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En el terreno
más familiar de la literatura moderna, el francés
ha seguido ejerciendo una poderosa influencia sobre el inglés.
A pesar de la observación deliciosamente sarcástica
de Southey, que la poesía en francés es tan imposible
como en chino, la poesía inglesa y norteamericana de los
últimos cien años sería inconcebible sin el
francés. Empezando por el artículo de Swinburne sobre
Las flores del mal de Baudelaire, publicado en The Spectator en
1862, y las primeras traducciones de la poesía de Baudelaire
al inglés, que datan de 1869 y 1870, los poetas modernos
de Gran Bretaña y Norteamérica no han cesado de volver
los ojos a Francia en busca de ideas nuevas. El artículo
de Saintsbury en un número de 1875 de The Fortnightly Review
nos brinda un ejemplo. "No era solamente una admiración
por Baudelaire lo que tenía que infundirse en los lectores
ingleses", escribió, "sino la imitación
de Baudelaire lo que, con la misma urgencia, tenía que mostrarse
como prioridad ante los escritores ingleses."
A lo largo
de las décadas de 1870 y 1880, en gran medida inspirados
en Theodore de Banville, muchos poetas ingleses comenzaron a experimentar
con las formas del verso francés (baladas, lais, virelais
y rondós); y las ideas del "arte por el arte" de
Gautier constituyeron una fuente importante para el movimiento prerrafaelista
de Inglaterra. Hacia los noventa, con el advenimiento de The Yellow
Book [El libro amarillo] y del decadentismo, la influencia de los
simbolistas franceses se expandió a lo largo y a lo ancho.
En 1893, por ejemplo, Mallarmé recibió una invitación
para dar una conferencia en Oxford: un signo de la estima que suscitaba
en los ojos ingleses.
También
es verdad que en inglés se escribió poco de valía
como resultado de las influencias francesas en ese periodo, pero
el camino estaba listo para los descubrimientos de dos jóvenes
poetas norteamericanos, Pound y Eliot, realizados en la primera
década del nuevo siglo. Cada uno llegó al francés
de manera independiente, y cada uno se inspiró para escribir
una clase de poesía que nunca antes había registrado
el inglés. Eliot escribiría más tarde que "...
la clase de poesía que yo necesitaba para enseñarme
el uso de mi propia voz no existía del todo en Inglaterra,
y habría de encontrarla en Francia." Por lo que toca
a Pound, afirmó sin más que "prácticamente
todo el desarrollo del arte del verso inglés se ha logrado
gracias a robos en el francés".
Los poetas
ingleses y norteamericanos que conformaron el grupo imagista en
los años anteriores a la primera Guerra Mundial fueron los
primeros en comprometerse en una lectura crítica de la poesía
francesa, con el propósito no tanto de imitar el francés
como de rejuvenecer la poesía en inglés. A poetas
más o menos ignorados en Francia, como Corbière y
Laforgue, se les confirió una importancia de primer orden.
El artículo de F. S. Flint publicado en The Poetry Review
(Londres) en 1912 y el de Ezra Pound, publicado en Poetry (Chicago)
en 1913, hicieron mucho en favor de esa nueva lectura del francés.
Independiente de los imagistas, Wilfred Owen vivió varios
años en Francia antes de que estallara el conflicto bélico,
y cultivó una relación estrecha con Laurent Tailhade,
un poeta admirado por Pound y su círculo. Eliot comenzó
a leer a los poetas franceses a temprana edad, es decir en 1908,
cuando todavía era un estudiante de Harvard. Bastaron sólo
dos años para que estuviera en París, leyendo a Claudel
y a Gide y asistiendo a las conferencias que impartía Bergson
en el Collège de France.
Hacia los
días en que se realizó la exposición Armory
en 1913, las tendencias más radicales del arte y la escritura
franceses se habían desplazado a Nueva York, donde encontraron
un hogar en la galería de Alfred Stieglitz, ubicada en el
número 291 de la Quinta Avenida. Muchos de los nombres asociados
con la vanguardia norteamericana y europea participaron en esa conexión
París-Nueva York: Joseph Stella, Marsden Hartley, Arthur
Dove, Charles Demuth, William Carlos Williams, Man Ray, Alfred Kreymborg,
Marius de Zayas, Walter C. Arensberg, Mina Loy, Francis Picabia
y Marcel Duchamp. Bajo la influencia del cubismo y Dadá,
de Apollinaire y el futurismo de Marinetti, varias revistas llevaron
el mensaje de la vanguardia a los lectores norteamericanos: 291,
The Blind Man, Rongwrong, Broom, New York Dada y The Little Review,
que nació en Chicago en 1914, vivió en Nueva York
de 1917 a 1927 y murió en París en 1929. Leer la lista
de los colaboradores de The Little Review es entender hasta qué
punto la poesía francesa había permeado la escena
norteamericana. Además de trabajos de Pound, Eliot, Yeats
y Ford Madox Ford, así como su colaboración más
célebre, el Ulises de James Joyce, la revista publicó
a Breton, Eluard, Tzara, Péret, Reverdy, Crevel, Aragon y
Soupault.
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De
Chirico:
Apollinare
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Empezando
con Gertrude Stein, que llegó a París mucho antes
de la primera Guerra Mundial, la historia de los escritores norteamericanos
que residieron en París durante los veinte y los treinta
es casi idéntica a la historia de la literatura norteamericana
misma. Hemingway, Fitzgerald, Faulkner, Sherwood Anderson, Djuna
Barnes, Kay Boyle, e. e. cummings, Hart Crane, Archibald McLeish,
Malcolm Cowley, John Dos Passos, Katherine Anne Porter, Laura Riding,
Thornton Wilder, Williams, Pound, Eliot, Glenway Wescott, Henry
Miller, Harry Crosby, Langston Hughes, James T. Farrell, Anäis
Nin, Nathaniel West, George Oppen: todos ellos y otros más
visitaron París o vivieron ahí mismo. La experiencia
de esos años ha saturado la conciencia norteamericana a tal
punto que la imagen
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Gertrude
Stein
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del joven
escritor muriendo de hambre mientras realiza su aprendizaje en París
se ha convertido en uno de nuestros mitos literarios más
duraderos.
Sería
absurdo creer que cada uno de esos escritores recibió la
influencia del francés de manera directa. Pero sería
igualmente absurdo creer que fueron a París sólo porque
era un lugar barato para vivir. En la revista más seria y
vigorosa de la época, transition, escritores norteamericanos
y franceses publicaron lado a lado, y la dinámica de este
intercambio condujo a lo que ha sido probablemente uno de los periodos
más fecundos de nuestra literatura. Ni siquiera la ausencia
de París cancela el interés por las cosas francesas.
El más francófilo de todos nuestros poetas, Wallace
Stevens, jamás puso un pie en Francia.
Desde los
veinte, poetas norteamericanos y británicos han estado traduciendo
constantemente a sus colegas franceses -no sólo como un ejercicio
literario sino como un acto de descubrimiento y pasión. Consideren,
por ejemplo, estas palabras del prefacio que escribió John
Dos Passos en 1930 para sus traducciones de Cendrars: "...A
un joven que acaba de empezar a leer versos en el año de
1930 no le sería fácil darse cuenta de que este método
de juntar palabras apenas acaba de llegar a un periodo de virilidad,
experimentación intensa y significados que atañen
la vida cotidiana... Por el bien de este hipotético joven
y por la confusión de humanistas, editores pacatos, compiladores
de antologías y poetas laureados, sonetistas y lectores de
bodrios, creo que no ha sido en vano el intento de traducir al inglés
la vitalidad, la informalidad y la cotidianidad de estos poemas
de Cendrars..." O T. S. Eliot, que escribió ese mismo
año una nota introductoria para su traducción de Anábasis:
"Creo que se trata de una obra literaria de la misma importancia
del último trabajo de James Joyce, tan valiosa como Anna
Livia Plurabelle.Y esto es ciertamente muy meritorio." O Kenneth
Rexroth, en el prefacio a sus traducciones de Reverdy de 1969: "Entre
todos los poetas modernos de las lenguas europeas occidentales,
Reverdy ha sido sin lugar a dudas la influencia que ha iluminado
mi trabajo -mucho más que cualquier otro de un inglés
o un norteamericano-; y conocí y amé su obra desde
que leí por primera vez Les Épaves du ciel siendo
un adolescente."
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Paul
Eluard |
Como lo
hace constar la lista de los traductores incluidos en este libro,
muchos de los poetas contemporáneos más importantes
de Norteamérica y Gran Bretaña han sometido su pluma
a la prueba de la traducción del francés, entre otros:
Pound, Williams, Eliot, Stevens, Beckett, MacNeice, Spender, Ashbery,
Blackburn, Bly, Kinnell, Levertov, Merwin, Wright, Tomlinson, Wilbur,
por mencionar sólo algunos de los nombres más conocidos.
