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Es cierto que la antropología moderna tiene una rama fundamental en el estudio de lo cotidiano, pero esto viene después del prejuicio señalado. Y Bartra a lo largo de más de una docena de libros parece haberse propuesto eludir que lo etiqueten en un compartimiento estanco del conocimiento. En cambio, cuando yo me he planteado la necesidad de ubicarlo en un contexto intelectual de manera genérica le pongo sin lugar a dudas el calificativo de ensayista, y lo ubico orgullosamente en la tradición de Montaigne hasta nuestros días, la que en español ha tenido importantes practicantes y México no es la excepción en ese desarrollo.1
Perfil biográfico
Bartra nace en 1940, la década en que se escribe El laberinto de la soledad (se publica como libro en 1950 pero algunos fragmentos aparecen en diferentes revistas en la década anterior) y empieza a vivir su adolescencia y juventud en la misma época en que ese libro empieza a volverse una referencia necesaria dentro de la reflexión nacional en cualquier área profesional y en pleno desarrollo de la búsqueda de identidad del mexicano (momentos clave: los libros de Samuel Ramos, Octavio Paz y Jorge Portilla).2 Esta búsqueda nace con una función contradictoria: legitimar el nacionalismo triunfante que emerge de la revolución y, a la vez, decodifica -al reflexionar sobre ella- esa imagen preparada expresamente para coincidir con el discurso, no con la realidad. En este caso, paradójicamente, buscar lo que (se supone) ya se tiene: una identidad.
La psicología,
la filosofía, la estética, hasta la biología
y la medicina si fuera ahora se hablaría de un código
genético propio del mexicano- se pusieron al servicio de
esa búsqueda de identidad, y no hay duda, se han producido
una serie de reflexiones muy interesantes y enriquecedoras de la
cultura, pero también hay una acumulación de lugares
comunes acríticamente aceptados, que -a su vez- pasaron a
formar parte de nuestra "identidad".En ese contexto Bartra
comienza su trabajo ensayístico en los conflictivos años
sesenta, caldo de cultivo de muchas de las inquietudes que aún
nos quitan el sueño en este cambio de siglo y de milenio.
El México que
va de las luchas de los ferrocarrileros a la de los estudiantes
pasando por las de médicos y maestros, de bruscos cambios
estéticos y literarios la generación de la ruptura,
la Revista Mexicana de Literatura, La Casa del lago-, de
los primeros focos guerrilleros a la matanza del 68 como colofón.
Pensar en esa década la identidad del mexicano fue un poco
buscar desarticularla, cuestionar sus fundamentos ideológicos
y metodológicos de raíz. Por entonces Bartra se ocupa
de cosas que hoy nos suenan a chino como el modo de producción
asiático y otras especializaciones de la ideología
transformada en método. No vivía en México
cuando el 68, pero su postura como la de otros intelectuales
de su generación con un pasado político similar- no
derivó de la aceptación dogmática de esquemas
de pensamiento sino de la puesta en duda de las metodologías
aprendidas y de las verdades absolutas. Más cerca pues del
aspecto lúdico del mayo parisino que del fúnebre octubre
mexicano en aquel año.
Fruto de ese trabajo
fue un Breve diccionario de sociología marxista, una
antología sobre el asunto de la producción asiática
y varios ensayos de análisis político. Vale la pena
detenerse en aquellos años en su obra en los que la metodología
no se presenta como sentido sino como herramienta y en donde el
compromiso ideológico evidente no pierde de vista las limitaciones
inevitables de toda reducción conceptual. La ortodoxia se
va diluyendo en la dialéctica -estaba de moda usar esa palabra
sin saber del todo su significado- de la teoría y la práctica.
Años en que el Partido Comunista Mexicano deja la clandestinidad,
surgen las luchas del sindicalismo universitario y la formación
de nuevos partidos, como el Partido Mexicano de los Trabajadores.
