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Como cualquier niño, practicaba la observación de adultos. Sin duda hubiera sido muy interesante escudriñar el lado paterno de mi árbol genealógico -el lado ateo y masón-, pero el hecho es que los elementos investigables pertenecían al bando opuesto, el del catolicismo guadalupano y femenil y de la Villa de Guadalupe, donde Claudia y yo teníamos mil o dos mil tías de distintas edades, todas ellas convencidas de que los hombres eran borrachos y abusivos y malos y sólo pensaban en una cosa y en el trago, excepto por Jesucristo y los curas con los que se confesaban a diario, sí, diariamente, algunas.
El estudio de la conducta de mis mayores mostraba que los más originales no se persignaban, ni iban a misa, ni decían "Si Dios quiere" cada vez que se proponían algo o simplemente concertaban una cita, aunque es cierto que muchas personas, hombres también, llevaban medallas colgando del cuello. En aquellos años, si los agarrabas a todos por los pies y los ponías de cabeza, a nueve y medio de cada diez se les saltarían su cadenita y medalla. Ahora sólo las portan los muy creyentes, o los futbolistas que creen que el Ser Supremo está pendiente de los partidos que todo el tiempo tienen lugar en todas partes del mundo.
La Villa en esa época era un pueblito lejano, aunque ya conectado por las vías de pavimento. Empezaba a cercarlo la colonia Lindavista, pero tenía un aire inconfundible de aldea chamagosa; sólo existía la pequeña Basílica original -no la grandota y nueva-, la estación de tren parecía un set del película del Oeste, y por doquier brotaban vendedores de merengues, en bici o a pie, que siempre arrojaban al aire la moneda para determinar si el cliente se quedaba con un merengue pagado y uno gratis, o sin ninguno; o con dos, o sin ninguno, etc., en una operación, se diría hoy, suma-cero.
Alicia Mejía Villarreal, mi madre, había nacido en la Villa de Guadalupe, y a la Villa íbamos muchos fines de semana. La sensación no era muy diferente de ir al campo, excepto que no había campo, sólo descampados y casas con muebles viejos y de olor muy rancio, habitadas por personas con costumbres pueblerinas. "¡Jesús, María y José!", exclamaban mis parientas cuando algo las sorprendía o asustaba, y no decían "Salud" sino "Jesús" cuando estornudabas, y se despedían con muchísimos besos y la bendición cuando -madre, hija e hijo- emprendíamos el retorno a la colonia Condesa, comparativo parangón de la modernidad donde los hogares con cuadros del Sagrado Corazón de Jesús eran, sin duda, mucho menos numerosos. Desde chico me di cuenta de que el país se dividía en muchas formas de ser y muchos tiempos, y que una de esas divisiones consistía en que unos se morían por ser modernos y otros sentían que se morían si lo eran. Yo era de aquéllos.
El mío era un mundo casi desprovisto de hombres.
Las parientas de la Villa eran sobre todo viudas y solteras -eternas
unas, jóvenes y no tan jóvenes otras- y muchas vestían
permanentemente de negro, como si hubiera habido una matazón
de esposos, hermanos e hijos. Las más antiguas se habían
visto involucradas por sus sacerdotes, esposos e hijos en la conspiración
para matar a Álvaro Obregón, allá en los remotos
años veinte, y eran devotas del Padre Pro y la Madre Conchita,
mártires católicos que la educación oficial
tildaba de fanáticos, oscurantistas, magnicidas y traidores
a la patria. Durante los años de la persecución religiosa,
habían desde luego resguardado y fortalecido su fe en las
misas clandestinas. Eran seres muy buenos, cariñosos y, a
mis ojos, anticuados; a veces escuchaban las radionovelas y carecían
-misterio de misterios- de tocadiscos. (Pasado el tiempo, tendrían
televisores.)
Crecí rodeado de mujeres por todas partes: mi madre, mi hermana,
mis abuelas, mis pocas primas y muchas tías, mis maestras,
las directoras de escuela, la señora de la lechería
que con exagerada displicencia me despachaba todas las tardes, la
ogresa de la tienda de abarrotes La Sirenita (que siempre me robaba
unos gramos en el jamón, en el queso añejo), las criadas
cachondas y a veces ladronas y las sirvientas abnegadas y estrictas,
las niñas de las que me enamoraba, como Cristina, en quien
pensaba, según le expliqué a mi mamá, "todo
el tiempo; hasta cuando como frijoles, pienso en ella". Y seguramente
pensaba en ella, o en Diana Bracho -mi primera y única y
efímera novia de la primaria-, cuando teníamos que
comer bisteces aplanados "con cueritos y nervio", que
a Claudia y a mí nos repugnaban, pero tantas veces eran la
única carne que Alicia, siempre acuciada, siempre angustiada,
podía comprarnos.
Otras mujeres importantes fueron Virginia, que se escondía
detrás de un viejo y ancho árbol en el patio de la
escuela bilingüe y mixta y nos enseñaba -a algunos incrédulos
chavitos seleccionados arbitrariamente- su diminuto y fabuloso brassiere
puntiagudo; y María Elena, cuyos ojos oscuros y oscura cabellera
me hacían fingir y hasta sentir una amistad profunda y leal
por su hermano Fito, al cual por ende visitaba yo tarde tras tarde
tras tarde en su casa de la Condesa. Despiadada, taimadamente, estos
dos hermanos alguna noche urdieron un plan. Cierto día, al
regresar de la escuela, me encontré con que tenía
correspondencia, un sobrecito blanco de esos en que se meten las
invitaciones para las fiestas infantiles. El matasellos era de una
ciudad del estado muy católico de Guanajuato. (No era una
de las espaciadas y despaciosas cartas que mi papá me escribía
de la entonces lejanísima Europa.) La foto tipo credencial
era de una rubia preciosa que aún creo medio recordar. El
texto decía así: "Querido Héctor, desde
que vi una foto tuya en casa de mis primos, que me han contado tanto
sobre ti, sentí que me gustaría mucho conocerte y
que me escribas. ¿Te gustaría ser mi novio?",
y seguía la firma adorable de alguien llamado Rosita o Gladiola
o Azucena. ¡Por fin me amaba una mujer que no era de la familia!
De inmediato me puse a escribir el primero de seis a doce borradores
de la primera carta de amor perpetuo de mi vida, de cuatro líneas
a lo sumo.
Después de la comida le telefonee a Fito y le dije que había
recibido una carta de la ciudad en cuestión, aunque no de
quien. A mi amigo y condiscípulo no pareció interesarle
el tema, él recibía epístolas de sus pen-pals
en Ontario y Ohio. Al cabo de un rato comentó: "¿Sabes
quién vive allí? Una prima mía bien bonita
y güerita a la que María Elena le habló de ti."
Al día siguiente, acudí a la Westminster School y,
a escondidas de mi madre y las otras maestras, le mostré
a mis más cercanos amigos y enemigos (que eran más
o menos los mismos) el sobre, la foto y las líneas fehacientes.
