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Los dos
elementos más importantes del análisis de Smith que
prefiguraron la noción contemporánea de racionalidad
fueron: 1) la creencia en que el comportamiento de la gente estaba
motivado por afectos y emociones, más que por la razón
y 2) la necesidad de algún tipo de regulación para
lograr la armonía entre la conducta individual y el resultado
de la acción colectiva. Para Smith, esto era verdad tanto
en el reino de lo moral y de lo político como en el de lo
económico. Pero fue sólo en la esfera de la economía
en donde identificó un conjunto claramente demarcado de motivaciones
que producían regularidades en la conducta individual y una
fuerza reguladora, a la vez "natural" y confiable, que
armonizaba esta conducta con el objetivo colectivo (ya definido
más arriba) de la maximización del producto. Las motivaciones
eran aquellas relativas al "self-interest" o interés
individual, y la fuerza natural de regulación era el mercado
competitivo. En otras esferas de la vida, tales como la política
o la cultura, Smith no encontró, como lo explica Jaan Whitehead
meticulosamente en su ensayo "The forgotten limits: reason
and regulation in economic theory" (aparecido en la antología
editada por Kristen Renwick: The economic approach to politics),
un conjunto claramente delimitado de motivaciones o una "fuerza
natural" reguladora.
El surgimiento
de la economía marginalista -o neoclásica como se
le conoce popularmente - a fines del siglo XIX, trasladó
la atención de muchos economistas hacia los fenómenos
de la demanda y del comportamiento del consumidor individual. Con
este énfasis, surge una tendencia, que posteriormente cobrará
influencia, cuyo propósito es explicar cómo los consumidores
individuales, y luego toda clase de agentes económicos, obtienen
la máxima utilidad o satisfacción, asignando sus recursos
a la adquisición de determinados bienes. A partir de esta
idea se reformuló el tema de la satisfacción económica
individual como un problema de maximización en un contexto
de restricciones o constreñimientos. Es decir: dados los
constreñimientos impuestos por el ingreso disponible y los
precios de los bienes deseados, ¿cómo puede operar
un actor económico para extraer el máximo provecho
de sus recursos dados? Este problema adquirió su mayor consistencia
en modelos matemáticos que permitieron una formulación
elegante y con alta capacidad analítica, y que se empezaron
a aplicar no sólo a la teoría del consumo, sino a
otras áreas de la reflexión económica.
Para que
el mercado funcione adecuadamente deben cumplirse varios requisitos,
que por lo general no se satisfacen en la realidad. El primer criterio
es el de la competencia perfecta. Esto quiere decir: a) en presencia
de muchos consumidores y productores, ninguno debe tener la capacidad
para influir asimétricamente en la determinación de
la oferta o la demanda; b) si alguno de ellos logra hacerlo, debería
sufrir un severo castigo; c) los participantes en el juego gozan
de suficiente libertad para entrar y salir del juego a voluntad
o conveniencia una vez cumplidos sus contratos y d) los jugadores
cuentan con la información necesaria para saber lo que ocurre
en el mercado.
El segundo
principio es el de la racionalidad. Los agentes económicos
toman decisiones racionales sobre la base de lo anterior, lo cual
implica que ordenan y jerarquizan sus preferencias y finalidades
para maximizar la satisfacción de las mismas. De hecho, esta
racionalidad puede materializarse gracias a que los agentes tienen
claro su interés individual.
Esta innovación
en el pensamiento económico tuvo consecuencias variadas.
Una de ellas fue que la importancia atribuida al juego de la oferta
y la demanda hizo que se dejaran de lado los problemas del crecimiento
económico y de la distribución del ingreso, es decir,
se dio prioridad a los elementos estáticos del modelo sobre
los aspectos dinámicos del crecimiento y el desarrollo. Otra
consecuencia ha sido que, por razones equivalentes, las preferencias
de los agentes económicos empezaron a ser consideradas como
dadas, y dejó de ser relevante cómo se forman dichas
preferencias. Todo el contexto social y cultural que influye sobre
ellas o las limita dejó así de ser considerado relevante
en el análisis económico, a diferencia de lo que había
concebido Adam Smith. El economista inglés nunca pensó
que las finalidades de los agentes económicos fueran ajenas
a la definición de las necesidades colectivas, sino que aquellas
actuaban en el contexto de éstas. De hecho, para Smith, el
mecanismo regulador del mercado debía modular las pasiones
y los intereses individuales para evitar que éstos, con todo
su poder unilateral, pudieran sobreponerse al interés colectivo.
