba desintegrando,
quedó atrás. Nunca regresé: perdí
contacto con la lengua; nunca vi otro Ramlila.
En la ciudad estábamos en una especie de limbo. Había
pocos hindúes allí, y nadie que se nos pareciera
en las calles. Aunque todo estaba muy cerca y las casas estaban
abiertas a todo tipo de ruido, nadie podía estar realmente
en privado en su patio, seguíamos viviendo con nuestro
estilo reservado, mentalmente separados de la vida más
colonial, más racialmente mezclada que nos rodeaba. Había
casas respetables con portales y helechos colgantes. Pero también
había patios sin barda con tres o cuatro casitas de madera
de dos cuartos que se estaban viniendo abajo, como los barracones
de esclavos de hacía cien años, y una o dos llaves
de agua comunes en el patio. La vida de la calle podía
ser estruendosa: la gran base militar estadunidense estaba justo
al final de la calle.
Llegar después de tres años en la ciudad, a la clase
de exhibición del señor Worm, estudiando intensamente
todo el tiempo, aprendiendo todo de memoria, viviendo con abstracciones,
comprendiendo muy poco, era como entrar a un cine después
de empezada la película y entender sólo indicios
dispersos de la historia. Fue así durante los doce años
que me quedé en la ciudad antes de irme a Inglaterra. Nunca
dejé de sentirme un extraño. Veía a la gente
de otros grupos sólo desde afuera; las amistades escolares
quedaban atrás en la escuela o en la calle. No entendía
bien dónde estaba, y en realidad nunca tuve el tiempo de
averiguarlo: todo menos diecinueve meses de esos doce años
lo pasé en una especie de estudio colonial ciego e impulsivo.
En poco tiempo me enteré de que había más
mundo afuera, del cual nuestro mundo colonial sólo era
una sombra. Ese mundo exterior -principalmente Inglaterra, pero
también Estados Unidos y Canadá- nos regía
en todos los aspectos. Enviaba a sus gobernadores y todo lo demás
con que vivíamos: comida barata en conserva que la isla
había necesitado desde los días de la esclavitud
(arenque ahumado, bacalao, leche condensada, sardinas de Nueva
Brunswick en aceite); medicamentos especiales (pastillas Dodd's
para el riñón, linimento del Dr. Sloan, el tónico
llamado 666). Nos enviaban -con un receso de un año malo
de la guerra, cuando usamos las monedas de diez y cinco centavos
de Canadá- las monedas de Inglaterra, desde el medio penique
hasta la media corona, a las que automáticamente dábamos
valores en nuestros dólares y centavos: un centavo por
medio penique, veinticuatro centavos por un chelín.
Nos enviaban libros de texto (Shilling Arithmetic de Rivington,
la Gramática de Nesfield) y los exámenes
para los distintos certificados escolares. Nos enviaban las películas
que alimentaban nuestra vida imaginativa, y Life y Time.
Enviaban lotes de The Illustrated London News a la oficina
del señor Worm. Nos enviaban los libros de Everyman's Library
y Penguin y Collins Classics. Nos enviaban todo. Le habían
dado Julio Verne al señor Worm. Y, a través de mi
padre, me habían dado a mí mi antología privada
de literatura.
A los libros en sí no podía entrar solo. No tenía
la llave imaginativa. Los conocimientos sociales que yo tenía
-un pueblo vagamente recordado, la India y un mundo colonial mixto
visto desde fuera- no me ayudaban para la literatura de la metrópolis.
Estaba a dos mundos de distancia.
No me las arreglaba bien con los cuentos de la escuela pública
(recuerdo uno con el curioso título de Gorrión
en busca de expulsión, recién llegado de Inglaterra
para la pequeña biblioteca del señor Worm). Y más
adelante, cuando estaba en la escuela secundaria (gané
la exhibición), tuve los mismos problemas con los cuentos
de aventuras o los de misterio en la biblioteca de la escuela,
el Buchan, el Sapper, el Sabatini, el Sax Rohmer, todos encuadernados
en piel con la dignidad de la época de preguerra, y con
el escudo de la escuela grabado en oro en la portada. No veía
el sentido de estas emociones artificiales, ni el sentido de las
novelas de detectives (mucha lectura, con cierta cantidad de instrucciones
equívocas, para un pequeño enigma). Y cuando, sin
saber mucho sobre nuevas reputaciones, intenté leer sencillas
novelas inglesas de la biblioteca pública, surgían
demasiadas preguntas acerca de la realidad de la gente, la artificialidad
del método narrativo, el propósito de toda la disposición
y sobre cuál era la recompensa final para mí.
Mi antología privada y las enseñanzas de mi padre
me habían dado una idea elevada de la escritura. Y aunque
había empezado desde una esquina bastante diferente, y
estaba a años de distancia de entender por qué sentía
lo que sentía, mi actitud (como luego descubriría)
era como la de Joseph Conrad -que en esa época acababa
de empezar a publicar- cuando le enviaron la novela de un amigo.
La novela claramente era una de mucha trama: Conrad la vio no
como una revelación de corazones humanos sino como una
invención de "sucesos que, propiamente hablando, son
sólo accidentes". Al amigo le escribió:
"Todo el encanto, toda la verdad, quedan eliminados por los...
mecanismos (por así decir) de la historia que la hace parecer
falsa."
Para Conrad, así como para el narrador de Bajo la mirada
occidental, el descubrimiento de cada relato era moral. Para
mí también lo era, sin saberlo. Ahí me habían
llevado el Ramayana y Esopo y Andersen y mi antología
privada (incluso Maupassant y O. Henry). Cuando Conrad conoció
a H.G. Wells, a quien consideraba demasiado verboso, y que no
contaba directamente la historia, Conrad dijo: "Mi querido
Wells, ¿de qué se trata El amor y el señor
Lewisham? ¿Qué es todo esto sobre Jane Austen?
¿De qué se trata todo esto?"
Así me había sentido yo en la escuela secundaria
y también durante muchos años después; pero
no se me había ocurrido decirlo, no sentía que tenía
el derecho de hacerlo, no me sentí competente como lector
hasta los veinticinco años de edad. Para ese entonces ya
había pasado siete años en Inglaterra, cuatro de
ellos en Oxford, y tenía un poco del conocimiento social
que era necesario para comprender la ficción inglesa y
la europea. También me había hecho escritor y, por
lo tanto, podía ver la escritura desde el otro lado. Hasta
entonces había leído ciegamente, sin criterio, sin
saber realmente cómo valorar las historias inventadas.
