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El "Estado",
la segunda gran invención de la política moderna,
sólo puede, por consiguiente, imaginarse mediante su separación
de la "sociedad" y su contraposición con ella.
A diferencia de "la sociedad material y sustantiva", el
Estado es "espiritual", en el sentido elemental de la
transfiguración del lugar del poder. El cuerpo del rey (un
espacio de dominación tan eminente que los primeros grandes
revolucionarios -desde Cromwell hasta Robespierre- sintieron la
irresistible necesidad de decapitarlo), se transformó en
el "cuerpo de la política", que no es corpóreo,
sino más bien una abstracción metafísica. La
nación de Sieyes y la voluntad general de Rousseau fueron
categorías no necesariamente distintas de la libertad trascendental
de Kant; para Laplace, su condición de ministro del interior
del gobierno de Napoleón significó un suave tránsito
para adaptar el método de su "mecánica celeste"
a la aritmética de la "voluntad de todos".
¿A
qué tipo de actividades se dedica el "Estado" como
algo distinto de la "sociedad"? En primer lugar, el Estado
representa a la sociedad sobre la base de un poder delegado, abstracto
e impersonal. Esto significa, ante todo, que el Estado puede "adivinar
el pensamiento" de la sociedad, fundándose en un mandato
indeterminado, en todas las decisiones en las que la sociedad parece
tener una "voluntad", pero no la capacidad ni el tiempo
para convertirla en una acción explícita y unificada.
En segundo lugar, "la voluntad de todos" no es igual de
extensa que la voluntad general, dadas las persistentes divisiones
sociales que distinguen al mundo moderno. Pero, aunque lo fuera,
sería una simple suma, mientras que la voluntad general es
la forma auténticamente política y refinada de la
voluntad soberana. La "voluntad general" se encuentra
en el Estado y no en la sociedad, pues es el símbolo de lo
general frente a las infinitas particularidades. (Éste es
el locus classicus de lo que Marx describe como el "autoengaño
ideológico"). Por una sorprendente metamorfosis, este
gestor de lo abstracto, el Estado, es al mismo tiempo el gestor
de lo particular con respecto a lo universal: humano e inhumano
a la vez.
La forma
paradigmática en la que emergió el "Estado"
fue la autosegregación con respecto a un especifico ethnos-demos,
cifrado por un orden universal que se había vuelto obsoleto.
Así es como la Reforma llegó a ser la cuna del nacionalismo
moderno; así es como la desmonarquización del universalismo
ilustrado durante la Revolución Francesa y, después,
durante la época de un nuevo (y paradigmático) Carlomagno
-Napoleón, anunció el siglo del Estado-Nación;
así es como el colapso del universalismo comunista dio lugar
en la actualidad al conflicto étnico. (Y ésta es también
la causa de que la observación de Carl Schmitt, erróneamente
situada en las raíces más teológicas de la
política moderna, sea correcta, ya que la forma habitual
en la que el Estado-Nación articula su actividad es la relación
de "amigo-enemigo".)
Por último:
en todas partes, con la excepción de las democracias "puras"
del Nuevo Mundo, el Estado se atribuyó la función
del educador de la sociedad. Él exige ser "el depositario
del espíritu de la nación"; y como legislador
exige para sí la única instancia en la que puede hacerse
justicia (en la "sociedad" sólo hay "justicia
populachera"). Como se encuentra, supuestamente, más
allá de las particularidades, sus acciones pretenden representar
la solidaridad y el desinterés frente al interés particular
y egoísta.
La tercera
gran invención política de la modernidad fue la "cuestión
social", que funciona a modo de importante vínculo entre
el "Estado" y la "sociedad". Es una invención
propiamente moderna. Sin la proclamación de los derechos
universales del hombre, el noventa por ciento de esos problemas
que hoy constituyen la "cuestión social" habrían
sido considerados como sufrimientos e injusticias -bien naturales,
bien impuestos por Dios- de la condición humana, y acerca
de los cuales los gobernantes y los gobiernos no podrían
ni deberían hacer nada. En el mejor de los casos, estos problemas
habrían sido vistos de manera pragmática y como obligaciones
de poca relevancia. En rigor, las voces de los que padecen pobreza,
enfermedades y mala salud, descriminación por razones de
casta, clase, sexo, raza o de cualquier otra índole, no fueron
audibles en la escena política antes de la Declaración
de los Derechos Humanos. Con cien años de experiencia a nuestras
espaldas de legislación sobre los problemas sociales, aunados
a la ingeniería social y al Estado de bienestar, puede afirmarse
con visible seguridad que -al menos bajo las condiciones impuestas
por la modernidad- la "cuestión social" tiene que
ser permanente y seriamente tratada, pero no puede nunca ser resuelta
de un modo estable o definitivo.
Ello se
explica por tres razones. 1) Mientras que la igualdad formal (ante
la ley) es una condición absoluta de la modernidad la égalité
de fait ha sido, desde que fue propuesta por Babeuf y su grupo durante
la Revolución Francesa, más o menos universalmente
abandonada como un arreglo tiránico. 2) La modernidad es,
de manera continua, un sistema dinámico impulsado por la
ideología del desarrollo y de sus necesidades, el cual excluye,
incluso, un hipotético estado de satisfacción permanente.
