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Nada de guerras, nada de expediciones ni conquistas, nada de tratados memorables. De la Villa y Corte fueron ausentándose paulatinamente las embajadas con la cola de su boato, los festines levíticos, los dimes y diretes palaciegos, las corridas de toros, el fandango, el deporte de rebanar en dos mitades a un cristiano con una sola estocada de florete. ¿Duelos? Los únicos que estuvo permitido celebrar fueron los mortuorios. Las plañideras reemplazaron a los padrinos de armas. En cuanto a las demás distracciones, no hubo olé que valiera.
De la serenidad casi angelical que irradió el reinado de Fernando VI, justo es señalar que no todo sería aburrirse. El duro bregar en las labores de cada quien y el pago puntual de los impuestos trajeron consigo dinerillos extras. ¡Oh, milagro! De pronto, las arcas del Ayuntamiento rebosaron a manos llenas, cosa insólita que no había sucedido desde su fundación por Alfonso XI. El segundo milagro, todavía más increíble, consistió en que el monarca decidió emplear esos dinerillos para realizar mejoras públicas, y no embolsárselos, como suelen ciertos gobernantes del ayer, del hoy y del mañana.
Por orden de Su Majestad, los vecinos dejaron de arrojar porquerías desde ventanas y balcones al grito de "¡agua va!", advertencia que llegaba con media hora de retraso. Faroles aparecieron en muchas fachadas. Se remozó el empedrado de las vías con mayor tránsito. También por orden de Su Majestad se multó a los dueños de animales de pocilga y de pesebre que anduvieran sueltos en las calles. Hubo pocos edificios religiosos que se levantaron. El convento de las Salesas Reales, la iglesia de San Marcos, y paremos de contar.
Otra idea de mucho mérito, dedicada al solaz de los humanos y al cultivo de plantas exóticas, fue el antiguo Jardín Botánico, situado en el Soto de las Migas Calientes, a orillas del Manzanares.
Ya en el colmo de la generosidad, Fernando VI obsequió a los historiadores futuros un mamotreto colosal. El rey lo encargó, y Nicolás Churriguera, arquitecto responsable del equipo, se puso a trabajar. Me refiero a la recopilación de planos y dibujos reunidos en el Registro y Planimetría de la Villa. Doce tomos, más gruesos que tabiques, contenían el número exacto de casas en el Madrid de esa época, su perímetro, cuántas había por manzana, su estado de conservación, valor catastral, origen de cada propiedad, y otras minucias. El título es tan extenso como extensa es la ciudad cuyas tripas describe. Ahí va: Planimetría general de la Villa de Madrid y visita de sus casas, asientos y razón de sus dueños, sus sitios y rentas, formada de orden de S.M. por la Regalía del Real Aposento de Corte, a virtud de la Real cédula fechada en San Lorenzo a 22 de octubre de 1749, refrendado por don Cenón Somodevilla, marqués de la Ensenada.
Y a propósito
del marqués Zenón, quien ocupaba el cargo de ministro,
su caso alegró a los madrileños, sacándolos
un poco del letargo en que vivían. Alguien averiguó
que los dinerillos extra del Ayuntamiento desaparecían en
la misma proporción y cantidad en que los dinerillos personales
del político se multiplicaban. El asunto se ventiló
en pasquines y en recriminaciones callejeras. La voz del pueblo
alcanzó los oídos del rey entre sonata y sonata que
maese Scarlatti interpretaba para la real pareja en Aranjuez. Fernando VI hizo una rabieta del tamaño del
Registro y Planimetría, o quizá más grande.
Don Zenón fue destituido de inmediato, su patrón lo
dejó con la ropa que llevaba puesta, y lo echó de
patitas en el destierro. Que conste: Fernando VI era bonachón, pero no pendejo (o gilipollas, según
de qué lado del Atlántico estemos). Trece
años de calma volaron, y lo nuestro es pasar. Un día
los madrileños amanecieron con la noticia de que la reina
doña Bárbara yacía postrada en su lecho de
muerte. El doctor Piquer, médico que atendía los achaques
de los reyes, guardó sus instrumentos cirujanos en el maletín,
declarándose vencido. Ninguna ciencia podría curarla
de los tumores que le desfiguraban el cuerpo. Doña Bárbara
terminó sus días haciendo puf y ascos, y luego entregó
el espíritu. Ni modo. Dios se la había dado a don
Fernando, y Dios se la quitó.