Al imponerse la idea de un individuo cuya racionalidad se explica
solamente en los términos de un contexto inmediato, ajeno
a la historia y a las circunstancias generales que le rodean, perdió
sentido la idea de que el mercado era un mecanismo regulador capaz
de sustituir al Estado autoritario, es decir, capaz de ser una de
las bases institucionales de la democracia moderna.
La economía
neoclásica, en el sentido más ortodoxo de sus versiones
actuales, (precisamente aquellas que han dado cuerpo al neoliberalismo
aplicado por la tecnocracia mexicana en la última década)
al profesionalizarse como "ciencia de la economía",
permitió, por una parte, desarrollar un impresionante arsenal
de instrumentos analíticos, pero, por otra, hizo posible
que muchos economistas profesionales formados en esta corriente
de pensamiento olvidaran la tesis según la cual el mercado
debía ser un medio para la autorregulación de la dinámica
de interacción (y de las contradicciones) entre las finalidades
individuales y las colectivas. El significado profundo de ello consiste
en que los problemas derivados de la condición social, tales
como justicia, equidad, pobreza y desigualdad, así como las
características de la población en cuanto a cultura,
educación, información e identidad, quedaron fuera
del análisis del mercado, el cual había sido pensado
en la economía política clásica como mecanismo
de regulación alternativo al Estado autoritario.
Durante
largo tiempo el análisis económico se alejó
del contexto social y cultural en el que se producen los fenómenos
económicos. A la par, ninguna otra ciencia social había
podido, hasta fechas recientes, hacerse (analíticamente)
cargo de interpretar la interacción entre sociedad y economía.
Ambos aspectos han dejado, sin embargo, una honda huella en el modo
de enfocar los problemas y diseñar las políticas para
atacarlos. Uno de los más característicos ha sido
el problema del Estado. En la medida en que el gobierno no forma
parte "integral" de la realidad económica, a excepción
de las finanzas públicas, la economía neoclásica
dejó su análisis a un lado. Basándose por igual
en el concepto de un hombre racional, maximizador de resultados
en función de su interés individual, el gobierno y
las demás instituciones políticas pasaron a ser una
suma de individuos maximizadores que se comportan sin ninguna otra
racionalidad que no sea la de satisfacer sus intereses personales.
De ahí que las recetas contra el estatismo adoptaran como
medida principal el achicamiento del Estado.
No todo
es fango y horror; ni lo salvable está exento de crítica
o vindicación. Estos problemas son precisamente los que han
vuelto a aparecer en las teorías de la elección racional
y la elección social, bajo la forma de una reflexión
sobre la naturaleza las instituciones.
Racionalidad
social e instituciones
Para efectos
de análisis es necesario colocar las teorías de la
elección racional en el contexto más amplio de la
teoría social. Hacerlo así nos permite analizar las
teorías de la elección racional en función
del lugar que otorgan al individuo y a los factores externos que
limitan su capacidad de acción. Con frecuencia se dice que
las teorías de la elección racional exageran la importancia
del individuo en la explicación de la acción social
y que, en cambio, disminuyen artificialmente la de los condicionamientos
estructurales y organizativos del orden social preexistente a la
acción individual, con lo cual ofrecen un panorama atomístico
de la acción social y del orden donde se produce. Lo contrario
se afirma de otras teorías (aunque frecuentemente éstas
no están asociadas a la literatura de la elección
racional), en el sentido de que dan tal peso a los factores externos
que los actores individuales pierden toda importancia y se convierten
en esclavos de dictados exteriores que gobiernan por completo su
conducta. Según se quisiera explicar la conducta individual
o las características del mundo externo, las teorías
consideraban el contexto institucional o la conducta individual
como elementos dados, fijos, respectivamente; pero el problema de
la dinámica de su interacción permanecía por
lo general obscuro.
Algunas
teorías de la racionalidad y de los enfoques institucionalistas
de la acción social se han empeñado especialmente
en develar este problema y proponer soluciones analíticas
para superarlo, ofreciendo, en no pocos casos, estudios concretos
que aportan pruebas de la pertinencia (y de los problemas) de este
enfoque.
