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El escepticismo de Dante inaugura la tradición melancólica del Renacimiento ese orden sentimental que Roger Bartra encontró también en el Siglo de Oro (El Siglo de Oro de la melancolía, México, 1998). Tal vez así se explica su doble inclinación por la poesía y por la ironía. A esta conjunción se deben algunos de los hechos notables que reúne la Divina Comedia: la denuncia de Santo Tomás por haber reducido ¿o rebajado? a los dioses griegos al género de la fábula o del mito; la invención del infierno, cuya geografía desconocíamos antes de Dante; la vindicación del amor de Francesca y Paolo, que fue adúltero; la convicción de que la poesía está en todas partes, incluso ahí donde los hombres y las mujeres se consumen en las llamas del mal. Nietzsche, que profesó la misma filosofía, lo llamó malísimamente una "hiena que versifica frente a los sepulcros". Es una imagen incomprensible. La Comedia habla del infierno como otra estación probable de la vida, no de la muerte. Al referirse al tormento, dice: "el dolor que Francesca se infringió a sí misma". El castigo de la amante, que ha sido impugnado en tantas ocasiones, aparece como un autocastigo. En cambio, Milton, menos crédulo, encontró en la Comedia una "parodia de los cielos".
Dante descubrió
en la Odisea un diálogo entre los griegos y sus dioses.
Esta visión contrasta con la que propagó la tradición
nominalista. Santo Tomás leyó en la épica de
Ulises y la disputa por Troya fabulaciones y mitologías que
se acercaban más a la tragedia y a la literatura que a una
escritura sagrada. La Iglesia adoptó esta lectura como un
decreto. Momigliano sostiene que fue una manera eficaz de descartar
el politeísmo griego sin descartar a Homero y a la Odisea.
Más recientemente, Yerushalmi secundó esta hipótesis.
Cuando se trata de mitos sagrados la distinción entre religión
y mitología se vuelve necesariamente sospechosa. A través
de la Odisea se atestiguan mitos; a través de la Biblia
o el Corán, dioses. Ver también es un procedimiento
textual.
Michel de Certeau
mostró en la Fábula mística que la nominación
medieval de las diversas narrativas es decir, su partición
institucional fue una herramienta esencial para propiciar
la sacralización de ciertos géneros y la desacralización
de otros. En el orden del nominalismo, el universo religioso fue
acotado por una suspensión radical de la duda en ciertos
textos. La canonización de la escritura tiene sus orígenes
en este acotamiento. La mitología, en cambio, devino una
suerte de limbo entre los dioses y el mundo profano; una religión
pagana, irreal, literaria. Lo asombroso de la Biblia es que Dios
parece ahí real.
Si la sospecha
de Dante sobre la existencia de Homero fue de orden teológico,
ello se debe a otra sospecha: en el 400 Dios no tiene rostro, tampoco
su autoría. Además, hubo siete ciudades griegas que
reclamaron la ciudadanía de Homero. Demasiadas, dice Borges,
para un solo hombre. Shakespeare, Milton, Schelling y el propio
Borges divulgaron y acrecentaron la duda. El siglo XVIII empleó
sus propias herramientas para disiparla: los viajeros, los árboles
genealógicos y las tablas filológicas. Como en la
leyenda del viaje a Ítaca, encontraron todo menos lo que
se proponían encontrar. Schelling se esmeró también
en el tema para refutar la escisión que propuso Hegel entre
historia y literatura. Hubo entre los románticos una corriente
que se negó a separar la escritura del mito de la historia.
Le siguieron, en el siglo XIX, las excavaciones
de los primeros arqueólogos, la taxonomía gramatical
y esa disciplina excéntrica y desaparecida que fue la Völkerpsychologie
(psicología de los pueblos). Cada búsqueda hurgó
en (y postuló a) su propia versión de Homero: los
taxonomistas del lenguaje, a un héroe o una dispersión
gramatical; Schelling, a la soledad de un intelectual que inscribió
la identidad de una comunidad, la Hélade; los arqueólogos
y los antropólogos alemanes, a una herencia del Indostán
ario trasmutada en un filósofo griego. Homero, al que nadie
vio, se negó a hacerse visible. Es curioso observar a los
arqueólogos y a los lingüistas contemporáneos
seguir hurgando en las arenas del Peloponeso. ¿Qué
buscan?
