I
Por lo pronto, la invisibilidad de los filósofos cuyo vehículo es el castellano o el portugués es doble.
En primer lugar, hay una invisibilidad inmediata: somos invisibles ante nuestros colegas(1) e incluso ante los propios estudiantes. En las tradiciones más influyentes de la filosofía, las que se expresan en lengua francesa y alemana y, en los últimos años, sobre todo y abrumadoramente, en lengua inglesa, un libro de filosofía tienen como destinatario el conjunto de estudiosos de la disciplina de la que muchas veces llegan hasta esperar con ansiedad esa publicación. En América Latina y, en general, en castellano y portugués nos importan muy poco qué creen, qué desean y qué argumentan quienes pertenecen a nuestras lenguas. Raramente se discute con seriedad un libro publicado en ellas. Más raro todavía es que se considere necesario darlo a conocer, involucrar a los estudiantes en su exploración y, mucho menos ¡qué escandalete provocaríamos! se nos ocurriría programar un seminario en torno a lo que piensan quienes se encuentran más cerca de nosotros. Escasamente citamos aunque seamos sus amigos a aquellos autores nuestros que hemos leído y admiramos. De acuerdo, a veces se deja caer alguna que otra colorida flor, por puro compromiso, pero en general nos rehusamos a cualquier crítica dura, minuciosa, fecunda.2 ¿Para quémalhumorarnos con un colega, que tal vez sea en el futuro poderoso, si se puede proseguir conviniendo en la cómoda paz de los sepulcros? Además, aunque parezca extraño, algunos prefieren este estado de cosas.
Al menos,
si alguien de los alrededores argumenta en su contra se hacen
los sordos, o se ofenden y hasta planean, no como filósofos
un deslumbrante contrargumento, sino como mafiosos, una puntual
venganza. Como si la crítica, sobre todo, la que es feroz
e implacable, no constituyese la forma más lata del reconocimiento
que se merece un pensador. Así, entre nosotros, parecería
que escribimos para adornar un curriculum y sostener una
presencia más o menos pública o, tal vez, para mitigar
el aburrimiento de la tarde, y no buscando comprendernos mejor
y comprender mejor el mundo.
He declarado
que esta invisibilidad es doble. ¿Por qué? En los
últimos tiempos se ha puesto de moda la sugerente frase
"conversación de la humanidad": conversación
entre las diferentes disciplinas, conversación entre las
varias culturas, conversación entre los muchos individuos
de este desarreglado planeta. Tampoco en esas conversaciones la
filosofía latinoamericana, y en general, la filosofía
en castellano y portugués juega, mediatamente, algún
papel. Pocas veces a un político, administrador, físico,
químico, biólogo, lingüista, sociologo, historiador,
novelista, poeta, pintor, músico... se le ocurre por aquí
discutir con un pensador de estas lenguas, aunque vivan al lado
de su casa.3 En menos ocasiones todavía
se toma en cuenta nuestra labor fuera de las fronteras del idioma,
y cuando extrañamente se lo hace, claro, se favorece lo
que podríamos llamar la "filosofía con color
local"(4): Esa mezcla
de autoindulgencia, declamaciones, de principio y sociología
y psicología impresionistas. (Se conoce: "el ser del
boliviano que está a punto de despertar y...", "el
destino del Perú profundo que lucha por encontrarse a pesar
de turbias maniobras de ...", o tonterías por el estilo.)
Por supuesto, a nadie se le ocurre entablar una argumentación
rigurosa con un "filósofo con color local". Sólo
se le otorga algún premio... para acallar la mala conciencia
colonial, y a otra cosa.
En fin,
ni hablamos con nuestros colegas actuales o futuros ni, mucho
menos, nuestra voz tiene algún lugar en las tan publicitadas
aunque selectísimas conversaciones de la humanidad.
Insisto: la invisibilidad de quienes pensamos en castellano o
portugués es tanto inmediata como mediatamente perfecta.
¿Por qué?
Hay
muchas y muy variadas causas. Algunas son externas de orden
social, económico y político, otras internas:
malos hábitos intelectuales. Y aunque, como en casi todos
los casos, ambos tipos de causas poseen múltiples interrrelaciones,(5)
sólo me referiré, y apresuradamente,
a las causas internas: a tres graves vicios de la razón
arrogante, resultados de herencias coloniales.6
Al primer
vicio lo podemos llamar "fervor sucursalero". Una corriente
de pensamiento deslumbra en la juventud y, luego, se continua
le resto de la vida repitiendo vanamente sus fótmulas.
De ese modo, implícita y, a veces, hasta de manera explícita
se considera que las Casas Matrices del descubrir están
en otra parte; así, sucumbiendo con gozo al vértigo
simplificador, reducimos la reflexión a admimistrar con
diligencia le establecimiento de esa empresa en nuestro poblado.
