| Tres
guineas parecería ser a simple vista un alegato en contra
de la guerra y a favor de que las mujeres tengan acceso a los mismos
espacios sociales de decisión que los hombres. Sin embargo,
su fuerza radica realmente en que es una profunda reflexión
sobre la desigualdad de los sexos en la sociedad, específicamente
la que implicó que durante siglos la mujer no pudiera ser
considerada socialmente un individuo y un ciudadano.
Los
derechos y las responsabilidades que la autora exige para la mujer
en este texto han sido ya muy tomados en cuenta ahora por todos
los movimientos feministas y en pro de la mujer. (Esto no quiere
decir obviamente que todas las mujeres en el mundo los tengan.)
No obstante, la simple aplicación o recordatorio de ellos
hace que olvidemos cuán recientes son y cuán compleja
y profunda es la transformación que ha traído consigo
su aplicación. Es esto último lo que se aborda en
Tres guineas con una gran lucidez.
Si en su obra novelística en general la autora profundiza
en el contraste entre los papeles que la mujer tiene que asumir
debido a la función que cumple socialmente su sexo y a su
subjetividad como individuo moderno, y hace en realidad un énfasis
en las distintas perspectivas desde la cuales las mujeres vemos
el mundo no en vano el personaje principal de Al faro es
una pintora, en Tres guineas aborda el problema de
cómo estas perspectivas estaban muy constreñidas y
determinadas por el acceso limitado al trabajo independiente y a
la educación que tenían las mujeres en su tiempo.
Para ella era esencial que las mujeres ganasen su propio dinero,
que no dependieran materialmente de los hombres de su familia; y
por otro lado era importantísimo que tuvieran acceso a la
educación y al libre ejercicio de una profesión. Además,
como las mujeres educan a sus hijos, una educación proporcionada
por mujeres independientes podía dar lugar a que los hijos
hombres no emprendiern ni fueran a las guerras que eran esencialmente
masculinas según la autora.
En
este ensayo se hace mucho énfasis en las hijas de los hombres
con educación, no se habla de las mujeres educadas. Se da
por hecho entonces que estas hijas reciben una educación
que depende en gran medida de sus padres y por ello, como no fue
fruto de su decisión, no pueden obrar con independencia.
Por otro lado, estas hijas de los hombres con educación eran
educadas en la época de Virginia Woolf en un nicho social
aparte. Había algunas escuelas y universidades para las mujeres
que eran además de más recientes, considerablemente
más pobres. Y la mayor parte de las hijas de hombres con
educación de aquel tiempo no eran consideradas por esos hombres
dignas de recibir una educación y una libertad para ganarse
la vida similares a las de ellos. Además, pese a que a las
mujeres se les daba la gran responsabilidad de criar a los hijos
hombres, había quienes no las consideraban aptas para educarlos
después de que éstos cumplieran catorce años.
Esta desigualdad en la formación y educación de los
sexos no sólo conduce, según la escritora, a desventajas
femeninas que todos percibimos, impide que las mujeres se formen
como individuos independientes que no sólo tengan los mismos
derechos sino la capacidad de hacerse responsables que entraña
la libertad. Y esta capacidad es la que posibilita asumirse y abrazar
la propia vida, la propia historia. Las mujeres durante su vida
se hacen responsables de muchas personas más allá
de ellas mismas, sus hijos y sus padres para empezar, y muchas veces
terminan sin poderse responsabilizar de sí mismas, sin una
relación con su pasado y sus propias emociones y pensamientos.
Pero para esta relación con uno mismo, para ésta búsqueda
de la propia identidad en el todo, se necesita un espacio y un tiempo
propios que durante mucho tiempo nunca se tomaron en cuenta ni en
la educación ni en la vida de las mujeres.
Una de las cuestiones de la que era muy consciente Virginia Woolf
es que para la formación de la mente del individuo moderno
ha sido fundamental la privacía. Sin privacía, sin
soledad, no son posibles ni la verdadera compañía,
ni el diálogo ni la libertad. La escritora señala
especialmente en Tres guineas y en Una habitación
propia el hecho de que la vida hogareña de las mujeres
está constreñida a un espacio en el que ellas no consiguen
tener privacía. En cambio, la individualidad y la privacía
de los hombres es estimulada desde el ámbito hogareño.
Esta individualidad ya propiciada desde la infancia les da a los
hombres, según ella, además de mayor tiempo para ocupar
su mente en lo que quieran, mayor seguridad y menos miedo de actuar
en los espacios públicos. En realidad los hombres habían
sido educados por mucho tiempo , según ella, para desenvolverse
públicamente y las mujeres no.