Retrospectivamente
no es difícil ver en los trabajos "ortodoxos" de
Bartra la heterodoxia que vendría después, pero donde
se manifiesta de manera muy evidente es en el libro Las redes
imaginarias del poder político, aparecido en 1981. En
los ensayos ahí reunidos Bartra pasa revista a algunas de
las teorías más innovadoras sobre el poder, y lo hace
sin complejos tercermundistas y mostrando cómo algunos planteamientos
muy interesantes acaban o en una trampa metodológica o mordiéndose
la cola pienso por ejemplo en Michel Foucault-, mostrando
además la manera en que estas teorías se relacionan
con el contexto mexicano. Esta obra sirve de bisagra para fertilizar
su trabajo con contenidos más imaginativos, venidos del terreno
del arte y la literatura e inicie un proceso de revisión
de lo mexicano que lo llevara a un libro fundamental, La jaula
de la melancolía en 1987.
El
pensamiento ensayístico
El descubrimiento de
un pensamiento multidisciplinario lo lleva a cuestionar los compartimentos
estancos de un pensamiento que responde a la necesidad de unos aparatos
ideológicos de estado, y subraya la necesidad de permanecer
en movimiento respecto a las hipótesis formuladas anteriormente
y a como estas se convierten en formas de legitimación del
poder. Es el arte lo que mejor se sustrae al destino legitimador
y Bartra busca para sus ensayos la misma condición. Sabe
que al discurso dominante en ese terreno, ejercido de manera brillante
por Octavio Paz, no hay que oponer una iconoclastia pedestre ni
una reverencialidad servil. La admiración, para serlo, debe
ser una admiración crítica, que busque situarse como
interlocutor real de su modelo.
A la formulación
de una certeza Paz tiene como interlocutor natural a la izquierda-
va a suceder, en los años noventa un abandono (por lo menos
temporal hasta cargarlas de un nuevo sentido) de las etiquetas reduccionistas
y cada vez menos útiles entre izquierda y derecha. La melancolía
tendrá que dejar de ser una jaula para ser un ámbito
de libertad y tal vez- dejar de ser melancolía. En
este periodo los textos de Bartra entran cada vez más en
confrontación con los gurús de la izquierda nacional,
y al evidente desplazamiento de intelectuales contemporáneos
suyos hacia la derecha él se resiste y sigue escribiendo
textos que analizan la realidad política desde convicciones
aún válidas: una sociedad más democrática,
igualitaria en el terreno civil, tolerante con las diferencias,
más justa en lo económico, más libre y activa
en el ámbito creador. Sabe, además, que no pueden
ser sólo buenos deseos.
En 1988 la votación
masiva para Cuahutemoc Cárdenas, líder de un Frente
electoral, toma por sorpresa incluso al propio candidato, pero mientras
el aparato del estado se reacomoda y agrupa casi de inmediato la
izquierda no sabe qué hacer con sus votos y su fuerza. Empiezan
esos largos años llamados de transición a la democracia
y en los cuales Bartra refuerza su convicción de que esas
distinciones decimonónicas no sirven para describir lo que
sucede en México y que el fenómeno es mucho más
complejo. Por otro lado se niega a ser utilizado como intelectual
orgánico de un aparato, tenga el signo que tenga, y prefiere
ejercer su labor reflexiva de una manera ambiciosa y rigurosa, con
un aliento poco frecuente en México, en un extraordinario
díptico formado por El salvaje en el espejo y El salvaje
artificial.
Estas dos partes de
un mismo y extenso ensayo son en realidad una crítica de
la mirada que el imaginario europeo tuvo y tiene sobre América
a partir de una revisión de concepción del salvaje
como figura del discurso en todas sus manifestaciones icónicas,
ideológicas, filosóficas, literarias, míticas
y artísticas. Representan otras vuelta de tuerca en la obra
de Bartra pero están directamente conectadas con sus meditaciones
sobre el mexicano; al mostrar la evolución y los aspectos
de la evolución del mito del salvaje describe lo que Europa
quería ver en América y lo que veía en sí
misma, también lo que no quiere ver ambos lugares.
Entre la aparición
de ambos libros el primero en 1992 y el segundo en 1997- tiene
lugar el levantamiento zapatista en Chiapas. Con relación
a él Bartra ha mantenido una de las posturas más inteligentes
entre los intelectuales mexicanos, al no dejarse deslumbrar por
los espejismos sentimentales de una revolución posmoderna.
