De las incógnitas que rodean a este desconocido,
aventuro ciertas respuestas plausibles.
La primera: se llamó Francis. ¿Por qué Francis
y no François? Cabe suponer que alguno de sus padres o
abuelos fuera inglés. Ello explicaría el capricho
de su nombre. Más aún, una parte significativa del
primer cuaderno está redactada en ese idioma, si bien pululan
en esas páginas frases que tuercen y retuercen sin piedad
la sintaxis inglesa.
La segunda: ¿qué lo llevó a escribir estos
cuadernos? Ante todo, diré que son tres. En conjunto, rebasan
los cuatrocientos folios. La letra es pequeña, apretada,
y detalle curioso, bastante legible. Carecen de un orden cronológico.
De hecho, son un desbarajuste, por lo que están lejos de
constituir unas supuestas memorias de su autor. Ningún
pasaje o fragmento está fechado. Si se me apura, los catalogaría
como una miscelánea de apuntes, reflexiones, comentarios
al vuelo, de alguien que se esfuerza por sentir en carne viva
las contradicciones de su siglo, sean éstas benéficas
o perjudiciales, más que buscar comprenderlo y aceptarlo,
más que comprenderse y justificarse a sí mismo como
hijo de su época, la cual, por lo visto, lo enfermaba.
La tercera: ¿quién es la Madam que aparece como
interlocutora muda a lo largo y ancho del tercer cuaderno? En
una carta que Benjamin Constant envía a la condesa Morbac
desde París el 20 de julio de 1805, escribe: "Recordadle
a nuestro amado caballero Francis lo mucho que lo estimo. ¿Cómo
se encuentra? Hace meses que no recibo noticias suyas." En
otra carta posterior, con fecha del 4 de abril, un par de años
después, Constant relata a la condesa: "Ayer me reuní
con Francis en el café Aux Bains Chinois. Salvo un mechón
de canas, sigue siendo el mismo. Ocurrente, tempestuoso, melancólico,
la rabia que le producen las circunstancias políticas actuales
no ha disminuido un ápice. Contra Napoleón, apenas
ahorra críticas. La mayoría, convengo en que son
atinadas. Bien lo conocéis. Conversamos hasta la medianoche.
Su anhelo de establecerse en Canadá tampoco ha cesado.
Vos salisteis a relucir; en verdad os adora. Nos despedimos con
gran pesar. De camino a Tiquetonne, piensa detenerse unas semanas
en Fougères. Juró que desde allí os escribirá."
Estas referencias de Constant son el único testimonio de
alguno de sus contemporáneos. Arrojan escasa luz, pero
al menos confirman el carácter del chevalier du Haut-le-Cur.
Que la tal Madam sea la condesa Morbac, nada lo prueba; mera especulación
sin fundamento que la respalde. A ratos, creo que en realidad
se trata de un recurso emotivo. De ser así, considero que
el chevalier echó mano de semejante interlocutora ficticia
para modular con diferentes timbres los efectos dramáticos
de su sentir y de su cavilar errabundo. Dirigir a alguien los
desahogos del corazón, aun cuando sea imaginario, proporciona
mayor alivio que charlar con las paredes.
Hago público mi agradecimiento a la señora Jeanette
Vilquin por haberme puesto tras la huella del chevalier du Haut-le-Cur.
Cómo llegaron a mí los tres cuadernos de Tiquetonne,
no me está permitido revelarlo. Tal vez en el futuro los
traduzca completamente y los entregue a un editor. Pero no me
comprometo. Por ciertas afirmaciones que contienen, no dudo que,
en estos tiempos de euforia irrefrenable, algún Robespierre
de moralina trasnochada recrimine mi interés en ellos,
levante su dedo acusador, y me condene por reaccionario. A más
de uno ya lo han consignado en el Índice Prohibido con
esta advertencia: "tête à guillotiner sans rémission".
Toda República de las Letras posee su Directorio de Notables;
la nuestra, gloriosa sin par, no es la excepción.
De tal suerte, quien espere verlos pronto en las librerías,
quizás esperará en vano. Le recomiendo que aguarde
cómodamente sentado en su sillón favorito. En cuanto
a mis detractores, de tenerlos hoy o el día de mañana,
confieso que no me quitan el sueño. Sería una bravuconada
proclamar que me los desayuno. No soy de carácter aguerrido.
Además, al levantarme, acostumbro comer algo ligero. Pero
eso sí, aun con asco, siempre me los meriendo.
Del primer cuaderno
La naturaleza mezcló en el corazón del hombre la
sed de libertad y la sed de tiranía. Independencia para
sí mismo, esclavitud para los otros, ha sido la divisa
del género humano.