Sin embargo, algunas cosas innegables se habían añadido
a mi antología durante mi época en la escuela secundaria.
Los más cercanos a mí eran los relatos de mi padre
acerca de la vida de nuestra comunidad. Me encantaban como escritura,
así como por el trabajo que se necesitaba para hacerlos.
También me anclaban en el mundo; sin ellos no habría
sabido nada de nuestros ancestros. Y, mediante el entusiasmo de
un maestro, hubo tres experiencias literarias en el último
año de preparatoria: Tartufo que era como un cuento
de hadas que daba miedo, Cyrano de Bergerac, que evocaba
la emoción más profunda, y Lazarillo de Tormes,
la picaresca española de mediados del siglo XVI, primera
de su tipo, animada e irónica, que me introdujo en un mundo
como el que yo conocía.
Eso fue todo. Esa era mi provisión de lecturas al final
de mi educación isleña. No podía considerarme
un lector de verdad. Nunca había tenido la capacidad de
perderme en un libro; al igual que mi padre, podía leer
sólo pequeños fragmentos. Mis ensayos para la escuela
no eran excepcionales; sólo eran el resultado de un estudio
amontonado. A pesar del ejemplo de mi padre con sus relatos, no
había empezado a reflexionar de manera concreta sobre qué
podría escribir. Pero seguía pensando que yo era
escritor.
Ahora era menos una ambición verdadera que una forma de
amor propio, un sueño de liberación, una idea de
nobleza. Mi vida, y la vida de nuestra sección de la familia
extendida, siempre había sido inestable. Mi padre, aunque
no era huérfano, había sido una especie de niño
expósito desde la infancia; y siempre habíamos sido
medio dependientes. Como periodista, a mi padre le pagaban poco;
durante unos años habíamos sido bastante pobres,
y no teníamos una casa adecuada. En la escuela fui un niño
inteligente; en la calle, donde todavía nos manteníamos
separados, me sentía avergonzado de nuestra situación.
Aun después de que había pasado esa mala época,
y nos habíamos mudado, me carcomía la ansiedad.
Era la emoción que siempre había sentido.
4
El gobierno colonial daba cuatro becas al año
a estudiantes con certificado de preparatoria que hubiesen sido
de los mejores de su grupo: idiomas, estudios modernos, ciencia
y matemáticas. Los exámenes se mandaban desde Inglaterra,
y se regresaban allá para ser calificados. Las becas eran
generosas. Su intención era dar una profesión a
un hombre o una mujer. Quien ganaba la beca podía ir, con
cargo al gobierno, a cualquier universidad o instituto de enseñanza
superior en el Imperio Británico; y la beca duraba siete
años. Cuando gané mi beca -después de un
esfuerzo que todavía duele pensar: era a lo que todos los
años de estudio intenso debían llegar- decidí
sólo ir a Oxford al curso de literatura inglesa de tres
años. No lo hice por ir a Oxford ni por el curso de literatura
inglesa; no sabía casi nada de ninguno de los dos. Lo hice
principalmente para irme al mundo más grande y darme tiempo
para vivir de acuerdo con mi fantasía y volverme escritor.
Ser escritor era ser escritor de novelas y cuentos. Así
era como me había llegado la ambición, a través
de mi antología y el ejemplo de mi padre, y así
era como se había quedado. Era extraño que yo no
hubiese cuestionado esta idea, ya que no me gustaban las novelas,
no había sentido el impulso (que se supone los niños
sienten) de inventar historias, y casi toda mi vida imaginativa
durante los largos años de intenso estudio se había
dado en el cine y no en los libros. A veces, cuando pensaba en
el vacío de escritura dentro de mí, me ponía
nervioso; y luego -era como creer en la magia- me decía
que cuando llegara el momento ya no habría vacío
y los libros se escribirían.
Ahora, en Oxford, con esa beca duramente ganada, el momento debería
haber llegado. Pero el vacío todavía estaba allí;
y la sola idea de ficción y novela seguía intrigándome.
Una novela era algo inventado; esto casi era su definición.
Al mismo tiempo se esperaba que fuera verdad, que fuera derivada
de la vida, de modo que parte del sentido de la novela provenía
de medio rechazar la ficción, o mirar a través de
ella hacia una realidad.
Más adelante, cuando había empezado a identificar
mi material y había empezado a ser un escritor, trabajando
de manera más o menos intuitiva, esta ambigüedad dejó
de preocuparme. En 1955, año de este descubrimiento, logré
entender la definición de ficción de Evelyn Waugh
(en la dedicatoria a Oficiales y caballeros, publicada
ese año) como una "experiencia totalmente transformada";
no habría comprendido ni creído en esas palabras
el año anterior.
Más de cuarenta años después, mientras leía
por primera vez las estampas de Sebastopol de Tolstoi, recordé
aquella felicidad que sentí cuando empezaba a escribir,
cuando empecé a ver un camino hacia adelante. Pensé
que en esas estampas podía ver moverse al joven Tolstoi,
como por necesidad, hacia el descubrimiento de la ficción:
empezaba como un cuidadoso escritor descriptivo (una contraparte
rusa de William Howard Russell, el corresponsal del Times,
no mucho mayor, por otro lado), y luego, como si hubiese visto
una manera mejor y más fácil de tratar con los horrores
del estado de sitio de Sebastopol, hacía una ficción
sencilla, ponía en movimiento a unos personajes, y acercaba
la realidad.
Un descubrimiento como ése me llegaría a mí,
pero no en Oxford. No sucedió ninguna magia en mis tres
años allí, ni en el cuarto año que me permitió
la Oficina Colonial. Seguía inquietándome la idea
de la ficción como algo inventado. ¿Hasta dónde
podía llegar la invención (los "accidentes"
de Conrad)? ¿Cuál era su lógica y cuál
era su valor? Esto me llevó por muchos caminos laterales.
Sentí que mi personalidad como escritor era algo grotescamente
fluido. No me daba ningún placer sentarme a la mesa y hacer
como que escribía; me sentía cohibido y falso.
Si hubiese tenido aunque fuera un poquito de dinero, o el prospecto
de un trabajo regular, habría sido fácil desechar
la idea de escribir. La veía ahora sólo como una
fantasía nacida de la preocupación y la ignorancia
de mi infancia, y se había vuelto una carga. Pero no había
dinero. Tenía que retener esa idea.
