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BARBARIE.
Componente habitual en los procesos culturales. Según Walter
Benjamin, todo documento de cultura es al mismo tiempo un documento
de barbarie. A través de toda la historia, cada sociedad
se arregló para colocar lo bárbaro fuera de sus fronteras.
El populismo absolvió la barbarie dentro de la propia sociedad.
La globalización la trajo y la reprodujo dentro de nuestras
naciones y nuestras casas.
CAMPOS
MODERNOS
¿Cómo
salir de la sensación de impotencia que genera la diseminación
de un sentido común globalizado? Si el pensamiento único
de los economistas neoliberales se ha impuesto por todo el planeta
no es tanto por sus éxitos parciales (contener la hiperinflación,
aumentar la competitividad de algunas empresas), como por haber
logrado quitarle importancia a sus fracasos (aumento del desempleo,
de la distancia entre ricos y pobres, de la violencia e inseguridad
urbanas). Luego extienden sus precarios éxitos explicativos
en una zona de la economía -las finanzas- al conjunto
de la sociedad y la cultura. Todo se podría entender reduciéndolo
a fenómenos de mercado y flujos de inversiones especulativas.
Esta pretensión
de dar cuenta de lo que ocurre en los campos de la naturaleza, de
la educación y la creación artística, del poder
y del sufrimiento, sujetándolos a otro territorio fue característico
de las épocas premodernas. Se traía a fuerzas extrañas
a esos campos y se les pedía que explicaran y arreglaran
aquello con lo que no se sabía qué hacer. Seres extranaturales
eran invocados para poner orden en la naturaleza, los dioses se
volvían competentes no sólo en cuestiones religiosas
sino en los desórdenes más cotidianos de la educación
y la moral, esclarecían los misterios del arte, los sufrimientos
más variados y los ejercicios más arbitrarios del
poder.
La modernidad
modificó esta situación al buscar explicaciones específicas
para cada proceso. Del régimen totalitario de los "saberes"
míticos y teológicos pasamos al régimen que
independiza los sistemas en que funciona el mundo y que hemos llamado
ciencia. Se trata no sólo de saberes laicos, sino específicos:
conocimientos biológicos para la naturaleza, sociales para
lo social, políticos para el poder, y así con cada
campo.
¿Por
qué hemos perdido esta elemental regla metodológica,
y por qué su abolición ha sido tan fácilmente
aceptada? Las narrativas del siglo XX sugieren
dos claves: el mundo se ha vuelto más complejo y más
interconectado. Las "teorías" que proponían
los relatos para entender cómo se relacionaban los saberes
específicos de cada campo, la economía con la educación,
y ambas con el arte y el poder, fueron incapaces de controlar los
desórdenes (liberalismo clásico) o lo hicieron con
un absolutismo a la larga ineficaz, que generó más
descontento que soluciones (el marxismo). Entonces llega otra "teoría"
que propone variar un poco las explicaciones del liberalismo, suprimir
la autonomía que éste reconocía a los campos
y la autonomía que toleraba en las naciones y los sistemas
civilizatorios (occidente por un lado, oriente por el otro), a fin
de proponer una nueva comprensión de la creciente complejidad
aparecida en un mundo cada vez más interrelacionado. Lo hace
con principios demasiado simples, entre los cuales el vertebral
es convertir todos los escenarios en lugares de compra y venta.
Si en la educación, en el arte, en la ciencia y en la política
ocurren procesos distintos del intercambio de mercancías
son detalles menores, "daños colaterales" (como
dijo la OTAN en la guerra de Kosovo), que
al fin de cuentas se volverán reductibles a lo que esos ámbitos
tienen de mercado.
Está
por descifrarse cómo un pensamiento tan elemental se pudo
convertir en sentido común universal. No alcanzan las explicaciones
comunicacionales que lo atribuyen al poder persuasivo de los medios,
ni las conspirativas que lo ven como una especie de golpe de estado
rápido de las multinacionales. Ambas interpretaciones apuntan
a movimientos parciales, que sin duda ocurrieron y aún operan.
Pero despachan demasiado velozmente la cuestión de qué
ha fracasado en el proyecto moderno para que se hayan perdido tantas
de sus conquistas. No simplemente qué falló en la
economía o en la política moderna, o en la ciencia
y en las vanguardias artísticas por separado, sino por qué
se frustró el propósito de pensar las interrelaciones
entre estos campos respetando su autonomía.
