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Tres.
Occidente
hace de la visualidad un mito. Los hechos transcurren ante nosotros
y el registro habitual lo otorga la mirada, ahora multiplicada por
auxilios técnicos y tecnológicos de la fotografía,
el cine, el video y un sinnúmero de aparatos que construyen
y reconstruyen aquello que parece escaparse en su inmediatez. Utopía
indecible: la captura de las imágenes poco o nada otorga
frente al transcurso de la existencia. Entonces el ojo humano parece
insuficiente para ver una realidad que los desborda en su multiplicidad,
en su desmesura. Incluso con los aditamentos actuales, la visión
está reducida a captar apenas una parte infinitesimal de
lo que acontece a su alrededor. Las cámaras vigilan en las
entradas de las residencias, en los supermercados, en las fábricas,
en los museos y en muchas partes, pero la verdad de las cosas es
que todo acontece sin que los azarosos registros ubiquen con precisión
aquello para lo que se les ha asignado.
En Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986) el cineasta
David Lynch asoma la nariz en los entretelones de un universo que
transcurre a la sombra de lo visible: en un jardín cualquiera,
con la luz del mediodía, un hombre cae al césped luego
de sufrir un infarto. Entonces la cámara fílmica quiso
observar aquello que pasa inadvertido: un mundo que late y pervive
sin que tengamos una noción clara de él. Primero fue
una oreja, reminiscencia de las visiones infernales del Bosco, luego
están las colonias de insectos y todo ese reino que está
debajo de nosotros, a un lado y otro y que parece escaparse a las
insistencias de lo tangible.
Cuatro. Una cámara fotográfica
es en apariencia un aparato más. Se le observa y su aspecto
dice poco de sus virtudes. Pero asomarse a través del objetivo
cambia el aspecto de un lugar, pues lo "encuadramos" y
lo circunscribimos a un límite. Ahora podemos movernos y
ver un espacio que se enrarece, que se convierte en una especie
de imagen paralela de algo que está ante nosotros. Lo cierto
es que el mecanismo óptico de la cámara admite los
desarrollos e innovaciones de la actualidad, por más que
sus principios se remonten a la cámara oscura y a las magias
de Merlín y la Fata Morgana. Sólo que hoy los unicornios
han desaparecido y los orificios que permiten el paso de la luz
se han transformado en viseras metálicas donde los espejos
cumplen un papel determinante y los tornillos adquieren un tamaño
milimétrico.
La paradoja es que cambiamos la idea sobre una cámara en
el instante en que vemos el resultado de su uso gracias a una fotografía.
De pronto acuden los recuerdos de una tarde soleada de 1965, aún
es marzo, y la instamatic se estrena con unas escenas incidentales
donde "El güero", un gato habilitado como mascota
familiar, viene a ser el convidado principal. Todos participan de
los misterios de apretar el obturador y de permitir que el felino,
ahora sí, "sabio austero", según el poema
de Baudelaire, pose sin inmutarse. El animalito se deja fotografiar
de un lado y de otro, de cerca y en esos ángulos donde se
deforma, pues la cámara es para aficionados y su sistema
es engañoso: uno se asoma por la mirilla y lo que se capta
es distinto de lo que se ve.
Problemas
entre la sencillez de una instamatic y lo que es una cámara
reflex. Sin embargo, revelar ese rollo fue un asombro. Años
después, al revisar papeles viejos, al abrir una bolsa o
una caja, de pronto y sin más llegan las imágenes
de aquella sesión primaveral cuando "El güero"
se convirtió en personaje protagónico de unas fotografías
pésimas, que sin embargo, a pesar de las deficiencias técnicas,
atraen a la memoria un sinnúmero de hechos de la infancia.
Cinco.
En
La gota de oro (1985) de Michel Tournier, la fotografía
ocupa el lugar de las revelaciones existenciales. Al inicio de la
novela aparece la miseria sahariana, y uno de sus habitantes es
Idriss. El escritor relata el encuentro del joven con una pareja
de franceses de este modo: "El coche se detuvo. La mujer se
quitó las gafas y se apeó. Sus cabellos flotaban como
una capa descolorida sobre sus hombros. Llevaba una camiseta caqui
muy escotada y unos pantaloncitos escandalosamente cortos. Idriss
advirtió también sus zapatillas de baile doradas y
pensó que no podría ir muy lejos con todo aquéllo
por el pedregal circundante. Ella esgrimía una cámara
fotográfica. ¡Eh, muchacho! No te muevas mucho
que te voy a sacar una foto. Había cargado continúa
Tournier y disparado varias veces, y otra vez más enfocaba
hacia Idriss y sus ovejas. Ella le miraba sonriendo, y ya sin la
cámara de fotografiar parecía hacerlo normalmente.