Tal vez Dante
y Milton, un poeta ciego, tenían razón: Homero es
una sombra o un sueño; un espejo, no una historia. Una sombra
que cifró su propia existencia: el sueño de un intérprete
que descifra el laberinto de Aries. No un hombre ni tan sólo
un nombre, sino algo más: una imagen. ¿Pero
qué es una imagen sino un nombre seguido de un misterio?
"Cada árbol sabe en la espesura de los árboles
cuál es su nombre...", escribe Francisco Segovia. ¿Lo
sabe? Si existió o no existió Homero es un dilema
que habla de los límites de la vista o de lo que resulta,
a través de la e-videncia, decible, visible, ya sea con los
ojos de la duda teológica o con los de la duda razonable
de Schelling. Ese cúmulo de griegos que llamamos Homero se
hizo evidente sin ser visible. Quien se asoma a esa imagen confirma
la certeza de la ceguera.
Cabría
suponer que la pregunta correcta es la inversa: ¿qué
huella fija, al datar el origen de una tradición, un autor
sin historia? Nietzche pensaba que el origen de Occidente se remontaba
a dos textos: la Odisea y la Biblia. De ser cierto, la mitad
de Occidente descansa sobre un fantasma. La historia de la imagen
de Homero prueba que la relación entre la ficción
y la realidad es aleatoria. Pero la postulación de la realidad
pasa no tanto por la ficción del deseo sino por el deseo
¿o la necesidad? de ficción: vemos lo
que imaginamos ver, el deseo siega la traza de la vista. Acaso la
imagen de un nombre sin rostro ni rastro acabó
por cifrar el sueño o la alegoría de un intérprete
que nos interpreta desde... la oscuridad.
II
La historia
de una imagen se asemeja a la de una ciudad: una geografía
en construcción perpetua. La imagen que Dante traza de Homero
reaparece en el poema de Milton, y hay vestigios de ese poema en
la disquisición de Schelling. Freud empleó la arbitraria
sucesión de estilos y arquitecturas que distinguen a Roma
como una metáfora de la formación del inconsciente.
Acaso hubiera sido más correcto pensar en Cartago o en Troya,
ciudades fantasmagóricas, guerreras, a las que nadie volvió
a ver. Sin embargo, la noción de "construcción"
es polémica. Una imagen no tiene una arquitectura, un plan;
no descansa sobre una "estructura". Es huidiza y furtiva;
la define una relación o, mejor dicho, una fabulación
entre lo imaginado y quien lo imagina. La imagen no está
ahí: acontece en quien ve e imagina. Es un espejo interior,
no exterior. Y como toda relación, su origen se halla en
un relato. Vico escribe, con cierta sin razón, que
sin la Odisea los griegos jamás hubieran conocido
la noción de tragedia. Lo mismo se puede decir de Platón,
la política y la República. Con frecuencia
se olvida el sentido original de la palabra "relación";
es decir, el relato ordenado y casi siempre dirigido a una
autoridad de una sucesión de "hechos". (Es
notable que se utilice el término relación
para designar indistintamente al amor y a la opresión.) Afirmar
que la noción más próxima a la de "relación"
consiste en la fabulación supone una redundancia.
La fabulación
más elemental es acaso un hecho. Wittgenstein dice:
"los hechos que acontecen son el mundo". El historiador,
que formula el pasado, se resigna a saber que un "hecho"
no es más que algo de lo que muchos hablan a la vez: una
aparición religiosa, la caída de un monarca, el enemigo
que no invadió o un cometa que nunca pasó. Datar significa
finalmente: fabular, propiciar sentido, historiar. La historia fija
un relato de imágenes, un relato de relatos que vuelve y
se narra sin término ni dirección precisas. Un punto
imaginario de apoyo: un centro o, mejor dicho, un centramiento que
marca la duración del tiempo. En cambio, una "construcción"
deviene sin remedio finita, corpórea, fija: arcilla, piedra,
escultura. El tiempo es a una imagen lo que la arena, el polvo,
a una "construcción": material en estado de tránsito.
