| Además
los viajeros clásicos siempre intentaron extraer consecuencias
morales de sus viajes, descripciones generales y caracterizaciones
que se han transmitido a través de generaciones hasta convertirse
en logotipos o marcas de fábrica de los países descritos.
¿Quién no conoce hoy la afirmación de Herodoto:
"Egipto es un don del Nilo"? Herodoto, Pausanias o Marco
Polo, son viajeros míticos que abrieron la imaginación
de sus contemporáneos. Eran viajeros-mensajeros, espectadores,
notarios de la diversidad. Otros los seguirían, pero ellos
daban pautas para la imaginación y la memoria a aquellos
contemporáneos cuya tensión oscilaba entre el sarcasmo
y la incredulidad.
La
Embajada de México, el Instituto de México en este
caso, ha propuesto una serie de conferencias sobre las experiencias
personales o filosóficas de viajeros contemporáneos
a México. Viajeros casi de una sola generación pero
lo monogeneracional está de moda en España. La diferencia
entre Paco Álvarez y Marco Polo, a quien pertenece la cita
del principio, es clara. El segundo contaba lo que nadie había
visto, Paco, por el contrario, seguro que ha contado lo que hipotéticamente
todo el mundo puede haber visto. La diferencia entre su conocimiento
de México y el conocimiento de cualquiera se puede medir
en términos de experiencia personal. Para apreciarla es necesario
aceptar que una experiencia existencial subjetiva tiene suficiente
interés para sostener la atención de un público
exigente durante una hora de charla. Pero puede suceder que nos
enfademos al escuchar esa de la narración. Como les ocurre
a los niños que les irrita escuchar el cuento que ya saben
transformado en algunos detalles.
Imaginemos
un viajero que a su regreso cuenta su experiencia a quienes supuestamente
conocen el país mejor que él, y que los oyentes le
increpan porque se ha equivocado o ha hecho una apreciación
a su juicio equivocada. Serán indulgentes con errores geográficos,
la calle tal corta con la avenida cual, o el estado de Tijuana linda
con el de Jalisco y no sé si existen estos estados pero supongo
que sí porque se oyen en las canciones. Lo serán menos
si se equivocan en parte de su historia, si dicen que Porfirio era
contemporáneo de Hernán Cortés. Pero ya la
intransigencia subirá de tono si el viajero afirma algo de
la vida política, social o económica del México
contemporáneo. Entonces, percibirá que hay un frente
común ante una opinión problemática que ponga
en duda la grandeza y el honor de aquello que aprecian quienes escuchan
el relato con el corazón. Este mecanismo funcionaría
igual si un viajero mexicano contase su experiencia en un supuesto
Instituto de Cultura Española en la Ciudad de México
ante un público formado mayoritariamente por españoles.
Aunque siempre se niegue esta suprema regla cultural, un cierto
y benévolo patriotismo extra muros aparece en todas las culturas.
Eso significa que la narración ofrecida por los conferenciantes
es además una especie de rendición de cuentas que
otorga a la experiencia personal un cierto valor de examen.
Por
todo eso, yo me pregunto ¿qué hago aquí? La
perversidad de los organizadores ha tentado la suerte conmigo que
procuro dar el menor número de conferencias posibles acerca
de lo que supuestamente conozco y que aborrezco hablar en público.
Me ha obligado con su tradicional amabilidad a contar mi supuesta
experiencia mexicana. En esta charla el retorcimiento criollo llega
aquí a un máximo porque siempre he fracasado en mis
viajes a México. Nunca he viajado a México. Nunca
he visitado México. Podría decir que nunca he pisado
materialmente suelo mexicano, o si lo preferís, el único
suelo mexicano que he pisado es el de esta Embajada. Pero no os
alarméis; no voy a contaros cuántas veces he venido
al Instituto de México.
Porque si se trata de experiencias mexicanas, las tengo. Si se necesita
haber deseado visitar México yo lo he deseado. Además,
puedo no haber estado en muchos de los lugares que se suponen relevantes
pero he tenido compañeros de excepción para penetrar
en ese mundo tan esquivo como eso que se denomina con ligereza "el
alma de un pueblo". Sobre todo, para descubrir que si ya es
problemático percibir "el alma" colectiva, seguro
que lo segundo, "el pueblo", no pasa de ser una fabulación
de los políticos. Las almas de los pueblos son como los faisanes
vegetales. Tal vez por eso sería posible decir que la forma
más cabal de conocer un lugar es no visitarlo nunca. Y especialmente
México. Comprendo, no obstante, que me retiréis el
saludo porque consideréis mi reflexión como el mayor
ataque a la industria turística mexicana. No es así,
puedo asegurarlo.