Dame la foto Eran las primeras palabras que pronunciaba
Idriss." Lo que sigue será un largo relato acerca de
cómo el pastor recorre un sinfín de caminos para llegar
a Francia, pues él necesita recuperar la fotografía.
Tournier muestra aquí la cámara como un objeto invasor.
Idriss se sentirá inquieto ante un aparato que lo atrapa
en cuerpo y en espíritu. Ese tal vez sería uno de
los prodigios de la óptica, que una cámara fotográfica
deja de ser inofensiva y se convierte en propiciadora de conflictos.
Habría que recordar que para Tournier la imagen es punto
capital en la interpretación del mundo moderno. Él
admira la belleza de las cámaras fotográficas antiguas,
que conservan una admirable altivez. Fuelles, placas de cristal
y toda una parafernalia definiría a estos aparatos que nos
miran con su ojo lánguido. En estas cámaras hasta
el estuche tiene algo de áulico: cajas forradas de terciopelo
rojo que conservaban en el mejor estado posible a los envejecidos
aparatos.
Seis.
En
Sartre par lui-meme (Francia, 1972), Michel Contat, colaborador
en un filme dedicado al filósofo le inquiere: "Este
mes usted cumplió setenta años. ¿Cómo
se siente, Sartre?" El autor de La náusea responde:
"Es difícil decir que ando bien, pero tampoco puedo
decir que me sienta mal. Desde hace dos años, me han ocurrido
algunos accidentes. He tenido hemorragias detrás de mi ojo
izquierdo el único de mis ojos con el que veía
y no puedo en consecuencia, ni leer ni escribir... Mi espíritu
probablemente es tan agudo como hace diez años. Y más
o menos, la sensibilidad queda igual." Alexander Astruc, el
realizador, hace un acercamiento al rostro, la pantalla se colma
con la imagen de los anteojos de Sartre.
Conmueve que
detrás de ellos la mirada parezca congelada y exenta de vida.
La chispa inteligente que brillaba en otro tiempo se ha quedado
en el camino, ahora es el esfuerzo de un hombre que trata de sobrevivirse
pese a los deterioros de la salud. Los ojos de Sartre se han enturbiado
y el acercamiento del cineasta nos devuelve la realidad de un pensador
que siempre habitó el mundo con dignidad.
Contat vuelve
a la carga: "No poder escribir más debe ser un golpe
considerable. Habla de ello con serenidad." Sartre contesta
sin preámbulos: "En un sentido eso me quita toda razón
de ser. He sido y ya no soy, si usted quiere. Pero debería
estar muy abatido. Y por una razón que ignoro me siento bastante
bien. Nunca estoy triste ni tengo momentos de melancolía
pensando en lo que he perdido. Es así que yo no puedo hacer
nada. Entonces no tengo razón para amargarme." Sartre
moriría en 1980 y su visión era casi nula.
Siete.
Merleau-Ponty en La fenomenología de la
percepción escribió que: "Si ver u oír
es separarse de la impresión para investirla en pensamiento
y dejar de ser para conocer, sería absurdo decir que veo
con mis ojos o que oigo con mis oídos, ya que mis ojos, mis
oídos, son aún seres-del-mundo, incapaces, en cuanto
tales, de disponer ante él la zona de subjetividad desde
la cual se le verá u oirá. Ni siquiera puedo conservar
para mis ojos u oídos un poder de conocer a base de convertirlos
en instrumentos de mi percepción, ya que esta noción
es ambigua; mis ojos u oídos sólo son instrumentos
de la excitación corpórea, no de la percepción
en sí. Digo que mis ojos ven, que mi mano toca, que mi pie
sufre; pero estas expresiones ingenuas no traducen mi verdadera
experiencia."
Evgen Bavcar,
el fotógrafo ciego, admite la paradoja de la percepción.
En este sentido eleva la calidad de lo subjetivo a imágenes
soñadas e imaginadas desde la profundidad de su ceguera.
Borges habló con insistencia de que el ciego, sobre todo
el que vio alguna vez, admite la intermitencia de los colores, los
cambios de temperatura que derivan de un tono y otro; de una serie
de sensaciones que de pronto serán parte de la vivencia ante
un mundo por lo general hostil, que de ningún modo está
adaptado a los invidentes, para usar un término desafortunado;
además, en el Occidente visualizado se ha hecho énfasis
en el ojo que mira; en cambio se desacredita al ciego porque está
sumergido en sus tinieblas; poco o nada tendría que hacer
un sujeto así en nuestra cultura.
Sin embargo,
tiene razón Merleau-Ponty porque la mirada es "otra
cosa", cuando más una excitación de los sentidos,
pero en ese puente, en ese trastabilleo, lo que aparece es la posibilidad
de que el ciego haga ese proceso de inversiones en donde la mirada
parece convertirse en algo interior. Una mirada que se estimula
de afuera y que termina por procesarse y ser en el interior de esos
sujetos que admiten el hecho de la ceguera.