3) La historia de la modernidad nos revela que la "solución"
de cada problema social produce un nuevo problema social, add infinitum.
El socialismo,
acaso el mayor protagonista de la política de la modernidad,
surgió directamente de la "cuestión social".
Tanto su "ciencia" como su utopía están
indisolublemente relacionadas con ella. La reiterada exigencia utópica
de la solución "definitiva" de la "cuestión
social" fue una demanda profundamente contradictoria, dado
el carácter fáustico del proyecto socialista. En realidad,
esta utopía ha necesitado, para sobrevivir, de la propia
lógica de la modernidad cuyo equilibrio se halla continuamente
amenazado por lo que Karl Polányi llamó "la utopía
liberal-capitalista": la creencia en los resultados finalmente
beneficiosos de la "mano invisible" y de la operación
autorreguladora del libre mercado. El socialismo situó las
raíces de la cuestión social en el carácter
intrínsecamente desigual o alineado de la "sociedad",
mientras que, simultáneamente, buscaba su remedio en la transformación
de la "sociedad" misma (que iría acompañada
de la eliminación radical del Estado) o, por el contrario,
en un Estado fuerte, paternalista e interventor.
En todas
estas invenciones se halla una visión fundamentalmente discordante
con la esencia de la modernidad. Casi todos los agentes políticos,
tanto en la "izquierda" como en la "derecha"
(dicotomía que ha sido otro mecanismo autoexplicativo de
la política de la modernidad), han visto al "nuevo mundo"
como un cosmos dinámico, pero también como un mundo
que sufre una contradicción interna crónica, quizá
incurable. Progresivo pero inestable en sí mismo, reclama
constantemente principios rectores y una "dirección
científica". Intrínsecamente dialéctico,
hace ilusoria la reconciliación de los opuestos fuera de
cualquier política regida por principios filosóficos.
Ello es propio de las ironías de la política de la
modernidad. (No sólo el ultrarradical Robespierre fue un
ideólogo que prometía que su estrategia "realizaría
las promesas de la filosofía", sino que también
lo fue el "pragmático" Burke, archienemigo de la
política basada en abstracciones).
En lugar
de una tipología de la política de la modernidad,
baste aquí con señalar algunos de sus rasgos dominantes.
Es preciso hacer dos advertencias. En primer lugar, tanto entre
los conservadores como entre los liberales han existido excepciones.
Muchos de los partidos socialdemócratas, por ejemplo, se
convirtieron en liberales como reacción al extremismo comunista
tanto en términos de su estructura interna como por su programa
social. En segundo lugar, lo que denomino aquí "rasgos
dominantes" es el resultado de una sucesión de etapas,
que corresponden a la democratización progresiva de la política
que podemos observar en la historia reciente.
En la modernidad
temprana, la escena pública estaba dominada por élites
de "notables", que no se comportaban de manera muy diferente
a la aristocracia anterior. Los "tipos" dominantes de
la política moderna fueron determinados por paradigmas filosóficos,
y nunca apuntaron a meras exigencias cotidianas como "el reparto
la riqueza", sino a algo mucho más "sublime":
la reconciliación absoluta de las contradicciones inherentes
a la sociedad, y muchas veces a su homogeneización lógica
o a la reducción de su complejidad. Sus "ideologías
del progreso" fueron, la mayoría de las veces, de orden
teológico y estuvieron impregnadas con un transfondo visiblemente
historicista. La política tenía que servir a "las
metas de la historia", impulsar el "fin de la historia"
y el advenimiento de la "historia real"; tenía
que expresar (y ser inspirada por) el gran relato de la epopeya
de la humanidad, desde la "historia sin acabar" al término
del viaje teológicamente predestinado. El progreso universal,
transformado en estrategia política, se extendió a
la política de la producción, que tenía la
fantástica meta de "hacer retroceder las barreras de
la naturaleza" o, incluso, una más arrogante de construir
el lugar del hombre como el amo del centro del mundo natural (de
donde había sido expulsado por las ciencias naturales que
él mismo había creado).
La concepción
de la modernidad como "artificio" explica la "originalidad"
fundamental de la política moderna (tanto en sentido positivo
como negativo). El ámbito de la política se ha experimentado
como un juego de artificios y como una estrategia estética
y estetizante. La "estética de la guerra" facilitó
una transición suave a las nuevas modalidades de la violencia
desde Napoleón, quien se quejaba de la pesadez de las grandes
masas de soldados, una consecuencia democrática del reclutamiento
general; el Emperador francés sostenía que "perjudicaba
la coreografía de las batallas". Este sentimiento alcanza
hasta los estetas y líderes fascistas, por ejemplo Ernst
Jünger, a quien entusiasmaba la "grandeza artística
de la guerra". La teatralidad de la política moderna,
donde los actores-de Danton a Trotsky- se destacaban y miraban desde
un escenario/podium, observando a su audiencia presente y futura
como si fueran personajes históricos en los cuadros de Poussin,
no consistía tan sólo en el "histrionismo".