Esparta no fue la excepción, aunque sea considerada un
raro fenómeno dentro del mundo político. En ella
puede encontrarse el origen del gobierno republicano, obra del
mayor genio que hasta la fecha ha existido. La fuerza intelectual
de un solo hombre dio nacimiento a nuevas instituciones, de las
cuales emergió otro universo.
El cambio radical que los franceses, y sobre todo los jacobinos,
pretendieron introducir en las costumbres de su nación,
asesinando a los propietarios de tierras, haciendo que las fortunas
pasaran de unas manos a otras, alterando las tradiciones y sustituyendo
a Dios mismo, no fue más que una imitación de lo
que Licurgo llevó a cabo en su patria.
Los lacedemonios tenían la inmoralidad de toda nación
que carece de formas civiles; inmoralidad que se asemeja más
al desorden que a una auténtica corrupción. Una
sociedad así, cuando logra organizarse con ayuda de una
constitución, de pronto se metamorfosea, ya que posee toda
la fuerza primitiva, todo el ímpetu vigoroso de una materia
que no ha sido todavía trabajada. Los franceses, por su
parte, sufrían la incurable corrupción de las leyes.
Eran igualmente inmorales, como los pueblos antiguos sometidos
largo tiempo a un gobierno eternizado. Cuando la trama se ha gastado,
y alguien da un estirón a la tela, ésta termina
por desgarrarse.
Aún más, las transformaciones que Licurgo operó
en Lacedemonia apuntaron a las reglas morales y cívicas,
no tanto a los asuntos políticos. Instituyó las
comidas públicas, prohibió el uso del oro y el cultivo
de las ciencias, ordenó la requisición de hombres
y bienes, repartió las tierras, estableció la propiedad
comunal de los niños, y casi la de las mujeres. Los jacobinos,
siguiendo paso a paso esas reformas violentas, buscaron a su vez
aniquilar el comercio, extirpar el ejercicio de las letras, crearon
clubes, quisieron forzar a la doncella o la joven esposa a entregarse
al primer desconocido; sobre todo, pusieron en boga las requisiciones
y promulgaron las leyes agrarias.
Hasta aquí llegan las similitudes entre ambos. El sabio
lacedemonio dejó intactos a los dioses, reyes y asambleas
que su pueblo tenía desde tiempos inmemoriales, compartidos
con el resto de las poblaciones griegas. No atentó contra
el corazón de sus contemporáneos al luchar imprudentemente
contra los prejuicios. Supo respetar lo que había de respetable.
Se cuidó de no imponer sus reformas durante las guerras
porque son el momento propicio para la inmoralidad. Debió
sortear grandes dificultades, sin duda; a veces se vio obligado
a emplear la violencia, pero nunca degolló a sus compatriotas
para convencerlos de la bondad de las nuevas leyes.
Si bien los jacobinos se inspiraron en Licurgo, tomaron como punto
de partida un principio totalmente opuesto. La máxima de
su doctrina fue el famoso sistema de perfección: proclamar
que los hombres lograrían un día la pureza en el
gobierno y en las costumbres hasta hoy inasequible.
Lo primero que ese sistema exigía era el establecimiento
de una república. Los jacobinos, a quienes no puede negárseles
con horror el haber sido consecuentes con sus principios, demostraron
su perspicacia al señalar que el vicio radical descansaba
en las costumbres, y que en el estado actual de la nación
francesa, la desigualdad de la riqueza, la diferencia de opiniones,
los sentimientos religiosos, y debido a otros mil obstáculos,
resultaba absurdo pensar en una democracia sin una revolución
completa de la moral imperante. ¿Dónde hallar el
talismán para vencer tantos escollos? En Esparta, se les
ocurrió. ¿Qué costumbres sustituirían
a las antiguas? Las que Licurgo instauró para remplazar
los antiguos desórdenes que aquejaban a su patria. El plan
había sido trazado desde hacía mucho tiempo; sólo
restaba a los jacobinos seguirlo. Sin embargo, ¿cómo
ejecutarlo? Cuando Licurgo promulgó sus leyes, aquella
región de Grecia disfrutaba una paz asegurada. Así,
pues, no le fue demasiado difícil conseguir que los propietarios
de un país pequeño repartieran sus tierras y aceptaran
la desaparición de los rangos. Tampoco le fue difícil
aumentar el ejército y ordenar requisiciones en caso de
una futura guerra. La tarea de transformar una monarquía
en un gobierno popular era hasta cierto punto sencilla. Además
de la tranquilidad que los lacedemonios gozaban en ese entonces,
existían enraizados en sus tradiciones los principios de
esa forma de gobierno.