Dado que a lo largo de la historia han existido pocos espacios sociales
en los que las mujeres pudieran desarrollarse como individuos, la
zona de actividad intelectual en la que mayormente han logrado no
sentirse restringidas por su entorno, y más seguras, ha sido,
según Virginia Woolf, la literatura, pues para escribir se
necesitan pocas cosas, un poco de tiempo y privacía. Es en
este espacio virtual, según la escritora, donde muchas mujeres
se han desarrollado a sí mismas como individuos, naturalmente
en relación con los otros.
Pero este espacio virtual en el que casi siempre han subsistido
la inteligencia y la libertad femeninas hasta muy recientemente
ha carecido de un gran peso social y político. Es en realidad
a esto a lo que quiere llegar ella tras largas digresiones y análisis
de ejemplos en este ensayo. La inteligencia y la libertad tienen
peso e influencia en las decisiones si éstas son ejercidas
por individuos a los que la sociedad en general respeta y les da
un lugar. Tradicionalmente los espacios en los que actuaban estos
individuos eran jerarquías en gran medida masculinas, y a
su vez diseñadas por los hombres. En estos espacios, que
han sido fundamentalmente los del gobierno, el ejército,
la iglesia y las instituciones educativas, por mencionar sólo
los que señala la autora, las mujeres tenían una muy
escasa participación como dirigentes. Si la mujer no tenía
en aquel entonces un lugar prominente y respetado en alguno de esos
espacios y sólo era pariente de alguno de los miembros o
realizaba en ellos tareas de subordinada ¿qué capacidad
de decisión y de influencia iba a poder tener en ellos?
Esta brillantísima reflexión sobre los espacios de
decisión de las mujeres que actualmente es una de las grandes
preocupaciones, Virginia Woolf la hizo desde la modestia de su posición
privilegiada. Pues si bien ella era hija de un hombre con educación
que trataba de ganarse la vida con su trabajo intelectual, trató
de hacernos ver que esta posición, que puede ser una ventaja
para las mujeres en algunos aspectos, puede ser también un
obstáculo que salvar, si el hombre con educación no
apoya la verdadera educación de sus hijas.
Detrás de Tres guineas está presente la idea
de que si uno no se concibe a sí mismo singularmente, no
puede contribuir en su propio nombre a una causa, en este caso la
de la paz. ¿Cómo las mujeres podían contribuir
a nombre de ellas a la paz o a terminar con la guerra, si vivían
en una estructura social y familiar que no les permitía actuar
en su propio nombre o encontrarse a sí mismas?
Virginia Woolf se dio cuenta de que si las mujeres prescindían
en aquel tiempo de las funciones propias de su sexo en la sociedad
y trataban sólo de pensar no podían realmente influir
para que las circunstancias cambiaran. Si ciertos hombres querían
la guerra, las mujeres relacionadas con ellos de una u otra manera,
muchas veces a su pesar, los apoyarían.
Con el pretexto de pensar que las mujeres podrían contribuir
a que no hubiera guerra, junto con los hombres, ella le da vueltas
en Tres guineas a algo que por su profundidad resulta muy
difícil de plantear en términos generales, pero que
las mujeres enfrentan en particular: tomar miles de pequeñas
decisiones cotidianas, pero no tener casi posibilidad de participar
en las grandes decisiones de la especie a la que pertenecen. Esto
sigue siendo un problema grave, en un mundo en el que ya hay muchas
más mujeres que contribuyen a las grandes decisiones, pero
también sigue habiendo muchas que no pueden incluso decidir
una parte mínima de su existencia.
Me voy a permitir entonces hacer una pequeña digresión,
no sólo porque considero que esta escritora abordó
modestamente muchos de los problemas profundos que hoy se sigue
planteando el feminismo, sino porque estamos en un momento en el
que muchos cambios sociales en la vida de las mujeres, que planeó
ella conscientemente para la suya propia y en su literatura, se
están dando a gran escala.
Cuando ella dice en este ensayo que las mujeres no pueden contribuir
a tomar decisiones importantes por sus lazos sociales y familiares,
está diciendo simplemente que no se pueden situar muchas
veces por encima de esos lazos que pueden determinar, a su pesar,
el sentido de sus decisiones. Esto es particularmente importante
porque por un lado expresa la justificación de muchos que
se sienten o están oprimidos, pero por otro nos está
sugiriendo que es cuestión de decisión, de dónde
se coloca uno y qué clase de responsabilidad va asumir. Esto
no aparece claramente en el ensayo, más bien lo que se enuncia
en él, al igual que en el caso de Una habitación
propia, es precisamente la falta de un espacio social reconocido,
o la estrechez del existente, ya sea para realizar alguna actividad
no específica de nuestro género, o bien para tomar
una decisión que compete a todos, como ayudar a que se termine
la guerra. Pero su manera de escribir, revisando los espacios de
decisión de las mujeres desde muchas perspectivas, es como
si fuera de hecho arando un terreno intelectual desde el que ahora
muchas mujeres, sin advertirlo es decir, sin tomar en cuenta
lo que han labrado sus predecesoras pueden contemplar la posibilidad
de contribuir a tomar grandes decisiones en su sociedad.
