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Sobra
decir que eso se ha dicho de sobra sobre Edipo. Sin embargo, esta
segunda afirmación de Bavcar me resulta una incitación
irresistible a retornar al viejo texto de Sófocles. ¿Cuál
sería el sentido de mi relectura? A diferencia de las producciones
de otros fotógrafos ciegos (por ejemplo del japonés
Toun Ishii, autor de fotos perfectas del Monte Fuji, o de la sugerente
producción iniciada por el mexicano Gerardo Nigenda), la
obra de Bavcar trata, ella misma, de las cuestiones de la vista,
la ceguera y la invisibilidad: es decir, la obra de Bavcar se ocupa
de aquello de lo que sería, a su vez, efecto. De ahí
que la obra de Bavcar pueda caracterizarse como una obra de lo inteligible
onírico, esto es, como una obra que pone en acto un
desbordamiento permanente de lo inteligible por lo inteligible mismo,
a la manera en que tal desbordamiento ha lugar en el psicoanálisis.
Una de las implicaciones de tal caracterización es que el
tercer ojo Bavcariano de ninguna manera puede reducirse al
"tercer ojo" de la inspiración y la iluminación
de los neoplatónicos y los románticos: por el contrario,
es el tercer ojo Bavcariano el que incorpora y excede tales
otras nociones; porque este tercer ojo resulta ser el nombre,
necesariamente fallido, de la simultánea instauración
y subversión de la nominación, así como de
la simultánea posibilidad e imposibilidad de los ámbitos
visible e invisible, el punctum caecum en que convergen la
historia del arte Occidental y la historia del agotamiento de las
premisas mismas de esta historia. Así, el tercer ojo
al que alude el fotógrafo ciego designa la simultánea
puesta en juego y disolución de toda distinción definitiva
entre la luz y la oscuridad, la vista y la ceguera, la percepción
y la memoria, el autor y el ejecutante, el emisor y el receptor,
el original y la copia, es decir, de toda distinción sin
más. No sorprende, pues, el desconcierto que inevitablemente
produce la obra y el proyecto de Bavcar cuando es abordado en cualesquiera
de los términos críticos ordinarios. De ahí
también que la singular topología del tercer ojo
Bavcariano dé cuenta de por qué el caso considerado
"irregular" o "límite" sea precisamente
donde se revela la regularidad del caso tildado "normal".
Y no sólo en términos lógicos, sino también
concretos: pues así como ante Bavcar el vidente se estremece
al descubrirse ante un otro como sí mismo; así como
el vidente descubre que el deseo de imágenes del fotógrafo
ciego da cuenta del deseo que anima su propia mirada, así
también el acto fotográfico de Bavcar ilumina la estructura
toda del acto fotográfico en general. La relectura de Sófocles
a la que me incita Bavcar tiene, entonces, el propósito de
reconstruir el citado itinerario que lleva al tercer ojo
como la puesta en juego de su propio acto fotográfico, a
su vez como paradigma de todo acto fotográfico en general.
Lo resultante es una paráfrasis de Edipo Rey que aspira
a sostenerse en los propios términos de la tragedia (en la
versión castellana de Ángel María Garibay,
Porrúa) pero que toma en cuenta la hipótesis de
la vista articulada por Jacques Derrida en Mémoires
daveugle: Lautoportrait et autres ruines (Éditions
de la Réunion des Musées Nationaux, 1990), así
como los planteamientos de "Edipo vienés" de Néstor
A. Braunstein (Freudiano y lacaniano, Manantial, 1994). Se
trata de leer en Sófocles una descripción del itinerario
estructural que conduce al acto fotográfico, en el marco
de cierta confluencia de la reflexión derridiana con una
interpretación contemporánea del Edipo en la línea
Freud-Lacan.
*
He preferido venir en persona. Aquí estoy. Soy Edipo.
Edipo
fotógrafo, entonces. Sí, pero, ¿quién
es Edipo? Como la propia pregunta por el tercer ojo bavcariano,
la pregunta por el quién de Edipo resulta finalmente
incontestable, porque constituye la posibilidad misma de la pregunta.