Comprende los peligros de la ingenuidad revolucionaria y las trampas
de una fe voluntarista, prefiere sopesar argumentos y señalar
esos peligros en un libro como La sangre y la tinta, ensayos
sobre la condición postmexicana, de 1999, y volvemos
a comprobar la vigencia de sus ensayos políticos en La
democracia ausente (primera edición 1986, segunda edición
revisada y aumentada 2000) y Oficio Mexicano (1993). Bartra
sabe que su función es más preguntar que responder,
pero una pregunta que no tiene respuesta es una pregunta mal planteada,
no un misterio.
Este recorrido por
la bibliografía bartriana no estaría completo sin
mencionar El siglo de oro de la melancolía, publicado
en 1998, ambicioso texto que lo regresa, pero de otra manera, a
las meditaciones sobre la melancolía. Se sumerge en las raíces
históricas del concepto y en su vinculación con la
literatura el volumen incluye una serie de textos hispanos
y novohispanos sobre el asunto, estudiados y anotados con rigor.
Bartra es cada vez más descriptivo pero su descripción
es literatura en todo el sentido de la palabra.
La
paradoja como método
Después de este
breve recorrido generalizador vale la pena matizar cada punto y
detenerse en ciertos momentos del desarrollo intelectual de su autor.
Por un lado Bartra surge como ensayista en la década de los
sesenta, en un momento en que el marxismo ha iniciado el camino
para volverse un lastre del pensamiento pero aún tiene y
tendrá- una enorme influencia en los medios académicos
hispanoamericanos, y especialmente en el de la antropología,
su primera (no hay que olvidarlo) formación profesional.
En aquellos años de aprendizaje, con su interés en
el "modo de producción asiático", mostraba
un deseo de situarse en el contexto real de un país real
surgido como fruto de una revolución campesina castigaba
y detestaba el campo, y en el cual la agricultura se volvía
cada vez más un manantial de retórica y una excusa
para dar trabajo a la cada vez más floreciente clase de los
"licenciados" en el poder, un arcaísmo en un país
con una modernidad ficticia pero ideológicamente rentable.
México se quedó sin agricultura pero no gano modernidad
sino burocracia. La subsistencia del "modo de producción
asiático" era es- característico de lo
que en ese momento aún no se llamaba tercer mundo. Lo que
queda claro es que Bartra quiso entender las cosas desde la misma
base: La lucha entre una fuerza de trabajo sobreexplotada y una
tecnología subutilizada o de plano ausente.3
Ese aprendizaje de
una método "véase: Codificación,
Comparación, Escalas, Verdad (Criterio de)"- le permitió
hacer el autoproclamado como provocador Breve diccionario de
sociología marxista, un libro interesante todavía
precisamente porque no es un diccionario sino una serie de tópicos
puestos en juego gracias a la apariencia de serlo. En ese lejano
año de 1972 Bartra quería distanciarse del dogma y
empezaba a cultivar la paradoja, cuestionaba al mismo tiempo la
pobreza de la academia y la banalidad de los manuales.
Su obra mostraba la
voluntad y la necesidad- de incorporar un cierto carácter
juguetón al texto, de provocar la deriva entre las disciplinas,
de romper los moldes de la especialización, de interconectar
la capacidad lúdica del arte con la ciencia y en especial
con esa especie de contradicción en los términos llamadas
ciencias humanas. Por eso en su siguiente libro, Las redes imaginarias
del poder político puede tomar conceptos de la psicología
freudiana tanto como de la mitología, de la estética
como del uso común del lenguaje y de las frases hechas. Empieza
a buscar libros que sean "obra abierta", no conclusiva.
El concepto de red, no empobrecido por el internet, emparenta con
el rizoma de Deleuze/Guattari y establece una crítica de
la razón del poder vinculada con lo que unos años
después en Europa se llamaría crítica de la
razón cínica.
La crítica del
poder en México la habían hecho con frecuencia los
novelistas y los poetas, los pintores y los caricaturistas, pero
no era frecuente que la hicieran los "científicos humanos",
parecía que eso, su campo natural, los paralizaba y la convicción
del compromiso les impedía el humor y la imaginación.
Bartra quería desembarazarse de ese lastre dogmático
sin renunciar a ciertas exigencias de rigor metodológico.
