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Bobbio sonríe pensando en sus noventa años. Es la edad de la distancia. Tenía trece cuando Benito Mussolini llegó a Roma para entregar a Vittorio Emanuele la Italia de Vittorio Veneto. "Él tenía treinta y nueve años. Sabemos todo del antifascismo de nuestros padres, pero no sabemos nada del fascismo que precedió a su antifascismo."
" Le diré algo que tal vez pueda parecer demasiado fuerte." Hace una pausa. "¿Me pregunta por qué hasta hoy no hemos hablado de nuestro fascismo? Pues porque nos a-ver-gon-zá-ba-mos." Otra pausa y luego vuelve a silabear. "Nos a-ver-gon-zá-ba-mos porque era cómodo actuar así. Pasar como fascista entre los fascistas y como antifascista entre los antifascistas. O bien, y lo digo para suponer una interpretación más benévola, era un desdoblamiento apenas consciente entre el mundo cotidiano de mi familia fascista y el mundo cultural antifascista. Un desdoblamiento entre mi ser político y mi ser cultural. Vivía mi pasión por la filosofía del derecho, seguía a mi maestro Gioele Solari, intachable antifascista. Me reunía con Piero Martinetti cuando ocupaba el puesto de secretario de redacción en la Revista de Filosofía. Frecuentaba las tertulias antifascistas y participaba en la Fundación Einaudi en 1933. En fin, no hacía caso de aquel fascismo progresivo que satisfacía las ambiciones de orden reclamadas por la vieja derecha liberal."
"La pregunta que usted me hace, '¿qué fue entonces el fascismo?', ¿fue fascismo el de muchos intelectuales y políticos que después se hicieron antifascistas?, sólo tiene una respuesta: sí y no. Sí y no porque la República fue fundada por personajes ajenos al fascismo, como por ejemplo Leo Valiani. La pregunta puede hacernos pensar que el pasaje por el fascismo fue un pasaje obligado. Yo también me lo pregunté. Diría que no. Finalmente hubo un fascismo previo y un fascismo posterior, digo un lugar común, lo sé muy bien. Leí recientemente un artículo de Indro Montanelli en el que explica perfectamente cómo en realidad el fascismo se volvió otra cosa sobre la marcha. Hubo dos fascismos, uno de derecha y uno de izquierda. El de los liberales y el de los aventureros. En mi opinión, la diferencia entre el fascismo de los jóvenes y el fascismo de los viejos se reduce a lo siguiente: el de los primeros (si podemos usar esta palabra) fue revolucionario; el de los padres, en cambio, instrumental. Estos últimos sólo querían el orden, los otros un orden nuevo. Hay que remontarse a 1932, el punto culminante de ese fascismo primitivo, el fin del decenio que festeja la primacía de Italia en la travesía oceánica. El destino quiso que el año siguiente llegara a la escena Adolf Hitler, ante el cual Mussolini, que era visto como un maestro, se volverá un sometido." La historia
que sigue es la caída en la tragedia. "Siempre juzgué
el fascismo desde el punto de vista del antifascismo, pero si se
leen mis estudios sobre el fascismo se puede notar su objetividad
histórica. Dije: con Hitler en el poder la guerra deja de
ser un mito apasionante y se transforma en un programa político
preciso. También el fascismo tuvo que actualizarse. Legisladores
y filósofos fueron despedidos, tomaron la delantera las nuevas
generaciones aturdidas por la retórica."
La tragedia
se tornará en el horror: "Los judíos, que se
habían asimilado ampliamente en Italia algunos participaban
incluso en las estructuras del partido fascista, conocieron la
persecución; usted sabe bien cómo terminó esta
historia, no tiene caso repetirla. Todo esto explica por qué
tantas personas que habían sido sinceramente fascistas o
simpatizantes, en un momento dado lo empezaron a odiar. El fin del
fascismo fue una catástrofe de tal dimensión que finalmente
lo olvidamos; o más bien, lo relegamos de nuestra memoria.
Lo relegamos porque nos a-ver-gon-zá-ba-mos. Nos a-ver-gon-zá-ba-mos.
Yo, que viví 'la juventud fascista' entre los antifascistas,
me avergonzaba en primer lugar ante mí mismo, y luego ante
los que pasaban ocho años en la cárcel; me avergonzaba
ante los que, contrariamente a mí, no pudieron arreglársela."
La edad de
la distancia consiente al profesor y le permite hablar sobre el
tema serenamente. Otros protagonistas, en cambio, prefieren atrincherarse
en la complicidad del silencio: "No, no es así. Por
ejemplo, Giorgio Bocca habla tranquilamente de su pasado fascista."
