| Si la expresión "hablarle con la verdad al poder" tiene todavía un halo utópico, incluso en las democracias modernas, se debe sin duda a que rara vez se practica. El disimulo de los débiles ante el poder difícilmente es motivo de sorpresa, pues es tan ubicuo, de hecho, que aparece en muchas situaciones de poder en las cuales éste se ejerce de tal forma que el sentido ordinario de poder se vuelve irreconocible.
Mucho de lo que se considera una relación social normal requiere
que intercambiemos bromas y que sonriamos a personas a quienes no
les guardamos un aprecio correspondiente con nuestra conducta pública.
En este caso podemos decir, tal vez, que el poder de las formas
sociales que se manifiesta en las reglas de etiqueta y de cortesía
exige muchas veces que sacrifiquemos la sinceridad para tener relaciones
tranquilas con todos aquellos con quienes entramos en contacto.
Nuestra prudente conducta puede tener, a su vez, una dimensión
estratégica: esta persona ante la cual nos comportamos como
no somos quizá posea la capacidad de hacernos daño
o de ayudarnos en alguna forma. George Eliot no estaba muy equivocada
cuando decía que "no hay acción posible sin un
poco de actuación".
La actuación que procede de un sentido de civismo no nos
interesará tanto aquí como la actuación que,
a lo largo de la historia, se le ha impuesto a la gran mayoría
de la gente. Me refiero al comportamiento público que se
le exige a aquellos que están sujetos a formas refinadas
y sistemáticas de subordinación social: el obrero
ante el patrón, el peón o aparcero ante el terrateniente,
el siervo ante el señor, el esclavo ante el amo, el intocable
ante el brahmán, un miembro de una raza oprimida ante uno
de una raza dominante. Con raras pero significativas excepciones,
el subordinado, ya sea por prudencia, por miedo o por el deseo de
buscar favores, le dará a su comportamiento público
una forma adecuada a las expectativas del poderoso. Usaré
el término discurso público como una descripción
abreviada de las relaciones explícitas entre los subordinados
y los detentadores del poder.* El discurso público, cuando
no es claramente engañoso, difícilmente da cuenta
de todo lo que sucede en las relaciones de poder. A menudo, ambas
partes consideran conveniente fraguar en forma tácita una
imagen falsa. La historia oral de un peón granjero francés,
el Viejo Tiennon, que abarca casi todo el siglo XIX,
está llena de testimonios de prudente y engañoso respeto:
"Cuando él [el terrateniente que había despedido
a su padre] venía de La Craux, camino a Meillers, solía
detenerse para hablar conmigo y yo tenía que obligarme a
ser amable a pesar del desprecio que sentía por él."1
El Viejo Tiennon se enorgullece de haber aprendido, a diferencia
de su padre que carecía de tacto y de suerte, "el arte
de disimular, tan necesario en la vida".2
En las narraciones de esclavos del sur de Estados Unidos que han
llegado hasta nosotros aparece una y otra vez la necesidad de engañar:
Yo había procurado entonces comportarme de tal manera
que no resultara molesto a los habitantes blancos, pues sabía
de su poder y de su hostilidad contra la gente de color [...]
Primero, no exhibía mis escasas posesiones, ni mi dinero
y trataba por todos los medios de andar, en la medida de lo
posible, vestido como esclavo. Segundo, nunca di la impresión
ni de lejos de ser tan inteligente como lo era en verdad. A
toda esta gente de color en el sur, esclavos y libertos, le
resulta particularmente importante, para su propia tranquilidad
y seguridad, seguir este patrón de conducta.3
Dado
que una de las destrezas críticas de supervivencia entre
los grupos subordinados ha sido el manejo de las apariencias en
las relaciones de poder, esa parte puramente actuada de su conducta
no se les ha escapado a los miembros más observadores de
los grupos dominantes. Al notar que sus esclavos guardaban un silencio
muy poco característico siempre que, durante la Guerra Civil,
las últimas noticias del frente se volvían el tema
central en las conversaciones de los blancos, Mary Chestnut consideró
que ese silencio ocultaba algo: "Siempre andan con sus máscaras
negras, sin mostrar una pizca de emoción; no obstante, son
la raza más excitable del mundo cuando se trata cualquier
tema, excepto el de la guerra. Ahora Dick podría pasar muy
bien por una Esfinge egipcia, de tan impenetrablemente silencioso
que está."4
En este punto voy a arriesgarme a expresar una generalización,
burda y totalizadora, que quiero después matizar con mucho
rigor: cuanto más grande sea la desigualdad de poder entre
los dominantes y los dominados y cuanto más arbitrariamente
se ejerza el poder, el discurso público de los dominados
adquirirá una forma más estereotipada y ritualista.
En otras palabras, cuanto más amenazante sea el poder, más
gruesa será la máscara. Podríamos imaginar,
en este contexto, situaciones que van desde el diálogo entre
amigos de rango social y poder similares, por un lado, hasta el
campo de concentración, por el otro, en el cual el discurso
público de la víctima está marcado por el miedo
a la muerte. Entre estos extremos se encuentra la gran mayoría
de los casos de subordinación sistemática de los que
nos vamos a ocupar.
Esta discusión inicial del discurso público, por superficial
que haya sido, sirve para destacar varios problemas en las relaciones
de poder, en cada uno de los cuales el eje central consiste en el
hecho de que el discurso público no lo explica todo. Para
comenzar, el discurso público es una guía indiferente
de la opinión de los dominados. Las sonrisas y los saludos
del Viejo Tiennon esconden una actitud de resentimiento y venganza.
Una evaluación de las relaciones de poder hecha a partir
del discurso público entre los poderosos y los débiles
puede manifestar, por lo menos, un respeto y una sumisión
que son probablemente una mera táctica. En segundo lugar,
la sospecha de que el discurso público puede ser "sólo"
una actuación provocará que los dominadores dejen
de creer en él. De ese escepticismo a la idea, común
entre muchos grupos dominantes, de que en el fondo los dominados
son engañosos, falsos y mentirosos por naturaleza, no hay
más que un paso. Por último, este discutible sentido
del discurso público muestra la función crítica
que tienen en las relaciones de poder el ocultamiento y la vigilancia.
