Esto lo siento con especial nitidez cuando pienso en los años
que compartí en México con Ramón Gaya. Mis
recuerdos de entonces evocan muchas experiencias que vivimos juntos,
o más o menos paralelamente, y que evidentemente no serían
iguales si hubieran sucedido en otro país, como también
si hubieran sucedido en otra época o entre otras personas.
Esa circunstancia de nuestras vidas, única e intransferible,
que impregna en nuestras memorias esos años con su ambiente,
su escenario, sus condicionamientos, se llama en mi vocabulario
"México", y supongo que en el suyo también.
Pero no tiene mucho que ver con lo que en otros vocabularios se
llama también "México" sobre todo,
no hace falta aclararlo, en los vocabularios más atenidos
a lo definido y aun a lo definible. Lo que entonces nos rodeaba
y acompañaba, lo que constituía nuestro mundo circundante,
me atrevo a adivinar que está unido de modo tan emocionante
para él como para mí con el sentido de esa parte
de nuestras vidas. Pero es porque se trata de nuestras vidas,
de unas historias personales, biográficas, bastante secretas,
que apenas se relacionan con ningún aspecto visible de
una historia oficial u oficializable.
Me parece además que el México de entonces ofrecía
una faceta, sin duda no muy evidente para el curioso general,
que se prestaba a ese tipo de cosas. Porque ese país que
era muy visiblemente original por su superposición de culturas,
por su desconcertante revolución anterior a la de Rusia,
por un movimiento artístico peculiar ligado sin duda a
esa revolución, era también por esos años
asilo de toda una población heterogénea de perseguidos
del nazifascismo, donde predominaban los intelectuales y artistas.
En las márgenes de la figura fuertemente característica
del México reconocible, se respiraba también un
ambiente de dramáticos huéspedes de talento, de
grave gente de paso, de desplazados cargados de experiencias y
de cultura.
Lejos
de mí la frivolidad de servirme de esto para inventar una
explicación de la obra de Gaya. Pero sin duda ayuda a visualizar
al Ramón Gaya de entonces imaginarlo en un ambiente donde
André Breton visitaba a Trotski, donde el mismo Gaya discutía
con la viuda de Víctor Serge, donde nos visitaba la troupe
de Louis Jouvet, donde Darius Milhaud o Igor Stravinski dirigían
estrenos propios en el Palacio de Bellas Artes, donde en países
limítrofes o vecinos vivían Einstein y Niels Bohr,
Thomas Mann, Hermann Hesse y Hermann Broch, Bertolt Brecht y Bela
Bartók, y también Juan Ramón Jiménez,
Cernuda, María Zambrano. El exilio español acabó
por quedarse solo y ser trágicamente único, pero
hubo un momento en que el exilio era una diáspora europea
generalizada. Una nube de partículas dispersas de la cultura
europea, levantada por el choque de la violencia totalitaria,
flotaba sobre el continente americano y otras partes del mundo
y creaba un ambiente internacionalista de temas y valores pasajeramente
migratorios.
Me parece importante subrayar una vez mas (porque no es un descubrimiento
mío) que por debajo de ese nacionalismo mexicano obtuso que
se ha hecho famoso en todo el mundo, obviamente explotado y manipulado
por el poder y por los poderes, ha habido también tradicionalmente
en México una vocación universalista, ésa que
en la época a que me refiero sostuvieron con ejemplar dignidad
los intelectuales del grupo conocido como los Contemporáneos,
y sus afines y herederos. En el México de esa época,
Ramón Gaya podía ser anatematizado y borrado del mapa
por Diego Rivera simplemente por no doblegarse incondicionalmente
a su dictadura artística. Pero también podía
encontrarse en la Avenida Juárez con su amigo Xavier Villaurrutia,
que sin duda, a la vez que de López Velarde y de Sor Juana
Inés de la Cruz, le hablaría de Gide, de Heidegger,
de Juan Ramón Jiménez, de Ortega y Gassett. Y también
de las últimas películas de Hollywood, donde se estaba
despertando una nueva imaginación gracias a Frank Capra,
a Fritz Lang, a Ernst Lubitsch, a Eric von Stroheim y Peter Lorre,
a tantos otros emigrados europeos.