La tarde se
consume con el primer microcasete de la grabadora y en los ojos
del profesor avanzan otros recuerdos que se revelan como un cuento
que huye de las pupilas. Un fantasma irrumpe: Benito Mussolini.
"Ahora es fácil hacer la caricatura de Mussolini, pero
no hay que olvidar que tenía todos los rasgos de lo que Max
Weber habría llamado un jefe carismático. Era el hombre
que, a pesar de los avatares de la vida, pobre como era, había
logrado saltar rápidamente todas las etapas. El presidente
del Consejo más joven que había existido; sus discursos
eran secos, rapidísimos, contundentes. Era agresivo y cautivaba
las masas. No hay nada que agregar. Fue tan carismático como
para seguir hasta el fin el destino de los jefes carismáticos:
siempre con la razón de su lado hasta el día en que,
al equivocarse, caen. Cuando declaró la guerra no se dio
cuenta de que ya todo había terminado. Vimos al Mussolini
de los últimos años, al Mussolini con sombrero y abrigo
en Campo Imperatore. Tenía el rostro afilado, demacrado,
pálido... Y luego terminar así, sin lograr entender
lo que pasaba a su alrededor en aquella noche del 25 de julio, y
menos prever el horrendo fin de Plaza Loreto. Es una confirmación,
una de las pocas pruebas fehacientes de que la guerra partisana
fue una guerra civil. Sólo una guerra civil puede acabar
con el jefe colgado de los pies; una guerra entre Estados no acaba
así. Fue una guerra entre italianos."
Bobbio asume
el peso de una responsabilidad, la de la autoridad moral. Cada palabra
suya, ahora, se ajusta a la decisión de cerrar la eterna
posguerra italiana.
Giovanni Gentile:
"Mi tesis de licenciatura fue la tesis de un gentiliano.
Respecto a la lápida, no estoy de acuerdo en lo absoluto
con la decisión del Senado Académico de Pisa. Gentile
no merece la acusación de racismo. En el peor momento ayudó
a muchos estudiosos judíos." Cualquier otro hecho, el
insensato exilio de los Saboya, por ejemplo, encuentra la desaprobación
de este turinés. Nunca es demasiado tarde para apagar los
últimos fuegos de la posguerra.
Como si el
fascista entre los fascistas, Primo Arcovazzi, el trastornado soldado
de Luciano Salce interpretado por Ugo Tognazzi en la película
El federal, pudiese acompañar otra vez en su sidecar
al Profesor antifascista; y no para llevarlo al exilio a Ventotene,
sino para ir a aquel exilio ideal que marca la distancia donde nadie
corre el riesgo de quedarse en la cárcel o volverse senador,
y donde los generosos desquicios del uno nutren las sólidas
convicciones del otro. Es la humanidad del dolor; aquella historia
donde "después uno ya no es lo que fue antes".
Hay una escena sublime en aquella película, cuando en la
desesperación del fin, muriéndose de ganas de fumar,
los dos cruzan una calle donde zumban los jeeps norteamericanos.
A lo largo de la película, el Profesor había tenido
que salvar sus libros de las manos de Arcovazzi, quien quería
arrancarles las hojas para hacerse cigarrillos. Extenuados, no se
dignan en dirigir ni una mirada a las cajetillas de Pall Mall
que arrojan los soldados de Estados Unidos. El Profesor, al
contrario, hasta pisotea una, toma su libro de Leopardi, arranca
la página del "Infinito" y se prepara un cigarrillo:
"Al fin que lo conozco de memoria."
Ahora que la
tarde ya acabó, Norberto Bobbio pregunta a su interlocutor:
"Yo también quisiera hacer una pregunta. Cuando dije
que usted vendría, mis amigos, mis amigos de mi círculo
me advirtieron, 'ése es un fascista'. żMe explica usted por
qué es fascista?" Profesor, confesión por confesión,
yo no soy fascista. Soy otra cosa. He amado el escándalo
de quien juega como fascista en esta posguerra, porque ha sido la
perspectiva más inédita desde la cual pude hacer otra
cosa, volverme otra persona, para leer y estudiar en horizontes
inaccesibles a otros. Lo confieso así, al gran estudioso,
no a su círculo.
*Entrevista
de Norberto Bobbio con Pietrangelo Buttafuoco aparecida en Il foglio,
el 12 de noviembre, 1999.
Traducción
del italiano de Clara Ferri
Entrevista
con Norberto Bobbio, "Sobre
el fascismo", Fractal
n° 20, enero-mrzo,
2001, año 5, volumen VI, pp. 153-157. |