Los dominados actúan su respeto y su sumisión al mismo
tiempo que tratan de discernir, de leer, las verdaderas intenciones
y estados de ánimo de los poderosos, dada su capacidad amenazadora.
El dicho favorito de los esclavos de Jamaica lo dice muy bien: "Hazte
el tonto para ganar como inteligente."5
Por su parte, la figura de poder realiza su actuación de
dominio y autoridad al mismo tiempo que trata de mirar tras la máscara
del subordinado para leer sus verdaderas intenciones. La dialéctica
de ocultamiento y vigilancia que abarca todos los ámbitos
de las relaciones entre los débiles y los fuertes nos ayudará,
creo yo, a entender los patrones culturales de la dominación
y la subordinación.
Las
exigencias teatrales que generalmente se imponen en las situaciones
de dominación producen un discurso público que corresponde
mucho a la apariencia que el grupo dominante quiere dar. El dominador
nunca controla totalmente la escena, pero normalmente logra imponer
sus deseos. A corto plazo, al subordinado le conviene actuar de
una manera más o menos verosímil, usando los parlamentos
y haciendo los gestos que, él sabe, se espera que haga. De
esto resulta que excepto en caso de crisis el discurso
público es sistemáticamente desviado hacia el libreto,
el discurso, representado por los dominadores. En términos
ideológicos, el discurso público va casi siempre,
gracias a su tendencia acomodaticia, a ofrecer pruebas convincentes
de la hegemonía de los valores dominantes, de la hegemonía
del discurso dominante. Los efectos de las relaciones de poder se
manifiestan con mayor claridad precisamente en este ámbito
público; por ello, lo más probable es que cualquier
análisis basado exclusivamente en el discurso público
llegue a la conclusión de que los grupos subordinados aceptan
los términos de su subordinación y de que participan
voluntariamente, y hasta con entusiasmo, en esa subordinación.
En este momento, un escéptico tendría razón
de preguntarse cómo podemos pretender, basados exclusivamente
en el discurso público, que sabemos si esta actuación
es o no genuina. ¿En qué nos fundamos para llamarla
actuación y para, de esa manera, impugnar su autenticidad?
La respuesta, por supuesto, es que no podemos saber qué tan
forzada o impuesta es la actuación si no nos ponemos en comunicación
por decirlo así con el actor fuera de la escena,
alejado del contexto específico de la relación de
poder, o si el actor no declara de pronto, explícitamente
y en escena, que las actuaciones que hemos observado eran sólo
una pose.6 Sólo si nos conceden el
privilegio de asomarnos tras bambalinas o si llega a ocurrir una
ruptura pública, tendremos la posibilidad de cuestionar la
naturaleza de lo que puede ser una actuación convincente
pero fingida.
Si he llamado a la conducta del subordinado en presencia del dominador
un discurso público, usaré el término discurso
oculto para definir la conducta "fuera de escena",
más allá de la observación directa de los detentadores
de poder. El discurso oculto es, pues, secundario en el sentido
de que está constituido por las manifestaciones lingüísticas,
gestuales y prácticas que confirman, contradicen o tergiversan
lo que aparece en el discurso público.7
Por principio, no queremos adelantarnos a enjuiciar qué conexión
existe entre lo que se dice frente al poder y lo que se dice a sus
espaldas. Queramos o no, las relaciones de poder no son tan claras
como para permitirnos llamar falso lo que se dice en los contextos
de poder y verdadero lo que se dice fuera de ellos. Y tampoco podemos,
simplistamente, describir lo primero como el ámbito de la
necesidad y lo último como el ámbito de la libertad.
Lo que sí es cierto es que los discursos ocultos se producen
en función de un público diferente y en circunstancias
de poder muy diferentes a las del discurso público. Al evaluar
las discrepancias entre el discurso oculto y el público
estaremos quizá comenzando a juzgar el impacto de la dominación
en el comportamiento público.
La mejor manera de mitigar el tono general y abstracto que hemos
empleado hasta ahora será acudir a ejemplos concretos de
la tal vez dramática desigualdad entre el discurso público
y el oculto. El primero proviene de un esclavo del sur de los Estados
Unidos en el periodo de la pre-Guerra Civil. Mary Livermore, una
institutriz blanca de Nueva Inglaterra, rememoró la reacción
de Aggy, una cocinera negra normalmente taciturna y respetuosa,
ante la golpiza que el amo le había dado a su hija. A ésta
la habían acusado, injustamente según parece, de un
robo sin importancia y luego la habían golpeado mientras
Aggy miraba, sin posibilidad de intervenir. Cuando el amo finalmente
se fue de la cocina, Aggy se volvió hacia Mary, a quien consideraba
su amiga, y dijo:
¡Va a llegar el día! ¡Va a llegar el día!...
¡Ya oigo el ruido de los carruajes! ¡Ya veo el resplandor
de los cañones! ¡Se va a derramar la sangre de
los blancos y será como un río y los muertos se
amontonarán así de alto!... ¡Oh, Señor!
Apura el día en que los blancos reciban los golpes y
las heridas y los dolores y los sufrimientos, y en que los buitres
se los coman mientras ellos yacen muertos en las calles. ¡Oh,
Señor! Dame el placer de llegar viva a ese día,
cuando pueda ver caer a los blancos, cazados como lobos cuando
salen hambrientos del bosque.8
Es posible imaginarse qué le hubiera pasado a Aggy si le
hubiera hablado así directamente al amo. Aparentemente, la
esclava confiaba tanto en la amistad y la simpatía de Mary
Livermore que pudo expresar su furia con relativa seguridad. Por
otro lado, tal vez le fue ya imposible reprimir su furia. El discurso
oculto de Aggy es completamente opuesto al discurso público
de su mansa obediencia. Lo más notable es que no se trataba
de un grito de furia primitivo: era la imagen, perfectamente definida
y enormemente visual, de un apocalipsis, de un día de venganza
y de triunfo, un mundo al revés hecho con la materia prima
cultural de la religión del hombre blanco. Esta detallada
visión, surgida espontáneamente de su boca, no pudo
haberse expresado sino con una elaborada preparación a cargo
de las creencias y la práctica del cristianismo de los esclavos.