Yo diría que el exilio que vivió Ramón Gaya
era tan europeo como español, no porque él se haya
declarado nunca europeísta, por supuesto, sino porque fue
antes que nada, como él mismo ha dicho, exilio de la pintura,
una pintura encarnada sobre todo en Velázquez, pero también
en Rembrandt, en Rubens, en Van Eyck, en Tiziano, y después
en Cézanne, en Van Gogh. Y diría también que
al lado o por debajo del México al que no pudo integrarse
nunca, vivió también en un México distinto
de "México" pero real, un México universalista
y curioso, impregnado en esa época de bocanadas de aire europeo,
lugar de cruces, de pasos y de ecos donde pudo comunicarse, alimentarse,
orientarse y madurar. Ese ámbito y esa circunstancia donde
me encontré tantas veces con él y aprendí tanto
de su enseñanza, yo reivindico, incluso contra él
mismo, no sólo que tiene todo el derecho a haber sido plenamente
real, sino también a llamarse México tanto como cualquier
otro "México".
Lo que me hace pensar así es la idea de que imaginar la evidente
primera plenitud de su pintura como un fenómeno puramente
interno y ajeno a toda circunstancia resulta menos esclarecedor
y rico que situarla en un entorno real. Desde ese México
sin duda parcial, marginal y poco visible donde vivía Ramón
Gaya, pero que era un lugar real, incluso un país
real, me parece que una mirada como la suya no estaba mal situada
para tener una visión excepcionalmente universal y coherente
no sólo de la pintura, sino de muchos otros aspectos del
sentido humano. Sin duda no fue ésa la lección que
sacaron en general de la terrible experiencia de la Segunda Guerra
Mundial el arte y el pensamiento occidentales, pero pienso que de
esa experiencia era posible aprender una lección de humanidad
y de sentido común. A mí me sigue sorprendiendo que
después de Hitler, Mussolini, Hirohito y Franco (y Stalin),
tan pocos pensadores occidentales hayan reflexionado sobre las actitudes
y las premisas que llevaron (que tal vez llevan siempre) a eso:
a vender el alma al diablo de esa manera abismal que describió
magistralmente Thomas Mann. Haber sobrevivido a la barbarie totalitaria
llevó a demasiados pocos entre nosotros a la promesa de nunca
más meternos por esos caminos.
Parece claro que Ramón Gaya se había hecho esa promesa
ya antes de las convulsiones que estuvieron a punto de acabar con
la civilización europea, aunque, siendo un pintor y no un
filósofo, no tenía por qué dar a su actitud
ese aspecto doctrinario que yo le doy un poco ahora. Quiero decir
que él no tenía que especular sobre lo que tienen
en común el nacimiento de la doctrina artística moderna
y el nacimiento de las ideologías totalitarias para comprender
que esa doctrina artística era una enfermedad, a menos
que fuera una traición. Pero a mí me parece claro,
recordando al Ramón Gaya de México y evocando el ambiente
de esa época allí, que el afianzamiento de su actitud
y el florecimiento de una primera plenitud de su pintura tienen
que ver con un sentimiento que según yo respirábamos
entonces, aunque no eran muchos los que lo reconocían y menos
aún son, me temo, los que aún lo recuerdan, lo avalan
y lo aman; un sentimiento que me atrevo a describir como el último
gran soplo de esperanza que ha recorrido el mundo.
Voy a tratar ahora de personalizar un poco más, porque me
doy cuenta de que he estado quizá generalizando demasiado.
En ese México de la postguerra, Ramón Gaya deambulaba
muy al margen de la cultura oficial y de la ideología dominante,
pero no sólo de las de México, ni siquiera principalmente
de ésas: lo que buscaba era sin duda la evidencia, y para
eso es preciso arrumbar decididamente las convicciones más
automáticas y generalizadas de nuestro entorno. Ramón
Gaya se saltaba alegremente no sólo las modas y las doctrinas
dominantes en las instituciones y los centros de prestigio cultural
de México, sino las que venían de París, de
Nueva York o de Moscú, como también las que formaban
el consenso del exilio español. Era un francotirador, pero
no un solitario. En esa época Ramón Gaya dialogaba
mucho, y su diálogo tenía una luminosidad y un calor
excepcionales porque precisamente no sucedía en ningún
"foro", como dicen, ni era con grandes figuras prestigiosas,
sino que era un intercambio (en el que lo que contaba era su riqueza)
con otros seres (en los que lo que contaba era la humanidad).