Sería difícil imaginar su obra si no hubieran sido
conmovidos en cierta medida por el francés. Y sería
todavía más difícil imaginar la poesía
de nuestra lengua si esos poetas no hubieran formado parte de ella.
En cierto sentido, esta antología habla tanto de la poesía
norteamericana y británica como de la poesía francesa.
Su propósito no sólo estriba en presentar el trabajo
de los poetas franceses en su lengua original, sino ofrecer traducciones
de ese mismo trabajo tal como nuestros propios poetas lo han re-imaginado
y re-presentado. Por lo tanto, esta antología puede ser leída
como un capítulo de nuestra propia historia poética.
II
La
tradición francesa y la tradición inglesa en esta
época se encuentran en polos opuestos. La poesía francesa
es más radical, más total. En un modo absoluto y ejemplar
ha asimilado la herencia del romanticismo europeo, un romanticismo
que se inicia con William Blake y románticos alemanes como
Novalis; y culmina -con Baudelaire y los simbolistas de por medio-
en la poesía francesa del siglo XX, particularmente en el
surrealismo. Es una poesía donde el mundo se convierte en
escritura y el lenguaje en el doble del mundo.
Octavio
Paz
Por el
otro lado, este exceso también es verdad: si bien ha existido
un interés constante hacia la poesía francesa durante
los últimos cien años de parte de los poetas británicos
y norteamericanos, el entusiasmo hacia el francés frecuentemente
se ha visto atemperado por cierta cautela, incluso hostilidad, ante
las prácticas literarias e intelectuales de Francia. Esto
ha tenido más validez por lo que toca a los británicos
que a los norteamericanos; sin embargo, el establishment literario
de Norteamérica conserva una fuerte orientación anglofílica.
Uno sólo tiene que comparar las corrientes dominantes de
la filosofía, de la crítica literaria o de la novela
para darse cuenta del enorme golfo que divide a las dos culturas.
Muchas
de esas diferencias residen en las particularidades que separan
a las dos lenguas. Aunque el inglés se deriva en gran medida
del francés, sigue nutriéndose indudablemente de sus
fuentes anglosajonas. Al contrario de la gravidez y la substancialidad
que se encuentra en la obra de nuestros grandes poetas (Milton,
por nombrar uno, o Emily Dickinson), que personifican una conciencia
del contraste entre el espeso énfasis del anglosajón
y la conceptualidad aérea del francés/latín
-y que confrontan en repetidas ocasiones-, la poesía francesa
con frecuencia nos parece ligera o estar compuesta por dosis líricas
etéreas y muy poco más. El francés es por naturaleza
un medio menos ductil que el inglés. Lo cual no quiere decir
que sea más débil. Si la escritura inglesa ha marcado
como su territorio el mundo de lo tangible, de la presencia concreta,
del accidente sobre la superficie, el lenguaje literario francés
ha sido durante mucho tiempo el lenguaje de las esencias. Si Shakespeare,
por ejemplo, nombra más de quinientas flores en sus obras
de teatro, Racine prefiere únicamente la palabra "flor".
En conjunto, el vocabulario de los dramaturgos franceses está
conformado por escasas quince mil palabras, mientras que este conteo
en las obras de Shakespeare rebasa las veinticinco mil. El contraste,
de acuerdo con Lytton Strachey, se da en términos de una
"comprehensión" y una "concentración".
"El objetivo supremo de Racine", escribe Strachey, "no
consiste en producir una obra de arte ni extraodinaria ni compleja,
sino una obra de arte sin deficiencias; deseaba ser en todo momento
conciso y nada impertinente. Concebía el drama como algo
breve, inevitable: una decisión tomada en medio de una crisis,
sin redundancias, no importa cuán interesantes pudieran ser;
sin complicaciones, no importa cuán sugerentes; sin momentos
irrelevantes, no importa cuán hermosos. Por el contrario,
debía ser directo, intenso, vigoroso y espléndido,
sin nada más que su propia fuerza consubstancial." En
fecha más reciente, el poeta Yves Bonnefoy ha definido al
inglés como un "espejo" y al francés como
una "esfera", el primero aristotélico por su aceptación
de lo que es, el segundo platónico por su disponibilidad
a hacer elucubraciones en torno "a una realidad diferente,
un reino diferente".
Samuel
Beckett, que ha pasado una gran parte de su vida escribiendo en
las dos lenguas, traduciendo su propio trabajo del francés
al inglés y del inglés al francés, es sin duda
uno nuestros testigos más confiables en lo que respecta a
las capacidades y las limitaciones de ambas lenguas. En una de sus
cartas de mediados de los cincuenta, se quejaba de las dificultades
de traducir al inglés Fin de partie (Endgame). La frase en
que Clov le dice a Hamm: "Il n'y a plus roues de bicyclette"
ofrecía un problema particular. En francés, según
Beckett, la frase significaba que las ruedas de bicicleta como una
categoría habían dejado de existir, que no había
más ruedas de bicicleta en el mundo. Sin embargo, el equivalente
inglés "No hay más ruedas de bicicleta"
significaba simplemente que no había más ruedas de
bicicleta disponibles, que no las había donde supuestamente
uno podía encontrarlas. Un mundo de diferencia subyace en
ese punto, debajo de una similitud aparente. Así como los
esquimales cuentan con más de veinte palabras para referirse
a la nieve (un ejemplo utilizado con frecuencia), lo cual significa
que son capaces de vivir la experiencia de la nieve en formas mucho
más acusadas y elaboradas que las nuestras -literalmente:
ven cosas que nosotros no podemos ver-, los franceses viven dentro
de su propia lengua en formas que no tienen nada que ver con las
formas en que nosotros vivimos dentro del inglés. No hay
juicio de ninguna especie que pueda remitirse a esa observación.
Si la mala poesía francesa tiende a las abstracciones casi
mecánicas, la mala poesía inglesa y norteamericana
ha tendido a ser demasiado terrestre y pesada, sumida en la trivialidad
y la incongruencia. Es difícil quedarse con cualquiera de
los dos males. Pero es útil recordar que un buen poema en
francés no es necesariamente lo mismo que un buen poema en
inglés.
Los franceses
han tenido su Academia durante más de trescientos años.
Es una institución que al mismo tiempo expresa y contribuye
a perpetuar una noción de literatura mucho más grandiosa
que cualquier otra cosa que hayamos conocido en Inglaterra o en
Norteamérica. Como punto de vista oficial, ha provocado que
lo literario se deslinde del reino de lo cotidiano; mientras que
los escritores ingleses y norteamericanos se han sentido en general
a sus anchas en el paso de todos los días. Sin embargo, porque
han instituido una tradición en contra de la cual pueden
reaccionar, los poetas franceses han tendido paradójicamente
a ser más rebeldes que sus colegas británicos y norteamericanos.
Las presiones del conformismo han dado como resultado concreto la
génesis de una anti-tradición, que en muchos modos
ha usurpado el lugar de la tradición establecida como cauce
primordial de la literatura francesa. Empezando por Villon y Rabelais,
siguiendo con Rousseau, Baudelaire, Rimbaud y el culto del poéte
maudit, y más adelante, ya en el siglo XX, con Apollinaire,
el movimiento Dadá y los surrealistas, el francés
ha combatido de manera sistemática y desafiante las nociones
convencionales de su propia cultura -en primer lugar, porque la
certeza de que esa cultura existe los ha mantenido a buen resguardo.
Las lecciones de la anti-tradición se han asimilado a tal
punto que hoy día más o menos se dan por hecho.
Por el
contrario, el gran interés que mostraron Pound y Eliot hacia
la poesía francesa (y, en el caso de Pound, también
hacia la poesía de otras lenguas) puede ser entendido no
tanto como un ataque en contra de la cultura angloamericana sino
como un esfuerzo por crear una tradición: maquilar un pasado
que podría de alguna manera llenar el vacío inherente
a la juventud de Norteamérica. La naturaleza de este impulso
era esencialmente conservadora. Con Pound, degeneró en una
propaganda fascista; con Eliot, en una piedad anglicana y una obsesión
con la idea de Cultura. Sería un error, sin embargo, establecer
una simple dicotomía entre el radicalismo y el conservadurismo
y colocar todas las cosas francesas en la primera categoría
y todas las cosas inglesas y norteamericanas en la segunda. Los
elementos más subversivos e innovadores de nuestra literatura
han aterrizado frecuentemente en los lugares más inapropiados,
y en consecuencia han sido absorbidos por la cultura tarde o temprano.