En ese sentido, si prolongáramos esta rápida mirada
al discurso oculto de Aggy llegaríamos directamente a la
cultura marginal de las barracas de los esclavos y de su religión.
Por encima de los resultados de una investigación de ese
tipo, ese simple atisbo basta para cancelar cualquier posibilidad
de que ni nosotros ni el amo de Aggy (si éste hubiera estado
escuchando detrás de la puerta de la cocina) interpretemos
ingenuamente los actos públicos de respeto de la esclava,
anteriores y posteriores al hecho.
Ocasionalmente, el discurso oculto que Aggy manifestó en
la relativa seguridad de la amistad se expresa de manera explícita
ante el poder. De pronto, cuando desaparece la sumisión y
surge el reto abierto, nos encontramos ante un momento raro y peligroso
en las relaciones de poder. La señora Poyser, personaje de
Adam Bede de George Eliot, que finalmente llega a decir lo
que piensa, es un claro ejemplo de un discurso oculto que entra
súbitamente en escena. A la señora Poyser y su esposo,
arrendatarios de tierras del noble y señor de la región,
el viejo Donnithorne, siempre les han molestado las raras visitas
de éste, en las que viene a imponerles nuevas y onerosas
obligaciones y a tratarlos con desprecio. Él tenía
"una manera de mirarla que, según la señora Poyser
comentaba, siempre la sacaba de quicio; y se portaba como
si uno fuera un insecto y como si fuera a clavarle las uñas
de sus dedos. Sin embargo, ella decía Su servidora,
señor y hacía una reverencia con aire de perfecto
respeto cuando se acercaba a él. Pues no era ese tipo de
mujer que se porta mal ante sus superiores y que va en contra del
catecismo sin provocación grave".9
En esta ocasión el noble vino a proponerle al señor
Poyser un intercambio de tierra de pastura y grano con un nuevo
arrendatario que iba sin duda a resultar desfavorable para los Poyser.
El noble, viendo que sus inquilinos tardaban en dar su aceptación,
les quitó la posibilidad de ampliar el periodo de alquiler
de la granja y terminó con la observación una
amenaza apenas velada de expulsión de que al otro inquilino
no le faltaban recursos y de que alquilaría con gusto la
granja de los Poyser además de la suya. La señora
Poyser, "furiosa" ante la decisión del noble de
ignorar sus anteriores objeciones, "como si ella ya no estuviera
allí", terminó explotando ante la última
amenaza. Ella "estalla, con la desesperada decisión
de decir lo que tiene que decir de una vez por todas, aunque después
les fueran a llover avisos de desalojo y no tuvieran otro refugio
que el asilo para los desamparados".10
Comenzando por la comparación entre el estado de la casa
sapos en los escalones del sótano inundado, ratas y
ratones que se introducen entre las duelas podridas del piso para
comerse los quesos y amenazar a los niños y las dificultades
para pagar el alto precio de la renta, la señora Poyser da
rienda suelta a sus acusaciones una vez que se da cuenta de que
el noble huye por la puerta hacia su montura y hacia su seguridad:
Puede muy bien, señor, huirle a mis palabras y puede
muy bien dedicarse a fraguar maneras de hacernos daño,
porque usted tiene al viejo Harry por amigo, y a nadie más,
pero eso sí le digo de una vez que no somos tontos que
estamos aquí para ser humillados y para que hagan dinero
a nuestra costa, ustedes tienen el látigo a la mano sólo
porque nosotros no podemos librarnos de este freno que es la
servidumbre. Y si yo soy la única en decirle lo que pienso,
no por eso deja de haber muchos que piensan igual que yo en
esta parroquia y la que está junto, porque a nadie le
gusta más oír el nombre suyo que estar oliendo
un fósforo pegado a la nariz.11
Eliot tenía una capacidad tal de observación y de
penetración de la sociedad rural de su época que muchos
de los temas críticos de la dominación y la resistencia
se pueden como deshebrar a partir de su narración del encuentro
de la señora Poyser con el señor de la región.
En el momento más intenso de su perorata, por ejemplo, la
señora Poyser insiste en que no van a dejarse tratar como
animales a pesar del poder que él tiene. Esto, junto con
su afirmación de que el noble la ve como si fuera un insecto
y de que él no tiene amigos y es odiado por toda la parroquia,
ilumina el tema de la autoestima. Aunque el enfrentamiento se origine
en el abuso de un oneroso alquiler, el discurso trata de la dignidad
y de la reputación. La práctica de la dominación
y de la explotación produce normalmente los insultos y las
ofensas a la dignidad humana que a su vez alimentan un discurso
oculto de indignación. Una distinción fundamental
que se debería establecer entre las formas de dominación
reside tal vez en los tipos de humillaciones que produce, por rutina,
el ejercicio del poder.
Hay
que fijarse también en el hecho de que la señora Poyser
pretende hablar no sólo por sí misma sino en nombre
de toda la parroquia. Ella presenta lo que dice como la primera
declaración pública de lo que todo el mundo está
diciendo a espaldas del señor de la región. A juzgar
por la rapidez con la que se difundió la historia y por la
auténtica alegría con la que fue recibida y transmitida,
el resto de la comunidad también sintió que la señora
Poyser había hablado en nombre de ellos. "Se supo en
ambas parroquias dice Eliot que el plan del señor
se había frustrado porque los Poyser se habían negado
a que los insultaran, y en todas las casas se discutía
el exabrupto de la señora Poyser con una emoción que
crecía entre más lo repetían."12
El placer vicario de los vecinos no hubiera tenido nada que ver
con los sentimientos específicos que ésta había
expresado si no hubiera sido porque todos habían estado comentando
entre sí las mismas cosas durante años. Aunque la
señora Poyser lo había puesto en términos populares
bastante elegantes, el contenido era viejo. El decírselo
al señor de la región en su cara (y con testigos)
era lo extraordinario y lo que había hecho de la señora
Poyser una especie de heroína local. La primera declaración
abierta de un discurso oculto, una declaración que rompía
con la etiqueta de las relaciones de poder, que perturbaba una superficie
de silencio y aceptación aparentemente tranquila, tiene la
fuerza de una simbólica declaración de guerra. La
señora Poyser le había dicho una verdad (social) al
poder.
