1
La lechuza vuelve al hueco de su tronco. Lenta
se apaga la voz de la cigarra. Puntal el gallo del canto único.
El agua oscura comienza a removerse. Del blanco al negro y al violeta.
La espuma hierve.
El viento trashoja las ramas. Entre tiernos brotes un ojo de vidrio.
La ninfa es el iris. Sus párpados penden.
El árbol se enciende.
2
Oigo voces y tambores. Danzantes con máscaras verdes y franjas
amarillas.
El viento electriza la fronda del bosque. Caen destellos entre gotas
de rocío.
Canta el gallo. ¿Qué dice aquella música? Abro
un élitro.
Las raíces de los árboles son lagartos que despiertan
bajo tierra.
A la hora de la aurora la lechuza contorsiona la mirada y desnuda sobre
el éter ella danza.
Las hojas se estremecen. Las mariposas se persiguen. Las danzantes se
descubren y se alejan.
Cada una va a su árbol y se yergue. Y se enciende. Y en sus brazos
los pájaros despiertan.
Algarabía del árbol coronado. Toco un arpa de pelo. Y
mi zumbido se enreda con el sol.
3
Ramas quebradizas. Los insectos se alimentan de hojas tiernas, de madera
y de sangre. Trinos rojos y amarillos iluminan a los pájaros.
Suelo fértil, putrefacto. Cochinillas y babosas en tapiz de musgo
y hojas. Crecen líquenes y piedras.
Eucaliptos encendidos en lo alto. El aroma de su copa nos impregna y
nos eleva. Zumba un mosco.
4
Para pasar a otro nivel del bosque, a cuatro patas, todo tronco derribado
es un puente.
Un campo devorado por el fuego. Restos roídos. Troncos labrados.
Huesos pulidos.
Otro campo amarillo. Había indios de paja sentados frente a sus
chozas. Aullaban perros sedientos. Un caballo negro pacía tallos
de sol.