Estaba casi indigente -tal vez tenía seis libras- cuando
me fui de Oxford hacia Londres para instalarme como escritor.
Todo lo que quedaba de mi beca, que ahora parecía haber
sido pródigamente despilfarrada, era el costo del regreso
a casa. Durante cinco meses me dio asilo en un oscuro sótano
en Paddington un primo mayor que respetaba mi ambición;
él era muy pobre, estudiaba leyes y trabajaba en una fábrica
de cigarrillos.
Nada sucedió con mi escritura durante esos cinco meses;
nada sucedió durante los cinco meses siguientes. Y luego
un día, en la profundidad de mi depresión casi permanente,
comencé a ver lo que podría ser mi material: la
calle urbana de cuya vida mixta nos habíamos mantenido
alejados, y la vida rural anterior, con los modos y maneras de
una India recordada. Parecía fácil y obvio cuando
lo encontré; pero me había tardado cuatro años
en verlo. Casi al mismo tiempo me llegó el lenguaje, el
tono, la voz para ese material. Era como si voz y asunto y forma
fuesen partes uno de otro.
Una parte de la voz era la de mi padre, de sus relatos de la vida
rural de nuestra comunidad. Parte era del anónimo Lazarillo,
de la España de mediados del siglo XVI.
(En mi segundo año en Oxford le había escrito a
E.V. Rieu, editor de los Penguin Classics, ofreciéndole
traducir el Lazarillo. Me había contestado con mucha
cortesía, a mano, diciendo que sería un libro difícil
de publicar, y que no lo consideraba un clásico. No obstante,
durante mi vacío, como sustituto de la escritura, había
hecho la traducción completa.) La voz mixta funcionaba.
No era totalmente mía cuando me llegó, pero no me
sentía incómodo con ella. De hecho, era la voz de
escritura que me había esforzado en encontrar. Pronto me
fue familiar, era la voz que estaba en mi mente. Me daba cuenta
de cuándo estaba bien y cuándo se empezaba a descarrilar.
Para empezar como escritor había tenido que volver al principio
y -olvidando Oxford y Londres- elegir mi camino de regreso a aquellas
primeras experiencias literarias, algunas no compartidas con nadie,
que me habían dado mi propio punto de vista de lo que estaba
a mi alrededor.
5
En mi fantasía de ser escritor no había
ninguna idea de cómo realmente escribiría un libro.
Supongo -no podría estar seguro- que había una vaga
noción en la fantasía de que, una vez que hubiera
hecho el primero, los demás se seguirían.
Vi que no era así. El material no lo permitía. En
aquellos primeros días, cada libro nuevo significaba enfrentarme
otra vez al viejo vacío y volver al principio. Los libros
posteriores llegaron como el primero, impulsados sólo por
el deseo de hacer un libro, atrapando intuitiva, ingenua o desesperadamente
ideas y material sin comprender del todo adónde me llevaría.
El conocimiento venía con la escritura. Cada libro me llevaba
a una comprensión y un sentimiento más profundos,
y eso llevaba a una manera distinta de escribir. Cada libro era
una etapa en un proceso de averiguación; no podía
repetirse. Mi material -mi pasado, separado de mí también
por la geografía- era fijo y, como la infancia en sí,
completo; no podía añadírsele nada. Esta
manera de escribir lo consumía. En cinco años había
llegado al final. Mi imaginación era como un pizarrón
con garabatos de gis, borrado por etapas, y al final otra vez
en blanco, tabula rasa.
La ficción me había llevado hasta su límite.
Había ciertas cosas que ésta no podía tratar.
No podía tratar mis años en Inglaterra: no había
ninguna profundidad social en la experiencia; más bien
parecía un asunto autobiográfico. Y no podía
tratar mi conocimiento cada vez mayor del mundo más amplio.
La ficción, por su naturaleza, al funcionar mejor dentro
de ciertos límites sociales fijos, parecía empujarme
hacia atrás a mundos -como el isleño, o el de mi
infancia- más pequeños que el que yo habitaba. La
ficción, que una vez me liberó y me iluminó,
ahora parecía empujarme hacia algo más simple de
lo que yo era. Durante algunos años -tres, tal vez cuatro-
no supe cómo moverme; estaba bastante perdido.
Casi toda mi vida adulta la había pasado en países
donde yo era un extraño. Como escritor, no podía
sobrepasar esa experiencia. Para ser sincero con esa experiencia,
tenía que escribir acerca de personas en ese tipo de situación.
Encontré maneras de hacerlo; pero nunca dejé de
sentirlo como una restricción. Si hubiese tenido que depender
sólo de la novela, probablemente pronto me habría
encontrado sin medios para continuar, aunque tenía práctica
en la narración en prosa y estaba lleno de curiosidad acerca
del mundo y la gente.
Pero había otras formas que cumplían mis necesidades.
El azar, bastante al principio, me había llevado a una
comisión para viajar a las anteriores colonias esclavistas
del Caribe y los que habían sido mares españoles.
Yo acepté por la posibilidad de viajar; no había
pensado mucho acerca de la forma.
Tenía la idea de que un libro de viajes podría ser
un interludio vistoso en la vida de un escritor serio. Pero los
escritores en quienes pensaba -y no podrían haber sido
otros- era gente de la metrópolis: Huxley, Lawrence, Waugh.
Yo no era como ellos. Ellos escribieron en tiempos del imperio;
sea cual fuere su carácter en su país, inevitablemente
en sus viajes se volvían medio imperiales, usando los incidentes
del viaje para definir sus personalidades metropolitanas contra
un telón de fondo extranjero.
Mis viajes no eran así. Yo era un colono que viajaba en
colonias de cultivo del Nuevo Mundo muy parecidas a aquella en
la que yo había crecido. Mirar, como visitante, otras comunidades
semiabandonadas en tierras saqueadas, en la gran escenografía
romántica del Nuevo Mundo, era ver, como desde lejos, cómo
habría sido la propia comunidad. Era estar fuera de uno
mismo y las circunstancias inmediatas -el material de la ficción-,
tener una nueva visión de donde uno había nacido,
y tener un indicio de una secuencia de sucesos históricos
muy remotos.
Tenía dificultades con la forma. No sabía cómo
viajar para un libro. Viajaba como si estuviera de vacaciones,
y luego daba tropiezos, buscando la narración. Tenía
dificultades con el "yo" del escritor del libro de viajes;
pensaba que, como viajero y narrador, estaba incuestionablemente
al mando y tenía que dar grandes opiniones.