De ningún
modo se trata de hacer exploraciones en el vacío, en la vacuidad
de aquel que supone y le otorga la idealización sensiblera
a quien está del lado de los discapacitados. Eso sería
tanto como renovar los mitos de la visualidad.
Lo que se trata
es de otorgar un sentido a lo que en realidad lo tiene. Cuando alguien
escucha de un fotógrafo ciego lo menos que hace es sonreír,
considera que se trata de una mala broma y de una insolencia. Sin
embargo, el hecho es posible y Bavcar lo demuestra con creces. Su
trayectoria, la belleza de sus imagenes y sus consideraciones alertan
al espectador occidental acerca del uso de una mirada que se sale,
ciertamente, de lo convencional, pero que es posible en un ejercicio
de subjetividad. Bavcar es un artista que debe reubicarse en un
territorio abrumado de imágenes hechas por los que ven.
Ocho.
Evgen
Bavcar realiza fotografías sobre ángeles. Ya se sabe
que representar lo angélico tiene algo de derrota, es darle
cuerpo y figuración a lo invisible. Massimo Cacciaria en
El ángel necesario escribió sobre estos seres
que "transforman la mirada misma en una mirada del ninguna
parte. Al mundus imaginalis del que el Ángel es la
figura debe corresponder una mirada de la imaginatio".
El artista esloveno capta una columna con un ángel, la luz
de la luna es apenas perceptible. Toda la luz de la imagen es difusa.
El mismo Cacciari recuerda que la expresión de ojo solar
"puede llegar a contemplar el sol, aun sin ser el sol. Aunque
distantes, el ojo y el sol se ven. Lo que
queda eliminado es la distancia física". De la misma
manera, Bavcar, como ciego, emplea la figura celeste de la luna
y una ambigüedad lumínica.
El El ojo lunar
contempla desde su oscuridad aquello que borra las distancias y
se queda en un punto neutro. El proceso es en apariencia simple:
lo visible admite la invisibilidad. La otra cara de aquello que
se contempla, ahora lo que queda es el gran vacío, la enunciación
que hace visible la estatuaria del ángel, pero que en realidad
lo que aparece en el encuadre es la huella de una invisibilidad,
de una "mirada" ciega que permite que todo se concentre
en lo ininteligible, en aquello que está en otra parte. En
la cual el espíritu descree de la imagen. El ángel
está invocado pero lo que vemos en su figura hierática
es la exaltación de un límite; entre lo que se hace
visible en su carácter terrenal y lo que flota y desaparece
en su carácter angélico. Bavcar suscita la experiencia
del artificio que es puente para llegar a la otra orilla, al imaginario
en donde el ángel es eterno retorno, espejo en el que nos
miramos para descubrir que la medida del ángel es su falta
de límites. La belleza aterradora del ángel rilkiano
en Bavcar es búsqueda luminosa. Aparece en sus imágenes
un Querubín, mientras que en otra fotografía el ángel
está posado en la costa italiana. Rilke incluso escribió:
"Recogemos la miel de lo visible." Condena inefable para
el que ve y para el ciego: las figuras se acomodan en el tamiz de
la fotografía, bajo ese velo que sirve de filtro para incluir
y excluir imágenes. Los ángeles de Bavcar admiten
su derrota: son figuras aladas que persisten en su utopía
de ser en lo imposible, de regodearse en su silencio, en la insensatez
de su representación plástica.
Nueve.
Paul
Nizan anotaba que "un viaje es un juego de desapariciones".
¿Qué significa el paisaje en términos de un
fotógrafo ciego? Las ciudades conservan olores característicos,
los campos cambian su fragancia y los climas otorgan una sensibilidad
que precisa un entorno. Las desapariciones están dadas por
ese trayecto en el cual todo es fuga. Para el que ve los hechos
quedan reducidos al encuadre de la ventana de un tren en marcha,
del parabrisas de un automóvil que se desplaza o del avión
que transita en las alturas. La contraparte es el reposo, el freno
que se impone el viajero: el tiempo de las contemplaciones. El ciego
descree del itinerario que se contenta con el registro de los monumentos
y plazas nacionales, de los sitios de interés que pronto
dejan de serlo, de la aburrida parafernalia que significa el turismo
contemporáneo. El viaje del ciego tiene los matices de la
subjetividad.