En el
caso concreto de las teorías de la elección racional,
sobresale su preocupación por explicar la acción de
individuos o grupos orientada a la obtención de finalidades
expresas. Sin embargo, los enfoques que han permanecido sin salir
del paradigma neoclásico (o del liberalismo tradicional)
comparten la característica de una visión de la acción
y la decisión basada en actores atomísticos. En estas
teorías podemos encontrar versiones "sub-socializadas"
o "sobre-socializadas" de la elección racional.
Según una reflexión de Mark Granovetter, que aborda
el tema en "Economic action and social structure: the problem
of embeddedness" (aparecida en American Journal of Sociology,
November 1985, p. 483), en las primeras, la atomización resulta
de la estrecha conceptualización del interés individual;
en las segundas, del hecho de que los patrones de conducta han sido
internalizados y que las relaciones sociales entre los actores tienen
únicamente efectos periféricos sobre dichos patrones.
Visto desde la perspectiva de estos extremos, el problema del orden
queda fuera de foco continuamente: el actor y su contexto social
inmediato son relacionados incorrectamente. El ejemplo clásico
de este problema, según el mismo texto de Granovetter, se
puede encontrar en el Leviatán de Hobbes: "los desafortunados
individuos del estado de naturaleza, abrumados por el desorden producido
a consecuencia de su atomización, alienan jubilosamente sus
derechos a un poder autoritario y pasan a convertirse en dóciles
y honorables ciudadanos. Mediante el artificio del contrato social,
pasan discretamente de un estado subsocializado a otro sobresocializado".
En el
análisis económico se presenta un fenómeno
semejante. En la medida en que dicha disciplina ha ido laborando
cada vez más con modelos estandarizados, ha producido explicaciones
sobresocializadas de la influencia del contexto social sobre los
comportamientos económicos individuales. En los análisis
económicos se suelen formular generalizaciones sobre los
atributos sociales del comportamiento individual que no son sino
deducciones ad hoc. A partir de que los actores estudiados pertenecen
a una clase social, a un estrato o a un grupo, se derivan imputaciones
referidas a todos los rasgos del comportamiento social de dichos
actores. De este modo, la realidad social no directamente económica
se describe como un vector exterior que pone en marcha un proceso,
por ejemplo, de luchas por determinados intereses o preferencias
dadas. Pero una vez dicho esto, desaparecen las referencias a la
influencia específica de los factores no económicos
sobre las conductas de los actores, y se esfuma también todo
análisis de las transformaciones que estas conductas sufren
gracias a aquellos. De esto se deriva una paradoja: el intento de
describir la sociedad a partir del registro de comportamientos concretos
se convierte, una vez que se generalizan ciertas regularidades,
en un impostación del atributo general sobre los hechos particulares.
Con ello, se vuelve a meter por la ventana del análisis la
atomización del actor que se trataba de haber sacado por
la puerta. Cito de nuevo a Mark Granovetter (p. 487): "dado
que el conjunto analizado de individuos (normalmente díadas
y ocasionalmente grupos más grandes) es abstraído
del contexto social, es atomizado de su comportamiento respecto
de otros grupos y de la historia de sus propias relaciones".
La crítica
de estos enfoques (y los desarrollos a que han dado lugar desde
muy diferentes visiones y perspectivas) coincide en la necesidad
de formular teorías que permitan explicar analíticamente
las relaciones complejas entre acción propositiva (agencia)
y los sistemas de relaciones sociales en los que se lleva a cabo
(estructura). Si se quiere explicar el comportamiento social de
individuos, grupos o conjuntos aún más amplios (y
de todos los posibles, el económico ocupa un lugar privilegiado),
es indispensable formular los mecanismos -como lo sugiere John Elster
en The cement of society- en los cuales la acción social
se "encuentra" con sus determinaciones supuestamente externas
(ya que por lo menos algunas de ellas han sido anteriormente producidas
por la acción), y cómo se influyen ambas mutuamente.
Entre
las soluciones ofrecidas a este problema dentro del contexto de
las teorías de la elección racional puede encontrarse
un avance en las teorías de la economía institucional
(la llamada "new institutional economics") y en esfuerzos
semejantes en la sociología política. Estos esfuerzos
alternativos de teorización han sido opacados por el predominio
de los enfoques neoclásicos en el tratamiento de las políticas
públicas "neoliberales". Aunque en gran medida
abrevan de las mismas fuentes liberales, se diferencian de aquellos
por establecer un diálogo mediado con el marxismo y la sociología
crítica, y han contribuido significativamente a la formulación
de visiones compartidas con algunas vertientes de estas últimas.