En
mi opinión sólo los lugares culturalmente simples
pueden tener esas almas que se parezcan a faisanes vegetales. Por
ejemplo un cuartel sería un lugar simple y de pronto habría
que aceptar que México no es ningún cuartel. Cualquier
retazo de memoria que se articule en una narración sobre
México muestra una extraña complejidad referida incesantemente
a un mundo de impresiones sorprendentes.
Así cuando el viajero aterriza o llega por barco o coche
a México y permanece unos días allí queda hechizado
por su primer escenario. Algo así como le ocurrió
a la Oca Martina que cuando salió del cascarón y vio
la cara de Lorenz debió pensar que aquel ser era su madre.
Si cuando sale del mundo Mexicano se está convencido de que
ha captado un "espíritu mexicano" posiblemente
se encuentra uno en el papel de la Oca Martina. Pero siendo indulgente
conviene entender por qué se escucha con frecuencia "es
un país mágico", o se repite "es un país
de experiencias radicales", y se usan afirmaciones como "es
muy fuerte", "es total", "es auténtico".
El viajero ha encontrado sin duda un escenario, ha sido devorado
por él y luego ha sido escupido con la suficiente fuerza
como para tejer la alucinación. México es, desde esta
perspectiva, un viaje.
Por lo que me han contado, esta es la experiencia de mi generación.
Una vivencia donde se reúne el mezcal con republicanismo
de los emigrantes y se añaden elementos lúdicos a
la cordialidad que el viajero recibe tanto cuando entra como cuando
sale del país. No es una revelación muy original decir
que la sustitución de la parte por el todo es la esencia
misma de la experiencia mística del viaje. Especialmente
cuando, como me pasa a mi, no se tiene ni una remota experiencia
de lo que pueda ser un todo.
Siguiendo el itinerario de los rapsodas pareciera como si a México
sólo pudiera entrarse por los sentidos. Del mundo gris de
la península se pasaría al multicolor de la ciudad
de México. Todos hablarán de su color, de la diversidad
y de su cromatismo. También de su olor, de sus aromas a cilantro,
a tortilla recién hecha y, supuestamente, también
a ese perfume peculiar universal del Caribe, a gasolina de bajo
octanaje. No faltará quien defienda que en México
sólo se puede entrar por los ojos y por el olfato. También
se acentúa que es una cultura óptica y barroca. Cuántas
veces he escuchado a los chicos de los cultural studies de
los Estados Unidos de América del Norte, decir que la otredad
de la cultura mexicana es el resultado de la diferencia de óptica.
De óptica en un sentido pictórico y visual. Toda la
cultura se resolvería en una especie de diagrama perdido
que el barroco posterior debió restaurar. Y algo de razón
deben tener porque los relatos de los viajeros contemporáneos
insisten siempre en esa especie de alteridad mexicana. Aunque frecuentemente
olviden quien es el otro, si ellos o nosotros.
Pero ya es hora de comenzar este no viaje que es el mío;
a un país construido tan artificialmente como cualquier otro.
Pues sí, se puede entrar en México de muchas maneras.
La más trivial es hacerlo desde el aeropuerto; otra más
difícil es penetrar por las palabras de quienes no desean
contar nada sobre México sino tan sólo tomarlo como
escenario. Podrán decir que eso vale para cualquier lugar
y no les faltará razón pero lo cierto es que a mí
me sirvió precisamente para entrar en México. Mas
tarde tuve buenos rapsodas mexicanos, pero mi viaje comienza y comenzó
casualmente en mi infancia. Después ya nadie ha podido superar
la persuasión que tuvieron unas pocas conversaciones mantenidas
a lo largo de cerca de diez años de la infancia a la adolescencia,
charlas ocasionales, muy espaciadas, donde un fabulador me contó
las raíces de mi familia mexicana. Y no piensen que me gusta
regresar a mi infancia porque sea un periodo feliz de mi vida. Nada
de eso. La recuerdo como un lapso especialmente doloroso, sometido
al vaivén de una familia inmóvil, tiempo de una gran
vulnerabilidad sin defensa, ni siquiera en un higiénico pensamiento
de la muerte.
