Casi en paralelo, los filósofos e historiadores de la ciencia han adoptado desde al menos el siglo XVIII el tema de la integración y jerarquización del conocimiento en sus elucidaciones abstractas de la ciencia, así como el de la acumulación y unificación en sus narrativas. Puede así decirse que la gran narrativa de la ciencia occidental fue, durante al menos dos y medio siglos, el de la quimérica construcción final de un sistema único, general, homogéneo, elegante, en el que cada fenómeno natural tuviese su descripción y explicación, y pudiesen verse con transparencia sus vínculos con los demás fenómenos naturales de todas las escalas temporales y espaciales. El progreso de la ciencia, se pensó, se podía medir contra el acercamiento a dicho sueño.
En las últimas décadas del siglo que muere, el consenso en torno de la sensatez y el realismo de esa aspiración se ha quebrado, y se cuestiona cada vez más la objetividad de las descripciones habituales del conocimiento científico como unificado y unificante. Nuevas, vigorosas y más complejas imágenes de la ciencia nos la presentan hoy fragmentada, diversa, proliferante, como mosaicos de formas heterogéneas que se van pegando en direcciones varias, desalineados, que no embonan salvo quebrándolos o rellenando los huecos. Ante estas imágenes de las ciencias, un debate ha crecido que las enfrenta a aquéllos que siguen defendiendo los ideales de unidad y completitud.
Ya se trate, como yo creo, de un sueño quimérico, o de algo realizable, este ideal de unificación, y el valor que los científicos le dan, ha jugado un papel psicológico innegable en el devenir de la ciencia; así sea sólo como una fuente de entusiasmo y esfuerzos. Pero hay que insistir en que aun si se tratase simplemente de un deseable espejismo hacia el cual se imaginan mover los investigadores, ya con motivar su trabajo tiene un sitio insustituible en el funcionamiento y la comprensión de la empresa científica. No es pues la intención de quienes han intentado desconstruir la imagen unitaria, y ver si hay algo sólido detrás, la de eliminar una herramienta útil del terreno de la investigación. Se trata más bien de acercarse un poco más a entender cómo funciona esa herramienta, y si somos capaces de criticarla y de describirla adecuadamente.
Hay que
decir primero que el brillo deslumbrante de la retórica
unificadora no debe distraer a quienes hacen de las ciencias su
objeto de estudio, y están obligados a la objetividad.
Los observadores y estudiosos de la ciencia han aplicado en tiempos
cercanos lupas cada vez más poderosas y variadas al conocimiento
y las prácticas científicas de toda la historia
moderna y encuentran, en su mayoría, que la unidad como
tema que argamasa la ciencia es en gran medida una fachada. Muchos
han ido convenciéndose de que al menos en su dimensión
epistémica, se trata de una descripción errada y
de una aspiración irreal. Si miramos, afirman, cómo
de hecho se busca, propone, debate, establece y justifica el conocimiento
científico en las distintas áreas y épocas,
lo que vemos es una selva de variedad, y ni trazas de los caminos
convergentes de la unificación que otros imaginaron. Cuando
se recorre esta selva es difícil no estar de acuerdo con
esta apreciación, pero a pesar de tener de su lado éxitos
empíricos y teóricos, los resultados de los estudios
de las ciencias están siendo fuertemente resistidos, entre
otros por los mismos científicos, que suelen tener una
especial incomodidad cuando su actividad es sujeto de escrutinio
inteligente cuyo fin no es exaltarla sino analizarla y explicarla
objetivamente, pues pierden así el control de las imágenes
de ésta.
En lo
que sigue usaré la plataforma de un reciente y ambicioso
ensayo de Edward O. Wilson, destacado biólogo evolucionista
y pensador, en el que hace una revisión crítica
del tema de la unidad de las ciencias, y desarrolla su propuesta
de una unificación final del conocimiento científico.
Contra este autor, defenderé la idea de que, dado el estado
de nuestro conocimiento sobre las ciencias y su historia, y dado
el estado de éstas mismas, la idea de una unidad de las
ciencias es hoy por hoy insostenible.
Antes
que nada es necesario tener en cuenta que hay numerosos sentidos
en los que se habla de unidad de las ciencias. La unidad de métodos
de investigación y/o de formas de justificación
ha sido discutida por los filósofos en todas las épocas.