No obstante,
hay que tener presente que en la nueva economía institucional
conviven, sobre todo en la actualidad, dos tendencias: una pretende
una solución interdisciplinaria; la otra intenta despojar
al análisis de las instituciones de la argumentación
sociológica, histórica y jurídica. La primera
se propone mostrar que las instituciones económicas son el
resultado de múltitiples influencias que no pueden reducirse
a la exclusividad de ninguna disciplina; la segunda pretende comprobar
que dichas instituciones son explicables esencialmente como la solución
más eficiente a problemas económicos. Esta segunda
forma de ver las cosas implica la reificación del funcionalismo
y ocluye el análisis detallado de la estructura social y
su interrelación con la acción propositiva.
En su
mayor parte los argumentos de la teoría de la elección
racional están estrechamente vinculados a una visión
atomizada de los individuos y de los fines económicos que
persiguen. Actualmente, esta concepción tiende a ser superada
por las contribuciones que incluyen otros enfoques. Uno de estos,
aunque parezca paradójico, resulta del abandono del supuesto
absoluto de la decisión racional. Este abandono conserva,
sin embargo, la idea de la elección racional como una hipótesis
que no debe ser fácilmente abandonada. Es decir, el análisis
social debe permitirnos explicar conductas no racionales desde el
punto de vista estrictamente normativo propuesto por la teoría,
pero que son racionales a la luz de los entramados sociales estructurales
concretos en los que tienen lugar. Desde el punto de vista estrictamente
económico, por ejemplo, un consumidor es irracional si no
busca el máximo de utilidad que la relación costo-beneficio
pareciera indicar; sin embargo, a la luz de otras consideraciones
("deseos", compromisos personales, valores o creencias),
dicha conducta puede aparecer como racional o perfectamente razonable.
Pero esta racionalidad solamente aparece superando el supuesto extremo
de racionalidad (deductivo) mediante el análisis exhaustivo
de la especificidad del contexto en el que decisión es tomada.
Pareciera que en esta dirección, si bien es posible superar
cierto atomismo respecto del actor y de las relaciones sociales,
la posibilidad de generalización teórica desaparecería.
No es así. Quisiera ilustrar este aspecto del problema tratando
de sintetizar algunas propuestas extraídas del estudio de
las instituciones.
A pesar
de sus limitaciones, las teorías de la elección racional
han permitido una diferenciación entre el tipo de estudio
de las instituciones que se hacía con anterioridad del que
se puede practicar en la actualidad. La posibilidad de formular
hipótesis más precisas y de establecer parámetros
unívocos para aceptarlas o rechazarlas, se distingue hoy
del ensayo literario o de los catálogos de minucias institucionales
y legales, así como del discurso filosófico con el
cual se solía dar cuenta de la naturaleza de las instituciones.
No obstante, en buena medida el estudio actual de las instituciones
ha sido provocado por el esfuerzo de despojar de sus anteojeras
a las teorías de la elección racional (y también
a las teorías conductistas). El paradigma de la elección
racional sustituye al hombre pasivo víctima de las circunstancias
-estructuras- que frecuentemente nos presenta la sociología,
por otro propositivo, proactivo, un maximizador portador de intenciones
y valores propios que informan su acción -agencia-. Las virtudes
de un tipo humano así son que, además de representar
una imagen más realista del individuo social, permiten al
análisis vérselas con un actor volitivo, que tiene
preferencias y que escapa asiduamente a todo intento reduccionista
y estático; que al actuar evidencia su preferencia por determinadas
alternativas y creencias, que actúa inteligentemente en el
mundo. Pero como ya se dijo, este hombre racional es insuficiente
por atomístico. El mecanismo de agregación de estos
individuos se basa en la selección de preferencias o en los
valores privados. No hay sociedad; o, si la hay, es necesario, como
en un acto de magia, extraerla del sombrero que traiga puesto el
científico social.
El nuevo
institucionalismo ofrece algunas soluciones interesantes a este
problema, aunque, insisto, no solamente se encuentran en esta vertiente
de la teoría. Otros analistas, como por ejemplo Giddens,
han hecho contribuciones considerables por su propia cuenta y partiendo
de supuestos distintos. El nuevo institucionalismo puede ser descrito
como la teoría heredera de la elección racional, en
el sentido de que mantiene la hipótesis de la racionalidad,
si bien ésta no es postulada externamente a la situación
estudiada, sino como interactuando con las "características
y los procedimientos institucionales", (tal y como lo propone
Kenneth A. Shepsle en "Studying institutions: some lessons
from the rational choice approach", publicado en Journal of
Theoretical Politics, V. 1; No; 2, p. 135).
