Así,
algunos miembros de los ámbitos religioso y político
que resentían la marcha devastadora de las luces apostaron
por la restauración inmediata del antiguo régimen.
Sin embargo, no todas las críticas a los movimientos ilustrados
provenían de los sectores conservadores. Al respecto, llama
la atención, por ejemplo, la presente en ese breve texto
conocido como El más antiguo programa del idealismo
alemán, de 1795, en cuya redacción al parecer
coincidieron Hegel, Hölderlin y Schelling (Friedrich Hölderlin, Ensayos, trad. Felipe Martínez Marzoa, Madrid, 1990,
pp. 27-29).
En este
breve texto, tan recurrido pero también tan difícil
de agotar, distanciándose de su inicial entusiasmo por
el triunfo de la razón en Francia, los jóvenes filósofos
echan de menos una "física en grande" frente
a la producida por la Ilustración que, sin vuelo alguno,
"avanza fatigosamente de experimento en experimento"
y sin satisfacer a ningún espíritu creativo. Dicen
además estar convencidos de que el Estado debe desaparecer
porque, en vez de hacerlo libremente, trata a los seres humanos
como a máquinas. En fin, asumiendo que la idea que puede
unificar al todo sólo puede ser la belleza y pugnando
porque la poesía se convierta en "maestra de la humanidad",
los compañeros de Tubinga se pronuncian por la formación
de una nueva mitología que, afirman, permitirá
la difícil conciliación entre ilustrados y no ilustrados.
Al parecer,
la crítica a la Ilustración que en este texto se
esboza no cifra sus aspiraciones en la restauración del
antiguo régimen. Más bien hay en la propuesta del
Programa el reconocimiento de que, al marchar por sus propios
medios, la nueva ciencia se muestra incapaz de rendir los frutos
esperados, aunque también impotente de establecer vínculo
alguno con otra cosa que no sea ella misma; a su vez, está
presente en el texto la afirmación rotunda de que en su
funcionamiento, al privar a los seres humanos de su libertad,
el Estado no hace otra cosa más que tratarlos como a máquinas.
A lo anterior, los autores del Programa añaden que
en el mundo ilustrado, en razón de su autonomía,
la ciencia y la política poco tienen que ver entre sí
e incluso con todo aquello que no alcanzan a objetivar. Y es frente
a tal diagnóstico que los jóvenes filósofos
lanzan su asombrosa propuesta: sólo desde un ámbito
distinto a la ciencia y a la política, sólo desde
la poesía, podrá surgir una nueva mitología
que unifique y dé "perpetua unidad" a los ámbitos
autónomos, haciendo que ilustrados y no ilustrados estrechen
por fin sus manos.
Ahora
bien, de principio resalta que en el Programa se diagnostique
la separación de la ciencia y de la política y que
frente a ello la propuesta presentada sea la de alcanzar una "perpetua
unidad", lo cual sólo podrá lograrse mediante
la poesía. De lo que se desprende que, de acuerdo con los
autores de este sorprendente texto, la autonomía ganada
por la ciencia y el Estado respectivamente, tendría que
ser sometida a un ámbito superior que les diera unidad;
ese ámbito, se afirma, es el de una nueva mitología,
el de una poesía que debería convertirse en "maestra
de la humanidad". Así que, al menos para los redactores
del Programa, frente al proceder ilustrado que promueve
autonomías y disuelve totalidades, habría que producir
nuevos mitos instauradores de una nueva unidad.
Como
se sabe, y como Manfred Frank muestra en El dios venidero
(El dios venidero: Lecciones sobre la nueva mitología,
Barcelona, Ediciones del Serbal, 1994), la búsqueda de
una nueva mitología, como vemos, requerida para mitigar
el proceder disolvente de la Ilustración, ocupó
la atención de otros pensadores y artistas a fines del
siglo XVIII y principios del
XIX. A la vocación analítica y diluyente
propia de la Ilustración se opuso la sintética y
unificadora del mito. A los ojos de muchos, no sólo de
los seminaristas de Tubinga, el mito estaba llamado a acabar con
la fragmentación generada por la época ilustrada
y, con ello, a producir la "unidad perpetua".
En todo
caso, podemos afirmar entonces que, al menos para algunos, la
Ilustración se convirtió desde muy pronto en sinónimo
de pérdida de unidad, incluso de pérdida de legitimación,
y el mito en aquello que podría reconstituirlas, incluso
dentro del propio horizonte ilustrado. Y con ello, apenas iniciado
su camino, la Ilustración fue objeto, y aún lo sigue
siendo, de diversas críticas precisamente por su carácter
de disolución de la unidad por algunos anhelada y en otro
tiempo presente, por ejemplo, en la metafísica medieval.
Así, se ha argumentado que la Ilustración disuelve
los valores fundamentales y nos conduce a la pérdida de
sentido; que hay valores superiores a los ilustrados; que los
seres humanos somos algo más que criaturas racionales.