Las canciones de cuna, que forman una parte esencial de la primera
educación de todos los niños de habla inglesa, no
existen como tal en Francia. Asimismo, las grandes obras de la literatura
victoriana para niños (Lewis Carroll, George Macdonald) no
tienen un equivalente en francés. Por lo que toca a Norteamérica,
siempre ha tenido un espíritu Dadá propio, hecho en
casa, el cual no ha dejado de existir como una fuerza natural, sin
necesidad de manifiestos o fundaciones teoréticas. Las películas
de Buster Keaton y W. C. Fields, las sátiras de Ring Lardner,
los dibujos de Rube Goldberg, sin lugar a dudas igualan la exuberancia
corrosiva de cualquier cosa que se haya hecho en Francia durante
ese mismo periodo. Como Man Ray (oriundo de Norteamérica)
escribió a Tristan Tzara desde Nueva York en 1921, en una
carta sobre la posible expansión del movimiento Dadá
a los Estados Unidos: "Cher Tzara: Dadá no puede vivir
en Nueva York. Todo Nueva York es Dadá, y no tolerará
un rival..."
Tampoco
debemos creer que la poesía francesa del siglo XX está
sentada ahí afuera como una entidad conveniente y autónoma.
Lejos de constituir un cuerpo de trabajo unitario que reside cómodamente
dentro de los límites de un país, la poesía
francesa de este siglo es variada, tumultuosa y contradictoria.
No existe un caso típico, sino una horda de excepciones.
Porque, de hecho, un gran número de los poetas más
originales e influyentes nacieron en otros países o pasaron
una parte sustancial de sus vidas en el extranjero. Apollinaire
nació en Roma de una mezcla de sangre polaca e italiana;
Milosz era lituano; Segalen pasó sus años más
productivos en China; Cendrars nació en Suiza, escribió
su primer poema mayor en Nueva York y hasta que tuvo más
de cincuenta años rara vez permaneció en Francia el
tiempo suficiente para recoger su correspondencia; Saint-John Perse
nació en Guadeloupe, trabajó durante muchos años
en Asia como diplomático y vivió casi exclusivamente
en Washington, D. C., desde 1941 hasta su muerte en 1949; Supervielle
era de Uruguay y la mayor parte de su vida dividió su tiempo
entre Montevideo y París; Tzara nació en Rumania y
llegó a París por vía de las aventuras Dadá
en el Cabaret Voltaire de Zurich, donde solía jugar ajedrez
con Lenin; Jabès nació en el Cairo y vivió
en Egipto hasta que tuvo cuarenta y cinco; Césaire es de
Martinique; du Bouchet es en parte norteamericano y fue educado
en Amherst y Harvard; y casi todos los poetas más jóvenes
que fueron incluidos en esta antología han estado largas
temporadas tanto en Inglaterra como en Norteamérica. La visión
estereotípica del poeta francés como una criatura
de París, como un surtidor xenófobo de valores franceses,
sencillamente no se sostiene. Mientras más conocemos el trabajo
de estos poetas, más reacios nos volvemos a hacer cualquier
generalización acerca de ellos. Al fin y al cabo, lo único
que podemos decir con certeza es que todos ellos escriben en francés.
Una antología,
por lo tanto, es una especie de trampa que tiende a cerrrarnos el
acceso a los poemas, incluso cuando los pone a nuestro alcance.
Al reunir el trabajo de tantos poetas en un solo volumen, nos vemos
tentados a considerarlos como si fueran un grupo, a disolver su
individualidad en la gran olla de la literatura. Así pues,
incluso antes de leerla, la antología se convierte en una
especie de cena cultural, un muestrario de platillos nacionales
servidos para el consumo popular, como si dijéramos: "He
aquí a la poesía francesa. Cómanla. Es buena
para la salud." Aproximarse a la poesía de ese modo
es perder el piso por completo: nos impide realizar una lectura
atenta del poema tal como está impreso en la página.
Y eso, después de todo, es la obligación primordial
de todo lector. Uno debe resistirse a la idea de ver una antología
como si fuese la última palabra con respecto al tema en cuestión.
No es más que la primera palabra, una ventana abierta a un
espacio nuevo.
III
Al
fin estás harto de este mundo antiguo.
Guillaume
Apollinaire
El sitio
lógico para comenzar este libro es Apollinaire. Aunque no
fue el primero en nacer de los poetas incluidos, ni el primero en
haber escrito en un idioma conscientemente moderno, parece encarnar,
más que cualquier otro artista de su tiempo, las aspiraciones
estéticas de la primera parte del siglo. En su poesía,
que va desde graciosas composiciones líricas de tema amoroso
a arriesgados experimentos, desde la rima hasta el verso libre para
"aguzar" los poemas, manifiesta una nueva sensibilidad,
a un tiempo heredera de las formas del pasado y a sus anchas en
el mundo de los automóviles, los aeroplanos y las películas.
Como incansable promotor de los pintores cubistas, fue el imán
que concentró a muchos de los mejores artistas y escritores
de la época, y poetas como Jacob, Cendrars y Reverdy conformaron
una parte importante de su círculo. El trabajo de estos tres,
al lado del de Apollinaire, ha sido definido varias veces con el
término "cubista". Si bien hay diferencias enormes
entre ellos, tanto en sus métodos como en sus tonos, comparten
cierto punto de vista, en especial en lo que atañe a los
cimientos epistemológicos de sus obras. El simultaneísmo,
la yuxtaposición y una acusada sensibilidad hacia lo real
son características que se encuentran en los cuatro, y cada
uno de ellos las explota con distintos fines poéticos.
Cendrars,
a un tiempo más corrosivo y voluptuoso que Apollinaire, dijo:
"todo a mi alrededor se mueve", y su obra oscilaría
entre las dos soluciones implícitas en tal afirmación:
por un lado, reverberaciones sensoriales en trabajos como Diecinueve
poemas elásticos y por otro el realismo instantáneo
de sus poemas de viaje (originalmente se titularon Kodak pero tuvieron
que cambiar debido a la presión que ejerciera la compañía
fotográfica del mismo nombre, por el de Documentarie), como
si cada uno de esos poemas fuera el registro de un solo momento,
que se prolongara no más de lo que tarda un fotógrafo
en apretar el obturador de su cámara. Con Jacob, cuyo trabajo
más importante se encuentra en su colección de poemas
en prosa de 1917, Le Cornet a dés, el impulso se dirige a
una comedia anti-lírica. Su lenguaje está haciendo
una erupción incesante que raya en el ludismo (retruécanos,
parodias, sátiras) y obtiene su mayor placer en desenmascarar
las imposturas de las apariencias: nada es lo que parece ser, todo
está sujeto a metamorfosis y los cambios siempre ocurren
en forma inesperada, con una velocidad relampagueante.
Reverdy,
en cambio, recurre a varios de esos mismos principios, pero con
objetivos mucho más oscuros. Aquí, una acumulación
de fragmentos se sintetiza en una aproximación completamente
nueva a la imagen poética. "La imagen es una creación
pura de la mente", escribió Reverdy en 1918. "No
puede nacer de una comparación sino de una yuxtaposición
de dos realidades más o menos distantes. Mientras la relación
entre esas dos realidades yuxtapuestas sea más distante y
verdadera, más poderosa será la imagen: más
grande será su poder emotivo y su realidad poética."
Los extraños paisajes de Reverdy, que combinan una intensa
interioridad con una proliferación de datos sensuales, llevan
en sí los signos de una búsqueda continua de una totalidad
imposible. Casi místicos en sus efectos, sus poemas están
anclados sin embargo en las minucias del mundo cotidiano; en su
quietud, a veces una música monótona, el poeta parece
evaporarse, borrarse del pueblo fantasma que él mismo ha
creado. El resultado es a un tiempo hermoso y
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perturbador
-como si Reverdy hubiera vaciado el espacio del poema para permitir
que lo habite el lector.
Una atomósfera
similar se produce a veces en los poemas en prosa de Fargue, cuyo
trabajo precede cronológicamente al de cualquier otro poeta
incluido en esta antología. Fargue es el poeta supremo de
la modernidad de París, y la mitad de sus escritos, en su
totalidad, hablan de la ciudad misma. En sus delicadas, líricas
configuraciones de la memoria y la percepción, que conservan
un eco de sus predecesores simbolistas, existe una atención
al detalle combinada con una rigurosa subjetividad que transforma
la metrópoli en un inmenso paisaje interior. El poema de
los testimonios es simultáneamente el poema de los recuerdos,
como si en el acto solitario de ver el mundo se reflejara de nuevo
hacia su fuente irreparable, y luego se reflejara en el interior
como el producto de una visión. En Larbaud, amigo íntimo
de Fargue, también podemos encontrar un vestigio de las postrimerías
del siglo XIX. A. O. Barnabooth, el supuesto autor de los mejores
libros de poemas de Larbaud (en la primera edición de 1908
el nombre de Larbaud no fue incluido deliberadamente en la página
titular), es un rico sudamerciano de veinticuatro años, un
ciudadano naturalizado de Nueva York, un huérfano, un trotamundos,
un joven muy sensible y melancólico -una versión más
simpática y jocosa del tradicional héroe dandy. De
acuerdo con las explicaciones posteriores de Larbaud, él
quería inventar un poeta "sensible a la diversidad de
razas, de pueblos y países; alguien que pudiera encontrar
un toque de exotismo en cualquier parte...; ingenioso e 'internacional',
un poeta, en una palabra, capaz de escribir como Whitman pero en
una vena ligera, y de proporcionar la nota de cómica y gozosa
irresponsabilidad que hace falta en Whitman." Como en los poemas
de Apollinaire y Cendrars, Larbaud-Barnabooth expresa un placer
casi eufórico ante las sensaciones de los viajes: "Viví
por primera vez el placer de estar/en un compartimento del Nord-Express..."
