Una
lo besa y otra lo desnuda,
ésta los mira y ésa se le ayunta.
No puede ser, señor, miren, ¡disfrutan!
No dejan ya ver nada, el agua enturbian.
Mas ya
la oreja moja el ansia, tenso
el caracol labial de los anhelos,
lava de olores lo que va en los besos,
leves y lábiles, húmedos de dedos.
El mar
ofrece el fruto, fresco, eleve,
de ostras que son trasiego, que se adhieren
en un rijoso olor salado y riente
que muerde, en ellas muerde, en ellas hierve.
Una le
habla y la otra sólo mira,
las dos lo acosan y las dos lo orillan.
No son las madres ni son las arpías,
son dos mujeres y son aguaviva.
Todo en
sudor el cuerpo de una excita
lo que en la otra luce la saliva
y mojadas al límite de risas
sacian al alhelado que se mira.
En la memoria
del amor se ruedan
los cuerpos que una en otra intenta, alienta,
y en el temblor del alma en que se entregan
corre la blanca luz que a tres serena.
Coda
Y es que
este juego
de la moraleja
no es de serpientes
y no es de escaleras.
¿Será el amor?
¿serán las maneras?
¡Serán las letras
y serán las fiestas!
Más
sólo estamos con la vida a tientas:
rojas langostas que en las rías abrevan.
Gracia
divina
(Plaza de Rovira i Trias)
En el azul
de este día
no hay ni palomas ni osadía.
El agua
corre hacia su asiento
con tanta calma como aliento
El aire
vibra en el sudor
y el ruido cuelga del olor.
Todo huele
en la calle y el la plaza.
La gente pasa, queda, se desplaza.
Miro mis
manos y miro la calma:
mi cuerpo tiembla, cambia el alma.
Wothan
Es una
espina arista,
es una piedra, es la punta afilada del cuchillo
que tuerce su miseria y graba
áridamente ardiendo
la muesca de su runa.
Fijo en
la escena de su respiración y en la batalla perdida,
en el polvo de polvo del cansancio,
somete su indigencia.
Con el
turbio cuchillo va tentando
su herida,
el respiradero oscuro del destino,
la pólvora del alma.
Se reconoce
apenas en el negro
rasgar de algunos signos
orillados.
Sus ojos
son los desorbitados ojos del poeta.
Sus dedos son sus uñas es su sangre es la tierra.
No es otra
cosa que la mueca
de esa ruina olvidada
la huella que leemos.
La
muerte de Narciso
Se estrelló
con la piedra de su risa,
se hizo astillas la cara, se deshizo
el alma, el vientre, el gesto,
se quebró la mirada y las costillas.
Allí
no queda nada más que una álgida
dispersión de materia y de silencios:
Narciso no era un rostro.
Era el
reflejo del amor,
no tenia cuerpo ni color,
él no podía sostenerse.
(Cuando
se hundió los peces le comieron el sexo como a Shelley.)
(Cuando se hundió su verga se la metieron en la boca como
a Cuesta.)
Porque
Narciso se quebró en sí mismo
y no pudo más con esa imagen.
Porque lo que quedó de él está lodo,
abotagado e inservible.
El
escriba
Aquel hombre
se sienta a la ventana.
Al fondo brilla el campo de su infancia,
una canción de cuna, alguna broma.
La tarde es roja y lenta,
su memoria no es más que literaria.
El se mira verde irse, sonreírse.
Piensa
en un niño puesto los ojos en un foro,
mientras la madre lo hace y acicala
intermitente, interminablemente
(un cuadro de costumbre es una intimidad que se repite).
Las cosas
se unen en trabajosas junturas y dolorosos sesgos.
El reconoce
allí sus trastos viejos, sus sombras,
el avasallamiento de los hechos y su solidaridad,
su quieta reciedumbre y su urdimbre,
Y avanza a cada paso como si fuera previsto,
como si tanta herrumbre convocara y nombrara,
y hereda así canciones y plumas y galletas y calcetines,
las usurpa y se hace de ese dolor que es ya ajeno,
ajado, que es ya historia,
un trasiego sin fin de opacidades y brillos,
santos objetos de segunda mano, cuentas de vidrio, chucherías,
polvo dorado su necio de mercachifle.
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