Merleau-Ponty
dirá que "lo sensible me devuelve aquello que le presté,
pero que yo había recibido ya de él. Yo que contemplo
el azul del cielo, no soy ante el mismo un sujeto acósmico,
no lo poseo en pensamiento, no despliego ante el mismo una idea
del azul que me daría su secreto; me abandono a él,
me sumerjo en este misterio, él se piensa en mí,
yo soy el cielo que se aúna, se recoge y se pone a existir
para sí, mi conciencia queda atascada en ese azul ilimitado.
Pero el cielo no es espíritu, y ¿qué
sentido puede tener decir que existe para sí? Verdad
es que el cielo del geógrafo y del astrónomo no existe
para sí. Pero del cielo percibido o sentido, subtendido por
mi mirada que lo recorre y lo habita, sí puede decirse que
existe para sí, en cuanto que no está hecho de partes
exteriores, que cada parte del conjunto es sensible
a lo que ocurre en todas las demás".
Bavcar es
un viajero que plasma extrañezas en sus fotografías.
Tiene la virtud que evade los lugares comunes de la tarjeta postal
o de las imágenes reiteradas e insustanciales que consigue
el turista. El artista ciego capta el paisaje y lo hace en un para
sí, en donde cada fragmento es un punto sensible que se conecta
con un continuo, sin las rasgaduras habituales que supone el ver
los cortes y las diferencias, el entramado de colores y las sugerencias
visuales de un lugar determinado.
Bavcar está
en Venecia y la habita desde la oscuridad de su mirada. La otrora
ciudad ducal es imagen borrosa con una paloma que se cuela en el
encuadre; otra es la Venecia que se pierde en las negruras de un
entorno industrial; o la ambigüedad de una góndola perdida.
Bavcar establece el para sí con eficacia. Fotografía
lo que ha sido y es recurrencia atroz, sólo que él
le da la vuelta; la observa sin verla con el azoro de quien mira
"la desaparición" de algo. Los edificios, la laguna
y todo está frente a él, en su grandeza y en su depredación
visual. El ciego asume sus condiciones y va tras el eco de "su"
Venecia; de "sus" aguas, de "su" plaza de San
Marcos. La subjetividad es el salvavidas: la mirada interior que
busca en la "desaparición" un basamento. Algo así
como la captura de un instante en donde todo entra en un remolino
y termina por perderse; sin embargo, Bavcar aprovecha esa sucesión,
ese transcurrir sin descanso para conformar un paisaje que sólo
a él le pertenece. Bachelard aclaraba que "imaginar
es deformar". Bavcar suscita las deformaciones. El mérito
consiste en hacer del imaginario un encuentro del para sí,
en donde todo es interioridad. Algo semejante a lo que ocurre con
un menor que se acerca a la fotografía con una cámara
rudimentaria de la que desconoce los pormenores de la técnica
elemental. El acto fotográfico carece del logos necesario.
Aun así el aficionado que captura la gestualidad alterada
de un felino doméstico está en ese terreno de las
admisiones a un imaginario en el cual todo es hallazgo. Bavcar ignora
aquello que está frente a sus ojos. Se valdrá de otro
para que le explique el paisaje y creará su microuniverso.
Del mismo modo, el que toma una fotografía por primera vez
proveerá a su imaginario de una sugerencia. Más tarde
confirmará o borrará de sus expectativas ante aquello
que estaba en el filo de su acercamiento visual a una realidad compuesta
de partes exteriores. En cambio, Bavcar lo que hace es otorgarle
un carácter de neutralidad a aquello que parece concreto
y tangible. Desde esa mirada interior todo puede desvanecerse, convertirse
en imagen que puebla un túnel o en parpadeo que apenas si
ilumina algunas zonas de lo que fotografía. En ambos casos,
entre el aficionado y el fotógrafo ciego la única
afinidad es el hallazgo de la deformación. La voluptuosa
verdad que aparece cuando se le convoca y que adopta diferentes
aspectos. Bavcar es el hombre que insiste en las imágenes
hasta dominar una forma de acercarse a ellas. Por ello sería
útil hacer una referencia más a Merleau-Ponty: "Decir
que tengo un campo visual, equivale a decir que, por posición,
tengo acceso y apertura a un sistema de seres, los de una especie
de contrato primordial y por un don de la naturaleza, sin ningún
esfuerzo por mi parte; equivale a decir, pues que la visión
es prepersonal lo que, al mismo tiempo, equivale a decir que
es siempre limitada, que siempre se da, alrededor de mi visión
actual, un horizonte de cosas no vistas o incluso no visibles. La
visión es un pensamiento sujeto a cierto campo, y es a eso
que se llama un sentido." ¿Qué ha hecho Bavcar
en su trayectoria fotográfica? Sin lugar a dudas otorgarle
un sentido a su mirada interior.
Andrés de Luna, "Desapariciones",
Fractal
n° 15, octubre-diciembre,
1999, año 4, volumen IV, pp. 21-32.
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