Con todos sus defectos, el libro, como los libros anteriores de
ficción, era para mí una extensión de conocimiento
y sentimiento. No habría sido posible que desaprendiera
lo que había aprendido. La ficción, la exploración
de las circunstancias inmediatas propias, me habían llevado
por un largo camino. Los viajes me habían llevado más
allá.
6
Fue otra vez el azar que me provocó hacer
otro libro no de ficción. Un editor en Estados Unidos estaba
publicando una serie para viajeros, y me pidió que escribiera
algo sobre las colonias. Pensé que sería un trabajo
sencillo: un poco de historia local, algunos recuerdos personales,
algunas estampas en palabras.
Había pensado, con un extraño tipo de ingenuidad,
que en nuestro mundo todos los conocimientos estaban disponibles,
que toda la historia estaba almacenada en algún lugar y
podría desenterrarse según las necesidades. Encontré
ahora que no había historia local qué consultar.
Había sólo unas guías en que se repetían
algunas leyendas. La colonia no había sido importante;
su pasado había desaparecido. En algunas de las guías
se señalaba con humor que la colonia era un lugar donde
nada notable había sucedido desde la visita de Sir Walter
Raleigh en 1595.
Tuve que ir a ver los registros. Había informes de viajeros,
documentos oficiales británicos. En el Museo Británico
había muchos grandes volúmenes de copias de registros
españoles relevantes, desenterrados por el gobierno británico
de los archivos españoles de la década de 1890,
en la época de la disputa fronteriza entre Guyana británica
y Venezuela. En los registros busqué a la gente y sus historias.
Era la mejor manera de organizar el material y la única
manera de escribir que yo conocía. Pero fue mucho trabajo:
seleccionar entre los papeles y usar detalles de cinco o seis
o más documentos para escribir un párrafo de narración.
El libro que pensaba hacer en unos meses me llevó dos años
intensos.
Los registros me regresaron casi hasta el descubrimiento. Me mostraron
a los aborígenes, amos del mar y el río, ocupados
con sus propios asuntos, en posesión de todas las habilidades
que habían necesitado en siglos anteriores, pero desvalidos
frente a los recién llegados, y oprimidos durante los siguientes
doscientos años hasta la anulación del ser, el alcoholismo,
las reservas misioneras y la extinción. En esta selva hecha
por el hombre, pues, a fines del siglo XVIII,
se instalaron las plantaciones esclavistas, así como las
líneas rectas de la nueva ciudad española.
En la escuela, en la clase de historia, la esclavitud sólo
era una palabra. Un día en el patio de la escuela, en la
clase del señor Worm, cuando se habló un poco del
asunto, recuerdo que traté de darle un significado a la
palabra: miré hacia arriba a los cerros al norte de la
ciudad y pensé que esos cerros alguna vez habrían
sido mirados por gente que no era libre. La idea era demasiado
dolorosa para retenerla.
Ahora, muchos años después de aquel momento en el
patio de la escuela, los documentos hicieron realidad esa época
de esclavitud. Me permitieron vislumbrar la vida en las plantaciones.
Una plantación estuvo muy cerca de la escuela; una calle
no muy lejana todavía tenía el nombre francés
-adaptado al inglés- del propietario del siglo XVIII.
Encontré documentos -con frecuencia- en la cárcel
de la ciudad, donde la ocupación principal del carcelero
francés y su esclavo ayudante era castigar a los esclavos
(los cargos dependían del castigo infligido y los hacendados
pagaban) y donde había celdas calientes especiales, justo
bajo el techo de tejamanil, para los esclavos considerados hechiceros.
A través de los registros de un insólito juicio
por asesinato -un esclavo había matado a otro en un velorio
por una negra libre- me hice una idea de la vida de los esclavos
de la calle en la década de 1790, y me di cuenta de que
el tipo de calle en que nosotros habíamos vivido, y el
tipo de calle que yo había estudiado desde lejos, eran
muy cercanos a las calles y la vida de hacía ciento cincuenta
años. Esa idea, de una historia o los antecedentes de la
calle urbana, era nueva para mí. Lo que había conocido
me había parecido común, no planeado, sólo
allí, con nada que se pareciera a un pasado. Pero el pasado
estaba ahí: en el patio de la escuela, en la clase del
señor Worm, bajo el árbol de samán, nos parábamos
tal vez en el sitio de la hacienda Bel-Air de Dominique Dert,
donde en 1803 el commandeur esclavista, capataz de la hacienda,
por un amor retorcido por su amo, había intentado envenenar
a otros esclavos.
Más perturbadora era la idea de los aborígenes desaparecidos,
sobre cuya tierra y entre cuyos espíritus todos vivíamos.
El pueblo rural en el que yo había nacido, y donde en un
claro del cañaveral había visto nuestro Ramlila,
tenía un nombre aborigen. Un día descubrí
en el Museo Británico -en una carta de 1625 del rey de
España al gobernador local- que era el nombre de una pequeña
tribu fastidiosa de apenas más de mil personas. En 1617
habían funcionado como guías del río para
los invasores ingleses. Ocho años después -España
tenía una larga memoria-, el gobernador español
había reunido suficientes hombres para infligir un castigo
colectivo no especificado a la tribu; y su nombre había
desaparecido de los registros.
Esto era más que un dato sobre los aborígenes. En
cierta medida, modificaba mi propio pasado. Ya no podía
pensar en el Ramlila que había visto de niño,
como si hubiese ocurrido al principio de todo. Imaginativamente
tenía que hacerle lugar a gente de otro tipo en el suelo
del Ramlila. La ficción por sí sola no me
habría llevado a esta comprensión más amplia.
No volví a hacer un libro así, sólo a partir
de documentos. Pero la técnica que había adquirido
-de ver a través de múltiples impresiones una narración
humana central- era algo que trasladé a los libros de viajes
(o, mejor dicho, de búsqueda) que escribí durante
los siguientes treinta años. Así, a medida que mi
mundo se ampliaba, más allá de las circunstancias
personales inmediatas que nutrían la ficción, y
a medida que se ampliaba mi comprensión, las formas literarias
que practicaba fluyeron de manera paralela y se apoyaban una a
otra; y no podía decir que una forma fuese superior a otra.
La forma dependía del material; todos los libros eran parte
del mismo proceso de comprensión. A esto me había
comprometido la carrera de escritor, al principio sólo
una fantasía infantil, y luego un deseo más desesperado
de escribir relatos.