Años de infancia con dos escenarios. El segundo siempre Santander.
Una ciudad marina donde hace falta caminar un rato para ver el horizonte
del océano. Allí se hablaba de México, o mejor,
lo hacía uno de los habitantes de la casa de mi abuela donde
transcurrían mis extraños meses de verano. Fue después
de cumplir los siete años, y lo recuerdo porque por primera
vez mis padres decidieron dejarme todas las vacaciones en Santander.
La casa donde vivía mi abuela era un refugio conseguido después
del gran fuego que abrazó dos terceras partes de la ciudad.
Un último piso de un edificio situado en la parte alta de
la colina. Su única virtud era que se podía ver toda
la bahía, entrar y salir los barcos, subir y bajar las mareas
que dejaban ver los arenales, unas inmensas islas que fueron siempre
la desgracia de la ciudad. Enfrente de la casa un monte, Peñacabarga,
que hacía de barómetro. Mirar por las tres ventanas
que daban a la bahía permitía superar todas las miserias
de una ciudad cuyo funcionamiento no comprendía. En una de
esas ventanas vivía un hombre con fama de extraño.
Cuando estaba en casa, bien recibía en la cama, donde pasaba
la vida leyendo, bien estaba asomado a la ventana de su habitación.
Aquel verano fue el primero en hablar a solas con él.
En todo el tiempo que lo recuerdo hasta su muerte sólo recibió
una visita de un amigo y fue aquel verano. La primera vez que yo
escuché hablar de México.
¿Quién era ese hombre?
Un amigo.
Era raro, vestía raro, hablaba raro.
Sí, hace muchos años que no vive aquí.
¿Dónde vive?
En México.
¿Qué es México?
Un país.
No me atrevía a preguntar entonces qué era un país,
porque yo vivía teóricamente en EL país.
¿Y dónde está?
Muy lejos, al otro lado del mar.
¿En Peñacabarga?
No, mira.
Y me subió a la ventana, me puso un escabel para que pudiera
ver con comodidad y me hizo mirar a la izquierda.
Por ahí se sale de la bahía, después
los barcos giran a la izquierda y navegan y navegan después
de pasar por El Sardinero hasta llegar a un país muy lejano
que se llama México.
¿Y todos los barcos que salen de Santander van a
México?
Unos sí y otros no, depende. Yo cuando llegué
a Santander hace muchos años vine en un barcoero desde
otro país que se llamaba Escocia.
¿Y cómo saben los barcos que tienen que ir
a un sitio?
Porque se lo mandan los capitanes.
¿Y sabía el capitán que tú querías
venir a Santander?
Sí, porque se lo había dicho tu bisabuelo.
Y... ¿por qué obedecía el capitán
a tu bisabuelo?
Porque el barco era suyo. Y era tu bisabuelo no el mío.
Los
posesivos cercanos no me emocionaron, pero me produjo una profunda
impresión que los barcos pudieran tener dueño. Aquellos
barcos tan bellos que entraban y salían de la bahía
tenían dueño y muchos dueños. En definitiva,
eran tan vulgares como el resto de los objetos. Pero todavía
me quedaba alguna pregunta.
¿Y
entonces, quién es el dueño de México?
El hombre sonrió y guardó silencio.
Todo
el verano martiricé a mis primos y primas con preguntas:
¿hacia dónde iban los barcos?.
Me
había quedado muy claro que la primera etapa del viaje Santander-México
era El Sardinero.
***
En Santander llueve, afortunadamente. A veces, mucho mejor, llueve
en domingo. No se ha de ir a la playa. Fue todavía aquél
verano, seguía con la intriga de México, llovía
y entré en la habitación del hombre de la ventana,
estaba leyendo una carta. Me miró y me dijo:
¿Te
gusta este reloj?
Era un reloj de bolsillo que no cabía en mi mano.
No sé.
Me lo trajo el señor que vino de México, será
para ti cuando seas mayor, le he grabado una fecha. Es plata -continuó-
, así no podrás nunca olvidarte de mí ni
de la fecha.
Así
la palabra México y aquél reloj pesado y feo que todavía
conservo, aquella fecha que no me decía nada, se convirtió
en un alcancía para almacenar los recuerdos. Después
leería en Octavio Paz la expresión "ventana que
abre hacia adentro", me pareció que hablaba de esa clase
de memoria. Pero los recuerdos no tienen orden cronológico
porque no hay reloj que nos marque todas las horas del mundo.
