| Dos.
Si para tomar una foto, no es necesario ver, ¿dónde
deja eso a todos aquellos fotógrafos que sí ven, cuyo
sentido de la vista es no sólo el instrumento principal, sino
el medio por excelencia, un medio tan íntimo que no se puede
tomar prestado, y tan propio que no puede provenir de otro? ¿No
nulifica, de tajo, la fotografía? ¿No la nulifica porque
no hablo de cómo la cuestiona, dado que hace innecesarios
varios de sus soportes?
No podemos
hablar de la fotografía basada en el principio de una caja
oscura que atrapa la luz, no de la película fotosensible,
no del ojo ni, en última instancia, del lente de la cámara.
Uno se pregunta por qué un invidente escoge justamente la
fotografía como medio para expresar la oscuridad la
fotografía que, en tanto técnica, es inimaginable
sin la luz. ¿Por contraste? ¿Porque la pura luz no
sólo encandila, sino ciega y enceguece? No sé si pueda
hablar de fotografías, de lo que noto en ellas, o si estoy
a punto de hablar de algo que tiene forma y textura y apariencia
de una fotografía, pero que es, en realidad, otra cosa. No
puedo sino sospechar que las siguientes reflexiones se centran en
una invención mía, que la crítica que me propongo,
gira en torno de algo que estoy inventando. Una crítica,
un co-mentario escrupuloso sobre una invención, espero, igualmente
escrupulosa.
Veo, analizo
y veo de nuevo, con la inclemencia del vidente, una fotografía
que documenta un mundo que en sí no difiere del principio
fotográfico mismo: un espacio de oscuridad total donde no
se percibe nada, a menos que se abra un pequeño agujero,
una imperceptible rendija donde puedan penetrar atisbos de luz y
a veces el tacto, para proyectar una realidad distorsionada, borrosa,
sin profundidad visual, caótica por lo tanto, un mundo que
requiere de una serie de artificios y técnicas para simular
cierto parecido (¿parecido a qué?), y para aparentar
un orden mínimo. El fotógrafo ciego, con su descarada
falta de respeto (que no por falta de noción) hacia el sentido
de estos elementos, los utiliza en una disposición propia,
desoyendo la tradición ya no digamos estética sino
técnica, de la fotografía.
Es así
que el eje principal de este ensayo ciego no es la ceguera del fotógrafo,
la obra de un fotógrafo ciego frente a la de los demás
fotógrafos. El eje principal es la fotografía basada
en el principio de la oscuridad en lugar de la luz.
El fotógrafo
ciego trabaja no con la caja oscura y la fotosensibilidad de la
película, creando imágenes introduciendo pequeñas
porciones de luz, sino con la oscuridad del mundo, de su mundo.
Es en este mundo, en la oscuridad total donde abre rendijas, pequeños
orificios, donde permite que penetren diminutas porciones de luz;
es también esta oscuridad que desgarra para que la luz la
inunde por fracciones de tiempo. Expone, durante largos ratos nocturnos,
la oscuridad-mundo a estas marcas, señales y vetas de luz
esperando esperanzado que, de pronto, el mundo se revele,
que la oscuridad en sí se revele. Ahora, ¿es eso fotografía?
Tres.
No
es que la luz, sobre todo los tiempos de la luz, provengan de alguna
parte para iluminar algo; la luz no es sino un objeto más
en la oscuridad, tiene corporeidad en sí, aun sin nada que
iluminar. ¿De dónde sale?, ¿dónde está?
¿Al interior, del otro lado de la oscuridad? ¿Luz
y oscuridad se sustituyen? ¿Conviven? ¿Es necesario
abrir la oscuridad para que penetre, entre, perfore, ilumine la
luz? La oscuridad no es simplemente falta de luz, tampoco es lo
contrario a la luz; no se complementan ni se matizan. Una vez constatado
que la mirada ha perdido parte de su pertinencia, podemos tocar
dos categorías distintas que obedecen a lógicas distintas.
No nos referimos ya a la iluminación, a la transparencia,
la luminosidad. No hablamos de fenómenos naturales como el
amanecer, el atardecer, los reflejos de luz en el agua, ni de su
imitación mediante la luz artificial, la proyección.
Dejamos de lado incluso el asunto de las sombras y de cómo
se proyecta una sombra en medio de tanta oscuridad. Nos inquieta
la oscuridad, y lo que se hace con ella.