Grandes fueron el asombro y la envidia de esos congéneres
míos, inseparables siempre física y espiritualmente
en la perruna persecución de cualquier pelota en movimiento.
(¿Qué hacían los varones antes de que se inventara
la pelota?, no lo he leído en los historiadores de las mentalidades.)
Grandísimos, insoportables, fueron mi dolor y humillación
del día siguiente, cuando los mendaces María Elena
y Fito le confesaron a unos cuantos, que se lo propalaron a otros
muchos, que la divina prima existía, desde luego, pero no
había mandado la conmovedora misiva. Ni la hubiera enviado
nunca, pues no podía interesarse en un ateo y baboso como
yo.
Para intentar quitarme el padecimiento, ese día atajé
más tiros a gol que nunca. En el momento en que celebraba
el paradón decisivo, Miss Saldaña, voluminosa y aguda
profe gringa, comentó con calculada saña: "Look
at the peacock!", ¡Miren el pavorreal!, despertando las
carcajadas de los que conocían la palabra; y de los otros
también, por supuesto. Para acabar de arruinar las cosas,
se me vino en pésima gana desquitarme con quien había
hecho el tiro salvado, mi mejor amigo, que tenía nombre de
filósofo y parentesco con el mismo, Antonio Caso, el cual
usaba faja correctiva sin que yo lo supiera. Al jalonearle la camisa
en el agarrón, lo exhibí de la manera más humillante.
"¡Mujercita, mujercita, usas faja!, ¡enséñanos
el brassiere!", le gritaba la plebe infantil, que ya se había
olvidado de mí. Hasta la fecha, más de cuarenta años
después, siento culpa.
No quiero decir que no existieran hombres importantes en mi mundo
de los años cincuenta. Había choferes de Cadillac
y de "camión materialista" y autobús, tíos
bondadosos que aparecían y tíos maldosos que desaparecían,
barrenderos, cómicos, ídolos populares, cantantes
y actores, Pedro Infante y Jorge Negrete y David Silva, taxistas,
vendedores de lotería por millones, taqueros y torteros y
vendedores de camotes con sus especies de locomotoras pequeñas,
Pardavé y El Chicote y todos Los Soler, españoles
de panadería o mueblería, futbolistas y beisbolistas
y héroes de la lucha libre, señor Presidente y señores
secretarios de Estado, doctores, licenciados y más abogados,
contadores, ingenieros, arquitectos, novedosos siquiatras y sicoanalistas,
etcétera, etcétera.
Los varones acaparaban todas las profesiones. También todos
los oficios. Y, por si fuera poco, ¡también la mendicidad!,
pues por entonces eran muy pocas y muy mal vistas -si cabe decirlo-
las limosneras. Las mujeres eran mamacitas santas y demás
parientas; algunas también eran maestras, secretarias, empleaditas,
costureras, cocineras, recamareras, marchantas de mercado y de tortillas
y quesadillas; y desde luego que putas, aunque en aquel mundo cruel
e hipócrita que quería creerse recatado, era difícil
reconocerlas si no te las señalaba alguien con el dedo. Y
era de muy mala educación señalar a alguien, al igual
que poner los codos en la mesa, sacarte los mocos, dudar de la Religión
o la Revolución, o rebatir a un adulto de cualquier sexo,
aun cortésmente.
Gran parte de la Ciudad de México, incluyendo en primer lugar
a las clases subordinadas, estaba empeñada, no sólo
de noche sino todo el día, en distinguir a los Bien de los
Mal educados. Los ricos eran ricos y decentes. Los pobres eran "probes"
pero decentes. ¡No queríamos parecer bárbaros
del campo, ni barbajanes citadinos! Nadie sabía cómo
ser aristócrata en un país republicano desde Juárez,
y muy pocos conocían las maneras burguesas o hacendadas luego
de la Revolución, pero decentes lo éramos todos, salvo
algunos seres excepcionales: María Félix, Agustín
Lara y otros "bohemios" triunfantes -la divina Dolores
del Río era intermedia-; y los generalotes y caciques que
tenían todo el derecho a no serlo, porque tenían esa
cosa vulgar pero indiscutible que era el poder.
Los menores de edad, por lo tanto, éramos entusiastas delatores.
No como en los fascismos y comunismos, eso es un hecho, pero sí
con demasiadas ganas. ¡Zutano está hablando con la
boca llena!, ¡Mengana se estaba riendo de mi tía Sin
Remedios!, ¡los gemelos Fulanos leyeron u oyeron algo que
no debían!, ¡mi tío Beto se burló de
Diosito o del Señor Presidente! Era un placer denunciar.
Era un placer mayor no ser denunciado. Había que ser astuto,
saber qué decir y a quién decírselo. Desde
niños podíamos iniciarnos en el oficio que los priistas
llevaban a la perfección: la grilla, la tenebra, la zalamería
traicionera.
Y las adultas nos chiqueaban y cuchicheaban y mimaban y sermoneaban
y pellizcaban y abofeteaban y gritaban y, si les parecía
necesario, nos maldecían y cintareaban. ¿Por qué
nos hacían eso ellas, las víctimas de los hombres?
Porque eran las encargadas de la educación, la buena educación,
de los chicos. Porque no hay que creer que sólo los machos
disfrutaban de ejercer el derecho a la violencia contra los indefensos
en que se ha fundado la vida en México desde mucho antes
de los españoles. Las mujeres lo disfrutaban y lo ejercían
más. Eran nuestros capataces. Si la falta era grave, se informaba
a los patriarcas, aquellos señores que proporcionaban el
sustento cotidiano y tenían el rostro adusto, todavía
generalmente con bigote.
Aquellas mujeres de todas edades y formas eran adultos sin derechos
y casi siempre supersticiosos e ignorantes, aunque no tanto como
en provincia, o en España, o en casi toda América
Latina. Aun mi madre, que era de un racionalismo férreo y
un carácter más preclaro que la infinita mayoría
de los varones, era en parte miembro integral de aquel mundo femenil
que los hombres despreciaban con todo su ser y al que, por otra
parte, juraban profesar amor y admiración y canciones sin
límites, igual que como se quitaban el sombrero al pasar
frente a las iglesias a las que rara vez acudían. (Eran los
últimos años del sombrero en el mundo occidental.)
En México, desde la Reforma, el catolicismo ha sido sobre
todo costumbre de mujeres y de ignorantes o de hipócritas;
rara vez hay, como en Francia o Italia, intelectuales abiertamente
católicos a quienes se pueda respetar por su empeño
en la inteligencia y en la fe.
