|
II
También doña María Luisa tuvo problemas con
la nada. Debido a un glaucoma mal diagnosticado desarrolló
un punto ciego expandido en medio de su campo de visión.
Los especialistas saben que estos huecos tienden a rellenarse perceptivamente,
sobre todo ampliando las texturas del fondo cosa muy distinta,
por cierto, a "rellenar" la información faltante
con una suposición intelectual del tipo: "ahí
debe estar el otro cachete de mi nieto". Porque saber y ver
no son lo mismo; concepto e impresión ocurren cada uno a
su manera y por rutas cerebrales diferentes, aunque en cierto momento
se conecten.
Pero el hueco de visión, llamado técnicamente "escotoma",
era tan grande y tan hondo que el cerebro de María Luisa,
renuente como todos los cerebros estables a vérselas con
el vacío, tuvo que recurrir a una tercer opción de
rellenado: proyectar en el escotoma figuras imaginarias, incluso
más vívidas que el resto del paisaje: una bruja, una
chimpancé, un nopal danzante, una lluvia de estrellas y hasta
visiones celestiales, ahí en medio de su recámara.
Y no era que María Luisa estuviera loca. Siempre hemos pensado
que la imaginación es un fruto de los sentidos, malsano o
sublime. Pero casos como el de ella hacen pensar a los científicos
que en realidad estamos continuamente alucinando y que la tarea
de los sentidos es encauzar el caudal caótico de contenidos
que proyectamos desde dentro, como una lente que afocara las formas
que mejor se adecuan a lo exterior. "Sólo somos capaces
de contemplar aquello que hemos soñado", dice Bachelard.
Así pues, constantemente elegimos cuál de nuestras
alucinaciones se amolda mejor a la entrada de señales del
momento. ¿Y si el teatro fuera una nueva lente, superpuesta? ¿Un
espacio vacío donde lo imaginario se materializa para aportar
información indudable a los sentidos, y así nos permite
modelarlo nítidamente en la conciencia, ya no como una realidad
subjetiva, sino como una experiencia de percepción compartible
y comunicable? ¿Un espacio donde una rica y enraizante información
sensorial nos librara del delirio abstracto? Siempre he pensado
que los llamados signos teatrales son ante todo seña de ellos
mismos, asombrada seña de su propia existencia material sobre
un escenario creado por la imaginación, un segmento ficticio
que se inserta el continuum de la vida diaria.
III
Unos científicos experimentaban con ratones, dándoles
una sustancia que deprime el sistema inmunológico junto con
un poco de sacarina. Al cabo de cierto tiempo, bastaba darles la
inocua sacarina para que los ratones perdieran defensas y enfermaran.
Su sistema inmunitario había aprendido la asociación,
la metáfora. También el señor E
Prima, enfermo de asma desde niño, sufre ataques no sólo
en contacto con el polen sino ante la mera imagen de una rosa. ¿Y
si cada vez que tomo mi ansiolítico me mostraran un girasol,
llegaría el momento en que podría ahorrarme la medicina,
mirar la flor y permanecer tranquilo, sobre todo en los días
soleados? Mucho se ha hablado de cómo la sugestión
hipnótica y el efecto placebo pueden estar actuando por la
misma ruta neurológica, pero sorprende el espontáneo
y natural influjo de los símbolos mentales sobre el sistema
inmunitario y toda nuestra fisiología. Si una metáfora
puede alterar el estado del alma y del cuerpo incluso sin intermediación
de un lenguaje verbal, el teatro, ámbito privilegiado donde
los símbolos adquieren un mayor juego, densidad, autonomía
y carnalidad, podría ser, como hubiese querido Antonin Artaud,
un espacio de transformación de la naturaleza humana. Los
psicólogos ericksonianos trabajan explícitamente con
esta metamorfosis voluntaria de los símbolos durante el estado
de trance, estado en que el lenguaje holístico, analógico
y metafórico del hemisferio derecho, se antepone al lenguaje
lógico y analítico del izquierdo. Como se sabe, el
hemisferio izquierdo se encarga de asegurar una visión coherente
y estable del mundo, y en este sentido es más conservador
que el derecho, curiosamente, entre cuyas tareas se incluyen las
de captar e integrar anomalías. Por eso la señora
R., después de sufrir un ataque de apoplejía
que lesionó su hemisferio derecho y paralizó su brazo
izquierdo,(5)
negaba sistemáticamente esta parálisis, llegando al
grado de confabular que aquel brazo inmóvil era de su hermano.