Si tomamos
en serio las críticas de científicos sociales que
se multiplican hoy a la globalización hecha a la neoliberal
(Beck, Bourdieu, Castells, Habermas) y los movimientos sociales
y políticos que buscan reencontrar niveles de justicia social
y económica, de empleo y seguridad, de desarrollo educativo
y cultural alcanzados por las mayorías en la modernidad (Seattle,
Washington, Quito, etc...), repensar estas cuestiones parece decisivo.
Porque no se trata apenas de construir movimientos de resistencia,
sino de refundar la modernidad. Aparece, entonces, indispensable
la tarea cultural: repensar los significados, el sentido moderno,
aceptando la complejidad de las interacciones globales. Rediscutir
la autonomía de los campos culturales, políticos,
económicos, y sus necesarias interconexiones.
CREATIVIDAD.
Desde la mitad del siglo XX esta palabra fue
objeto de suspicacias o desinterés. En parte se debe a que
la sociología y la historia social del arte mostraron la
dependencia de los artistas de los contextos de producción
y circulación en que realizan sus innovaciones. Los actos
"creadores" fueron analizados más bien como trabajo,
como culminación de experiencias colectivas y de la historia
de las prácticas sociales. Aun cuando actúen en ruptura
con las convenciones establecidas, los artistas que desean comunicar
sus búsquedas deben tomar en cuenta los hábitos perceptivos
y la disposición imaginativa de los receptores, que se hallan
socialmente estructurados (Bourdieu).
En segundo
lugar, después de la efervescencia innovadora de los años
sesenta (happenings, arte en la calle, valoración
del gesto en la plástica, de la improvisación en la
música y en las artes escénicas), que extremó
la capacidad inventiva y la originalidad como valor supremo, el
impulso vanguardista se agotó. De los años setenta
a los noventa, las artes visuales mostraron cierta monotonía,
como si hubieran llegado a un techo creativo. El pensamiento posmoderno
abandonó la estética de la ruptura y propuso revalorar
distintas tradiciones, auspició la cita y la parodia del
pasado más que la invención de formas enteramente
inéditas. Pero fue sobre todo con la expansión de
los mercados artísticos, cuando se pasó de las minorías
de amateurs y élites cultivadas a los públicos
masivos, que disminuyó la autonomía creativa de los
artistas. Sus búsquedas fueron situadas bajo las reglas del
marketing, la distribución internacional y la difusión
por medios electrónicos de comunicación. (Hughes,
1993; Moulin, 1992).
Un tercer
factor que quitó apoyo a la creatividad fue la reducción
del mecenazgo estatal y de los movimientos artísticos independientes
en la cultura. Las políticas privadas y públicas se
reconfiguraron bajo criterios empresariales. En vez de la originalidad
de lo creado y exhibido, se destacó la capacidad de recuperación
de las inversiones en exposiciones y espectáculos. Cada vez
se pregunta menos qué aporta de nuevo esta obra o este movimiento
artístico. Lo que interesa saber es si esa actividad se autofinancia,
genera ganancias y prestigio para la empresa que la auspicia. Es
difícil que los artistas logren interesar a un sponsor
sin ofrecerle impacto en los medios y beneficios materiales o simbólicos.
Si bien
estas tendencias persisten, en los últimos años la
creatividad vuelve a ser valorada en varios campos culturales. Por
ejemplo, en el diseño gráfico e industrial, la publicidad,
la fotografía, la televisión, los espectáculos
multitudinarios y la moda. Quienes diseñan una revista semanal,
filman videoclips y renuevan los estilos de vestir están
preocupados por el hallazgo de nuevas formas, por combinar textos,
imágenes y sonidos de una manera que a nadie se le había
ocurrido. Su reconocimiento en el mercado depende de que su firma,
o la de la empresa para la cual trabajan, logren sorprender periódicamente,
ofrezcan novedades que los diferencien de los competidores y de
su propio pasado.
En las
artes "cultas" algunos autores preguntan si la pérdida
de la creatividad no sería un fenómeno del mainstream,
o sea de los artistas controlados por circuitos de galerías
y museos que tienen sus centros en Nueva York, Londres, París
y Tokio, quienes se han rendido "a la imagen efímera
de los medios y a la persuasión sin protestas"... "al
declive general de los niveles educacionales" y al "estado
de continua agitación, pero cada vez con menos expectativas"
(Hughes, 1992), que se observa en las metrópolis citadas.