El espacio interior del individuo
Tres guineas es es además un texto en el que Virginia
Woolf hizo desembocar muchísimas de sus acuciosas observaciones
de las mujeres como personas reales, de sus condiciones de vida
y de sus restricciones en el espacio laboral y familiar, que fueron
a su vez el material de sus novelas. Virginia Woolf se buscó
en el mundo de los otros, pero lo hizo, como pocas lo habían
hecho hasta ese momento, en el mundo de sus semejantes, las mujeres.
Esto que ahora sonaría obvio, en su momento y hasta muy recientemente,
no lo era, pues como mujer ella se estaba buscando en un mundo en
el que si asumías la identidad indiscernible sexualmente
en aquel entonces del poeta o del escritor no podías encontrarte
sencillamente a partir de los otros, pues éstos eran hombres
en su gran mayoría.
Ella vivió en una sociedad creada, en bastante mayor medida
que la nuestra, en beneficio casi exclusivo de los hombres; ella
y su hermana lucharon denodadamente por tener una vida consagrada
a su arte, y no asumir los tradicionales y sacrificados papeles
familiares de su madre y de su media hermana Stella. Lo que hicieron
fue increíblemente osado pues junto con su hermano Toby,
que estudiaba en Cambridge, y los condiscípulos de éste,
forjaron un sitio desde el cual reemprender esa búsqueda
de uno mismo y el mundo que implica el ejercicio del arte. No es
que fueran a dedicarse a escribir en sus ratos libres en medio de
las obligaciones con el marido y la familia, o a escondidas de éste.
Iban a emprender su oficio con el consentimiento y el reconocimiento
del círculo masculino que eligieron, y esto lo hicieron ambas
con una claridad intelectual deslumbrante. Probablemente la mayor
parte de las mujeres notables que fueron sus contemporáneas
no tuvieron la conciencia que tenían ellas de la importancia
de tener un lugar entre los hombres de su tiempo, no tras de ellos,
o subordinado a ellos. De poder discutir en un plano de completa
igualdad.
En los relatos de La señora Dolloway recibe, la autora
expone lo que debió sentir siendo el tipo excepcional de
mujer que era para su tiempo y aún ahora: una especie de
división entre esa parte de su persona que pensaba y creaba
con gran seguridad y profundidad, y la parte femenina, tímida
e insegura, que tenía que exponerse en esas fiestas de sociedad
que la divertían, la excitaban, la atemorizaban y la perturbaban.
El hecho era que en estas fiestas ella exponía la parte de
sí misma que no se asumía completamente como escritora,
sino como la mujer que puede ser además amiga, madre, hija,
hermana, esposa, amante. Esto, que constituye la diferencia sexual,
y de hecho la sexualidad, es el tema que recorre toda su obra, a
ella personalmente la inquietaba no sólo por su circunstancia
sino porque quizá intuía que la reflexión acerca
de ésta y su transformación iban a ser fundamentales
en los tiempos que vendrían. Virginia Woolf parece preguntarse
¿quién es una si puede ser todo eso predeterminado
en relación con otros, y ser además en soledad el
individuo que escribe, piensa o reflexiona? ¿Dónde
está socialmente ese individuo que piensa y reflexiona si
es mujer? ¿Cómo está construida la identidad
de las mujeres? ¿Cómo construirse una identidad que
abarque esos aspectos sociales y biológicos de la personalidad
femenina, que en la realidad muchas veces parecen distantes entre
sí y algunas irreconciliables?
Creo que aquí ella tocó una cuestión que ahora
vuelve a discutirse apasionadamente, aunque quizá en otros
términos. Las mujeres cumplimos una función fundamental
para la conservación de nuestra especie: la reproducción,
la maternidad y el sostenimiento de los lazos familiares, que puede
volverse en muchos casos prácticamente el objeto exclusivo
de nuestras vidas. Era difícil para las mujeres escritoras
de tiempos pasados mantener una independencia personal e intelectual
y a la vez sostenerse en esta otra área de la vida, pero
aun así hubo grandes excepciones, estoy pensando por ejemplo
en Mary Shelley quien vivió del periodismo hasta una edad
avanzada. Virginia Woolf estuvo entre las primeras escritoras que
entendieron no sólo lo difícil que era para las mujeres
cumplir con sus funciones familiares y a la vez dedicarse a una
tarea intelectual o artística, comprendió también
que estas dificultades y estos dilemas eran en realidad una parte
fundamental no sólo de la vida sino de la personalidad femenina,
y que éstos han sido muchas veces soslayados en el trazo
de los personajes femeninos en el arte, sujetos muchas veces a una
idealización en gran medida masculina.