Expresada en un momento de furia, la declaración de la señora
Poyser fue, se puede argumentar, espontánea. Pero la espontaneidad
estaba en la ocasión y en la vehemencia de la declaración,
no en el contenido. De hecho, el contenido había sido ensayado
una y otra vez, como se dice a continuación: "y aunque
la señora Poyser hubiera recitado, durante los últimos
doce meses, muchos discursos imaginarios, que decían más
de lo que nadie había escuchado y que estaba decidida a que
él los escuchara la próxima vez que apareciera en
las puertas del Hall Farm, los discursos, a pesar de todo, nunca
habían dejado de ser imaginarios".13
¿Quién no ha tenido una experiencia parecida? ¿Quién,
después de recibir un insulto o de sufrir una humillación
especialmente en público a manos de alguien con
poder o con autoridad, quién no ha ensayado una declaración
imaginaria que le hubiera gustado decir o que pretende decir en
la siguiente oportunidad?14 Muchas veces,
este tipo de declaraciones no dejan de ser discursos personales
ocultos que tal vez nunca son exteriorizados, ni siquiera ante amigos
cercanos o personas del mismo rango. En este caso, sin embargo,
estamos ante una situación compartida de subordinación.
Los inquilinos del noble señor Donnithorne y, de hecho, gran
parte de los que no pertenecían a la pequeña aristrocracia
rural en las dos parroquias tenían bastantes razones personales
para regocijarse ante la humillación pública del noble
y para compartir, como si fuera suya, la valentía de la señora
Poyser. El discurso oculto colectivo se vuelve relevante gracias
a su posición de clase, común a todos ellos, y a sus
lazos sociales. No exageraríamos mucho si dijéramos
que todos ellos, a partir de sus relaciones sociales mutuas, le
habían redactado a la señora Poyser su declaración.
No literalmente, por supuesto, pero sí en el sentido en que
lo dicho por ella sería como su propia elaboración
de las historias, las burlas y las quejas que compartían
todos aquellos que estaban por debajo del noble. Y para "redactarle"
su declaración a la señora Poyser, los súbditos
del noble necesitaban un tipo de espacio social seguro, aunque aislado,
donde pudieran intercambiar y elaborar su crítica. La diatriba
de ella era su versión personal del discurso oculto de un
grupo subordinado y, como en el caso de Aggy, esa diatriba dirige
nuestra atención de nuevo hacia la cultura marginal de la
clase en que se originó.
Un individuo que es ofendido puede elaborar una fantasía
personal de venganza y enfrentamiento, pero cuando el insulto no
es sino una variante de las ofensas que sufre sistemáticamente
toda una raza, una clase o una capa social, entonces la fantasía
se puede convertir en un producto cultural colectivo. No importa
qué forma toma (una parodia fuera del escenario, sueños
de venganza violenta, visiones milenaristas de un mundo invertido):
este discurso oculto colectivo es esencial en cualquier imagen dinámica
de las relaciones de poder.
La explosión de la señora Poyser era, en potencia,
muy costosa y gracias a su atrevimiento algunos dirían
que a su tontería se ganó su fama. Usamos deliberadamente
la palabra explosión puesto que es así como
la señora Poyser vivió su experiencia:
"Lo que hiciste ya lo hiciste", dijo el señor Poyser,
un poco alarmado e inquieto, pero no sin un cierto regocijo triunfal
ante el estallido de su esposa. "Sí, ya sé que
lo hice", dijo la señora Poyser, "pero ya me lo
saqué y ahora estaré más tranquila por el resto
de mis días. No tiene sentido vivir si uno tiene que estar
bien tapado para siempre, sólo sacando disimuladamente a
gotas lo que uno piensa, como un barril agujerado. Nunca me arrepentiré
de haber dicho lo que pienso, aunque llegue a vivir tanto como el
señor."15
La metáfora hidráulica que George Eliot pone en boca
de la señora Poyser es la forma más común de
expresar la noción de presión que existe detrás
del discurso oculto. La señora Poyser da a entender que sus
costumbres de prudencia y de disimulo ya no pueden contener la cólera
que ella ha alimentado durante todo el año. Que la cólera
va a encontrar una salida, no hay duda; la elección está
más bien entre el proceso más seguro, pero psicológicamente
menos satisfactorio, de sacar "disimuladamente a gotas lo que
uno piensa" y el riesgo, asumido por la señora Poyser,
de una total explosión, peligrosa pero gratificante. En efecto,
George Eliot en ese momento definió su posición sobre
las consecuencias de la dominación en la conciencia. Para
Eliot, la necesidad de "actuar con una máscara"
en presencia del poder produce, casi debido a la tensión
engendrada por su falta de autenticidad, una presión equivalente
que no se puede contener indefinidamente. No existe ninguna justificación
para considerar que la explosión de la señora Poyser
tiene epistemológicamente un valor de verdad mayor que su
anterior actitud de respeto. Se puede decir que ambas son parte
constitutiva de la subjetividad de la señora Poyser. No se
puede pasar por alto, sin embargo, que, en los términos de
Eliot, la señora Poyser siente que finalmente ha dicho lo
que piensa. En la medida en que ella y otros en situaciones similares
sienten que finalmente han hablado con la verdad a los que tienen
el poder, el concepto de verdad puede tener una dimensión
sociológica en el pensamiento y la praxis de la gente cuyos
actos son el objeto de nuestra reflexión. En efecto, puede
tener una fuerza fenomenológica en el mundo real a pesar
de su insostenible condición epistemológica.