El rey
quedó desolado, hecho una piltrafa. Ya dije antes que era
hombre de su hogar. Se volvió entonces huraño, grosero.
Tras enterrar a su esposa en el coro de las Salesas Reales, abandonó
el palacio de Aranjuez y se mudó al castillo de Fuenterrosada.
Enclaustrado en esa prisión voluntaria, no se cansaba de
gritar, se rasgaba las vestiduras, se abofeteaba para despertar
de lo que él creía era una pesadilla, daba besos al
fantasma de doña Bárbara, se ovillaba en un rincón
para que el sol, a través de los ventanales enrejados, no
lo viera enloquecer. El doctor Piquer, en un desliz afrancesado,
le diagnosticó chagrin d amour, o pena de amor
no correspondido. El estado de salud del monarca, de por sí
grave, se agudizó considerablemente a causa de no haber evacuado
aguas mayores durante treinta y tantos días y sus noches.
Con el vientre a punto de reventar, largando gases y petardos, entre
carcajadas histéricas, insultos a don Zenón y arrumacos
al fantasma de su mujer, falleció a principios de un agosto
tórrido. Triste final para un rey tan comedido en los placeres
del comer y del beber. Sus restos fueron también sepultados
en las Salesas Reales. El pueblo de Madrid lo veló con muestras
de dolor sincero. Rogó a Dios que lo tuviera en su gloria,
y apuesto diez mil pesetas que lo tiene, porque Dios siempre escucha
lo que el pueblo de Madrid le pide. Amén.
Apenas
regresó Carlos III de Nápoles y subió al trono,
la vida madrileña se animó. Para ventaja de la capital,
el nuevo rey era madrileño de pura cepa. Al ritmo de su batuta,
el jolgorio se apoderó nuevamente de la Villa y Corte. Volvió
el fandango, el olé, el chato de la una con tapa de morcilla
y los churros de las seis. Todo capitalino que se preciara de serlo,
dejó atrás la placidez hogareña, yendo de taberna
en garito, de garito en figón, hasta el alba del día
siguiente. No por quedar viudo al mes escaso de concluir los festejos
de su coronación, Carlos III tiraría al cesto de la
basura los proyectos que le rondaban la cabeza para embellecer la
capital. Su temple, su trapío madrileño, le ayudó
sin duda a superar la pérdida de doña María
Amalia, nativa de Sajonia, a quien guardó perpetua fidelidad.
En efecto, como diría San Agustín, el monarca renunció
en lo sucesivo a los deleites carnales con mujer. Que se sepa, tampoco
los tuvo con hombre. O sea, llevó vida de Gran Onán.
Una de
las primeras medidas que dispuso fue adecentar el aspecto de Madrid.
Juzgó que no bastaba lo hecho por su hermano, Fernando VI.
Los vecinos de la Villa y Corte, sin distinción de clase
o apellido, se vieron obligados a limpiar por fuera y por dentro
de sus casas. Armados con escobas, cubetas, plumeros, lucharon a
brazo partido contra la suciedad. Lo hicieron, es verdad, a regañadientes,
pues no estaban acostumbrados a tales excesos. Arrancaron telarañas
de los rincones, barrieron el cagajón de los patios, desempolvaron
repisas, pulieron los pomos de barandales y fregaron baldosas. Para
evitar que alguien desobedeciera el mandato de Su Majestad, se organizó
una tropa de alguaciles encargada de vigilar periódicamente
las faenas de aseo. A los propietarios se les exigió poner
canalones a lo ancho de las fachadas, instalar conductos para el
agua de las cocinas, y cavar sumideros para los residuos fecales.
El número de faroles que ya alumbraban por iniciativa de
Fernando VI, se triplicó.
Otra medida
importante fue crear el Cuerpo de Inválidos. El nombre, es
cierto, despista. Quienes ingresaban en él no eran tullidos
ni era el Cuerpo un Ejército de Salvación. Sus miembros
recibían un salario honorable para cuidar la seguridad pública
día y noche. Andaban a la caza de rufianes y escandalosos
que alteraran las buenas costumbres civiles. Cuando descansaban,
lo hacían acuartelados en dos casonas. Una, en la Puerta
del Sol; la otra, en la Plaza de Santo Domingo.