En búsqueda de nuevas fuentes creativas, museos de esas ciudades
miran hacia las minorías de sus propios países, al
arte y las artesanías de sociedades periféricas. Algo
semejante ocurre en la realimentación del mercado de la world
music con melodías y cantantes étnicos, lo cual
suele llevar a oponer fácilmente un primer mundo fatigado
y un tercer mundo creativo. Tales exaltaciones ocasionales no modifican
la asimetría, la desigualdad estructural entre unos y otros,
aún más difíciles de superar en las condiciones
de empobrecimiento y retracción de las inversiones culturales
sufridas en las naciones periféricas.
Además,
la creatividad pasa a valorarse en un sentido más extenso,
no sólo como producción de objetos o formas novedosas,
sino también como capacidad de resolver problemas. La cultura
actual exalta la creatividad en los nuevos métodos educativos,
las innovaciones tecnológicas y la organización de
las empresas, en los descubrimientos científicos y en su
apropiación para resolver necesidades locales. En la pedagogía
ordinaria y en los cursos de reciclamiento se elogian la creatividad,
la imaginación y la autonomía que facilitan reubicarse
en un tiempo de cambios veloces (Chiron).
CONSUMO
CULTURAL.
En los últimos quince años ha cambiado la situación
de este campo, notoriamente en América Latina. Comienza a
existir información sistemática sobre los hábitos
y gustos de los consumidores, que permite recolocar en relación
con ellos el debate sobre políticas culturales. También
se avanzó en estudios cualitativos sobre culturas populares,
consumo de arte de élite y de medios masivos de comunicación.
Esas investigaciones
estuvieron asociadas a cierta utopía de los estudios culturales
en su primera etapa: conocer más los comportamientos, las
necesidades y los deseos de los consumidores iba a facilitar una
democratización de la cultura. Con el tiempo ese imaginario
ha perdido fuerza. Una de las razones del debilitamiento es que
las políticas culturales públicas quedaron desubicadas
en el proceso de industrialización e informatización
de la cultura, o entregaron esas nuevas modalidades al mercado.
Por otro lado, el crecimiento en el estudio de los públicos
se debe sobre todo a lo hecho por las empresas comunicacionales
que mantienen en forma hermética ese saber. Los Estados se
han desentendido de la producción de conocimientos públicos,
o de que esos conocimientos privados abran su acceso a sectores
interesados en el debate de la agenda pública. De manera
que en este momento hay acumulados libros y tesis sobre consumo
cultural, tenemos un conocimiento incomparable con el que había
hace quince años, por lo menos en los países con mayor
desarrollo científico en América Latina, pero sin
lograr producir, a partir de estos estudios, cambios importantes
en las políticas, en los diseños culturales.
Se encuentra
ahora mayor sensibilización a lo que los públicos
quieren, se puede establecer mejor qué actividades tienen
sentido o cuáles no. Pero no podemos ocultar que la mayor
parte de los programas culturales parecen hacerse para que las instituciones
se reproduzcan, y muy pocas veces para atender necesidades y demandas
de la población. Hay excepciones: algunas experiencias de
los nuevos gobiernos democráticamente elegidos en la ciudad
de Buenos Aires y en la de México, o las del PT en Sao Paulo
y Porto Alegre, escapan a esta caracterización de autorreproducción
social.
CULTURA.
"Dos diagnósticos de época que, a primera vista,
parecen incompatibles, disputan actualmente la preferencia de las
opiniones: para el primero, en el mundo de hoy todo es cultural;
para el segundo, no hay nada que se escape a la determinación
económica, no en última, sino en primerísima
instancia. Así, la realidad, que es una sola, se ve ya como
enteramente cultural, ya como puramente económica. Sin excluir
la hipótesis de que todo es cultural por razones económicas
y viceversa." (Fiori Arantes, 2000:19)
ECLECTICISMO.
Véase Zapping.
ESTÉTICA.