En estado de trance, provocado por el movimiento veloz de los globos
oculares, tal y como sucede durante el sueño REM,
la señora R. aceptaba sin embargo su
realidad.(6)
El teatro, con su espacio y tiempo desgajados de lo real y su vertiginoso
fluir de elementos, funciona sin duda igual que el trance consciente
del que hablan los ericksonianos, o que un sueño revelador.
¿Podríamos pensar que de ahí proviene su capacidad
para conectarnos con lo oculto, lo doloroso, lo prohibido, aquello
que de otra manera no nos atreveríamos a mirar a los ojos?
IV
En el teatro resulta impreciso hablar de "signos" con
un significante presente y un significado ausente, porque el tiempo
representa al tiempo, el espacio material un espacio, el cuerpo
a un cuerpo, y la voz a una voz, y además porque un mismo
contenido suele trasladarse de una sustancia a otra. Eso ocurre
en el Enrique IV de Pirandello, donde
la figura del gran Enmascarado adopta la solidez de la estatua o
la evanescencia del espectro, pasando por el disfraz del loco que
se cree rey, por el cuerpo de un actor envejecido, por su imagen
joven en el retrato, por su nombre en boca de otros? La maestra
C.L. no imagina en virtud de qué procesos
perceptivos todos los elementos de la escena pirandelliana que mira
se han ido contagiando del personaje y convertido en materia viva,
sensitiva, vibrante, hasta que un neurólogo amigo suyo, durante
una tertulia hace una divertida demostración de cómo
la imagen corporal, esa imagen corporal que llevamos grabada en
los genes y que se consolida en la experiencia de todos los días,
puede ser alterada e incluso expandida a los objetos en unos cuantos
minutos. El mencionado doctor M. hizo sentar
a uno de los asistentes, el joven D., frente
a una mesa, con una mano escondida por debajo. Durante unos minutos
el doctor aplicó una secuencia de golpecitos en la mano oculta
y en la superficie de la mesa simultáneamente, siguiendo
un claro patrón rítmico. De pronto, el joven D.
sonrió perplejo. Su percepción de los golpecitos parecía
provenir de la mesa misma, como si los axones de sus neuronas se
hubieran alargado, atravesando su piel y el aire, hasta introducirse
entre las vetas de la madera. Una vez que la identificación
hombre/cosa era consistente, el doctor M. sacó
de atrás de su espalda un martillo e hizo el gesto de golpear
la mesa, el joven D. saltó como si fuera
a ser lastimado en su propio cuerpo. El doctor M
asegura que una medición de la respuesta galvánica
de la piel confirmaría que el sistema límbico del
joven D., es decir la estructura cerebral encargada
de procesar las emociones y su respuesta, se había conectado
a la mesa, volviéndola "sensible". ¿Podría
este fenómeno de empatía con los objetos y las criaturas
explicar el amor, la compasión y el terror aristotélico,
los procesos de identificación que se dan en el ámbito
teatral, donde actores y cosas, imágenes y sonidos funcionan
no como signos intelectuales sino como vehículos de las emociones
del espectador? No hay que olvidar que en la base de esta analogía
está el efecto del ritmo, que en el caso del teatro se verifica
en términos de recursividad y redundancia: una imagen que
vuelve; una escena que se narra, luego sucede, luego se sueña
y luego se reinterpreta; una frase mágica que se repite como
en una pesadilla, y en fin, la cadencia y la respiración
toda de la escena.
V
Un desafortunado fotógrafo, el señor Azul, tuvo un
accidente automovilístico y sufrió graves lesiones
en la cabeza. Logró recuperarse pronto, salvo en un punto:
asegura hoy que sus padres no son en realidad sus padres sino un
par de impostores. Acepta que esas dos personas tienen la misma
cara de sus padres, pero él "sabe" que no lo son.