A la par
de esta ronda, sobrevivía desde los tiempos de Fernando V
otro grupo de guardias, un vestigio cavernícola, una verdadera
pieza de anticuario. Era La Santa y Real Hermandad de María
Santísima de la Esperanza y Santo Celo de la Salvación
de las Almas. ¿Acaso puede haber en el planeta algo más
castizo? Los madrileños la apodaban Ronda del Pecado Mortal.
Cumplía la delicada tarea de recoger a las prostitutas arrepentidas,
ofrecerles un plato de sopa caliente y despiojarlas en un refugio
que la Hermandad mantenía a su costa. Por las noches, iban
los hermanos del Santo Celo de burdel en burdel. A su paso hacían
sonar campanillas cuyo tilín tilín anunciaba el rescate
de los que estaban ahogándose en la tempestad del vicio.
Entre los estribillos más usuales que voceaban, había
éste que ponía la carne de gallina:
¡Alma
que estás en pecado!
Si esta noche te murieras,
¡piensa bien adonde fueras!
Carlos
III conquistó definitivamente el
amor de sus súbditos con una ocurrencia genial. Por una
ordenanza que él firmó de su puño y letra,
se creó el juego de la Lotería. Los madrileños
no tuvieron reparo en cambiar de santo patrón. Sin miramientos,
arrumbaron en el cuarto de los trastos inservibles a las personalidades
encumbradas del santoral que antes habían favorecido con
sus mimos. Desde entonces, quien más, quien menos, tan
devoto como siempre, le rezó de rodillas a Santa Probabilidad.
Su petición era humilde: hazme millonario.
Pero
la ingratitud, es sabido, se paga con el fiasco.
Ese
mutuo amor entre el rey y el pueblo de Madrid tuvo, desde luego,
sus desavenencias. Poco después de la Lotería, corrió
el peligro de convertirse en odio jurado cuando se interpuso el
ministro Esquilache, tercero en discordia. El prepotente Esquilache
metió las narices donde no debía meterlas, y así
le fue. Una mañana se levantó de pésimo humor,
con ánimo de fastidiar. Se sacó de la manga un bando,
con su rúbrica al calce, en el que prohibía el uso
de capa larga y el sombrero de alas amplias como de murciélago.
Sea dicha la verdad, la prohibición no tenía pies
ni cabeza. La respuesta de los que vivían en la Villa y
Corte no se hizo esperar. Estalló un motín ante
la puerta del cuartel de los Inválidos, el de la Plaza
de Santo Domingo. En el curso de varios días hubo pedradas,
incendios, carrozas volcadas, faroles rotos, comercios saqueados,
y corre que te alcanzo por parte de los alguaciles. No era broma.
Los madrileños estaban furibundos. Y se entiende, eso de
ya no poder salir a la calle con capa larga y sombrero paraguas,
pues no era vida. Lo que brotó como motín espontáneo
pronto cobró tintes de revolución local. Una camarilla
de dirigentes, cómodamente apoltronados en una taberna,
programaba el horario y el recorrido de las manifestaciones populares.
La gota
que colmó la paciencia de Carlos III
fue una décima con más veneno que la mordedura de
una cobra, pegada en portales, fachadas y columnas:
Yo,
el gran Leopoldo Primero,
marqués de Esquilache augusto,
rijo la España a mi gusto,
y mando en Carlos Tercero.
Hago en los dos lo que quiero,
nada consulto ni informo
a capricho hago y reformo,
a los pueblos aniquilo,
y el buen Carlos, mi pupilo,
dice a todo: "¡Me conformo!"
Herido
en su real orgullo, furioso por la sublevación de su pueblo,
el rey se refugió en el palacio de Aranjuez. No fue huida
de cobarde, sino resoplo de amante despechado. Allí, en
los jardines floridos, entre el murmullo de las fuentes, pensó
en quitar a Madrid el rango de capital y rebajarlo a villorrio
de tercera categoría. Lo hago o no lo hago, era el dilema.