Mi ma oscilaba entre el mundo de la Villa de Guadalupe -donde estaban
la infancia y la solidaridad femenina- y el mundo moderno en que
definida y definitivamente quería que sus hijos desplegaran
las alas, no con la bendición del Corazón de Jesús
y sus imágenes de kitsch aterrador, sino bajo la protección
de las vacunas de los doctores Salk y Sabin y bajo la guía
del doctor Spock, padre by proxy de todos los niños de ese
nuevo mundo absolument moderne en que los objetos de plástico
eran cada vez más y más numerosos, útiles,
fascinantes, desechables. Nuestros padres eran los primeros genitores
en la historia de la humanidad que casi con certidumbre no tenían
que temer la muerte de sus hijos, para eso había vacunas
y penicilina; y que -sin necesidad de ser ricos- podían planear
y propiciar nuestro desenvolvimiento. El futuro, en los años
cincuenta, se veía bien. El futuro existía. (En los
sesenta, con la píldora anticonceptiva y la libertad de las
mujeres, se iba a ver aún mejor.)
En esos años, los hombres hacían siempre lo que querían.
Ahí estaban sus amigos para solaparlos y, sobre todo, las
instituciones para protegerlos, los prejuicios para absolverlos,
sus mamacitas para mimarlos, sus esposas para perdonarlos, sus "queridas"
para consecuentarlos y sus hijos para obedecerles. Los varones,
desde el Presidente hasta el barrendero, eran omnipotentes, como
Dios, y su patriarcado se sostenía -se sigue sosteniendo-
tan sólo gracias a la compleja y resistente red del matriarcado,
sin duda la única institución mexicana que ha sido
eficiente durante siglos. Detrás de Dios y debajo del macho,
se hallaba la sociedad genuina, las mujeres que, para proteger el
orden familiar, le rezaban a la Virgencita y a los santos y soportaban
y validaban el abuso y la violencia; y cuando el macho se largaba,
o se daba al trago, o se mataba a balazos o machetazos con otro
imbécil, ellas se encargaban de "sacar adelante"
a los hijos.
A principios de este siglo XXI, en más del veinte por ciento
de los hogares mexicanos el "jefe de familia" es una mujer:
soltera o divorciada y con frecuencia menor de edad y algunas veces
viuda. Medio siglo después de mi infancia, muchisísimas
mujeres en México han dado grandes pasos hacia su liberación
sexual, social y política. Muchísimos hombres sólo
han empeorado, ahí están las espantosas cifras de
violencia familiar, violaciones, asesinatos.
Los varones adultos de los cincuentas casi siempre tenían
ese carácter impresionante y amenazante y también
emocionante del machismo. En aquellos Buicks y Cadillacs convertibles
que eran como animales míticos -de líneas audaces,
cromo brillante, llantas de cara blanca- esos hombres pasaban ante
nuestros ojos acompañados de las fieras hollywoodescas que
eran aquellas mujeres que se cubrían el cuerpo con pieles
de felinos o cibelinos feroces. Los admirábamos -aunque ni
siquiera se parecieran un poquito a Pedro Armendáriz o Kirk
Douglas- por su poder sobre el dinero y sobre el (otro) sexo. La
máquina, ¡la hembra!, la lana, la plata. Sunset Boulevard,
el Paseo de la Reforma. A nadie parecía ofenderle, menos
aún indignarle, aquellos desplantes. A algunas mujeres -María
Félix, Dolores del Río, Katy Jurado, las anónimas-
también se les permitía (se les agradecía)
que nos deslumbraran.
En realidad, claro, la mayor parte de los machos eran solamente
unos sujetos sin encanto ni dinero, pero con poder. Si los niños
y los adolescentes rezongábamos ante el "Porque yo lo
digo" de las capataces, éstas aducían el "Porque
tu Papá lo dijo", que era irrebatible. Como nuestro
papá nos había abandonado a mis siete y sus cuatro
años, Claudia y yo no teníamos que escuchar esa frase
terminante; bastaba con el "Yo lo digo" de Alicia Mejía
Villarreal. Con lo cual los dos hermanos a veces extrañábamos
a Héctor Cruz Manjarrez Moreno con todas nuestras fuerzas...
Porque había sido un padre conmovedor y cercanísimo
hasta el día de su fuga vergonzosa; y porque nos habíamos
quedado sin Suprema Corte. Para Claus la pérdida era incomprensible.
Para mí -que entendía y compartía y padecía
la furia de mi madre- era demasiado comprensible. El menos macho
de los hombres, el más amigo de los padres, no sólo
abandonó a mi madre (eso era parte del mundo moderno) sino
también a sus hijos (eso era el antiguo).
Y no podíamos apelar al padre de mi padre, porque mi mítico
abuelo Froylán Cruz Manjarrez (ignoro su segundo apellido)
el Constituyente más joven de 1917, el gobernador interino
de Puebla en 1922, el exiliado delahuertista en La Habana y Barcelona,
el director del diario El Nacional, el autor de La jornada institucional,
el supuesto tercer o cuarto brazo derecho de Lázaro Cárdenas,
había muerto de cáncer en 1937.
El machismo era la ley de los hombres y de Dios, pues unos y Otro
eran del mismo sexo. El Papado, por ejemplo, en aquellos años
amenazaba con el infierno (¿o sólo el purgatorio?)
a las mujeres que usaran la prenda distintiva de los hombres: los
pantalones. Todas las iglesias cristianas identificaban el Deseo
no tanto con el ansia de los testosterónicos, sino con la
falta de pudor de las mujeres. En las misceláneas como La
Sirenita, se permitía la venta de cervezas a los hombres,
que las consumían en la calle, mientras se rascaban y acomodaban
los güevos y se piqueteaban entre sí los culos ("fundillos")
y lanzaban espesos gargajos (o pesetas de plata de veinticinco centavos)
a las rayas del pavimento en el juego de la rayuela. (A todos nos
sorprendió Cortázar, en los sesentas, cuando nos dio
otro nombre para el juego del Avión.)
Esos hombres -proletarios y baja clase media en mi colonia, lúmpenes
en otras- se dedicaban en grupo a cabulear a los niños y
atosigar a las mujeres. Sin siquiera una pizca del encanto de David
Silva y Pedro Infante y Joaquín Cordero en sus papeles de
proletarios de corazón bueno y cuerpo buenote, se creían
con algunos de los derechos de los millonarios, los licenciados
y los caciques. Y el pobre pendejito que era yo tenía que
soportarlos, torearlos y sonreírles, porque yo era el Mayorcito,
el que iba a comprar las cosas, ¡en pocas palabras, el Hombre
de la Casa! Mis funciones eran demasiadas y variadas. De Mujer:
comprar el pan, las tortillas, la leche, el queso, el jamón,
la carne, las verduras, la fruta, las quesadillas; de Hombre: cuidar
a mi hermana en la calle y apoyar a mi mamá en todo. Extrañaba
a mi pa, igual que mi hermana, pero también lo maldecía
con rencor, con dolor. Era 96.99 por ciento solidario con mi ma,
pero no siempre soportaba bien su heroísmo, con frecuencia
espectacularmente chantajista.