La oscuridad.
Pensar la oscuridad sin la posibilidad de la luz, la oscuridad que
no se distingue frente a nada, que no es algo y su entorno, que
no incluye nada que sea distinto, que no destaca frente a nada.
Darle contorno a la oscuridad. Darle contenido a la oscuridad. No
iluminar los objetos para poder verlos en la oscuridad, pese a la
oscuridad, a través de ella, sino darle forma a la propia
oscuridad, percibirla y aun tocarla, así, como oscuridad.
No deslumbrarse con la luz, no observar, tampoco, los objetos. Sentir
la oscuridad, hacerla más negra, no sin abusar de los contrastes.
Ver la oscuridad y pensar cómo sería ella si el mundo
todo fuera oscuridad, sin nada más que ella.
No, no pensar
cómo ver en la oscuridad, sino pensar en ver la
oscuridad. Pensar en aquello que interviene para que la mirada
se haga posible; cómo afectar la oscuridad y cómo
lograr que ceda a la mirada la de los videntes, la del fotógrafo
ciego. Pensar la posibilidad, esta otra posibilidad de ver: percibir,
abarcar, calcular lo oscuro. Pensar revelarlo como oscuridad. Pensar
la imagen, los efectos, la oscuridad-mundo. Pensar que el espacio,
con tan sólo mirar la oscuridad, se altera.
Cuatro.
La
fotografía ciega es imperativa: lejos de registrar lo que
ve el fotógrafo, no comunica lo que él ve ni tampoco
lo que no ve, no. Junto con el imaginario, auxiliado por ojos ajenos,
apoyado por una voz que describe, ayudándose con la percepción
y el tacto, la fotografía ciega se impone a una desconocida
realidad, simplemente porque supone su existencia; dispara; así
es, dice la fotografía ciega, la oscuridad, e impone el imaginario
a todo lo que los videntes pudieran haber visto. Así. Inapelable.
Una propuesta categórica de mundos negros visibles ante la
mirada ciega y la vidente; una prueba donde el imaginario quiere
dar forma al espacio, y valor. Un ensayo de razonamiento acerca
de cómo podría ser la oscuridad, si se le diera valor
de visibilidad, valor de una luz-tacto, una luz aunque fuese fugaz,
prolongadamente, detenidamente fugaz durante el tiempo de exposición
que eso requiere.
¿Cómo
expresar la serie de paradojas frente a aquellos que tienen la medida
justa de oscuridad para ver la luz y no quedar ciegos? Uno pensara
que un medio no ligado a la vista sería ideal. Pero ¿cómo
repetir, en palabras, los matices de la consternación por
lo oscuro que es la oscuridad? ¿Cómo describir que
la oscuridad total, atravesada sólo por recuerdos que uno
no puede ni siquiera asegurar que sean más reales que las
imágenes de la imaginación, que esa oscuridad total
que altera espacios y tiempos y la vida en tanto experiencia, memoria
e imaginación, no es siempre la misma? La fotografía
ciega parece documentar esas tonalidades y gradaciones del
sentir frente a una oscuridad que, lo menos, es variada.
Presentar,
representar este ensayo de razonamiento a través de un medio
que no le es propio al invidente, la fotografía, termina
siendo una especie de condescendencia hacia los videntes: miren,
éste es lo más aproximado, lo más cercano que
puedo enseñarles, hacer visible mi propuesta de la oscuridad-mundo,
lo más cercano a una representación en un lenguaje
que ustedes, los videntes, pueden comprender. Ver no es un privilegio
es arbitrario, casual y, a fin de cuentas, no significa sino
lo que cada quien inventa. Hasta los ciegos. Vean esa arbitrariedad
parece decirnos Bavcar porque ustedes que ven, no ven
nada que no fuera lo que han visto siempre; ven lo que pueden ver
y no pueden ver lo que no ven. Imperativa, la fotografía
ciega es, también, un acto de soberbia.
Las fotografías
ciegas son, por qué no, una venganza, y un llamado de atención.