Por ejemplo, si la empresa es de origen francés, en los
cuarenta fuimos vitalistas y partidarios de Bergson, en los cincuenta
nos convertimos en apasionado sexistencialistas, devotos de Sarte
y de la Rive Gauche, en los sesenta practicamos la ciencia-ficción
del estructuralismo, incluyendo el estructuralimos delirante y
marxista de Althusser, para convertirnos después de los
setenta a la herméneutica, al posmodernismo, a la deconstrucción
y sobre todo, al vértigo de lo sublime respecto del Otro:
eso sí, del Otro con una inmensa mayúscula para
que, de ese modo, nos permita ignorar a la multitud de otras y
de otros concretos que pululan en nuestro entorno y se oponen
a nuestros planes y hasta fieramente nos desafían.
El segundo
vivio es el "afán de novedades". Se objetará:
¿qué tiene de malo ser curiosos? Sin duda, al curiosidad
en tanto un deseo de saber es el aliciente y hasta una primera
etapa de todo proceso de conocimiento. La dificultad comienza
si el curioso se vuelve adicto y sin rumbo. Pues cuando la curiosidad
se hace afán de novedades ya no interesa saber algo para
poder pensar por sí mismo acerca de ese algo, sino "estar
al día", "encontrarse al corriente de los sucesos
pasajeros". Obsérvese que el concepto de querer saber
y el concepto de querer estar al día hacen referencia a
dos actitudes opuestas: en el primer caso se trata de un aprender
activo, hondo, explorador, en el segundo, de una recepción
pasiva, superficial, que meramente se informa de lo que sucede
en otros paisajes. Por otra parte, el concepto del saber se regula
por criterios de validez como el de tener creencias verdaderas
y justificadas; el concepto de estar al día sólo
admite patrones que remiten a sistemas de vigencia social.
Aparentemente,
el afán de novedades y su actitud de estar al día
surge como reacción al establecimiento y predominio de
cierta sucursal de alguna empresa internacional en bancarrota,
sucursal en al cual solo se encuentran ya ideas rancias y empolvadas.
En realidad, el afán de novedades conforma el previsible
complemento del fervor sucursalero. Así, en muchos países
de América Latina, claramente en Argentina y en México
en el correr de los cincuenta, una combinación de los gestos
retóricos de Ortega y de las sucursales heideggerianas
y, sobre todo, sartreanas del desgarramiento y la autenticidad
que nos hacían angustiar, ay, literalmente, con cualquier
Nada provocan como respuesta un doble afan de novedades.
Los más brumosos y enredados se apuntan en la Escuela de
Frankfurt.. Los más sobrios se van poco a poco convirtiendo
en filósofos analíticos; así, a fines de
los cincuenta comenzamos a aprender lógica moderna, nos
abrazamos del neopositivismo de Carnap y/o del falsacionismo de
Popper, o luchamos con energía del bando de la ordinary
language philosophy, entonces de moda en Oxford: Unos años
después a fines de los sesenta, nos informaron que Quine
y, más tarde, Donald Davidson habían superado esas
militantes oposiciones que tanto nos dividían y nos pusimos
"al día" volviéndonos disciplinadamente
quineanos o ejerciendo con pasión la davidsoniana radical
interpretation. En eso estábamos al comienzo de los
noventa cuando, de pronto, nos tironearon tremebundas fuerzas
opuestas: por un lado el neo-esencialiso de Kripke, por otro,
las ciencias cognitivas, por otro todavía, el neo-pragmatismo
de Rorty y Brandom... Después de tantas volteretas, a estas
alturas, quien no tenga ansias de instalar de nuevo una tranquila
y estable sucursal que tire la primera piedra.
En contra
de esos dos vicios, en Amñérica Latina con insistencia
se nos suele llamar a liberarnos: a dejar de mirar tanto hacia
afuera, a las brillosas Metrópolis del Pensamiento Imperial,
para comenzar a apreciar un poco lo que somos y lo que nos rodea.
Hay que descolonizarse. Lástima que esta sensata invitación
pronto degenere también en un vicio: en esa arrogancia
de las identidades colectivas que conforman los "entusiasmos
nacionalistas", y su consecuencia, una idea monstruosa, las
"filosofías nacionales". Quien iba a pensar que
por ahí de nuevo se nos iba a colar la gastada retórica
de la autenticidad, el "entrañavivismo" y los
yos homogéneos, individuales o colectivos. En América
Latina conocemos demasiado bien los últimos efectos de
estos carnavales, por ejemplo, formular preguntas como: ¿para
qué repensar a Aristóteles o a Frege si tenemos
la salsa y los boleros que invitan a amar eternamente y al canción
folklórica que arrincona con eso de "la patria o la
tumba"? Lo mejor es se aconseja regresar a lo
nuestro: al sentimentalismo o al terror, al llanto enternecido
o a los fusiles, como si se pudiera y fuera en verdad deseable
vivir, en contra de cualquier Ilustración, ignorando la
ciencia y golpeando a las mujeres.
He aquí,
entonces, una trama fatal de hábitos intelectuales. La
configuran estos tres vicios tan característicos de la
filosofía latinoamericana7 y, en
alguna medida, aunque en muy diferentes versiones, de toda la
filosofía en castellano y portugués: fervor sucursalero,
afán de novedades, entusiasmos nacionalista. Si no me equivoco,
la presencia de estos tres vicios explica en parte nuestra invisibilidad
y la justifica.