Otro
argumento, que es casi la imagen lógica invertida del primero,
dice que, tarde o temprano, aquellos obligados por la dominación
a usar una máscara se darán cuenta de que sus rostros
han terminado por identificarse con ella. En este caso, la práctica
de la subordinación produce, con el tiempo, su propia legitimidad,
muy diferente del mandato de Pascal de hincarse cinco veces al día
a rezar para que aquellos con deseos de tener una fe religiosa terminen,
con la mera repetición del acto, dándole a éste
su propia justificación en la fe. En el análisis que
sigue espero aclarar considerablemente este planteamiento, pues
tiene una importancia enorme en la dominación, la resistencia,
la ideología y la hegemonía, que son los temas centrales
de mi investigación.
Si los débiles, en presencia del poder, tienen razones obvias
y convincentes para buscar refugio detrás de una máscara,
los poderosos tienen sus propias razones, igualmente convincentes,
de adoptar una máscara ante los subordinados. Entonces, también
para los poderosos existe en general una discrepancia entre el discurso
público que se usa en el abierto ejercicio del poder y el
discurso oculto que se expresa sin correr riesgos sólo fuera
de escena. Este último, como su equivalente entre los subordinados,
es secundario: está formado por esos gestos y palabras que
modifican, contradicen o confirman lo que aparece en el discurso
público.
El mejor análisis del "acto de poder" se encuentra
en el ensayo "Shooting an Elephant" [Matar un elefante]
de George Orwell, que data de cuando era subinspector de policía
del régimen colonial en Birmania, durante los años
veinte. A Orwell lo llaman para que resuelva el problema de un elefante
en celo que se ha soltado y que está haciendo destrozos en
el bazar. Cuando Orwell, con un fusil para matar elefantes en mano,
finalmente encuentra al animal, éste, que ha matado a un
hombre, está tranquilamente pastando en un arrozal y ya no
representa ningún peligro para nadie. En ese momento, lo
lógico sería observar al elefante por un tiempo para
asegurarse de que se le ha pasado el celo. Pero la presencia de
dos mil súbditos coloniales, que lo han seguido y que lo
están observando, hace imposible aplicar la lógica:
Y de pronto me di cuenta de que, a pesar de todo, yo tenía
que matar al elefante. Eso era lo que la gente esperaba de mí
y lo que yo tenía que hacer. Yo podía sentir sus
dos mil voluntades presionándome, sin que yo pudiera
hacer nada. Justo en ese momento, cuando estaba allí
parado con el rifle en mis manos, me di cuenta por primera vez
de cuánta falsedad e inutilidad había en el dominio
del hombre blanco en Oriente. Aquí estaba yo, el hombre
blanco con su rifle, enfrente de una multitud inerme de nativos:
yo era supuestamente el protagonista de la obra, pero en realidad
yo no era sino un títere absurdo que iba de un lado para
otro según la voluntad de esos rostros amarillos que
estaban detrás de mí. Me di cuenta de que cuando
el hombre blanco se vuelve un tirano está destruyendo
su propia libertad. Se convierte en una especie de muñeco
falso, en la figura convencionalizada del sahib. Porque
un principio de su dominio es que debe pasarse la vida tratando
de impresionar a los "nativos", de tal manera que
en cada crisis él tiene que hacer lo que los "nativos"
esperan que él haga. Usa una máscara y su rostro
tiene que identificarse con ella [...] Un sahib tiene
que comportarse como sahib; tiene que mostrarse decidido,
saber muy bien lo que quiere y actuar sin ambigüedad. Llegar,
rifle en mano, con dos mil personas tras de mí, y luego
alejarse sin haber tomado ninguna decisión, sin haber
hecho nada... no, era imposible. La multitud se hubiera reído
de mí. Y toda mi vida, la vida de todos los blancos en
Oriente, era una larga lucha que no tenía nada de risible.16
Las metáforas teatrales están por todas partes en
su texto: se refiere a sí mismo como "el protagonista
de la obra", habla de muñecos huecos, de títeres,
máscaras, apariencias y de un público listo para burlarse
de él si no sigue el guión ya establecido. Desde su
perspectiva, Orwell no es más libre de ser lo que quiere
ser, de romper las convenciones, que un esclavo en presencia de
un amo tiránico. Si la subordinación exige representar
convincentemente la humildad y el respeto, la dominación
también parece exigir una actuación semejante, de
altanería y dominio. Pero hay dos diferencias. Si el esclavo
no sigue el guión, corre el riesgo de recibir una paliza,
mientras que Orwell sólo corre el riesgo de quedar en ridículo.
Y otra diferencia importante es que la necesaria pose de los dominadores
proviene no de sus debilidades sino de las ideas que fundamentan
su poder, del tipo de argumentos con los que justifican su legitimidad.
Un rey de título divino debe actuar como un dios; un rey
guerrero, como un valiente general; el jefe electo de una república
debe dar la apariencia de que respeta a la ciudadanía y sus
opiniones; un juez debe parecer que venera la ley. Es muy peligroso
cuando las élites actúan públicamente
contradiciendo las bases de algún principio de su poder.
El cinismo de las conversaciones grabadas en la Casa Blanca durante
la presidencia de Richard Nixon fue un golpe devastador para la
pretensión del discurso público de representar la
legalidad y la nobleza de sentimientos. Asimismo, en el bloque socialista,
la existencia apenas disfrazada de tiendas y hospitales especiales
para las élites del partido minó las afirmaciones
públicas del partido dominante de estar gobernando en nombre
de la clase obrera.17
Se podrían comparar diferentes tipos de dominación
recurriendo a sus formas de manifestarse y al teatro público
que parecen necesitar. Otra manera, quizá más reveladora
aún, de tratar el mismo problema sería preguntándose
cuáles son las actividades que con más frecuencia
esos diferentes tipos de dominación ocultan a la vista del
público. Cada forma de poder tiene no sólo su escenario
específico sino también su muy particular ropa sucia.18
Las formas de dominación basadas en la premisa o en la pretensión
de una inherente superioridad parecen depender enormemente de la
pompa, las leyes suntuarias, la parafernalia, las insignias y las
ceremonias públicas de homenaje o tributo. El deseo de inculcar
el hábito de la obediencia y el respeto a la jerarquía,
como en las organizaciones militares, puede producir mecanismos
parecidos. En casos extremos, la pompa y circunstancia pueden llegar
a dominar, como sucedió con el emperador chino Long Qing,
cuyas apariciones públicas eran preparadas con tanto detalle
que terminó convirtiéndose en un icono viviente para
ser exhibido en ritos que no dejaban nada a la improvisación.
