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Lady
Macbeth
Para
Laura Sosa
Está
acodada en la barra, sola, tal vez esperando. Pliega los pulgares
bajo las palmas extendidas y con los índices se repasa ambos
lados de la nariz, como limpiándose el sudor. Luego los frota
contra sus piernas. Pone los codos otra vez sobre la barra y entrelaza
las manos delante de sí, con la pausada lentitud de quien
hace tiempo. Se mira los dedos con disimulo y vuelve a frotar los
indices contra la falda.
El
regreso
Vino desde
el fondo del jardín, en línea recta, decidido, sin
siquiera mirar que así, imperturbable, surcaba ya un oceáno
de miradas. No se detuvo. Saltó por encima del pretil de
la piscina y entró limpiamente al agua. Todos vimos su recta
figura ondular bajo una red de ondas, pegada al fondo, y salir,
nítida y maciza, del otro lado. En dos movimientos se colocó
de nuevo sobre la orilla y enfrentó el agua. Echó
la cabeza hacia atrás y, formando con ambas manos una apretada
diadema, se exprimió sobre la espalda el exceso de agua.
Un rostro limpio y serio, recién peinado.
Todos vimos entonces cómo observaba el agua. Flexionó
un poco la rodilla derecha, se puso levemente de perfil y estiró
la pierna izquierda, lleno de dudas. Se agachó ligeramente,
abochornándose con la misma seriedad con que antes se había
acicalado el pelo. Tampoco entonces notó que lo mirábamos,
pero todos lo vimos tantear la temperatura de esa misma piscina
de la que acababa de salir.
Historia
general de las conquistas
Para
Julián Meza
El capitán
exageraba. Nunca tuvo especial remilgo con los demás, porque
nunca se formó un juicio claro sobre ellos. En cambio, era
muy estricto en cuanto a su persona y en todo ponía un gran
esmero. Ir a perseguir indios a las montañas o esperar a
las indias en su habitación, todo le daba igual: siempre
se presentaba inmaculadamente vestido, con una enorme seriedad,
quizás un poco relamida. En eso consistía su dignidad,
pero sobre todo su generosidad. Nunca se preguntó si aquellas
aventuras y refriegas estaban a la altura de su hombría,
o si los pobladores de aquellas tierras tenían alma o no.
Sus soldados decían que cumplía sin discriminar, como
hacen los conquistadores de verdad, y quizá por ello lo miraban
con algún desprecio socarrón. Los indios, en cambio,
se extrañaban del concienzudo aseo que ponía en todo
aquello y lo miraban con el mismo temor que tienen por las cosas
sagradas y prohibidas. Todos, sin embargo, admiraban en él
la furia ciega del conquistador, capaz de batallar en las alturas
de los Andes con las llamas, y luego invitarlas a cenar.
-Son como cabras, mi señor.
-Sólo Dios sabe.
El
celoso
Era una
película de amor sentimental, así que, previendo un
final azucarado, decidió no entrar al cine. Se quedó
sentado en el camellón, absorto. A la hora de la salida vio
cómo la apretada maraña de los espectadores se iba
deshilando por calles y callejas, y se dejó llevar por aquel
torrente. De pronto se encontró avanzado a solas detrás
de una pareja de cierta edad. Podrían haber sido sus padres.
Le cruzó por la mente una idea aterradora. Sacó del
bolsillo de la chaqueta un lapicero, que disfrazó de navaja
en la oscuridad y de un solo salto se enfrentó a los viejos.
La mujer lanzó un chillido corto y agudo, como el de las
ratas cuando se escapan, y el hombre metió la mano en el
bolsillo de la chaqueta, buscando la cartera. Pero él, con
un hilo de voz, sólo dijo:
-No se muevan. Y, sobre todo, no se besen. Esto acaba en un segundo.
Paternidad
Un hombre
decidió no acostarse a dormir mientras no tuviera un sueño.
Por extraño que parezca, así fue. Se sentó
en una butaca de su sala. Por la mañana llamaron a su puerta.
Cuando abrió una muchacha le dijo:
-Soy Juana, tu hija.
-Yo nunca estuve casado.
-No soy hija de tu matrimonio.
-Pero es que yo nunca...
-Tampoco soy hija de eso...
El hombre la aceptó en su casa, donde no fueron ni muy felices
ni muy infelices. Hasta su muerte, él nunca dejó de
preguntarse de dónde le había salido aquella hija.