Permanece el polvo.
La profecía
en la que Walt Whitman recrea su propia y fantasmal imagen a través
del "libro" que transita de mano en mano con el material
de su poesía se acoge a esta oposición:
¡Camarada!
Este no es un libro;
El que me toca, toca a un hombre.
(¿Es de noche? ¿Estamos solos aquí?...)
Te quiero, me despojo de esta envoltura.
Soy como algo incorpóreo, triunfante, muerto.
Un fin que
siempre comienza: ...algo incorpóreo, triunfante, muerto.
Hay traductores que olvidan la puntuación de esta progresión.
Con ella Whitman quiere acentuar, acaso para hacerlos más
esclavos de sí, los estados irreconciliables de la quimera
de la memoria: un cuerpo incorpóreo, una imagen finita sin
fin, y que el libro traduce en el encuentro furtivo de una
noche. La fábula de lo real. Alguien que en la intimidad
nocturna se aproxima a un espejo el libro para preguntar(se):
¿Estamos solos aquí?
III
En el juego
de los espejos, una imagen acontece como un relato sin fin. La fábrica
moral de la historia prueba las inverosímiles variaciones
que puede adoptar este hecho. La travesía de la fotografía
anónima que capta a cuatro desafiantes mujeres en el pórtico
de un tugurio en el centro de la Ciudad de México hacia 1906,
reitera el asombro que producen las modalidades de un relato visual.
En Retratos de la ciudad, el álbum de daguerrotipos
y fotografías que publica la Casa Aguirre en 1908, la leyenda
al pie de la foto propone una pedagogía de la demarcación:
"Los bajos fondos, la ciudad." Hay un extraño automatismo
en el imaginario victoriano que homologa al erotismo con los ídolos
de la marginación. Diez años más tarde, en
1918, el diario El Universal transformó la misma imagen
en un objeto de la transcripción revolucionaria. La leyenda
al pie, ahora ideológica, propone un nuevo (y negro) pasado:
"Prostitución en el porfiriato." El poder del relato
textual cerca al relato visual: lo figura y lo desfigura. La videncia
deviene una metáfora lejana y dócil asombrosamente
dócil de lo que se lee; casi una invidencia. El escriba
comete una aporía: prescribe la transparencia, es decir,
la e-videncia. Finalmente, una palabra dice más que mil imágenes.
Sobre un "pie" la imagen transita de un significado a
otro.
En los años
treinta, la nacionalización de las masas que prosperó
durante el cardenismo trajo consigo la nacionalización de
los cuerpos. En Recuerdos de la metrópoli (1939),
uno de los primeros libros fotográficos de Editores Mexicanos,
el crepúsculo erótico es una farándula patria:
"México de noche." El nuevo "pie" anima
a las cuatro mujeres de la foto. Todo o casi todo cabe bajo el cielo
de la patria. En el porfiriato, lo popular es sórdido y animal;
en el cardenismo, festivo y alegórico. La pirámide
moral se ha invertido. Los ídolos de la perversión
aparecen no en el fondo sino en la cima de la escala social.
Medio siglo
después, las primeras remisiones de la revolución
feminista procuran en las páginas de Fem una nueva
versión que confirma y amplía esta inversión.
Esta cuarta aparición reclama una veneración: "Mujeres
trabajando." Afirmar que la homologación entre el trabajo,
la igualdad y la dignidad es antigua y se remonta a la reforma luterana
del siglo XV, reitera un hecho común. Max Weber mostró
que la diseminación de la ética del trabajo fue la
marca distintiva y decisiva del capitalismo occidental. Cabría
pensar si esta conclusión puede extenderse a las diversas
variantes de la modernidad. Los modernos profesaron la fe en el
trabajo como un hecho religioso: un credo revestido con los ropajes
de la razón. En el mundo moderno, los oficios de la vocación
han sido un símil, a veces caricaturesco y a veces monstruoso,
de los oficios de la redención. El culto al trabajo devino
un hecho autorreferencial. Los santos de esta devoción se
llaman Taylor y Ford, Stachanov y las Brigadas del Trabajo de Mao
Tse Tung. Son santos que llevan un martillo en la mano. El feminismo
ha democratizado este paraíso para las mujeres.