Así, mirado desde el más acá de ese origen
irrepresentable, Edipo no es sino la figuración misma de
que, como da a leer Edipo Rey, "todo es apariencia:
brilla, se alza, reluce y se abisma en las sombras para siempre".
Edipo no es, sólo aparece: al final, como en su origen,
Edipo es desvanecimiento y eclipse. Edipo, el Rey, es quien mira
por sus seres amados porque jamás los puede ver; quien apela
a la imagen de sus padres porque le está vedado contemplar
su patria (pater, patria); quien del mismo día recibe
la penumbra de la vida y el destello de la muerte; quien se borra
de las profecías sólo para mejor en ellas dibujarse
después; quien tiene la mirada más aguda para los
enigmas y la más perdida; quien desde siempre está
destinado a ser abandonado por los dioses, y quien, sin embargo,
invoca permanentemente a alguno; quien nunca habrá vislumbrado
esperanza alguna, y para quien es precisamente esa la "chispa
de esperanza". Edipo es quien se turba en la medida misma en
que mira con mayor vehemencia, su noche es el fulgor de toda luz,
y su ceguera la intuición profunda de toda percepción.
Es decir, Edipo es el ánimo mismo de la fotografía.
*
Es la tremenda Peste. Queda vacía y silenciosa la tierra
de Cadmo y el
Averno se enriquece de lamentos, de gemidos interminables.
Hijo
de la noche, Edipo tiene en ella puesta fijamente la mirada. Yocasta
le da a luz sólo para, "no bien pasados tres días",
entregarlo a la noche perpetua. Puede constatarse que su vida toda
es un intento por retornar al lóbrego claustro de su madre:
ya su primera expulsión a la "montaña desierta"
(asimismo un claustro materno) para eludir los vaticinios de los
videntes, no hace sino reconducirlo al tálamo imperceptible
de su madre, transfigurada en esposa. Pero, de igual forma, su exilio
último tiene como fin la recuperación de cierta oscuridad
perdida: como dice, "llevadme a un sitio oculto, dadme la muerte,
arrojadme a los mares, o a un sitio tan lejano, donde los hombres
no puedan volver a verme". El destino de Edipo es, así,
el de sus ojos: "¡Dormid la muerte de la noche eterna
y las tinieblas podrán defenderos de ver lo que no quise
ver jamás, y tampoco aquello que tan anheloso ver ansiaba!"
De la oscuridad, por la oscuridad, a la oscuridad:
la ruta de Edipo no es sino el abismo umbrío de la ceguera
materna.
Pero, ¿qué es la ceguera materna? Desde luego, no
se trata del punto de vista de la madre o la mujer en sentido llano.
La ceguera materna sería lo edípico por excelencia:
como Edipo, ésta no es, pero, a diferencia de aquél,
tampoco aparece. En términos de su función,
la ceguera materna consiste, al mismo tiempo, en el movimiento estructurante
y desestructurante de la mirada. De ser, sería lo
incaptable mismo, el ensombrecimiento terminal de lo diáfano,
la revelación encubierta del permanente encubrimiento. Por
eso Edipo jamás habrá podido retratar con su aparato
a Yocasta: imposible obtener una instantánea del ojo tras
la cámara. Empero, no es sólo a Yocasta a quien Edipo
jamás habrá podido captar: tampoco habrá podido
obtener una imagen nítida de Layo, ni de Pólibo, ni
de sus hijas queridas, ni de la prodigiosa descendencia de Cadmo,
ni tampoco siquiera de su palacio, y menos aún de su legado...
sino hasta quedar ciego. Y, en verdad, tampoco entonces.
Sin embargo, a la vez, Yocasta y su ceguera resultan ser
la sensibilidad misma de la película fotográfica a
ser eventualmente utilizada por Edipo: la oscuridad sin claro, la
flama negra, la bruma sin fanal a la vista son, todas, el deseo
mismo de la luz. Porque también el ocultamiento se
oculta; también se preña lo opaco de su propia
opacidad; también lo azabache al trazarse se borra.