La novela era una forma importada. Para el escritor de la metrópolis
era sólo un aspecto del conocimiento de sí mismo.
A su alrededor había una masa de otros aprendizajes, otras
formas imaginativas, otras disciplinas. Al principio, era todo
para mí. Al contrario del escritor de la metrópolis,
no tenía conocimiento de un pasado. El pasado de nuestra
comunidad terminaba, para la mayoría de nosotros, con nuestros
abuelos; más allá de eso no podíamos ver.
Y la colonia de cultivo, como decían las guías humorísticas,
era un sitio donde casi nada había sucedido. En la ficción
sí sucedía algo, acerca de las circunstancias inmediatas
propias, colgado en el vacío, sin contexto, sin el mayor
conocimiento de uno mismo que siempre estaba implícito
en una novela de la metrópolis.
De niño, al tratar de leer, había sentido que dos
mundos me separaban de los libros que me ofrecían en la
escuela y en las bibliotecas: el mundo de la infancia de nuestra
India recordada y el mundo más colonial de nuestra ciudad.
Yo pensé que las dificultades tenían que ver con
los problemas sociales y afectivos de mi infancia -esa sensación
de haber entrado al cine mucho después de empezada la película-
y que las dificultades se desvanecerían cuando yo creciera.
Lo que no sabía, aun después de haber escrito mis
primeros libros de ficción -que se referían sólo
al argumento y a la gente y a tratar de llegar al final y a montar
bien las bromas-, era que esas dos esferas de oscuridad se habían
convertido en mi tema. La ficción, elaborando sus misterios,
encontrando direcciones a través de indirecciones, me había
llevado a mi tema. Pero no me había llevado hasta el final.
7
La India era el dolor más grande. Era un
país sometido. También era el lugar de cuya inmensa
pobreza nuestros abuelos tuvieron que escapar a fines del siglo
XIX. Las dos Indias estaban separadas. La
India política, del movimiento de la liberación,
tenía sus grandes nombres. La otra
India, más personal, era bastante oculta: desaparecía
cuando se desvanecían los recuerdos. No era una India sobre
la que pudiéramos leer. No era la India de Kipling ni de
E.M. Forster ni de Somerset Maugham; y estaba lejos de la India
algo elegante de Nehru y Tagore. (Había un escritor hindú,
Premchand [1880-1936], cuyos cuentos en hindi y urdu nos habrían
hecho más real nuestro pasado de pueblo de la India. Pero
no lo conocíamos; no estábamos leyendo así
a la gente.)
A esta India personal, y no la de la independencia con sus grandes
nombres, viajé cuando llegó el momento. Estaba muy
nervioso. Pero nada me había preparado para el abandono
que vi. Ningún otro país de los que yo conocía
tenía tantas capas de miseria, y pocos países eran
tan populosos. Sentí que estaba en un continente donde,
separado del resto del mundo, había ocurrido una calamidad
misteriosa. Pero lo que fue tan abrumador para mí, tan
en primer plano, no se podía encontrar en la escritura
moderna que yo conocía, ni hindú ni inglesa. En
un cuento de Kipling, una hambruna en la India era el telón
de fondo para un romance inglés; pero, por lo general,
tanto en la escritura inglesa como en la hindú, la extraordinaria
miseria de la India, cuando se reconocía, era como algo
dado, eterno, algo que debía leerse sólo como telón
de fondo. Y había, como siempre, quienes creían
que podrían encontrar una cualidad espiritual en la miseria
especial de la India.
Sólo en la autobiografía de Gandhi, La historia
de mis experimentos con la verdad, en los capítulos
que tratan de su descubrimiento en la década de 1890 de
la miseria de los trabajadores hindúes desamparados en
Sudáfrica, encontré indirectamente, y no por mucho
tiempo, una crudeza de dolor que se parecía a la mía
en la India.
Escribí un libro, después de haber desechado la
idea. Pero no podía deshacerme del dolor. Me tomó
tiempo abrirme paso a través del prejuicio y las fantasías
de las ideas políticas hindúes acerca del pasado
de la India. La lucha por la independencia, el movimiento contra
los británicos, habían ocultado las calamidades
ante los ingleses. Las pruebas de esas calamidades se encontraban
por todos lados. Pero el movimiento de independencia era como
la religión: no veía lo que no quería ver.
Durante más de seiscientos años después del
año 1000 de nuestra era, los invasores musulmanes habían
devastado el subcontinente a su gusto. Habían establecido
reinos e imperios y habían luchado entre sí. Habían
arrasado con los templos de las religiones locales en el norte;
habían penetrado al fondo del sur y allí habían
profanado los templos.
Para el nacionalismo hindú del siglo XX,
esos siglos de derrota eran extraños. De manera que la
historia se reajustó: gobernante y gobernado antes de los
ingleses, conquistador y súbdito, creyente e infiel, se
hicieron uno. Frente al gran poder británico, tenía
cierto sentido. De todos modos, para promover la idea de la unidad
de la India, era más fácil para los escritores nacionalistas
remontarse hasta las épocas preislámicas, hasta
los siglos V y VII,
cuando para algunos este país era el centro del mundo,
y los estudiosos budistas chinos venían como peregrinos
a los centros budistas de aprendizaje en la India.
Ibn Battuta, teólogo y viajero musulmán de Marruecos
del siglo IV, no se acomodaba fácilmente
a esta idea de la unidad de la India. Ibn Battuta deseaba viajar
a todos los países del mundo musulmán. Adonde iba,
vivía de las dádivas de los gobernantes musulmanes,
y a cambio ofrecía pura piedad árabe.
Vino a la India como si fuese una tierra musulmana conquistada.
Se le concedieron los ingresos (o cosechas) de cinco pueblos,
y luego -a pesar de una hambruna- de dos más; y se quedó
allí durante siete años. Al final, sin embargo,
tuvo que huir. El gobernante musulmán en Delhi, el mecenas
mayor de Ibn Battuta, disfrutaba de la sangre, ejecuciones (y
torturas) diarias en el umbral de su salón de audiencias,
donde los cuerpos permanecían durante tres días.