-¿No te das cuenta que papá nos traicionó y
abandonó? ¿No te das cuenta de que no nos manda un
centavo y Alicia (también la llamábamos así)
tiene que trabajar mañana y tarde para mantenernos? ¡Papá
es un poco hombre! -a veces le gritaba yo a Claus, que de todas
formas me decía que extrañaba a su papito, en lo que
tenía toda la razón. Lo cual me daba más rabia,
porque yo ya no podía ser niño, y -como todos los
chicos- no quería ser adulto. (Años después,
mi padre y yo llegamos a ser muy amigos, pero nunca he podido quitarme
aquel espanto -mi pa volviéndose un fantasma a ojos vistas-
del abandono.)
No sólo éramos los vástagos iniciales de las
vacunas, el plástico, las familias pequeñas y el fabuloso
futuro, y las bombas atómicas y las plumas atómicas,
que era como los bolígrafos se llamaban en México.
También éramos los primeros hijos del divorcio.
No era fácil. Las mujeres decían de mi mamá:
"Es una divorciada", lo cual significaba que su hombre
la había repudiado incluso ante las leyes. Para el mundo
femenino, ser "una divorciada" era casi peor que ser "la
querida" o la "chamacona" de Pérez; o la "mantenida"
de Gómez; o la "mamá de los otros hijos"
de Rodríguez, es decir, la que vivía en "la Casa
Chica". Era casi tan terrible como ser "una cualquiera"
y muy poquito arriba de las terribles y abominadas "madres
solteras". Ser divorciada era el anatema, haber sido y ya no
ser la mujer de González o Martínez; una traición
al noble -el ejemplar- destino de la mujer decente: el papel de
esposa abnegada por engañada, y engañada por abnegada.
Y "una divorciada" era, además, una amenaza para
las demás hembras: era una mujer que se había ganado
el derecho a ser libre.
Es evidente que también para los hijos las murmuraciones
que entreoíamos eran ponzoña: "Esa niña
no tiene papá, él se fue con otra", "Ésos
son hijos de divorciada", "Pobrecitos, ¿ya sabes
lo que les pasó a esos niños?", susurraban las
señoras con sus voces crueles y sibilantes. Y los chamacos
gritaban a voz en cuello: "¡Héctor no tiene papá,
Claudia no tiene papá!" Los hijos de divorciados nos
hacíamos amigos poco a poco y con mutua desconfianza -o instantáneamente
al conocernos, como si nos hubiéramos olido-, pero nunca,
jamás hablábamos de la tara que nos unía. Era
demasiado dolorosa en lo individual y bochornosa en lo social. Hacia
los trece años, a veces yo ya sorprendía -aunque no
intimidaba- a los coetáneos con esta pregunta: "¿A
poco tus papás todavía viven juntos?" Subtexto:
¡Qué anticuados!
A nadie en Ciudad de México, ni siquiera a la gente de La
Villa, le gustaba que le dijeran anticuado. Era como decirle indio,
por ejemplo. "¡Pareces indio!" era un insulto de
lo más común: un mote peor -si cabe; y vaya si cabía-
que llamarlo Puto y Putito, o Vieja y Mujercita.
Algunas siervas de sus maridos, por otra parte, llegaban al extremo
de matarlos, y la prensa las bautizó, no sin ingenio, como
autoviudas. "¡Otra autoviuda! ¡La asesina alega
legítima defensa!", proclamaban los diarios. Al léxico
del México moralmente disléxico se agregaba otro tema
de burla y de chacota: las autoviudas, que nos parecían comiquísimas.
Los niños observábamos todo esto como piezas de un
rompecabezas. ¿Cómo y dónde embonaban las piezas?,
¿de qué servía el Ángel de la Guarda
ante tanto dolor e injusticia? ¿Por qué Dios, que
se nos decía que era bueno y omnipotente, no hacía
nada? ¿Acaso estaba ocupado ayudando a otros, que lo merecían
más?
Aquella sociedad de los años cincuenta era un matriarcado
evidente pero "invisible" en que las mujeres creían
en Dios o Jesucristo y los santos, y los hombres profesaban creer
en la Virgencita y en sus Madrecitas Santas, que siempre les perdonaban
sus mentiras y abusos y (como se decía entonces) sirvergüenzadas.
No sólo los hombres, sino tal vez ante todo las mujeres,
indoctrinaban el machismo.
Por mi parte, no recuerdo haber conocido entonces un solo hombre
admirable, excepto a mi padre, que un día dejó de
ser Dr. Jekyll, el humanista, para convertirse en el incomprensible
Mr. Hyde... el Hidden, el tipo que andaba escondido y que un día
mandó al pobre hijo púber de su nueva mujer a regalarme
su colección de libros de Salgari, autor que me leí
casi íntegro durante un largo mes de hepatitis y que -como
a varios de mi generación- por primera vez me hizo desear
ser, a mi vez, escritor. Se dice que los escritores nacen de la
herida de Lo Incomprensible en la infancia. Sin saberlo, Héctor
Grande le daba a Héctor Chico también el bálsamo,
la curación que sólo daría resultados mucho
años después. (Ahora mismo, por ejemplo.)
Todos los demás hombres podían ser simpáticos
o guapos o fuertes o cariñosos o carismáticos o interesantes
o chingones, pero mi ojo de siete años se había vuelto
implacable y detectaba sin falla al mentiroso, al farsante, al gandalla,
al cabrón, al pobre pendejo entre ellos. Por contraste, las
mujeres eran mejores: valientes, honestas, chistosas, cariñosas,
confiables. Y terriblemente asfixiantes.
Yo no quería comportarme como ellos, como los de mi sexo,
pero quería tener lo que tenían: el descaro, la desfachatez,
l'effronterie de la libertad.
Hubo, es muy cierto, un hombre que el Trío Los Abandonados
quisimos mucho. Carlos, tío político de Claus y mío
que se enamoró locamente de Alicia, quien se enamoró
perdidamente de él, que a su vez nos quiso muchísimo
y fue nuestro padre sustituto y sin embargo jamás pretendió
usurpar el sitio de nuestro pa.
Mi mamá fue la primera mujer de quien me constó que
ejercía su libertad sexual. Es cierto, sin duda, que Carlos
y Alicia se separaban a altas horas de la noche para que en la mañana
Claus y yo los encontráramos a ella en la cama y a él
en la sala. De todas formas, sabíamos que intercambiaban
caricias y complicidades a todas horas y agradecíamos que
sus cuerpos y sus almas -como decían los boleros de entonces-
se quisieran mucho. Cuatro, cinco o seis veces los vi dormidos juntos,
algún vislumbre tuve de ellos haciéndose el amor.
Aparte de los celos edípicos, aparte del susto del hijo que
se ha quedado encarnando el papel del padre, aparte del asombro
del niño que atisba la dulce ferocidad animal de los adultos,
sé -porque mis recuerdos me lo han dicho una y otra vez-
que me tranquilizaba la entrega, la ternura entre ellos.