Individualismo
y vida colectiva
El liberalismo
reivindica el contenido individual del orden social frente a los
conceptos y las prescripciones de naturaleza colectiva. Antes de
cualquier obligación política o social hay una entidad
individual con contenido, necesidades e intereses propios irreductibles
a la acción colectiva. Lo "neo" del liberalismo
en este aspecto consiste en formular esta tesis no únicamente
en términos de filosofía política, sino en
reconstruir a partir de ella la dinámica social. Es decir,
la nueva visión liberal no es simplemente una extrapolación
de la filosofía del liberalismo, sino una visión científica
del orden contemporáneo que se funde y se confunde con la
economía, la ciencia política y la sociología
hasta volverse inseparable de ellas. De acuerdo con sus argumentos
fundamentales, la acción colectiva no obedece a los intereses
y necesidades comunes de los individuos, sino exactamente a lo contrario,
a los intereses individuales. Lo común aparece solamente
cuando la escala de satisfacción de las necesidades individuales
supera la capacidad de la acción individual. Esto quiere
decir que por sí mismos los individuos no pueden obtener
ciertos bienes que únicamente puede alcanzar la acción
organizada. Sin embargo, la organización colectiva de la
acción es costosa, alguien tiene que proporcionarla y los
que se benefician de ella deben pagar por ello. De esta realidad
deriva la existencia de una tensión permanente entre interés
individual y vida pública que atraviesa por la formación
de organizaciones con el objeto de generar los satisfactores de
las necesidades de los individuos. La formación de organizaciones
es ardua y costosa. En ellas los individuos y los grupos ven reflejadas
sus expectativas de mejoramiento y pueden encontrar, dependiendo
de las circunstancias, satisfactores u obstáculos. Una parte
del delicado equilibrio social que resulta de esto consiste en que
la organización necesita controlar aspectos esenciales de
la conducta de sus miembros y éstos necesitan supervisar
y modular el comportamiento de la organización si quieren
evitar que se desvíe de sus finalidades. Un ejemplo paradigmático
es el gobierno.
Según
el liberalismo "neo" es falso que la naturaleza del gobierno
sea responder a los intereses de los electores. Esta idea contradice
los cánones tradicionales de la teoría de la democracia
pluralista y del marxismo, pero pone el dedo en la llaga de un asunto
crucial. Una vez constituido, el gobierno adquiere una dinámica
propia que se explica en función de los intereses individuales
de quienes lo forman. El funcionario no es un "servidor"
público, sino un ser humano de carne y hueso que tiene intereses
propios al igual que todos los demás. Por lo tanto, en el
cumplimiento de su oficio o función, tratará de satisfacer
esos intereses, sean estos relativos al prestigio o al enriquecimiento.
Proponerse reducir esta realidad a la dimensión moral de
la buena conducta, es decir, tratar de que el funcionario sea efectivamente
un servidor es una ilusión. Por más servicial que
sea nunca abandonará sus intereses personales en aras de
su función pública, altruista. Para que lo haga no
se puede depender de sus buenas intenciones sino de controles efectivos.
Estos son de orden cultural y legal, y se concretan en estructuras
institucionales que producen soluciones de equilibrio estables.
Para controlar al gobierno, es decir, para cumplir con una de las
condiciones que lo hacen democrático, es indispensable una
cultura de lo público que asuma las funciones gubernamentales
como el deber de cumplir con ciertas responsabilidades y un control
efectivo de las mismas por medio de la ley y de sistemas políticos,
fiscales y administrativos eficientes. Si una sociedad no puede
controlar a su gobierno es que no ha conseguido el equilibrio requerido
para que el gobierno sea una organización óptima.
Si un sistema político no puede controlar a una de sus ramas,
por ejemplo, el poder ejecutivo, es porque sus mecanismos diseñados
para esa finalidad no son idóneos, por ejemplo, el sistema
legislativo o judicial, o el sistema electoral.