Incluso Ibn Battuta, aunque estaba acostumbrado a los modos de
los déspotas musulmanes en todo el mundo, empezó
a asustarse. Cuando se mandó a cuatro guardias para vigilarlo,
consideró que había llegado su momento. Había
estado molestando al gobernante y sus oficiales para esto y aquello,
y quejándose de que los obsequios del gobernante disminuían
en manos de los oficiales antes de que le llegaran. Ahora, con
la inspiración del terror, se declaró un penitente
que había renunciado al mundo. Hizo un ayuno de cinco días
completos, leyendo el Corán de principio a fin cada día;
y cuando volvió a aparecer frente al gobernante estaba
vestido como mendigo. La renuncia del teólogo tocó
el duro corazón del gobernante, le recordó cosas
más elevadas y entonces permitió que Ibn Battuta
partiera.
En la narración de Ibn Battuta, la gente local sólo
se ve de manera indirecta. Eran siervos en los pueblos (propiedad
del gobernante, parte de las dádivas que podían
ofrecerse al viajero) o simples esclavos (a Ibn Battuta le gustaba
viajar con esclavas jóvenes). Las creencias de esta gente
tenían un aspecto pintoresco, pero aparte de eso no tenían
ningún interés para un teólogo musulmán;
en Delhi sus ídolos habían sido literalmente derribados.
La tierra había dejado de pertenecer a la gente local,
y no tenía ningún sentido sagrado para el gobernante
anterior.
En Ibn Battuta es posible ver los principios del gran abandono
de la India. Para los viajeros europeos del siglo XVII
como Thomas Roe y Bernier, la miseria general de la gente -que
vivía en chozas justo afuera de los palacios mogoles- ridiculizaba
la pretensión de los gobernantes. Y según William
Howard Russell -que informaba en 1858 y 1859 sobre el Motín
de la India para The Times, y que viajó lentamente
de Calcuta al Punjab-, la tierra en todas partes estaba en ruinas,
mientras que la gente común medio muerta de hambre (de
"muslos huecos") ciegamente desempeñaba su trabajo
humilde, sirviendo a los ingleses como había servido a
todos los gobernantes anteriores.
Aunque no hubiese encontrado las palabras apropiadas, de niño
había pensado en la unidad de la India. Ramlila
-la obra de teatro al aire libre basada en el Ramayana
que vimos actuada en un campo abierto justo afuera de nuestro
pueblo- y nuestros ritos religiosos y todos nuestros modos privados
eran parte de esa unidad; era algo que habíamos dejado
atrás. Esta nueva idea del pasado, que me llegaba después
de varios años, desenmarañó ese romance;
me mostró que nuestra civilización ancestral -a
la que habíamos pagado tributo de tantas maneras en nuestra
colonia lejana, y que habíamos considerado antigua e ininterrumpida-
había sido tan desvalida antes de los invasores musulmanes
como los mexicanos y los peruanos lo fueron antes de los españoles;
habían estado medio destruidos.
8
Para cada tipo de experiencia hay una forma adecuada,
y no sé qué tipo de novela podría haber escrito
sobre la India. La ficción funciona mejor en un área
moral y cultural cerrada, donde las reglas son conocidas por la
mayoría; y en esa área delimitada trata cosas -emociones,
impulsos, ansiedades morales- que serían inasibles o quedarían
incompletas en otras formas literarias.
Mi experiencia había sido muy singular. Para escribir una
novela acerca de ella, habría sido necesario crear a alguien
como yo, alguien con mis ancestros y antecedentes, y elaborar
algún asunto que hubiese llevado a esta persona a la India.
Habría sido necesario más o menos duplicar la experiencia
original, y no habría añadido nada. Tolstoi usó
la ficción para acercar el estado de sitio de Sebastopol,
para darle mayor realidad. Creo que si yo hubiese intentado escribir
una novela sobre la India y hubiese montado todo ese aparato de
invención, habría estado falsificando una experiencia
preciada. El valor de la experiencia se encontraba en su singularidad.
Tenía que presentarla tan fielmente como fuese posible.
La novela de la metrópolis, tan atractiva, aparentemente
tan fácil de imitar, viene con suposiciones metropolitanas
acerca de la sociedad: la disponibilidad de una enseñanza
más amplia, una idea de la historia, una preocupación
por el conocimiento de uno mismo. Donde se equivocan esas suposiciones,
donde falta o es imperfecta la enseñanza más amplia,
no estoy seguro de que la novela pueda ofrecer más que
lo externo de las cosas. Los japoneses importaron la forma de
la novela y la añadieron a sus propias tradiciones literaria
e histórica tan ricas; no hubo desajuste. Pero donde, como
en la India, el pasado ha sido arrancado, y la historia es desconocida
o imposible de conocer o negada, no sé si la forma prestada
de la novela pueda transmitir más que una verdad parcial,
una ventana apenas iluminada en una oscuridad general.
Hace cuarenta o cincuenta años, cuando a los escritores
hindúes no se les apreciaba tanto, el escritor R. K. Narayan
era un consuelo y un ejemplo para quienes queríamos escribir
(incluyo a mi padre y a mí). Narayan escribía en
inglés acerca de la vida en la India. Esto en realidad
es difícil de hacer, y Narayan resolvía los problemas
pareciendo ignorarlos. Escribía de manera ligera, directa,
con poca explicación de lo social. Su inglés era
tan personal y fácil, tan carente de asociaciones sociales
inglesas, que no había sensación de rareza; siempre
parecía estar escribiendo desde dentro de su propia cultura.
Escribía acerca de la gente en un pueblo del sur de la
India: gente pequeña, conversaciones grandes, acciones
pequeñas. Allí empezó; y allí estaba
cincuenta años después. En cierta medida, esto reflejaba
la vida de Narayan. Nunca se alejó de sus orígenes.
Cuando lo conocí en Londres en 1961 -él había
estado viajando y estaba a punto de regresar a la India- me dijo
que necesitaba estar en su casa, hacer sus caminatas (con una
sombrilla para el sol) y estar entre sus personajes.
Verdaderamente poseía su mundo. Éste era completo
y siempre estaba allí, esperándolo; y era lo suficientemente
lejano del centro de las cosas para que los disturbios externos
se apaciguaran antes de alcanzarlo. Incluso el movimiento de independencia,
en las calientes décadas de 1930 y 1940, ya estaba lejano,
y la presencia de los británicos estaba marcada sobre todo
por los nombres de edificios y lugares. Ésta era una India
que parecía desafiar a los vanagloriosos e irse por su
propio camino.
Las dinastías surgieron y cayeron. Los palacios y mansiones
aparecieron y desaparecieron. Todo el país se derrumbó
bajo el fuego y la espada del invasor, y se borró cuando
el Sarayu [el río local] desbordó sus orillas.
