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Mal muy difundido en los temperamentos que gustan de combinar
lo metódico con lo puritano, de acento más normativo
que crítico, cuyo propósito es entrometer la altivez
de una nariz en cualquier asunto que no le incumba.
Las barbas del señor Carreño las hallaremos en los
días de campo, en las presentaciones y los bailes, mientras
estamos a solas, durante las conversaciones, durante los silencios
de las conversaciones y, por supuesto, hasta en la sopa. También,
para mi sorpresa insomne, dedica unas palabras a los momentos en
que nos entregamos al sueño. En el artículo segundo,
capítulo III, denominado "Del acto de acostarnos, y
de nuestros deberes durante la noche", además de puntualizar
la forma en que debemos dar las buenas noches a nuestros semejantes,
luego de recomendar sigilo y delicadeza al entrar en un cuarto donde
nuestra pareja alcanzó antes que nosotros los brazos de Morfeo
y, en fin, tras describir el modo en que la decencia nos obliga
a "despojarnos de nuestros vestidos para entrar en la cama",
Carreño se atreve a censurar con elevado gesto ciertos comportamientos,
diríase que inconscientes y fuera de nuestro dominio, que
acontecen en las horas del sueño, mientras nuestra conciencia
se ausenta -quién sabe si tranquila o solamente desobligada-,
y durante los que difícilmente podríamos preocuparnos
por honrar al buen gusto con la atención que se merece. Los
incisos a los que me refiero son tres, y los copio en su totalidad
como muestra de la excentricidad a la que puede conducir ese delirio
censor:
13. El ronquido, ese ruido áspero y desapacible que algunas
personas hacen en medio del sueño, molesta de una manera
intolerable a los que tienen la desgracia de acompañarlos.
Este no es un movimiento natural y que no pueda evitarse, sino
un mal hábito, que revela siempre una educación
descuidada.
14. También es un mal hábito el ejecutar durante
el sueño movimientos fuertes, que a veces hacen caer al
suelo la ropa de la cama que nos cubre, y que nos hacen tomar
posiciones chocantes y contrarias a la honestidad y el decoro.
15. La costumbre de levantarnos en la noche a satisfacer necesidades
corporales, es altamente reprobable; y en vano se empeñan
en justificarla, aquellas personas que no conocen bien todo lo
que la educación puede recabar de la naturaleza. La oportunidad
de estos actos la fijan siempre nuestros hábitos a nuestra
propia elección; y el hombre verdaderamente fino y delicado,
no escoge por cierto una hora en que puede llegar a hacerse molesto,
o en que por lo menos ha de pasar por la pena de llamar la atención
de los que le acompañan.
¡Con qué circunspección y elegancia se expresan
algunos disparates! ¡Poco faltó para que nos indicara
que dormir boca abajo y abandonarse a sueños concupiscentes
es contrario ya no digamos a la salud, sino a la respetabilidad
y las buenas maneras! La intromisión de la nariz de la urbanidad
en tales asuntos es tanto más desconcertante si nos detenemos
a considerar el epígrafe que antecede la totalidad de la
obra, una bella amonestación extraída del libro de
Silvio Pellico, Deberes del hombre: "Para descansar de la noble
fatiga de ser buenos, delicados y corteses, no hay más tiempo
que el que destinamos al sueño."
¿Cómo es entonces que Carreño, vencido por
la fiebre de repudiar, por la ruda y poco provechosa tarea de gobernarnos
en exceso, ha incurrido en la profanación de ese precioso
tiempo, el único en el que podría relajarse la obediencia
irrestricta a la etiqueta y al incumplido deseo de civilidad? ¿Acaso
ese gran hombre, Manuel Antonio Carreño, genio de las letras
de ignoro qué orgullosa metrópoli, vigía de
la decencia y las virtudes, cedió a unos pocos instantes
de debilidad y deslizó una broma entre sus papeles, sin importar
la afrenta que con ella ocasionaba a la inteligencia?
Aguijoneado por estas inquietudes, consagré las restantes
horas de insomnio de una noche por demás turbulenta a buscar
el capítulo referente a "El modo de conducirnos dentro
de los sueños"; el artículo sobre "Las reglas
que deben observarse en los paseos sonámbulos" o "De
los hábitos respiratorios durante las pesadillas"; y
ya entrados en materia, el desquiciante inciso "Acerca de los
modos honorables de caerse de la cama". Sobra decir que inútilmente.
Pero tampoco encontré ninguna indicación "Acerca
del comportamiento en las noches de insomnio", que bien pudo
contemplar en su heteróclita casuística; ninguna aclaración
"Del tiempo prudente que toda persona educada debe esperar
sin pegar el ojo antes de encender la luz y dedicarse a ocupaciones
propias de la vigilia"; y mucho menos "Sobre el modo correcto
de revolverse entre las sábanas"; así que mis
horas de conciencia exacerbada transcurrieron de un modo aún
más desapacible que de costumbre, jalonadas por aprensiones
fantásticas, por temores de estar infringiendo quién
sabe que regla atronadora aun cuando la ignorancia no me daba derecho,
y siempre más desorientado por la certeza absurda de que
muy pronto aparecería el inciso pertinente en todas sus letras
y con todos sus terribles acentos, para regocijo de mi completa
falta de culpa.
Pero no encontré nada más. La mañana llegó
por fin, a disipar con sus luces mis torvas aflicciones, y a sacarme
justificadamente de la cama. Minutos más tarde, cuando ya
un café con leche disolvía los restos de conciencia
exacerbada que todavía se agitaban, como torpes y fastidiosas
migajas, en mi mente, resolví con despreocupación
que Manuel Carreño seguramente dormitaba mientras legislaba
acerca de la noche; que, como dijera Horacio una vez de Homero,
quandoque bonus dormitat Carregnus
("también el buen Carreño duerme").
Luigi
Amara, "Etiqueta
sonámbula",
Fractal n° 21, abril-junio,
2001, año 6, volumen VI, pp. 105-110.
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