La distinción
entre una imagen visual y una imagen textual es deliberada y meramente
formal: toda imagen es visual y textual a un mismo tiempo. Según
el grado de su eficacia expresiva, se dice con frecuencia que una
pintura o una fotografía "habla por sí misma".
La Estética de Croce parte en gran medida de este
silogismo. Lo que se dice en realidad es que una imagen admite un
número indefinido de interpretaciones. La fragilidad de la
videncia reside en esta libertad. La imagen y el rótulo:
en el transporte de un significado a otro la imagen pierde el habla
de sí misma. La impostura sufraga una aporía, y su
testigo permanece mudo. De ahí una ecuación elemental:
la imagen es a un relato lo que la e-videncia a una construcción.
Toda la labor
de la "política" de la e-videncia sucede en este
transporte.
IV
La especulación
sobre la ceguera de Homero se ha acrecentado con el tiempo. Las
razones son varias y han sido pormenorizadas en el libro de H. G.
Sanders, Poetry and faith. No hay nada que agregar a este
abundante estudio. Cabría detenerse acaso en dos opiniones
encontradas que confirman la discusión. La primera se debe
a Oscar Wilde que, como los troyanos, desconfiaba de los griegos.
Escribe Wilde: "Los griegos sostuvieron que Homero era ciego
para significar que la poesía no debe ser visual, que su
deber es ser auditiva." En otras palabras, los cronistas griegos
habrían representado a Homero como un poeta ciego de manera
deliberada. La segunda es de Borges y se opone en cierta manera
a la de Wilde: "Las tradiciones son unánimes en mostrarnos
un poeta ciego; sin embargo, la poesía de Homero es visual..."
Dos veces propone esta afirmación un alegato mayor: la primera,
a través de la vindicación, no exenta de cierta devoción
de una tradición unánime; la segunda, mediante la
interjección sin embargo. Es evidente que a Wilde
le preocupaba menos la ceguera de Homero que la textura de la poesía.
Su pregunta se remonta al contrapunto oculto de la escritura: ¿qué
hace de un poema una evocación musical? A Borges, en cambio,
lo intriga la posibilidad o la paradoja de un poeta ciego que escribe
poesía "visual". Un asombro que lo acompañó
a lo largo de toda o casi toda la vida.
Los secretos
del poet´s talk, esa sabiduría práctica
y antigua de la escritura, desbordan la humilde condición
de este historiador. Pero ¿es necesario discernir entre una
poesía visual y otra auditiva, musical? ¿Qué
se dice cuando se habla de que un poema debe "sonar",
que debe evocar la peculiaridad de la "música"?
Al hábito de la esperanza se refiere la clave en la Odisea
que confirma uno de los orígenes de este dilema. La homologación
entre el canto y la poesía aparece en ella desde el principio:
"los dioses tejen desventuras para los hombres para que las
generaciones venideras tengan algo que cantar." La noción
del cantar es todo menos elocuente. No hay nada en la poesía
que la acerque al contrapunto musical, ni tampoco al laberinto de
la estructura melódica. Se trata de una metáfora,
¿pero de cuál?
Al mundo que
habita Homero lo dominan la tradición oral y la música
o, mejor dicho, el canto. El (que) escucha se halla en su centro.
El texto y la imagen son accidentes o raras obras de arte, y la
lectura es un lujo o un acto marginal. El lector, que se cuenta
entre pocos y elegidos, aparece como un iniciado en un oficio que
más tarde será un monopolio de escribas. No se ha
escrito todavía una historia de la lectura en alto, que alcanza
desde el místico arte de la misa al del tribuno político.