Llamado a lo hueco que es una supuesta y falsa comunicación,
soberbia frente a la soberbia de los que vemos, de los que creemos
ver, de los que tenemos vista, aunque no visión. Y soberbia
frente a la soberbia porque siempre somos nosotros (los que vemos)
los que queremos hacer ver al ciego, con explicaciones, descripciones
inexactas que dicen poco. Y entonces hay que pensar en el propósito
de las fotografías ciegas: no se trata de que el ciego vea
eso no es posible físicamente; no se trata de que se
le traduzca lo que no ve, aunque su su cámara lo capte, porque
difícilmente puede haber traducción, transmisión
de lo que uno pretende y el otro percibe. Se trata, más bien,
de hacer ver al que cree ver; llamar la atención sobre algo
que parece obvio, encaminar la atención para que se vea de
una manera distinta.
Eso lo hace
toda fotografía: llamar la atención para ver lo que,
en lo cotidiano, no se ve; es, incluso, el propósito de todo
arte: experimentar lo que no se experimenta en lo cotidiano, percibir
más y de otra manera de lo común.
Entre el ensayo
soberbio de sugerir una mirada fotográfica de una oscuridad
intervenida, la apropiación y el dominio de los objetos y
el espacio, Bavcar introduce también su determinación
de señalar que, alguna vez, la oscuridad así era:
no que ciertos objetos estén allí, no que el mundo
sea tal como apare- ce en las fotografías, no que la oscuridad
es así siempre; sino que, en un momento dado o, con mayor
precisión, en el momento de tomar la foto, lo que en ella
se ve, fue. Una afir-mación fotográfica en torno a
escenarios construidos, sin posibilidad alguna de corroboración
visual desde la subjetividad de la ceguera, al menos no mediante
la mirada que abarca siempre más que el tacto que particulariza,
al menos no mediante la mirada, separada tajantemente de lo visual.
Si ver es
arbitrario, desde luego destaca la arbitrariedad con la que se toma
una fotografía ciega, la casualidad y el carácter
imprevisible del acto de fotografiar, especialmente frente a la
cuidadosa y minuciosa preparación de la oscuridad, los objetos,
el largo tiempo de exposición después de la instalación
o escenografía preparada, intervenida bajo la dirección
del fotógrafo ciego, y sus ojos auxiliares, ojos-instrumento,
sus manos, los símbolos, la escritura luminosa. En général,
il ny a rien de spontané dans ma vie. Quizás
la ceguera pertenece al momento de la decisión: el fotógrafo
invidente arma escenarios "a ciegas" tomar una foto
no es sino la decisión de convertir un escenario construido
en arbitraria y espontánea memoria visual.
Cinco.
Hay
maneras de orientarse en tanta oscuridad: ruidos, voces, recuerdos;
el viento, el sol, la memoria, el tacto. Este último es quizá
la única que, de alguna manera, puede aparecer literalmente
en la fotografía: el brazo, la mano estirada que toca el
objeto, dedos que colocan objetos, que mueven, señalan, significan.
Como una especie de iluminación desprovista de luz, el tacto
permite medir el espacio, registrar la ubicación de los objetos,
tener a la mano la oscuridad-mundo, verificar su forma, su textura,
su presencia. De esta presencia, la fotografía ciega se apropia,
controla su quietud, comprueba su inalterabilidad impuesta.
La fotografía
no es, en este sentido, memoria o recuerdo, no es reminiscencia
de colores y formas, ni es la luz retenida. Aquí, no se trata
de indagar los recuerdos e imaginarios que se suceden dentro de
la cabeza del fotógrafo, sino del poder de la mano que controla
el espacio físico y lo mantiene quieto, como si el tiempo
no existiera. Es facultad de la mano mantenerlo así y otorgarle,
además, un significado, al sobreponer símbolos, textos,
palabras, al señalar matices de oscuridad, différentes
faces dune obscurité inconnue, ou infinie, al surcarla
con luz, al moldear formas invisibles.
La oscuridad
y ahora también el espacio son fundamentalmente desordenados,
los objetos marcan su extensión, su profundidad donde uno
menos sospecha. Relacionados entre sí y con lo que uno supone
coordenadas de espacio, muestran poca disposición y aun menos
consideración. Tener dominio sobre algo que se oye, se siente
y se puede tocar en vez de tropezar con ello, obliga a apropiarse
de la oscuridad con la mano extendida, el brazo estirado e impulsa
a dominar el mundo de los objetos. Es fuerte la tentación
de organizar y sojuzgar el espacio apropiado a tientas, ayudándose
con el lente.