Regresé
a Santander todos los veranos, casi, mientras aquel hombre vivió
y hablamos a veces de México. Siempre inicié yo la
conversación, de noche cuando la bahía era una luminaria
de barcos farol; él sólo deseaba hablar de noche.
***
¿Recuerdas aquel hombre que te trajo el reloj?
Sí, era un amigo, ya murió hace tiempo en
Ciudad de México.
¿Vino sólo a eso?
El hombre no contestó hasta mucho tiempo después.
Vino a devolvérmelo, se lo di para que pudiera llegar
a Lisboa y de ahí a América, pero pudo escapar sin
tener que venderlo. Entonces los republicanos teníamos
amigos en muchas partes.
Pero, ¿dónde estabais?
En un campo de concentración de Burgos.
Las palabras eran casi obscenas, cualquier alusión a la
Guerra Civil lo era. Toda aquella casa era territorio de perdedores.
Y tú, ¿por que no te fuiste?
Por tu abuela, la tenían ellos.
***
Ellos regresaban cada verano como aquellas aves que previenen la
desgracia. Ellos regresaban para decir "llega el Azor",
y en aquella casa de viejos enfermos entraba el miedo y el silencio.
A mí me llegaba porque funcionaba como la humedad que sube
y sube hasta desmoronarlo todo.
***
También vino a decirme dónde está la
tumba de tu bisabuelo.
Yo lo miré perplejo.
¿El de los barcos?
No, el padre de tu abuela. Murió cuando todavía
vivía Porfirio. Fue a México a construir el ferrocarril.
Era un buen maquinista.
***
Porfirio y mi bisabuelo, padre de mi abuela santanderina. El ferrocarril,
una máquina de tren. Porfirio dijo eso que tan bién
han aprendido los partidarios del pensamiento único: "Poca
política y mucha administración". Porfirio ampliando
la red de ferrocarriles desde unos cientos de kilómetros
hasta cerca de veinte mil. Un bisabuelo mío haciendo las
Américas montado en una enorme máquina de vapor, muerto
en 1904, enterrado quién sabe dónde. Tirando desde
el principio de siglo de una familia que se desgarraba a cada tirón.
***
-¿Y me puedes dar algún libro sobre México?
-No sé, lee a Humboldt así practicarás tu
francés.
-¿Pero no era alemán? S, pero escribía
también en francés.
***
Pero antes debía conocer la suerte de mi bisabuelo, no lograba
que nadie me dijera nada. Sólo el hombre de la ventana me
dijo un día:
Si
quieres saber más pide que te pongan ostras el día
de tu cumpleaños.
Fue
una buena sugerencia porque no recordaba que jamás se hubieran
comido ostras en mi casa. Se negaron a darme ostras, "dan mala
suerte", "son asquerosas", "saben a alcantarilla",
"¿no te importa comerte algo todavía vivo?".
El empeño de un adolescente normalmente casi siempre triunfa
y me confesaron que la familia no comía ostras desde que
el bisabuelo maquinista y ferroviario había muerto en Ciudad
de México después de un banquete de indigestión
de ostras. A partir de entonces, siempre brindo mis ostras a la
salud de aquel bisabuelo, primer difunto de la familia que tengo
registrado en ese viejo Nuevo Mundo.
***
"Persuadido de que esta obra pudiera ser útil a los
encargados del gobierno y administración de las colonias,
los cuales muchas veces, aún después de una larga
residencia en ellos no suelen tener ninguna idea exacta acerca del
estado de estas hermosas y extensas regiones, había comunicado
mi manuscrito a cuantos mostraron deseo de estudiarlo..."
Pensaba
entonces cómo un país podía caber en un libro.
Después comprendí que allí sólo se abría
una puerta por donde pudieran entrar en aquel México los
lectores que estuvieran dispuestos a incorporarse a un relato donde
se describiera un lugar que ahora sólo existe en la memoria.
Entonces me fascinó la primera parte del Ensayo político
de Humboldt porque me parecía fundamental conocer el aspecto
físico del mundo. Lecturas sucesivas me dieron otras referencias
de las sociedades, culturas, estados y lenguas. Para preparar esta
exposición he recurrido al capítulo VII
que corresponde al último de la segunda parte.