No obstante, para que el diagnóstico no se convierta en
autocomplacencia, se tarta de evaluar alguna terapia: por ejemplo,
la pregunta que nos ocupa: ¿cómo podría nuestro
ensayo ayudar al combate de estos vicios tan propios de la razón
arrogante?
II
Ante
todo, evitemos cualquier vértigo simplificador que pretendiese
reducir la escritura filosófica al ensayo. Esto
es, evitemos las suntosas declaraciones del tipo: la tradición
de la cual formamos parte, la de la Contrarreforma, no es amiga
de la ardua inadagación racional ni hemos heredado el instrumento
para afrontar los problemas más centralmete tácnicos
de la filosofía. Por otra parte, en América Latina,
rodeados como estamos de una miseria intolerable es una desvergüenza
querer "perder el tiempo" con las perplejidades tradicionales,
por ejemplo, detenerse a interrogar: ¿qué pruebas
tenemos de la existencia del mundo exterior? O tal vez: ¿cómo
se vinculan las palabras con las cosas? O incluso: ¿hya
derechos universales más allá de cualquier cultura
particular? Acaso se sea todavía más rotundo y se
dictamine: como en tanto asuntos, nuestras temblorsosas repúblicas
también llegan tarde a los grandes proyectos de la filosofía.
Estos tiempos posmodernos son de altísima velocidad: de
repasar en diagonal el periódico o de recibir las múltiples
noticias de la tele en la duermevela de la siesta. En el mejor
de los casos, la gente que importa puede todavía leer enérgicos
ensayos de siete u ocho pçáginas en donde se declara
que se está a favor o en contra de la legalización
del aborto o de las drogas o de la clonación o de lo que
sea, pero eso de pensar, quiero decir, de reflexionar por sí
mismo durante trescientas apretadas páginas las detalladas
razones a favor y en contra de una premisa de este argumento y
de sus posibles opciones... y de algunos argumentos que implica
o se le oponen a esa premisa, eso, es cosa de tiempos pasados,
o de jóvenes mientras tanto: mientras se elige algo serio
que hacer con la vida.
Casi
no resisto la tentación de ponerme a desarmar estas excusas
manipuladoramente paternalistas: que quienes hablamos castellano
o portugués sólo somos patos para el ensayo popular
corto y ligero; que para hacer gran filosofía
falta tradición y época y, en América Latina,
además, o sobre todo, falta pan. Con premura respondo que,
por supuesto, la tradición y la época se hacen,
haciéndolas y, en cuanto al pan..., recuerdo cuando se
aconsejó elegir entre el pan y la libertad: quienes con
aparentes pies firmes en la tierra eligieron el pan, después
de demasiada sangre descubrieron que habían perdido la
libertad... y el pan. De acuerdo: habría que detenerse
mucho mas en estas escabrosas excusas para desaconsejar a quienes
hablamos castellano o portugués que pensemos por nuestra
cuenta. Sin embargo, insisto: me interesan más atender
las posibles terapias.
Pero
antes, ay... otra dificultad. Es seguro que con alarma se dictamine
que con las protestas anteriores hemos abrazado la desbordante
paradoja: no nos resignamos a ir sentaditos en un vagón
de tercera declarándonos sólo competentes para la
filosofía light y, así, nos resistimos a
sucumbir en el vértigo simplificador que reduce la escritura
filosófica al ensayo; no obstante, al a vez, valoramos
en alto grado a nuestro ensayo y queremos aprender mucho de él,
pero, ¿cómo?
Por
lo pronto, quizá no sea inútil el intento de caracterizar
por lo menos a grandes rasgos qué entendemos por "nuestro
ensayo". Ante todo hago referencia al "ensayo latinoamericano":
a ese vasto y complejo conjunto de tradiciones, provenientes en
general de la literatura y, algunas veces, del periodismo, que
incluye tanto la militancia moral, política y social, como
la disquisicón poética o antropológica. Invoco
tres o cuatro nombres fulgurantes: desde Martí o Rubén
Darío hasta Borges, Lezama Lima, Paz o vargas Llosa. Pero
no sólo. Sospecho que las propiedades más caracterizadoras
de este tipo de ensayos valen también para la inmensamente
fecunda tradición del ensayo español, una tradición,
por cierto, más alimentda dpor la filosofía y que
va, por ejemplo, desde muchos escritos de Ortga hasta ciertas
zonas de María Zzambrano y, también, de Fernando
Savater y, en menor medida, de Eugenio Trías y Victoria
Camps, Aunque también cobija, entre tantos y tantos otros
textos, digamos, a algunos de Clarín, de Sánchez
Ferlosio, de Maruja Torres, de Javier Marías... Si embargo,
¿podemos encontrar en estas complejas y cambiantes escrituras
de poetas, novelistas y filósofos algunas propiedades comunes
que nos permitan hablar de una tradición del ensayo?