La ceguera materna de Edipo se despliega, entonces, como la pantalla
indistinta en que serán proyectados los vislumbres de aquello
que él jamás podrá ver; allí se proyecta,
aún en blancos espectrales, la promesa de una vigorosa "antorcha".
No por casualidad es la propia Yocasta quien lamenta: "perdidos
en un mar de zozobras y temores estamos todos al ver destrozado
por el pavor al que de esta ciudad rige el gobernalle": el
clamor por una central de luz y fuerza, por un rayo, por la puntual
irrupción de un farolero, es, por excelencia, el clamor de
la madre.
Pero, ojo, no porque tal haz orientador hasta el momento haya estado
estrictamente ausente. Por el contrario, si hasta ahora Yocasta
ha encarnado la noche de todos los días, lo ha hecho como
una noche perpetua, es decir, como una noche diurna, como
la tirana de un imperio que no es el de la ausencia de luz, sino
el de un sol negro a todas horas fulgurante. Como una Gran Fotografía,
que anulaba todo disparo fotográfico en nombre de la prefiguración
de todo lo captable, Yocasta clama ahora por su propio deslumbramiento
y rasgadura: corto circuito de la Gran Fotografía, fugaz
aparición de lo visible invisible aún, fogonazo emanante
de las fotografías, de su abundancia, de su ilusión
y su banalidad...
Promesa, entonces, este estrujamiento y esta rasgadura, de una patria
definitiva para Edipo, rey, y, pronto, fotógrafo. Se trata
de Citerón, sitio a donde Edipo fue originalmente expulsado
por sus padres, y a donde habrá de volver tras arrancarse
la vista: territorio consentido por Yocasta, pero asignado por su
padre Layo; tierra promisoria del desbordamiento de la ceguera materna
y de la manifestación de la mirada paterna; lugar por excelencia
del exilio; zona que porta el nombre de ese rey de la mitología
griega, Citerón, artífice de las apariencias, quien,
tras una riña entre Zeus y su amada Hera, y ante el falso
rumor de que Zeus había raptado a Platea para hacerla su
esposa, aconsejó al Zeus que deseaba reconciliarse con la
primera que modelase una estatua femenina, la cubriera con un manto
y la colocase en una carreta tirada por bueyes: al acudir a la escena
Hera y ver que no se trataba de Platea, sino sólo de una
figura de madera, en efecto echó a reír y se reconcilió
con su dios marido. Citerón, entonces: sede por excelencia
del semblante, hogar del simulacro, eventual República de
las Fotos.
Alce
radiante antorcha contra los turbios númenes que nos
destruyen, que sea para todos los adversos, baldón y oprobio.
Pero,
para ello, antes habrá tenido que hacer su entrada estelar
la ceguera paterna. Como dice a Yocasta el mensajero que porta las
nuevas de la muerte de Pólibo, el supuesto padre de Edipo,
refiriéndose a éste último: "¡Feliz
sea siempre y con felices viva, ya que es tan perfecta consorte
de aquél!" Doble ironía la suya, y clarividente:
nunca mejor consorte habrá para una ceguera que otra: salutaciones
a la ceguera paterna, que es también la de todos los hijos;
y dichosas las fotografías, luminosa progenie de tal unión...
Pero, ¿en qué consiste la ceguera paterna? Como advertí
para el caso de la ceguera materna, la ceguera paterna tampoco refiere
sin más a la perspectiva del padre o varón, sino a
la función del hacerse-marca de aquél movimiento originario
y originante de la videncia y la invidencia que es la ceguera materna.
Si la ceguera materna es el incaptable impulso a la captación
fotográfica, en cambio la ceguera paterna es la que corresponde
a la ilusión misma de la captación, al irresistiblemente
seductor devenir-captable de lo que la ceguera materna no ve, ni
tampoco deja ver: el "golpe a los ojos" efectivamente
experimentado y, eventualmente, la mirada del ciego fotografiada
cual espectáculo y representación.