Hace décadas que el feísmo, la insolencia, la "desprolijidad"
de las prácticas artísticas impiden definirla como
ciencia de lo bello. A su vez, los estudios antropológicos
y sociológicos de arte obligan a descreer de la estética
como una actividad enteramente desinteresada, sin fines morales
ni políticos ni mercantiles. Sin embargo, la reducción
hecha por una parte de las ciencias sociales y los estudios culturales
de lo estético a lo social, a diferencias étnicas
o de género, a un tipo de discurso como cualquier otro, ha
diluido la pregunta acerca de si las artes y la literatura tienen
alguna especificidad.
La crítica
sociológica y de los estudios culturales fue útil
para deshacernos del idealismo estético. Reconocemos, así,
que una parte de los bienes y mensajes artísticos puede ser
conocida con los mismos instrumentos que usamos para cualquier otro
proceso cultural. Pero ¿qué hacer con el excedente
de sentido, la densidad semántica no capturada por esa estrategia
culturalista o sociologizante? Algunos autores conjeturan que ese
plus estético tiene algo que ver con formas de construir
la distinción y la diferencia en las sociedades, y con la
posibilidad de pensar críticamente en la sociedad (Bourdieu,
Sarlo). Retoman así una corriente de larga duración
que ha hablado del arte como lugar de transgresión e innovación,
exasperación de los imaginarios sociales e individuales.
Un lugar donde, por la atención que se presta a la polisemia,
a la densidad simbólica, hay mayores posibilidades que en
el vértigo de los medios de nombrar nuestras relaciones más
profundas, radicales o complejas con la naturaleza, con la sociedad,
con la muerte, esos temas artísticos mayores de todas la
épocas. Es un territorio resbaladizo, cargado de riesgos,
pero si tomamos en cuenta las críticas al idealismo estético
podemos ir construyendo un espacio para pensar estas cuestiones.
No es ningun lujo, me parece. Se trata de un campo de análisis
e investigación importante para superar las homogeneizaciones
fáciles del mercado y construir alternativas políticas
desde un pensamiento crítico.
EXPLOSIVIDAD.
Disminuyeron en la última década las bombas, los atentados,
la violencia extrema en América Latina (salvo en Colombia
y en algunas ciudades de otros países). Sin embargo, las
demandas pendientes contra las dictaduras de los setenta y los ochenta,
y las deudas sociales acrecentadas por el ajuste neoliberal, hacen
proliferar estallidos en casi todo el continente: protestas por
violaciones a derechos humanos, asaltos a supermercados, ocupaciones
de tierras, enfrentamientos de fuerzas represivas con movimientos
indígenas, urbanos, de desempleados y de empleados a los
que les deben seis meses de raquíticos sueldos. Gran parte
de los movimientos sociales, como los sin tierra en Brasil,
los de derechos humanos en Argentina, Uruguay y Chile, los movimientos
indígenas de Ecuador, México y Guatemala, emergen
de frustraciones graves e insisten en reivindicaciones estructurales
muy postergadas. En los últimos 15 o 20 años hemos
visto la derrota de corrientes socialistas, y el triunfo de las
tendencias neoliberales logra dejar de lado transformaciones estructurales
que tienen que ver con la justicia social, con la seguridad de las
mayorías, con el indispensable empleo. La baja capacidad
de los partidos históricos para representar esas demandas
aumenta la explosividad social, que promete crecer en los próximos
años. En este espacio de insatisfacciones difícilmente
gobernable, las políticas culturales tienen una vasta tarea
como políticas organizadoras de las incertidumbres y los
conflictos simbólicos, como movilizadoras de nuevos sentidos
sociales. Como lugar en el que se reformulan los vínculos
entre cultura, sociedad y política.
GLOBALIZACIÓN.
"Cualquier libro sobre globalización es un moderado
ejercicio de megalomanía" (Appadurai, 1996:18).
HETEROGENEIDAD.
Noción central en el pensamiento de las ciencias sociales
y los estudios culturales, que obtiene en América Latina
reelaboraciones en años recientes, sobre todo en los estudios
culturales. Se analiza, por ejemplo, qué significa que la
heterogeneidad sea multitemporal. No encontramos una simple
diversidad de clases con historias culturales diferentes. Si bien
todos participan de la contemporaneidad -aun los indígenas
que están más o menos integrados al mercado y a la
sociedad nacional - sus costumbres, hábitos, forma de pensamiento
y creencias, proceden de épocas distintas, de relaciones
sociales construidas en periodos diferentes. Esas temporalidades
diversas pueden convivir, adecuarse unas a otras, pero no se trata
de simple coexistencia de grupos dispares, sino con espesores históricos
diferentes. El proletariado industrial tiene una heterogeneidad
distinta de la del campesinado, y ambos diversos de la indígena.