No sin
muchas vacilaciones me arriesgo a proponer la siguiente lista
de atributos:
a)
Condición de frescura: todos nuestros buenos ensayos
procuran enfocar el problema que discuten desde un ángulo
poco o nada frecuentado. Así, más que la continuidad
con exploraciones del mismo problema en el pasado se busca la
ruptura, incluso la radiante sorpresa.
b) Condición de particularidad: cualquiera que sea el
problema que se borde, una revolución política,
un estado de ánimo, un descubrimiento científico,
una novela reciente o un paisaje, se buscará tomar como
punto de partida para la reflexión ejemplos específicos,
bien delimitados.
c) Condición de publicidad: el discuros en ningún
caso es especializado, no se dirige a una comunidad de expertos
en el asunto tratado. De ahí el esfuerzo por desplegar
un estilo elegante, incisivo, que converse conel público.
d) Condición de interpelación: un yo busca influir
en los deseos, las creencias y/o las accones de otros yos. No
se busca informar sino convencer.
La pregunta,
por supuesto, es: ¿cómo podemos aprender algo de
estas condiciones de nuestro ensayo para combatir los vicios de
nuestra filosofía?
Atendamos,
Vicios como el fervor sucursalero y el entusiasmo nacionalista
no son para nada amistosos con la condición de frescura:
estos vicios piden fidelidad ciega, sea con la tendencia elegida
del pensamiento, sea con los "mitos fundacionales" que
fabrica el nacionalismo objeto de ese entusiasmo. No obstante,
tampoco el afán de novedades cultiva esta condición
en tanto conforma una actitud meramente receptiva: se busca "estar
al día", bobaliconamente se está abierto "a
lo que venga" sin buscar hacer oir la propia voz. Por eso,
los tres vicios fomentan diferentes versiones de alguna escolástica.
Consúltese al azar cualquier artículo olibro de
filosofía nuestro; es probable que encontremos correctas
y hasta muy buenas presentaciones de filósofos, más
del pasado que del presente, pero no debates originales en torno
al problema que ocupa a esos maestros. De esta manera, la exposición
más o menos escolar, más omenos crítica de
ciertos autores o teorías no alimenta la discusión
del problema, sino que tiende a sustituirla. En este sentido hay
que subrayar: la historia de la filosofía en verdad sólo
es fecunda cuando es historia argumentada del a filosofía,
si se lleva a cabo a partir de las discusiones de hoy, no cuando
se convierte en mero pasatiempo de anticuarios.
Por
otra parte, estas malas costumbres no son privativas de ningún
asunto: recorre desde problemas metafísicos como "¿qué
es lo que hay?" hasta las dificultades políticas más
puntuales.Por ejemplo, después de la caída del paradigam
marxistase han multiplicado las investigaciones acerca de la democracia.
Lástima que esos estudios suelan limitarse a comparar,
por ejemplo, lasopiniones de Rawls, Habermas y Dworkin al respecto,
sin que al autor se le pase por la cabeza a partir de esos argumentos
para elaborar nuestros problemas cpon las tambalenates
democracias latinoamericanas. De ahí que t al vez otra
manera de formular la condición de frescura sea exigir:
¡a los problemas, a los problemas mismos!
La segunda
condición, de particularidad, invita a un trabajo meticuloso
y concentrado en relación con el problema específico
que se explora y, así, estos contactos conun problema concreto
alimentan directamente los discursos que lo tematizan. En contra
de esos procesos de contínua alimentación, de diferente
manera, los tres vicios anotados cortan todo vínvulo con
cualquier problema concreto. Tal vez se ataque: ¿cómo
explicar la condición de particularidad si la filosofía
es la reflexión más abstracta, más abarcadora?
¿Acaso no se dedica la filosofía, para decirlo con
Hegel, al trabajo del concepto? Cuidado: no confundamos la reflexión
abstracta y el trabajo conceptual con el gusto por la declamación
y la enérgica yuxtaposición de vaguedades. Por ejemplo,
en la filosofía latinoamericna nos topamos con mucho hablar
de la decadencia del proyecto ilustrado sin estudiar un sólo
caso concreto. Incluso cuando se reflexiona acerca de temas que
se prestarían a discusiones demarcadas, precisas, predomina
el horror por lo sustantivo. Así, hay libros enteros sobre
la filosofía de la ciencia en la que se discuten las teorías
de Popper, Kuhn, Feyerabend o el autor que esté demoda
en ese momento pero respecto de los cuales, a medida que avanzan
las páginas, el lector comienza a tener la molesta sensación
de que el autor del libro sabe muy poco de las ciencias a que
se refieren los maestros que expone y meramente hace discutir
entre sí. Por eso, la condición de particularidad
también podría reformularse exigiendo: ¿a
los problemas, a los problemas mismos!