¡Qué diferencia de épocas, de circunstancias,
entre las reformas de Licurgo y las que quisieron introducir los
jacobinos en Francia! Amenazada por Europa entera, desmembrada
por las guerras civiles, agitada por mil facciones en pugna, sus
fronteras asediadas o invadidas, sin soldados, sin recursos financieros
salvo una moneda cuyo valor disminuía día tras día,
el desaliento de nobles y plebeyos, la hambruna generalizada,
en tal estado se encontraba la nación francesa cuando se
entregó a una revolución general. Había que
remediar esa proliferación de males. Había que establecer
al mismo tiempo, como por un milagro, la república de Licurgo
entre un pueblo acostumbrado a la monarquía, con una población
inmensa y sus costumbres corrompidas, y salvar a un gran país
carente de ejército de la invasión de quinientos
mil hombres, la mayoría de ellos formando parte de las
mejores tropas de Europa.
Sólo unos locos como los jacobinos pudieron imaginar los
medios para cumplir sus propósitos, y lo que es más
increíble, lograr ejecutarlos. Medios execrables, no cabe
duda, pero, hay que decirlo, de un alcance gigantesco. Esos espíritus
enardecidos por el fuego del entusiasmo republicano, encarnando
la quintaesencia del crimen gracias a las depuraciones que a menudo
practicaban, desplegaron una energía que no ha tenido ni
tendrá rival en la historia. Sus fechorías nunca
serán igualadas.
Para obtener el resultado que se proponían, estimaron que
cualquier sistema de justicia heredado, que cualquier principio
de humanidad, no les era provechoso, y decidieron entonces alcanzar
la misma meta por un camino diferente. Esperar que la muerte se
hiciera cargo de los grandes terratenientes o que éstos
consintieran despojarse de sus bienes, que los años borraran
el fanatismo y transformaran las costumbres, que los reclutas
ordinarios engrosaran las filas del ejército, todo esto
les pareció que, de suceder, sucedería con una lentitud
exasperante. Ya que el establecimiento de la república
y la defensa de la patria, tareas claramente distintas, resultaban
poca cosa para su genio, emprendieron las dos. Las consecuencias
de su amor patrio recordarían a Esparta en ruinas. Resonó
entonces la trompeta del Ángel exterminador. Las tumbas
se abrieron, y los monumentos, conquista laboriosa de los hombres,
fueron uno a uno desplomándose.
Al son de aquella trompeta, mil guillotinas se elevaron en todas
las ciudades y aldeas de Francia. Tras escuchar los estruendos
del cañón y de los tambores, el ciudadano despertaba
en medio de la noche, sobresaltado, y recibía la orden
de partir con el ejército. ¿Qué podía
hacer? ¿A qué comandante recurrir para explicarle
que dejaría tres hijos en desamparo? ¿Qué
escoger, la muerte a manos del verdugo o una muerte más
honorable en el campo de batalla?
Y como todo debía ser nuevo en ese mundo que se modelaba
conforme leyes nuevas, ya no se trataba de salvar la vida de un
individuo o de librar un combate a condición de que las
pérdidas fueran recíprocas en número. Las
tácticas de Julio César eran despreciadas por ser
tonterías de un pasado ignominioso. En lo sucesivo prevalecería
el arte militar de perder diez mil hombres para apoderarse de
Lille, veinte mil para derrotar la resistencia de Niza, treinta
mil para asegurar los puestos fronterizos en Alsacia.
Cuando la sangre vertida ya no importa, es posible que la victoria
se retrase, pero tarde o temprano será segura. Francia
vomitaba así sus legiones, para mayor gloria de la república.
Mientras los ejércitos crecían con reclutas de todas
las edades, los propietarios de tierras llenaban a su vez las
prisiones. A los que no se les ahogaba lanzándolos a los
ríos con un lastre atado al cuello, se les liquidaba en
las mazmorras y los patios con una descarga de cañón
para ahorrar las municiones tan necesarias para combatir al enemigo.
La cuchilla de las guillotinas caía día y noche.
Los verdugos maldecían a menudo sus artefactos de destrucción,
pues les parecía que trabajaban muy despacio. Como ya no
se podía transitar en las plazas públicas a causa
de la sangre que las inundaba, se crearon nuevos sitios de ejecución.
Grandes fosas fueron excavadas para deshacerse de los cadáveres.
Nunca fueron suficientes ante una justicia tan voraz como fue
la justicia que trajo consigo aquella cofradía de homicidas.
Ancianos de ochenta años, jovencitas de dieciséis,
padres, madres, hijos, maridos, esposas, todos morían en
medio de la sangre de sus familiares que los habían precedido.