Comparemos
ambas cegueras. La ceguera materna es la ceguera de la media luz,
como puede observarse en el siguiente reclamo de Yocasta a Edipo:
"¡Sea o no sea, qué? Deja en paz todo. Ningún
caso hagas de cuanto aquí se ha dicho; no pienses en tonteras."
En contraste, la ceguera paterna es la ceguera del esclarecimiento,
como se consigna en la siguiente respuesta de Edipo a Yocasta: "no
quedo convencido, si no aclaro, hasta no saber la verdad".
La ceguera materna es la ceguera mortífera de la vida práctica,
esto es, de la vida sin más, como ilustra la siguiente exclamación
de Yocasta a Edipo:
¿Qué
ha de temer el hombre, si está bajo el dominio de los hados?
¿Si nada con certeza puede prever? Lo mejor es vivir sin
preocuparse, cada uno como pueda. Además, ¿por qué
angustiarte por bodas con la madre? ¡Muchos las tienen:
en sueños se unen maritalmente con sus madres! Pasa mejor
la vida quien de estas necedades hace burla.
En cambio, la ceguera paterna es la ceguera vital de la ley como
petrificación e intemporalidad, como se aprecia en la siguiente
estrofa del coro:
¡Leyes
sublimes que en la altura imperan, rijan y hagan que sean rectas
todas! En los cielos nacieron y el Olimpo es su único padre.
No les dio el ser ningún hombre; no habrá de dominarlas
el sueño del olvido. ¡Un dios grandioso en ellas
ha: nunca envejece!
Desde luego, esta caracterización de la ceguera materna,
como cualquier otra caracterización de dicha ceguera, por
las razones ya mencionadas, es a su vez efecto de su propia
gestación de la ceguera paterna: la ceguera materna como
penumbra y pragmatismo recibe su nombre y la delimitación
de sus horizontes de aquello mismo que la iluminación y la
legislación paternas jamás lograrán saturar,
a saber, su propia condición de posibilidad. Lo que ello
significa es que la ceguera paterna no es sino el redoblamiento
sobre sí de la ceguera materna. De manera que la ceguera
paterna es señal del ocultamiento de ese ocultamiento originario
que es la ceguera materna. La ceguera paterna es fruto del preñarse
de la ceguera materna: no en vano por madres somos todos paridos,
futuras madres y padres por igual. La ceguera paterna es sólo
un momento de la ceguera materna, el momento crucial de su fractura
en más-de-una ceguera: despedazamiento del Gran Ojo materno
en profusión de invidencias, cegamiento originario, institución
primera de la ceguera (incluyendo la ceguera-videncia), apertura
de su in-sólita taxonomía...
Se impone reseñar esta taxonomía ya que, al parecer,
Edipo Rey nos brindaría de antemano todas las ubicaciones
que Occidente asigna a la ceguera. Allí se lee, en primer
lugar, la inscripción de la ceguera como obcecación,
como cuando Edipo insulta a Tiresias: "...ciego miserable,
ciego del alma, como de los ojos... ciego del oído",
en que el ciego aparece como su propia metáfora: está
ciego, luego es ciego. Una vez así circunscrita, la ceguera
es deslizada hacia lo pueril, hacia lo ingenuo y lo inocente
como vemos, de nuevo, cuando dice Edipo a Tiresias: "Noche
perpetua nutre tus pupilas. Ni a mí, ni a nadie que de ojos
disfrute podrás dañar"..."ciego eres, que
si ojos tuvieras, afirmaría que tú fuiste y sólo
tú quien el delito perpetró". Posteriormente,
la ceguera como candidez se transfigura sin dificultad en
su opuesto, la ceguera como impostura y delirio, como
constatamos cuando Edipo replica a Tiresias: "loco y trapacero,
pura engañifa, que no busca sino el lucro de sus ojos cegados...
Cegados para el uso, pero bien abiertos para el interés".