Pero siempre tuvo su renacimiento y su crecimiento.
En esta visión (de uno de los libros más
místicos de Narayan) el fuego y la espada de la derrota
son como abstracciones. No hay verdadero sufrimiento, y el renacimiento
es casi mágico. Esta gente pequeña de los libros
de Narayan, que ganan dinero insignificante a cambio de trabajos
insignificantes, y que están consolados y regidos por los
rituales, parecen extrañamente aislados de la historia.
Parece que se les dio la existencia con un soplo y al examinarlos
no parecen tener ancestros. Sólo tienen un padre y tal
vez un abuelo; no pueden alcanzar más atrás hacia
el pasado. Van a templos antiguos; pero no tienen la confianza
de esos constructores antiguos; ellos mismos no pueden construir
nada que dure.
Pero la tierra es sagrada, y tiene un pasado. A un personaje en
esa misma novela mística se le concede una visión
simple de ese pasado hindú, y le llega en escenas sencillas.
La primera es del Ramayana (ca. 1000 a.C.); la segunda
es del Buda, del siglo VI a.C.;
la tercera es de Shankaracharya, filósofo del siglo IX,
la cuarta es la llegada de los ingleses mil años después,
y termina con el señor Shilling, gerente del banco local.
Lo que omiten las escenas son los siglos de invasiones musulmanas
y el reinado de los musulmanes. Narayan pasó una parte
de su infancia en el estado de Mysore. Mysore tenía un
maharajá hindú. Los ingleses lo pusieron en el trono
después de que derrotaron al gobernante musulmán.
El maharajá provenía de una familia ilustre; sus
ancestros habían sido sátrapas del último
gran reinado hindú del sur. El reino fue derrotado por
los musulmanes en 1565, y su enorme ciudad capital (con el talento
humano acumulado que la había sostenido) fue casi totalmente
destruida, dejando una tierra tan empobrecida, casi sin recursos
humanos creativos, que ahora es difícil ver cómo
un gran imperio pudo surgir en ese sitio. Las terribles ruinas
de la capital -que todavía cuatro siglos después
hablaba de saqueos y odio y sangre y la derrota hindú,
todo un mundo destruido- estaban tal vez a un día de distancia
de la ciudad de Mysore.
El mundo de Narayan no es, después de todo, tan arraigado
y completo como parece. Su gente pequeña sueña simplemente
en lo que creen ocurrió antes, pero no tienen un linaje
personal; hay un gran vacío en su pasado. Sus vidas son
pequeñas, como deben de ser: esta pequeñez es lo
que ha tenido permiso de surgir de las ruinas, con las nuevas
estructuras simples del orden colonial británico (escuela,
calle, banco, juzgados). En los libros de Narayan, cuando se conoce
la historia, hay menos la vida de una India hindú sabia
y duradera, que una celebración de la redentora paz británica.
Así, en la India, la forma prestada de la novela inglesa
o europea, aun cuando ha aprendido a manejar bien lo externo de
las cosas, a veces puede omitir su esencia terrible. También
yo, como escritor de ficción, apenas comprendiendo mi mundo
-nuestros antecedentes familiares, nuestra migración, la
curiosa India medio recordada en la que vivimos durante una generación,
la escuela del señor Worm, la ambición literaria
de mi padre-, yo también pude empezar sólo con lo
externo de las cosas. Para hacer más, apenas tuve que hacerlo,
dado que no tenía idea o ilusión de un mundo completo
que me esperara en algún lado, tuve que encontrar otras
maneras.
9
Durante sesenta o setenta años en el siglo
XIX, la novela en Europa, que se desarrolló
con rapidez en manos de un relevo de grandes maestros, se convirtió
en una herramienta extraordinaria. Hizo lo que no podía
hacer ninguna otra forma literaria: ensayo, poema, teatro, historia.
Le dio a la sociedad industrial o en proceso de industrialización
o moderna una idea muy clara de sí misma. Mostraba con
inmediatez lo que no se había mostrado antes; y cambiaba
la visión. Algunas cosas en la forma se modificarían
o recompondrían después, pero el esquema de la novela
moderna se había establecido y su programa estaba determinado.
Todos los que llegamos después somos derivados de ella.
Ya nunca podremos ser los primeros. Podremos traer material de
sitios lejanos, pero el programa que seguimos ha sido predefinido
para nosotros. No podemos ser el equivalente en escritura a Robinson
Crusoe en su isla, echando al aire "el primer disparo de
pistola allí desde la creación del mundo".
Ése (para mantener la metáfora) es el disparo que
oímos cuando volteamos hacia los iniciadores. Ellos son
los primeros; no lo sabían cuando empezaron, pero después
(como Maquiavelo en sus Discursos y Montaigne en sus Ensayos)
sí lo saben, y están llenos de entusiasmo por el
descubrimiento. Ese entusiasmo llega hasta nosotros, y hay una
energía irrepetible en la escritura.
El largo fragmento que cito enseguida es del principio de Nicholas
Nickleby (1838). Dickens tiene veintiséis años y
está en su etapa más fresca. El material es común
y corriente. Ésa es la intención. Parece que Dickens
acaba de descubrir (después de Boz y Pickwick y Oliver
Twist) que todo lo que ve en Londres le pertenece para que
él lo escriba, y que el argumento puede esperar.
El señor Nickleby cerró un libro
de contabilidad que estaba sobre su escritorio y, echándose
para atrás en la silla, miró con aire de abstracción
a través de la ventana sucia. Algunas casas de Londres
tienen atrás un melancólico lotecito de tierra,
por lo general bardado con cuatro altas paredes encaladas, y observado
con desagrado por montones de chimeneas, en los que languidece,
año tras año, un árbol tullido, que hace
un espectáculo de presentar unas cuantas hojas a fines
del otoño, cuando los otros árboles dejan caer las
suyas y, encorvándose por el esfuerzo, resiste, crujiente
y reseco por el humo, hasta la siguiente estación... La
gente a veces llama "jardines" a estos oscuros patios;
no se supone que nunca se plantaran, sino más bien que
son parcelas de tierra no reclamada, con la vegetación
marchita del campo de ladrillos original. Nadie piensa en pasearse
por ese sitio desolado, ni en convertirlo en nada. Unos cuantos
canastos, media docena de botellas rotas, y otra basura por el
estilo, pueden tirarse allí, cuando el inquilino acaba
de mudarse, pero nada más; y allí permanecen hasta
que éste se va: el mimbre húmedo tarda en pudrirse
el tiempo que considere necesario: y se mezcla con la caja de
desechos, las siempremuertas truncas y las macetas rotas, tristemente
esparcidas por ahí: presas para intrusos de cara "negra" y polvo.