De este modo, los jacobinos alcanzaron los cuatro objetivos que
desembocarían en el establecimiento de la república:
erradicar la desigualdad entre los rangos, nivelar las fortunas,
mejorar las finanzas mediante la confiscación de los bienes
de los condenados a muerte, y asegurarse la fidelidad de los que
luchaban tras prometerles que serían los nuevos propietarios
legítimos de esos bienes incautados.
El pueblo, por su parte, vivía asediado por incontables
traiciones. El que no conspiraba, delataba. Cada cual aprendió
a recelar de sus amistades, de sus parientes, temeroso de ser
señalado como traidor a la patria bajo cualquier pretexto.
Todos tenían la sensación de encontrarse sobre una
mina que estaba a punto de explotar. Y así, todos fueron
presa de un terror estúpido. Los jacobinos habían
previsto ese ánimo general de miedo y desconfianza, pero
en realidad nada calculaban apoyándose en el sentido común,
pues sólo mataban por matar. Proclamaron que la revolución
era un combate entre el pasado y el porvenir. Lo único
que les preocupaba era triunfar, pero jamás se detuvieron
a reflexionar qué orden social debía construirse
después de la victoria. En nombre del porvenir, pedían
al pueblo que entregara su alimento, y éste lo entregaba;
que ofreciera su vestido, y éste se despojaba de sus ropas;
que diera su vida, y éste la ofrendaba de inmediato. Al
tiempo que aceptaba sacrificarse en aras de un futuro promisorio,
ese mismo pueblo era testigo de cómo sus templos eran profanados
y clausurados, sus ministros liquidados, y su culto ancestral
prohibido. Le enseñaron que no existía la venganza
celeste, sino la guillotina. Por medio de una jerigonza incomprensible,
le dijeron que en lo sucesivo debía adorar las virtudes
encarnadas en las nuevas festividades civiles. Atónito
ante el espectáculo de unas jóvenes vestidas de
blanco y coronadas de rosas, era obligado a cantar himnos en honor
de unos dioses cuya existencia ignoraba. Ese pueblo, desdichado,
confundido, ya no sabía a quién pedir indulgencia
para que sus pesares cotidianos resultaran llevaderos. Desterradas
sus costumbres, presenciaba en las plazas públicas el desfile
de personajes y naciones extraños, de los cuales nunca
antes había tenido noticia. ¿Dónde había
quedado el día en que se celebraba la fiesta del patrono
de los canteros? ¿Cuándo encender una luz votiva
a Santa María Egipciaca? ¿Cuándo descansar,
si no hay domingo? ¿Cuándo sembrar trigo, cuándo
recoger el sorgo, si ya no hay primavera, verano, otoño
e invierno? ¿En qué mes hacerse a la mar para capturar
los grandes bancos de peces frente a la costa de Islandia? Germinal,
fructidor, brumario, nivoso, pluvioso, eran nombres traídos
por una revolución que le parecía cósmica
porque había trastocado por igual la vida de los hombres
como el curso de los astros.
Y a la par de esos cambios que desorientaron el espíritu
del pueblo, en lugar de las virtudes tradicionales, de pronto
valores difíciles de comprender, y mucho más arduos
de acatar, vinieron a intranquilizar su corazón. La promesa
de guardar un secreto, la constancia en la amistad, el amor a
los hijos, el respeto a los antepasados, el derecho a gozar el
fruto del trabajo propio -todas esas cosas que solía considerar
buenas-, un buen día le dijeron que eran una ristra de
patrañas utilizadas por los tiranos para envilecer a sus
súbditos. Un republicano debe su amor, su fidelidad, tan
sólo a la patria, a nadie más. Decididos a modificar
las raíces de la nación, y sabiendo hasta qué
punto la educación forma o pervierte a los hombres, los
jacobinos obligaron a todo ciudadano a entregar sus hijos en escuelas
militares; allí aprenderían a desprenderse de los
sentimientos naturales y ejercitarse en el odio contra cualquier
gobierno distinto del que ellos encabezaban.
Tales fueron los jacobinos. Francia demoraría en recuperarse
del enorme daño que ese puñado de forajidos le infligieron.
Tiempo después, los astros volvieron a su curso. También
los nombres habituales de los meses y de las estaciones regresaron.
Del tercer cuaderno
¿Existe la libertad civil? Lo dudo, Madam. Sin importar
el esfuerzo que hagamos para esclarecer las causas que perturban
la estabilidad de un Estado, se nos escapa el principio esencial
de las convulsiones que lo destruyen. Siempre topamos con un no
sé qué, oculto quién sabe dónde. Y
ese "no sé qué" parece ser la razón
eficiente de todas las revoluciones habidas en la historia. Por
su parte, dicha razón resulta más inquietante cuanto
menos pueden encontrarse motivos claros de ella en el hombre que
vive en un tipo de sociedad como la nuestra. ¿Acaso este
hombre civilizado que hoy somos no comenzó siendo un salvaje?