Por eso conserva el lenguaje e incluso estructuras reflexivas que
contrastan con la ironía y la voluntad de juego. Leído
ahora sigo pensando lo mismo que cuando lo leí por vez primera:
es un libro lleno de intuiciones y de certeras críticas,
pero un tanto confuso en su conjunto.
De
la red a la jaula
Las redes son jaulas
para los peces: cuando Bartra encuentra en el ajolote su la representación
zoológica de la evolución del mexicano escribe La
jaula de la melancolía. La ideología como una
cárcel no es ciertamente una idea marxista, teoría
que se piensa a sí misma "como una ideología
liberadora" de la propia ideología. El humor melancólico
la bilis negra- es más que una ideología es
una enfermedad, un estado de ánimo, una apariencia...- pero
es sobre todo ideología, así que Bartra parte de allí
para establecer su crítica: un pueblo el mexicano-
que se burla de la muerte, juega con ella, tiene una tristeza heredada
y un destino inevitable ¿De verdad esto es propio del mexicano?
No se ha hecho más bien una teatralización de algo
común a muchas culturas para legitimar un estado de subdesarrollo
fácilmente explotable. Tan lugar común como decir
que los brasileños son gente permanentemente alegre, los
peruanos traicioneros o que los cubanos viven bailando.
En La jaula de la
melancolía se desmontan varios de estos estereotipos
sin intentar establecer nuevos y con la plena conciencia de hablar
desde ellos. Frente a los libros anteriores de este autor es el
más reflexivo y el menos militante al realizar su fenomenología
del mexicano pone en suspenso sus juicios para permitir que el discurso
reflexivo se construya sin ellos-. Su análisis se ocupa de
los comportamientos ideológicos en la construcción
de variantes con relación al esquema original, pero también
realiza una crítica de la misma necesidad de tener una imagen
y una aquí significa excepcional y propia- de lo mexicano.
Para Octavio Paz en
los años cincuenta o para pensadores agrupados en la
revista Hiperión, como Leopoldo Zea- definir nuestra
idea del mexicano era entrar en posesión de ella, mientras
que para Bartra definir implica el riesgo paradójico de desconocer
al entrar en propiedad de un lugar común construido en y
por la ideología, no por la realidad. En la misma comparación
de los títulos está la diferencia entre ambos libros:
mientras el laberinto admite salida y propone una movilidad al interior
de esa soledad, la jaula es cárcel y la melancolía
inmovilidad, tal vez parálisis. Hay más distancia
menos entusiasmo- en la necesidad de Bartra de definir lo
mexicano.
En los años
cincuenta El Laberinto... fue contemporáneo de obras
como Pedro Páramo (Rulfo, 55), Confabulario
(Arreola, 57) en literatura, Los olvidados (Buñuel,
1954) en cine y de la pintura de Juan Soriano. Mientras que La
jaula... lo fue de la narrativa y el teatro de Hugo Hiriart,
la poesía de David Huerta y la música de Mario Lavista:
la sincronía es otra, y si la soledad se ha transformado
en melancolía se debe al abstracto "nosotros" de
lo mexicano disperso en las contradicciones del yo, tu, él
-cuando el individuo se quiere menos colectivo, menos gregario-.
La causa de la soledad es compartida por la colectividad mientras
las razones de la melancolía ya no. En ambos casos sigue
siendo una descripción generalizadora, pero con objetivos
distintos. Hay en la obra de Bartra un carácter reactivo
que Paz no tiene, o no de la misma manera, frente a Caso, Cuesta
o Ramos. El descubrimiento de El laberinto... lo ve como
encubrimiento, y es evidente que hace ambas cosas: descubrir y encubrir.
A su vez La jaula... no descubre, muestra. Sin embargo no
se trata de un texto desposeído de lo mexicano sino fascinado
por los fantasmas convocados. Al igual que para Monsivais en su
teatro de palabras, para Bartra el nacionalismo es más un
escenario que una patria discursiva. No se trata, evidentemente,
del final de esa búsqueda, después de este libro ha
seguido escribiéndose y polemizando sobre el asunto.