Para el invidente,
la descripción de un espacio con fines de orientación
se relaciona con el tiempo manifiesto en sus movimientos: lo más
cercano e inmediato se presenta antes, lo más lejano, hasta
el final; lo que estorba se puede rodear, lo inesperado e inadvertido
requiere de cuidado y todo ello hace más lento cada
movimiento. Ma vie est moins agitée, plus immobile. En
el espacio oscuro del que se adueña la cámara ya no
existen este antes y este después, y los rodeos y desvíos
van sobrando. La separación entre el sujeto y su espacio
(los objetos, la oscuridad), elimina la temporalidad que debe apoyar
la falta o la ausencia de la mirada en la orientación. La
profundidad del espacio, percibida mediante los objetos que lo marcan
y lo hacen reconocible como tal, deja de operar como tiempo y se
vuelve misterioso aun bajo el control inmediato e imperativo de
la fotografía.
Surge, en
el espacio, tiempo convertido en forma: movimientos con luz, realizados
durante el instante de la toma de la foto. Se manifiesta a través
de huellas: luces que pasaron, y que aún se ven porque fueron
registrados en su paso, es decir, en una temporalidad que la propia
fotografía ya no contiene. Eso tiene sus fundamentos justo
en la ceguera del fotógrafo, es decir, en la falta de la
experiencia temporal de la mirada sobre el acto fotográfico.
No hay experiencia temporal, visual, anclada en la estructura de
un antes y un después de la toma (del arreglo, la instalación)
fotográfica.
El movimiento
de la luz que parece indicar tiempo, sin embargo, sólo sirve
para darle cuerpo a la oscuridad y a los objetos fijos en y de la
oscuridad. Es un tiempo que no tiene ninguna relación ni
con los objetos, ni con el antes y después del fotógrafo.
Ni siquiera proporciona una sensación de temporalidad al
espectador.
Seis.
La fotografía documenta una verdad "objetiva",
es decir, una verdad centrada en los objetos, de lo real, del espacio,
de la oscuridad no obstante, el sujeto (el fotógrafo
ciego) permanece en una extrema ambigüedad, en un límite
o umbral entre la participación (la intervención en
lo real, la disposición de los objetos, el desgarramiento
de la oscuridad) y a la vez un distanciamiento por no disponer de
una mirada propia que dirija esa intervención, y el lente.
Estas condiciones
de la separación del sujeto de su entorno, la eliminación
de los retrasos temporales, producen una paradoja: la necesidad,
justamente, de una intervención física: manos, un
brazo, dedos, medio rostro, el torso aparecen en la fotografía
y recuperan el espacio. La aparición del fotógrafo
ciego in corporis en la imagen es una intervención
que recupera la oscuridad.
Invocar. Retener.
Encuadrar, enmarcar, exhibir la oscuridad-mundo. Hacerla presente
y hacerse presente en ella. Intervenir. Y entonces, se repite la
relación con el tiempo, ahora en el intento del control ejercido
sobre la oscuridad sin orden, caótica, la nature [
],
elle me semble un peu disparue, este espacio original que no
se puede dominar con la mirada ciega, pese a los largos preparativos,
pese a la puesta en escena del mismo acto de control. Todo ello
no se prolonga sino un instante el instante que dura el disparo
de la cámara para tomar la foto que demostrará el
instante de control. Es por ello que no hay duración ni repetición
posible. El fotógrafo ciego, al ejercer control sobre la
oscuridad, tropieza con la negativa del tiempo y aun con su ausencia,
al no estar éste presente, fijo, confiable.
Siete.
Desde
que se descubrió que los detalles no previstos son los que
otorgan un sentido especial a la fotografía, no sólo
se les busca como elementos fortuitos desde la recepción,
sino se colocan adrede, campo significativo fructífero, en
la producción fotográfica. Así, afirma Roland
Barthes, la mirada tiene como una de sus tareas fundamentales la
de ir midiendo el espacio y ubicar, revelar y evidenciar lo que
se sustrae comúnmente a la vista: lo sorpresivo que, aun
buscándolo, incluso en un ejercicio repetido de mirada concentrada
y escrutadora, ya no se hallaría jamás a no ser por
su presencia en la fotografía. Las imágenes del fotógrafo
ciego Bavcar llevan esa función de la fotografía al
extremo de descubrir y evidenciar no sólo lo que desde la
mirada del vidente pareciera a todas luces oculto en la oscuridad,
sino lo que se ha convertido, irremediablemente y para siempre desde
la experiencia subjetiva del fotógrafo, en oscuridad sin
más. La oscuridad como "colmo sofisticado del valor"
de la fotografía. "En un primer tiempo, dice Roland
Barthes en La cámara lúcida. la Fotografía,
para sorprender, fotografía lo notable; pero muy pronto,
por una reacción conocida, decreta notable lo que ella misma
fotografía. El cualquier cosa se convierte entonces
en el colmo sofisticado del valor."