La búsqueda de los lazos entre las distintas facetas de las
mujeres recorre los personajes de Virginia Woolf. Por ejemplo, en
la cuidadosa observación en Al Faro de la señora
Ramsey, que es la madre perfecta, como lo fue su propia madre, en
su altruismo y dedicación, y que a la vez como persona resulta
lejana, alguien que no comunica directamente su esencia individual,
sino que ésta tiene que ser descifrada mediante los trazos
y las pinceladas de una escritura que intenta atrapar desde lejos
sus movimientos, sus palabras y sus actos. La señora Dolloway
su alter ego y las mujeres que la acompañan
en los relatos son también personajes sociables, cuya esencia
no está en la sociabilidad sino más bien en el contraste
con ésta. Son personajes que están vistos a partir
de su inadaptación al medio, de su imposibilidad de sentirse
completamente cómodos dentro de sí mismos. El personaje
de Orlando es otra faceta, es una fantasía erótica
femenina en la que se trata de huir humorísticamente de la
predeterminación biológica del género. La identidad
femenina es entonces algo que no se puede exponer del todo, pues
son muchas las facetas y, por resaltar alguna, quedan ocultas las
demás. ¿Desde dónde podrían entonces
contribuir con integridad las mujeres a las grandes causas? Tendría
que ser a partir de una conciencia lúcida de las múltiples
facetas de su identidad. Y es a esta conciencia lúcida a
la que Virginia Woolf contribuyó ampliamente.
Al explorar la subjetividad propia y la de otras mujeres participó
en que se abriera en nosotras un espacio de reflexión individual
que ahora muchas mujeres poseemos sin cuestionárnoslo mayormente,
pero que es algo, sobre todo en nuestro caso, muy reciente. No es
que este espacio no haya existido en muchas mujeres excepcionales
a lo largo de los siglos, simplemente no era común, no era
algo en lo que todas pudiéramos reconocernos y compartir.
Virginia Woolf misma y sus personajes femeninos anuncian un siglo
en el que los individuos más que trazarse previamente una
personalidad, se buscan a sí mismos en su entorno y en su
origen, y más que marcar los límites precisos de su
papel social, salen a su encuentro. Virginia Woolf es la mujer individuo
del siglo veinte, buscándose y construyéndose a sí
misma en medio de la multitud, buscando elegir por encima de sus
determinaciones y de la tradición. Pone en evidencia que
las mujeres no son sólo personajes recreados por el deseo
masculino, por el erotismo, o por el realismo mordaz, sino que también
son personas a las que la sociedad educa y limita de manera distinta,
y que se buscan en su entorno y se construyen a sí mismas.
Y aquí quisiera señalar que al igual que el físico
Stephen Weinberg dice de Newton que era prenewtoniano, Virginia
Woolf era a mi parecer, prefeminista. Lo cual quiere decir, desde
mi punto de vista, que sus ideas nunca fueron impulsadas por ninguna
militancia ni creencia, sino que llegó a ellas a partir de
sus propios hallazgos. Y esto a mi parecer es a estas alturas una
gran lección.
Ella
apoyó desinteresadamente la causa de la mujer, simplemente
porque sabía que por serlo era la suya. Y esto posibilitó
que tuviera a la vez una visión nada tendenciosa y realista
de la condición femenina, que ha contribuido en gran medida
a la naturalidad y al sentido crítico con los que asumen
su condición muchas escritoras contemporáneas.
La mujer ciudadana e individuo
Virginia
Woolf también nos hace claro a los hombres y a las mujeres
algo que ahora se vuelve de vital importancia si queremos sociedades
democráticas en las que los ciudadanos tengan no sólo
posibilidad de decidir sino capacidad de ello. Estas sociedades
tienen que formar individuos, y con esto no quiero decir individualistas,
sino que me refiero a personas que tengan espacio para reflexionar
sobre quiénes son y cuáles son sus nexos con los demás,
y que este espacio sea respetado públicamente.
El respeto al ciudadano, al individuo como espacio de pensamiento
y de decisión es una idea judeocristiana que se estableció
definitivamente para nosotros en Los derechos del hombre
y en general con la Ilustración. Sin embargo, han sido los
hombres los que más se han desarrollado con ella en la historia
de Occidente, aunque muchas veces sólo sea superficialmente.
Las mujeres no sólo somos en un sentido amplio individuos
recientemente reconocidos por nuestra sociedad, también nuestro
carácter de ciudadanas en un sentido pleno tiene poco tiempo,
en contraste con la historia masculina de Occidente.