Percibe el qué, pero no percibe el cómo
habrá de relacionarse con ellos, pues tiene dañada
la conexión entre el lóbulo temporal, especializado
en el reconocimiento de rostros y objetos, y su sistema límbico,
encargado de valorar lo que esos rostros significan para él.
Y es que no siente al mirarlos ese calor familiar o ese leve sudor
en las manos que nos produce el encuentro con quien amamos. El fotógrafo
D. es un hombre sensible y su emotividad está
intacta pero no puede relacionarla con lo que mira. Sufre el Síndrome
de Capgras,(8)
que impide discernir el sentido de una mirada o un gesto.(9)
Su caso revela, entre otras cosas, que la emociones no son subproductos
de la percepción sino uno de sus principales ingredientes.
Son ellas las que dirigen la organización de la memoria,
sopesan la información en términos subjetivos y así
definen la índole de lo que se percibe. Bajo los mismos principios
despliega el teatro sus contenidos: son la emociones y pasiones
las que generan la trama, la acción y el micromundo en el
que adquieren sentido. La creación teatral procede como la
conciencia, sólo que de manera expresa, intensa, ampliada;
dejándonos ver "allá afuera" lo que sucede
en la intimidad de nuestra mente.
VI
Así como los semiólogos del teatro se obsesionan
por encontrar los supuestos "signos" teatrales, los neurólogos
buscan la unidad de la percepción, el constituyente mínimo
de lo que llaman "conciencia" (10)y
la han encontrado en los qualia. Qualia sería
la sensación pura, la sensación de color azul, por
ejemplo, de sabor a trufa, de vértigo ante el escenario,
de continuidad de la calle en el punto ciego, de dolor punzante
en el brazo fantasma. Podemos hablar de esta sensación en
términos objetivos siempre y cuando hagamos una traducción
entre lenguajes: el de los impulsos nerviosos a un lenguaje verbal;
pero la experiencia del color, el sabor, el movimiento, el espacio,
la caída, el escozor , la auténtica percepción
de todo esto, es necesariamente subjetiva e incomunicable. Nadie
que no la haya sentido entenderá por completo de qué
hablamos. V. S. Ramachandran
(11) nos explica el triste hecho: Es como
si un investigador extraterrestre que no tuviera receptores del
color en los ojos, pretendiera conocer la "azuledad".
Aun teniendo un concepto de lo azul, una teoría científica
de cómo se captan y procesan en el cerebro los colores y
midiendo nuestras respuestas nerviosas frente a los objetos que
presentan la longitud de onda correspondiente, no podría
hacerse idea de lo extraordinaria que resulta la experiencia real
de ver el azul. Haría falta conectar un cable de rutas cerebrales
desde la zonas de nuestro cerebro que procesan el color hasta las
suyas,(12)
mediante un trasplante, por ejemplo.
Los qualia se definen por tres cualidades: 1) Son
irrevocables: si hemos visto el color azul, lo hemos visto y punto,
asumimos que el color está ahí, y podemos actuar en
consecuencia. No se trata de hipótesis ni conceptos, que
son siempre provisionales y nos dejan en plena libertad de considerarlos
o no. 2) Los qualia permiten sin embargo una multitud de
posibles respuestas o asociaciones podemos pensar en el
cielo, en un pez eléctrico, en una canción triste.
Y 3) precisan del factor tiempo, pues no serán qualia
mientras no se registren en la memoria a corto plazo.
El lapso mínimo de percepción es el instante. Se
dice que en escena, donde todo lo que aparece está comprimido
en un aquí y ahora, el instante dura tres segundos, tres
segundos para hacer sentir esa interesante invención llamada
"presente absoluto". Si los signos pueden considerarse
ancla o motivo de las percepciones hay que decir que en el teatro,
donde las cosas son y no son a un tiempo, los qualia que
se generan son muy peculiares: puesto que sí son revocables,
igual que los conceptos, pero tienen toda la carga emotiva de la
experiencia sensorial. Así pues, son y no son qualia;
son dobles, escindidos (como todo lo que ocurre en las entrañas
de lo teatral). Y es así porque el teatro no muestra lo que
es, ni lo que debe ser, sino lo que puede ser. Eso abre una
posibilidad de elección que no ofrece la realidad (no es
lo mismo actuar por comprensión intelectual que por compenetración
con una situación dada). El teatro permite a la conciencia
que muramos y que sigamos vivos, que permanezcamos presentes y nos
ausentemos, ver y saber a un tiempo. Provoca así un conocimiento
no especulativo sino "tentativo", pero operante.