Al no poder
supervisar, mirar, controlar su trabajo directamente, y al ser imposible
que los ojos ayudantes y asistentes vean todo y la persona pudiera
describir todo hasta el último detalle, esos elementos de
lo no controlado, lo inesperado, sorpresivos deben ser de lo más
interesante e importante para el fotógrafo ciego (además
de que han de ser mucho más abundantes todavía que
en cualquier otro tipo de foto). El control del espacio, de los
objetos, de la oscuridad y frente a eso, la autonomía
de sustraerse a este control, no sólo a pesar de la foto,
sino gracias a ella, gracias a la ceguera del fotógrafo.
Pero nuevamente, esta autonomía, este espacio de la realidad
atrapada, existen para el fotógrafo ciego sólo en
tanto alguien, desde la recepción, tenga la capacidad de
ver y describirlo sin saber, por otra parte, qué es
lo que sí se supone que debe estar en la foto, y cómo
describir las diferencias, los extras, las sorpresas, lo adicional
y, finalmente, parte integrante de un sentido que ya debe haber
cambiado. ¿Comparar relatos?
Ocho.
La
memoria acomoda, reconstruye y reelabora continuamente imágenes
y recuerdos anteriores, en función de las nuevas experiencias.
Parte del impacto de toda fotografía es la gran diferencia
entre los recuerdos reconstruidos y la "verdad" y "autenticidad"
de las fotos, donde las imágenes aparecen en forma independiente,
desligadas del recuerdo subjetivo, del transcurrir de la vida personal.
Sin embargo,
en el medio de la fotografía, el encuentro sólo se
realiza en forma indirecta: al convertir el fotógrafo aquello
que tiene en frente, en un objeto, expulsándolo del tiempo,
y al pretender que la mirada posterior supere la diferencia temporal
que la separa del momento de la toma de la fotografía. La
decepción que se presenta después, se encuentra ya
dispuesta en el distanciamiento original. (Véase: Bernd Busch,
Belichtete Welt. Eine Wahrnehmungsgeschichte der Fotografie,
Frankfurt am Main, Fischer Verlag, 1995.)
Para el caso
de Bavcar, los recuerdos de la infancia, es decir de la época
en que podía ver, no han sido reelaborados en el ámbito
de lo visual, sino de la narración, y no con el fin de la
memoria de adaptar el pasado al presente, sino tratando de mantener
las imágenes visuales vivas, tal cual. Eso conduce inevitablemente
a una infancia como etapa, nunca suficientemente larga, durante
la cual el ahora fotógrafo ciego veía obsesionado,
fomentando una conciencia extrema acerca de la posibilidad de no
ver ya nunca ciertamente, una conciencia retrospectiva, construida
a lo largo de la posteridad. Al narrar una y otra vez esta experiencia,
no sólo irrecuperable sino cada vez más despegada
de la situación actual, la memoria visual se idealiza a partir
de la idealización de la infancia como larga preparación
para la vida en la oscuridad: una rememorización de la infancia
a través de elementos traídos a su futuro, extraídos
hacia su futuro.
La fotografía
del fotógrafo ciego no pretende, en momento, alguno, reproducir
la memoria visual; sí propone seguir produciendo nuevos recuerdos
visuales que provocan ya no narraciones (a falta del elemento de
experiencia temporal), sino descripciones.