De este
reconocimiento surgen consecuencias para las investigaciones y para
las políticas culturales y sociales. En la investigación,
no podemos estudiar sólo la apariencia sincrónica
de la sociedad, sino que debemos reconocer la heterogeneidad formada
en etapas distintas, y rastrear históricamente esa diversidad.
Es necesario reformular las relaciones entre antropología
e historia, antropología y etnohistoria, o de la sociología
de los procesos económicos, donde suele predominar lo sincrónico,
con los estudios históricos para ayudar a entender la densidad
de otras etapas que se insertan en la estructura actual. Esto es
válido aun para los procesos socioculturales más ostensiblemente
contemporáneos, como la comunicación masiva. Prevalece
lo que generan las nuevas tecnologías, pero sus modos de
comunicación se insertan en relaciones históricamente
construidas, sus mensajes son descodificados por audiencias que
tienen historias, más largas o más cortas, con recursos
dispares y posibilidades desiguales de insertarse en la modernidad
globalizada.
MUSEO.
La mayor creatividad que se observa en los museos de la última
década es una creatividad arquitectónica, no museográfica
ni mucho menos museológica. La crisis de las vanguardias,
el agotamiento de la innovación estética, la falta
de nuevas ideas acerca de la función del museo, se ha tratado
de resolver convirtiendo al museo en centro cultural. El caso del
Centro Pompidou es ejemplar en este sentido. O, por otro lado, convocando
a grandes arquitectos que hagan envases llamativos -el Guggenheim
de Bilbao es el caso más emblemático- sin preocuparse
mucho sobre qué poner adentro, o cómo comunicar lo
que se va a exhibir.
Hay discusiones
interesantes de pedagogía museográfica y aplicación
de nuevas tecnologías informáticas para revitalizar
los museos y volverlos interactivos. No podemos desconocerlo. Pero
la noción misma de museo está estancada. Algunos trabajos
de James Clifford, Andreas Huyssen y varios más parecen interesantes
para repensar la función del museo, pero no hay que olvidar
que las reflexiones de Clifford y Huyssen sobre este tema están
ligadas a proyectos de investigación que exceden lo museológico:
cómo trabajar sobre la memoria en la actualidad, cómo
documentar dramas históricos, qué puede significar
para el arte, ahora encandilado por las instalaciones, ese arte
tan poco museificable o tan difícil de museificar. Los estudios
culturales tienen atractivas oportunidades para repensar el patrimonio,
la historia, la memoria y los olvidos, a fin de que las instituciones
y las políticas culturales se renueven con algo más
que con astucias publicitarias.
Es curioso:
estamos en una época de vasta reflexión sobre la memoria.
Se vuelve a repensar el holocausto, las dictaduras del cono sur
en América Latina, otros países están redescubriendo
qué hacer con su pasado. De modo que es posible pronosticar
que nos estamos acercando a un momento en que se va a re-flexionar
el museo por la necesidad de tener una institución que canalice
esta nueva visión sobre la memoria. En todo caso, será
la prueba para ver si el museo todavía es necesario.
POLÍTICAS
CULTURALES.
Los estudios recientes tienden a incluir bajo este concepto el conjunto
de intervenciones realizadas por el Estado, las instituciones civiles
y los grupos comunitarios organizados a fin de orientar el desarrollo
simbólico, satisfacer las necesidades culturales de la población
y obtener consenso para un tipo de orden o de transformación
social. Pero esta manera de caracterizar el ámbito de las
políticas culturales necesita ser ampliada teniendo en cuenta
el carácter transnacional de los procesos simbólicos
y materiales en la actualidad. No puede haber políticas sólo
nacionales en un tiempo donde las mayores inversiones en cultura
y los flujos comunicacionales más influyentes, o sea las
industrias culturales, atraviesan fronteras, nos agrupan y conectan
en forma globalizada, o al menos por regiones geoculturales o lingüísticas.