Para Bartra lo que
vuelve interesante la reflexión es precisamente el círculo
vicioso provocado. Lo piensa desde una perspectiva ya formulada
en Las redes imaginarias: el poder como aparato la
superestructura- y el poder como hecho concreto. El recuento de
la amplia bibliografía sobre lo mexicano le sirve para ver
no lo erróneo o cierto de cada mirada sino cómo se
articulan entre sí creando una tradición y unos usos
del poder. Hay sobre todo una mirada antropológica sobre
el presente, distinta de la de Ramos filosófica- y
Paz mitológica-. Por eso después de escribir
El laberinto de la soledad Paz escribe El Arco y la Lira,
mientras que Bartra después de La Jaula de la melancolía,
un estudio sobre el salvaje.
Así la mirada
poética de Paz se da hacia delante mientras que la antropológica
de Bartra se da hacia el pasado. Pero el futuro de Paz es el pasado
de Bartra, los cuarenta años transcurridos entre un libro
y otro son el lapso en el cual el planteamiento de El laberinto...
se fosiliza: Bartra quiere, al discutirlo, quitarle esa condición
calcárea, devolverle vida. Por eso quiere ser su interlocutor,
no dejarlo en manos de la demagogia del político priísta
ni tampoco en las de una ignorancia conservadora, menos aún
allí ya es irrescatable- en el vandalismo manipulable
de los grupúsculos ultras. No deja de ser sintomático
que haya tardado casi cuatro décadas en hacerse una lectura
crítica de El laberinto... desde la izquierda asumida
como oposición.
¿A qué
se debió esa tardanza? La izquierda, empeñada en reducir
todo a esquemas ideológicos o económicos no podía
entender el punto de partida de un libro como El laberinto de
la soledad que, al situarse en el terreno de lo imaginario,
rompía con los cartabones dogmáticos e incorporaba
el sentido del mito a la reflexión. La izquierda mexicana
nunca ha renunciado a ser un discurso dominante y esa cualidad,
la renuncia, es esencial para practicar el ensayo. Bartra lo entendió
muy bien y desde allí, desde el terreno del mito, ejerció
su crítica. Por eso incorpora a su discurso la capacidad
de la metáfora desde el título mismo- y utiliza
ese "enigma biológico" , el ajolote, como leitmotiv
a lo largo de todo su texto.
El tono erudito no
impide (aunque sí dificulta) que tenga una carga lúdica
y que Bartra juegue con los conceptos, los potencie a partir de
una combinatoria de disciplinas la literatura, la psicología,
la historia de las religiones, la biología y, desde luego,
la antropología- para poder ver el fenómeno desde
distintos aspectos. Como se dijo, Bartra es más bien escéptico
ante esa "identidad del mexicano", de la que Paz tenía
necesidad para articular su discurso, lo que le permite sacar a
la luz sin complejos los aspectos ocultos consciente o inconscientemente
en otros autores.
En determinados momentos
se perfila una preocupación futura en el autor: la historia
del hombre salvaje, icono similar en su funcionamiento al ajolote,
un estado de humanización anterior al hombre, aún
no del todo desarrollado pero ya capaz de reproducirse en su innumerable
descendencia en las artes y en las mentes, atractivo y repulsivo
a un tiempo, justificación de un ejercicio de poder no siempre
legítimo, busca dominar a esa otredad que en realidad se
define por ser ingobernable, es su resistencia al poder la que le
da su condición como tal.
En una sucesión
de máscaras el pasamontañas no dejaba de ser un señuelo
aunque sea un señuelo inteligente y práctico. Como
elemento más mítico que práctico la rebelión
zapatista ha creado un verdadero aluvión de iconos, algunos
muy afortunados, y una no menos masiva avalancha de papel impreso,
ésta no siempre afortunada. Y se ha quedado ahí, como
un fantasma en las montañas del sureste, con todas las cualidades
míticas de un hombre salvaje, y tal vez aislado por un régimen
hábil en su poco efectivo accionar sobre la realidad a corto
plazo.
En 1994, cuando se produce
el levantamiento indígena zapatista en Chiapas, Bartra tiene
entre los analistas de izquierda una posición mejor para
comprenderlo, ya que sus estudios lejanos sobre el modo de producción
asiática se volvieron de una incuestionable actualidad, a
la vez que está vacunado contra la demagogia que un régimen
de partido único había usado y manipulado, hasta vaciar
de sentido las nociones de lo indígena.