Tampoco ella dejó de preguntárselo, porque sabía
que era hija suya, pero no por qué.
El
roble
Ver el
mundo como las encinas y los robles, que no tienen más patria
que el azoro. Verlo seriamente, como los cerros, echados siempre
en su lecho de nostalgia... Quiso estar en cada sitio, estar, como
las cosas y las plantas: discreta, impasiblemente.
Pero no quiso la mirada del árbol para ver árboles.
Se hundió por temporadas en las nueve o diez ciudades donde
aprendió mejor a no hacerse notar. En todas ellas fue siempre
un visitante más o menos neutral mientras su país
fue rico. Pero las cosas cambiaron cuando estalló la guerra.
Entonces la gente se acercó a él para ofrecerle cosas,
pedirle explicaciones, consolarlo o acusarlo. Él se mantuvo
aparte. ¿Cómo decirles que a él aquella guerra
no le preocupaba ni más ni menos que a ellos, y que desde
luego no creía que por ser la de su país fuera más
importante que las demás? Pero en las ciudades, sobre todo
en las ciudades, la gente confunde la impasibilidad con la indiferencia.
Fue cobarde para todos sus vecinos simplemente porque aquella guerra
que se libraba a ojos vistas no le ocurría a él -como
tampoco les ocurría a ellos.
Su hermano lo juzgó del mismo modo años después,
cuando murió su madre. Le reprochó por carta que no
hubiese asistido al entierro y lo culpó de esa misma indiferencia
que molestaba a sus vecinos durante la guerra. Pero en su carta
se insinuaba algo que, más que una acusación de cobardía,
parecería una sentencia: "tal vez te quede tiempo -decía-
para vivir una guerra civil en algún otro sitio, pero nunca
sabrás tener contigo esa muerte".
Es verdad. La muerte es cosa de los que se quedan siempre en una
misma tierra y miran a la vez con sorpresa y desapego la eterna
vuelta de las estaciones. Él no quiso tener la suerte campesina
de los que entierran a sus muertos como quien siembra un tesoro
y se sienta luego a esperar que retoñe. Nunca deseó
que el espectro de ese bulto se hiciera de carne y hueso...
Pero no sé... tal vez los robles deseen a veces esas cosas.
Desvelo
A veces
temo que recargue todo su peso en la puerta del baño -que
no sé por qué parece la más frágil-,
pero a menudo me quedo despierto esperando que lo haga, porque sé
bien que con ello se prepara para el frío de la madrugada.
Rara vez, durante el día, le pongo atención a ese
leve crujido con que se desplaza su peso de un lado a otro, como
quien se balancea sobre su cadera para turnar el trabajo entre las
dos piernas. Pero siempre me entristece oír cómo se
ensimisma la casa en esos breves, humildes crujidos, cuando se prepara
a pasra la noche.
Maternidad
Para
María Tello
La mujer
se miró el ombligo mientras se enjabonaba. Una extraña
cicatriz -pensó-, señal de que hemos sido paridos.
Pero ¿por qué sólo una de las puntas del cordón
umbilical deja una marca? Yo llevo la huella de ser hija de mi madre,
como mi hijo lleva la huella de ser mi hijo. Sin embargo ni en ella
ni en mí han dejado cicatrices nuestros hijos... La próxima
vez pediré que me hagan cesárea. Será como
un segundo ombligo, mucho mejor destinado que el primero.
El
sátiro
Un hombre
se queda en casa y piensa en la libertad de su mujer, que está
de viaje. Siente entonces que lo invaden a la vez el entusiasmo
y la nostalgia. No extraña las leyes pertinentes del siglo
pasado, ni las del antepasado, sino algo mucho más antiguo,
de cuando los dioses se deleitaban en la tierra, inmoderadamente,
y no trepaban todavía a sus olimpos.
Pero el hombre no se afana en perseguir esa dicha antigua y relajada.
No sale a beber con los amigos, no sale a buscar a su mujer desesperadamente,
no sale. Ni siquiera se entristece. Mira los objetos de su casa
-una silla, una mesa un vaso... cosas elementales- y se exalta:
-¡ Ah, cuando las cosas eran cosas! Cuando el amor se podía
tocar, empuñar, lanzar muy lejos. Gravemente, sí pero
lo mismo que un pedrusco.
¡Qué antigua vehemencia le entra al hombre cuando piensa
que su mujer es una muchacha salvaje!
fscamelo@prodigy.net.mx
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