Tras largas cavilaciones, su querencia por Madrid finalmente inclinó
la balanza a favor de su ciudad natal. Esquilache, mientras tanto,
huyó de España con el rabo entre las piernas. De
nada le valió pedir disculpas. A uno y a los otros, a don
Carlos y a los capitalinos, no les faltaban ganas de comérselo
vivo. Tras desvanecerse Esquilache, el rey regresó a casa,
muy contento. Fue recibido con la típica alharaca madrileña.
Los habitantes de Madrid adornaron carros alegóricos, menearon
cencerros, gritaron ¡viva! hasta desgañitarse, tocaron
tambores y pitos.
Para
conmemorar la reconciliación con sus paisanos, Carlos III
decretó un año más tarde la expulsión
de los jesuitas. Es probable que él haya participado poco
en la resolución de confinarlos en Italia, desván
del Imperio. De los ministros en los que se apoyaba para gobernar,
la mayoría eran apóstoles del enciclopedismo en
versión española. Azpuru, Aranda, Rodas, Campomanes,
fueron ilustrados confesos y francmasones en sus ratos libres.
Si ellos tomaron la decisión o influyeron en Carlos III,
torciéndole la oreja, me parece un detalle de poca monta.
Aunque el rey asistiera a misa los domingos, aunque rezara un
padrenuestro a la hora de acostarse, sus hábitos de fiel
creyente no le impidieron formar un gobierno sensible a las nuevas
ideas que soplaban desde Francia, las cuales auguraban un futuro
radiante, un segundo Paraíso de concordia en el que Evas
y Adanes se profesarían un amor sin barreras, sin trampas,
por siempre jamás. Dama Libertad, Dama Igualdad, Dama Fraternidad,
afinaban ya sus voces. No tardarían en cantar el himno
a la alegría de ser ciudadanos iguales, y todos los hombres,
hermanos. Nadie imaginaba entonces, ni siquiera Nostradamus pudo
predecirlo, que a la vuelta de la esquina, agazapada, estaba al
acecho la mandíbula del Terror.
II
Después
del batallón de plumeros y escobas que no descansaron de
trabajar en vida de Fernando VI y de Carlos
III, uno aseguraría que Madrid resplandece
como patena. Sin embargo, al hojear el testimonio de Ramón
de Mesonero Romanos, contemporáneo de Goya, súbditos
ambos de Carlos IV, rey éste de pubis flojo y cuernos largos
que le ponía la reina doña María Luisa de
Parma con Manuel Godoy, cualquiera se iría de espaldas.
Don Ramón
se queja amargamente. Oigámoslo: "Era indecoroso y
repugnante el aspecto que ofrecía a principios del siglo
actual [el XIX], la esplendorosa Corte y
capital de la Monarquía. Su aspecto general, a pesar de
las considerables aunque parciales mejoras que había recibido
de los tres monarcas anteriores, presentaba todavía el
mismo aire villanesco de mediados del siglo anterior; su alumbrado,
su limpieza, su salubridad, su policía urbana, en fin,
eran poco más que insignificantes; la seguridad misma comprometida
a cada paso, hacía preciso a todo ciudadano salir de noche
bien armado y dispuesto a sufrir un combate en cada esquina; sus
mercados, desprovistos de bastimentos y sólo abiertos,
en virtud de las tasas y privilegios, a las clases más
elevadas; sus comunicaciones con las provincias poco menos que
inaccesibles; sus establecimientos de instrucción y de
beneficencia, en el estado más deplorable; sus calles y
paseos, yermos y cubiertos de yerba o de suciedad por la desidia
de la autoridad y el abandono de la población; y los cadáveres
de ésta sepultados en medio de ella, en las bóvedas
o en las puertas de las iglesias, o exhumados de tiempo en tiempo
en grandes mondas para ser conducidos al estercolero común."
¡Oh,
miseria! Así que de nada sirvió el empeño
del rey estreñido para meter a los burros en su corral,
como tampoco el celo del rey viudo porque se barriera el cagajón
de esos mismos burros.
Por fin,
¿Madrid es una patena o Madrid es un chiquero? ¿Será
verdad lo que afirma don Ramón? Una cosa huele raro, pues
son tan pocos años los que separan al Gran Onán
del Rey Cornudo, que Madrid hubiera necesitado más tiempo
para desmerecer. ¿A quién creerle? ¿A los
cronistas que aplauden cada eructo de su patrón o al ilustre
pontífice de los buenos modales en la mesa? ¿Qué
pretende el Mesonero, que los parroquianos no le ensucien el local
arrojando al suelo servilletas, colillas de Ducados y huesos de
aceituna?