Todos ellos compartieron, sabiéndolo o no, el dictum profundo
de Napoleón de que en la modernidad la política protagoniza
un papel que había puesto en escena la ananké griega,
el destino trágico. Y este rasgo de la política estetizada
no se restringía a los actores radicales . El aperçu
de Churchill en la II Guerra Mundial, que decidió escribir
un relato dramático sobre ella (y una dramatización
de sí mismo), es una broma del tipo si non e vero e ben trovato.
Finalmente, las formas dominantes de la política moderna
alemana fundadas en el drama del "redentor" (con un redentor
personal o colectivo) hablan de ello abundantemente.
En esta
representación la política sirvió de Ersatz
de la moral y de Ersatz de la religión. La política
"redentora" ofreció lo que la "sociedad"
no pudo generar por sus propios medios: grandeza, heroísmo
y autoestima. También produjo un sustituto trascendental
para una época secularizada: el reconocimiento de la posteridad.
La política
de la modernidad ha sido, desde sus orígenes, no sólo
una búsqueda de la libertad, sino (como lo predijo, por ejemplo,
Benjamin Constant) una gran experimento progresivo de dominación
absoluta. Los regímenes totalitarios surgieron, indistintamente,
tanto desde la "sociedad" como desde el "Estado".
Si la "sociedad" era su punto de partida (en otras palabras,
si estamos hablando de lo que Jacob Talmon denominó "democracia
totalitaria"), entonces la ideología que legitimaba
al régimen totalitario consistía en la prioridad de
la "felicidad" sobre la libertad. Sí, por el contrario,
era en cierta manera el "Estado" el primus movens del
régimen total, entonces sería la grandeur quien, en
la mayor parte de los contenciosos (los políticos nacionales
y los estetas), saldría victoriosa sobre la libertad. En
ambas versiones, el gran experimento político llevó
a la modernidad al borde mismo del colapso.
II
Ha sido
en fechas recientes, sobre todo en la última década,
cuando se ha comenzado a escribir el inventario posmoderno de los
resultados de la política moderna. No obstante, podría
haber empezado antes. Gorbachov estaba en lo cierto cuando afirmó,
en una de sus despedidas del mundo de la política, que el
momento en que la sociedad soviética pudo haber negociado
una transición más dúctil hacia la democracia,
fueron los años que siguieron a la victoria sobre Hitler.
Si el aparato dirigente soviético hubiera reunido el arrojo
y el desinterés necesarios para poner punto final al imperio
del terror de Stalin, habríamos entrado en la era de la política
posmoderna medio siglo antes. Pero, ya que estamos en la hora del
recuento, nuestro cometido es hacer este inventario.
El primer
resultado del inventario posmoderno es la observación de
que los grandes relatos se han desvanecido por completo de la política.
A pesar de la caracterización, ahora tan de moda y en gran
medida inadecuada, de los cambios en Europa del Este (y los que
han tenido lugar en la ex-Unión Soviética), en términos
del "triunfo del capitalismo", la caracterización
general del mundo moderno como "capitalista" o "socialista"
probablemente nos abandonará pronto. Esto no niega el carácter
capitalista de la presente economía mundial, dominada por
oligopolios, cuyo poder e intereses sobrepasan las fronteras del
Estado-Nación (en la medida en que todavía queramos
emplear la terminología marxista). Este pronóstico
implica, por supuesto, algunas consideraciones. Primero, una tendencia
del siglo XIX,compartida tanto por radicales como por liberales,
desde Marx a los clásicos de la economía política
inglesa, fue creer que el tipo fundamental de actividades humanas
es el económico, el cual determina todo lo demás.
Esta visión del mundo, dominante durante el siglo XIX, ha
sido peligrosamente restrictiva para la modernidad, y es hora, en
el proceso del inventario posmoderno, de corregir su parcialidad.
En segundo lugar, la versión más critica de una posible
nueva economía política, que apunte hacia reformas
concretas, descansará con toda probabilidad sobre las siguientes
premisas. Un sistema económico basado en el mercado no puede
-y no debe- ser reemplazado por un sistema de planificación
y distribución estatal en el que el Estado desempeñe
un papel de propietario general nominal (mientras que en realidad
son grupos corporativos los que gobiernan). Esto es así tanto
por causa de la primacía de la libertad cuanto por el rendimiento
económico. La verdad de esta afirmación ha sido corroborada
suficientemente por la historia del comunismo soviético,
que fue tan sangriento políticamente como catastrófico
en términos económicos. Al mismo tiempo, la economía
en una democracia no puede permanecer exclusivament en el ámbito
privado de aquellos que tienen empresas y las administran. Es una
institución pública con custodia privada (o con custodia
mixta del Estado y empresarios privados) la que tiene que satisfacer
por lo menos dos esperanzas y requisitos generales de la sociedad.
El primero es mantener la producción en un nivel donde el
mínimo - cultural y socialmente definido- pueda ser garantizado
para todo el mundo. Esta esperanza está vinculada con el
postulado del crecimiento en el mundo dinámico de la modernidad.