Una vez más ha funcionado la maravilla de esa arqueología
que trata de dar un corte temporal a situaciones de la sociedad
que examina. Entonces como ahora, me parecía un espacio inabarcable,
una sociedad incomprensible. Arrollado por el detalle de la descripción
de Humboldt pasé, y he pasado recientemente, tardes de lluvia
santanderinas, o en este caso madrileñas, para tratar de
entender cómo podía sobrevivir una criatura política
semejante. En aquellos años supuse que la dificultad provenía
de mi falta de conocimiento. Navegaba por el libro como se circula
por un pantano donde se ha perdido la referencia. Ahora creo que
es la propia criatura la que se resiste a esta síntesis.
Siempre la palabra Estado parece ser sólo un nombre que oculte
los problemas de la diversidad y de la tensión. Pero el despliegue
humboldtiano pulverizaba cualquier denominación unitaria,
incluso la más nominalista.
Abrumado. Así quedé cuando comencé con la lectura
del Ensayo y por eso lo comenté con el hombre de la
ventana.
¿Qué sentido tiene leer números y cifras
de hace dos siglos? Además me he enterado de guerras que
despedazaron la mitad del territorio? México perdió
medio país o casi.
Yo hablaba enfadado. Él contestó aquella noche:
¿Y cómo sabes que México perdió?
México no perdió nada, simplemente hay dos Méxicos.
Pero sólo uno lleva su nombre.
¿Y las cifras? - pregunté.
Tú escucha la música, lo demás no importa.
Ahora sé que tenía razón.
***
De todos los viajes literarios que hice a México aquél
fue el más fascinante. Ser conducido por un viajero de excepción,
hacer aflorar todas las imágenes que me enseñaron
y ver cuánta verdad hay en la expresión "Nuevo
Mundo". ¿Ser prisionero de las palabras escritas, de
su tiempo? Todo lo contrario, sólo ellas me enseñaron
que México significa diversidad y sorpresa. Algunos días
me llevaba las notas del libro de Humboldt a los jardines de El
Sardinero. Desde aquellas primeras conversaciones esa playa se había
convertido en la primera etapa de mi viaje posible. Hasta entonces
toda la familia había llegado a México en barco. Allí
imaginaba el mar como un lugar marcado por surcos de barcos que
llegaban hasta Veracruz. No entendía mucho, no lo entiendo
todavía, cómo se podían comunicar mundos tan
diferentes. La homogeneidad santanderina frente a la heterogeneidad
mexicana que describía el libro de Humboldt; el mar debía
poseer un filtro perverso que mantenía las cosas así.
***
De noche, asomados a la ventana otra vez.
¿Cómo es México ahora?
Como siempre, imagínalo así y será
siempre así.
¿Es más fértil que Santander?
Es otra cosa. Ya lo decía tu bisabuelo.
¿El que murió en México?
No, el dueño de los barcos.
¿Lo conocía?, ¿había estado
allí?
No entendía porqué se cortó de pronto una
comunicación tan antigua.
Conocía muy bien el viaje desde Manila a Acapulco,
después desde Veracruz a La Habana y después a Glasgow.
***
La bahía estaba siempre en movimiento, marea arriba, marea
abajo. Todo lo dominaba este vaivén. Los arenales, las horas
de pesca, las excursiones de verano, la entrada y salida de los
barcos.
¿Por qué hay mareas?
La luna; tira del mar.
Pero a mí no me convencía la explicación aunque
la creyera cierta. Me gustaba imaginar que los mexicanos tiraban
del mar como si fuera una alfombra que llegaba hasta Santander y
se metía entre los rincones de la bahía. Eran más,
más fuertes, más diferentes. El Nuevo Mundo dominaba
al viejo a tirones de mareas, era una especie de despotismo hidráulico.
***
A fines del verano de Humboldt le pregunté al hombre de la
ventana si no tenía algún otro libro sobre México:
Sí dijo. Si lees sólo ese acabarás
boche.
Buscó entre sus libros, eligió uno delgadísimo,
de los que sirven apenas para una noche. No me dejó protestar.
Toma; aunque no te lo merezcas.
Así aprendí que sólo me gusta lo que no merezco.
Pasaron varios días hasta que me decidí comenzar a
leerlo. Tenía un título incomprensible: "Pedro
Páramo", el autor un nombre de broma: "Rulfo".