El embelesamiento entre Carlos y Alicia les infundía un enamoramiento
que se le contagiaba a los dos hermanos, que los queríamos
mucho. Durante algunos años, fuimos una especie de familia
muy atípica y bastante feliz. Sin lugar a duda, contribuía
mucho el hecho extraordinario de que nadie significativo -de las
familias Mejía, Manjarrez, Moreno, Villarreal y aledañas-
rechazara en público a Carlos y Alicia solos, o con Claudia
y Héctor.
Porque la Gran Tolerancia Mexicana también existe. Muchos
años después, en 1979 o 1980, cuando mi primogénita
Berenice Manjarrez Vericat, alias La Bere, le fue presentada a la
mamá de quien entonces era mi compañera, Adriana Postinghel
Mauri, argentina, doña Norma, repito norma, dijo: "¡Pobrecita
chiquizha! ¿Verdad que querés estar con tu mamá?
¡Flor del pecado azteca, no hay quien te compadezca!"
El "pecado azteca" es ancestral, es cotidiano. Ni la Iglesia
ni las murmuraciones lo sofocan.
En medio de esa tolerancia de costumbres entre nuestras gentes y
de la intolerancia social, general y generalizada, oficial y extraoficial,
transcurrían nuestras vidas. En lugar de mi papi
estaba Carlos, amigo de verdad cuyo perro Terry, hijo de mamá
terrier y papá desconocido -otro pecado azteca-, se volvió
mío, que por entonces vestía camisetas de banlón
que significaron el inicio del plástico, de lo sintético,
también en la vestimenta. Poco a poco, la población
de gran parte del mundo empezaría a vestirse toda igual,
y las diferencias de clase serían menos escandalosas a la
vista.
(Dos días después de haberle leído por teléfono
las líneas anteriores, Alicia me pide que no le vaya yo a
hacer creer a la gente de hoy que aquella tolerancia mexicana existía.
"Se suponía que no sucedía", me dice, refiriéndose
al amor entre ella y Carlos. "They chose to ignore it?",
le pregunto. "No, Héctor, no era esa tolerancia de los
que deciden ignorar para no molestar. Era algo mucho peor. Se suponía
que no debía pasar. Puesto que hacían como que no
veían lo que estaban viendo, no lo veían. Éramos
invisibles Carlos y yo como pareja. Date cuenta." "Pero
en comparación con otras ciudades de habla hispana...",
redarguyo. "Es muy posible, pero vivíamos en México."
Y en México, me quedo pensando yo, somos especialistas en
hacernos pendejos.)
¿No era machista Carlos? Claro que lo era, ¡era de
lo más macho!, y sin embargo nunca nos falló a Claus
y a mí. Nos apoyaba siempre, porque a él nadie lo
había apoyado. Si Alicia se enfurecía con nosotros,
él la calmaba con palabras, o con arrumacos, o (aunque fuera
diez años más joven) con autoridad: "En mi presencia
no se habla mal del papá de los niños". Si mi
padre había hecho una de las suyas (desaparecerse hasta por
correo, ponerse de Santaclós increíble en Navidad),
Carlos no lo defendía, pero tampoco lo atacaba.
Por otra parte, de las dos o tres veces que se atrevió o
acomidió mi papá a recogerme en la esquina donde yo
aguardaba el autobús escolar, recuerdo dos hechos cruciales.
El primero, mi furia al verlo llegar en un precioso MG verde botella:
"¡Nosotros no tenemos para comer y tú andas en
MG!" ("Las cosas se van a arreglar, chaparrito, no te
enojes.") El segundo, que mi padre a su vez defendiera el papel
de Carlos en las vidas de sus hijos y de su ex: "Es una buena
persona y creo que le hace bien a tu mamá. Salúdalo
de mi parte".
-Carlos, el imbécil de mi papá te manda saludos.
-Salúdalo de mi parte cuando lo veas. Y no vuelvas a hablar
así de él.
En suma: los dos varones que fueron mis padres me enseñaron
una lección de tolerancia entre hombres que hice inmediata
y fervorosamente mía.
Sin duda alguna, tanto Carlos como Héctor fueron ejemplares
fracasos en el mundo del machismo a ultranza de aquellos años.
Aquél, porque sólo lo simulaba perfectamente -con
su bello cuerpo atlético y su aspecto de estrella de cine-;
éste -con su pinta de intelectual siempre pensativo-, porque
ese código le era repulsivo luego de haber vivido más
de tres años en Estados Unidos, en Illinois. El uno y el
otro eran básicamente tiernos pero, por desgracia, también
fundamentalmente ineptos. No sólo mi pa no daba dinero para
sus hijos, sino que su sustituto no siempre tenía empleo,
y cuando lo tenía era mal pagado... El Trío Los Abandonados,
por ende, se sonaba las narices con papel del excusado y no con
clínex; se lavaba los dientes con bicarbonato de sodio y
no con Colgate; y si podía, caminaba para ahorrarse el pasaje.
Vivíamos en el mundo del dinero que no alcanza. Más
o menos distantes de los pobres; y económicamente cerca de
los demás familiares (salvo unos pocos que habían
prosperado o hasta hecho fortunas bajo Ávila Camacho o Alemán),
los cuales siempre tenían problemas para ajustar el gasto.
Si Claudia y yo íbamos a una escuela privada, era porque
teníamos beca gracias al empleo de Alicia.
Recuerdo el alivio con que en algún momento descubrí
el término Clase Media. Aun si la distancia respecto a los
que comían bien todos los días era muy grande, ¡no
por eso éramos pobres! ¡Éramos de Clase Media!
Y no sólo eso: más Media Media que Media Baja, aunque
la diferencia a veces era francamente fuzzy. Vivíamos en
la Condesa; teníamos centenares de libros y muchas decenas
de discos; hablábamos casi dos idiomas; mi pa era un desastre,
pero era diplomático; y mi abuelo Froylán había
sido diputado Constituyente. "Nuestras mamás son tan
típicamente clase media", decretaba mi amigo Guillermo
Palacios, que quería ser dandy maldito y declamaba con brío
pasajes blasfemos del Gog de Papini. "Your grandmother is so
Mexican middle-class", diagnosticaba Felipe Padín, cuyo
padre trabajaba para la Ford Motor Company y ya era dueño
de su propia casa de dos pisos con jardín y luego tendría
residencia en el Pedregal. Es cierto que algunos de mis familiares
eran muy claramente de clase baja y hasta lumpen, y su acento era
de película de Ismael Rodríguez, pero yo, no; yo era
(descubrí un día con gran placer) de cierta clase
media ilustrada. Cuando leí La región más transparente,
los pasajes donde Carlos Fuentes hacía escarnio de la clase
media me encantaban: porque se burlaba de mi mundo, y porque "probaba"
que la clase media era mi mundo. Menospreciables, los pobres; despreciables,
los ricos; yo era de clase media.