En el
comentario de don Ramón asoma ese rencorcillo tan solidario
del contribuyente cuando el municipio no le reembolsa bajo la
moneda del bienestar lo que él paga. "Si pago, me
deben", dogma inapelable que rige el pensamiento del burgués,
hijo primogénito de las Luces. A cambio de sus impuestos,
exige calles tersas como la piel de una doncella, jardines recién
salidos de la peluquería, fragancia a rosas en toda la
ciudad, bardas y muros blanqueados, ni brizna de polvo y mano
dura contra ladrones e indigentes. Para eso están las autoridades.
Que los pesquen, los capen, les retuerzan el pescuezo, los hagan
cuartos y los echen a los perros. Está en lo cierto, don
Ramón. Lo villanesco no paga impuestos y, además,
le afea a usted el paisaje. Pero voy a decirle que se equivoca
en algo. Las Luces nunca prometieron Libertad, Igualdad, Fraternidad
y Detergente para todos.
¿A
quién creerle?, persiste la pregunta. Acudamos a un tercero
que no aplauda eructos ajenos con la esperanza de que nos aclare
este embrollo. Te propongo, lector, a Joseph Townsend, inglés
de nariz respingada, para más señas, reverendo.
El pobre no niega la cruz de su parroquia, y que el Papa lo perdone.
Calémoslo
primero. El míster tantea terreno y comienza templado:
"Buena parte del clero es cabeza de familia, lo que produce
una censura generalizada. Aun en Asturias, mi amigo el buen obispo
auxiliar de Oviedo, un hombre de sólidos principios y gran
humanidad, severo sólo consigo mismo y compasivo con los
demás, ordenó que ninguno de sus sacerdotes tuviera
hijos en sus casas. Insistió en este sacrificio en aras
de la decencia, aunque no consideraba justo ser demasiado rígido
en sus exigencias. Durante mi estancia en España no encontré
a nadie inclinado a defender a los curas de las acusaciones habituales.
Sin embargo, todos coincidían en alabar la gran virtud
de los obispos. A juzgar por lo que oí y tuve ocasión
de comprobar gracias a la estrecha relación que me permitieron
tener con ellos, estos venerables varones nunca serán lo
suficientemente admirados por su pureza, piedad y celo. Sin embargo,
muy pocos miembros del clero secular o regular consideran necesario,
a no ser que tengan la mirada puesta en la mitra, imitar estos
brillantes ejemplos o aspirar a alcanzar semejante virtud."
A continuación,
el míster desenvaina y ¡zas!, agradece a Dios ser
inglés, ser reverendo de muchas pecas, no tener que privarse
de los deleites carnales con mujer, tomar el té a las cinco
y comer bisteces pasados por agua, todo ello destilando compasión
anglicana por cada poro de su piel traslúcida como papel
de China: "Esta corrupción generalizada de la moral
tiene su origen, si no me equivoco, en el celibato del clero.
Aunque es cierto que el ejemplo que ha dado la corte desde la
subida al trono del monarca actual ha impulsado costumbres que
habían estado antes reprimidas, y marginando a alguno de
los hábitos honestos que se encontraban vigentes, efecto
y causa han debido de actuar, en alguna medida, simultáneamente.
Es más, si tuviéramos que señalar como primeros
culpables a los italianos, de quienes se dice que han sido los
introductores del cortejo en España, tendríamos
también que buscar el origen de su difusión en el
principio erróneo que mantiene que el amor conyugal es
incompatible con el correcto desempeño de las funciones
del sagrado ministerio. Entre los miembros del clero con quienes
conversé libremente sobre este tema, sólo el arzobispo
de Toledo intentó justificar semejante norma; y de hecho,
en ningún lugar tuve dificultad para expresar mi oposición,
pues no la consideran dogma de fe. Sobre este principio absurdo
se funda el celibato del clero y también, en mi opinión,
la corrupción de su moral. Es muy corriente entre los protestantes
que viajan por un país católico vituperar el clero
y reírse de la gente por considerarla dominada por él,
lo que constituye una conducta demasiado mezquina. Deberíamos
compadecernos de los sacerdotes y echar la culpa a la cruel ley,
o al poder que la ampara, que los ata y exige que violenten su
naturaleza."