El origen
de la obra fotográfica del fotógrafo ciego no es,
por lo tanto, origen en el sentido de principio o punto de partida,
ni siquiera de intención, proyecto o germinación de
la obra. Estas fotos nunca han formado parte de una experiencia
temporal de la cual, al verlas posteriormente, fuera de su contexto,
y comparándolas con los recuerdos reconstituidos, pudieran
experimentarse como algo arrancado, desgajado de los relatos en
que sus objetos, su temática solía insertarse: la
historia o biografía del fotógrafo; el paisaje o entorno
que rodeaba lo que encuadran; la historia o, incluso, la estética
de la fotografía. El origen de estas fotos pertenece a una
era distinta, mítica, a una memoria visual que es más
construcción en el sentido de una elaboración cultural,
razonada aun cuando esté estrechamente relacionada
con sentimientos y experiencias íntimas, cada vez más
idealizadas en tanto la pérdida de esta era mítica
es sumamente dolorosa.
El origen
de la memoria visual es, también, una utopía: no sólo
pretende recordar, es decir revivir la emoción original,
sino reproducirla en forma de instantes que tengan presencia, momentos
de actualización. Y entonces se procede, sabiendo que la
utopía es inalcanzable, a reconstruir y reconstituir como
artificio aquello que integra la era mítica de la memoria
visual y que pudiera fungir como un presente mítico basado
en una memoria cultural.
Nueve.
La
reconstrucción o rememorización toma dos posibles
rumbos. Uno es el del propio fotógrafo ciego: la idealización
con base en una conciencia construida sobre lo que sería
su vida como fotógrafo ciego, y que es, de hecho, lo que
vive como realidad irremediable a no ser por las imágenes
que se actualizan continuamente por medio de la permanente narración
y la incesante nutrición y fomentación de unos recuerdos
cada vez más mítico-simbólicos. El otro es
la pretensión de transmitir esta experiencia construida y
reconstruida en relatos míticos por una parte, y fotografías
desprendidas de todo relato, por medio de pequeñas oscuridades
hechas imagen, por la otra. "Narrar es una de las formas más
antiguas de comunicar afirma Walter Benjamin. No intenta
transmitir el puro en-sí del acontecimiento (como la información)
sino que ancla el acontecimiento en la vida de la persona que relata,
para transmitirlo como experiencia a aquellos que escuchan."
(Véase: "Über einige Motive bei Baudelaire",
en Gesammelte Schriften, Frankfurt am Main, Suhrkamp Verlag,
1980, Band I, p. 611.)
Ahora, lo
difícil es que la primera línea, la que Bavcar construye
para sí mismo en tanto narración, sea probablemente
la que mayores posibilidades tenga de ser transmitida, ya que se
basa en la fortuna de un lenguaje compartido con quienes leen o
escuchan esos relatos. La segunda, que toca analizar aquí,
es la que presenta problemas: al ser narrada antes, durante y después
de la toma de la fotografía, parece similar a la primera
aunque en realidad, pertenece a una era distinta. Su carácter
indirecto, la falta de poder revisar el proceso de elaboración
y corrección, la imposibilidad de corroborar y verificar
las intenciones no sólo con el origen de la memoria visual
mítica, sino incluso con los resultados. Añádese
que en esencia, las fotografías van dirigidas no al propio
Bavcar, ni a un público invidente, ni a personas que lo conocían
de niño y podrían compartir recuerdos visuales, sino
a espectadores que tienen poco en común con el fotógrafo
ciego. Entre estos dos rumbos, estas dos líneas, no hay nada
que garantice una correspondencia que asemejara los dos tipos de
memorias, la memoria-relato mítica y la memoria visual presencial
desprovista de la experiencia. La memoria visual mítica requiere
del relato, de la narración la narración visual
sin la experiencia visual, la fotografía ciega, se estanca
(y le basta con ello) en la descripción.
Lo que se niega
aquí no es la posibilidad de la recepción de una obra,
ni de la intención de otra; es más, ni siquiera de
la creación que depende de la intervención de otros
seres humanos como "instrumentos" que nunca se reducen
a eso. Lo que se niega es que haya posibilidad de comunicación
entre las distintas líneas, ya que no producen ni la misma
idea, ni la misma imagen, ni el mismo relato a partir del cual se
podría pensar en la posibilidad de establecer relaciones
estéticas entre los tres, es decir, en la posibilidad de
una interpretación.
Diez.
Nuevamente,
surgen dos posibilidades de remediar la paradoja: una la emprende
el propio fotógrafo ciego: la simbología que introduce
a sus fotografías; y la otra es una salida para la recepción
y que consiste en darle carácter testimonial a la obra.