Por otra parte, Carlos y Alicia -sobre todo ella- eran miembros
marginales de La Bohemia, ese mundo en que se fumaba mucho cigarro
y un poco de marihuana y la gente "se tomaba La Copa"
y te topabas con el novelista Norman Mailer y la actriz Marpessa
Dawn en las fiestas y se escuchaba al ídolo del "Feeling",
el cubano José Antonio Méndez, que platicaba con ellos
con su voz agónica y tabacosa y les ponía dedicatorias
en la parte posterior de sus elepés. Del mundo del cabaret
Leda y el Salón México donde se danzoneaba, es decir
el mundo de Octavio Paz y Pepe Revueltas y Renato Leduc y un largo
etcétera, se había pasado a los pequeños y
más íntimos universos del bebop y el nuevo bolero
como ceremonias de algunos iniciados: el mundo del pecado mortal,
pero sobre todo intensamente sentimental, que ya había vaticinado
Agustín Lara. Por eso, porque me fascinaba ese nuevo mundo
en que mi madre (aunque no bebiera mucho, ni fumara nada de nada)
se había metido, ese mundo donde los adultos se comportaban
como individuos libres y modernos -y que Alicia me narraba con la
debida censura, pero mucho entusiasmo-, cuando me despertaba en
las noches de mi pubertad con hambre y sed (de justicia, hermandad
y sexo, además de pan con mermelada y leche) y veía
las veladoras que ella ponía encima del refri Kelvinator,
yo se las apagaba.
Se las apagaba sin misericordia. Había molestos paréntesis
y contradicciones en su conducta. ¿Cómo se atrevía
a hacer retroceder la Historia: la suya, la nuestra, la de la humanidad?
¿Cómo podía Alicia encenderle lucecitas votivas
a San Antonio y San Noséqué, cómo se atrevía
a regresar a los ritos superados de La Villa, cómo se le
ocurría (tal vez) arrepentirse de sus Pecados, que no eran
más que senderos de la Libertad?
Ella volvía a encender las veladoras en la mañana,
antes que Los Tres desayunáramos, y yo volvía a apagarlas
antes de irme a la escuela. Sin cruzar palabra, sin dirimir el enfrentamiento
ideológico, a lo largo de la jornada la madre encendía
y el hijo apagaba; la maestra afirmaba el fuego de la fe, el alumno
defendía la luz de la razón. Para mí, se trataba
definida y definitivamente de una cuestión de Principios
que tomaba con la mayor seriedad del mundo. No sólo de los
principios de La Bohemia, donde después de todo se podía
Pecar (y Confesar si era preciso) repetidamente. Sino también,
y sobre todo, de la libertad, igualdad y fraternidad de las Mujeres,
Madres incluidas en primer sitio. Si mi papá había
fracasado tan sonadamente como proveedor e ideólogo, ¿debía
y podía yo aceptar que mi mamá fracasara como ideóloga
luego de triunfar como proveedora? La respuesta era No. Una y mil
veces no. Otra veladora apagada. Otro cabo tijereteado para que
le costara volver a encender la vela y tuviera tiempo de cavilar
sobre su conducta indebida y supersticiosa.
Si habíamos de profesar y practicar creencias, debían
de ser -en mi opinión cada vez más formada- ideas
progresistas, modernas: la Feligresía de la Progresía,
en pocas palabras. Como las costumbres de Alicia en los bares de
la colonias Roma e Hipódromo y las fiestas de la Cuauhtémoc.
Y como las ideas y convicciones de mi abuelo Froylán y su
hermano David, zapatista en Tlaxcala que había luchado por
el reparto agrario contra los terratenientes, durante la Revolución.
La Cofradía de la Izquierda tenía que ser la nuestra,
como de hecho ya lo era para Froylán, el medio hermano de
mi padre, que era un comunista de hueso colorado, un fervoroso,
un fanático, un inocente, un puro, un sacrificado, pero a
quien no conocíamos aún.
En medio de estas luchas ideológicas en el seno de la clase
media, sucedió mi segunda gran desgracia de aquellos primeros
años. En la ausencia de mi abuelo paterno y de mi padre,
que se había fugado con otra a la bella y remota Praga y
divorciado chuecamente -ante un juzgado de pueblo-, la familia tomó
una decisión, llena de buena fe, que a mí me resultó
horriblemente degradante: Claudia y yo debíamos hacer la
Primera Comunión. ¿Por qué? Porque sí.
No se escuchaba a los niños; ni siquiera a los niños,
como mi hermana y yo, a quienes a veces les preguntaban su parecer.
La haces porque la haces y porque es por tu bien, punto.
La decisión fue súbita y brutal. ¿Cómo
podía ser que mi sardónico abuelo Pedro Mejía
Pavón -que era muy conservador pero sólo se hubiera
parado en una iglesia si allí se jugara la Serie Mundial
de beisbol- estuviera de acuerdo? ¿A qué diablos se
debía que mi abuela Ofelia Villarreal Gutiérrez -que
ciertamente iba a misa, pero no con el fervor con que acudía
a sesiones de espiritismo; y que creía en todo tipo de magias
tan latas como sincretistas, que ahora llamaríamos New Age-
de repente dejara su vago paganismo y se comportara tan dogmáticamente?
¿Y por qué mi abuela Georgina Moreno Ortega, la sonorense
-que de chico me llevaba a retozar en los jardines de su amigo Plutarco
Elías Calles, el Presidente perseguidor de la Iglesia católica-,
estaba de acuerdo? ¿Y a cuenta de qué mi madre, grande
de las grandes del protofeminismo, parecía ser la más
empeñada en que sus hijos formáramos parte y número
de la Iglesia reaccionaria que ella misma solía denunciar,
una y otra vez, con furia y con argumentos?
¿Se debía a que en los años anteriores no había
dinero suficiente para pagarle a la catequista, ni para sufragar
al cura, ni -sobre todo- para organizar el tradicional desayuno
de tamales y champurrado? ¿O esta conspiración de
los adultos se debió a que de repente se dijeron, sin decírselo
in so many words, que la prueba de su fe y pertenencia a la Iglesia
la daríamos los inocentes chiquillos, corderos de Dios que
lavaríamos pecados y omisiones de los adultos?
No lo sé: los caminos de las familias son misteriosos. En
aquel momento de escandaloso entusiasmo de mis familiares, durante
todo ese proceso humillante de intento de catequización de
mi conciencia, yo me sentí avasallado, me supe un mero vasallo
que escuchaba y obedecía; y experimenté, en cuerpo
y alma, es decir en mi inteligencia, una verdadera Toma de Conciencia.
En tres palabras: me volví jacobino; en dos: anticlerical
ferviente. En una: agnóstico.