El hecho de que las mujeres hayamos tenido que arribar al entendimiento
de nuestra individualidad por un camino no marcado socialmente,
sino más bien recorrido personalmente, ha transformado también
la búsqueda individual de los hombres del siglo veinte.
La individualidad masculina ha tenido pese a todo una gran cantidad
de casilleros en los que desarrollarse socialmente, la individualidad
femenina se ha ido teniendo que abrir paso muchas veces en terrenos
donde tradicionalmente era rechazada. Esto obliga nos obliga a repensar
a todos la esencia del individuo y su papel en la sociedad.
De Tres guineas se desprende la idea de que el individuo
no debe ser tanto el ego que imponen autoritariamente ciertas condiciones,
sino algo que construimos socialmente, en un diálogo con
nosotros mismos y con los demás.
Actualmente hay pensadores, como Francis Fukuyama, que piensan que
la sociedad se ha feminizado, en la medida que las mujeres se han
liberado. Las mujeres están ocupando espacios de responsabilidad
que los hombres han abandonado. Esto ocurre tanto en el terreno
laboral como en la familia. Las mujeres siguens trabajando en general
por menos dinero, entonces en muchos espacios laborales las contratan
porque cuestan menos. Por otro lado, muchas mujeres son cabezas
de familia. Esto ha implicado según Fukuyama que los hombres
gasten más en sí mismos y hayan abandonado muchas
de sus funciones sociales tradicionales. Para Fukuyama esto es según
él el final del orden social. Para las mujeres, a mí
parecer, es el principio de un nuevo orden.
Esta feminización de la sociedad a la que alude Fukuyama
tiene que ver precisamente con el hecho de que para las mujeres
arribar a los puestos de responsabilidad y lograr desarrollar ciertos
papeles tradicionalmente masculinos ha sido también consecuencia
de una liberación y de una búsqueda personal. Los
hombres se han visto sometidos a la lógica externa de las
jerarquías tradicionalmente masculinas, las mujeres han llegado
a ellas en muchos casos salvando sus barreras y sus límites,
teniendo que abrirse espacio creativamente y desarrollando personalmente
sus posibilidades y sus alternativas. Y esto ha cambiado todo radicalmente,
incluso la forma de ser de los propios hombres en esas jerarquías.
Las mujeres están descubriendo gracias a este recorrido personal
muchas cosas que para los hombres parecían ser triviales
porque eran vistas siempre bajo ciertos cánones sociales
rígidos. Las mujeres están profundizando en la naturaleza
humana desde su propia perspectiva, están viendo lo que parecía
trivial con cierto asombro. Y esta profundización individual
enriquece a toda la sociedad.
El individuo occidental moderno es un producto medieval, según
el historiador Aaron Guevich. El individualismo empieza a desarrollarse
como un tipo de personalidad que se verá reflejada en las
confesiones y en las autobiografías. Es producto de una introspección
en gran medida religiosa, y de poner en el centro la máxima
socrática: "conócete a ti mismo" que sería
muy importante en el Renacimiento. Dante y Petrarca son personalidades
de este tipo de individualismo, en el que el poeta se distanciaba
y se diferenciaba de los demás para poder mirarlos singularmente
y quizá mirarse en ellos. Por otro lado, en la locura de
Opicinus de Canistris, un clérigo que vivió en la
primera mitad del siglo XIV, podemos vislumbrar
lo que para un escritor y un ser humano modernos podría estar
dentro de la norma: "Que cada cual explique su vida en el sentido
espiritual (spiritualiter) de acuerdo con sus recuerdos,
y que de ese (espiritual, simbólico) mismo modo descubra
el significado de su familia y de sus actos, y de todos los sueños
que consiga recordar. Y que lo discuta todo con su propia conciencia.
Entonces, después de comprender la verdad del mundo, lo que
se consigue al contraponer el engaño con la fe, él,
con ayuda de Dios, estará en condiciones de emitir un juicio
justo sobre su propia persona, siguiendo mi ejemplo (exemplo
mei ipsius)."
Este autor escribió una autobiografía delirante en
la que todos los acontecimientos europeos confluían en su
propio yo, él proyectaba lo que le ocurría sobre el
mapa de Europa. En su patología hay sin embargo una característica
que se desarrollará en el individuo moderno, sobre todo en
los intelectuales, que la instrospección implique el desarrollo
de un mundo interior, que es a la vez que una visión singular
una representación personal y que pretende ser autosuficiente
hasta cierto punto del exterior.
La narrativa de este siglo y la del pasado han explotado al máximo
esta capacidad de ensanchamiento y absorción de la personalidad
individual. En un día de la vida de Leopold Bloom terminó
latiendo, por ejemplo, toda la intensidad de una ciudad, y la mente
de Proust atesoró cuidadosamente y recobró para la
ficción las memorias de toda una vida.