Era un lugar así que el señor Ralph Nickleby observaba...
Había fijado los ojos sobre un pino torcido, plantado por
algún inquilino anterior en una tina que alguna vez había
sido verde, y fue dejado allí, años antes, para
que se pudriera poco a poco... Después de un largo rato
sus ojos se volvieron hacia una ventanita sucia a la izquierda,
a través de la cual apenas se veía la cara del oficinista;
cuando ese notable volteó por casualidad, le hizo señas
para que se presentara.
Es delicioso, detalle por detalle, y podemos conservarlo porque
sentimos, junto con el escritor, que esto nunca se había
hecho antes. También significa que no puede hacerse otra
vez con el mismo efecto. Perdería su aire de descubrimiento,
que es su virtud. La escritura siempre tiene que ser nueva; todo
talento siempre se va extinguiendo. Veintiún años
después, en Historia de dos ciudades (1859), en
la escena del tonel de vino, la observación intensa de
Dickens se ha convertido en técnica, impresionante, pero
retórica, con el detalle extrañamente fabricado,
producto más de la mente y la costumbre que del ojo.
Un gran tonel de vino se había caído
y quebrado... y estaba tirado sobre las piedras justo afuera de
la puerta de la vinatería, hecho añicos como una
cáscara de nuez.
Toda la gente que estaba cerca había suspendido sus asuntos,
o su ocio, para correr al lugar y beber el vino. Las piedras ásperas
e irregulares de la calle, que apuntaban hacia todos lados y parecían
diseñadas expresamente para lisiar a todas las criaturas
vivientes que se les acercaran, lo había encerrado con
diques en pequeños charcos; éstos estaban rodeados,
cada uno, por su propio grupo o multitud a empujones, según
el tamaño. Algunos hombres se arrodillaban, ahuecaban sus
dos manos juntas, y sorbían, o trataban de ayudar a las
mujeres, inclinadas sobre su hombro, a sorber, antes de que el
vino se hubiera escurrido entre sus dedos. Otros, hombres y mujeres,
sumergían tarritos mutilados de barro en los charcos, o
incluso pañoletas de las cabezas de las mujeres que luego
exprimían en la boca de los bebés...
Sólo la nuez hecha añicos y el tarro mutilado son
como del joven Dickens. Los otros detalles no logran crear el
París revolucionario (de setenta años antes); se
van desarrollando más bien hacia el simbolismo de la caricatura
política.
La literatura es la suma de sus descubrimientos. Lo que es derivado
puede ser impresionante e inteligente. Puede dar placer y tendrá
su temporada, breve o larga. Pero siempre querremos regresar a
los iniciadores. Lo que importa en la literatura, al fin de cuentas,
lo que siempre está allí, es lo verdaderamente bueno.
Y -aunque las formas llevadas a la práctica pueden producir
juegos milagrosos, como La importancia de llamarse Ernesto
o Decadencia y caída- lo que es bueno es siempre
lo que es nuevo, tanto en forma como en contenido. Lo que es bueno
olvida los modelos que puede haber tenido, y es inesperado; tenemos
que atraparlo al vuelo. La escritura con esta calidad no puede
enseñarse en un curso de escritura.
La literatura, como todo arte vivo, siempre está en movimiento.
Es parte de su vida que su forma dominante cambie constantemente.
Ninguna forma literaria -la obra de Shakespeare, el poema épico,
la comedia de la Restauración, el ensayo, el trabajo histórico-
puede continuar durante mucho tiempo en el mismo tono de inspiración.
Si todo talento creativo siempre se está extinguiendo,
toda forma literaria siempre está llegando al límite
de lo que puede hacer.
La nueva novela dio a la Europa del siglo XIX
cierto tipo de noticias. El final del siglo XX,
saciado de noticias, culturalmente mucho más confundido,
amenazando una vez más con estar tan lleno de movimientos
tribales o tradicionales como durante los siglos del imperio romano,
necesita otro tipo de interpretación. Pero la novela, que
aún (a pesar de las apariencias) imita el programa de los
iniciadores del siglo XIX, que aún
se alimenta de la visión que ellos crearon, sutilmente
puede distorsionar la desadaptada realidad nueva. Como forma,
ahora es bastante común y lo suficientemente limitada para
ser enseñable. Fomenta una multitud de pequeños
narcisismos, lejanos y cercanos; éstos defienden la originalidad
y dan a la forma una ilusión de vitalidad. Es una vanidad
de la época (y de la promoción comercial) el que
la novela siga siendo la expresión última y más
elevada de la literatura.
Aquí tengo que regresar al principio. A partir del pequeño
cambio colonial del gran logro del siglo XIX,
a fines de la década de 1920 llegó a mi padre -tal
vez mediante un maestro o un amigo- el deseo de ser escritor.
Sí se hizo escritor, aunque no de la manera que él
quería. Hizo buenos trabajos; sus relatos le dieron un
pasado a nuestra comunidad, que de otro modo se habría
perdido. Pero había un desajuste entre la ambición
que venía de fuera, de otra cultura, y nuestra comunidad,
que no tenía una tradición literaria viva; y los
relatos de mi padre, ganados a pulso, han encontrado muy pocos
lectores entre la gente de quien trataban.
Me heredó su ambición de escritura; y yo, que crecí
en otra época, he logrado llevar a cabo esa ambición
casi hasta el final. Pero recuerdo lo difícil que fue para
mí, cuando era niño, leer libros serios; dos esferas
de oscuridad me separaban de ellos. Casi toda mi vida imaginativa
estaba en el cine. Todo allí estaba lejos, pero al mismo
tiempo todo en ese curioso mundo operístico era accesible.
Era un arte verdaderamente universal. No creo que exagero cuando
digo que sin el Hollywood de las décadas de 1930 y 1940,
espiritualmente habría estado bastante menesteroso. No
puedo omitir esto de mi recuento de lectura y escritura. Y ahora
debo preguntarme si el talento que alguna vez se invertía
en la literatura imaginativa no se encontraba en este siglo en
los primeros cincuenta años de la gloriosa cinematografía.
Traducción de Mónica Mansour
V.S.
Naipaul, "Leer
y escribir",
Fractal n° 21, abril-junio,
2001, año 6, volumen VI, pp. 11-42.
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