Ninguno de los adultos nos ofreció jamás, que yo recuerde,
ningún argumento. Nos habían enseñado a pensar
y cuestionar, a Claus y a mí, y en el preciso momento en
que debíamos pensar y cuestionar, se nos hacía sentir
que ésta sí que no era la ocasión, m'hijito;
que la existencia de Dios y la pertenencia a la Iglesia católica
eran consustanciales al hecho de ser humanos y mexicanos. Cuanto
más autoritaria la actitud de los mayores, más intolerable
y ridícula me parecía. Pero, porque Claudia y yo éramos
chicos, había que acatar. Y encima fingir que sí,
creíamos y creeríamos en un Solo Dios, creador del
cielo y de la tierra, y del dolor y la injusticia, como antes habíamos
creído en el Ángel de la Guarda. Y ellos, los adultos,
fingirían a su vez que Claudia y Héctor eran niños
católicos, tan cursis y modositos como los que abominaban
de las grandes tradiciones laicas de Juárez y de Cárdenas
en las que nos habían educado mi madre y mi padre.
Al escribir esto, revivo un poco mi impotencia de entonces: la indignación,
la humillación, la exasperación, el desespero, el
dolor, la ira, el desprecio. ¿Por qué expresar el
poderoso y misterioso vínculo con la Naturaleza, con los
Cielos, con la Soledad, y también con el deseo de obtener
y hacer el Bien, a través de una deidad, de una sola deidad,
de una deidad masculina, de un dios del desierto, un dios de alguno
de los remotos desiertos del Medio Oriente, y no precisamente el
dios judío, o el musulmán, sino el cristiano, y sólo
el cristiano, pero no el armenio, ni el sirio, ni el maronita, ni
el bizantino, ni el ruso, ni alguno de las tantas variedades del
protestantismo, sino el católico, apostólico y romano,
el que habían traído los funestos españoles,
los pinchísimos, cabronsísimos y pendejísimos
españoles (durante la dictadura franquista se despreciaba
mucho a España en México), el que encarnaba el terrible
papa Pío XII, del que sabíamos que no había
levantado un dedo ensortijado para salvar a los judíos del
Holocausto, de la Shoah?
¿Por qué, si yo no podía creer en esa deidad,
se me forzaba a decir que creería en ella para siempre? (Mi
madre y yo, aunque nos vemos con frecuencia y conversamos largo
y seguido por teléfono, nunca hemos hablado de esta experiencia.)
Se me hizo ponerme de hinojos; se me hizo bajar la cerviz; se me
hizo abrir la boca para que me introdujeran una hostia; y antes
se me hizo confesar mis pecados; pero no dije ninguna de mis verdaderas
culpas... con lo que me sentí aún más culpable
ante ese dios en el que no podía creer.
-Aun si fuera cierto que Voltaire se confesó en el lecho
de muerte, todo esto son sólo supersticiones y supercherías
y superbabosadas -le decía yo a mi hermana menor, que evitaba
siempre los conflictos y anhelaba la paz y por tanto me decía:
-No digas eso.
-¿Qué, superbabosadas?
-Sí, no digas eso.
-Bueno.
-No me gusta cuando te burlas de todo. Los abues y mamá lo
hacen porque nos quieren, y para que no nos vayamos al Infierno.
Si tú no crees, no tienes que decirlo.
-Y tú, ¿tú crees?
-No sé, Héctor, no sé -me decía Claudia.
-Nada más acuérdate de la canción: "It
ain't necessarily so, it ain't necessarily so, the things that you're
liable to read in the Bible, it ain't necessarily so". ("No
es necesariamente cierto, no es necesariamente cierto. Lo que te
topes en la Biblia no es necesariamente cierto." Letra de Ira
Gershwin y Du Bose Hayward, música de George Gershwin, de
la ópera Porgy and Bess, 1935. Canción que mucho nos
gustaba entonar en familia imitando la voz de mi padre, de quien
aprendí a emular las voces de bajo de los negros americanos.)
(Por lo demás, no pretendo que este diálogo
de hermanos sea real, pero sí verosímil.)
Yo en esos años ya había ojeado Tótem y tabú,
de Freud, en un libro argentino o chileno de carátula de
cartón y colores chillones para la época, y a ratos
leía -asombrado, enloquecido, iluminado- a Homero, que de
pronto había dejado de ser sólo una bonita avenida
en la colonia Polanco, paralela a Horacio, intersectada por Arquímedes,
Séneca y Eugenio Sue y otros autores que luego, temprano
o tarde, acabaría leyendo. A Homero -fuese su Ilíada
o su Odisea- lo llevaba conmigo a la Primaria, a la Secundaria,
al Deportivo y al parque de Chapultepec -en el sobaco; eran aquellos
viejos libros verdes editados por José Vasconcelos en los
años veinte; y tenían un verdadero poder mágico:
los barbajanes, nacos, pelados, machos, filisteos o como se les
llame de repente me (casi) respetaban. En todo casi o caso, me dejaban
pasar entre sus pandillas montoneras con injurias, pero sin golpes.
Como que se paralizaban, como si no se pudiera golpear a un varón
con su misal.
Antes que Homero, leí (y también cargué en
la axila), hasta donde recuerdo, a John Steinbeck, Erskine Caldwell,
Stefan Zweig, José Rubén Romero, Cervantes (las Novelas
ejemplares); y otros libros de bolsillo para adultos que me maravillaron
o me aburrieron pero que ni mi memoria ni (seguramente) el canon
literario consignan, en inglés o en español. Pero
nada fue como el descubrirme acorazado por aquellos libros verdes
de tapa dura, ni nada fue como leer, aun si era a saltos entre la
tele, la escuela, el deporte y las inciertas amistades, a Homero.
¡Eso era literatura! ¡Ésos eran personajes, aun
si Aquiles, un militarote petulante, vencía y humillaba a
mi tocayo Héctor! ¡Ésos eran héroes!
Y ésos, los de Homero, eran Dioses. Dioses numerosos. Dioses
y diosas, de ambos sexos. Deidades que no ocultaban, sino desplegaban
y ostentaban, hasta el exceso, que eran admirables, despreciables,
poderosas, y cuyas intervenciones siempre abusivas en la vida de
las mujeres y los hombres -y los niños, aunque sólo
aparecen como sacrificiales- conferían un verdadero sentido
heroico a los individuos. (Poniéndome de rodillas para confesar
y comulgar, yo era todo menos heroico.) No es que yo creyera en
las deidades griegas excepto como portentosos actores de ese arte
prodigioso que mi confuso y ávido y naciente Nuevo Yo estaba
descubriendo, y descubriendo que se llamaba Literatura, o Leyenda,
o Poesía, o Historia. Pero escribo estas palabras como si
hoy entendiera lo que entonces sentí, y en eso, como en tantas
cosas, soy un vástago del Siglo Veinte: hijo del psicoanálisis
y de la autobiografía. Lo que sentí fue asombro.