A este ensanchamiento de la personalidad individual pocas mujeres
tuvieron acceso directo en tiempos pasados, más bien ellas
fueron el objeto en la mayoría de los casos de muchas de
estas ilusiones y mistificaciones literarias . Pocas tuvieron la
oportunidad de crearse su propio mundo interior, pero lo hicieron
y de manera memorable. La obra en general de Virginia Woolf es en
este sentido una gran apertura, ella crea un mundo imaginario y
propio en el que las mujeres tienen un papel activo y principal.
Nos plantea claramente la cuestión de que las mujeres no
son sólo seres que enfrentan las circunstancias valerosa
o inteligentemente o sensiblemente, tienen un mundo interior propio,
a partir de la recreación de sus experiencias y conocimientos
que enriquece la participación social del individuo.
El grano de arena individual
En su libro deThe Mysteries of Identity, Robert Langbaum
hablando del poeta Wordsworth dice que para Hume "El yo es
una construcción retrospectiva de la imaginación,
y que por esta razón la memoria no sólo descubre
la identidad, sino que constribuye a su producción.
Sólo mediante la memoria podemos crear el yo viendo la continuidad
entre las percepciones pasadas y presentes; sólo a través
de la memoria podemos concebir la cadena de causas y efectos
que constituye nuestro yo o nuestra personalidad." Para
Hume el yo es producto de un proceso de cuya construcción
quizá hayan dado el mayor testimonio los escritores. Esta
construcción del yo en la medida en que la sociedad y la
religión la fueron dejando en manos de los individuos tuvo
según Langbaum muchas implicaciones en la representación
y relación de los individuos con el mundo exterior: "Detrás
de esta declinación de los imperativos sociales en Occidente
descubrimos un problema epistemológico, de teoría
del conocimiento y de la percepción que nos regresa al romanticismo.
La contraparte epistemológica del narcisismo es el solipsismo
la teoría de que el yo es el único objeto real
de conocimiento o la única cosa existente (OED).
El solipsismo era la condición que temían los románticos,
el peligro estaba en el individualismo y la autoconciencia de este
estado particular. Como herederos del gran esfuerzo crítico
de la Ilustración, el esfuerzo que disolvió el sistema
cristiano de los valores creados por Dios en correspondencia con
la creación divina del alma en el ser humano, los románticos
o postkantianos encontraron que los valores, que sin embargo percibían
en el mundo, eran los que ellos proyectaban, que el mundo bello
y significativo de sus vívidas percepciones era un mundo
organizado imaginariamente. Dado que la imaginación perceptiva
tenía que ser autoconsciente e individual, una forma de conocer
el mundo externo a través del yo y de conocerse a través
del mundo, el yo llegó a ser el dios creador del mundo.
"Desde las alturas de esta suposición, los románticos
se vieron ante el abismo, frente a la enorme cuestión de
si ellos y las otras personas eran reales y eran en verdad la única
realidad viviente, de si no morirían de soledad claustrofóbica
en la prisión de su yo. Requirió de una gran vitalidad
sobrepasar la Ilustración, hacer una organización
imaginaria del yo y de la experiencia que pudiera recombinar los
mundos del sujeto y del objeto, valores y hechos que la Ilustración
rompió en dos. Cuando les falló la vitalidad, los
románticos fueron incapaces de proyectarse hacia el mundo
exterior y hacer una conexión con él; fueron entonces
incapaces de recibir del mundo exterior la vitalidad necesaria para
alimentar su propia vida. Se sintieron perdidos en la prisión
no sólo del yo sino de los huesos, donde reside su único
resto vital..."
En la primera mitad de este siglo muchos escritores occidentales
modernos en su mayoría hombres, y en apariencia no románticos,
se encontraron todavía ante la incapacidad o el horror de
alimentar su propia vida, su propia experiencia con el mundo exterior,
por los grandes cambios y también los horrores inimaginables
que sobrevendrían. Algunos se refugiaron en los sentimientos
religiosos del antiguo mundo de valores cristianos y vivieron entonces
en el mundo de los muertos vivientes, como T. S. Eliot, otros se
pusieron a diseñar una esperanza, por ejemplo, D. H. Lauwrence,
a partir del sexo y el amor, otros se recrearon con el absurdo y
la anulación de la identidad como Beckett, o con la nostalgia
de la vida cotidiana en su ciudad natal, como Joyce, o imaginando
futuros aterradores posibles como Orwell, etcétera. Y otros,
entre los que está Virginia Woolf se dedicaron a observar
con mucho detalle el mundo que los rodeaba y a relacionarse con
él, pues de eso dependía conocerse a sí mismo
y quizá encontrar algún sentido en medio de ese caos
que fue la guerra.