Para el
liberalismo de nuevo tipo, la expansión del Estado como "Estado
de bienestar" no se explica sino como producto de la dinámica
clientelar a la que da lugar la autonomía de la función
pública respecto de los actores sociales, que se convierten,
así, en clientelas cautivas de los políticos y de
los funcionarios. El "Estado de bienestar", según
se afirma en el liberalismo "neo", se convirtió
en una costosa maquinaria que resolvía mejor las necesidades
de legiones de burócratas que las del ciudadano. Perdió
su sentido al desviarse de su finalidad. Por esta razón había
que hacer volver las democracias occidentales a sus raíces
liberales. De ahí se desprenden las ideas de ajuste fiscal,
privatización de empresas públicas, economía
de mercado y, últimamente, aunque de manera muy imprecisa,
de reforma del Estado.
Sin embargo,
como es obvio, una simple vuelta al liberalismo sería estéril,
como lo han sido los enfoques de reforma del Estado basados puramente
en los principios de la economía política neoclásica.
Con la excepción de Hegel, para el liberalismo clásico
el Estado no había merecido una consideración atenta;
más bien lo común fue encontrar un cierto desdén
por la cuestión. Para el liberalismo "neo" el Estado
sí merece una atención detallada. Creo que en este
renglón lo más destacado de las nuevas teorías
de la elección social sobre el Estado es la función
del derecho. Una sociedad que se regula eficazmente mediante el
derecho puede ser no sólo libre y justa sino también
eficiente (habida cuenta de que el sistema legal no solamente sea
vigente sino que también esté bien construido). El
derecho, visto así, no es únicamente portador de la
eficacia de la justicia, sino creador de un entorno a la acción
individual y colectiva que permite prever la conducta de los demás
y, por lo tanto, calcular la propia. La garantía de que así
ocurra es la presencia de un poder judicial que administra eficientemente
el cumplimiento de la ley y, sobre todo, su incumplimiento, castigándolo
al grado de que esa transgresión no atente contra la previsibilidad
y la calculabilidad de la acción social.
Complementariamente
a lo anterior, un aspecto fundamental y novedoso del liberalismo
"neo", en la perspectiva de la construcción de
lo público, se refiere a la vigencia real de las instituciones
que hacen eficiente el funcionamiento de los mercados y de las organizaciones
sociales. Esta vigencia no depende solamente del rigor con el que,
por ejemplo, se aplica la ley, sino del grado de apropiación
individual y colectiva de la norma, que hace que la ley no tenga
que ser aplicada por el aparato judicial sino en una minoría
de casos, reduciéndose así el costo que conlleva.
Se trata del papel que juega la cultura como sistema de normas y
valores que dan vida a conductas que facilitan el comportamiento
ágil y eficiente de los agentes económicos, sociales
y políticos. En tanto que éstos puedan actuar sabiendo
que hay un horizonte para su acción en el que lo más
probable es que no encuentren obstáculos derivados de la
discrecionalidad de otros actores, pueden despreocuparse de generar
conductas primordialmente defensivas. Pero si ocurre lo contrario,
sus energías estarán dedicadas sobre todo a evitar
encontrarse con estos obstáculos. En la suma social de una
situación así, el resultado es la incapacidad del
todo para el éxito y su continua proclividad al fracaso,
sea éste económico, político o social. Douglass
North ha reflexionado abundantemente sobre este tema en Institutions,
institutional change, and economic performance. El libro de Amarty
Sen, Inequality reexamined, también propone aportes considerables
a la problemática de la desigualdad social.
La dificultad
más grande para distinguir el nuevo liberalismo de las políticas
impuestas por los gobiernos que supuestamente se han inspirado en
él, reside en que aplicar y mantener estas políticas
ha llevado a las élites a dogmatizar los aspectos más
ideológicos y menos interesantes del nuevo liberalismo. Esto
tiene que ver con el predominio de la ciencia económica sobre
otras disciplinas, como se ha tratado de ilustrar páginas
arriba.
Ahora que
la sociedad mexicana atraviesa por un proceso de reorganización
inédito e incompleto, el debate sobre las formas de reconstrucción
de las rutinas sociales y de sus componentes públicos y privados
ocupa un lugar privilegiado que es anormal en tiempos de orden estable.
Esta exigencia intelectual no podrá llevarse a cabo pasando
por alto la reconstrucción y valoración adecuada del
liberalismo, sin la cual no será posible la elaboración
de alternativas. Por esta razón, es indispensable reconocer
y reconstruir los componentes y raciocinios ineludibles en el proceso
de remodelar las formas de la organización social, si no
se quiere caer en una simple vuelta al pasado disfrazada de salto
al futuro.
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