La realidad del bosque
o de la selva, como ocurre en Bajo los acantilados de mármol
de Ernest Junger, es una realidad otra, tanto en el tiempo como
en el espacio, su accionar se da en el terreno del mito, pero si
a la vez el mito es un motor de la imaginación y un "aparato
ideológico de estado" (para usar una nomenclatura en
boga en aquellos lejanos setentas), no se puede descuidar su acontecer
inmediato. Por eso Bartra ha combinado en la década de los
noventa un ensayo de largo aliento, con amplio trabajo de documentación
e investigación, con ensayos de circunstancias, de polémica
en corto, pero van más allá de su momento, y establecen
un modo crítico de la razón, incluso de la razón
ante el mito, poderosa atracción milenarista en estas fechas
y a la que no se quiere dejar llevar.
Por eso su posición
ante El laberinto de la soledad adquiere en ciertos momentos
un tono iconoclasta, ya que en la obra de Paz es el libro menos
racional, el más cercano a un animismo. apto para mistificar
y no para mitificar, más cercano a la trampa de la fe que
a la creación. No podía Paz enfrentarse a lo mexicano
como años después lo hizo frente a lo indio me
refiero al pueblo asiático, no al indígena mexicano-,
pues estaba demasiado involucrado con la función en presente
de su ensayo.
La
independencia intelectual del mexicano
Al país le tomó
cien años para declarar su independencia intelectual, y no
pudo hacerlo después de la guerra de independencia en 1820
sino pasada la revolución mexicana, y el retraso histórico
se volvió un desfase necesario. Roger Bartra supo entender
la inevitable impostura que recorre toda la reflexión sobre
lo mexicano, incluso en los momentos más brillantes, pues
buscaba legitimar dos momentos históricos distintos en un
mismo gesto, a la vez que otorgarle modernidad. El establecimiento
de una raíz de lo mexicano en la época prehispánica
tiene un gran éxito al distanciarnos de lo español
haciéndonos diferentes únicos- en occidente,
y ese pragmatismo impone el valor de verdad del argumento. Bartra,
más riguroso, y ya de salida de las obligaciones impuestas
por el nacionalismo postrevolucionario, ve con mayor claridad que
se legitima como raíces prehispánicas lo que son en
realidad sincretismos virreinales, mucho más unidos de lo
que se cree a la herencia española.
La preponderancia de
la máscara como figura metafórica: los teóricos
de lo mexicano se dieron cuenta, evidentemente, de que la máscara
era virreinal no prehispánica, y perdía su valor de
uso demagógico, por eso no se atrevieron a decirlo y le superpusieron
una segunda máscara, disfrazada de tiempo sin historia, de
origen metafísico, ya no discutible. Al imponerla a la reflexión
esa segunda máscara impidió ver hechos concretos como
el giro profundamente anticampesino de la revolución mexicana,
con su origen en el campo- más allá de las sugerentes
intuiciones que muchos de estos pensadores proponen sobre el carácter
del mexicano (pienso específicamente en los trabajos de Portilla
y de Reyes Nevares). La función de enmascaramiento no tiene
como objetivo inmediato lo social sino lo personal, y sólo
después irrumpe en lo colectivo, pero esa psicología
al definirse siempre en función de constantes masivas, cuando
no de promedios estadísticos, pierde legitimidad. Así,
libros como El laberinto de la soledad o La jaula de la
melancolía, que hablan desde una colectividad nosotros
los mexicanos-, lo hacen gracias a que aceptan como punto de partida
el individuo. Los lectores tienden a convertirlos en manuales de
comportamiento y no en textos reflexivos, y es su responsabilidad
o su falta de ella- el volverlos decálogos dogmáticos.
