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En la literatura el género autorreferencial toma tres formas diferentes que no conviene confundir: las memorias, el diario íntimo y la autobiografía.
Las memorias, por ejemplo, tienen un mayor peso histórico: el autor se planta más como testigo de un momento y posa la mirada sobre un fragmento de la historia sirviéndose de motivaciones y reflexiones personales, antes que en la búsqueda de ese espacio interior del que habló Michaux.
Los escritores franceses más célebres que han dejado memorias de un pasado reciente son, Mauriac con Memorias interiores y Malraux con Antimemorias. A pesar del título engañoso, el primero mira a su época con el ojo penetrante del autor de un cuaderno de notas y no se abstiene de lanzar los más agresivos ataques sobre aquellos que carecen de gracia a sus ojos. Al final de su vida Malraux escogió la forma de las memorias para narrar sus encuentros históricos (como el famoso encuentro con Mao) y sobre todo para compartir sus reflexiones sobre el arte y la muerte, que constituyen los temas de su obra literaria. Malraux con frecuencia se aleja del género de la memoria para volver a encontrarse con la autobiografía, cuando su narración parte de lo histórico para llegar a un espacio mucho más íntimo.
La escritura de esos dos libros tiene dos virtudes: por una parte la continuidad de los relatos imaginarios (unidad temática, de tono) y, claro, la fuerte presencia del "yo" en ambos (a veces uno puede dudar de la veracidad de ciertos pasajes pero la mentira esconde otras ambiciones reveladoras). Hay que reconocer que si las memorias tienen un aspecto monumental y pesado que frena la eclosión de la calidad literaria, permiten disponer de elementos adicionales para abordar mejor la obra de un escritor. La sensación de una reconstrucción de los hechos suprime la frescura y el impulso que son las cualidades que sí cultiva el autor del diario íntimo.
Si
el autor de memorias busca en efecto ocupar la posición de
observador privilegiado que en ocasiones puede parecer exagerado,
el autor del diario íntimo teóricamente tiene un papel
humilde: sin practicar simplificaciones precipitadas, podría
decirse que el autor de memorias se coloca por encima del mundo
mientras que el de diario íntimo tiende a verlo desde abajo,
adopta el tono y utiliza un punto de vista que busca más
hacer preguntas que dar respuestas; busca más manifestar
sus dudas y sus inseguridades.
En teoría
el diario ha sido redactado para no ser leído por otras personas,
así lo define el diccionario. Cuando el autor es un escritor
célebre, el diario es releído, corregido e incluso
reescrito; el autor espera su publicación. A lo largo del
siglo XX en Francia se han producido una gran
cantidad de diarios excelentes como los de A. Gide, P. Léautaud,
J. Green, J. Renard, J. Cocteau entre otros. Todavía en nuestros
días Renaud Camus o Charles Juliet continúan proponiendo
este tipo de publicaciones con una verdadera profundidad literaria.
El caso de Juliet es conmovedor: comienza a redactar su diario en
1957 cuando se interroga acerca de su vocación de escritor,
el sufrimiento humano y el miedo que le inspira el mundo. Publicado
en 1978, el primer tomo (1957-1964) tuvo tal acogida por parte de
la crítica que ya fueron editados cuatro volúmenes
y Juliet continúa redactando su diario mientras se espera
la aparición del quinto tomo en los próximos meses.
Este escritor obtuvo un reconocimiento público que no hubiera
sido posible sin esa gran aventura autobiográfica llevada
a un tono menor en: L´année de l´eveil (El
año del despertar), novela que trata de su infancia como
si hubiera necesitado de la ficción para exponer su pasado
pero que le dio fama. El diario es más un producto del presente,
de un recorrido día a día que no admite el resumen
o la síntesis; lo esencial está en el recorrido, no
en el desenlace.