Las deidades griegas eran muy antiguas y extranjeras. Muy antiguas
y extranjeras y admirables eran también las hazañas
de Cristo, cuyo heroísmo patético -en el sentido noble-
se resumía en su trágica figura colgada de una cruz,
exhibida en iglesias y catedrales y basílicas, para tremendo
ejemplo de los adultos y espanto de los niños. No podía
uno mirarlo a los ojos -o la sangre de las heridas, o los clavos,
o las espinas- sin sentirse malo; sin imaginarse culpable; sin creerse
indigno. Y así no se puede empezar Una Vida, con tanta culpa
tan heredada y ajena, sentía yo. El Dios del Antiguo Testamento
era terrible, vengativo, hermético. Jesucristo, temible en
su debilidad gore.
¿Por qué había nacido yo en México?
¿Y por qué en el seno de esa familia que no decidía
en qué creía? ¿Y por qué debía
hacer la Primera Comunión? ¿Y por qué había
muerto el abuelo masón, y por qué su hijo, mi padre,
se había largado justo a los siete años, cuando supuestamente
se acaba la Inocencia y se comulga por primera vez? (¿Por
qué no era yo Jim, el de La Isla del Tesoro, o Héctor,
el héroe memorable y vencido de Troya, o los indomables Ivanhoe,
Sandokan y D'Artagnan?)
En fecha cercana, una ampolla en la palma de la mano derecha se
me había infectado a tal punto que la pus me la había
hinchado como mano del engendro de Frankenstein. No podía
yo
entrecerrar los dedos, de lo inflamados y amarillentos que estaban.
¿Por qué me pasaba esto a mí, de todos los
niños que se ampollaban en la barra metálica del playground
de la Escuela Westminster?, ¿por qué no a cualquiera
de los Patroclos y Agamenones, Marios, Robertos, Pepes, Marianas,
Susanas y demás niños mensos? ¿Y por qué
precisamente a mí la infección ya me estaba infestando
e inflamando no sólo la muñeca, sino el antebrazo?
Yo no era el único niño que le tenía pavor
a las inyecciones, pero sí fui el único que salí
corriendo de la Clínica del Seguro Social de la calle de
Orizaba al ver la cara (hipócrita) del doctor y el rostro
(sádico) de la enfermera que empuñaba la enorme hipodérmica
de vidrio. Todos teníamos miedo. Los adultos le tenían
miedo al despotismo del Gobierno y la plétora de caciques
y jefecitos y a las murmuraciones de los otros adultos. Los chicos
teníamos terror, en grados variables, de los adultos, que
oscilaban, a gran velocidad, entre muy buenos y muy malos. Y los
abuelos habían vivido el terror de la Revolución...
Una vez que logré huir de la clínica, no paré
de correr con la lengua de fuera y la boca reseca, ni, luego, de
caminar, aterrado, sin rumbo, bañado en sudor. Estaba seguro
de que todos los adultos y los niños, todas las mujeres y
todos los varones, me delatarían; que la ciudad entera me
buscaba y se burlaba de mí; que esa patrulla que se demoraba
en la esquina buscaba a un niño con mi filiación.
Sin embargo, con la mano monstruosa palpitando locamente a causa
del miedo y la infección, yo tenía claro mi Destino
-palabra que había descubierto en los libros y en los boleros-:
para que la gangrena no se me siguiera propagando en el cuerpo,
me amputarían casi todo el brazo, sin duda... Pero sólo
cuando me encontraran tirado en las calles, ya sin conocimiento,
como perro atropellado, o poeta romántico.
Y entonces, aprendería a escribir con la mano izquierda.
Como Cervantes, si es que al Manco de Lepanto le había pasado
eso.
No sé tras cuánto tiempo, regresé o fui devuelto
a la clínica (tendría que preguntarle a mi madre,
¿no?), y me inyectaron decilitros y decilitros de penicilina
en la mano, y me metieron metros y metros y más metros de
gasa angosta por una incisión -cuya pequeña cicatriz
conservo como risible herida de guerra-, de la que salpicaba pus
como un diminuto y potente géiser descontrolado. Y yo, como
ya tenía toda la extremidad derecha insensible, me medio
reí, como si me carcajeara. Me reí de mi ridículo
miedo con la enfermera, que no se rió conmigo; me reí
con el doctor, que me enseñaba con rostro indignado la interminable
purulencia amarilla y casi verdosa que me extraían -metros
y metros de gasa empapada, una y otra vez-; me reí con mi
madre, que ya no estaba aterrada de perder a un hijo, pero no se
podía reír conmigo. En realidad, yo sólo me
sonreía: como sólo se sonríen los idiotas que
saben que lo son. Y me inyectaron dosis caballunas de penicilina
los tres días siguientes.
Mi actitud hacia la Primera Comunión era exactamente (o muy
aproximadamente) la misma. Prefería que me amputaran de la
Iglesia y de la Sociedad entera, y no que me pusieran de rodillas
ante un sacerdote que me imaginaba tan malvado como el cardenal
Richelieu de Los tres mosqueteros, o tan tonto como cierto cura
de la iglesia del Santo Niño de Praga (¡Praga, donde
se escondía el padre que nos había abandonado!) con
el que había realizado mi primera confesión, llena
de mentirillas por mi parte y de mal aliento y preguntas inanes
por la suya. Sin embargo, fui derrotado. Uno, me inyectaron; dos,
me salvaron del Purgatorio, o del Infierno.
No recuerdo nada de la ceremonia; no sé en qué iglesia
tuvo lugar; no me acuerdo si hubo, aparte de Claudia y yo, otros
comulgantes; no sé si, como el Héctor de Ilión,
me sentí héroe o víctima. Del desayuno posterior,
sólo conservo vaga memoria de niños de ambos sexos
que corrían y jugaban, divertidísimos, entre las mesas:
¿eran mis primos, o eran primos ajenos?, ¿sucedía
esto en un restorán con terraza? Era antes de mediodía
y creo acordarme que las sillas eran de colores muy mexicanos: amarillo
fuerte, azul oscuro, anaranjado brillante, con los consabidos dibujos
de flores sobre madera.
Me sentía, creo, absoluta (¡y además imperfectamente!)
Culpable. No sólo, como todos los hijos de parejas separadas,
de la disputa entre mis padres. Y del peso de mis grandes defectos
y tonterías. Sino también ante mis primas y tías
y otras parientas de La Villa, cuya muy grande bondad cristiana
yo sentía que estaba realmente mancillando, y cuya fe yo
respetaba tanto como quería que se respetara mi falta de
la misma. Yo estaba aceptando el sacrificio de ser cristiano; pero
en aras de mi familia, no por mí. Pues yo comprendía
-y no sé dónde lo leí al vuelo- que la fe era
Credo quia absurdum, y sólo entendía la parte de lo
absurdo que era creer.
Y me sentía culpable ante mí mismo, que descubría
-a los casi diez años de Claus, a mis trece y ya con Pelo
Público- que uno es, siempre, un Enigma no sólo para
los otros, sino para sí mismo.
*Capítulo segundo de Cuando había
futuro. Memorias de la segunda mitad del siglo XX.
Héctor Manjarrez, "Dios",
Fractal n° 21, abril-junio,
2001, año 6, volumen VI, pp. 121-146.
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