VII
Si concebimos la teatralidad más allá de la pieza
dramática o del hecho escénico, como toda una modalidad
de representación y de pensamiento que bien podría
rastrearse en muy distintas áreas de la cultura y géneros
del discurso (en la conjetura científica, en la meditación
filosófica, en los juegos infantiles, en la terapia psicológica,
en el espectáculo político, e incluso en la más
íntima y personal ensoñación), observamos
que se trata de una modalidad de carácter holístico
a diferencia de la secuencial propia del relato, o la estructural
del poema o la pintura, sujeta a los principios de escisión,
paradoja y contradicción (la escisión entre ser y
parecer, entre ser y mirarse ser; la paradoja de revelar porque
se oculta, y viceversa; la contradicción de provocar a la
vez identificación y distanciamiento). Creo que las cualidades
esenciales de lo teatral serían: Generar un espacio y un
tiempo de excepción, como un todo condensado y autónomo,
análogo al estado de trance o al sueño, con sus propias
leyes de cohesión y desenvolvimiento. Conjugar elementos
semióticos de distinta naturaleza y ser montaje de varios
lenguajes entrecruzados el visual, el sonoro, el táctil,
el verbal, el corporal dando vida a un signo peculiar: "el
acto en situación". Negar la supuesta dicotomía
del signo, ya que significante y significado están ambos
presentes. Desplegarse en torno a un antagonismo esencial entre
dos principios, personajes o fuerzas opuestas. Hacer comparecer
en un aquí y ahora concretos al menos tres instancias o sujetos
de percepción: personaje, actor y espectador. Servir de mediación
con esferas sobrenaturales o usualmente inaccesibles a la conciencia
(lo sagrado, lo inconsciente, lo prohibido). Y finalmente, crear
un ámbito pródigo en metamorfosis, donde todo sentido
puede encarnar y transitar de una sustancia a otra. Pero ¿cómo
la ficción teatral puede hacer todo esto y operar de facto
en nuestra mente? ¿Por qué asumimos a la vez su naturaleza
ficticia y su insinuación de verdad? ¿Qué procesos
se llevan a cabo en nuestra mente frente al hecho escénico?
¿Por cuáles mecanismos cognoscitivos el teatro nos hacer
ver y entrar en contacto con lo misterioso, lo anómalo, lo
censurado, y fiel a su origen ritual, sacramental, nos permite modelarlo
tentativamente e integrarlo a nuestra experiencia? ¿A qué
procesos mentales nos referimos cuando hablamos de materialización
de sueños, de encarnación de fantasmas en el teatro?
¿Qué factores perceptivos toman parte en la empatía
que sentimos ante hechos y personajes? Si el teatro puede ser visto
como espejo de la conciencia, como metáfora desaforada de
sus procesos habituales, también la conciencia puede concebirse
como un teatro interior donde la realidad se modela y conoce a sí
misma.
VIII
La percepción es una "inferencia inconsciente",(13)
un proceso complejo que depende de circuitos de retroalimentación
donde la visión, y por tanto, la presencia, es fundamental,
como en el teatro. Toda experiencia sensorial es una construcción,
una ilusión que proyectamos sobre el mundo, es decir, nuestra
representación. En este sentido es falsa la separación
entre mente y cuerpo, espíritu y materia, realidad y ficción;
la distinción alude más bien a un problema de traducción
entre lenguajes(14)
(de los impulsos nerviosos a la palabra, de la palabra a la imagen,
de la imagen al acto; lo mismo que en el teatro, donde el lenguaje
verbal del autor y el director ha de convertirse en un lenguaje
de imágenes que el actor traduce a su vez a un código
corporal). Percibir es seleccionar, perfilar a través de
las señales sensoriales lo que habremos de asumir como real
en medio de un mar de alucinaciones, igual que la ficción
teatral construye un segmento cerrado para insertarlo en la realidad,
un mundo provisional con sus dinámicas exponenciadas y propias.