Fuera de escena, en la Ciudad Prohibida, podía divertirse
todo lo que quería con los príncipes y con los aristócratas.19
Éste puede ser en efecto un caso extremo; pero el recurso
de las élites dominantes de crear un lugar totalmente aislado
de la escena pública donde ya no estén en exhibición
y puedan relajarse aparece por todas partes; como también
aparece por todas partes el recurso de ritualizar el contacto con
los subordinados para que no dejen de cumplir su función
y se reduzca al mínimo el peligro de un acontecimiento funesto.
Milovan Djilas criticó desde el principio el surgimiento
de una nueva élite en el partido yugoslavo señalando
el contraste entre los encuentros, decisivos pero secretos, tras
bambalinas, y los ritos vacuos de las organizaciones públicas:
"En cenas íntimas, en días de cacería,
en conversaciones de dos o tres hombres, se toman decisiones de
vital importancia sobre cuestiones de Estado. Las reuniones de discusión
del partido, los congresos del gobierno y las asambleas no sirven
de nada, sólo para hacer declaraciones y para montar un espectáculo".20
Por supuesto, en términos estrictos, estos ritos públicos
que Djilas menosprecia sí tienen un propósito: son
precisamente el espectáculo de la unanimidad, de la lealtad
y de la decisión, montado para impresionar al público.
Estos ritos son reales y simbólicos. Djilas critica, más
bien, el hecho de que estos espectáculos tengan el objeto
de ocultar la existencia de un espacio político que, tras
bambalinas, parece contradecirlos.
Sin duda, los grupos dominantes tienen mucho que esconder y en general
cuentan con los medios para hacerlo. Los funcionarios del gobierno
colonial inglés con los que trabajaba Orwell en Moulmein
tenían el consabido club de reunión nocturna en el
cual, con excepción del invisible personal birmano, podían
estar a solas entre los suyos, como ellos hubieran dicho, sin tener
que andarse pavoneando frente a un público de súbditos
coloniales. Las actividades, los gestos, las expresiones y el vestuario
inadecuados para el papel público de sahib encontraban
aquí un refugio seguro.21 Este encierro
de las élites no sólo les ofrece un lugar para descansar
de las tareas formales que exige su papel, también minimiza
la posibilidad de que cierta familiaridad propicie el desprecio
o, por lo menos, deteriore la imagen creada por sus apariciones
rituales. Balzac capta muy bien el miedo a la sobreexposición,
como se diría ahora, que tenían los magistrados parisienses
de mediados del siglo XIX:
¡Ah, qué hombre más desgraciado es tu verdadero
magistrado! Como sabes, tienen que vivir fuera de la comunidad,
como en una época los pontífices. El mundo sólo
debía verlos cuando surgían de sus celdas en horas
precisas, solemnes, antiguos, venerables, pronunciando sentencia
como los sumos sacerdotes de la antigüedad, que combinaban
el poder judicial y el sacerdotal. Nosotros sólo debíamos
ser visibles en el estrado [...] Pero ahora cualquiera nos puede
ver cuando nos divertimos o cuando estamos en dificultades como
cualquier otro [...] Nos ven en los salones, en casa, como criaturas
de la pasión y en vez de terribles somos grotescos.22
Quizá el peligro de que el contacto desordenado con la gente
pueda profanar el aura sagrada de los jueces ayuda a explicar por
qué, incluso en las repúblicas seculares, éstos
conservan, más que cualquier otra rama de gobierno, los arreos
de la autoridad tradicional.
Hecha
la presentación de la idea básica del discurso público
y del oculto, me permitiré elaborar algunas observaciones
con el fin de precisar el resto de mi análisis. En el estudio
de las relaciones de poder, esta perspectiva dirige nuestra atención
hacia el hecho de que casi todas las relaciones que normalmente
se reconocen entre los grupos de poder y los subordinados constituyen
el encuentro del discurso público de los primeros
con el discurso público de los segundos. Es precisamente
esa situación en que el noble señor Donnithorne impone
su voluntad al señor y la señora Poyser en todas esas
ocasiones en las cuales, antes de la explosión, ella se las
arreglaba para seguir aparentando que era respetuosa y cortés.
Así pues, en general, la sociología se concentra decididamente
en las relaciones oficiales o formales entre los poderosos y los
débiles. Como veremos, esto sucede incluso en muchos de los
estudios sobre conflictos, cuando éstos se han institucionalizado
enormemente. De ninguna manera quiero decir que el estudio del espacio
de las relaciones de poder sea forzosamente falso o trivial, sólo
que difícilmente agota lo que nos gustaría saber del
poder.
Tarde o temprano trataremos de conocer cómo se forman los
discursos ocultos de diferentes actores, en qué condiciones
se hacen o no públicos y qué relación mantienen
con el discurso público.23 Antes, sin
embargo, debemos aclarar tres características del discurso
oculto. La primera: el discurso oculto es específico de un
espacio social determinado y de un conjunto particular de actores.