Sí sólo extrajeramos de Tres guineas la argumentación
y las ideas sería simplemente un encendido y conmovedor escrito
político, con el que aún podríamos seguir iluminándonos.
Pero es también una acuciosa investigación en la que
ella convoca a múltiples posibles interlocutores de su tiempo
y de tiempos pasados para discutir y dialogar sobre los espacios
de decisión de la mujer como individuo en la sociedad. Mientras
algunos de sus contemporáneos hombres se dirigían
con sus obras al mundo exterior como si fueran los pequeños
dioses de su mundo interior y el mundo exterior fuera algo simplemente
puesto allí para ellos, Virginia Woolf dejaba entrar a su
mundo interior y personal múltiples voces. Esto, desde mi
punto de vista, hace de Tres guineas un texto único,
pues más que un texto es un espacio de discusión de
aclaración al que Virginia Woolf invita, como si fuera la
señora Dolloway, no sólo a discutir sino a dar testimonio.
A ratos ella como escritora parece una especie de juez crítico
a la que le están dando ejemplos de hechos que se deberían
de tomar en cuenta para llegar a cualquier conclusión sobre
el asunto. Su tono no es el de "yo creo", "yo pienso",
"yo los acuso", sino que pese a lo emotivo está
siempre mostrando que incluso las injusticias que expone no son
ni siquiera elucubradas por ella, ella es simplemente la transmisora.
Las mujeres tenemos la capacidad de abrigar en nuestro seno a un
ser humano en sus primeros meses de vida; también, como muchas
hembras del mundo animal, poseemos la capacidad y el instinto de
hacer nuestro nido y de habitar nuestro cuerpo como si fuera nuestro
hogar, nuestro refugio. Para nosotras, entonces, quizá sea
natural habitar nuestra mente, no como una oficina, un laboratorio,
una computadora o un cubículo de investigación; la
podemos habitar como si fuera una sala confortable en la cual han
quedado ciertos recuerdos dignos de una emotiva y humorística
reflexión.
Esta luz interna también nos muestra lo distinta que es la
camaradería femenina de la masculina; las mujeres comparten
este habitarse a sí mismas, no dialogan entre sí fingiendo
que sus mentes son desvanes cerrados que ocultan todas las debilidades
que podría atacar el enemigo. En la amistad las mujeres comparten
sus habitaciones, invitan a dormir a sus amigas y conversan con
más franqueza sobre lo que han visto y han sentido.
En este ensayo como en otros textos de Virginia Woolf uno percibe
esta capacidad femenina de incluir, de acoger a los otros dentro
de sí misma, de departir y conversar. Esta capacidad sería
quizá la contraparte de perderse, de negarse frente a los
otros que muchas veces se les achaca a las mujeres. En este ensayo
en particular, el igual que en sus novelas Entreactos y Las
olas, ella muestra esta capacidad no sólo de recrear
un mundo exterior que se presenta ante ella en sus propios términos
y que ella tiene que traducirlo a un estilo literario específico,
que es el caso de Al faro, sino esta capacidad femenina de
cohabitación que no implica necesariamente la pérdida
de la individualidad, sino la de entender la propia singularidad
como parte del continuum más vasto de la feminidad
y de la humanidad a final de cuentas. Esto se debió en gran
medida quizá a la intensísima comunicación
que tuvo con su hermana Vanessa, y en general con sus hermanos y
amigos, que le hizo asumir muy auténticamente que las mujeres
no eran solamente una causa política en abstracto, sino un
mundo desconocido y oculto en gran medida fuera y dentro de una
misma. Tres guineas se diferencia de muchos textos feministas
no sólo por su estilo literario impecable, sino por su ausencia
tanto de exhortación a la lucha como de intenciones teóricas.
Es un reclamo para el que cita adversarios y testigos, es también
la alusión a toda una serie de importantísimos detalles
que suelen pasar inadvertidos.
A propósito de esto también querría ahondar
en otra cuestión, el mundo interior de las mujeres está
lleno de gente en singular, no de personas cuya situación
se convierte en una abstracción o en una cifra, sino personas
como una o distintas de una. Muchos hombres critican a las mujeres
porque se toman personalmente las cosas, porque no pueden muchas
veces sobrepasar su propia circunstancia y ver entonces el bosque
y no los árboles. El papel biológico que nos toca
jugar a las mujeres quizá sea un poco determinante en este
sentido, el tenerse que ocupar de la sobrevivencia de los que nos
rodean hace que prestemos mucha atención a lo que constituyen
todas las facetas de la personalidad de un ser humano. Tres guineas
es un texto lleno de gente agrupada alrededor de unas pocas en realidad
pero muy profundas ideas sobre la falta de espacio de decisión
en la sociedad que tienen las mujeres. La fuerza de las ideas de
Virginia Woolf está precisamente en que está tomando
en cuenta muchísimas vidas femeninas singulares y muchísimas
ideas en contra y a favor de la libertad femenina en múltiples
ámbitos. Pese a pertenecer a un mundo que, como vimos, quizá
limitaba su entendimiento de las diferencias en las culturas y en
las sociedades, hay en ella una percepción de los seres humanos
que se está haciendo cada vez más necesaria. Las personas
son parte de una familia, su singularidad tiene sentido solamente
dentro de un entorno social en el que conviven distintos individuos.