Y, de inmediato, atestiguamos la elevación de la ceguera
al estatuto de la previsión y la clarividencia,
como se ilustra cuando dice Edipo a Tiresias al darle la bienvenida:
"Divino vidente, el único de los hombres que de nacimiento
tiene el don de la verdad." De donde quizás resulta,
entonces, la ceguera como deseada, anhelo de no mirar lo
que la ceguera efectivamente ha mirado o es capaz de mirar,
como sucede en Edipo Rey entre los esclavos y los profetas,
como cuando se lamenta Tiresias: "¡Ay, ay: terrible es
el saber cuando el que sabe de ello no aprovecha. Bien lo sabía,
pero lo había olvidado. De tenerlo presente, acá no
hubiera venido!" O bien, como cuando Yocasta relata a Edipo
acerca de uno de sus siervos: "Cuando regresó y vio
que te habías entronizado, y vio morir a Layo, vino a rogarme
besando mi mano que lo dejara ir al campo a pastorear rebaños.
Así, decía, cuanto más lejos de la ciudad,
mejor". De ahí que resulte una última ceguera
que ocupa una posición decisiva, respecto a la cual se articulan
el conjunto de las otras cegueras: me refiero a la ceguera como
vista efectiva y aprehensión de la ver-dad,
ceguera ante la propia ceguera, como deja ver la afirmación
decidida de Edipo: "Mientras yo claras no mire las pruebas;
mientras plenamente apodícticas no sean no puedo dar asenso
a las acusaciones que formulan los que aquí han pregonado
los delitos." Esta última ceguera, la vista efectiva,
es la ceguera paterna por excelencia; ya he subrayado su importancia,
que es la de la ceguera paterna en, y ante, el campo "feraz"
(como dice el texto), y feroz, de la ceguera materna, que halla
en la aquélla su propio, y no menos intoxicante, antídoto.
Ello explica que la ceguera como vista efectiva no opere como una
ceguera entre otras, sino como la propia puesta en juego
de la taxonomía íntegra de la invidencia.
Así, doblemente heredera de la ceguera materna y paterna,
podemos concluir que la mirada de Edipo es todas y cada una de estas
cegueras, porque su mirada está siempre en juego en el mirar
de cada una de ellas en dirección de las otras, sin que,
a su vez, se deje reducir a ninguna, ni a la imposible suma del
conjunto. Edipo es, entonces, un personaje, pero su estructura es
la tragedia toda. De la ceguera, por la ceguera, a
la ceguera: Edipo mira y es mirado por su, y sus, propias
miradas; y sus cegueras son siempre caracterizadas desde otras cegueras,
lo que sugiere que la presente caracterización de las cegueras
de Edipo es, como cualquier otra caracterización, también
edípica. Discursos como el presente no resultan entonces
extrínsecos a Edipo Rey sino precisamente intrínsecos
a él; también Edipo lee Edipo Rey; también
él se sorprende al hallarse, de antemano, imposiblemente
retratado en su propio texto...
¿Pero cómo dar cuenta de las contradicciones e inconsistencias
en el descrito abanico institucional de las cegueras?, ¿cómo
explicar lo insólito de su taxonomía? Claramente,
el mandato a responder tales interrogantes es, por excelencia, paterno.
Sin embargo, notablemente, el origen de tales contradicciones e
inconsistencias es asimismo paterno, ya que es el resultado del
ánimo mismo de la ceguera paterna como deseo de nitidez,
ánimo que se alza torpe, patético, contra la escurridiza
devastación de la ceguera materna al intentar, mediante cualquier
definición, contradictoria o no, demarcar, contener o administrar,
al menos en algo, su vorágine.
Ahora
bien, he afirmado que, en el campo disputado de las cegueras, la
ceguera como vista efectiva no es una ceguera entre otras, sino
la apertura misma del campo. Detengámonos en ello brevemente
para abordarlo en términos de la fotografía. En la
fotografía esta peculiar ceguera es emulada por un tipo de
imagen que, al igual que aquélla, resulta ser tan ubicua
como frágil e invisible: me refiero al snapshot, según
el intraducible vocablo inglés, que correspondería
parcialmente a nuestra instantánea, esa fotografía
popular y masivamente promovida por la industria de la fotografía
desde sus inicios. Pero, ¿qué es el snapshot?