La unidad de forma o estructura básica de las teorías
científicas es una segunda idea. Una tercera noción
es la de unidad e integración formal entre los contenidos
(las afirmaciones) de las ciencias. Es posible ser partidario
de una, de dos, o de las tres formas de unión. O de ninguna.
Las dos primeras de éstas son más bien preocupación
de filósofos. La tercera es quizá la más
ambiciosa y es la que apasiona a los científicos. Trataré
primero esta última, según la cual, si la naturaleza
es una y está toda interconectada ceñidamente, así
debería ser la ciencia, que no es sino su descripción
verdadera. Si es cierto que causas simples y últimas están
siempre detrás de la complejidad de todo, entonces las
ciencias más fundamentales, al develar esas causas simples,
podrían al final explicarlo todo.
Consilience
y la unidad de las ciencias
Me parece
evidente que la imagen de la fragmentación de las ciencias
que algunos humanistas y estudiosos de las ciencias defienden
hoy como la más objetiva no ha sido comprendida. Con no
poco desdén, se piensa que es posible, y aun deseable,
mantener una imagen de la ciencia que ignore los resultados de
los estudios recientes de historiadores, sociólogos y antropólogos
de la ciencia. Es sobre todo la pérdida del entusiasmo
entre los estudiosos de la ciencia por la pátina de las
grandes ideas (como la unidad posible del edificio del conocimiento
científico) la que no ha sido bienvenida por los científicos.
En Estados Unidos esto ha generado en los últimos meses
una actitud de indignación, que se ha incubado principalmente
en los laboratorios y cubículos de los científicos.
Se ha llegado a alegar que existe un complot para deslegitimar
y desautorizar a la ciencia por parte de humanistas infectados
por el virus del relativismo y la posmodernidad, y se propone
que debe desenmascararse el intento. La mayoría de tales
descripciones de la actividad y resultados de los humanistas que
se ocupan de las ciencias es superficial, sería inofensiva
si no fuera por sus efectos reales en cuanto a la creación
de climas de hostilidad e intolerancia que dañan carreras
y relaciones.
En este
contexto, es de destacar la aparición del ensayo Consilience,
de Edward O. Wilson, donde de un modo serio e inteligente, que
no del todo caritativo, se critica los resulta- dos de los estudios
de las ciencias realizadas últimamente. Se trata de la
más reciente obra del eminente biólogo evolucionista
en la que se intenta reintroducir al eje del debate sobre la comprensión
del conocimiento científico la idea de unidad y armonía
total entre todas las ciencias naturales, y entre éstas
y las demás actividades humanas. El proyecto es hacer tangible
una última, completa y elegante imagen del mundo natural,
en donde las explicaciones de todos los fenómenos fueran
interdependientes, y pudieran jerarquizarse y encajonarse unas
dentro de las otras de modo que los objetos y sucesos de escalas
espacio-temporales menores sirvan de base, de sustento no sólo
existencial sino también representacional y cognitivo,
de aquéllos de escalas mayores. Se trata entonces del tipo
más ambicioso de unidad, el tercero en mi lista. Aunque
no las requiere necesariamente, esta idea de unidad suele presuponer
las otras dos; es decir las unidades de método y de estructura
lógica de las ciencias.
Después
de repetidos fracasos para convencer a los humanistas y científicos
sociales de que la biología evolucionista debe ser la base
de una comprensión científica del fenómeno
humano en todas sus dimensiones, Edward O. Wilson vuelve a intentarlo
con un argumento nuevo y general, que intenta abarcar todo el
conocimiento humano. Consilience es de algún modo
la rama de olivo que Wilson extiende a sus críticos con
la intención de darse cabalmente a entender. En él
presenta las razones elaboradas por las que piensa que hoy más
que nunca las comunidades interesadas honestamente por el saber
deben unirse para continuar y concluir el proyecto de los sabios
de la Ilustración. La naturalización y secularización
de nuestro conocimiento del mundo natural promovidas por la revolución
científica deben, bajo sus luces, completarse con una final
unificación en una gran malla de explicaciones que integre
lo microfísico con lo cósmico, y sobre todo lo físico-biológico
con lo histórico-humano. Es de la descripción de
cómo ve Wilson esta enorme malla metafórica de lo
que se ocupa en este libro. Sobre todo de la articulación
más problemática; la que integraría nuestra
comprensión del fenómeno humano en todas sus dimensiones
al campo más amplio de la vida estudiado por la biología.