La historia
de la subjetividad en la literatura -y del género autobiográfico
que seguramente es el más apasionante de todos- comienza
en el siglo XVIII cuando ésta se convierte
en la afirmación del individualismo. Antes el autor ponía
en la escena héroes, modelos universales en los que el comportamiento
seguía los códigos de un arquetipo de la sensatez,
el autor clásico buscaba por encima de todo representar "modelos
de la conducta humana" con objetivos moralizantes. El "yo"
se afirma desde el cogito ergo sum de Descartes pero realmente
se adentra en la literatura con Rousseau: "Yo quiero mostrar
a mis semejantes un hombre en toda la verdad de su naturaleza, y
este hombre seré yo" (Las Confesiones). Es la
voluntad de aparecer en estado de desnudez, sin artificios o elementos
que pudieran interferir en la descripción de un ser visto
desde su interior. Ese adentrarse en el universo del yo más
profundo dejará una huella de la que surge una nueva manifestación
literaria en la historia de las letras.
Cuando eso
ocurre asistimos a la total identificación entre el autor,
narrador y personaje del relato, y al convenio que establece con
el lector: el llamado pacto autobiográfico. La eficacia de
esta literatura reside en la adhesión del lector al relato;
y se debe a no hacer intervenir juicios de otro orden sino los que
la misma literatura impone. ¿Qué significan entonces
términos como el de verdad o el de mentira? Como en la novela,
lo importante en la autobiografía es que el relato funcione,
que el lector se deje llevar por la historia que se justifica al
interior y en sí misma, sin que de ningún modo pueda
objetársele la exageración o cualquier artificio que
deforme "la realidad". La autobiografía es una
recreación, no puede ser sino un ejercicio literario en el
que la noción de verdad no posee interés alguno. De
esta forma la promesa de Rousseau es una voluntad que no implica
la credulidad del lector, o mejor dicho, su adhesión a la
fórmula por la que se le llevará. Poco importa que
el autor no sepa con precisión los límites de la verdad
y que su memoria pueda llevarlo a deformar un pasado ya lejano.
La apuesta de la escritura es aquí de otro orden: la articulación
del relato y, en ocasiones, la identificación del lector
con el narrador -héroes de una historia personal- en su propia
dimensión. El rasgo distintivo de la autobiografía
es su escala individual y no épica. La posibilidad de adentrarse
en un personaje está al alcance de todos y si un niño
puede creerse Robinson Crusoe, el lector adulto puede sentirse más
cómplice de un escritor que se busca y analiza en el transcurso
de esta práctica literaria que reconocerse héroes
alejados de sus preocupaciones.
El siglo XIX
no fue un gran momento para la autobiografía, pero el famoso
"Madame Bovary soy yo" aún resuena. La idea de
la influencia del "yo" del autor en el relato era entonces
aceptada. La poesía evolucionó más rápido
en ese sentido y aunque existieron dentro del Parnaso o en la novela
naturalista quienes excluyeron la subjetividad de la escritura,
la idea de la intromisión del "yo" se hizo común.
Huysmans y sus contemporáneos de final de siglo encaminaron
a la escritura hacia esa búsqueda.
Cuatro razones
hicieron la presencia autobiográfica inherente a la producción
francesa del siglo XX: la herencia asimilada
de un pasado que busca el individualismo, la duda ante el interés
de la novela como representación de una vivencia real, la
visión de la escritura como una posible forma de redención
y el rechazo de una cultura de masas demasiado inclinada hacia lo
fácil.
La duda ante
la trama novelezca no data del Nouveau Roman. Ésta
se da de manera constante a lo largo del último siglo como
una falta de respeto al género. Raymond Roussel con el célebre
Como escribí algunos de mis libros se burla del tan
bien fundado pacto novelezco. La obra narrativa de Cendrars comienza
a introducir la búsqueda autobiográfica (pocas de
esas obras sostienen tan bien la ambigüedad entre artificio
y realidad, creación de una leyenda que hasta las biografías
tienen dificultad para desentrañar) "Uno no escribe
sino de sí", confesó Cendrars. Sus cuatro grandes
novelas autobiográficas permanecen como monumentos del género,
a pesar de y gracias a las increíbles fábulas que
incluye en el relato de su vida.
