Ese martes habíamos despertado, Mónica y yo, con el ruido de las turbinas volando bajo y el estruendo del choque que hizo vibrar nuestras ventanas. Sin poder discernir del todo si esa impresión quedaba de aquel o de este lado de la línea entre el sueño y la vigilia, cruzamos unas frases. Eso fue un avión, y se estrelló aquí cerca, concluimos y acto reflejo encendimos el televisor. Ahí estaba ya la imagen del edificio herido. Sin pensarlo nos vestimos y salimos veloces sabiendo que lo que vivimos ocurría tan sólo ahí, a tres cuadras. Seríamos testigos y nos corría por el cuerpo una emoción quizá menos inconsciente que inconfesable. Algo dramático, único, insólito, ocurría, y nosotros ahí, con las previsiones para el día rotas, abríamos los sentidos para dejar entrar lo inesperado. Y todavía no nos lo acabamos.
Salir del hotel, alzar la vista y encontrar a uno de los gigantes en llamas (su hermano, acerado e impasible, detrás). Un boquete en su cúspide, una boca recién rasgada, sesgada, con jirones de piel de alambre colgada de sus labios, oscura y dentada por metales rotos. Una boca atroz que arrojaba fragmentos carbonizados, desprendimientos, desmoronamientos, cachos de lámina y grumos oscuros; y el humo alzándose inmenso y las llamas asomándose espasmódicas, para dejar claro que aquello era una sección del infierno.
También cada tanto el animal arrojaba seres humanos. Pero eso no lo percibimos sino hasta que la masa se fraguó y fuimos parte de su quejido.
Nosotros abajo tomábamos fotos. Azorados nos mirábamos unos a otros y volvíamos a alzar los ojos. Apenas dos palabras sobre lo inverosímil y pasmoso del cuadro. Aguzábamos los oídos. Por la masa heterogénea de TriBeCa a las 9 am (puertorriqueños, chinos, wasps, italianos) hacían las rondas, los rumores. ¿Qué había sido? Un avión militar. Un helicóptero de turistas. Un misil. Todas versiones posibles e increíbles.
Desde ahí era imposible calcular el tamaño de la bocaza abierta por el impacto. No acabé de entender su inmensidad, y que sólo los 100 pisos de altura la trajeron a una dimensión manejable, hasta que vi un acercamiento fotográfico en el periódico del día siguiente. Ahí aparecía el asombroso detalle de una figura humana minúscula en uno de los labios desgarrados. Un hombre que hacía el increíble gesto de asomarse a ver hacia fuera por el boquete poniéndose la mano sobre las cejas para bloquear el sol.
No recordamos (lo hemos hablado ya cien veces) en qué momento
preciso comenzamos a notar el intermitente quejido de la masa.
Cuando lo hicimos consciente ya debía tener unos minutos;
primero fue suave, luego creciente y doloroso,. ¡Ay!, ¡aaaay!
(...) ¡virgen santísima aaaay!, (...), se están
tirando los inocentes, mira, ¡mira!... Y miramos. Y pudimos
distinguir, desde la aséptica y cinematográfica
distancia que mediaba, la forma de los cuerpos al surcar, en caída
veloz, en agitación o reposo, la vertical inmensa que el
rascacielos perfilaba. Y cada caída fue acompañada
de un quejido que ataba las tripas de todos los que estábamos
ahí, atónitos, preguntándonos qué
sensación, qué dolor, qué extremo paroxismo
sería el que estaba obligando a uno tras otro de esos individuos
a tomar la fatal decisión. Y cada uno de esos seres que
optaba así por morir acelerado, envuelto en aire y no en
humo y grados centígrados, podía ser nosotros. Era
nosotros con un ligero cambio en las bifurcaciones del pasado.
No vimos venir el segundo Boeing. Llegó por el otro lado.
La segunda torre, la de atrás desde nuestro lugar, de pronto,
sin aviso, estalló. Los cuatrocientos metros de la altura
del edificio y las varias cuadras que nos separaban no impidieron
que viviésemos esa erupción como si nos atacara.
Con una fantasmal (distendida y sin embargo compacta) simultaneidad
vimos en un instante un salvaje destello, escuchamos un ronco
sonido y presenciamos el surgir (en el recuerdo es siempre una
cámara lenta) de esa mezcla expansiva de fuego naranja
y humo gris, y su extenderse mágica y decidida en nuestra
dirección. Sentimos el fogonazo del calor al tiempo que
la bocanada del estallido (ha sido descrita con tantas metáforas
-hongo, corola, floración- y ninguna es exacta) llegó
a su máximo y comenzó a contraerse. Corrimos, aullamos,
lloramos, nos tiramos al piso. Y algunos seguimos tomando fotos.