La simbología
generaliza la memoria visual individual, indica significados que
se vuelven culturales, rebasan (¿limitan?) la falta de experiencia
visual particular real y la desvían hacia una recepción
cultural sin origen específico propiamente dicho.
La fotografía
en tanto problema del espacio, es siempre fragmento sólo
deja de serlo cuando, en sí, como obra, adquiere un significado
pero eso sucede una vez que se desprenda del conjunto espacial del
que se sustraen sus elementos, cuando se desconecta del entorno
que les daba su "primer" o anterior significado a los
objetos. Con los símbolos introducidos, el fotógrafo
ciego pretende superar la contradicción inherente a toda
fotografía, y controlar, junto con el control de la oscuridad
y del espacio, también el significado que convierte en obra
lo que es, por sus condiciones, documento. Visto así, pareciera
más bien un intento de cierta ingenuidad no es así
como la fotografía adquiere significado.
Lo mítico
(memoria visual de la infancia, reconstruida desde la ceguera hasta
tomar forma de un origen mítico) se opone a lo simbólico
(que es lo que el fotógrafo ciego trata de inculcarles a
los objetos y la oscuridad del espacio, a la pretensión de
dominarlo desde la escenificación que documenta fotográficamente).
Si se habla
de un documento, un testimonio, no lo es de la primera línea,
sino de algo que no está al alcance de quien lo fija: una
escenografía, una instalación que no es más
ni otra cosa que esta escenografía, esta instalación
no un recuerdo, no una reconstrucción del recuerdo,
no lo que el fotógrafo ciego había visto de niño,
no lo que otros le describen que ven, no lo que se imagina él
que ve. Es, en parte, testimonio de los desajustes, la falta de
correspondencia, además de lo que voces auxiliares le puedan
decir, de lo que él pueda significar mediante las intervenciones
sobre las instalaciones, y nuevas voces que le van diciendo lo que
ven ojos ajenos; pero es testimonio, también, de todos aquellos
elementos que participan en el trabajo fotográfico que, si
bien pertenecen a los aspectos técnicos, sí influyen
en los resultados: desde el enfoque, el encuadre, la distribución
de los objetos a partir del ángulo escogido; y desde luego,
la exposición, la iluminación, la distancia, el tiempo
de exposición; y finalmente el revelado, la impresión,
el manejo de los claroscuros, los tonos.
Es testimonio
de sí mismo, instalación como tal, escenografía
como tal. Testimonio de la experiencia que puede significar establecer
este (falso) testimonio y digo falso porque no lo es de algo
más, sino de sí mismo. Testimonio-tautología.
Una fotografía
y la fotografía ciega no es ninguna excepción
no es la representación de una realidad, sino la creación
de otra realidad; y esta otra realidad trata, aquí más
que nun- ca, de la necesidad de continuar creando una memoria visual,
aun y ante todo en condiciones que impiden, precisamente, esta constitución
de memoria visual por parte del creador afectado por la ceguera.
Once.
Hay,
en todo eso, una lógica que va en dos sentidos y, finalmente,
difiere, bifurcación de la bifurcación: la lógica
lineal, narrativa de la historia personal, recuerdos de una memoria
visual mítica que buscan continuidad por encima de la ruptura
que impone la ceguera. Por otra parte, está la supuesta construcción
de espacios visuales sujetos a la oscuridad, fragmentarios, puntuales.
La ausencia de la experiencia temporal transformable no permite
que se integren las fotografías ciegas, sujetas a esta segunda
lógica, en la linealidad mítica de la primera. Existen
en forma independiente, sin nexos a no ser los que organizan la
necesidad, la obsesión por seguir creando me-moria visual.
La proscripción
del tiempo en las fotografías remarca y proyecta más
todavía la contradicción entre las dos lógicas.
La simbología utilizada les quita a la mayoría de
las fotografías ciegas su carácter temporal e histórico
en el sentido de única e irrepetible. No porque sea repetible;
sucede que esta distinción que pertenece a la temporalidad,
simplemente no es relevante.
El juego interrumpido
entre la experiencia visual transferida a una era mítica,
y la nueva memoria visual, construida sin la primera por el fotógrafo
ciego y oculta en una utopía inalcanzable, provoca una paradoja
imposible de resolver.
Silvia Pappe, "Luz-tacto"Fractal
n° 15, octubre-diciembre,
1999, año 4, volumen IV, pp. 127-143.
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