Sobre Barnabooth escribió André Gide: "Amo su
prisa, su cinismo, su glotonería. Estos poemas, fechados
aquí y allá y en todas partes, nos dejan tan sedientos
como una carta de vinos... En este libro en particular, el retrato
de cada sensación, no importa cuán correcto o dudoso
pueda ser, adquiere validez en virtud de la velocidad con que es
suplantado."
La obra
de Saint-John Perse también conlleva una parecido definitivo
con la de Whitman -tanto en la naturaleza de sus estrofas como en
la fuerza itinerante y sedimentaria de sus largos alientos sintácticos.
Si Larbaud en cierto sentido domestica a Whitman, Saint-John Perse
lo lleva más allá del universalismo, en una búsqueda
de las grandes armonías cósmicas. La voz del poeta
es mítica si se contrasta con su campo de visión,
como si, por medio de su retórica tronante y suntuosa, hubiera
venido a la vida con el único propósito de conquistar
el mundo. A diferencia de la mayoría de los poetas de su
generación, que hicieron las paces con la temporalidad y
usaron la idea de cambio como premisa de su obra, el combustible
de los poemas de Saint-John Perse es una urgencia casi platónica
de encontrar lo eterno. Milosz también es un caso aparte
de sus contemporáneos. Estudioso de los místicos y
los alquemistas, Milosz combina el catolicismo y el cabalismo con
lo que Kenneth Rexroth ha llamado un "sensualismo apocalíptico",
y su obra debe mucha de su inspiración al tratado numerológico
de los nombres, las transposiciones de letras, las combinaciones
anagramáticas y acronímicas y otras prácticas
lingüísticas ocultas. Pero, como sucede con los poemas
de Yeats, la poesía misma trasciende las restricciones de
sus fuentes poniendo de relieve, de acuerdo con John Peck: "una
gama obsesiva de sentimientos donde la melancolía personal
es también la melancolía de una era crepuscular, esa
larga hora que antecede los primeros rayos del sol, 'cuando las
sombras se desintegran'".
Otro poeta
difícil de clasificar es Segalen. Como Larbaud, que escribió
sus poemas a través de una persona ficticia; como Pound,
cuyas traducciones destacan curiosamente como sus trabajos más
notables y personales, Segalen llevó todavía más
lejos ese impulso de confrontación de uno con uno mismo y
escribió detrás de la máscara de otra cultura.
Los poemas que se encuentran en Stèles [Estelas] no son ni
traducciones ni imitaciones, sino poemas franceses escritos por
un poeta francés tal como si fuera un chino. Segalen no tenía
el propósito de tomar el pelo a nadie; nunca pretendió
que sus poemas fueran otra cosa que poemas originales. Lo que después
de una primera lectura podría parecer una especie de exotismo
literario, en una relectura posterior se muestra como una poesía
de interés universal indudable. Al liberarse a sí
mismo de las limitaciones de su propia cultura, al rodear su propio
momento histórico, Segalen estuvo en posibilidades de explorar
un terriorio mucho más vasto: descubrir, en cierto sentido,
aquella parte de él mismo que era un poeta.
Como quiera
verse, el caso de Jouve no es menos raro. Epígono de los
simbolistas en su juventud, Jouve publicó cierto número
de libros de poesía entre 1912 y 1923. Lo que definió
en términos de una "crisis moral, espiritual y estética"
en 1924 lo llevó a romper con todo ese primer trabajo, que
nunca permitió que fuera reeditado. Durante los siguientes
cuarenta años produjo un voluminoso cuerpo de escritura -sus
poemas completos abarcan más de mil páginas. Profundamente
cristiano en apariencia, la principal preocupación de Jouve
es la sexualidad, como transgresión y como fuerza creativa
-"el hermoso poder del erotismo humano"-, y su poesía
es la primera en usar en Francia los métodos del psicoanálisis
freudiano. Es una poesía sin predecesores ni seguidores.
Si su obra fue olvidada durante el periodo en que predominaron los
surrealistas -lo cual significa que el reconocimiento de los logros
de Jouve se postergó casi una generación -ahora se
le considera ampliamente como uno de los poetas más grandes
de la primera mitad del siglo.
Supervielle
también recibió la influencia de los simbolistas en
su juventud, y de todos los poetas de su generación tal vez
sea el que desarrolló un lirismo más puro. Poeta del
espacio, del mundo natural, Supervielle escribe desde una posición
de inocencia suprema. "Escribir es olvidar la materialidad
de nuestro cuerpo", señaló en 1951, "y confudir
hasta cierto punto el mundo exterior con el mundo interior... La
gente se sorprende a veces por el hechizo que me produce el mundo.
Esto nace tanto de la permanencia de mis sueños como de mi
mala memoria. Ambas cosas me llevan de sorpresa en sorpresa, y me
obligan a maravillarme ante todo."
Es este
sentido de asombro lo que mejor define quizá la obra de estos
primeros once poetas, todos los cuales comenzaron a escribir antes
de la primera Guerra Mundial. Sin embargo, a los poetas de la siguiente
generación, que crecieron durante la guerra misma, se les
negó la posibilidad de tal optimismo inocente. La guerra
no fue sólo un conflicto entre ejércitos, sino una
profunda crisis de valores que transformó las conciencias
europeas; y los poetas jóvenes, en tanto que habían
asimilado las lecciones de Apollinaire y de sus contemporáneos,
se sintieron obligados a responder a esa crisis en formas que no
tenían precedentes. Como Hugo Ball, uno de los fundadores
de Dadá, anotó en su diario en 1917: "Una cultura
de mil años de edad se desintegra. No hay columnas ni soportes,
no más fundaciones: todo ha sido destruido... El significado
del mundo ha desaparecido."
El movimiento
Dadá, que comenzó en Zurich en 1916, fue la respuesta
más radical a este sentido de colapso espiritual. Frente
a una cultura en descrédito, los dadaístas desafiaron
cada convención y ridiculizaron cada creencia de esa cultura.
Como artistas, atacaron la idea del arte mismo, transformando su
rabia en una suerte de duda subversiva, llena de un humor cáustico
y una autocontradicción deliberada. "Los verdaderos
dadaístas están en contra de Dadá", escribió
Tzara en uno de sus manifiestos.
El chiste
era no tomar nada como valor nominal ni tomar las cosas demasiado
en serio -en especial uno mismo. Las ironías socráticas
del arte de Marcel Duchamp son quizá la expresión
más pura de esta actitud. En el reino de la poesía,
Tzara no fue menos socarrón ni menos rimbombante. Esta es
su receta para escribir un poema Dadá: "Toma un periódico.
Toma un par de tijeras. Selecciona un artículo tan largo
como quieras que sea tu poema. Recórtalo. Luego recorta cuidadosamente
cada una de las palabras que forman el artículo y pónlas
dentro de una bolsa. Agítala con calma. Luego saca cada uno
de los recortes, uno después de otro. Cópialos conscientemente
en el orden en que salieron de la bolsa. El poema será idéntico
a ti. Y ahí lo tienes, un escritor infinitamente original,
con una sensiblidad encantadora, más allá de la comprensión
del vulgo." Si bien es una poesía del azar, no debe
ser confundida con la estética de la composición aleatoria.
El método propuesto por Tzara es una arremetida contra la
santidad de la Poesía, y no tiene el propósito de
elevarla al estatus de un ideal artístico. Su función
es puramente negativa. Se trata de un anti-arte en su encarnación
más temprana, "la antifilosofía de la acrobacia
espontánea".
Tzara se
mudó a París en 1919, con lo que introdujo a Dadá
en la escena francesa. Breton, Aragon, Eluard y Soupault se convirtieron
en integrantes del movimiento. Inevitablemente, éste no duró
más de unos cuantos años. Un arte de la negación
total no puede sobrevivir, porque su ambición destructiva
se abarca a sí misma en última instancia. El surrealismo
fue posible, sin embargo, gracias a que recogió las ideas
y las actitudes de Dadá. "El surrealismo es puro automatismo
psíquico", escribió Breton en su primer manifiesto
en 1924, "que tiene la intención de expresar, verbalmente,
a través de la escritura o de otros medios, el proceso real
del pensamiento y el dictado del mismo, en ausencia de todo control
impuesto por la razón y al margen de toda preocupación
moral o estética. El surrealismo descansa en la creencia
de la realidad superior de ciertas formas de asociación negadas
previamente; en la omnipotencia del sueño y en el juego desinteresado
del pensamiento."