Se oían ya todo tipo de gritos. Fragmentos volaban. Estábamos
ahí, en medio de una guerra. Ya no quedaba duda.
Física de preparatoria: La parábola de una turbina
en llamas del segundo avionazo tocó piso a una cuadra,
doscientos metros a la izquierda de donde estábamos. Así
de lejos y de cerca estuvimos.
Unos minutos después voló sobre el sur de Manhattan
un jet militar. Uno de los rumores hablaba del hurto de bombarderos
y de que los boquetes eran de misiles. La masa asustada gritó,
ahí viene, ahí viene de nuevo y corrió absurdamente
a buscar la ilusión de un refugio.
Los rostros y actitudes de los homo sapiens ante un desastre incomprensible
son una galería barroca de sus posibilidades expresivas.
Y lo que ocurre espontáneamente en las tripas (si las reacciones
que vemos son un buen camino hacia intuirlo) es también
tan disimilar que nadie tendría que postular ahí
algún rasgo universal. Habemos los que nos aterrorizamos
sordamente y tratamos de mantener la atención para mejor
sobrevivir, egoístamente. Hay quienes pierden los cabales
y se dejan ir al desmayo o la histeria. Éstos casi siempre
encuentran a un altruista que se ocupe de ellos. Hay así
quienes se olvidan de sí y salen directo al encuentro del
peligro, tratando de ayudar, de eliminar el mal, de salvar a las
víctimas. Todos los caminos se toman espontáneamente
y nada en tu pasado te sirve para saber quién serás
entonces.
Los carros de bomberos pasaban hacia el sur de la isla. Los habitantes
de la calle, turbados e indecisos, se alejaban hacia el norte.
Los temerosos e inseguros policías de esquina fueron de
a poco remplazados por personal mejor adiestrado, más ecuánime
y firme. Sus gritos comenzaron a ordenar a la masa. La consigna
era clara. Alejarse. No voltear a riesgo de petrificarse. Nosotros
volvimos al hotel a recobrar el aliento.
Estábamos Mónica y yo en el cuarto dándonos
un insensato regaderazo (el mundo arde y tú acicalándote)
cuando todo -piso, techo, paredes, vidrio- comenzó a vibrar.
A tremolar. La larga y creciente sacudida fue acompañada
por un ruido incomprensible, como un rugido que fue cobrando forma
y volumen hasta coronarse en un seco, dramático cataplum.
Luego el hueco ominoso del silencio. No se pareció a un
temblor. Fue (ni modo) como un efecto especial de una película
de desastres. Un volcán a punto de nacer bajo tus pies.
Están bombardeando gritaba destemplado alguien desde el
pasillo. El hotel ya era un caos de inquilinos y personal yendo
y viniendo. La adrenalina en nuestros cuerpos subía continuamente
de nivel.
Mónica insistía en que lo que oímos fue el
derrumbe de una torre. Yo no podía creerlo. Testigo del
colapso de un edificio en el temblor de 85, mi instinto se negaba
a asociar ambas impresiones (y a su modo tenía razón).
El cuarto no daba a la calle. Para ver debíamos bajar.
La esquina de Chambers y West Broadway se había metamorfoseado,
cambiado de época. Tolvanera. Tormenta de ceniza. Sedimento
de vidrio y cemento y seres humanos molidos. Postapocalipsis.
La gente habló de una lluvia de papeles y en algunas de
las fotos se pudo ver ese tapiz irregular de hojas batidas por
una patética brisa, como el otoño fantasmal de un
delirio surrealista. Pero ese viento soplaba hacia otro lado y
no lo presenciamos.
Desquiciados, los responsables del hotel no atinaban pie con bola.
Una hilera de nerviosas mucamas latinoamericanas esperaban la
señal para partir. Los turistas lo hacían, con o
sin maletas. Nuestros pasaportes y dinero estaban en una caja
de seguridad y Mónica consiguió de la encargada
que como último acto antes de huir le diera acceso a ella.
Nos unimos al éxodo. Calle arriba por West Broadway. Caminábamos
cien pasos. Volteábamos a ver, a atender, y recalibrábamos
nuestra fascinación y nuestro espanto. Sólo quedaba
una torre visible. La primera en ser golpeada. La de la antena.