El segundo requisito es que la economía debe generar oportunidades
de trabajo, condiciones que permitan el pleno empleo, porque la
democracia moderna, en la que el reconocimiento hegeliano del individuo
no es el resultado ni de la riqueza heredada ni de los privilegios
sociales sino del trabajo como estilo de vida imperante, es incompatible
con la existencia de un tipo de proletariado romano en su interior.
El postulado
de una dirección social de la economía como una institución
pública con custodia privada puede ser bastante radical (o
utópico) para los conservadores, pero no tiene casi nada
que hacer con el viejo modelo del "capitalismo frente al socialismo".
Justicia social, postulados democráticos y expectativas culturales
son los principios que definen su política, no el determinismo
económico; y aspira a una readaptación continua de
las instituciones económicas de la modernidad, pero no a
su total sustitución por las ingeniosas invenciones de una
"razón dialéctica" que fomenta la irracionalidad
económica y el terror político.
El élan
vital del historicismo, la gran ambición de concluir la "prehistoria"
y de superarla en favor de una "historia genuina", se
ha desvanecido igualmente de la política moderna. De hecho,
el espíritu dominante de la condición política
posmoderna es el recelo frente al historicismo y el rechazo del
proyecto revolucionario o bien el intento de declararlo terminado.
Tenemos un excelente testimonio de esta hostilidad posmoderna contra
la Historia con mayúscula: La insoportable levedad del ser,
novela de Milan Kundera. Sabina, la pintora checa, que fue educada
bajo el férreo domino de la Historia, aborrece la Historia;
para ella es sólo un gran desfile monótono y sin final.
Por el contrario, para su amante, el cosmopolita occidental de la
generación del 68, la Historia tiene un atractivo irresistible:
"Qué bonito sería celebrar algo, exigir algo,
protestar contra algo; estar fuera a campo abierto, estar con otros.
La muchedumbre avanzando por el boulevard de Saint-Germain o desde
la plaza de la República a La Bastilla le fascinaba. Él
veía la marcha, la multitud gritando como la imagen de Europa
y de su historia. Europa era la Gran Marcha. La marcha de la revolución
hacia la revolución, de la lucha a la lucha, siempre hacia
adelante". El rechazo de la Historia de otro protagonista checo,
Tomas, es todavía más importante, porque se deriva
de un escepticismo metódico, no de una aversión personal.
"Einmal ist keinmal. Lo que ocurre sólo una vez, también
podría no haber ocurrido nunca. La historia de los checos
no se repetirá, ni la historia de Europa. La historia de
los checos y la de Europa son un par de bocetos a lápiz de
la inexperiencia fatal de la humanidad. La historia es tan liviana
como la vida humana individual, insoportablemente leve, ligera como
una pluma, como el polvo revuelto en el aire, como todo lo que mañana
ya no existirá".
El escepticismo
posmoderno de los europeos del Este con respecto al proyecto historicista,
expresado tan contundentemente por Kundera o Havel, es en realidad
un eco lejano de la desilusión occidental ante la Historia.
Fue Merleau-Ponty quien extrajo de las aventuras de la dialéctica
la conclusión más enfática y llena de resignación:
la "razón en la Historia", representada en la arrogancia
del bolchevismo, era otra "astucia de la razón"
en la que la "Historia" quedaba como una entidad extraña
y amenazadora para las vidas corrientes de los individuos corrientes.
Era un proyecto que los sojuzgaba, en vez de liberarlos; la Razón
en manos de los principales "agentes de la Historia" se
transformó en Sinrazón, esto es, en el imperio de
la violencia desnuda. Por su parte, François Furet afirmó
repetidas veces, en ocasión del bicentenario de la Revolución
Francesa, que el "teatro revolucionario" es un puro juego
que se sirve a sí mismo: La Revolución Francesa, la
madre de todos los proyectos similares, se había terminado
hacía ya tiempo. Su exposición de los hechos fue un
poco apresurada, porque fueron necesarios los trascendentales acontecimientos
de 1989-91 para la conclusión y finalización del proyecto
revolucionario. Sin embargo, una vez terminada la polémica,
mientras que la política posmoderna podía apuntar
a la revisión drástica de las instituciones de la
modernidad, sólo podía ser "política revolucionaria"
en la retórica.
También
la célebre tesis de Carl Schmitt sobre el carácter
central de la relación "amigo/enemigo" como eje
de la política moderna ha quedado descartada por las tendencias
de la condición política posmoderna, debido al rechazo
del "gran relato". Por supuesto, la oposición "amigo/enemigo"
fue articulada en un principio como una gran dinámica que,
al declarar al Estado-Nación en situación de emergencia
permanente, generaría la cohesión del mismo. También
se aplicaba al casi sagrado estado de guerra entre naciones. Pero
todo aquel que perciba ahora los palos de ciego de la política
americana en busca de un enemigo cuya sombra desafiante pueda producir
el consenso anterior de la Guerra Fría, comprenderá
sin dificultad cuánto se exageró la tesis de la relación
"amigo/enemigo" dentro de uno de los relatos básicos
de la modernidad. Dos son las principales razones por las que el
esquema de Schmitt puede aplicarse sólo de un modo muy limitado
(y ello sin tener en cuenta una tercera de no poco peso: el hecho
de que, con la caída de los regímenes totalitarios
de uno y otro tipo, ya no pueda desarrollarse la demonología
que el esquema precisa). La primera de esas razones es que, a pesar
de todos sus rasgos claramente hipócritas, en el nuevo orden
planetario que empieza a configurarse, la "victoria",
la derrota del enemigo, constituyen categorías cuya aplicabilidad
es cada vez menor (según se mostró en el desenlace
de la Guerra del Golfo y la intervención de los Estados Unidos
en Panamá). La dominación sin trabas de una nación
por otra se ha convertido en algo inadmisible; la interferencia
directa es un tabú; ya no cabe desempeñar el papel
de un "libertador" que se hace cargo de los asuntos del
liberado, y, por todo ello, la política de la derrota del
enemigo ha perdido todo sentido.