Moderno
el reverendo, ¿no te parece? Ya me lo imagino haciendo
piruetas en la cama. La esposa, loca de remate por su fiera. Él,
un tigre desatado. Cuando retoza, lleva corbata gris y calcetines
de cocoles a media pantorrilla. Eso sí, exige que la tigresa
arda con recato y todo ocurra sin exceso, pues odia que los resortes
del colchón chillen como ratas. Un quickie al mes y ¡venga,
a derrochar, Sansón!, dos quickies con propina incluida
en Nochebuena.
La verdad,
hay por dónde hincarle el diente a este bicho.
¿Qué
harían los católicos sin la comprensión del
míster? Lo bueno es que pudieron escuchar sus consejos
en París, Oviedo, Madrid, Barcelona, Sevilla, Cádiz,
Málaga, Valencia y en las otras ciudades españolas
que visitó. El monarca actual al que hace referencia es
Carlos III. El Gran Onán anda ya
de capa caída, chochea, pero aguanta todavía continente.
Fucking
Joseph, como lo llaman sus amigos íntimos, es también
matemático de altos vuelos. Autor de un axioma que revolucionaría
la órbita de Júpiter, demuestra la proporción
inversa entre la subida al trono y la bajada de tono de Carlos
III. Primer corolario del axioma, la proporción
directa entre la subida de tono de la corte y el tono que sube
del clero. Segundo corolario, los italianos tienen la culpa de
todo, del trono y del tono.
La escena
en el palacio arzobispal de Toledo es de lo más enternecedora.
Fucking Joseph y el arzobispo cenan en franca camaradería
ecuménica. Si los vieran Juan XXIII
y el cardenal Newman, se darían un abrazo y llorarían
de felicidad. El menú, especial para tan solemne ocasión,
marcará un hito en la historia gastronómica europea.
De entrada, un caldo de pollo sin tropezones que enturbien la
transparencia cristalina del agua. Siguen unos bisteces hervidos
que están para chuparse los dedos. Antes del postre, un
platón así de grande con papas hervidas. Para acompañar
este desfile de manjares, beben cerveza clara a punto de ebullición.
El banquete finaliza con una sorpresa: pastel de horseradish relleno
de pepinillos en vinagre.
Ya entrados
en materia, los dos ministros conversan sobre la carne. Fucking
Joseph habla de la flesh por aquí, la flesh por acá.
Argumenta que es débil. Por esa misma razón no hay
traba que funcione. El arzobispo escucha mientras corta su bistec.
Entiende casi todo, pero desconoce qué significa la palabra
que tantas veces repite su invitado. Va una hora corrida de flesh
por aquí, flesh por acá, hasta que pregunta:
Juat
flesh min?
Fucking Joseph se relame el último bocado de la tercera
rebanada de pastel, y contesta:
Carne.
¿Carne? al anfitrión se le ilumina el
rostro. ¡Ah! ¡Carne, delishus! ¡Flesh,
delishus!
Fucking Joseph se queda atónito, pero recupera la compostura
de inmediato. Hurga en un bolsillo, saca tres libras, y extiende
los billetes al mayordomo.
Hey, boy, go fetch some broads and bring them to my friend
el señor arzobispo. I'm glad he finally agrees with me!
*
El tema
del cortejo es lo que más inquieta la nariz respingada
del míster, porque una cosa es estar casado con todas las
de la ley, y otra cosa es aceptar que una nube de moscardones
le saquen filo a los cuernos de un marido modelo, como debió
ser él. A lo largo de varias páginas aparece y reaparece
el tema, lo mastica, lo rumia, le da vueltas y no creo que su
insistencia haya sido gratuita. Algún motivo tendría.
Mientras viajaba, o sospechaba que se los ponían en casa
con un italiano, o justamente viajó para rapárselos.
En fin,
qué puede esperarse de un hombre temerario capaz de opinar
lo siguiente: "Para vivir cómodamente en Madrid hace
falta tener una buena condición física, dos buenos
criados, cartas de crédito y una presentación apropiada
para las mejores familias, tanto de los nativos como de los forasteros
residentes en la ciudad."
Tiene
brújula el reverendo. Lo malo no es que opine lo que opina,
sino que haya tenido la desfachatez de escribirlo y divulgarlo.