Como Dadá,
el surrealismo no se mostró a sí mismo como un movimiento
estético. Poniendo en una ecuación el grito de Rimbaud
de cambiar la vida y el precepto de Marx de cambiar el mundo, los
surrealistas buscaron llevar a la poesía, en palabras de
Walter Benjamin, "hacia los últimos límites de
la posiblidad". Tenían el propósito de desmitificar
el arte, borrar las distinciones entre la vida y el arte y usar
los métodos de éste último para explorar las
posibilidades de la libertad humana. Para citar una vez más
a Walter Benjamin, de su presciente ensayo sobre el surralismo publicado
en 1929: "Desde Bakunin, Europa ha carecido de un concepto
radical de libertad. Los surrealistas tienen uno. Son los primeros
en liquidar el ideal de libertad liberal-moral-humanístico
porque están convencidos de que 'la libertad, que en este
mundo sólo puede adquirse por medio de los sacrificios más
arduos, debe ser disfrutada de manera irrestricta en su totalidad,
sin ningún tipo de cálculo programático, por
tanto tiempo como perdure.'" Por esta razón, el surrealismo
se asoció estrechamente con las políticas revolucionarias
(una de sus revistas se llamó incluso El surrealismo al servicio
de la revolución), coqueteando continuamente con el Partido
Comunista y desempeñanado el papel del camarada itinerante
durante la época del Frente Popular -aunque negándose
a disolver su identidad en la de una política sin más.
Constantes disputas sobre sus principios marcaron la historia de
los surrealistas, con Breton situado en medio de los activistas
y las alas estéticas del grupo, cambiando posiciones frecuentemente
como un esfuerzo por mantener un programa sólido para el
surrealismo. De todos los poetas enlazados con el movimiento, sólo
Péret fue fiel a Breton durante el periodo más largo.
Soupault, adverso por naturaleza a la idea de movimientos literarios,
perdió interés en 1927. Tanto Artaud como Desnos fueron
excomulgados en 1929 -Artaud por oponerse a los intereses políticos
del surrealismo y Desnos por comprometer supuestamente su integridad
trabajando como periodista. Aragon, Tzara y Eluard se unieron al
Partido Comunista en los treinta. Queneau y Prévert se separaron
amistosamente luego de una breve asociación. Daumal, en cuyo
trabajo Breton reconoció una afinidad con las preocupaciones
de los surrealistas, declinó una invitación de unirse
al grupo. Char, diez o doce años más joven que la
mayoría de los miembros originales, pronto manifestó
su adherencia, pero rompió más tarde con el movimiento
y se retiró a escribir lo mejor de su obra durante y después
de la guerra. La conexión de Ponge fue periférica,
y Michaux, en cierto sentido el más surrealista de todos
los poetas franceses, nunca tuvo nada que ver con el grupo.
La misma
confusión se presenta cuando uno examina la obra de estos
poetas. Si el "puro automatismo psíquico" es el
principio que subyace a la composición surrealista, sólo
Péret parece apegarse a él con rigor al escribir sus
poemas. Su trabajo es el menos interesante de todos los surrealistas
-más notable por cuanto se refiere a sus efectos cómicos
que a una develación de la "belleza convulsiva"
que Breton proclamó como la meta de la escritura surrealista.
Incluso en la poesía de Breton, con sus cambios abruptos
y sus asociaciones inesperadas, existe una corriente subterránea
de retórica consistente que hace que los poemas adquieran
coherencia como objetos del pensamiento nacidos de la razón.
Es el mismo caso de Tzara, donde el automatismo casi desempeña
el rol de un recurso retórico. Es un método de descubrimiento,
no un medio en sí mismo. En lo mejor de su obra -en especial
en el largo y multifacético Hombre aproximativo- un torrente
de imágenes se organiza a sí mismo por medio de la
repetición y la variación en una argumentación
casi sistemática, impulsándose hacia adelante, en
el modo de una composición musical.
No cabe
duda que Soupault es un artesano consciente. Si bien desarrolla
una gama limitada, su poesía manifiesta un encanto y una
humildad que no existen en la obra de los demás surrealistas.
Es un poeta de la intimidad y del pathos, a ratos extrañamente
reminiscente de Verlaine; y si sus poemas no comparten nada de la
ostentación de los de Tzara y Breton, ofrecen un acceso mucho
más inmediato, más puramente lírico. En el
mismo sentido, Desnos es un poeta que emplea un discurso simple,
y su trabajo arriba con frecuencia a una intensidad lírica
sorprendente. La totalidad de su obra abarca desde tempranos experimentos
con el lenguaje (diestros, frecuentemente deslumbrantes ejercicios
en los juegos de palabras) hasta poemas de amor en verso libre muy
conmovedores, así como poemas narrativos más extensos
y trabajos subordinados a for-
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Tristan
Tzara
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mas tradicionales.
En un ensayo que se publicó un año antes de su muerte,
Desnos define su obra como un esfuerzo "por fusionar el lenguaje
popular, incluso el más coloquial, con una 'atmósfera'
inefable, con un uso vital de la imaginería, hasta el punto
de anexar en favor nuestro los dominios que... siguen siendo incompatibles
con esa dignidad poética, perversa y epidémica, que
incesantemente rezuman los idiomas..."
Con Eluard,
seguramente el más grande de los poetas surrealistas, el
poema de amor adquiere un estatus metafísico. Su lenguaje,
tan límpido como cualquier cosa que pueda encontrarse en
Ronsard, se cimenta en estructuras sintácticas de simplicidad
extrema. Eluard recurre a la idea del amor para reflejar el proceso
poético mismo -una forma tanto para escapar del mundo como
para entenderlo. La parte irracional del hombre que casa lo interior
con lo exterior, que se arraiga en lo físico y sin embargo
trasciende la materia, es la que crea el lugar inconfundiblemente
humano donde el hombre puede descubrir su libertad. Este tema está
presente en el trabajo postrero de Eluard, en particular en los
poemas escritos durante la Ocupación Alemana, en los cuales
esa noción de libertad es transportada del reino del individuo
al reino de un pueblo entero.
Si la obra
de Eluard puede ser leída como un todo continuo, la carrera
poética de Aragon se divide en dos periodos distintos. Quizá
el más militante y provocativo de los franceses dadaístas,
éste desempeñó un papel protagónico
en el desarrollo del surrealismo y, después de Breton, fue
el teórico más activo del grupo. Atacado por Breton
en los inicios de los treinta por el tono cada vez más propagandístico
de sus poesía, Aragon se separó del movimiento y se
unió al Partido Comunista. Volvió a la poesía
hasta el estallido de la guerra, y en un modo que casi no guarda
relación con su trabajo anterior. Sus poemas de la Resistencia
lo volvieron famoso a nivel nacional; éstos se caracterizan
por su fuerza y su elocuencia, sin embargo sus métodos son
muy tradicionales, en su mayor parte están compuestos en
alejandrinos y estrofas rimadas.
Aunque
Artaud fue uno de los primeros integrantes del surrealismo (durante
un tiempo incluso llegó a dirigir El Buró Central
para la Investigación Surrealista) y aunque varios de sus
trabajos más sobresalientes fueron escritos en ese periodo,
es un escritor que se ubica fuera de las normas tradicionales de
la literatura a tal punto que resulta inútil etiquetar su
obra. Artaud no es un poeta en el sentido justo de la palabra, y
sin embargo es quien quizá tuvo la mayor influencia sobre
los poetas que vinieron después, si se le compara con cualquier
otro escritor de su tiempo. "Donde otros exhiben su trabajo",
escribió, "yo no hago más que mostrar mi mente."
Su propósito como escritor nunca consistió en crear
objetos estéticos -obras que pudieran deslindarse de su creador-,
sino en registrar el estado de conflicto mental y físico
en donde "las palabras se pudren ante los requerimientos del
cerebro". En Artaud no existe división entre vida y
escritura -y vida no en el sentido biográfico del término,
de los hechos externos, sino la vida tal como es vivida en la intimidad
del cuerpo, en la sangre que fluye por nuestras venas. Así
pues, Artaud es una especie de poeta-Ur, cuyo trabajo describe el
proceso del pensamiento y la sensibilidad antes del advenimiento
del lenguaje, antes de la posibilidad del discurso. Es simultáneamente
un grito de sufrimiento y un desafío para todas nuestras
hipótesis sobre los fines de la literatura.
En un modo
totalmente distinto al de Artaud, Ponge también ocupa un
lugar único entre los escritores de su generación.