Lo
que trato de decir es que esa visión de luminosa evidencia
que sus amigos recibíamos tanto de sus palabras como de sus
cuadros y dibujos, para mí por lo menos encajaba bien en
un mundo que parecía resurgir del caos y al que parecía
volver un amanecer de humanismo y de saludable buen sentido. Ramón
Gaya vivía en la nostalgia de lo que para él era la
gran pintura. Esa pintura era claramente un tesoro salvado, y bastante
milagrosamente, como milagrosamente se había salvado la civilización
occidental e incluso en cierto sentido la civilización en
general. Ese país donde Ramón Gaya vivía esa
postguerra, que era también México aunque no era "México",
era un lugar desde donde todo eso, en aquel momento, podía
verse bastante bien si tenía uno la mirada bastante aguda
y amplia.
Es en esos años cuando la pintura (y el pensamiento) de Ramón
Gaya empiezan a situarse claramente en una salvación
de la pintura, y he escogido cuidadosamente la manera de expresarlo
porque no quiero decir que haya que salvar lo que en la pintura
podría perderse, sino que la pintura es salvación
nuestra siendo salvación de sí misma, nos salva salvándose
y nos salvamos salvándola.
Que es también decir que la pintura no es ante todo un "arte",
sino ante todo uno de los rostros del destino humano. Los homenajes
a ciertos cuadros o ciertos pintores (y no sólo a eso) que
empiezan a abundar en la obra de Ramón Gaya de esos años
no son ceremonias cultas sino vitales. No tienen nada de lección
y muy poco de aprendizaje, son casi exclusivamente reflexión,
no razonamiento reflexivo, sino mirada reflexiva, y lo poco que
tienen de aprendizaje está en esa reflexión y no en
el "arte" o el "oficio", que se aprenden en
otro sitio y de otra manera. Son en cierto modo reflexiones sobre
otras reflexiones, porque lo que nos revelan sobre las obras que
enfocan es principalmente lo que esas obras tienen a su vez de reflexión
de la vida sobre sí misma. Al hacer de un cuadro un homenaje,
el pintor nos está diciendo que la pintura es homenaje, que
también el cuadro homenajeado es homenaje, testimonio tan
respetuoso que casi puede decirse que se abstiene, como dice el
mismo Gaya que ha de abstenerse la mano del pintor, "una mano
vacante, de testigo... una mano desnuda, de mendigo" (en el
soneto "Mano vacante").
Todo eso, en los años de México, era para Ramón
Gaya, en gran parte, pura preparación para una vuelta a sus
fuentes, a esa pintura europea de la que pronto lograría
estar físicamente cerca. Sería bastante absurdo reprochárselo.
Esas vueltas además, no son simples restauraciones. Una actitud
tan lúcida frente a la tradición europea sería
my diferente en un pintor que hubiese permanecido todo ese tiempo
en España, o incluso en otro país europeo. Ramón
Gaya dominaba desde lejos ese panorama con esa amplitud que sólo
da la distancia, y mientras tanto se preparaba para el salto pintando
no sólo algunos espléndidos retratos y los primeros
grandes homenajes, sino los extraordinarios paisajes de Chapultepec,
que son para mí una importante confrontación con su
pintura ya definitiva. Esos gouaches que logran tanta soltura sin
perder nada de solidez están pintados evidentemente desde
muy dentro de esos paisajes, pero con una perspectiva que está
tan lejos de una visión localista y encerrada como de una
visión exotista y por tanto falsamente cercana. Alguien podría
decir que son pinturas europeas de paisajes mexicanos. Yo no lo
negaría. Pero si en esa pintura juzgada europea está
tan de verdad un lago de Chapultepec inconfundible, con su aire,
su ambiente, sus personajes multicolores tal como los encontrábamos
en el México cotidiano y no en sus imágenes oficiales,
si todo eso vive allí con tanta naturalidad, entonces lo
que el cuadro nos da no es europeo, es universal. Esa universalidad,
o ese sentido de lo universal, es lo que he querido destacar en
estas líneas que son, lo repito para concluir, una visión
a la vez parcial y personal.
tomas@servicom.es
Tomás
Segovia, "Ramón Gaya en México",
Fractal
n° 17, abril-junio,
2000, año 4, volumen V, pp. 11-18.
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