Además
de usar calcetines de cocoles y ser un marido ideal, Fucking Joseph
viaja equipado como si fuera de safari a cazar leones y civilizar
watusis. Las experiencias que vive en cada lugar son apasionantes.
Todo lo que hace, las reuniones a las que asiste, delatan una
originalidad sin parangón. Armado con tres ejemplares de
la guía Michelin uno para la aventura del día,
el otro de repuesto, el tercero, repuesto del repuesto para los
imprevistos que surjan, menciona hasta el cansancio los
círculos de la gente decente que frecuenta. Aparte de las
cenas y su roce con lo más escogido de la alta sociedad
local, no le preguntes por la Puerta de Saint Denis o los callejones
detrás de la calle de Carretas. Esté donde esté,
siempre calcula el precio de los artículos en libras, peniques
y chelines. El capítulo sobre Madrid es su agenda abierta
de amistades nativas. Se pica el ombligo con los Floridablanca,
los Imperiali, los Carpio y los Peñafiel. A los "forasteros
residentes en la ciudad", la duquesa de Berwick y la duquesa
de Vauguion, se les pega como garrapata. Con una practica el inglés
para que no se le olvide; con la otra, las toneladas de francés
que aprendió en un par de semanas.
Viendo
cómo se las gasta el reverendo, no sorprende que su juicio
sobre el aspecto de la Villa y Corte sea previsible y apenas contribuya
a despejar la incógnita. Para alguien que va de un sitio
a otro en carroza y pasa el día completo en los salones
de baile, es obvio que los escupitajos ni salpican ni mojan. (Después
de todo, que Madrid haya sido una patena o un chiquero, a estas
alturas poco importa.)
Cuando
llega al colofón de su guía Michelin, Fucking Joseph
vuelve a Londres, vivito y coleando. Sorteó mil peligros
gracias a los criados y las cartas de crédito que le ayudaron
a corretear mandriles. Esparció su prédica acerca
de las bondades del quickie entre curas y watusis. Está
satisfecho. Nada puede reprochársele, pues cumplió
a rajatabla el reverendo.
En casa,
la tigresa recibe a su tigre desatado. Lástima. Como regresó
el diecisiete, faltan trece días para el fin de mes. La
tigresa suplica que le reponga uno de los cuarenta quickies que
le debe. El tigre, firme en sus principios, no cede y no cede.
Mientras
su mujer aguarda, Fucking Joseph, magnánimo, obsequia a
la humanidad las memorias de sus andanzas. Gracias, míster.
El libro se lee a diez bostezos por minuto. Solamente en la parte
que dedica a Madrid, las tablas comparativas que incluye producen
gastritis aguda. Es preciso digerir, lo que no es fácil,
su descripción de los impuestos, el porcentaje que dejan
los monopolios a la Corona, los siete tipos de indulgencias, totales
de población divididos en hombres y mujeres solteros, en
hombres y mujeres casados, en viudos y viudas.
Pero
el mayor regalo que Fucking Joseph hizo al género humano
fue restregarnos en la cara su perfecto dominio de varios idiomas.
Los recuerdos de su safari están salpicados de palabras
"en el original". En Francia aprendió a decir
pièce, y lo más difícil de pronunciar en
el mundo, pièce d'or. En español dice con soltura
siesta, tertulia, el plural tertulias, basquiña, refresco,
alcabala. Si se concentra, le sale de corrido Comulgó
en la Iglesia parroquial de San Martín de Madrid. Año
de mil setecientos ochenta y seis. Además de políglota,
el míster, cuando suda, exuda poemas.
No te
miento, lector. Las memorias del reverendo chupatintas Fucking
Joseph son inolvidables. Cómpralas y gózalas. Que
el Papa perdone al tigre, si puede, y a ti, que Dios te ampare
cuando las leas.
*¡Oye,
muchacho, ve a buscar unas viejas (o titis, según de qué
lado del Atlántico estemos) y tráiselas a mi amigo
el señor arzobispo. Me da gusto que por fin esté
de acuerdo conmigo!
idiazser@avantel.net
Ignacio Díaz de la Serna,
"¿Patena
o chiquero?", Fractal
n° 14, julio-septiembre,
1999, año 4, volumen IV, pp. 135-150.
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