Es un escritor de valores clásicos más elevados, y
su trabajo -la mayor parte escrito en prosa- detenta una claridad
prístina muy sensible a los matices y orígenes etimológicos
de las palabras, que Ponge ha definido como el "espesor semántico"
del lenguaje. Ha inventado una nueva clase de escritura, una poesía
del objeto que es al mismo tiempo un método contemplativo.
Detallista minucioso en sus descripciones, y permeado por doquier
de un humor elegantemente irónico, su trabajo se desarrolla
como si el objeto examinado no existiera en tanto palabra. El acto
primario del poeta, por lo tanto, deviene como el acto de ver, como
si nadie hubiera visto anteriormente esa misma cosa. Por lo tanto,
el objeto puede tener "la buena fortuna de nacer entre palabras".
Como Ponge,
que se resiste con frecuencia a los esfuerzos de los críticos
de clasificarlo como un poeta, Michaux es un escritor cuyo trabajo
evade el rigor de los géneros. Flotando libremente entre
la prosa y el verso, sus textos poseen una cualidad espontánea,
casi azarosa, que los pone en contra de las pretensiones y las perogrulladas
del gran arte. Ningún escritor francés le había
dado tanta rienda al juego de su imaginación. Una buena parte
de su trabajo más sobresaliente está situada en países
imaginarios y se lee como una especie excéntrica de antropología
de estados interiores. Aunque con frecuencia se le compara con Kafka,
Michaux se parece menos al autor de las novelas y los cuentos de
Kafka que al Kafka de los cuadernos y las parábolas. Como
sucede con Artaud, existe una urgencia de proceso en la escritura
de Michaux, un sentido de riesgo personal y necesidad para con el
acto de la composición. En una de sus primeras declaraciones
sobre su propia poesía dijo: "Escribo en un estado de
arrobamiento y para mí mismo. a) a veces para liberarme de
una tensión intolerable o de un abandono no menos doloroso.
b) a veces para un compañero imaginario, para una especie
de alter ego a quien de veras me gusta tener al día con respecto
a una transición extraordinaria que se produce en mí
o en el mundo, la cual -por lo general tengo mala memoria- creo
que descubro de una vez para siempre en, digámoslo así,
su virginidad. c) para sacudir deliberadamente lo congelado y establecido,
para inventar... Los lectores me perturban. Escribo, si usted quiere,
para el lector desconocido."
Una independencia
de aproximación idéntica está presente en Daumal,
estudioso serio de las religiones orientales, cuyos poemas tienen
que ver de manera obsesiva con la separación entre la vida
espiritual y la vida física. "El Absurdo es la forma
más pura y más básica de la existencia metafísica",
escribió, y en el espesor visionario de su obra las ilusiones
de las apariencias se derrumban sólo para transformarse más
tarde en otras ilusiones. "Los poemas sufren el asedio de una...
conciencia de la inminencia de la muerte", dice Michael Benedikt,
"entendida como el 'doble' del poeta perdido hace mucho tiempo;
y también como una personificación de la muerte en
tanto una madre siniestra, un ser preciso que anhela encontrar otros
seres para extinguirlos -pero con el único propósito
de colocarles encima, de manera perversa, el peso de metamorfosis
posteriores."
Daumal
es considerado uno de los precursores principales del "Colegio
de Patafísica", una pseudo organización literaria
secreta promovida por Alfred Jarry, la cual incluía entre
sus miembros tanto a Queneau como a Prévert. El humor constituye
el principio que ilumina el trabajo de estos dos poetas. En el caso
de Queneau se trata de un humor lingüístico, basado
en intrincados juegos de palabras, parodia, estupidez fingida y
slang. En su famoso trabajo en prosa, por ejemplo, Ejercicios de
estilo, un mismo hecho mundano se registra en noventa y nueve versiones
distintas, cada una escrita en un estilo diferente, cada una presentada
desde un punto de vista diferente. Discutiendo a Queneau en El grado
cero de la escritura, Roland Barthes define su estilo en términos
de una "escritura blanca", en la cual la literatura, por
primera vez en la historia, se ha convertido abiertamente en un
problema y una cuestión de lenguaje. Si Queneau es un poeta
intelectual, Prévert, que también se adhiere estrechamente
en su obra a patrones del habla común y corriente, es sin
lugar a dudas un poeta popular -incluso populista. Desde la segunda
Guerra Mundial nadie ha tenido en Francia una audiencia mayor, y
muchos trabajos de Prévert se han convertido en canciones
muy exitosas. Anticlerical, antimilitarista, de una actitud política
rebelde y promotor de una forma de amor entre hombre y mujer más
bien sentimentalizada, Prévert representa uno de los matrimonios
más felices entre la poesía y la cultura de masas,
y si vamos más allá del encanto de su obra, resulta
ser un valioso termómetro del gusto popular francés.
Aunque
el surrealismo continúa existiendo como un movimiento literario,
el periodo de su influencia más poderosa y de sus creaciones
más importantes llegó a su fin con el estallido de
la segunda Guerra Mundial. De la segunda generación de surrealistas
-o aquellos poetas que encontraron una fuente de inspiración
en sus métodos-, Césaire destaca como uno de sus ejemplos
más notables. Uno de los primeros escritores negros que fueron
reconocidos en Francia, fundador del movimiento négritude
-que afirma la singularidad y la dignidad de la cultura y la conciencia
de los negros- Césaire, oriundo de Martinica, mereció
las alabanzas de Breton, que descubrió su obra a fines de
la década de los treinta. El poeta africano Mazisi Kunene
ha escrito sobre Césaire: "el surrealismo era para él
un instrumento lógico con el cual se podía derribar
las formas restrictivas del lenguaje que santificaba los valores
burgeses racionalizados. El rompimiento de los patrones del lenguaje
coincidió con su propio deseo de destruir el colonialismo
y todas las formas opresivas." La poesía de Césaire,
más vívidamente quizá que el trabajo de los
surrealistas de Francia, encarna las aspiraciones gemelas de la
revolución política y estética, a tal punto
que están unidas inseparablemente.
Para muchos
poetas que comenzaron a escribir en los treinta, el surrealismo
nunca significó una tentación. Follain, por ejemplo,
cuyo trabajo ha dado pruebas de ser particularmente atractivo para
el gusto de los norteamericanos (de todos las poetas franceses recientes,
él ha sido traducido con mayor frecuencia), es un poeta de
la cotidianidad; y en la brevedad y exquisitez de su obra uno puede
encontrar un examen de los objetos no menos serio y desafiante que
el de Ponge. Asimismo, Follain es en gran medida un poeta de la
memoria ("en los campos/ de su eterna niñez/ vaga el
poeta/ con el deseo de no olvidar nada"), y sus evoaciones
del mundo, como si fuera visto a través de los ojos de un
niño, conllevan una cualidad de verdad psicológica
reverberante y epifánica. Una especie similar de realismo
y atención a los detalles de la superficie se puede encontrar
en Guillevic. Materialista por cuanto se refiere a su aproximación
al mundo, antirretórico en sus métodos, Guillevic
también ha creado un mundo de objetos, un mundo en el que,
sin embargo, el objeto es problemático: una realidad que
espera ser penetrada, ser alcanzada, pero que no se ha dado necesariamente.
Frénaud, por otro lado, aunque se le agrupa al lado de Follain
y Guillevic, es un poeta mucho más romántico que sus
dos contemporáneos. De un lenguaje efusivo, de intereses
metafísicos, ha sido comparado a veces con los existencialistas
debido a su insistencia en que el mundo del hombre es una creación
del hombre mismo. Despojado de certezas (No hay Paraíso,
reza el título de uno de sus libros), el trabajo de Fréneaud
extrae su fuerza menos de un reconocimiento del absurdo que de un
intento de hallar una base para valores positivos en el absurdo
mismo.
Si la primera
Guerra Mundial fue el hecho clave que marcó la poesía
de los veinte y los treinta, la segunda Guerra Mundial no fue menos
decisiva para determinar la clase de poesía que se escribiría
en Francia durante los cuarenta y los cincuenta. La derrota militar
de 1940 y la Ocupación Nazi se cuentan entre los momentos
más oscuros de la historia francesa. El país había
sido devastado tanto en lo emocional como en lo económico.
En ese desorden, la madurez de la poesía de René Char
se presentó como una revelación. Aforística,
fragmentaria, aliada íntima del pensamiento de Heráclito
y de los presocráticos, la poesía de Char es al mismo
tiempo un planteamiento lírico de correspondencias naturales
y una meditación sobre el proceso
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Marcel
Duchamp
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poético
mismo. Con escenarios austeros (la mayor parte de los paisajes de
Char corresponden a su natal Provenza) y con un lenguaje de una
textura áspera, su poesía que no procura ni registrar
ni evocar sentimientos, sino que busca encarnar la batalla continúa
de las palabras por ocupar un lugar en el mundo. Char escribe desde
la posición de un profundo compromiso existencial (fue un
importante líder en los campos de la Resistencia) y su obra
está permeada por un sentido de los nuevos inicios, por una
búsqueda necesaria de rescatar la vida que se oculta entre
las ruinas.