Otro día de lluvia lo abrí y apareció un nombre
mágico: "Comala". Comparado con él, años
más tarde, Macondo me pareció una urbanización
de Alcobendas.
Me
duró una noche
Y otra.
Y otra más.
En aquel final de verano, durante esos días ya fríos
de septiembre de mareas vivas sólo existió el mito
de Comala. Hablaba de olores y de ánimas, paisajes imposibles,
hombres y mujeres de piedra. Tiempos paralelos, relatos cruzados
destrozados por los críticos que desean convertir la alucinación
en pedagogía. Por ejemplo, "olor podrido de las saponarias",
una referencia precisa para reconocer las tierras del otro lado
del mar. Conocía el olor a salitre, a alcantarilla, a pescado
podrido en Puerto Chico, o a fritanga del bar El Sol; olores todos
abominables. Pero la saponaria era un enigma en el universo de los
olores posibles. Nadie sabía decirme cómo huelen las
saponarias, ni siquiera aquel diccionario, que las definía
como plantas cardiofiláceas, me dio ninguna pista.
***
Llegó otro verano, tiempo de reflujos; las mareas no son
siempre de aguas, también acarrean personas. Aquella familia
que había estado desplazándose a México durante
décadas por los motivos más dispares, comenzó
ese verano el reflujo hacia la Península. Para el hombre
de la ventana significó alarma. Regresaron los familiares
como bandadas como las aves migratorias.
No
vendrán todos.- Me explicó el hombre de la ventana-
Sólo los que tienen nostalgia de lo que ya no existe.
Fue
verdad. Sólo regresaron en aquella ocasión unos cuantos,
en grupo, eso sí, como si se hubieran puesto de acuerdo para
impresionar a las familias peninsulares. Tenían un propósito
claro, eran familias de padres con hijas casaderas.
***
Os
fuisteis como comunistas y regresáis como empresarios.
El hombre de la ventana era implacable y miraba con sarcasmo a aquel
hombretón que llegó a casa de mi abuela acompañado
de una joven vestida con un traje de color imposible. Nunca más
hablaron aquellas dos personas que tal vez fueran colegas, amigos
o incluso, quizás, hermanos.
***
Aquella oleada no me afectó, no tenía edad de meritorio
para ninguna niña mexicana. Se dirigieron a otros lugares
donde había familias más prolíficas. Sin embargo,
a partir de entonces cada verano nos servía una remesa de
familiares cada vez más ricos o cada vez con más hijas
casaderas.
***
¿Y vienen todos?. Volví a preguntar.
Qué va, sólo los que han cambiado demasiado,
los inseguros, los que quieren demostrar que han triunfado.
En México quedaban siempre los nombres míticos de
las personas que habían tejido el hilo fino de los recuerdos
de mi madre.
Esos regresaron más tarde sin parafernalia, había
muerto el hombre de la ventana y desaparecido el general Franco.
***
Dicen que Franco está a punto de dimitir.
Yo lo había escuchado en la radio en uno de esos veranos
intermedios y se lo decía al hombre de la ventana para
iniciar la conversación.
No creo. Con este carajo de gente Franco morirá en
la cama como si fuera el Papa.
A mí me dio tristeza por él; porque supe que se
iba a cumplir una profecía perjudicial para el hombre que
quería.
***
Ha venido un tal Abel, trae dos hijas.
Era anarquista; ahora es sólo un hombre triste.
Conocía a aquellas dos muchachas que vestían de
color chantilly y verde limón. Hablaban raro pero tenían
la simpatía arrolladora de dos adolescentes conspiradoras
y "manejaban" - así decían ellas- un coche
enorme color café con leche y vainilla que les daba mucho
interés.
Tú eres un gachupínn- me dijeron nada más
conocerme.
Y vosotras un par de criollas.
Después todo fue bien, yo fui el primo pequeño gachupín
y ellas las primas mayores criollas.
Les hacía contarme detalles de México y llegué
a la conclusión de que la ciudad donde vivían era
poco más o menos como Torrelavega. Querían demostrar
que México era como España, que todo era igual, que
la gente era como en Santander, el paisaje como la vega de Pas y
que no había Nuevo Mundo.
¿Qué
es la saponaria?- Hice la pregunta sin esperar respuesta.
Sin embargo, Áurora la mayor de mis primas criollas contestó:
¡Oh, las saponarias! Tienen unas flores grandotas,
son rosas y huelen bien pero cuando se pasan dan muy mal olor.