Ya no alcanzábamos a ver si el hombre o la mujer, que desde
el principio del incendio sacó una manta blanca y comenzó
a agitarla desde uno de los últimos pisos, seguía
allí. Queríamos creer que sí, y que de algún
modo se salvaría. En donde había estado la otra
torre flotaba una gasa de humo blanco. Y algo inconsciente nos
seguía insistiendo; ahí debe estar todavía,
nomás sople un poco de aire y se verá.
Volvíamos a caminar. Siempre sintiendo y reaccionando a
las voces y gestos de la gente. Circulaban en los rostros la confusión
y la incredulidad. Comenzaron aparecer esos extraños personajes.
Salidos del infierno. Cubiertos de un polvo ocre de una manera
tan total, profunda, que uno sentía que tenían polvo
en los intestinos y en las venas. Eran estatuas móviles
de sal y arena que se mezclaban entre nosotros, los otros expulsados,
sin disolverse. Sobrevivientes transmutados que parecían
andar más firmes, con algún propósito más
definido. Buscar un teléfono que funcionase. Un improbable
autobús que los sacase de ahí.
Vino el colapso de la torre que quedaba. Primero fue ver su insólita
pulverización, su arrodillarse y hundirse condenada por
el dios insensible de la gravitación y la resistencia de
materiales. Después el tronido; otra vez esa sumatoria
infinita de choques y estallidos que dan un bramido total. Onda
monumental que hiela el tímpano, los axones, y obstruye
la comprensión. Otra vez carreras, histerias, cadenas de
voces, insultos. Aunque lejos como para que nos alcanzara ya,
de todos modos instintivamente nos alejamos del tsunami de polvo
que surgió como remate. Otra onda expansiva, otra agresión
al cuerpo de los cercanos y al alma aterida de los que habíamos
puesto distancia.
Conductas enrieladas o excéntricas, previsibles e imprevisibles:
Un barbudo blandiendo la Biblia cantaba el fin de los tiempos.
Cristalizaciones de gente ansiosa en torno a pequeños radios
sobre la banqueta. Hombres de traje sentados en escalones con
la mirada fija en el piso, apenas moviendo en circulitos la punta
del zapato. Llantos silentes, ruidosos, espasmódicos. Personas
intentando hacer lo de todos sus días, jogging, shopping.
Un pintor de acuarelas hacía cuadros en vivo de las torres
humeantes, de su colapso, de la humareda que quedó, con
trazos rapidísimos, nerviosos. Abrazos espontáneos,
gestos maniáticos. Palabras como soledad y compañía
no tenían ya bordes claros. La recurrencia del recuerdo
de la masa confundida de la colonia Juárez minutos después
del terremoto mexicano era mi retorcimiento particular. Y otra
vez el instinto de alejarse más, y más. Pies en
polvorosa.
Recalamos en un bar universitario cerca de Union Square. En las
teles CNN hacía que nuestras madres en México supieran
más de los detalles del "ataque a América"
que nosotros. Ahí nos pusimos al tanto. Y ahí se
inició la terapia del habla. Extraños que dejan
de serlo. Verbos, adjetivos, frases que van cayendo en los sitios
lastimados para intentar ordenar el pasmo, adormilar el susto.
Nunca es más necesario hablar, tocar con palabras a los
otros y ver cómo rebotan ecolocalizándonos. Y escucharlos
tocarnos.
El resto del día lo ocupamos en atravesar de sur a norte
Manhattan. Bloqueada en todos sus accesos, paralizadas sus vías
móviles, se había vuelto una urbe de andarines,
de migrantes, de caravanas misteriosas en todas direcciones. Al
sur, en el lejano sur, la nube de humo y polvo era el sangrado
continuo, lento, de la isla herida. (Una semana después,
cuando finalmente salimos de ahí, el fondo de la isla seguía
humeando.)
También el silencio hace sus ministerios. Mónica
y yo caminando en silencio. Prendidos de la mano. Observando la
conducta desplazada, desenfocada de los transeúntes. Sintiendo
una doble extranjería. Ascendiendo por esa cuadrícula
rigurosamente numerada, inhumana en sus volúmenes cúbicos
y mesmerizante en sus reflejos.
Solos y juntos. Y así fue por días. Acercarse uno
al otro al caminar, al descansar, al dormir. Estar juntos. Tener
y ser compañía como un límite, como una base,
como un tope muelle y firme.