El snapshot es, por excelencia, la fotografía de lo
familiar (lo heimlich), personal o en grupo, de los paisajes,
las mascotas, los recuerdos de viaje y de amigos. Se trata, en suma,
de una imagen de lo propio, de lo visto y lo apropiado, razón
por la cual con el snapshot se trata, siempre, de un autorretrato.
Desde luego, lo que el snapshot encarna es precisamente la
ceguera (paterna) ante la ceguera (materna) originaria, razón
por la cual siempre se despliega allí precisamente donde
asoma lo que permanece invisible para un punto de vista dado. Cabe
recordar aquí lo que señala Susan Sontag con relación
a que, históricamente, la fotografía se erige en rito
de la vida familiar en el momento mismo en que se desploma la institución
vigente de la familia extendida, y también a que la fotografía
turística tiene lugar en la medida misma en que el fotógrafo
padece la desorientación que le produce la tierra extraña
por la que viaja, de manera que su acto fotográfico viene
a certificar su experiencia tanto como a negarla. De manera que
lo que aparece figurado en el snapshot es siempre secundario
en relación con su semblante envolvente de diafanidad, y
a la ilusión de la supresión del dispositivo fotografiante
para dar plenamente paso a lo fotografiado. Por eso, aunque quienes
aparezcan en un snapshot sean seres obcecados, inocentes,
impostores, locos, clarividentes, deseosos de enceguecer o ciertos
de que ven, en el snapshot lo importante no son ellos mismos,
sino el hecho de que aparezcan como tales. Por eso, lo figurado
en, y por, el snapshot será siempre lo mismo,
a pesar o precisamente en virtud de aparecer como diferente cada
vez.
De
donde tenemos que el snapshot no es un acto fotográfico
entre otros, sino la simultánea posibilidad e imposibilidad
del acto fotográfico en general. Se trata nada menos que
del ombligo de la fotografía, el punto de mayor ceguera
de, y ante, la fotografía como vástago de, al menos
dos, cegueras. Todas las vanguardias fotográficas, los realismos
tanto como los anti-rrealismos, las fotografías clásicas
tanto como las intervenidas y las digitales, hallan en el snapshot
una referencia ineludible, aun si ésta permanece implícita:
esta es quizás la razón estructural por la que, históricamente,
el snapshot es el género fotográfico inaugural.
Consumación de la ceguera paterna como ceguera ante la ceguera
materna, el snapshot consiste, a la vez, en la negación
y en la constatación más patente y más furtiva
de la imposibilidad de la fotografía.
Por
eso, si, una vez que cuenta con el equipamiento necesario y que
ha asegurado su ciudadanía en Citerón, Edipo toma
fotos, es porque permanece a la caza del snapshot como la
consumación de su ceguera paterna. En ello descubrimos el
punto de mayor alcance topológico de la ceguera materna,
desde cuyo seno surge en primer lugar la ceguera paterna como su
otredad más radical, y más necesaria. De ahí
que el snapshot como horizonte de todo acto fotográfico
consigne el Edipo es mi nombre de todos los nombres, y el
Edipo es nuestro abuelo de todos los linajes.
*
¡Todo es una apariencia: brilla, se alza, reluce
y se abisma en las sombras para siempre!
Entrevemos,
entonces, que lo fotografiante es invariablemente un ciego o una
ceguera. De otra manera, ¿cómo dar cuenta del deseo
de imagen y de luz como el ánimo mismo de toda fotografía?
Si el acto fotográfico de Bavcar es prototípico de
todo acto fotográfico en general, ello se debe precisamente
a este hecho. Lo mismo puede sostenerse en relación con su
referencia a Edipo para dar cuenta de la ruta que conduce a su obra
como elaboración en torno al tercer ojo: mediante
esta referencia, Bavcar nos muestra asimismo la ruta que conduce
a todo obrar fotográfico en general.