Sería una historia de la entonación, la postura y
el desempeño teatral y musical del lector: la poética
como performance. En rigor, los textos eran escritos para
ser leídos en alto, para ser dichos. Debían "sonar"
como pueden sonar los salmos o las predicas, que evocan el misterio
de la gracia, o la oratoria política destinada a seducir
o embrutecer audiencias públicas. Dos siglos y medio antes
de Cristo, en Atenas, Wilde habría escrito diálogos
como Platón, y Nietzsche habría pronunciado discursos,
como Sócrates, sin sentir la necesidad de ponerlos por escrito.
Una derivación
más radical se halla en el Cantar de los cantares,
que es otro texto de poesía épica Escribe Salomón:
"Dios, que llega a través de la música..."
Por su orden narrativo, la poesía épica quiso ser
una relato que desplegara el mundo sagrado a través de una
historia profana: la historia de una nación. O dicho con
otras palabras: una representación de la historia como una
búsqueda de lo sagrado.
La peculiaridad
de la Odisea y la Biblia consiste en que refieren esta búsqueda
a través de la trama de la Ley de los hombres, es decir,
una trama que convierte al vínculo entre lo profano y lo
sagrado en una relación dilemática, abierta a la interpretación.
O si se prefiere: en un "problema" En ambos textos, la
mundanización del territorio religioso transforma a todo
acto profano en una historia expuesta al desciframiento. ¿Cumplen
o no cumplen los hombres y las mujeres con los mandatos de la divinidad?
¿Representa la Ley un orden o una expeción? La Odisea
extendió esta duda a los límites de una epopeya. Y
dejó sin pronunciar ese algo, inasible, que está más
allá del tejido que entrelaza a sus protagonistas y que les
da sentido: ¿el oscuro objeto de la divinidad? En la metáfora
musical del "canto" se puede sospechar el probable material
de esta contradictoria conjunción. Platón contribuye
a esta sospecha cuando quiere que pensemos en la poesía de
la misma manera que pensamos en la música: esa cosa, liviana,
alada y sagrada
Como Homero
y Salomón, los románticos creyeron ver ¿o
quisieron ver?- en la poesía un acto dotado con una
singularidad auditiva. El "de la musique avant toute chose"
de Verlaine recuerda la consigna que movilizó a una experiencia
estética entregada a secularizar la estructura profunda de
los órdenes de la trascendencia. La lectura que hizo Wilde
de Homero se refería, por supuesto, a su admiración
por Verlaine, y no tanto a las vicisitudes de la poesía en
la Antigüedad. En principio, la noción del "cantar"
que inspiró a la poesía antigua guarda una relación
vaga o nula con la metáfora de la "música"
que sedujo a los poetas románticos. Como Óscar Wilde
y Borges, Verlaine habita en un mundo dominado por la escritura
y el texto. En su centro, se halla no un escucha sino un lector,
o mejor dicho, un lector solitario. La poesía abandona las
reglas del teatro y de la conversación y abraza las de la
lectura en silencio. Hermann Wiegand pintó varias veces la
escena de un hombre que lee y cavila al pie de un árbol iluminado
por un haz de luz. Herder encontró el nudo de lo sublime
en esta imagen. Fue acaso Kant el que descifró la clave de
lo que quería decir Verlaine. Para el filósofo alemán,
la Ilustración consistió en un movimiento doble y
contradictorio: de un lado, la proliferación o la partición
de saberes especializados que se alimentan de sí mismos;
del otro, la euforia. Ese sentimiento que más tarde habrían
de proveer la música orquestal de Bethoveen y la poesía
épica y nacional de Heinrich Heine. Dice Kant: "la euforia
del Espíritu."
El material
simbólico que une a Kant y a Verlaine aguarda todavía
una exploración meditativa. Pero es notable que la expresión
poética de la épica de la Ilustración haya
acudido a la veneración musical cuando, como la Hélade,
quiso fundar la leyenda del hombre en la historia y la Ley y no
en la cólera de los dioses. Finalmente, los hombres se acercan
y se alejan de la divinidad de manera intermitente. ¿Acaso
prosperó en la Hélade una propensión a postular
al mundo de manera secular, a liberar a los dioses de sus cadenas
en la tierra?