A este último es a quien deberíamos interrogar.
Quizás ese principio, fatalmente huidizo, nazca de la inquietud,
presente en nuestro corazón, que nos lleva en muchas ocasiones
a asquearnos por igual de la dicha y de la desgracia, y que de
tiempo en tiempo nos precipita, aun sin desearlo, de una revolución
a otra.
"¿De dónde proviene esa inquietud?", me
preguntaréis. Lo ignoro. Tal vez está en nosotros
por la conciencia que tenemos de una vida distinta a la que aquí;
tal vez por un aspiración secreta hacia algo que nos desborda.
Cualquiera que sea su origen, ha estado enraizada en todos los
pueblos.
¿Hemos llegado a saber cuáles fueron las causas
de la Revolución? ¿Era posible evitar una destrucción
semejante? Por un segundo dejemos de lado al gobierno. Sin embargo,
os señalaré lo siguiente: en toda nación
donde unas cuantas personas conservan en sus manos, durante largo
rato, el poder y la riqueza, acaban por corromperse en la medida
en que se alejan de lo que los legitimó tiempo atrás
como gobernantes. Así ocurre, así ha ocurrido, independientemente
de la calidad de su nacimiento, se tratara de plebeyos o patricios,
se vistieran con el manto republicano o con el monárquico.
Tarde o temprano, cada uno de ellos añade a la conducta
deshonesta de quienes lo precedieron sus propios vicios. No hay
que olvidarlo, Madam: la corte en Francia tenía en 1789
mil trescientos años de antigüedad.
Un monarca débil y amante de su pueblo, lo sabéis,
era engañado en ese entonces por sus ministros, algunos
incapaces, otros desalmados. La intriga diaria encumbraba o destruía
a aquellos individuos con increíble rapidez. No sólo
contagiaban al gobierno con su ineptitud; también lo envenenaban
con el odio que dispensaban a sus antecesores. De ahí el
incesante cambio de sistemas, de leyes, de proyectos, que imponían
desde sus gabinetes, decisiones tan caprichosas como los favores
o la humillación que en el momento más inesperado
podían recibir. Rodeados por una cohorte famélica
de comisionados, aduladores, lacayos, comediantes, tinterillos
y amantes, esos políticos se apresuraban a chupar la sangre
del miserable, envileciendo la dignidad de los cargos que ocupaban.
Mientras la estupidez y la locura del gobierno exasperaban al
pueblo, el desorden moral llegaba a un límite peligroso,
pues comenzaba ya a socavar el orden social. El número
de solteros fue incrementándose notoriamente, aun entre
los más desposeídos. Egoístas, buscaban llenar
el vacío de sus vidas, trastornando la familia de los otros.
Creían que el camino que los conduciría a la felicidad
consistía en alejarse de los sentimientos naturales. Por
un lado, los hombres y mujeres solitarios se multiplicaban; por
el otro, la mayoría de los matrimonios adoptaban de buena
gana una idea perniciosa. El deseo de tener uno o dos hijos se
extendió por todas las regiones de Francia. Los padres,
pobres y ricos, ya no estaban dispuestos a sacrificar su bienestar
por la educación de una prole numerosa. "Para qué
traer a la tierra más seres desdichados", exclamaban.
Esta costumbre terminó por afectar a la sociedad entera
e influyó en cada uno de sus miembros. El individuo que
consideraba la unión familiar como un estorbo a su anhelo
de alcanzar la dicha, decidió dar la espalda a sus congéneres.
Para colmo de males, se dejó convencer por los filósofos
de moda, quienes le arrebataron la esperanza de una vida más
plena. Víctima de esa situación, hallándose
solo en el universo, su corazón vacío, sin la compañía
de otro corazón que latiera junto al suyo, no sorprende
que se haya entusiasmado con el primer fantasma que vino a prometerle
un mundo nuevo.
Parecerá exagerado sostener que el pueblo francés,
en esa época, era un pueblo triste. Algunos defenderán
que, por el contrario, era no sólo numeroso, sino floreciente.
Sí, pero confunden lo que la nación parecía
ser y lo que la nación en realidad era. Quienes suponen
que el Estado se compone de carrozas tiradas por seis caballos,
de grandes ciudades, de tropas que desfilan por las calles en
uniforme de gala, del bullicio de los salones y de las reuniones
donde se juega a los naipes, tienen toda la razón al suponer
que Francia vivía contenta. No obstante, los pocos que
tienen la convicción de que la felicidad no puede ser alcanzada
si se reniega de la naturaleza, también saben que cuanto
más se apartan de ella, son presa constante de los peores
infortunios. Las sonrisas que aquéllos intercambian entre
sí, los modales civilizados que observan escrupulosamente,
el espectáculo -para ellos reconfortante- que les brinda
el vivir en las grandes ciudades, constituyen placeres ficticios
con los que se engañan al suponer que así son dichosos,
mientras que su corazón se agita sin descanso, se entristece,
indicándoles que están lejos, muy lejos de ser felices.