Consilience
es una obra relativamente breve para la extensión del arco
que surca. Sus capítulos recorren desde la historia de
la ciencia griega, la filosofía cientificista del siglo
XVIII, la reacción romántica,
las revoluciones en astronomía, en física, en biología
y en química, la integración en curso del conocimiento
biológico y físico, los análisis filosóficos
de las ciencias y sus interrelaciones, las neurociencias recientes
y sus promesas, la factible forma de la co-evolución de
genes y cultura, la biologización de las ciencias sociales,
la función biológica del arte y su aporte a nuestra
calidad de vida, el sentido de la vida social y de la ética,
el sentido del conocimiento científico unificado en la
vida contemporánea y futura de la humanidad.
Todo
el despliegue de conocimiento de Consilience es un muy
detallado y bien construido manifiesto a favor de hacer de la
biología un eje unificador de nuestras representaciones
y de nuestra vida en general. Además en éste se
intenta apuntalar una propuesta de atractivas avenidas de investigación
futura. La invitación que el libro contiene se podría
resumir diciendo: asumamos franca y abierta, pero cuidadosamente,
las consecuencias de que el ser humano es sólo y simplemente
una especie biológica, cuyos rasgos y predisposiciones
de todo tipo son producto de su historia evolutiva. Que hay una
malla causal que va desde la historia de los eventos selectivos
que sortearon los genes que confluyeron en homo sapiens,
hasta las manifestaciones más sutiles y elaboradas del
espíritu humano. Bajo esa suposición podemos ver
entonces cómo la ciencia está aprendiendo a describir
y recorrer esa malla, y que cuando lo logre sabremos todo lo que
se puede saber de nosotros mismos.
Wilson
está convencido de que es inútil y aun retrógrado
apostar por otros rumbos de investigación, y derrotista
negar la existencia de la malla. Hacer investigación científica
que no presuponga la unidad final es para él desperdiciar
recursos y retrasar el avance. Es ahí donde siente la necesidad
de traer a juicio por traición a filósofos, científicos
sociales y humanistas en general, quienes se niegan a ver las
virtudes de orientar las ciencias jóvenes (como lo son
las sociales) con base en las regiones probadas de nuestro conocimiento,
y se resisten a la biologización.
Uno de
los principales defectos de Consilience, que ha sido señalado
entre otros por el filósofo John Dupré, es que Wilson
maneja a lo largo de su texto sentidos tan diversos y hasta contrarios
de la idea de unificación del conocimiento que llega a
producir irritación o confusión, sobre todo entre
quienes tienen un temple analítico y no comparten con él
las intuiciones y emociones que lo motivan. Esa impresión
subjetiva (o intuición) de que la naturaleza tiene que
ser capturable bajo una única (y hermosa) visión
conceptual es sin duda popular entre los científicos naturales.
Mas no por eso ha dejado de haber siempre una minoría de
pensadores y científicos notables que han vivido bajo la
impresión opuesta, a menudo igualmente subjetiva, de que
al surgir nuevas ciencias, que delimitan, parcelan y recortan
aspectos del mundo natural y social de modos esencialmente distintos,
se generan islas de conocimiento y prácticas refractarias
entre sí tanto sincrónica como diacrónicamente,
de modo que no hay reducción, fusión o asimilación
posible. La única regla normativa que bajo esa descripción
es aceptable para relacionar creencias anidadas en espacios conceptuales
distintos es la relación débil de coherencia.