La gran pregunta
abre el texto más famoso de André Breton, Nadja:
¿quién soy? La escritura seguramente es, entre
otras cosas, una búsqueda de la identidad y una respuesta
a las cuestiones más simples y profundas. Pero hacerse la
pregunta de una manera tan brusca como esa se acerca a los surrealistas
cuando desmontaron el interés por la novela "pura"
preguntándole a sus contemporáneos ¿por qué
escriben? Breton sentía fobia por lo novelesco y Aragon desarrolló
sobre todo ese tipo de producción cuando se alejó
de la vanguardia. Además, fue él mismo quién
utilizó con más acierto las experiencias personales
para exprimir la materia y fabular a gusto. André Gide trabajó
poco el género, pero al mismo tiempo tuvo el gran hallazgo
de iluminar Los monederos falsos con la publicación
simultánea del diario de la novela. Más tarde utilizó
el término farsa para calificar Los sótanos del
Vaticano y la gran interrogación metafísica en
su obra buscó el imaginario como materia y vehículo
de las ideas, más que un fin en sí mismo. Malraux,
Sartre o Camus utilizaron este género como un vehículo
para sus ideas pero no hicieron de él el universo y el lenguaje
de sus obras. La historia sola no es suficiente, necesita nutrirse
de otros elementos más significativos. Esta época
de oro de la novela francesa poco tiene que ver con el desarrollo
de obras en otros idiomas: la novela como soporte del pensamiento
es un género casi exclusivo de la cultura francesa.
La aparición
de otra forma de pensar y de poner en práctica al género
novelesco como el Nouveau Roman es por una parte la manifestación
de una ausencia de credibilidad en la novela como representación
del mundo; y por otra, la consecuencia de una asimilación
del pensamiento en obras como la de Proust o la de Joyce, y en algunos
filósofos.
Estos dos
novelistas buscaron, entre otras cosas, reconciliar la escritura
con el acto inmediato de la conciencia. Monólogos interiores,
afloramiento del recuerdo y asociación de ideas, fueron algunos
de los procedimientos que utilizaron para lograr que los lectores
experimentaran sensaciones. Robbe-Grillet, Claude Simon o Nathalie
Sarraute, algunos de los autores emblemáticos del Nouveau
Roman, escribieron obras en las que la ausencia de trama es
sustituida por la riqueza del lenguaje o la introspección.
El Nouveau Roman busca principalmente mostrar un estado espiritual
o anímico antes que construir una historia con códigos
preestablecidos. Entonces es usual que la autobiografía esté
presente en la producción de estos autores como por ejemplo
en: La ruta a Flandes de Claude Simon, El espejo que vuelve
de Robbe-Grillet, Enfance (Infancia) de Nathalie Sarraute
o en El amante de Marguerite Duras. La experiencia interior,
la búsqueda del yo o el simple hecho de escoger dentro de
la propia vida aquellos elementos del relato hace que estos escritores
tengan una voz original. También hay en ellos un gusto por
el Lenguaje en el que se expresan sus experiencias; sin esa exploración
del lenguaje llevada al límite no es posible concebir su
obra. La aventura interior no puede expresarse con un vocabulario
limitado o un estilo manido.
A la inversa
de las ideas del Nouveau Roman, en la autobiografía
el escritor pone como principal valor lo humano. La voluntad de
buscar en sí mismo la materia literaria es imposible sin
una pasión por el espíritu o una gran curiosidad.
La autobiografía también puede tomar forma de confesión
y así preparar la redención.
"Intentaré
una explicación: escribir es el último recurso cuando
uno ha traicionado" escribió Genet quien, como lo mostró
Sartre, conocía muy bien la evasión que se da en la
confesión escrita. El origen de la obra novelística
de Genet se halla en el pasado y en él mismo. Sin embargo,
el ejemplo más significativo del trabajo autobiográfico
es el que persiguió Michel Leiris tanto en La edad de
hombre como en los cuatro volúmenes de La regle du
jeu (La regla del juego) y en los diversos diarios publicados
después de su muerte y que lograron sorprender a un gran
número de lectores.