Este sentimiento de malestar que ciertos individuos llevan en
su interior, Madam, cuando se extiende a la mayoría de
un pueblo, presagia la inminencia de una revolución, la
cual estremecerá los cimientos del Estado.
Ahí tenéis la herencia que dejaron los filósofos
del siglo pasado. Que la libertad civil existe, aseguraban; que
es preferible el número cinco a la unidad, proclamaban.
Como resultado, muchos franceses acabaron por pensar que era mejor
vivir bajo el yugo impuesto desde el faubourg Saint-Antoine y
no a merced de los verdugos de Versalles. ¿Qué podía
hacerse? No tengo idea. Todo lo que sé es que si se había
propagado el furor por destruir, era indispensable volver a levantar
un edificio donde los franceses pudieran alojarse, cuidándose
de no caer en la necedad de imponerles instituciones ajenas a
sus costumbres. Imitar a ciegas puede resultar muy nocivo. Lo
que es benéfico para un pueblo, raras veces lo es para
otros.
En cuanto a mí, Madam, no tengo reparo en admitir que me
gustaría pasar el resto de mis días viviendo dentro
de una democracia tal y como la he soñado, es decir, en
teoría, como el más sublime de los gobiernos. He
sido ciudadano en Inglaterra. Es posible que en ese sueño
haya triunfado mi raciocinio sobre mi temperamento. Sin embargo,
pretender formar repúblicas por doquier sin tomar en cuenta
los obstáculos, las dificultades, que entraña cada
caso particular, es un absurdo que suele andar en boca de no pocos,
y una auténtica perversión en la de algunos.
Lo digo sin rodeos: nuestra pretensión por ser políticamente
libres estará siempre condenada al fracaso. Obtener independencia
individual es la exigencia interior que más nos apremia.
Para no engañarnos, deberíamos escuchar la voz de
nuestra conciencia. En el lenguaje de la naturaleza, ella nos
susurra: "sé libre"; pero en el lenguaje de la
sociedad nos grita: "¡sojuzga!". Los que nieguen
esta verdad, por inconfesable que sea, mienten. Con todo, haríamos
mal en avergonzarnos. La libertad civil me parece una quimera,
Madam, un sueño apetitoso, pero un sueño al fin
y al cabo.
En distintas épocas he meditado sobre este asunto, y he
llegado a una sola conclusión. Consideradas en abstracto,
ninguna constitución hay que deteste más que otra;
ninguna hay que prefiera a las demás. Todas me son completamente
indiferentes. Mis ideas, mis opiniones, han nacido de la soledad,
no del trato con los hombres. ¡Qué desventurados
somos! Nos atormentamos por lograr un gobierno perfecto, nosotros,
seres colmados de defectos; anhelamos un gobierno bueno y justo,
nosotros, seres propensos a la maldad y a la injusticia; luchamos
denodadamente, exterminando a nuestros congéneres, por
instaurar un nuevo sistema político que proporcione paz
a las generaciones futuras, cuando pronto dejaremos de existir.
De los cincuenta o sesenta años que vivimos, veinte se
nos van en crecer, veinte en morir, y la mitad de los veinte restantes
los derrochamos por las noches en dormir. ¿Acaso tememos
que las miserias inherentes a nuestra naturaleza no basten para
llenar ese lapso tan corto? ¿Qué es lo que nos atormenta?
¿Tal vez una especie de instinto incontrolable, un vacío
interior que, hagamos lo que hagamos, sólo conseguimos
agrandar?
En varias ocasiones he experimentado la sed apremiante de algo
que es imposible precisar. Ella me condujo a los inmensos parajes
de América, a las ciudades bulliciosas de Europa que he
visitado. Para intentar satisfacerla, me aventuré en la
espesura de los bosques; me uní a la multitud que pasea
por nuestros parques, que asiste a nuestros templos, que bebe
y ríe en nuestros convites. Pero esa sed seguía
atormentándome. Muchas veces salí corriendo de algún
espectáculo para ir a contemplar cómo el sol se
acostaba en el confín de un sitio apartado; otras tantas
veces huí de la compañía de los hombres para
sentarme en una playa, inmóvil durante horas, y hundir
mi corazón en el vaivén perpetuo del mar. No os
imagináis cuánto me hastían las ceremonias
palaciegas, la caza del ciervo o del jabalí, la conversación
con las personas que arrastran tras de sí una larga cola
de parásitos. Ni en esos lugares ni en esas palabras he
hallado la mínima cosa que mitigara esa sed. Aun a sabiendas
de que en ninguna parte la saciaría, he preferido sentarme
en silencio frente a la puerta de una choza, al lado de un salvaje
hospitalario, cuya pretensión última en la vida
es permanecer desconocido para la memoria de su prójimo,
del mismo modo en que los ríos de su país serpentean
entre las montañas sin hacer aspavientos, sin pronunciar
jamás su nombre, sin jactarse de las plantas y peces que
se alimentan en sus aguas.