La ambigüedad
enorme de las ideas de unidad (o fragmentación) permite
sin embargo que sea difícil esclarecer el territorio de
la disputa. En los extremos hay acuerdo. Es difícil dudar
que hay una unidad inevitable en cuanto a los materiales básicos
de que están hechas las cosas del universo. Lo que sea
que digan los físicos sobre las fuerzas básicas
y las partículas elementales se aplica a toda porción
del mundo natural, sea ésta parte de un mamut fósil,
una estrella enana o un diamante de la reina. En el otro extremo,
se tiende a considerar ingenuo el esperar que sea posible atrapar
y representar de manera adecuada toda la historia de los
objetos interesantes (galaxias, cometas, continentes, ríos,
ballenas, virus...) a partir de las leyes fundamentales de la
física, y se asume que una serie de conceptualizaciones
locales, con ciertas restricciones históricas, espacio-temporales
(y no necesariamente traducibles entre sí) se necesitan
para ello. El conocimiento real de las cosas, el que de veras
las nombra, las describe y las explica, necesita estar situado
y articulado respecto a contextos, y la idea de una teoría
única y final sin más es una quimera. Entre estos
dos extremos, exigidos por la ontología y la epistemología,
se permiten sin embargo un sinnúmero de posiciones cercanas
o alejadas del unitarismo. Por periodos se ha pensado que la unidad
ontológica tendría como reflejo una unidad en el
orden del saber, de modo que las ciencias más fundamentales,
como la física, terminarían por cobijar explicativa
y descriptivamente, a todas las demás empresas de conocimiento,
en una especie de encajonamiento secuencial como el de las matrushkas.
Los positivistas lógicos fueron los últimos eficaces
abanderados de este sueño de reducción cabal. Wilson
elude sabiamente la tentación de retomarlo (ya que es insostenible
bajo el testimonio de la historia y la lógica) apelando
estratégicamente al famoso concepto del filósofo
decimonónico inglés William Whewell de "consilience
of inductions". Whewell usó esta idea para mostrar
cómo los hallazgos científicos adquirían
objetividad al converger, desde distintos ángulos, en los
mismos resultados, las mismas regularidades de fondo. Esta confluencia,
pensó, señala las rutas hacia la integración
(que no necesariamente reducción) de dominios distintos
bajo esquemas explicativos unificados. Recordemos que Whewell
escribió en la primera mitad del siglo XIX,
quizá la época más optimista respecto a la
unidad de las ciencias; y fue en consecuencia totalmente reacio
a la introducción de esquemas explicativos refractarios
a la unidad. Famosamente se opuso a un esquema que apelaba a causas
probabilísticas e indirectas, el de la selección
natural de Darwin, que amenazaba su visión monolítica
del método. Wilson rescata aquella sagaz noción
de "consilience" (de traducción difícil
al español) y trata de mostrarla como la alternativa a
la implausible "reducción" total, así
como algo superior la simple y democrática relación
de "coherencia" que otros preferimos.
Wilson
parte de la creencia de que en gran medida ha sido ya posible
integrar una gran parte del conocimiento científico. Está
además seguro de que si seguimos sus consejos terminará
por integrarse del todo, de modo que "las explicaciones se
unan en el espacio desde la molécula hasta el ecosistema,
y en el tiempo desde el microsegundo hasta el milenio". La
imagen que lo motiva es hermosa, pero es sólo eso, una
imagen, y él parece a veces pensar que es posible (o deseable)
de veras articular efectivamente en una descripción específica,
accesible a un ser humano, los detalles causales que llevan, por
ejemplo, de los eventos cuánticos en un átomo de
una molécula de ATP en una mitocondria
en una célula en un niño que patea una pelota en
un campo de fútbol de su primaria mientras su familia lo
observa orgullosa porque representa a su escuela que está
en un distrito pobre de la ciudad más contaminada del mundo
donde los efectos climáticos del otro "Niño"
han ocasionado inundaciones que revelan la corrupción del
Estado lo que hará que el regente pierda las elecciones
del año entrante y cambie la historia del país...
Exagerada como toda caricatura, esta retahíla no está
lejos de la retórica de Wilson.