¿Puede
nuestra filosofía aprender algo de la condición
de publicidad? En el ensayo esta condición que a
menudo opera como una exigencia de estilo tiene, entre otras,la
función de prohbir cualquier lenguaje especializado. Esta
prohibición no puede trasladarse sin más a la escritura
de textos filosóficos, pues la reconstrucción demuchos
problemas exige instrumentario especializado, por ejemplo, en
ciertas áreas del saber se necesita del uso del lenguaje
lógico o del cálculo de probabilidades. No obstante,
cualquiera sea la tácnica que se emplee, se debe estar
alerta de que el lenguaje no dependa de ninguno de los vicios
anotados. (Por ejemplo, a menudo se compklican inútilmente
los análisis semánticos para introducir nombres
mágicos, digamos, Kaplan o Kripke, por puro fervor sucursalero
o afán de novedades). Una vez más, entonces, también
esta condición se puede reformular con la invitación:
¡a los problemas, a los problemas mismos!
¿Qué
sucede con nuestros tres vicios en relación con la cuarta
condición: de interpelación? Estamos tan ocupados
con instalar una sucursal o con "estar al día"
que a menudo olvidamos preguntarnos si estamos autorizados a defender
ciertos argumentos, y a qué nos comprometen esos argumentos.
De ahí que con frecuencia eliminemos la vocación
irrenunciable de cualquier filosofar: que nuestros arguemntos
convenzan. El entusiasmo nacionalista parecería hacer justicia
a esta condición: sólo en apariencia. En realidad,
también la traiciona: se está tan obsesionada con
la autenticidad, con la fidelidad a las raíces o ala liberación...,
que somos incapaces de detenernos a dar paso apaso los argumentos
que justifican nuestras propuestas normativas. De esta manera,
el interpelar se vuelve omniabarcante y generalísmo y,
por eso mismo, vacío: cascadas de rotundas palabras. Evoquemos
de nuevo la moda de habla del Otro con una enfática mayúscula.
Entre nosotros, esa lamentable moda impide el examen de la multitud
de otros y otras que nos rodean, y de las condiciones específicas
en que se encuentran. ¿Cuántos filósofos
morales y políticos han discutido en América Latina,
con rigor y conocimiento empírico, la corrupción,
el terror o la pobreza, en un continente en el que más
de cincuenta porciento de la población está sumida
en ella? Al respecto nada se gana con subri la voz, abrir retóricamente
los brazos y rasgarse las vestiduras.8 Denuevo
parece inevitable reformular la condición de interpelar
pidiendo: ¡a los problemas, a los problemas mismos!
Regreso
al comienzo: ¿he defendido que si nos dedicamos a elaborar,
y después a solucionar o disolver con hondura y rigor "los
porblemas mismos" o, mas bien, unos pocos de entre ellos,
desaparecerá nuestra doble invisibilidad? Respecto de esta
pregunta urge reformular dos observaciones.
Debemos
precavernos de no restringuir de manera colonial lo que se entiende
por "los problemas mismos". En efecto, cuando hablo
de "los problemas mismos" me refiero, en principio,
a cualquiera de los problemas que se han trabajado en esa
memoria viva que es la historia argumentada de la filosofía,
o que se discuten hoy, o que pueden surgir en el curso de nuestras
más diversas reflexiones o que, de pronto, nos entregan
las realidades que nos rodean... Así, me opongo a todo
vértigo simplificador de la agenda filosófica en
América latina o, en general, en castellano o portugués,
que intente reducir nuestras preocupaciones a problemas puramente
políticos o puramente lógicos o puramente metacientíficos
o puramente estéticos... Pese a todo, también los
habitantes de estas pobres regiones somos personas. También
en las orillas nos ocupan la verdad y la alegría, el saber
y la amistad, la justicia y la muerte.9
En cuanto
a la duda de si enfrentamos a los problemas mismo se acabará
nuestra invisibilidad, una respuesta cautelosa debe indicar: no
necesariamente. Sin embargo, al menos eliminaremos algunas causas
internas de esas invisibilidades:10 vicios coloniales como el
fervor sucursalero, el afán de novedades, el entusiasmo
nacionalista. Así, tal vez en los ratos libres, poco a
poco se empiece a adquirir la costumbre de hojear los artículos
y libros de nuestros colegas de la lengua la lengua es también
una patria y, con el tiempo, si los dioses son propicios,
se iniciarán durísimos e iluminadores debates entre
nosotros. Porque si no comenzamos por oirnos, ¿quienes
nos van a oir?
Notas
________________
(1) En
los tomos publicados de la Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía,
Trotta-Consejo Superior de Investigaciones Científicas,
Madrid, a partir de 1990, ciertas características son dominantes.
Comencemos por anotar la gran calidad e incluso excelencia de
la mayoría de los trabajos. Sin embargo, lamentablemente,
muy pocas colaboraciones hacen referencia a otras de la misma
Enciclopedia y, salvo ene l primer tomo, casi la totalidad
de la bibliografía citada se encuentra en lenguas que no
son el castellano o el portugués; incluso sorprende cuando
en alguna que otra ocasión se citan filósofos que
han escrito en estas lenguas. Es imposible siquiera imaginar que
las dos últimas características pudiesen estar presentes
en una Enciclopedia escrita en inglés, francés
o alemán. Cf. Guillermo Hurtado, "¿Tiene sentido
una filosofía hispanoamericana?", en La Jornada
Semanal, 22 de diciembre de 1996. Por otra parte, cualquiera
que asista a los muchos Congresos de Filosofía que constantemente
se realizan en los países de habla castellana o portuguesa
o que consulte las numerosas revistas especializadas de filosofía
que se publican en estas lenguas, a cada paso reencontrará
estas dos últimas características.