La percepción implica una ponderación de cómo
relacionarnos con las cosas, y esta valoración emocional
es su "significado". La conciencia es un efecto de sincronización
de rutas y mecanismos cerebrales que desata el estado de atención,
atención que acentúa el teatro, donde la actuación
imprime una energía "extracotidiana" a los seres
y las cosas, tal como explica Eugenio Barba, en Las islas flotantes.
El teatro enseña que la imagen corporal y todo lo que con
ella se asocia, la unidad del yo, por ejemplo, es extremadamente
maleable. Bajo una ley trastocada de los lenguajes del hemisferio
izquierdo y derecho, como en la hipnosis, el sueño y la ficción
teatral, los símbolos que ejercen influencia sobre nuestro
estado espiritual y corporal pueden ser modificados desde la imaginación,
como instrumento inusitado de una voluntad "indirecta"
que opera bajo las mismas leyes del arte, un peculiar y delicado
equilibrio entre naturalidad y artificio, entre libertad y control.
La metáfora crea el mundo. Y si el mundo es la representación
de lo que sucede en nuestro cerebro, los procesos de percibir, interpretar,
inventar, representar y crear son sólo acentos o direcciones
de los mismos circuitos en nuestra mente. La teatral descansa sobre
estas dinámicas, las acelera y desnuda, y así nos
habla de lo que sucede ya entre nuestra conciencia y las cosas.
La ficción actúa fuertemente en nosotros, la ilusión
opera; lo inaccesible a la conciencia puede volverse virtualmente
visible y abrir nuevas zonas de experiencia bajo el ala de otro
lenguaje distinto al de los impulsos nerviosos en la intimidad
de nuestra mente, un lenguaje como el teatral.
IX
Si el teatro puede considerarse espejo de la conciencia vale la
pena decir algo más: que se trata de un espejo roto en dos,
y de cabeza. La paradoja que anima toda representación teatral
quizá responde a la naturaleza más esencial de nuestra
conciencia: la duplicidad. Lo que miro en el escenario es percibido
como qualia, pero a diferencia de cualquier otra sensación
subjetiva sí es comunicable por empatía, es privado
y público a un tiempo, entrañable y exterior. También
a diferencia de los qualia habituales, es absolutamente revocable:
existe y no existe en ese mismo instante virtual del presente absoluto.
Así pues, en el teatro, nuestros circuitos de retroalimentación
sensorial reciben una información vacilante; puedo imaginar
cómo los flujos de señales nerviosas se lanzan en
direcciones opuestas y chocan generando un diminuto relámpago,
una especie de microiluminación que les obliga a descubrirse
en un acto inédito de re-conocimiento. Nuestra mente puede
especular no con dos esquemas conceptuales sino con dos experiencias
cognoscitivas. "Es bueno ver y no ver, éste es precisamente
el estado de la naturaleza", decía Pascal. La conciencia
descubre entonces algo importante acerca de sí misma, descubre
sus propios procesos de percibir e inventar el mundo, como si por
primera vez, a través del escenario, se viera por dentro
, en un espejo encajado en el centro de su recinto más interior.
1V.S.
Ramachandran es profesor y director del centro del Cerebro y la
Cognición en la Universidad de California de San Diego, profesor
adjunto del Instituto Sal de Estudios Biológicos de La Jolla (California)
y ha recibido numerosos premios por su actividad . Entre sus trabajos
más importantes están: What Neurological Studies Can Tell us about
Human Nature: Some Lessons from Phantom Limbs, Capgras Syndrome,
and Agnosognosia, 1996, Miror Agnosiognosia y, Three Laws og Qualia
e Ilussions on Body Image: What they Reveal About Human Nature 1996,
y Phantoms in the Brain: Probing the Mysteries of the Human Mind,
en coautoría con Sandra Blakeslee y con prólogo de Oliver Sacks
(versión en español: Fantasmas en el cerebro, Editorial Debate,
S.A., Madrid 1999), libro cuyas reflexiones y sugerencias son las
que sigo más de cerca en este trabajo.