Si así fue escrito desde el comienzo de la historia, Madam,
si es nuestro destino ser habitados por un corazón eternamente
insatisfecho, apesadumbrado siempre por un deseo desconocido,
si es ésta la terrible enfermedad que padecemos y de la
cual nunca sanaremos, aún nos queda un remedio para consolarnos:
prestar atención a la calma de la noche que nos llama.
Entre ese millón de astros centelleantes están las
leyes que gobiernan la cadencia del fuego celeste. Y ese fuego,
tenedlo por seguro, cuando menos lo esperamos, nos toca el alma
con su aliento.
La inmensidad del cielo es la medida de nuestra desolación;
su silencio abrumador, el aviso de nuestra derrota anticipada.
Del tercer cuaderno
Como si no bastaran las calamidades que ya la agobian,
la persona desdichada pronto se convierte en objeto de curiosidad
para sus semejantes. Se le examina, se toca la cuerda de su angustia,
se hurga hasta alcanzar el fondo de su llaga, sólo por
el gusto que produce contemplar las convulsiones de su corazón
herido, así como los cirujanos despedazan a los animales
para observar cómo circula la sangre y palpitan las vísceras
dentro de su cuerpo.
Conviene, pues, esconder la pesadumbre que a uno lo aflige. ¿A
quién le interesa el relato de nuestros males? Algunos
escuchan sin comprenderlos, otros bostezan aburridos, ninguno
los comparte, y todos aprovechan la primera oportunidad para despedirse.
Lo mejor que puede hacer el desventurado es aislarse del resto
de los hombres. Hay que evitarlos porque son enemigos del que
sufre. Quien es desdichado, piensan, es culpable, lo merece; algo
habrá hecho, y la desgracia que lo abruma es su justo castigo.
(En apego a esta ley social, inexorable aunque no esté
escrita, cuando voy por la calle y me topo con algún paseante,
bajo resignadamente la cabeza.)
Lo único que le resta entonces es no perder la dignidad.
El orgullo es el corolario natural de la desdicha. Cuanto más
se encarnice la mala fortuna contra él, más deberá
luchar por levantarse. Sólo así su carácter
quedará intacto. Y que recuerde siempre esta segunda ley
humana: se respeta la calidad del hábito, no al hombre
que lo lleva encima. De la posición que un individuo ocupe
dependerá la estima o el desprecio que los otros le dispensen.
Tiene la fortuna de contar con amistades poderosas, todos perdonarán
con aplausos que sea el mayor de los bribones; desvalido, su honestidad
valdrá menos que un escupitajo.
¿Cuál es el origen del infortunio? ¿Desde
dónde actúa, desde dentro o desde fuera de nosotros?
Los estragos que produce en nuestra alma, ¿son pasajeros,
son incurables? Muchos autores se han preguntado esto, y ninguno
ha sido capaz de ofrecer una respuesta contundente. Tales preguntas
tienen visos de ser irresolubles. Si hasta ahora no hemos logrado
desentrañar de dónde proviene la infelicidad, supongo
que jamás la erradicaremos. En el caso en que hubiera una
panacea universal para evitarla o curarla, ya habríamos
dado con ella.
Sin embargo, los humanos sabemos al menos en qué consiste:
en una privación. El repertorio de nuestros anhelos es
infinito; también es infinito el número de nuestras
carencias. Pese a ser tan variadas, su efecto es similar en todos.
En una ocasión, mesié de la Symballe me dijo:
-Existe un solo pesar; los demás son irrelevantes.
-¿Cuál? -le pregunté.
-La falta de pan. Cuando se tiene salud, vestido, y una morada
en la que no haga frío, nuestras aflicciones restantes
se desvanecen. La falta de lo más imprescindible para seguir
con vida es espantosa, ya que la inquietud por el mañana
envenena el presente.
Aun concediendo que mesié de la Symballe tuviera razón,
esa falta elemental no aclara por qué nos sentimos, un
buen día, desgraciados.