La noción
de "poesía visual" es más intrincada y no
aparece, a saber, en la tradición clásica. Tal vez
Wilde y Borges querían decir poesía en imágenes
o el arte de la figuración. Que la escritura de la poesía
pueda proceder como una sucesión de imágenes, a semejanza
del cinematógrafo, es un hecho que supone la posibilidad
de ordenar el lenguaje en entidades discretas o discontinuas. Sin
embargo, la paradoja que propone la definición de Borges
no reside tanto en los procedimientos de la escritura como en la
peculiar circunstancia de quien la afirma: un poeta ciego o casi
ciego. La desaveniencia entre el método y su ejecutante sugiere
el menor de los problemas de esta aparente circunvección.
Ver, lo dijimos más arriba, es una operación que significa
a la vista, no que se reduce a ella.
Un problema
mayor, y de mayor trascendencia, consiste en afirmar que la poesía
persigue el fin de la descripción, como lo persiguen la prosa
de Gibbon, el ojo de Mondrián o un retrato hablado. La insalvable
distancia que separa a estas realidades es tan sólo aparente.
Hay un sentimiento que permite imaginar el recodo en el que se encuentran
como se pueden encontrar dos amantes que nunca imaginaron serlo.
Me refiero, por supuesto, al destello de la intimidad. La intimidad
de los hombres y de sus gestas que nos aguarda en la imagen con
la que Gibbon describe al Atila victorioso: "Después
de la partida de los godos y la separación del ejército
aliado, Atila se maravilló del vasto silencio que reinaba
sobre los campos de Chalons...". La intimidad de las cosas
y de la naturaleza que nos depara la pintura de Mondrián.
La intimidad de la luz que proporcionan ciertos versos del Otro
poema de los dones escrito por el mismo Borges, acaso el poema
más visual que conoce el español, y que dicen así:
"Gracias quiero dar al divino/Laberinto de los efectos y de
las causas (...)/Por el fulgor del fuego/Que ningún ser humano
puede mirar sin un asombro antiguo(...)/Por el misterio de la rosa/Que
prodiga color y que no lo ve(...)/Por el oro que relumbra en los
versos."
V
En el dogmático
esquema de los sentidos, la tradición occidental le ha deparado
a la vista los atributos de un poder central. La versión
más antigua de esta proposición data de la Metafísica
de Aristóteles, que comienza con las siguientes líneas:
Todos los
hombres tienen naturalmente el deseo de saber. El placer que nos
causan las percepciones de nuestros sentidos son una prueba de
esta verdad. Nos agradan por sí mismas, independientemente
de su utilidad, sobre todo las de la vista. En efecto, no sólo
cuando tenemos intención de obrar, sino hasta cuando no
nos proponemos ningún objeto práctico, preferimos,
por decirlo así, el conocimiento visible a todos los demás
conocimientos que nos dan los otros sentidos. Y la razón
es que la vista, mejor que los otros sentidos, nos da a conocer
los objetos, y nos permite descubrir entre ellos un gran número
de diferencias.
Es sólo
el comienzo. Toda la labor de la Metafísica reside
en desalentar la condición de naturalidad de los privilegios
de la vista, hasta concluir decretando que la "esencia"
de las cosas y de los hombres se halla separada de su "existencia",
que es una realidad "no-visible" más allá
de la propia realidad y el objeto central de la comprensibilidad
del mundo. Demócrito de Abdera convirtió a su vida
en un programa de este sueño: se arrancó los ojos
para poder ver la realidad. ¿Proviene de esta peculiar y
sospechosa escisión entre la "esencia" y la "existencia"
la radical leyenda de la ceguera como un atributo profético?
ilansemo@hotmail.com
Ilán Semo, "La
fragilidad de la e/videncia",
Fractal
n° 15, octubre-diciembre,
1999, año 4, volumen IV, pp. 67-80.
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