Esta transnacionalización crece también, año
tras año, con las migraciones internacionales que plantean
desafíos inéditos a la gestión de la interculturalidad
más allá de las fronteras de cada país.
Las políticas
culturales pueden ser un tipo de operación que asuma esa
densidad y complejidad a fin de replantear los problemas identitarios
como oportunidades y peligros de la convivencia en la heterogeneidad.
En esta perspectiva, la función principal de la política
cultural no es afirmar identidades o dar elementos a los miembros
de una cultura para que la idealicen, sino para que sean capaces
de aprovechar la heterogeneidad y la variedad de mensajes disponibles
y convivir con los otros.
Hasta
ahora lo poco que ha habido de horizonte supranacional en las políticas
culturales se concibe como cooperación intergubernamental.
Necesitamos también políticas de regulación
y de movilización de recursos a escala internacional. Esto
tiene que ver con la reconstrucción de la esfera pública.
Urge revitalizar lo público dentro de cada país para
dar sentido social a ámbitos y circuitos culturales afectados
por los procesos de privatización, pero también es
preciso reformular el papel de los organismos internacionales y
otros actores públicos en medio de los acelerados acuerdos
para integrar las economías latinoamericanas entre sí
y con las de Norteamérica y Europa.
Las agendas
de los ministros de cultura, así como las de la OEA
y otros organismos, siguen organizadas como hace 20 años.
Los intercambios culturales entre los países latinoaméricanos
a nivel interestatal son paupérrimos: se manda a un pianista
a cambio de dos pintores, se crea una Casa de la Cultura de un país
en otro. Los intercambios culturales mas innovadores e influyentes
han sido realizados por dos tipos de actores a los que nadie les
encargó hacer política cultural: la televisión,
especialmente las cadenas mexicanas, brasileñas y estadounidenses,
y los enormes contingentes de migrantes y exiliados que han creado
circuitos de comunicación informal muy significativos entre
sus países de origen y de destino. Pero esto no es asumido
por ningún tipo de políticas de integración
regional. Ha habido propuestas en este sentido realizadas por expertos
en reuniones promovidas por la UNESCO o por
algunos ministerios de cultura, pero no se han traducido en decisiones
políticas. Tal vez sea éste uno de los desafíos
más urgentes en América Latina: construir instancias
nuevas de circulación de bienes y mensajes culturales, liberar
de aranceles la difusión de libros, multiplicar las coproducciones
musicales y cinematográficas, lograr inversiones conjuntas
para generar productos representativos de varios países.
WALKMAN.
Artefacto que se le ocurrió al presidente de Sony, Akio
Morita, en 1980, caminando por Nueva York. Suele usarse para acompañar
caminatas en pedazos de naturaleza hallables dentro de la aglomeración
urbana, para cultivar la soledad en las ciudades, sin dejar de conectarse
con la cultura. "El walkman, como la radio de transmisores,
la computadora portátil y, sobre todo, la tarjeta de crédito,
es un objeto privilegiado del nomadismo contemporáneo...es
tanto una máscara como un velo: una sigilosa puesta en escena
de artificios teatrales localizados" (Chambers, 1995:75). Todo
esto estimula a asociar los walkman con las políticas
culturales.
ZAPPING.
Procedimiento poco útil para encontrar variedad en la
televisión. Epistemología: procedimiento insuficiente
para compatibilizar teorías y autores distintos. Los escasos
avances reconocibles para superar el eclecticismo en esta época
en que tantos procesos socioculturales desbordan a las disciplinas
ocurren cuando los antropólogos se ocupan a la vez de la
creatividad y de los cambios macrosociales, los sociólogos
políticos de la heterogeneidad, y en general cuando los especialistas
dudan de sus campos y se animan a meter las narices donde no estaban
acostumbrados a que los llamaran. Pero buscando siempre cómo
evitar los riesgos del zapping: la acumulación errática
de escenas. Y desarrollando con más complejidad la estrategia
del walkman para no privarse del asombro: encontrar una posición,
dentro de la multitudinaria sociabilidad, que conduzca a la autonomía,
no al autismo.
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Nèstor Garcìa Canclini en la Red
Arte
en la frontera
Aún
ignoramos en que urbe vivimos
Ciudad invisible, ciudad vigilada
Gourmets
culturales
Las
dudas que despierta una ciudad desibujada
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