Es casi seguro que, en sus barracas o en sus ceremonias religiosas
clandestinas (por lo que sabemos, muy comunes), los esclavos ensayaban
diferentes versiones de la maldición de Aggy. Los compañeros
de Orwell, como la mayoría de los grupos dominantes, no corrían
tanto riesgo por una indiscreción pública, pero tenían
la seguridad del club de Moulmein en el cual podían descargar
la bilis. Así pues, un "público" restringido
que excluye que se oculta de otros "públicos"
específicos es el que de hecho elabora cada uno de los discursos
ocultos. Otra característica esencial del discurso oculto,
a la que no se le ha prestado la suficiente atención, es
el hecho de que no contiene sólo actos de lenguaje sino también
una extensa gama de prácticas. De este modo, para muchos
campesinos, la caza furtiva, el hurto en pequeña escala,
la evasión de impuestos, el trabajo deliberadamente mal hecho
son parte integral del discurso oculto. Para las élites dominantes,
las prácticas del discurso oculto pueden incluir los lujos
y privilegios secretos, el uso clandestino de asesinos a sueldo,
el soborno, la falsificación de títulos de propiedad.
En cada caso, estas prácticas contradicen el discurso público
de los respectivos grupos y, en la medida de lo posible, se las
mantiene fuera de la vista y en secreto.
Por
último, no hay duda de que la frontera entre el discurso
público y el secreto es una zona de incesante conflicto entre
los poderosos y los dominados, y de ninguna manera un muro sólido.
En la capacidad de los grupos dominantes de imponer aunque
nunca completamente la definición y la configuración
de lo que es relevante dentro y fuera del discurso público
reside, como veremos, gran parte de su poder. La incesante lucha
por la definición de esa frontera es quizá el ámbito
indispensable de los conflictos ordinarios, de las formas cotidianas
de la lucha de clases. Orwell se dio cuenta de cómo los birmanos
se las arreglaban para dejar entrever, casi constantemente, su desprecio
por los ingleses, aunque se cuidaban de no arriesgar nunca un desafío
directo mucho más peligroso:
El sentimiento antieuropeo era muy intenso. Nadie se atrevía
a provocar un motín; pero si una mujer europea andaba
sola por un bazar era muy probable que alguien le escupiera
jugo de betel en el vestido [...] Cuando un ágil birmano
me puso una zancadilla en el campo de futbol y el árbitro
(otro birmano) se hizo el desentendido, la multitud estalló
en una horrenda carcajada [...] Los rostros amarillos llenos
de desprecio de los jóvenes con los que me encontraba
por todos lados y los insultos que me gritaban cuando yo estaba
ya a una distancia segura para ellos terminaron afectándome
bastante. Los jóvenes sacerdotes budistas eran los peores
de todos.24
Gracias a una cierta prudencia táctica, los grupos subordinados
rara vez tienen que sacar su discurso oculto. Pero, aprovechándose
del anonimato de una multitud o de un ambiguo accidente, encuentran
innumerables maneras ingeniosas de dar a entender que sólo
a regañadientes participan en la representación.
El
análisis de los discursos ocultos de los poderosos y de los
subordinados hace posible, creo yo, una ciencia social que revela
contradicciones y virtualidades; que alcanza a penetrar profundamente,
por debajo de la tranquila superficie que a menudo presenta la adaptación
colectiva a la distribución del poder, de la riqueza y del
rango social. Detrás de los actos "antieuropeos"
que observó Orwell, había sin duda un discurso oculto
mucho más complejo, un lenguaje completo conectado con la
cultura, la religión y la experiencia colonial de los birmanos.
Los ingleses sólo tenían acceso a ese lenguaje a través
de espías. Para recuperarlo, había que ir tras bambalinas,
al barrio nativo de Moulmein, y había que estar íntimamente
familiarizado con la cultura birmana.
Por
supuesto, los birmanos tampoco tenían acceso aparte
de los cuentos que los sirvientes podían contar a lo
que estaba detrás del comportamiento más o menos oficial
de los ingleses. Este discurso oculto sólo se podía
recuperar en los clubes, en los hogares y en las reuniones íntimas
de los colonizadores.
El investigador, en cualquier situación así, tiene
una ventaja estratégica incluso frente a los participantes
más sensibles porque generalmente los discursos ocultos de
los poderosos y de los subordinados nunca se tocan. Cada
participante se familiarizará con el discurso público
y con el oculto de su respectivo círculo, pero no con el
discurso oculto del otro. Es por esto que una investigación
capaz de comparar el discurso oculto de los grupos subordinados
con el de los poderosos, y luego ambos discursos ocultos con el
discurso público que los dos grupos comparten podría
hacer una importante contribución al análisis político.
Esta última comparación revelaría, además,
el efecto de la dominación en la comunicación política.
Apenas unos años después de la estancia de Orwell
en Moulmein, sorprendió a los ingleses una enorme rebelión
anticolonial encabezada por un monje budista que pretendía
volverse rey y prometía una utopía limitada básicamente
a la eliminación de los ingleses y de los impuestos. Los
británicos aplastaron la rebelión con una buena cantidad
de violencia gratuita y enviaron a la horca a los "conspiradores"
que habían sobrevivido. De esa manera, una parte al menos
del discurso oculto de los birmanos había saltado a la escena
de súbito, por decirlo así, para manifestarse abiertamente.
Se representaron sueños milenarios de venganza y de un reino
justo, de salvadores budistas, y ajustes de cuentas raciales de
los cuales los ingleses apenas si tenían idea. En la brutalidad
de la represión se podía reconocer la actualización
de esa confesión, contra la que Orwell había luchado
y que sin duda se expresó abiertamente en el único
club de los blancos, de que "la mayor alegría en el
mundo sería atravesar las entrañas de un monje budista
con una bayoneta". Muchos discursos ocultos, quizá la
mayoría de ellos, se quedan en eso: en discursos ocultos
de la mirada pública y nunca "actuados". Y no es
fácil decir en qué circunstancias el discurso oculto
tomará por asalto la escena.
Pero
si queremos ir más allá del consentimiento exterior
y captar los actos potenciales, las intenciones todavía bloqueadas,
y los posibles futuros que un cambio en el equilibrio de poder o
una crisis nos deja vislumbrar, no nos queda otra opción
que explorar el ámbito del discurso
oculto.