Para
ser justo hay que reconocer que la parte sustancial del alegato
de Wilson está centrada en la presunta integración
de las ciencias sociales y las humanidades a la perspectiva y
estrategia explicativa de la biología evolucionista. En
opinión de Wilson, la barrera más reacia a la integración
y convergencia general de nuestros conocimientos está ubicada
precisamente en esa espesa y confusa interfase. Las recurrentes
y estériles disputas entre humanistas y científicos,
entre culturalistas y hereditaristas, entre fragmentadores y unificadores,
se deben según él a los espejismos y
confusiones que pueblan esos espacios. La interacción entre
biólogos, médicos, antropólogos físicos,
por un lado, y sociólogos, antropólogos sociales,
economistas, filósofos, por el otro, podría ser
mucho más constructiva si se establecieran clara y objetivamente
los términos de las relaciones causales entre sus respectivos
objetos de estudio. Para Wilson esto significa aceptar la acción
forjadora de la evolución por selección natural
de nuestras predisposiciones innatas; que "los genes paleolíticos...
se quedaron en su sitio y han seguido prescribiendo las reglas
fundamentales de la naturaleza humana... han cargado la naturaleza
humana hasta traerla al caos de la historia moderna". Aceptar
el rol de esos genes en construir nuestros cuerpos y constituir
nuestros espíritus posibilita piensa elucidar
las tendencias y reglas adquiridas en nuestra prehistoria que
son las bases comunes sobre las que se construyen y despliegan
esos deslumbrantes y polimórficos edificios de nuestras
costumbres y culturas. La co-evolución de genes y cultura,
es decir la manera en que las culturas han desplegado, ahondando
o restringiendo, las reglas interiorizadas ("cableadas")
de nuestra humanidad, es el conocimiento que nos falta. Y Wilson
hace un esfuerzo brillante por hacer ver cómo podría
teorizarse con cada vez mejores resultados sobre ese fenómeno.
Hay una dosis de voluntarismo en su forma de plantear los problemas
y proponer soluciones a futuro, pero su erudición e inteligencia
logran sugerir caminos y abrir alternativas realistas, que aceptan
honestamente la posibilidad de un fracaso estruendoso.
Polémicamente,
Wilson asume que, a final de cuentas, hay sólo una clase
de explicaciones científicas básicas, las físicas,
que los científicos consiguen escalar hacia todos los niveles
de complejidad y por sobre todos los acotamientos temporales.
La compleja y asombrosamente diversa fenomenología que
nos enfrenta está según él siendo
exitosa y progresivamente explicada por la unificación
de las descripciones básicas de hechos superficialmente
disímbolos; esto por medio de consiliences entre
lo que vemos ocurrir y la afinación sucesiva de las explicaciones
que le damos. Al ir tejiendo una malla uniforme de hechos y conexiones
explicativas, cada nueva consilience robustece y afianza
nuestro conocimiento global, y nos acerca hacia la meta.
Esta
visión, sin que Wilson lo aclare, resulta de una posición
epistemológica que filósofos de todas las épocas
han intentado hacer plausible. Es esa posición que pretende
que hay un acercamiento progresivo de nuestro conocimiento del
mundo a una única verdadera representación de éste.
Esta es precisamente la tesis que ha perdido credibilidad en el
curso de este siglo. El problema de Wilson es que no la distingue
de la tesis metafísica de que todo está hecho de
lo mismo. Que todo es finalmente materia y energía como
lo entienden las ciencias físicas. Para él, el anidamiento
de los objetos del mundo en niveles de complejidad desde lo microfísico
hasta lo cósmico orienta necesariamente hacia un anidamiento
descriptivo y explicativo. Varios conocidos ejemplos de reducciones
de una teoría a otra en la historia de la ciencia son invocados
por él para justificar esta creencia. Es muy conocido que,
la termodinámica clásica y sus conceptos fenomenológicos
de calor y entropía, fue reformulada completamente en el
último tercio del siglo pasado en términos de la
física estadística de movimientos moleculares. Pero
éste que es el más defendible de los casos de reducción
de una teoría a otra, sigue sin ser plenamente elucidado
en cuanto tal, y menos claros aún son otros ejemplos que
Wilson y otros aluden, como la reducción de la genética
mendeliana por la genética molecular. Pues como ha quedado
claro en los trabajos recientes de historiadores del tema, lo
que ha pasado ahí se parece más a una dilución
y desplazamiento descriptivo, que a una verdadera reducción.
La conclusión inevitable es que no es posible seguir manteniendo
creencias tan firmes basadas en ejemplos tan poco generalizables.