Hay muchas en el rancho.
Había dicho la palabra mágica: rancho. Yo me pegué
a ella para abrir el hermetismo de aquellas mexicanas. Vivían
en un rancho a decenas de kilómetros de la capital federal,
no podían decir cuántos, rodeadas de aquellas gentes
que nunca aparecían en los relatos, esas que no se parecen
a los santanderinos, ni a los castellanos, ni a los vascos.
¿Se llama el rancho "La Media Luna"?
No, tiene un nombre de allí.
Y pronunció un conjunto de tes y de eles que nunca entendí.
Pero no se lo digas a Abel que te hemos hablado del rancho.
No quiere que nadie sepa que no vivimos en la capital.
***
Niñas criollas santanderinas mimadas para casar con gachupín,
exhibidas como signo de riqueza indiana, unidas, pegadas a una tierra
que era ya la suya.
¿Por qué crees que lo hace Abel? pregunté
al hombre de la ventana.
El nunca ha estado en México, siempre ha vivido aquí.
Pero sus hijas no. Sin darse cuenta hablan y piensan desde allí.
Aquí hacen teatro. Pero lo dejarán de hacer, no
pueden soportar ser indianas, son criollas hasta la médula,
diles que te hablen de su gente.
Para vencer su desconfianza les leí trozos de Pedro Páramo.
Pedro Páramo que son sólo trozos. Al principio
no entendían nada, después lo leyeron en voz alta
con aquel acento que a mí me fascinaba. "Pensaba en
ti Susana, en las lomas verdes cuando volábamos papalotes
en la época del aire". Áurora se quedaba pensativa
en mitad de la frase. "Quisiera ser zopilote para volar adonde
vive mi hermana". Áurora pensaba tanto que nos quedábamos
en silencio minutos largos hasta que su hermana la jaleaba:
Ándale, niñita, sigue leyendo que va a resucitar
Juan Preciado.
Y
continuaba la lectura a trompicones, como reproduciendo la fatiga
del rapsoda al narrar todos aquellos vericuetos de la memoria.
Me llamaban la atención los papalotes, zopilotes, trojes,
molotes, que pronunciaba Aurora con un detalle rítmico como
si fuera la auténtica música de su tierra. Así
se hicieron de noche muchos días y llegó el otoño.
***
Algunas veces, pocas, nos reunimos los tres con el hombre de la
ventana, siempre en las últimas horas de la tarde. Entonces
les pregunta él sobre México y ellas le iban describiendo
algunas calles que él sabía de memoria gracias a las
cartas que recibía desde allí.
México me habla sólo en invierno cuando llegan
noticias y libros.
Eran calles donde vivía la familia que nunca regresaba. No
preguntaba por personas sino por lugares, por tal confitería
o cual plaza. Una vez recuerdo que Aurora le preguntó:
¿Cómo
era México antes?
El "antes" se refería al bisabuelo muerto en la
época de Porfirio. Pero aquel hombre de la ventana no entendía
de tiempos tan cercanos.
Era
bello, acuoso, complejo, mágico. Dicen.
Buscó otro libro en la estantería muy leído
y viejo y repasó unas páginas, leyó lo siguiente:
"Esta gran cibda de Tenochtitlán está fundada
en una laguna salada y desde tierra irme y hasta el cuerpo de dicha
cibdad por cualquier parte que quisieran entrar en ella hay dos
leguas. Tiene cuatro entradas todas de calzada hecha a mano tan
ancha como dos lanzas jinetas, tan grande la cibdad como Sevilla
y Córdoba. Son las calles de ella, digo, las principales
muy anchas y muy derechas y algunas de éstas y todas las
demás son la mitad de tierra, por la otra mitad son agua
por la cual andan sus canoas." Siguió leyendo mucho
rato y fui reconociendo en sus palabras prestadas de Cortés
las consideraciones de Humboldt.
***
Ciudad mágica y cosmogónica. recordé la narración
del Ensayo donde se describe la polémica de la desecación
de la laguna, la propuesta de la Corte de Madrid para trasladar
la ciudad de lugar como si un lugar sagrado se pudiera mover.
Todo
estaba atado en aquella laguna, tuvieron que inventarse la Virgen
de Guadalupe para justificar la alianza barroca.