(2) Tal vez no se ha reconocido suficientemente
el papel ambiguo que ha jugado a partir de 1940 la constitución
de una disciplina académica como la llamada "Historia
de las Ideas en América" o "Historia del pensamiento
latinoamericano", disciplina inspirada por las enseñanzas
de José Gaos en México y de Francisco Romero en
Buenos Aires. Califico de "ambiguo" el papel de esta
disciplina porque una tarea es historiar y explicar de manera
contextual teniendo en cuenta factores sociales, políticos,
económicos... algunas ideas y otra muy distinta argumentar
con ellas acerca de su comprensión, de su verdad, de su
relevancia. O expresada esta o "externo" dirán
algunos de ciertos pensamientos con su valor filosófico
o "interno" (por supuesto, noi Gaos ni
Romero cometieron esta confusión). Sobre la historia de
las ideas en América Latina y sus periodizaciones consúltese
el clásico libro de Leopoldo Zea, El pensamiento latinoameericano,
Barcelona, Ariel, 1976. También hay una útil
presentación en Arturo Ardao, "Historia y evolución
de las ideas filosóficas en América latina"
en La filosofía en América. Trabajos presentados
en el IX Congreso Interamericano de Filosofía, Carácas,
1979, Tomo I, pp. 61-69.
(3) Por ejemplo, Valeriano Bozal (ed), Historia
de las ideas estéticas y de las teoría artísticas
contemporáneas, La balsa de la Medusa, Visor, Madrid,
1996. Desgraciadamente es sintomático que de nuestra lengua
excluya el pensamiento estético y artístico formulado
en las diversas entonaciones del idioma castellano (con la excepción
de Ortega). Lezama Lima, Borges u Octavio Paz para evocar
algunos conocidos nombres latinoamericanos han reflexionado
sobre le arte en forma más profunda y decisiva que muchos
de los autores anglosajones, francese o alemanes incluidos (muchos,
por cierto, de segunda y de tercera categoría). Cf. Mi
reseña de ese libro, en otros sentidos tan valioso, "Fecundos
vasos comunicantes" en Revista de Libros, Madrid,
enero de 1997.
(4)
En muchas obras de referencia recientes escritas en inglés,
por ejemplo, el Dictionary of Philosophy de Simon Blackburn
la filosofía en América Latina simplemente no existe:
no se incluye ningún artículo acerca de América
Latina. En la Routledge Enciclopedia of Philosophy de 1998,
que cuenta con 9 gruesos volúmenes contiene 2054 artículos
la perspectiva que se tiene sobre la filosofía en América
Latina está presidida por tres criterios: en primer lugar
parece no importar ninguna de las individualidades que realmente
importan en la filosofía de América Latina. De esta
manera, no hay artículos que versen sobre los filósofos
latinoamericanos cuya aparición podría esperar al
lector, por ejemplo, en lo que se refiere a méxico no existe
ninguna entrada para Antonio caso o José Vasconcelos, ni
para Leopoldo Zea o Luis Villoro (por supuesto, esta enciclopedia
está repleta de entradas acerca de filósofos anglosajones,
alemanes y franceses, pero también sobre filósofos
chinos, árabes, rusos, italianos, polacos...); ni siquiera
se estudia la obra de Mario Bunge o de Héctor Neri Castañeda,
la mayoría de cuyos escritos se encuentra en inglés.
En segundo lugar, se practica lo que las feministas han llamado
con razón la moral del "doble estandard", y que
aplicada a una cultura es, creo, una forma del racismo:mientras
que los artículos serios importantes, largos de la Enciclopedia
están escritos por filósofos analíticos dando
a entender, así, que esa es la filosofía "seria",
"importante"..., los artículos sobre América
latina favorecen la más burda ideologización. En
tercer lugar, independientemente de la perspectiva que se haya
elegido, las colaboraciones están llenas de errores de
hecho y la selección de nombres es totalmente caprichosa.
Por ejemplo, en el artículo Fenomenología en América
Latina en la parte dedicada a México se incluyen dos nombres
completamente esconocidos, incluso por los historiadores de las
ideas en México: Carmen Hernández de Ragoña
y Arturo Rivas Sainz. ¿Qué pensaríamos de
un artículo sobre Filosofía en los Estados Unidos
en el siglo XX que suprimiese los nombres de peirce, Dewey, Quine
y Davidson? Al respecto, cf. El trabajo de Guillermo Hurtado,
"Artículos sobre la filosofía en méxico
y en América latina de la Routledge Enciclopedia of
Philosophy", en Dianoia, 1999.