Una de las formas que
Bartra tiene de combatir la función estratégica de
lo mexicano como legitimación de un statu quo es el
extender el valor mitológico de la metáfora hacia
el campo biológico, aceptable sólo gracias a su contenido
paródico. Lo que entendemos como herencia tiene ese abanico,
es a la vez tanto lo legal digamos una propiedad- como lo
ético una moral-, como lo físico un carácter
biológico-. El ajolote es entonces la encarnación
de una situación moral desde el campo de la biología,
la cotidianidad de una monstruosidad evolutiva, precisamente monstruosa
por su capacidad de adaptación al medio por defecto. Es posible,
si nos permitimos la licencia historicista, decir que el PRI
en los años cuarentas y cincuentas era un "laberinto
de la soledad", mientras que en los ochentas ese aparato se
había vuelto un ajolote, una larva nunca transmutada en una
verdadera democracia, sobrevive sobrevive todavía a
pesar del dos de julio- gracias a su condición larvaria vuelta
cotidianidad.
¿Cómo
ocurrió el cambio (mas no evolución)? La soledad se
volvió colectividad, el laberinto estaba formado por los
otros y se transformo en prisión, la soledad se conservó
inmersa en su hábitat, la melancolía se nos presenta
como jaula, cárcel. Una prisión, por otro lado, de
la que no se puede (ni, tal vez, se debe) escapar, sino ampliar
sus límites. Es imposible al fin y al cabo es asunto
de la ideología- poder ver el carácter del mexicano
de una manera clínica, fría y aséptica: Bartra
trata de verlo en su propia dinámica histórica, sin
sujetarse a una toma de partido. Cuando escribe La jaula de la
melancolía todavía hay en su pensamiento una gran
deuda con el historicismo, en especial en su versión marxista,
pero en los libros siguientes El salvaje en el espejo,
El salvaje artificial y El siglo de oro de la melancolía
la distancia (más histórica que afectiva) con el tema
le permite una mucho mayor libertad y un uso de referentes muy amplio.
Esos trabajos de investigación
son una muestra de que, para entender de verdad el contenido, falaz
o no, de una psicología del mexicano se deba entender su
evolución histórica, y tiene que ver con el mundo
español de los siglos diecisiete y diez y ocho, con la particular
evolución del barroco en América. No es extraño
que en la última década se insista mucho no sólo
en una reflexión neobarroca sino en un análisis de
el periodo colonial, con mayor rigor y menos prejuicios. Un libro
fundamental es Las trampas de la fe del propio Paz, pero
habría que sumar investigaciones como las de Javier Mesa,
Oscar Martiarenas y Luis Wechman. La historia concreta exige, además,
que se mire sin prejuicios ese pasado, sobre todo a partir de los
contenidos contradictorios de muchas de la reivindicaciones del
zapatismo y otros movimientos indígenas.
Dos puntos esenciales
en el replanteamiento de la psicología del mexicano como
un terreno aún fértil para la reflexión estaría
el contenido del resentimiento (tal vez no exclusivo del proletariado
ni de las clases bajas) y el funcionamiento del discurso nacionalista.
En este último caso el nacionalismo debe abolir su sentido
excluyente el estanque del ajolote- y proponer la evolución
hacia la salamandra adulta. Paz en su obra como poeta tituló
uno de sus libros así: Salamandra. Yo, como creo
la mayoría de los lectores, identifiqué esa salamandra
con el reptil. El escritor Gerardo Deniz ha señalado que
no se refiere al reptil sino a un peculiar instrumento para calentar
los cuartos, una especie de calentador de carbón, que toma
su nombre del monstruo de fuego. Es una salamandra urbana, civilizada,
incorporada a la vida cotidiana. Algo así debería
ocurrir con la psicología del mexicano. No por eso dejará
de ser jaula o laberinto ni renunciará a sus cualidades melancólicas,
entre las cuales figura de manera preponderante la soledad.
Notas
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(1) De hecho lo que da lugar a estas notas
es mi participación como presentador de Roger Bartra en un
coloquio sobre El laberinto de la soledad a cincuenta años
de su publicación, notable ejemplo de ensayo creador.
(2) El perfil del hombre y la cultura en
México, El laberinto de la soledad y Fenomenología
del relajo respectivamente.
(3) Remito a la definición que da el
autor del Modo de producción asiático en su Breve
diccionario de sociología marxista.
José
María Espinasa,"Roger Bartra, gramática de la
melancolía", Fractal
n° 18, julio-septiembre,
2000, año 4, volumen V, pp. 69-85.
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