¿Qué es lo que marca la señora Dolloway? el
contraste y la relación con una sociedad en la medida en
que esta última es también tremendamente necesaria.
Quizá
para muchos escritores no resulta tan imperativo trasladar a la
obra la vida personal, ya sea por pudor, o porque ésta no
se considera una fuente de conocimiento. En el caso de ella esto
parece ser todo lo contrario, la obra era quizá un terreno
en el que la vida personal se hacía, más clara, bella,
y llevadera. Y regreso aquí a la construcción del
yo que citaba Langbaum con referencia a Hume; probablemente ésta
perdió tanto peso para muchos de los escritores contemporáneos
a Virginia Woolf, que algunos como Beckett pensaron en reducirla
al absurdo, o impedir que fuera un problema en la construcción
del lenguaje de la obra de arte.
Sin embargo, el yo femenino no había tenido esa oportunidad
que tuvo Wordworth, según Langbaum, de recrear su proceso
de construcción a través de la poesía. Virginia
Woolf vio esa oportunidad y la tomó de una manera moderna
y diferente, esa frontera que marcaron los románticos entre
ellos y el mundo exterior sería atravesada por esta autora
de una manera muy distinta a sus contemporáneos: diría
de alguna manera "yo soy mi mundo exterior", "yo
soy mi mundo", "soy inseparable de él, no soy sin
él, por lo tanto, ábranme un espacio, abran un espacio
a mi forma singular de ser".
Resulta obvio, después de decir todo esto, que Virginia Woolf
siempre escribió de cara a la realidad. Su obra fue una forma
de asumir y enfrentar su realidad, nunca de darle la espalda. Pensar
en su vida a través de su literatura y en el mundo que la
rodeaba fue una manera de conocerse, de saber y de construirse intelectualmente
como individuo. Sus experiencias personales fueron lo suficientemente
duras como para que hubiera tratado de no responsabilizarse racionalmente
de su propia condición individual y sumergirse en una ficción
completa.
Su obra es una manera de llevar al individuo a ese campo de integración
y de socialidad humanas que es la literatura. En ella también
cuentan ante todo las singularidades humanas, los individuos como
personajes de su propia historia. Tres guineas no puede ser
entonces un panfleto político ni un manifiesto militante
pues está escrito con este mismo impulso literario de acoger
la singularidad del individuo.
Recordemos de nuevo las circunstancias históricas en las
que ella escribió Tres guineas: el sobrino muerto
en la guerra civil española, la guerra mundial a punto de
estallar, un mundo en el que las ideologías totalitarias
y adversarias del individuo empezarían despuntar. Probablemente
sintió que Tres guineas y su última novela
Entreactos eran embarcaciones sumamente frágiles en
medio de ese océano para sostener sus ideas y recreaciones
del universo femenino y familiar.
Virginia Woolf fue testigo del gran sacrificio de su madre y de
su medio hermana Stella en aras de la obra intelectual de su padre.
Él se dedicó a realizar exhaustivamente una historia
de la literatura inglesa, mientras ellas se ocupaban de la vida
de una extensa familia. La mamá prácticamente murió
de agotamiento por su devoción de madre y esposa y su dedicación
a la caridad. Stella era la hija mayor a la que le había
asignado el mismo papel. Pese a que Vanessa y Virginia la instaron
a que hiciera su propia vida, murió poco después de
casarse.
Para Virginia Woolf era muy claro que su sociedad en ese momento
no apoyaba principalmente a las mujeres en calidad de individuos
que pudieran desarrollarse intelectualmente, y ante la vorágine
de acontecimientos mundiales que sobrevinieron, es posible que viera
esta realización social como algo increíbemente lejano.
Quizá se fue de este mundo con la sensación que muchos
tenemos de la fragilidad de la inteligencia. Muchas cosas tuvieron
que suceder, entre ellas que las mujeres tuvieran que tomar muchos
los puestos de los hombres, para que su comprensión de la
causa femenina pudiera reinar. Quizá la inteligencia no puede
por sí sola cambiar la sociedad, pero sí al individuo,
y ya hemos visto como de pronto los granos de arena empiezan a germinar
Alicia
García Bergua, "Alrededor
de Virginia Woolf", Fractal
n° 17, abril-junio,
2000, año 4, volumen V, pp. 69-90.
|