(5)
Es muy importante no perder de vista estas interrrelaciones. Por
otra parte, lo que entiendo por "causas internas", por
una patología de nuestros hábitos intelectuales,
no son enfermedades exclusivamente filosóficas. En este
sentido vale la pena recordare la crítica que hace Carlos
Thiebaut a las filosofías del malestar como la de la Escuela
de Frankfurt: "La filosofía del malestar como toda
forma del narcisismo, confunde los objetos de los que trata consigo
misma: se achaca a sí misma el sentido, pero también
la culpa, del mundo..., como si el desastre de ese mundo fuera
debido a una enfermedad filosófica, la de la razón
instrumental" en La responsabilidad ante el futuro,
Ediciones Episteme, Vol. 219/220, Madrid, 1999, p. 36.
(6)
En otras obras ya he aludido a estos vicios, sea en relación
específica con la filosofía, en Debates,
Fondo de Cultura Económica, México, 1983, pp. 135
y ss., sea respecto de la cultura académica en general
de América Latina, Crítica de la razón
arrogante, Taurus México, 1999: Sobre este mismo punto
consúltese el extremadamente lúcido trabajo de Eduardo
Rabossi, "Filosofar: Cuadernos de filosofía,
núm. 40, abril de 1994, Buenos Aires Argentina.
(7)
Otra manera de formular estos vicios consistiría en agrupar
los dos primeros fervor sucursalero y afán de novedades
como "vicios de los universalistas" y el tercero entusiasmo
nacionalista como "vicio de los contextualistas, o
particularistas, o latinoamericanistas". Apenas consultamos
cualquier estudio monográfico que verse sobre la filosofía
de algún país de América Latina encontramos,
una y otra vez, la presencia de estas oposiciones. Por ejemplo,
David Sobrevilla en La filosofía contemporánea
en el Perú, Carlos Matta (ed), Lima, 1996, indica como
una de las características de la filosofía peruana
que hoy "la regionalista/latinoamericana/inca o andina",
p.29. Sobrevilla describe los vicios del universalismo como "estar
de espaldas a la propia realidad y vuelto hacia la realidad foránea,
de cultivar en este caso una filosofía que no tiene en
cuenta la propia realidad y la tradición de la filosofía
latinoamericana", ibid, y como los "vicios de
los particularistas" el proyecto de "una filosofía
regionalista que ignora las características universalistas
de la filosofía y que se plantea como una continuación
de una presunta filosofía inca o andina y que está
en total contraposición con el pensamiento occidental".
Ibdi. Como ser verá en la penúltima nota
de este trabajo esta falsa oposición es vieja y persistente.
Tal vez una de las ilustraciones más recientesy más
comentadas de la oposición puede encontrarse en la
doble vertiente que adoptaron los discípulos mexicanos
de José Gaos. Por un lado, el maestro gaos que estudia
minuciosamente las Investigaciones lógicas de Husserl
tiene como estudiantes los introductores de la filosofía
analítica en México: Alejandro Rossi, Fernando Salmeron
y Luis Villoro. Por otro lado, del maestro gaos que enseña
a Ortega y a su "yo sooy yo y mi circunstancia y si no al
salvo a ella no me salvo yo", proviene Leopoldo Zea y su
doble empresa: el proyecto de ua historia de las ideas en América
que comienza con su admirado El Positivismo en México.
Nacimiento, apogeo y decadencia, Fondo de Cultura Económica,
México, 1968, y el programa de una filosofía latinoamericana
que incluye libors tan influyentes como América como
conciencia, Cuadernos Americanos, México, 1953; Dialéctica
de la conciencia americana, Alianza Editorial Mexicana, México,
1976; Filosofía y cultura latinoamericana, Celarg,
Caracas, 1976; Filosofía de la historia americana,
Fonde de Cultura económica, México, 1978... Cuidado:
con esta observación no sugiero que el primer grupo de
filósofos se haya desentendido de la situación social
y política que los rodeaba, ni que Zea alguna vez haya
sido filosóficamente hablando, un particularista o un contextualista
(Cf. Carlos Pereda, "Lo universal en lo particualr. Una converzación
con Leopolodo Zea", en al revista Theoría, núm.
3, marzo de 1996.) Nada sería más falso que estas
conclusiones. AL respecto no es inútil recordar el intento
de hacer justicia a ambos tipos de intereses en la equilibrada
obra de Francisco Miróa Quesada, por ejemplo, Despertar
y proyecto del filosofar latinoamericano, Fondo de Cultura
Económica, México, 1974, y El problema de la
filosofía latinoamericana, Fonde de Cultura Económica,
México, 1976.
(8)
Entre los intentos de algo así como "naturalizar"
la filosofía de la liberación y, de esta manera,
reflexionar en base a los aportes de las ciencias sociales, se
encuentra, Enrique Dussel, Ética de la liberación.
En la edad de la globalización y de la exclusión,
Trotta, Madrid, 1998.