2 Interesante sería estudiar la bibliografía de estos
autores en torno a una ciencia que, careciendo aún de teoría generales,
se halla en una etapa donde prevalece el estudio de caso, se acepta
el misterio como horizonte de exploración, florece la conjetura
y hay una apertura al intercambio con otros saberes: Baars (In the
theatre of Consciousness, 1988), Denett (Consciousness Explained,
1991), Edelman (The Remembered Present, 1989), Ekman (Unmasking
the face: Guide to recognizing Emotion from Facial Clues, 1975),
Erickson (Mind-Body Communication in Hypnosis. The Seminars, Workshops
and Lectures of Milton H. Erickson, Volumen II, Irvington, N.Y.,
1986), Leveton (Between: A Study Showing The Relationships Between
Erickson, Winnicott and Bachelard, 1985), Merlau-Ponty (The Phenomenology
of Perception, 1962), Robles (Concierto para cuatro cerebros, 1990),
Sacks (The Man who Mistook His Wife for a Hat, 1985; Awakenings,
1990; An Anthropologist on Mars, 1995), Searle (The Rediscovery
of the Mind, 1994), Watzalawick, comp. (La realidad inventada, 1988),
Wilshire (Science and the Dramatic Imagination, 1973).
3 Sería interesante cruzar temas comunes a ambos campos
de estudio: el hecho de que la palabra genera realidad; al verdadero
estatus de los signos en la conciencia y su maleabilidad; los mecanismos
de integración de anomalías perturbadoras, etcétera.
4 El dolor es una opinión del cerebro sobre el estado
de salud del cuerpo; de hecho, no existe conexión directa entre
las terminales sensoriales y los centros del dolor. En ellos se
procesan valoraciones de un conjunto de estructuras. (Cfr. Ramachandran,
op. cit, p. 83.
5 Esta diferencia entre los hemisferios fue descubierta
por los neurólogos porque la mano izquierda de una paciente que
se había lesionado el cuerpo calloso que une ambas partes del cerebro,
persistía en el intento de estrangularla, mientras ella intentaba
desprenderse del acoso con la otra mano. Citado por Ramachandran,
op. cit. p. 291.
6 El tratamiento específico consistía en inyectar
agua fría en el canal auditivo, lo cual provoca ese movimiento en
los ojos. øPodría pensarse en asociar dicho movimiento con esa especie
de delirio visual de los signos teatrales, que genera la extrema
condensación y energía psíquica que se despliega en la actividad
escénica?
7 Ramachandran, op. cit. p. 92: Los mecanismos de
percepción funcionan principalmente a base de extraer correlaciones
estadísticas del mundo para crear un modelo. El patrón rítmico será
el responsable de que el cerebro lleve a cabo la inferencia de que
si la mesa y la mano son tocadas en la misma secuencia seguramente
era porque se trataba del mismo punto, localizado obviamente en
el universo de sensibilidad bajo su incumbencia. La mesa, pues,
queda asimilada a la imagen corporal y forma parte del sistema que
el cerebro observa, pondera y rige.
8 Ibid, pp. 205 y ss.
9 Contrario al Síndrome de Fregoli, que hace que el
paciente vea en todos los rostros a la misma persona.
10 Para científicos como Francis Crick y Christof
Koch, la conciencia es en realidad un efecto de una sincronización
entre zonas distantes en el cerebro, disparado nada menos que por
la atención.
11Ibid. , p. 290.
12Esta posibilidad extravagante pero no imposible
nos dice que en principio es posible experimentar los qualia de
otra criatura (el investigador se refiere al pez eléctrico que puede
percibir campos eléctricos mediante órganos especiales de su `piel
: Cfr. op. cit. p. 291.) El tema no es ocioso para una reflexión
sobre la comunicabilidad estética, es decir, la trasmisibilidad
de lo que se percibe y siente, mediante la expresión artística.
13 Como dijo alguna vez Herman von Helmoltz, fundador
de la ciencia visual.
14 Así lo explica Ramachandran, op. cit., p. 291.
Carmen Leñero, "Teatralidad
y percepción", Fractal
n° 20, enero-mrzo,
2001, año 5, volumen VI, pp. 25-38.
|