Y
si el aliento mismo de todo fotografiar es una ceguera o una invisibilidad
originaria, no sorprenderá que, en el campo general de la
vista como ceguera estructural, el objeto por excelencia de la fotografía
sean otros ciegos y otros puntos de invisibilidad. De ahí
que, para hacer extensivo a la fotografía lo que Derrida
señala acerca del dibujo, la fotografía de un ciego
es la fotografía de un ciego; las fotos en que figuran
ciegos son, sin más, las fotografías. Como
puede apreciarse de manera tan nítida con relación
al snapshot, el acto fotográfico por excelencia es
el autorretrato: se llame o no autorretrato a su producción,
el fotógrafo se registra siempre a sí, o a un trozo
de sí. Para parafrasear a Derrida:
Cada vez que un fotógrafo se deja fascinar por el ciego,
cada vez que hace del ciego un tema de su fotografía,
proyecta, sueña o alucina la figura de un fotógrafo,
o a veces, más precisamente, de una fotógrafa. Aún
más precisamente, comienza a representar una potencia
fotográfica en obra, el acto mismo de la fotografía.
Él inventa la fotografía. La impresión no
se paraliza entonces en una tautología que dobla lo mismo
sobre lo mismo. Al contrario, se vuelve presa de la alegoría,
este extraño autorretrato de la fotografía librada
a la palabra y a la mirada del otro. Subtítulo de todas
las escenas de ciego, entonces: el origen de la fotografía.
O, si usted prefiere, el pensamiento de la fotografía,
una cierta pose pensativa, una memoria de la impresión
que especula soñando acerca de su propia posibilidad. Su
potencia se desarrolla siempre al borde de la ceguera. (Op.
Cit.)
Por eso la actividad fotográfica de un fotógrafo ciego
en efecto tiende a la subversión de la fotografía,
del snapshot, del autorretrato, precisamente porque los
confirma. Si, como los demás fotógrafos, el fotógrafo
ciego no puede más que retratarse a sí, desde la perspectiva
del fotógrafo crédulo de su propia vista, parecería
que el fotógrafo ciego no podría jamás retratarse
a sí. Sin embargo, como hemos visto, el autorretrato de un
ciego es el autorretrato por excelencia, pues revela que todo autorretrato
es, en verdad, un heterorretrato. Así, el fotógrafo
ciego resulta ser, como el propio Edipo, lo más cercano a
un vidente de la fotografía como tal.
Pero no sólo es que lo fotografiante sea invariablemente
un ciego o una ceguera sino, además, que dicho ciego o dicha
ceguera están constituidos siempre por al menos dos
cegueras más profundas, tan incompatibles como mutuamente
necesarias. Ambas cegueras se producen, se presuponen, se enfrentan,
se disparan. Por eso no habría snapshot ni
instantánea posible ni de una, ni de otra, ni de ambas
cegueras a la vez. Por eso no hay nunca ceguera materna,
ni tampoco ceguera paterna, puras. Por eso no hay pura ausencia
de lo fotográfico ni tampoco consumación de su deseo,
que sería el desbordamiento por lo fotográfico del
campo de la apariencia. Sólo al tiempo, que "todo mira
y todo lo descubre", y a los dioses, "¡oh Zeus,
supremo gobernante del cosmos, si tal eres en hecho, como lo eres
de nombre, no dejes que a tus ojos el mal se oculte, ni a tu poder
inmortal se sustraiga!", es dada la vista absoluta. Por eso
los dioses son adorados tanto desde la ceguera paterna como desde
la materna, y también por eso ambas cegueras permanecen sujetas
a las vicisitudes del tiempo, cuyo movimiento esencial, simultáneamente
posibilitador e imposibilitador, es lo materno mismo antes
aún de articularse como ceguera. Pero los dioses no toman
fotos, como tampoco hay fotografía de la duración,
sino sólo de la resistencia al tiempo. Sin embargo, por ello
el acto fotográfico no es nunca sino mera invocación
de los dioses y del tiempo en su absoluta visibilidad: la
ciega erección de la "antorcha" paterna contra
la "peste" de la ceguera materna se hace siempre en nombre
del tiempo o de algún dios: como dice Edipo: "El dios
nos urge. Hay que ver cómo acatamos." No en vano, en
su vertiginoso ascenso y caída, Edipo no deja nunca de estar
precipitado por lo divino. Y, también por eso, el de Edipo
es otro nombre para el eterno retorno: "¿Harás
que lo ya olvidado lo inmemorial y lo irrecordable,
a vivir torne otra vez?" Eterno retorno que no es sino de la
venganza de un rey muerto: "Ya veis cómo me propongo
vengar al muerto y vengar el derecho del dios", como medio
por excelencia para arremeter contra la oscuridad de alguna Esfinge
(cuyo crimen, recordemos, había sido causar que la descendencia
de Cadmo atendiera "lo del momento presente, dejando en el
silencio lo que el misterio había envuelto en sombras").