(9)
Coincido con Alejandro Rossi cuando indica: "la filosofía
es una disciplina 'desenfrenada', quiero decir que carece de límites
claros. De pronto es una reflexión sobre la ciencia y de
pronto un análisis sobre le concepto de la amistaad. A
veces es la intervención de una supuesta prueba sobre la
existencia divina y a veces es el intento obsesivo por probar
que la mesa de enfrente en efecto está allí. La
gloria del a filosofía es, precisamente, queno tiene tema,
que se entromete en todo", en "lenguaje y filosofía
en Ortega" en su libro Cartas credenciales, Joaquín
Mortiz, México, 1998, pp. 199-200. Fuera de la persistencia
de ciertos hábitos coloniales, no entiendo bien por qué
algunos latinoamericanos quieren prohibirnos al resto ese sabio
"desenfreno": el que nos entrometamos en todo".
Por lo demás,este vértigo simplificador poseee entre
nosotros una larga historia, uno de cuyos orígenes se encuentra
en las propuetas de Juan Bautista Alberdi. En El Nacional
de Montevideo, el 2 de octubre de 1840, Alberdi publica sus famosísimas
Ideas para presidir la confección del curso defilosofía
contemporánea. El texto original se publicó
de nuevo en A. Ardao, Filosofía preuniversitaria en
el Uruguay, Montevideo, Claudio garcía, 1945, pp. 163-176.
Como ilustración cito algunos párrafos de estas
Ideas: "Tocaremos, pues, de paso la metafísica
del individuo para ocuparnos de la matafísica del pueblo"
... "Vamos a estudiar filosofía evidentemente: pero
a fin de que este estudio, por lo común tan estéril,
nos traiga alguna ventaja positiva... (Por eso vamos a estudiar
la filosofía aplicada a los objetos de un interés
más inmediato para nosotros". Más adelante
Alberdi introduce una propuesta que, en mi opinión, nos
deshonra: "Si es posible decirlo, la América practica
lo que piensa la Europa", como si en estas tierras sólo
se pudiese "aplicar" lo que otros piensan. Uno de los
pasajes más conocidos de las Ideas y qu epuede leerse
como una breve formulación de sus tesis básicas
y de las tesis básicas de mucho entusiasmo nacionalista
es la siguiente: "la filosofía americana debe ser
esencialemnte política y social en su objeto, ardiente
y profética en sus instintos, sintética y orgánica
en su método, positiva y realista en sus procederes, republicana
en su espíritu y destinos". En este sentido, pueden
considerarse como herederos de Alberdi a muchos porponenete de
la filosofía de laliberación latinoamericana. Pero
también a cualquier filósofo que defienda que en
América Latina sólo es legítimo hacer filosofía
práctica. Por ejemplo, a partir de la fwenomenología
y de la ética del discurso de J. Habermas, Guillermo Hoyo,
en su trabajo "Filosofía latinoamericana significa
uso ético de la razón práctica", en
Isegoría. Revista de Filosofía moral y política,
núm. 19, Madrid, diciembre de 1998 parece dar razones en
favor de esta posición (aunque el trabajo argumebnte de
manera más matizada de lo uq esugiere el alaramte título).
Javier Sasso, en su libro La filosofía latinoamericana
y las construcciones de su historia, Monte Ávila, Caracas,
1998, despue´s de comentar conmucha sutileza los textos
y contextos del pensamiento de Alberdi, lo opone al proyecto contemporáneo
de Andrés Bello contenido en sus Memorias correspondientes
a los cursos de la instrucción pública a partiir
de 1849, en Temas ediucacionales I, La caasa de Bellos,
caracas, 1982. Bello propone la teoría dela argumentación
como propedeútica a cuaquier otro aprendizaje: "nada
me parece más provechoso para una joven inteleigencia que
hacerla recorrer, distinguir y apreciar los varios trámites
que, en una discusión escrita o verbal, se nos ponen delante
como conducentes a una conclusión verdaadera o que pretende
serlo", Op. Cit p. 173. Este otro proyecto para la
filosofía latinoamericana en cuentra en carlos Vaz Ferreira
y su Lógica viva un autor imprescindible, al respecto
consúltense sus Obras completas, Montevideo, 1963.
Cuidado: no sé por qué hayque pensa que ambos proyectos
son excluyentes. Por ejemplo, Lusi Villoro no contribuye menos
la pensamiento latinoamericano cuando escribe su rigurosa teoría
del conocimienro contenida en Creer, saber, conocer, siglo
XXI, México, 1982, que cuando publica
sus pionero escritos sobre Los grandes momentos del indigenismo
en México, Colmex, México, 1950, El proceso
ideológico de la revolución de independencia,
Secretaría de Educaión Pública, México,
1986 o sus recientes, brillantes trabajos sobre El poder y
el valor. Fundamentos de una ética política,
Fondo de Cultura Económica, México, 1997 y sus intervenciones
acerca del multiculturlismo en Estado plural, pluralidad de
culturas, Paidós, México, 1998.
(10)
Además, la pasaremos mejor. Seamos sinceros: como resultado
de estos tres vicios, además de la invisibilidad, es inevitable
a veces la desesperación, y el resto del tiempo, el aburrimiento.
Carlos
Pereda, "¿Qué puede enseñarle el ensayo
a nuestra filosofía?",
Fractal
n° 18, julio-septiembre,
2000, año 4, volumen V, pp. 87-105.
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