Más aún, en los dos últimos siglos, grandes
filósofos han realizado críticas severas a la Ilustración
o, al menos, a algunos de sus aspectos: Nietzsche, con su apelación
al mundo griego antiguo al que contrasta con el moderno y con
la formulación de un nuevo mito, su Zaratustra; Heidegger,
con su implacable crítica de la subjetividad, la representación
y la técnica modernas; Adorno y Horkheimer, en su intento
por mostrar que el funcionamiento de la Ilustración, más
que racional, es fundamentalmente mítico.
A la
par de las críticas al devenir ilustrado, si bien no siempre
con la mira puesta en la unidad perpetua, durante los últimos
doscientos años, ciertas corrientes de la filosofía
y diversas manifestaciones de la cultura han buscado algo
que pudiera enfrentar o al menos paliar lo que un autor llama
"el ácido de la Ilustración". En un sendero
paralelo al Programa de Hegel, Schelling y Hölderlin,
no han sido pocos los que en los dos últimos siglos han
querido confiar en la poesía, y sin duda en el arte en
general, como contrapeso y, también frecuentemente, como
crítica a la posición de quienes, absortos en los
beneficios de la Ilustración, no tienen ojos más
que para pensar en la economía, la ciencia y la técnica.
En particular, la poesía y la novela, mitos modernos, han
venido a ocupar un lugar fundamental en el horizonte ilustrado.
Si bien no han logrado cumplir la expectativa que los jóvenes
seminaristas de Tubinga al parecer tenían alrededor de
una nueva mitología pensada como "maestra de
la humanidad", lo cierto es que la poesía y la novela
modernas expresan lo que con frecuencia la ciencia y la técnica,
por su propia estructura, no han podido y no pueden decir o siquiera
barruntar. Pero a pesar de todo ello, hay argumentos, más
o menos sólidos, relacionados con el limitado papel que
la poesía, la literatura y el arte en general han cumplido
en la modernidad. Se les ve aislados de la ciencia y de la técnica
e incluso del juego político. Destino de la época
ilustrada, la literatura y el arte en general se volvieron también
autónomos y, con frecuencia, elitistas.
Los
intentos de racionalizar cada momento de la vida; la voluntad
de objetivar cada parte del universo; la insistencia en convertir,
incluso con violencia, en objeto de conocimiento los comportamientos
de los seres humanos; la insistencia en la relevancia de lo económico;
la disolución de las comunidades en entidades aisladas
cuyo objetivo fundamental es el bienestar personal; la consolidación
de la autonomía de la ciencia y la tiranía de la
técnica; el apercibirse de que son muy pocos los que efectivamente
disfrutan de las ventajas producidas por el mundo contemporáneo;
cierto desencanto en relación con las expectativas puestas
en el arte y la literatura como generadores de la unidad anhelada;
todo ello, en tanto características de nuestro presente,
ha llevado a algunos a pensar en que sólo un mito unitario
puede ser capaz de restaurar la disolución producida por
la era ilustrada. Ciertamente, no es una propuesta totalmente
nueva, aunque otra vez renace. Ahí están los intentos
de restauración del antiguo régimen apenas nacida
la Ilustración. Asimismo, aunque mucho más cercano
a nosotros, en esa famosa entrevista a Spiegel cuya publicación
pidió postergar hasta después de su muerte, Heidegger
se atrevió a decir que "sólo un Dios puede
todavía salvarnos".
En una
perspectiva que parece similar a la de Heidegger, aunque en realidad
con diferencias substanciales, sostenido por la búsqueda
de una nueva mitología presente en el romanticismo
temprano, Manfred Frank nos propone alistar nuestro espíritu
para apresurar la llegada de un dios venidero, de un dios
por venir. Desde las primeras páginas de sus Lecciones
sobre la noción de nueva mitología en
el romanticismo alemán, Frank (Op. cit., p.16) presenta
a la contemporánea, en especial a la de los países
industrializados, como una sociedad sin legitimidad, incluso hostil
al ser humano medio, al que no le es fácil, dice el filósofo
alemán, acceder a la comprensión del sentido de
la existencia. En buena medida, la idea que recorre su libro es
que la Ilustración, con el espíritu analítico
que la caracteriza, ha disuelto la legitimidad del mundo, incluso
su sentido, que en otro tiempo garantizaba la religión,
en particular la religión cristiana. Con esta premisa y
apoyado en la noción de nueva mitología presente
en el Programa de Hegel, Schelling y Hölderlin, Frank
argumenta que la puerta de salida a los problemas de nuestro tiempo,
generados por los aparentes fulgores de la Ilustración,
pasa necesariamente por una puesta al día del mito, el
cual, dado su espíritu sintético y, por tanto, unificador,
puede restaurar la unidad devastada por la Ilustración.