Las grandes
potencias siguen actuando como de costumbre, pero ya no pueden producir
el entusiasmo y la cohesión interna que surgen tan sólo
cuando -por hablar en lenguaje nietzscheano- los vastos instintos
predatorios del "monstruo frío" -el Estado-Nación-
no se hallan debilitados por esa invención cristiana de los
derechos humanos. El segundo factor que priva de valor a la tesis
del "amigo/enemigo" como material bruto de un gran relato
es el cambio del status de la guerra en la modernidad tardía.
Debido al tremendo poder destructivo del armamento moderno, y a
causa del referente de la concepción bélica hitleriana,
donde la victoria en el campo de batalla y el genocidio fueron inseparables,
la actitud dominante en la condición posmoderna es un pacifismo
indiferenciado y a menudo irreflexivo: una "criminalización"
creciente de la guerra. Pero, sin guerra, el relato de "amigo
y enemigo" es una ficción.
Finalmente,
el hecho de que en un mundo problemáticamente secularizado,
la política haya dejado de ser el Ersatz de la religión
ha contribuido sustancialmente a la quiebra del gran relato. Para
que la política funcione como sustituto de la religión,
es menester que se cumplan dos condiciones previas: el culto al
Líder y la capacidad de dicho culto para dotar de sentido
a las vidas individuales. Los Líderes -tanto Hitler como
Stalin- son ahora espantajos obsoletos (o, en forma más optimista,
recordatorios eternos de la muerte), mientras que Mussolini ha quedado
reducido a un dictador nacional fracasado, aunque complejo desde
el punto de vista intelectual. Con notable inadecuación se
llama "carisma" en el lenguaje político contemporáneo
a lo que constituye un mero valor mediático, una especie
de sex appeal. Ningún soldado moriría hoy con los
nombres de Ronald Reagan, Margaret Thatcher o François Mitterand
en sus labios, pero eso es precisamente lo que ha de acontecer para
que haya carisma, término de origen religioso que tiene su
lugar propio en una "política redentora". Del sentido
que la política puede dar a la vida nos habla una tendencia
literaria. Jorge Semprún es quizá el último
escritor importante de una larga tradición que comenzó
con Malraux y en la que tanto el escritor-intelectual como los protagonistas
de las novelas hallaban en la política respuestas a preguntas
existenciales. Pero la situación de hoy recuerda más
bien a la conclusión que Max Weber extrajo de su viaje a
Estados Unidos. Decía Weber de sus convesadores que nunca
ocultaban su desdén por los políticos por los que
votaban. Pero añadían: es mejor que seamos nosotros
quienes los despreciemos, antes que llegar a una situación
en la que sean ellos quienes nos desprecien. En verdad, es ésta
una condición definitivamente adversa a una política
Ersatz de la religión.
Tras la
borrachera de los grandes relatos, la posmodernidad ha recobrado
su lucidez al hilo de dos descubrimientos, ambos analizados en detalle
por Agnes Heller y por mí en otros lugares. El primero estriba
en el reconocimiento de las "tres lógicas de la modernidad".
Tales "lógicas" se han identificado como las tendencias
del desarrollo de la tecnología, la división funcional
del trabajo y la experimentación en el arte de gobernar.
La relativa independencia de cada una no es un "descubrimiento
científico", sino más bien una decisión
(posmoderna) tomada sobre las perspectivas de la modernidad. La
política del siglo XIX no quiso saber nada de estos ámbitos
relativamente separados. El progreso tecnológico (en el que
se comprendía la revolución de la ciencia, el dominio
del mundo por el "hombre fáustico") parecía
encarnar la aspiración humana a la inmortalidad; constituía
el rasgo distintivo de la era moderna, la respuesta última
a todas las preguntas planteadas. Como resultado, el orden funcional
de la modernidad fue puesto al servicio del progreso tecnológico
hasta el extremo de que tecnología, división funcional
de trabajo, "capitalismo" e industrialización parecían
ser indistinguibles. Más aún, todos los experimentos
que buscaban una "forma óptima del Estado" aspiraban
a un rendimiento tan óptimo como el que el progreso tecnológico
proporcionaba al Estado. (El Estado bolchevique fue una de esas
piezas maestras logradas en el "laboratorio social").