Si esta pugna ciega retorna eternamente es porque puede ser continuada
pero nunca concluida, pues permanece animada por aquello mismo que
desea abatir. La llama de toda antorcha es alimentada por un combustible
negro.
Por eso las fotografías bloquean el acceso hacia aquello
mismo que prometen, "¡Tremenda vista que se ofrece a
los hombres... la más terrible que pude ver en mi vida...!"
El testimonio de Edipo es, así, el testimonio de que la fotografía
es la constatación de su propia imposibilidad. Y la mirada
de Edipo sería todas las miradas, y su ceguera, todas
las cegueras: "Y el mundo mirar pudo en nefanda mezcla padres,
hermanos, hijos, todos un mismo ser a un tiempo, y vírgenes,
esposas, madres unidas en una sola... lo más infame que los
hombres vieron"... Edipo Rey se da a leer, entonces,
como la fotografía imposible del fotografiar, el autorretrato
imposible del autorretrato. La gran progenie de Edipo son los fotógrafos:
la invención de la fotografía sería un síntoma
más, desde luego, no el único, de la fotología,
de un pensamiento y un lenguaje orientados por la metáfora
de la luz y la sombra, del mostrarse y el ocultarse, e impulsados
por el centralismo de lo solar, como describe Jacques Derrida:
...habría que intentar volver a esta metáfora de
la sombra y de la luz (del mostrar-se y del ocultar-se), metáfora
fundadora de la filosofía occidental como metafísica.
Metáfora fundadora no sólo en tanto que metáfora
fotológica y a este respecto toda la historia de
nuestra filosofía es una fotología, nombre que se
le da a la historia o al tratado de la luz sino ya en tanto
que metáfora: la metáfora: la metáfora en
general, paso de un ente a otro, o de un significado a otro, autorizado
por la sumisión inicial y por el desplazamiento
analógico del ser bajo el ente, es la pesantez esencial
que retiene y reprime irremediablemente el discurso de la metafísica.
Destino que sería tonto considerar como el lamentable y
provisional accidente de una "historia"; como un lapsus,
una falta del pensamiento en la historia (in historia).
Es, in historiam, la caída del pensamiento en la
filosofía, por lo que la historia es encentada.
Baste decir que la metáfora de la "caída"
merece sus comillas. En esta metafísica heliocéntrica,
la fuerza, que cede el sitio al eidos (es decir, a la forma
visible para el ojo metafórico), ha sido separada ya de
su sentido de fuerza, como la cualidad de la música
está separada de sí en la acústica. ¿Cómo
comprender la fuerza o la debilidad en términos de claridad
y oscuridad? (La escritura y la diferencia, Anthropos,
1989, pp. 42-3)
Quienes habitamos la fotología occidental somos, todos, de
una u otra manera, fotógrafos. Por eso, en el marco de dicha
fotología, quizás no resulte del todo descabellado
considerar que la gran brújula de las formaciones culturales
sea precisamente la relación con la ceguera, y la ubicación
en que predominantemente se coloca a los ciegos y a lo invisible.
Para comprobarlo, sólo hace falta echar un vistazo a nuestro
entorno.
bmayer@prodigy.net.mx
Benjamín Mayer Foulkes, "Edipo
fotógrafo", Fractal
n° 15, octubre-diciembre,
1999, año 4, volumen IV, pp. 49-66.
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