Traducción
del inglés de Jorge Aguilar Mora
Texto
del libro: Los dominados y el arte de la resistencia. Discursos
ocultos, de próxima aparición en ediciones Era.
Notas
________________
*
El autor emplea a lo largo de todo el libro los términos
public transcript y hidden transcript. Sobre el primero,
ofrece la siguiente explicación: "Public quiere
decir aquí la acción que se realiza de manera explícita
ante el otro en las relaciones de poder, y transcript se
usa casi en el sentido jurídico (procés verbal,
acta judicial) de la transcripción completa de lo que se
dijo en un juicio. Esta transcripción completa incluye, sin
embargo, también actos que no usan el habla, como los gestos
y las expresiones faciales". Según esa explicación,
transcript debería traducirse en español como
"declaración". En otros momentos del texto, la
palabra transcript parece significar "guión prestablecido";
en otros más, simplemente "lenguaje" (lenguaje
público / lenguaje oculto). Pero todos esos términos
resultan a la vez ambiguos y estrechos. Por ello, hemos preferido
traducir transcript por discurso, tomando en cuenta
que se acomoda mejor a la "lectura discursiva" que hace
el autor de todas las expresiones sociales que analizará
en su libro y a que él mismo utiliza la palabra "discourse"
en el texto antecedente de este libro que menciona en su prefacio.
Así pues, aunque con ello se pierda el sentido jurídico
que el autor quiere darle al término transcript, esperamos
que el lector agruegue siempre esa connotación al encontrarse
con los términos de discurso público y discurso oculto.
[N. del T.]
(1)
Emile Guillaumin, The Life of a Simple Man, edición
de Eugen Weber, p. 83. Para otros casos de la misma actitud, véase
también las pp. 38, 62, 64, 102, 140 y 153.
(2)
Ibid., p. 82.
(3)
Lunsford Lane, The Narrative of Lunsford Lane, Formerly of Raleigh,
North Carolina (Boston, 1848), cit. en Gilbert Osofsky ed.,
Puttin on Ole Massa: The Slave Narratives of Henry Bibb,
William Wells y Solomon Northrup, p. 9.
(4)
A Diary from Dixie, cit. en Orlando Patterson, Slavery
and Social Death: A Comparative Study, p. 208.
(5)
Ibid., p. 338.
(6)
Por el momento, excluyo la posibilidad de que la retractación
fuera de la escena o la ruptura pública sean a su vez estratagemas.
No obstante, debería quedar claro que no existe ninguna forma
satisfactoria de establecer una realidad o una verdad que fundamente
con absoluta solidez ningún conjunto específico de
actos sociales. También dejo de lado, por el momento, la
posibilidad de que el actor sea capaz de insinuar cierta insinceridad
en la actuación misma, lo cual le restaría autenticidad
ante los ojos de parte o de todo su público.
(7)
Con esto no pretendo decir que los subordinados hablan entre sí
sólo de sus relaciones con los dominadores. Más bien,
se trata de delimitar el término a esa parte de la conducta
entre los subordinados que se refiere a su relación con los
poderosos.
(8)
My Story of the War, cit. en Albert J. Raboteau, Slave
Religion: The "Invisible Institution" of the Antebellum
South, p. 313.
(9)
George Eliot, Adam Bede, pp. 388-89.
(10)
Ibid., p. 393.
(11)
Ibid., p. 394.
(12)
Ibid., p. 398.
(13)
Ibid., p. 388.
(14)
Somos capaces, creo yo, de crear la misma fantasía cuando
alguien igual a nosotros nos gana en una discusión o nos
insulta. La única diferencia es que las relaciones asimétricas
de poder no interfieren, en este caso, con la declaración
del discurso oculto.
(15)
Ibid., p. 395. Para los lectores que no conocen Adam Bede
y que quisieran saber qué sucedió a continuación:
providencialmente, el noble murió pocos meses después,
y así la amenaza desapareció.
(16)
Orwell, Inside the Whale and Other Essays, pp. 95-96.
(17)
Desigualdades semejantes no son de ninguna manera tan importantes
en las democracias capitalistas de Occidente, las cuales se comprometen
públicamente a defender los derechos de propiedad y nunca
declaran que su finalidad sea buscar el beneficio particular de
la clase obrera.
(18)
Todos podemos reconocer versiones domésticas de esta verdad.
Difícilmente los padres van a discutir frente a sus hijos,
y mucho menos cuestiones referentes a la disciplina y la conducta
de éstos. Hacerlo sería debilitar ese principio implícito
de que los padres lo saben todo y de que siempre están de
acuerdo en lo que se debe hacer. Hacerlo también sería
ofrecerles a los hijos la oportunidad política de aprovecharse
de sus diferencias de opinión. En general, los padres prefieren
mantener las peleas fuera de escena y presentar un frente más
o menos unido a los hijos.
(19)
Ray Huang, 1517: A Year of No Significance.
(20)
Milovan Djilas, The New Class, p. 82.
(21)
Tengo la sospecha de que, básicamente por la misma razón,
el personal subordinado en cualquier organización jerárquica
trabaja casi siempre al descubierto, mientras que las élites
trabajan a puerta cerrada, generalmente con antesalas atendidas
por secretarios privados.
(22)
Balzac, Esplendor y miseria de las cortesanas. En el siglo
XX, el autor que hizo de las máscaras de dominación
y de subordinación el tema central de gran parte de su obra
fue Jean Genet. Véanse, en especial, Los negros y
Los biombos.
(23)
Adrede omito, por el momento, el hecho de que todos los actores
tienen varios discursos públicos y ocultos, según
el público al que se dirigen.
(24)
Orwell, op. cit., p. 91. Un insulto en voz alta no parece
pertenecer de ninguna manera al discurso oculto. Lo fundamental
en este caso es "la distancia segura" que vuelve anónimo
al ofensor. El mensaje es público pero el mensajero está
escondido.
James C. Scott,
"Detrás
de la historia oficial", Fractal
n° 16, enero-marzo,
2000, año 4, volumen V, pp. 69-92.
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