En el ensayo
que prologa La edad de hombre titulado "De la literatura
considerada como una tauromaquia", Michel Leiris da su justo
valor a la escritura explicando que el compromiso del autor con
sus propias palabras va en contra de la posición neutral.
Leiris retuvo la noción de riesgo que debe tener el texto,
tal como lo buscaron los surrealistas y su amigo Bataille. El compromiso
personal es tanto la causa del texto como su objeto. En ese sentido
escribió: "En la base de toda introspección subyace
el gusto de contemplarse y en el fondo de la confesión reposa
el deseo de ser absuelto". Leiris recorre ese camino con honestidad
y lucidez. Las preguntas que suscita su obra son: ¿detrás
de cada una de sus confesiones no hay un deseo de ser perdonado?
¿Un ateo como él aspira a una verdad inmaculada? ¿Busca
redimir sus culpas escribiendo? Estamos cerca del catolicismo o
de la confesión de la falta y aceptarla sinceramente casi
es suficiente para obtener el perdón del sacerdote y por
ende de Dios. Sin embargo, Leiris dice: "Subsistiría
que le es forzoso (al escritor) proporcionar pruebas para el juicio
de nuestro actual sistema de valores, e influir (...) con todo el
peso que por lo general lo oprime, en el propósito de liberar
a todos los hombres, sin lo cual nadie podrá alcanzar su
liberación". La escritura como forma de salvación
sin Dios pero con la obsesión de llegar a una redención
personal que sirve, por medio de la publicación del texto,
a la de todos. Entonces el autor accede a la escritura autobiográfica
inclinándose mucho más hacia la reflexión psicoanalítica
que a la confesión, aunque los puntos en común entre
estos dos sean muchos. Por otro lado, el lector tiene la oportunidad
de escoger entre el confesor o el analista, teniendo una participación
activa en el proceso mismo de la escritura.
Todo esto
no es posible sino cuando el autor hace un compromiso real y en
el que él mismo se pone en juego. Leiris así lo entiende
y en la metáfora del torero lo ilustra: "Lo que sucede
en el ámbito de la escritura, ¿no está desprovisto
de valor si sólo es estético, anodino,
sin riesgos, si no existe nada en el hecho de escribir una obra
que sea equivalente de lo que para el torero es el afilado cuerno
del toro, lo único que otorga una realidad humana a su arte
y le impide ser otra cosa que los frívolos encantos de una
bailarina?". La forma de llegar al nivel de riesgo de una escritura
que no se limita a ser una copia bien redactada es entonces la autobiografía
que lleva un peso que la narración no puede soportar. El
descubrimiento de sus diarios por un momento ensombreció
la credibilidad en sus otros textos: ¿cómo entender
las prácticas conjuntas de la reconstrucción literaria
del pasado personal frente al diario, que es todavía mucho
más íntimo? Seguramente es necesario ver en esos diarios
el desasosiego de perder la espontaneidad que brinda escribir en
presente y la voluntad de tomar notas que más tarde serán
útiles. No obstante lo esencial de la obra está en
la autobiografía concebida para la lectura.
La autobiografía
es también el ejercicio literario más comúnmente
practicado para rechazar el consumo de la cultura masiva. En Francia
la escritura contemporánea se replegó sobre sí
misma y usualmente ha evitado la confrontación con otras
disciplinas artísticas como las audiovisuales. Muy pocos
escritores se involucraron con el cine o la televisión. La
idea de desarrollar "una auténtica obra literaria"
tiene que pasar por el zambullido interior y los autores más
célebres del momento han vuelto a la autobiografía.