¿Cómo satisfacer esa primera necesidad? Trabajando,
responden los que nada entienden sobre los impulsos contradictorios
que gobiernan el corazón del hombre. Soportamos la adversidad,
no apegándonos a tal o cual principio, sino conforme a
nuestros gustos, nuestro carácter, nuestra educación,
qué sé yo. Asociar la satisfacción de lo
primordial a la felicidad puede proporcionarnos, en última
instancia, una explicación, pero nunca consuelo. Cuando
nos sentimos desolados, deseamos una mano amiga que nos reconforte,
una palabra que nos levante el ánimo, no un razonamiento
filosófico.
Comparado con los que han sido bendecidos por la prosperidad,
el desdichado parece un leproso: todos lo rehuyen porque temen
contagiarse. Blanco continuo de miradas burlonas, de humillaciones
despiadadas, hace bien en alejarse de los lugares públicos.
Se oculta en alguna parte durante el día, y sólo
se atreve a salir de su guarida cuando cae la noche, hora en que
las cosas del mundo diluyen sus contornos en la bruma. Aunque
nadie lo persigue, camina de prisa, toma calles desiertas, evita
a toda costa cruzarse con los transeúntes. Ha llegado por
fin a una vereda, en las afueras, donde puede pasear a sus anchas.
Ese camino lo conduce a una colina. Desde ahí se domina
la ciudad entera. Tras sentarse, mira, abatido, las luces que
centellean en la vastedad de ese paraje oscuro. Alrededor de ellas
hay padres e hijos reunidos junto al fuego, amigos que cantan
y ríen, esposos que se dicen palabras tiernas al oído
y se acarician. Todos, hombres y mujeres, bajo aquellos tejados,
ignoran la presencia de ese miserable que observa a distancia
sus hogares.
De pronto, rompe a llorar. Los recuerdos de un pasado feliz se
agolpan en su mente, torturándolo. Tiempo atrás,
él también tuvo un hogar, tuvo amigos con los cuales
reía y cantaba, tuvo una mujer a quien amar. Y mientras
seca sus lágrimas, una luz pálida atrae su atención.
Es la única que parpadea, allá en el fondo, apartada
de la ciudad. Se consuela al pensar que en ese sitio quizá
viva alguien que comparta su sufrimiento. Por un instante se siente
menos solo, durante un instante nada más.
De regreso, se agazapa en la penumbra de un portal para disfrutar
por última vez la vista de los que van y vienen por la
calle conversando. Allí permanece un rato, sin moverse,
pues corre el peligro de que alguno lo descubra y grite: ¡Cuidado,
un paria, un desdichado! Luego se encamina hacia su guarida, entra,
y se cuelga del techo, contento de morir. Nadie notará
su ausencia hasta que el hedor salido de esa habitación
moleste a los vecinos. Lo sepultan en la misma zanja donde se
entierran las basuras domésticas del vecindario. Lo que
no gozó en vida, en lo sucesivo podrán gozarlo sus
despojos: la compañía de alguien, no importa que
sea la de ratas y gusanos.
Cuando un revés del destino nos arroja fuera de la sociedad,
nuestra alma, desprovista de objeto al cual dirigir sus apetitos,
se dilata hasta encontrar refugio en el orden armónico
de la creación. Experimentamos entonces una clase de placer
cuya existencia nunca antes sospechamos que fuera posible. La
vida resulta menos desabrida cuando la naturaleza nos arropa.
Haber conseguido ese placer fue lo que un día me decidió
a no quitarme la vida. Mi salvación ha sido la soledad.
Estoy seguro que con ella moriré. La idea de volver a hundirme
en el ajetreo del mundo me da vértigo y siento que pierdo
los sentidos. Algunas veces, por distraerme, contemplo el frenesí
en que vive la mayoría de la gente que conozco. Desde mi
isla solitaria los veo escalar hasta la cumbre de sus ilusiones
y después precipitarse en el vacío de su derrota.
¿Qué ganaron en su afán de riqueza, de notoriedad?
Nada. Los contemplo, a decir verdad, no con desdén, sino
con cierta melancolía, como un náufrago que pasa
sus jornadas mirando las olas morir al pie de los riscos.
Si acaso tenemos la entereza suficiente para no sucumbir a la
desdicha, nuestro corazón termina por replegarse sobre
sí, indiferente a lo que ocurre fuera de su ámbito.
Se alimenta entonces de los recuerdos que atesora. Y gracias a
ellos se hace más sensible. La desgracia tiene un lado
útil: afina el diapasón del alma. Al menor tañido,
entona el arrullo del viento, canta con el mar la melodía
de las estrellas. Logra entonces estar en paz consigo misma, pues
sabe en carne propia que un alma sin heridas es un alma muerta.
idiazser@avantel.net