Al
menos eso me dijo Víctor *** en un bar de Nueva York después
del décimo trago a su quinto whisky. "¡Luna sub
pedibus eius!" gritaba como un energúmeno en aquel bar.
Y Después me proporcionó un texto donde lo explicaba,
ya después de estar borracho.
" La luna especialmente daña en las inundaciones donde
predomina y México ha padecido muchas en los tiempos pasados
y la más general, penosa y seguida, fue la que se precipitó
por el mes de septiembre del año 1629 hasta el 34, ....entonces
se conoció el amparo e intercesión de la virgen, porque
sin pensar bajaron poco a poco las aguas...."
En el séptimo whisky, Víctor *** era capaz de mostrar
que esa imagen rodeada de estrellas con la luna en los pies era
la representación de toda una alianza de cosmogonías
locales tan primitiva que narcotizaron a los funcionarios madrileños
para impedirles el traslado de la capital de la Nueva España.
***
Lástima que el hombre de la ventana no pudiera llegar a conocer
a Víctor, porque él resumía la otredad en una
cosmogonía donde coincidían los españoles y
los mexicanos y mostraban estar hechos del mismo cuajo: les gustaban
los santos.
***
De toda la familia que conocí en aquellas mareas de verano
sólo reconocí en viajes posteriores a aquellas dos
primas criollas. Fueron creciendo a la distancia exacta de cuatro
y tres años de mí, hicieron el viaje muchas veces
y al final me confesaba la menor: Ya no sé qué
viaje es el de ida y cuál el de regreso, no sé dónde
tengo el deseo.
Posiblemente lo tenía repartido, o simplemente partido con
el estrabismo de los inmigrantes que sólo se reconocen en
el viaje. Pero ya no volvimos a hablar de México, ni a leer
a Rulfo, ni a conversar todos juntos con el hombre de la ventana.
***
Fue haciéndose una sombra casi mineral, inmóvil. Los
últimos veranos me hablaba de Escocia, de Glasgow, de los
primeros días cálidos cuando se podía bañar
en los lagos. No quería hablar de México.
Al final de un verano me dio el reloj. Pasaron meses y me avisaron
que había muerto. Viajé a Santander en un tren lento
que emergió de la niebla sólo al amanecer. Mi abuela
había llamado a un cura después de muerto porque no
se atrevió a hacerlo antes. Me dio pena saber que ni entonces
lo podían dejar en paz. Había que enterrarlo en la
tierra y a la ceremonia vino una colección de hombres y mujeres
que no conocía. Parecía que habían salido de
alguna catacumba anarquista. Eran ellas y ellos los colegas de aquel
hombre. No habían querido marcharse después de la
guerra como no lo quiso hacer el que se enterraba aquel día.
Sólo uno de ellos me dirigió la palabra, me tendió
la mano y me dijo:
Soy
Urano, tramoyista, como si fuera lo más normal del
mundo.
***
Su casa era tan peculiar como él mismo, libros de historia,
de esperanto, de filosofía, de poesía, de teatro,
marionetas, máscaras y restos de atrezzo. Todo un
hermoso caos, un té de hierbas que no sabía a nada
definible.
Fue
grande. Aunque teníamos prohibido reunirnos, siempre supimos
unos de otros. Ahora sólo nos vemos en los entierros.
Después hablamos sobre México, le volví a
preguntar porqué no había escapado cuando la Guerra
Civil.
Él solía decir que era necesario entender
lo que decía Quevedo al final de El Buscón: "Determiné,
consultándolo primero con la Grajales, de pasarme a Indias
con ella, a ver si mudando mundo y tierra mejoraría mi
suerte y fuime peor, pues nunca mejora su estado quien muda solamente
de lugar y no de vida y costumbres". Por eso no quería
irse, porque si hubiera ido allí le habrían hecho
la vida tan imposible como se la hicieron aquí.
Esa era la sentencia de Urano. Yo por mi parte dudaba que aquello
fuera cierto. Para atenuar su amargura le pregunté:
Y yo, ¿puedo ir a México?- El contestó:
Andate con tiento, vete sólo si tienes un motivo,
que aquella tierra no se puede tratar de cualquier modo.
Ahora están todos enterrados cerca para que puedan hablar
cómodamente los días de lluvia.
Jarvier Ordóñez, "El
viajero imaginario", Fractal n° 17, abril-junio, 2000, año 4, volumen V, pp. 131-152.
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