Los mejores
poetas de la generación inmediata de la posguerra compartieron
muchas de esas mismas preocupaciones. Bonnefoy, du Bouchet, Jaccottet,
Giroux y Dupin, todos ellos nacidos con cuatro años de diferencia
entre unos y otros, manifiestan en su trabajo un hermetismo vigilante
que se caracteriza por una gama de imaginería reducida conscientemente,
una gran inventiva sintáctica y un rechazo a no plantear
sino preguntas esenciales. Bonnefoy, que posee la orientación
más clásica y filosófica de los cinco, ha estado
preocupado desde hace mucho tiempo en rastrear la realidad que acecha
en "el abismo de las apariencias ocultas". "La poesía
no se interesa por la forma del mundo en sí mismo",
señaló en cierta ocasión, "sino por el
mundo en que este universo se convertirá. La poesía
sólo habla de presencias -de ausencias." Du Bouchet,
en contraste, es un poeta que huye de toda tentación que
pueda desembocar en lo abstracto. Su trabajo, que constituye tal
vez la aventura más radical de la poesía francesa
reciente, se basa en una atención rigurosa depositada en
los detalles fenomenológicos. Desnudos de metáforas,
casi vaciados de imaginería y generados por un lenguaje de
brevedad abrupta y paratáctica, sus poemas avanzan a través
de un paisaje casi desierto, un ego parlante en una búsqueda
continua de sí mismo. Una página de du Bouchet es
el reflejo de ese viaje; cada una está dominada por un espacio
blanco y las pocas palabras restantes parecen emerger de un silencio
que inevitablemente las afirmara de nuevo.
De estos
poetas es sin duda Dupin el que nutre la mayor riqueza verbal. Ceñidos
cuidadosamente, inspirados en una imaginería que hierve con
una violencia oculta, sus poemas deslumbran tanto por su energía
como por su angustia. "En esta disonancia infinita, unánime",
escribió en un poema titulado "Líquenes",
"cada grano de maíz, cada gota de sangre habla su propio
lenguaje y sigue su propio rumbo. La antorcha, que ilumina el abismo,
que lo sella, es ella misma el abismo." Más accesibles
son tanto Jacottet como Giroux. La naturaleza breve de los poemas
de Jacottet, que en ciertos sentidos se adhieren a la estética
del imaginismo, está rodeada por una quietud oriental que
puede inflarmarse en cualquier momento irradiando una epifanía.
"Para nosotros, que vivimos rodeados cada vez más por
esquemas intelectuales y por máscaras", ha escrito Jacottet,
"y que nos sofocamos en la prisión que éstos
erigen a nuestro alrededor, el ojo del poeta es la artillería
que derriba esos muros y nos devuelve, aunque sólo sea por
un instante, lo real; y con lo real, una posibilidad de vida."
Giroux, un poeta de enorme talento lírico, murió prematuramente
en 1973 y publicó un solo libro. Los pequeños poemas
de ese volumen son trabajos silenciosos, profundamente meditados,
en torno a la naturaleza de la realidad poética, exploraciones
en el espacio que media entre el mundo y las palabras; su obra ha
tenido un impacto considerable en algunos de los poetas más
jóvenes de la actualidad.
Este hermetismo,
sin embargo, no está presente de ningún modo en el
trabajo de todos los poetas del periodo de la posguerra. Dadelsen,
por ejemplo, es un poeta efusivo, que recurre al monólogo
y a variaciones en su tono, que zarpa frecuentemente hacia el slang.
Ha habido cierto número de poetas católicos importantes
en Francia en el siglo XX (La Tour du Pin,
Emmanuel, Jean-Claude Renard y Mambrino son ejemplos recientes),
pero Dadelsen, menos conocido que los anteriores, es quizá
quien mejor respresenta en su búsqueda atormentada de Dios
los límites y los peligros de la conciencia religiosa. Marteau,
por otro lado, extrae un gran caudal de su imaginería del
mito, y aunque a menudo sus preocupaciones se superponen con aquellas
de, digamos, Bonnefoy o Dupin, su obra es menos autorreflexiva que
la de ellos dos; se enfrasca menos en las luchas y paradojas de
la expresión que en el descubrimiento de la presencia de
fuerzas arquetípicas en el mundo.
Entre las
obras que comenzaron a aparecer en los sesenta, los libros de Jabès
son los más notables. Para 1963, cuando se publicó
El libro de las preguntas, Jabès ya había producido
más diez volúmenes que conformaban una importante
serie de trabajo que había suscitado comentarios como el
de Jacques Derrida: "en los últimos diez años
nada se ha escrito en Francia que no tenga un precedente en alguno
de los textos de Jabès". Un judío egipcio que
publicó cierto número de libros de poesía en
los cuarenta y los cincuenta, Jabès ha manifestado ser un
escritor de primer orden a partir de su trabajo más reciente
-en su mayoría escrito en Francia después de su expulsión
del Cairo durante la crisis de Suez. Estos libros son los más
difíciles de definir. Ni novelas ni poemas, ni ensayos ni
obras de teatro, son una combinación de todas esas formas,
un mosaico de fragmentos, aforismos, diálogos, canciones
y comentarios que incasablemente se mueven alrededor de una pregunta
central planteada por cada libro: cómo hablar de lo que no
puede expresarse. La cuestión estriba en el Holocausto, que
también es la cuestión de la literatura misma. Con
un salto de imaginación deslumbrante, Jabès aborda
el tema como si fuera uno y el mismo: "Le he hablado a usted
acerca de las dificultades de ser un judío, que es lo mismo
que la dificultad de escribir. Porque el judaísmo y la escritura
no son sino la misma espera, la misma esperanza, el mismo cansancio."
Esta determinación
de llevar la poesía hacia un territorio virgen, de romper
las distinciones establecidas entre la prosa y el verso, es quizá
una de las características más perturbadoras de la
generación de poetas más jóvenes de hoy día.
En Deguy, por ejemplo, la poesía puede hacerse prescindiendo
de cualquier elemento, y su trabajo se alimenta de una amplia gama
de materiales: desde el lenguaje técnico de la ciencia hasta
las abstracciones de la filosofía y elaborados juegos sobre
construcciones lingüísticas. En Roubaud, la búsqueda
de nuevas formas lo ha llevado a libros de estructuras sumamente
intrincadas (uno de ellos, õ, se basa en las permutaciones
del juego japonés del go) y estas formas inventadas se someten
a una explotación partiendo de una gran sordera, por lo que
no constituyen un fin en sí mismas sino medios para ordenar
los fragmentos contenidos, para colocar las piezas dentro de un
contexto más amplio e investirlas de una coherencia que no
poseerían por sí solas.
Pleynet
y Roche, dos poetas estrechamente ligados a la famosa revista Tel-Quel,
han llevado cada quien por su lado la noción de antipoesía
a una posición de combatividad extrema. La "Ars Poetica"
de Pleynet de 1964, irrisoria y al mismo tiempo extremadamente seria,
es un buen ejemplo de esa actitud. "I. UNO
NO PUEDE SABER C¯MO ESCRIBIR SIN SABER POR QUÉ. II.
EL AUTOR DE ESTA ARS POETICA NO SABE C¯MO ESCRBIR PERO ESCRIBE.
III. LA PREGUNTA 'C¯MO ESCRIBIR' RESPONDE LA PREGUNTA 'POR
QUÉ ESCRIBIR' Y LA PREGUNTA 'QUÉ ES LA ESCRITURA'.
IV. UNA PREGUNTA ES UNA RESPUESTA." La aproximación
de Roche es quizá todavía más destructiva para
con las nociones convencionales de la literatura. "La poesía
es inadmisible. Además, no existe", escribió.
Y en otra parte: "...la lógica de la escritura moderna
demanda que uno tome un partido decidido con respecto a la agonía
mortal de [esta] ideología simbolista y pasada de moda. La
escritura sólo puede simbolizar el cometido de sus funciones,
en su 'sociedad', dentro del marco de su utilización. Debe
apuntar a eso."
Esto no
quiere decir que los poemas breves y líricos no sigan escribiéndose
en Francia. Delahaye y Denis, ambos aún en los treinta, han
creado cuerpos sustanciales de trabajo en este modo más familiar
-pisando un suelo que ya antes había sido explorado por du
Bouchet y Dupin. Por otro lado, muchos de los poetas más
jóvenes, habiendo absorbido y transmutado las preguntas planteadas
por sus antecesores, están produciendo hoy día una
clase de trabajo que es tan original como exigente por cuanto se
refiere a su insistencia en la textualidad de la palabra escrita.