En una buena parte de la obra de un autor como Perec encontramos
que observa su propio pasado: W ou le souvenir d´enfance
(W o el recuerdo de infancia), Je me souviens (Me acuerdo), La Boutique
obscure (La tienda oscura) Como él mismo lo confiesa
en Penser, classer (Pensar,clasificar): "casi ninguno
de mis libros escapa a la influencia autobiográfica".
De ahí se desprenden dos características: el tono
intimista como una de las fuentes con mayor presencia en la literatura
francesa contemporánea y la fusión entre narración
y autobiografía.
A partir de
la década de los ochenta algunos escritores, como una reacción
contra la narrativa lineal, las tramas alejadas del interés
personal o demasiado cercanas al entretenimiento, practicaron una
escritura que la crítica ha llamado "intimista".
Pierre Michon con Vidas Minúsculas, Charles Juliet
con L´année d´éveil (El año
del despertar), Annie Ernaux con La vergüenza, L.
R. Des Forets con Ostinato, Francois Bon con El entierro
y también el famoso premio Goncourt Jean Rouaud con su trilogía
autobiográfica: Campos de honor, Des hommes illustres
(Hombres ilustres) y Le monde à peu près (El
mundo más o menos). Todos ellos buscaron en su pasado
la materia literaria. Cada uno ha seguido una evolución artística
que hace que sus libros probablemente sean los clásicos de
mañana. Estos autores comparten una extraña voz que
emerge de sus textos o quizá sea el tono parejo de sus voces.
Más que de unidad de tema conviene hablar de la unidad de
tono, un poco borrado y discreto. Luego puede continuarse la lista
de temas abordados: La desaparición de la madre de Annie
Cohen en Bésame mucho (en español el original),
la infancia de Pirotte en L´épreuve du jour.
Otra forma literaria mucho más paródica es la que
utiliza Jean Echenoz o Marie Redonnet en la que el tono paródico
delgado y sutil es el que domina la literatura francesa. En todos
el reflejo ha sido replegarse hacia el interior, hacia lo que sólo
las palabras pueden expresar y que la imagen no puede captar: las
emociones.
Otra característica
ha sido la presencia del "Yo" que es el vaso comunicante
entre las obras de ficción y los recuerdos personales. Esta
peculiaridad no es exclusiva de la narrativa francesa pero es un
fenómeno presente en las obras más importantes del
siglo XX: En busca del tiempo perdido
de Proust, Mis amigos de Bove, Viaje al fin de la noche
de Céline, Las palabras de Sartre, El primer hombre
de Camus, todas las novelas de Genet, los representantes del
Nouveau Roman o Perec. La lista es larga y son pocos los
autores que permanecen al margen de esta práctica.
He propuesto
un breve recorrido por los momentos literarios en los que la página
en blanco ha hecho las veces de espejo, donde la mirada del autor
no está al servicio de una trama imaginaria. El tema es el
de una literatura reflexiva en la que el autor se sumerge en el
texto y rechaza la representación artística ajena
a él mismo. No desea crear una ficción que no lo incluya
en la escena y que le niegue el papel protagónico. Buscar
en sí mismo la materia expresiva y de este modo exponerse
al juicio del lector ha sido el desafío de estos escritores.
Sería fácil hacer una lectura semejante en el dominio
de la poesía a partir de Rimbaud y Mallarmé. Ellos
también elaboraron textos en los que se busca la expresión
del universo íntimo. Mirarse a uno mismo no impide mirar
al mundo; más bien nos recuerda que el mundo ya existía
antes de nosotros y que la pluma siempre está guiada por
una conciencia impregnada del "Yo". Reconocerlo no es
un signo de debilidad o una salida fácil sino al contrario,
la expresión autobiográfica al cumplirse en la escritura
se engrandece.
Traducción
del francés de Virginia Jaua Alemán.
En las obras que no están editadas en español se señala
primero el
título en francés y luego la traducción entre
paréntesis (N. de la T.).
Philippe
Ollé-Laprune,""Yo" no es "otro"",
Fractal
n° 18, julio-septiembre,
2000, año 4, volumen V, pp. 143-154.
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