Este fue el modo de reducir la complejidad de la modernidad por
medio del "capitalismo" y el "socialismo", esas
ideologías dominantes del siglo XIX. Pero los primeros signos
del despertar posmoderno están ahora a la vista. Los límites
de la tecnología trazados, al menos en forma retórica,
por el ecologismo, el cuestionamiento hecho por la crítica
cultural al funcionalismo omniabarcante, la neutralización
ideológica del Estado por la democracia de masas, una situación
en la que los grupos de presión más dispares usan
su poder de voto para compartir el poder, todos estos fenómenos
de la posguerra, poseen significados inéditos. La tecnología
ha dejado de percibirse como el principal poder autogenerador que
determina y debe determinar todas las demás esferas. El modelo
concreto de la división funcional del trabajo no se considera
eternamente dado, y se cree que puede alterarse atendiendo también
a argumentos sociales. El Estado ha dejado de considerarse como
el agente del progreso tecnológico, como aquel elemento que
garantiza que dicho progreso se lleve a cabo en las mejores condiciones
posibles y que asegura el bienestar de sus principales beneficiarios.
En principio, ha pasado a ser tan sólo un vigilante general
de los asuntos sociales; ya no es una agencia de clase sino, para
bien o para mal, un factor relativamente independiente.
El "péndulo
de la modernidad", un esquema de la dinámica de la modernidad,
sólo puede erigirse sobre esta base. La teoría comprende
las siguientes tesis, todas ellas definitorias de la política
en la condición posmoderna. En primer lugar, el péndulo
sólo puede moverse en un mundo en el que la modernidad se
ha abierto camino en una dimensión planetaria, aunque en
la mayor parte del globo se ha copiado nada más su estructura,
sin que su dinámica actúe de hecho a escala mundial.
En segundo lugar, el avance de la modernidad significa la separación
relativa entre el "Estado" y la "sociedad" (o
dicho a la inversa: el establecimiento relativamente separado de
estas esferas significa que ha llegado la modernidad) y, en esa
coexistencia, la "sociedad" posee una relativa prioridad.
Los principales impulsos que mueven al péndulo provienen
de la "sociedad", y de ahí el carácter pendular
de la dinámica. Los movimientos no pueden ir más lejos
que las "energías" de quienes les han proporcionado
el impulso.
La metáfora
que preside la teoría nos aclara que no se trata de crear
una (pseudo) ciencia de la enérgetica social. Más
bien, es la categoría hermenéutica del "horizonte"
lo que se emplea. Los agentes humanos quieren alcanzar su horizonte
y producen sus impulsos en esa dirección. Pero un "horizonte"
no es sólo algo que señala una dirección; también
constituye un límite. Cuando los actores se dan cuenta de
que han alcanzado su límite (aunque hayan cambiado de posición
mientras tanto y hayan creado, con ello, nuevos horizontes para
sí mismos) el impulso toca fondo y empuja en una nueva dirección.
La fábula del "péndulo de la modernidad"
no es un remiendo de la vieja teoría del desarrollo cíclico,
ni tampoco la comprensión estática de un mundo dinámico.
Pero es ciertamente un relato aleccionador, en armonía con
el proceso posmoderno de adquisición de lucidez. Señala
que nunca, en ningún lugar hay un desarrollo sin límites;
que siempre hay un límite a las aspiraciones humanas definido
por nuestra posición el mundo, la cual delimita también
nuestro horizonte; y que el sueño de cruzar el horizonte
es una peligrosa locura, un salto en el abismo.
Un punto
señaladamente importante del orden del día político
es la accidentada relación entre universalimo y particularismo.
El gran logro de la modernidad fue la secularización y planetarización
del universalismo político. La política de la modernidad
despojó al lenguaje cristiano de los derechos humanos de
su ropaje religioso, y pudo así extenderlo, como estatuto
político, al conjunto de la humanidad, por encima de las
distintas culturas. Al mismo tiempo, la agenda política de
la modernidad, de carácter universalista, tiene una triple
fisura cuyo reconocimiento es un indicio de la condición
política postmoderna. En primer lugar, el universalismo político
caminó hipócritamente de la mano con la práctica
del colonialismo, que tan sólo se extinguió hace medio
siglo, tras la Segunda Guerra Mundial. En segundo lugar, nunca pudo
establecer a la "humanidad" como una autoridad política
mundial. Aunque la idea de un orden mundial (republicano-cosmopolita
o socialista-internacionalista) puede ser una de las ilusiones perniciosas
de la modernidad, el hecho de que todos los proyectos de una autoridad
planetaria hayan concluido en caricaturas por el estilo de la Sociedad
de las Naciones y las Naciones Unidas es un peligroso indicio de
la impotencia política del proyecto universalista. En fin,
el universalismo se fue desarrollando a costa de la extinción
de las diferencias.
Se puede
afirmar con certeza que el modelo de la marcha triunfal del universalismo
no fue otro que la asimilación forzosa de los judíos.