II
Otro día escribiré sobre la amistad
que florece entre los intersticios de las experiencias extremas.
En la dedicatoria de estas líneas menciono a los seres hermosos
que nos cobijaron.
Nueva York vivió su duelo de manera retorcida, abigarrada.
Y, como ocurre a los deudos en el momento de asimilar la punzada,
sus rostros se deformaron por el dolor y el coraje. En la semana
posterior que estuvimos ahí, obligados y asombrados, vimos
emerger varias formas de su locura plañidera. La más
amable y dócil fue la de los sesenteros, que enseguida llenaron
plazas y parques de mensajes y flores, de velas y cantos pacíficos.
La más oscura e inquietante fue la de los ochenteros que
pedían sangre y se vestían con retoques militares.
Por esos días había una exposición magistralmente
concebida en el museo P.S.1 sobre los subterráneos vínculos
entre el uniforme (y sus atavismos entre los militares) y ciertas
oleadas fascistoides de la moda; o entre la testosterona guerrera
y sus encarnaciones polimórficas adentro y afuera del ejército.
No sé si suspendieron la exhibición después
del 11 de septiembre. Pero puedo decir que entraba en una extraña,
perturbadora resonancia con lo que vimos ocurrir en esos días
entre los jóvenes yanquis en las banquetas de Nueva York.
La noche del drama el filósofo banquetero de Manhattan, De
la Vega (autor de una colección abierta y ecléctica
de aforismos, que recicla de aquí y de allá, que escribe
en la vía pública y vende sobre tarjetas y playeras)
se puso a escribir por las banquetas con un gis verde claro y una
caligrafía pareja y nítida la frase "an eye for
an eye leaves the whole world blind". Celebramos su tino mis
amigos y yo. Pero ya para la mañana siguiente entendimos
que éramos minoría cuando leímos los rosarios
de respuestas, con gises de colores más dramáticos.
"Ninguna piedad para con ellos", "Al infierno con
los terroristas".
La floración micológica de banderas era quizá
más comprensible; un gesto de colectividad y unión;
aunque no menos chocante para quien alcanza a ver detrás
del nacionalismo instintivo los dientes de la futura masacre.
Tardamos varios días en recuperar nuestras cosas. Cada día
siguiente nos levantábamos de la cama (las pesadillas no
han cesado casi un mes después) y enfilábamos rumbo
al sur con la intención de llegar a hotel tan abruptamente
abandonado y recoger nuestros trapos. Cada vez se trató de
ir superando más cordones de policías. Identificaciones,
breves alegatos sobre quiénes éramos y qué
queríamos. Siempre había un punto insuperable. Con
cada cuadra que avanzábamos, de regreso de donde habíamos
escapado, la extrañeza crecía. Ambulancias, grúas,
materialistas, vehículos militares. Polvo pisado. Objetos
abandonados por siempre en la rápida huida. Lo indescriptible
era el olor: acre, a naturaleza y artificio íntimamente incinerados.
Y la cresta de polvo encolumnándose, como ávida de
llenar el vacío dejado.
El viernes finalmente nos dejaron acercarnos a donde mandaba el
ejército. El hotel ya a unos poco metros. Un buen soldado
nos dejó pasar. Era el último edificio accesible.
Entramos por un pasillo oscuro (la zona estaba sin luz, ni agua,
ni teléfonos) y en la penumbra se levantó de un sillón
una figura esbelta y encorvada. Un anciano mulato que debía
ser el velador. Hablaba a través de una traqueotomía.
Ese detalle macabro que ahora nos divierte en ese momento nos acabó
de transportar a la irrealidad. "Follow me" nos dijo desde
sus cavernas y nos fue guiando con una lamparita inútil por
los laberínticos pasillos. Un mal novelista habría
ideado esa situación. Grutas, minotauros, ultratumba.
La realidad brumosa afuera no era más creíble. Era
imposible aceptar que se trataba de la misma esquina donde hacía
tres días habíamos presenciado los ataques. Faltaban
más edificios que las dos torres. Pero el vacío mayor
era de la gente, ahora suplantada por una variedad de espectros.
Vehículos destrozados, barricadas. No pudimos ni quisimos
acercarnos más, a donde se dirimían las cuentas de
los muertos.
Carlos López Beltrán,
"Pies en polvorosa",
Fractal n° 21, abril-junio,
2001, año 6, volumen VI, pp. 95-104.
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