Aunque existen diferencias significativas entre Albiach, Royet-Journoud,
Daive, Hocquard y Veinstein, en un aspecto fundamental de su trabajo
comparten un mismo punto de vista. Su vehículo de expresión
como escritores no es ni el poema individual ni siquiera la secuencia
de poemas, sino el libro. Royet-Journoud dijo en una entrevista
reciente: "Mis libros consisten nada más en un solo
texto, cuyo género no puede ser definido... Es un libro que
escribo, y siento que la noción de género oscurece
al libro como tal." Esto es tan cierto por lo que toca al trabajo
altamente cargado y psicoerótico de Davie, a las graciosas
e irónicas narraciones de la memoria de Hocquard, a los teatros
minimalistas del proceso creativo de Veinstein, tanto como lo es
para las obsesivos "cuentos policiales" del lenguaje de
Royet-Journoud. Es aún más pertubadora la aproximación
a la escritura que se encuentra en el libro de 1971 de Albiach,
État, el trabajo más importante sin duda que ha publicado
un miembro de esta generación de poetas más jóvenes.
Keith Waldrop ha escrito al respecto: "El poema -es una sola
pieza- no progresa conforme a imágenes... La discusión,
si acaso existe, podría abarcar las siguientes proposiciones:
1) el habla cotidiana depende de la lógica, pero 2) en la
ficción, no es necesario que una palabra en particular deba
seguir a otra, por lo tanto 3) es posible cuando menos imaginar
una elección libre, una sintaxis generada por el deseo. État
es la 'épica'... de esta imaginación. Sostener un
argumento semejante... implicaría una renuncia al proyecto
en su totalidad. Sin embargo, lo que se muestra no es una serie
de emociones... el poema está escrito a conciencia; y si
bien Anne-Marie Albiach rechaza la racionalidad, resulta obvio que
escribe con una gran inteligencia..."
IV
...con
la certeza de que, en fin de cuentas,
traducir
es una locura.
Maurice
Blanchot
Cuando
estaba a punto de embarcarme en el proyecto de editar esta antología,
un amigo me dio un consejo valioso. Jonathan Griffin, que ha trabajado
como agregado cultural de Inglaterra en París después
de la guerra, que ha traducido varios libros de De Gaulle, así
como a poetas que van de Rimbaud a Pessoa, ha estado en contacto
con este tema el tiempo suficiente como para dominarlo mejor que
yo. Cada antología, dijo, tiene dos tipos de lectores: los
críticos, que juzgan el libro por lo que no está incluido
en él, y los lectores comunes, que lo leen por lo que contiene.
Me aconsejó que sobre todo tuviera en mente a este segundo
grupo. Los críticos, después de todo, viven de la
crítica y en fin de cuentas conocen bien el material. Lo
más importante era no perder de vista que la mayoría
de la gente iba a leer a casi la totalidad de esos poetas por primera
vez en sus vidas. Sólo ellos habrían de sacar el mayor
provecho de la antología.
En los
dos años que me llevó reunir el material de este libro,
con frecuencia he recordado esas palabras. Sin embargo, a menudo
ha sido difícil cumplir con ellas, porque yo mismo estoy
muy consciente de lo que no se ha incluido. Mi idea original para
la antología consistía en representar el trabajo de
casi un centenar de poetas. Aparte de los modos de escritura más
familiares, tenía la intención de recurrir a cierto
número de trabajos excéntricos, poner ejemplos de
una poesía concreta y musical, incluir varios poemas abiertos
y ofrecer algunas traducciones libres siempre que una buena versión
de un poema estuviera a mi alcance. Conforme avanzaba en la tarea,
se hacía claro que esto no sería posible. Me enfrente
a la triste situación de tratar de hacer pasar a un camello
a través del ojo de una aguja. A regañadientes, modifiqué
mi estrategia. Si tenía que escoger entre una ensalada de
poemas de muchos poetas o selecciones sustanciales del trabajo de
una cantidad más reducida de autores, no tuve que dudar mucho
para saber que la solución más atinada y coherente
era la segunda. En lugar de imaginar todo lo que me hubiera gustado
ver en la antología, procuré pensar en los poetas
que sería imposible no incluir. En consecuencia, fui rebajando
la lista paulatinamente hasta llegar a cuarenta y ocho.
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Louis Aragon
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Fueron
decisiones difíciles, y aunque me quedó con mi selección
final, lamento que algunos hayan quedado fuera .
No cabe
duda que algunas personas se preguntaran acerca de otras exclusiones.
Con el propósito de concentrar el libro en la poesía
del siglo XX, me incliné por un corte
decisivo para ubicar el sitio donde la antología debía
comenzar. El año crucial para mis propósitos fue 1876:
cualquier poeta que hubiera nacido antes no sería considerado.
Esto me pertió, libre de remordimientos, pasar por alto el
problema planteado por poetas como Valéry, Claudel, Jammes
y Péguy, todos los cuales comenzaron a escribir en las postrimerías
del siglo XIX y siguieron haciéndolo
bien entrado el XX. Aunque su trabajo coincide
cronológicamente con el de varios poetas que aparecen en
el libro, parece pertenecer por su espíritu a una época
anterior. Así las cosas, 1876 era una fecha que me pertimía
abarcar poetas cuya obra era consustancial al proyecto: Fargue,
Jacob y Milosz en particular.
Por lo
que toca a las versiones en inglés de los poemas, recurrí
a traducciones ya existentes siempre que fue posible. Con
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Francis Ponge
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esto he
querido subrayar la relación que ha ligado durante los últimos
cincuenta años a los poetas norteamericanos y británicos
con la obra de sus colegas franceses; ya que había mucho
material para escoger (una parte olvidada en viejas revistas y libros
fuera de circulación y otra parte al alcance de la mano),
no era necesario comenzar mi investigación en otro lugar.
Al compilar este libro, obtuve un enorme placer en rescatar varias
traducciones estupendas que se encontraban atrapadas en la oscuridad
de los anaqueles de las bibliotecas y en microfilmes: el Aragon
de Nacy Cunard, el Cendrars de John Dos Passos, el Ponge de Paul
Bowles y las traducciones de Eugene y Maria Jolas (los editores
de transition), por mencionar sólo unas cuantas. También
habría que mencionar las traducciones que sólo existían
como manuscritos. Las traducciones de Apollinaire de Paul Blackburn,
por ejemplo, fueron descubiertas entre sus papeles después
de su muerte y aquí se publican por primera vez.
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De
arriba abajo y de izquierda a derecha: Tanguy, Char, Crevel,
Eluard; De Chirico, Giecometti, Tzara, Picasso; Magritte,
Brauner, Péret, Rosey; Mesens, Hugnet, Man Ray
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Sólo
en el caso de que las traducciones no existieran o, si las había
disponibles éstas parecían inadecuadas, encargué
nuevos trabajos. En cada uno de estos casos (la versión de
Richard Wilbur de "El Puente Mirabeau", el Fargue de Lydia
Davies, el Roubaud de Robert Kelly, el Dadelsen de Anselm Hollo,
el Hocquard de Michael Palmer, el Veinstein de Rosmarie Waldrop,
el Aragon de Geoffrey Young), he procurado arreglar la boda cuidadosamente.
Mi propósito fue unir a poetas compatibles entre sí
para que el traductor pudiera explotar al máximo su talento
poético al verter el original al inglés. Los resultados
de estas conjunciones han sido satisfactorios en general. "El
puente Mirabeau" de Richard Wilbur, por ejemplo, me conmueve
por ser la primera versión satisfactoria que se produce en
inglés, la única traducción que está
próxima a la re-creación de la música sutil
del original.
No he seguido
un criterio inflexible sobre la traducción al momento de
tomar mis decisiones. Algunas traducciones incluidas en el libro
apenas van más allá de una mera adaptación,
aunque la gran mayoría son totalmente fieles a los originales.
La traducción de la poesía en el mejor de los casos
constituye un arte aproximativo, y no hay leyes escritas para decidir
que funciona y que no. En buena medida se trata de una cuestión
instintiva, de oído, de sentido común. Siempre que
tuve que decidir entre la literalidad y la poesía, no dudé
en apostar por la poesía. Me pareció más importante
ofrecer a los lectores que no leen francés el sentido propio
de cada poema en tanto poema, antes que procurar una exactitud literal.
La experiencia de un poema no sólo estriba en cada una de
sus palabras, sino en las interacciones que se dan entre esas palabras
-la música, los silencios, las formas-; si a un lector no
se le da de alguna manera la oportunidad de acceder enteramente
a esa experiencia, quedará marginado de su espíritu
original. Por esa razón, creo, los poemas deben ser traducidos
por poetas.
Traducción
de Gabriel Bernal Granados
Fotografías
de Man Ray
Paul Auster, Los
poemas y los días, Fractal n°
1, enero-marzo, 1996, año 1, volumen I, pp. 83.
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