Según este conocido modelo, la emancipación político-legal
fue seguida por la exigencia categórica de la asimilación
de lo judío a la pauta dominante, concretamente dada, del
Estado-Nación; fue acompañada por la admisión,
nunca plena, en la sociedad y en sus diversas instituciones; y,
finalmente, a menudo la emancipación daba marcha atrás
por medio de leyes discriminatorias de nuevo cuño, cada vez
que la histeria se adueñaba de un grupo particular. El resultado,
del lado de lo asimilado, fue una completa y neurotizante pérdida
de identidad, acompañada por la frustración de tener
que permanecer eternamente ajeno. Este sentimiento "judío"
sale ahora a la superficie de manera generalizada en las exigencias
de los grupos más heterogéneos: descendientes de antiguos
esclavos, minorías étnicas condenadas a la extinción
por la mano de hierro del Estado centralizador, la población
indígena latinomericana en lucha por su identidad y otros
fenómenos de naturaleza similar. La fórmula positiva
de la diferencia que busca su propio reconocimiento social es el
"multiculturalismo". El multiculturalismo como exigencia
social y política pone de manifiesto la total complejidad
y el carácter laberíntico de la "política
(posmoderna) de la diferencia". La forma histórica de
construcción de las identidades colectivas tras de la disolución
del universalismo cristiano, mediante el moldeamiento de una cultura
particular considerada como "sustancia" de un grupo humano,
ha sido uno de los principales itinerarios creados por la modernidad.
La otra solución, la "contractual", en la que tan
sólo un documento (la Constitución), y no ya una sustancia
cultural, generaba la identidad del grupo, ha sido siempre la excepción
y nunca la regla. Y en tiempos difíciles casi siempre ha
resultado insuficiente. Así pues, la insistencia en la única
y exclusiva sustancia cultural de un grupo particular, que lo consolida
en una unidad coherente, racional y emotiva, es algo más
que prejuicio o xenofobia. Al mismo tiempo, obstruye el camino a
las exigencias legítimas de reconocimiento y autonomía
que las distintas "diferencias" plantean.
Hay, por
añadidura, dos factores distintos que agravan todavía
más el conflicto naciente de la condición política
posmoderna. En primer término, no hay meta-autoridad alguna
cuyo juicio pudiese ser seguido y obedecido con confianza. En su
manifestación plena, la ausencia de la existencia política
de la "humanidad" que antes mencioné, se presenta
como una laguna. De hecho, ésta es la segunda ronda de una
historia muy antigua. El presidente Wilson trató de compendiar
las lecciones morales y políticas del cataclismo de la Primera
Guerra Mundial en el lema del reconocimiento universal del derecho
a la autodeterminación nacional. Pero una vez que fracasaron
todos los intentos de crear una autoridad universal que distinguiese
entre pretensiones válidas e infundadas, el resultado fue
el estallido de un conflicto en cadena que condujo directamente
a un nuevo cataclismo. El segundo factor de agravamiento es que
las "diferencias" que se multiplican en la condición
política posmoderna establecen sus propios "minidiscursos".
Lo específico del minidiscurso es la franca negación
de su adecuada traducibilidad a un lenguaje universal. No falta,
por supuesto, una gran dosis de confusión, y aun de hipocresía,
en tales exigencias, ya que cada una de las diferencias pretende
lograr reconocimiento por medio de derechos legalmente establecidos,
y el "lenguaje de los derechos" es un medium universal.
Pero el impulso hacia la autosegregación deja básicamente
una sola senda abierta: la de la violencia entre las diferencias
que no saben hablar un lenguaje en común.
III
Este dilema
irresuelto, y quizás imposible de resolver, nos conduce al
punto más fuerte de la agenda política de la condición
posmoderna: la política de la vida o bio/política.
La bio/política es heredera de la política de clases
y es su descendiente más directo. El fin de la política
de clases no parte de que la cuestión social se haya resuelto
o de que se haya establecido una homogeneidad social fundada en
la justicia social o en la igualdad. Salvo en aquellos países
que gozan de un sólido Estado de bienestar, en todos los
demás la cuestión social se ha resuelto de un modo
peor del que era factible (al mismo tiempo que la versión
fuerte del Estado de bienestar se halla ahora en crisis). Y, según
he tratado de explicar, la cuestión social no se ha de resolver
nunca "para bien". La política de clase se ha sustentado
tradicionalmente sobre premisas y expectativas distintas a la reparación
de agravios particulares. El acontecimiento fundacional de la dinámica
de la modernidad, la Revolución Francesa, intentó
desesperadamente prevenir el surgimiento de una escisión
de clases en el orden político que por primera vez se creaba,
y ello por dos razones: 1) los revolucionarios franceses temían
que los conflictos de clase dieran al traste con la libertad política
y 2) consideraban a las clases como vestigios de los estamentos
feudales. Los dos remedios propuestos por los primeros estadistas
de la modernidad -la felicidad pública y la cohesión
nacional- nunca desaparecieron de la agenda política de la
modernidad, pero jamás han impedido que el conflicto de clases
sea el principal campo del conflicto político. Marx dio un
giro dialéctico también a esta cuestión. Por
un lado, el proletariado que él construyó filosóficamente,
tan distinto de la clase obrera empírica, habría de
intensificar su existencia de clase y su separación de clase;
tal era la vía ancha y recta hacia la victoria. Por otra
parte, dicha clase -más consciente de su existencia de clase
que cualquier otra clase anterior a ella- era la última de
la "prehistoria". Una vez producida su anunciada victoria,
seguiría un mundo por entero sin clases. El gran relato del
"fin de las clases" pertenece a la política de
clase en la misma medida en que la creencia en los "efectos
saludables" -política, cultural y moralmente- de la
segregación que se proponen a grupos humanos enteros; la
creencia en lo uno y en lo otro, también ha desaparecido
ya. Los actores sociales están todavía demasiado acostumbrados
a formular sus intereses materiales en términos de grupo,
porque ésa es la condición previa para que aumenten
su agresividad política. Pero esos mismos actores parecen
haber dejado de creer que su coexistencia colectiva deba ser otra
cosa que una demostración temporal de sus intereses comunes.