En el
desarrollo de sus Lecciones y, en particular, a través
de una lectura un tanto forzada del poema Pan y vino de
Hölderlin, Frank quiere mostrar que lo que subyace a la idea
de una nueva mitología es la apuesta de algunos románticos
precisamente por un dios venidero, un Dioniso que es visto,
por Frank, como el antecedente de Cristo. De tal manera que la
solución que Frank encuentra para enfrentar la ilegitimidad
provocada en Occidente por la Ilustración, es el advenimiento
de un nuevo cristianismo que, a sus ojos, es lo que puede restaurar
la unidad perdida y dar nuevamente un sentido genuino a la existencia.
El recurrir
a la religión, especialmente al cristianismo, como remedio
frente a la disolución producida por la Ilustración
no es nuevo en el horizonte occidental. Como se puede ver en el
propio libro de Frank, fue una tendencia en los primeros años
del siglo XIX que se desarrolló como
parte de la reacción a la consolidación de la racionalidad
ilustrada. Pero además, habría que decir que en
los últimos años, en el propio mundo ilustrado ha
surgido lo que, parafraseando a Derrida, podría denominarse
"un tono religioso adoptado recientemente en filosofía",
dentro del cual se encuentra sin duda el libro de Frank, que renueva
la apuesta por recuperar la unidad perdida y dar un sentido universal
a nuestra existencia a través de la religión. Es
decir, que las expectativas de unidad y de sentido único
vuelven a manifestarse, aunque ahora lo hacen frente a una Ilustración
que, por su parte, parece no percatarse de los reclamos de cierta
filosofía, precisamente la que ahora quiere el restablecimiento
del ámbito de lo religioso, como medio para restaurar,
digamos que un tanto artificialmente, la llamada unidad perdida.
Así que, si pensamos en el horizonte descrito, lo que tenemos
es que, por un lado, por la vía de la ciencia, la técnica
y, a veces, la política, la Ilustración sigue su
camino a pesar de los reclamos de falta de sentido; y, por otro,
la falta de unidad propia de la época conduce a algunos
a afirmar la urgencia de recuperar un "verdadero" sentido
de la existencia a través de la religión.
No obstante,
quizá la polarización entre Ilustración y
mito que lleva, a Frank por ejemplo, a optar por el segundo término
del binomio, no necesariamente es el único camino posible
para enfrentar los tiempos que vienen. Es un hecho que el advenimiento
de la Ilustración condujo a dejar atrás las oscuridades
del mundo medieval con sus dominaciones específicas. A
la Ilustración, como aparece en Kant por ejemplo, le es
de suyo el que a los seres humanos nos sea lícito construirnos
autónomamente, al tiempo de ofrecernos la posibilidad de
establecer nuestros propios fines, situación que en un
ámbito mítico-religioso, como el propugnado por
Frank, no ha sido históricamente posible. Ciertamente conviene,
además, no olvidar uno de los aspectos de la Ilustración
más importantes: la posibilidad de la crítica. Crítica
de la ciencia, de la técnica, de la política e incluso
de la religión. Situación que en un marco mítico-religioso,
tampoco ha sido históricamente posible.
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Friedrich
Hölderin (1798)
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Ahora
bien, no por esto habría que olvidar o dejar de lado a
los mitos que, como en el caso de la poesía y la novela
modernas hacen un importante contrapeso a los excesos de la Ilustración
y que incluso, en muchas ocasiones, han realizado una aguda crítica
a las expectativas ilustradas. Sin embargo, no por ello habría
que asumir que la única posibilidad de futuro está
contenida en un mito que, después de dos milenios de dominación,
Frank quiere renovar. Desde luego, no por ello es pertinente condenar
a la religión en general. Aunque, sin duda, cabría
preguntarle a la práctica religiosa por qué quiere
afirmarse, como en el caso de Manfred Frank, como única
posibilidad, como único futuro y única esperanza;
es decir, como único sentido posible frente a la dispersión
contemporánea.
Así,
quizá convendría pensar que es pertinente el insistir
en los aspectos de la Ilustración que nos permiten dejar
atrás la tutela religiosa, al tiempo que reconocemos la
validez y pertinencia de los mitos. Es decir, pensar que, más
allá de totalizaciones extremas, conviene ser ilustrados
en tanto es esencial a la Ilustración la búsqueda
por hacer libres y autónomos a los seres humanos y que,
a la par de los logros ilustrados, los mitos pueden funcionar
como horizontes multiplicadores de sentido y, con ello, como contrapeso
a los excesos de la ilustración, con su racionalidad, su
ciencia y su técnica. Es verdad que al asumir la tensión
que Ilustración y mito conllevan no se va a restituir la
unidad perdida y anhelada por algunos. Pero, más que optar
por uno de los términos del binomio y enfrentarlo al otro,
al mantener Ilustración y mito en una tensión compensatoria
en búsqueda de equilibrio, quizá podamos pensar
que nuestro destino, sin las expectativas de un sentido único
para todos y para todo momento, tal vez sea el de aprender a ser
ilustrados sin ilusiones de unidad de sentido, al tiempo de que,
en el ámbito de nuestra autonomía, nos sea lícito
dar sentido a nuestra existencia tomando como posible referencia
a los mitos.