La cultura
de clase se ha convertido en una curiosidad folclórica. La
revolución educativa de la democracia de masas proporciona
a la gente, con independencia de su clase, una misma cultura (o
pseudocultura). Tampoco ha quedado, después del tremendo
fiasco del comunismo, creencia de ninguna índole en una sociedad
"sin clases"; el estilo de vida de la nomenklatura contaba
al resto del mundo una fábula casi tan descorazonadora como
la del terror político.
El tránsito
de la política de clases a la "bio-política",
a una agenda política cuyos principales puntos son la raza
o etnicidad, el género o sexo y las cuestiones del medio
ambiente, es tan sólo una mudanza de vocabulario. En parte,
este tránsito es en verdad equivalente a una "traducción";
por ejemplo, los peligros implícitos en la existencia de
una subclase o subproletariado demasiado descomunal se pueden presentar
también como un asunto racial. Pero en su mayor parte la
"bio-política" tiene propuestas visiblemente distintas
de las que tenía la política de clases.
Marx creyó
que el mérito principal del capitalismo estribaba en que
era una sociedad "puramente social", en la que ni el nacimiento
(una contingencia genética) ni cualquier otro factor "natural"
definían a la jerarquía humana. (De esta guisa, la
sociedad era "lo único" que era menester cambiar
para el logro de la "emancipación humana".) Desde
el punto de vista de la "bio-política", ese carácter
puramente social del capitalismo (o de la modernidad) se revela
como la tiranía de un racionalismo abtracto que elimina la
cualidad especifícamente humana inscrita en el cuerpo. Como
señaló Foucault, el cuerpo está en la prisión
del alma. Según sostuvo Merleau-Ponty, Marx interpretó
la lucha de clases en el capitalismo como el tipo singular de violencia
que pone fin a toda violencia, como la violencia racional que avanza
hacia el discurso de la autocomprensión del proletariado,
como una eliminación parcial, en este sentido, de la sinrazón
de la historia. Por el contrario, la bio-política subraya
la importancia del "minidiscurso", la inescrutabilidad
e intraducibilidad del Otro, la epistemología especial (de
género o de raza) hasta el extremo de una segregación
genética.
No puede
caber duda de que la fase presente es el resultado de una revolución
dual y muy importante: la del proceso autoemancipatorio de las mujeres
y de aquellas razas que han tenido que resistir pasivamente las
tendencias de asimilación implacable de una cultura universalista.
Pero en su forma presente es un severo desafío a la modernidad
en un sentido doble. En primer término, es así a causa
de su dialéctica no intencionada. Aunque es cierto, por ejemplo,
que mientras la violencia contra las mujeres sea parte cotidiana
de nuestra cultura, la modernidad no puede considerarse emancipada.
Pero la "bio-localización" de este vocabulario
produce de suyo una excesiva violencia. La modernidad ha desarrollado
mecanismos, en buena medida debido a la influencia del liberalismo
y su espíritu legalista, que en parte subliman la violencia
en la cultura, y hasta cierto punto lo hacen en los dos subsistemas
"domesticados" de la economía y el derecho. Una
vez que estas mediaciones quedan desechadas por ser demasiado universalistas
y, por lo tanto, opresivas, y la resolución de conflictos
regresa a una inmediatez cuerpo-a-cuerpo, puede darse por eliminado
uno de los pocos puntos respecto de los cuales la modernidad representa
un "progreso" (ganancias sin sus correspondientes pérdidas).
La cuestión política, tan crucial para
la condición posmoderna, es y producirá siempre el
excedente cultural por medio del cual la política posmoderna
encontrará a su hermana gemela en la creación cultural.
Al lado de las exigencias cotidianas de la vida pública y
de la miseria a menudo aterradora en tantas gentes, en tantas áreas
del mundo, esta condición previa parece algo esencialmente
etéreo, la parasitaria preocupación del esteta por
el "estilo" de la política. Sin embargo, esta corriente
de pensamiento ha sido guiada de principio a fin por la convicción
de que, aunque la política de la modernidad tenga que purgarse
de sus ponsoñozas ilusiones de grandeur, sin una nueva alianza
entre política y cultura, el destino de la modernidad se
hallará aún en el alero y la pregunta "¿puede
sobrevivir la modernidad?" quedará sin respuesta.
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