Ya dije
que el proyecto que apasiona de veras a Wilson no es el de conectar
todo con todo, sino el de lograr en los próximos años
una unificación conceptual y explicativa de las ciencias
naturales y las ciencias sociales, a través del puente
que pueden establecer las neurociencias y la sicología
evolucionista. El conocimiento de cómo funciona el cerebro
para predisponernos a pensar, sentir, actuar de ciertas maneras,
iluminado a su vez por el conocimiento de por qué se seleccionaron
tales funciones y estructuras y no otras, permitirá, según
Wilson, articular sobre la biología a las ciencias humanas
que merecerán tal apelativo en el futuro. La estructura
conceptual que emergerá es impredecible en sus detalles,
pero según Wilson, algunas de sus propiedades ya pueden
delimitarse. Será una ciencia eminentemente biologizada,
donde las propiedades y determinaciones fundamentales detrás
del bosque de las diversidades culturales, históricas e
individuales de los hombres, serán catalogadas y entendidas
según las funciones para las que fueron seleccionadas.
El recorrido
causal de los genes (o poligenes) hacia la cultura, la historia,
la ética, el arte, exige piensa él una
apertura hacia definir y delimitar espacios de amortiguamiento
causal, e independencia relativa. Wilson lo reconoce y postula
soluciones interesantes como la existencia de distintos tipos
de "reglas epigenéticas" controladas a menor
o mayor distancia por la "correa epigenética",
reglas que a su vez establecen el menú de las predisposiciones
y preferencias de la especie humana. Haciendo confluir en este
tipo de conceptos la información empírica de lo
genético por un lado y de lo cultural por el otro, tendremos
una idea cada vez más precisa de la compleja trama causal.
Wilson usa en todo esto un poderoso pensamiento analógico
y a menudo peca de apresurarse a sustancializar sus metáforas.
Hay creo
yo muchísimo espacio para interpretar de otras maneras
los casos y ejemplos discutidos en Consilience y para cuestionar
la confianza de Wilson en la eficacia de su aproximación.
Las conclusiones generales que intenta extraer de aquí
son por ello frágiles, pues en ningún momento pareciera
que está realmente delimitando una vía causal consistente
y fructífera para conectar la biología con todo
lo humano. Y la impresión que queda a fin de cuentas es
que resulta prematuro e injustificado el masivo traspaso de poder
explicativo que sin realmente explicar por qué
está pidiendo, desde el ámbito de las (muy heterogéneas)
representaciones sociohistóricas hacia el de la neurobiología
y psicología evolucionistas. En suma, la actitud de Wilson
sigue siendo pasmosamente ambiciosa y, por qué no decirlo,
arrogante e ingenua.
El
mosaico ineludible
"Las
ciencias naturales han construido una malla de explicaciones causales
que hacen todo el recorrido desde la física cuántica
hasta las neurociencias y la biología evolucionista",
postula Edward O. Wilson en Consilience. La metáfora
elegida es atractiva, pero ¿tiene algún referente
objetivo? ¿Qué podría ser esa malla, y dónde
podría estar escondida? Ciertamente no en las ciencias
tal cual ellas son y se practican hoy día. Una imagen elegante
de la ciencia como un cuerpo único, orgánico y vital,
que se teje y crece armónicamente expandiendo los bordes
de la objetividad puede mantenerse, con cierta justicia, en los
sitios donde es importante engalanarla por algún buen motivo;
en las invitaciones a acercarse a la ciencia a los jóvenes
o un público amplio; o en las discusiones grandilocuentes
sobre el hombre moderno y su circunstancia. Pero cuando se trata
de mirar con ojo menos propagandístico lo que las ciencias
en su dispersa totalidad hacen, y cómo, no resulta aceptable
ser tan simplista.
¿Qué
nos muestran los estudios de las ciencias hoy en día? Recorrer
con ojo analítico la historia de las ciencias de la vida,
o de las ciencias de la tierra, o aun de la física experimental,
por dar sólo esos ejemplos, nos revela una gran diversidad
de comunidades, de prácticas, de instituciones, de revistas,
de estrategias, de métodos, de lenguajes, etcétera,
que difícilmente pueden orquestarse y analizarse bajo esquemas
o imágenes analíticas simples. El hecho es que en
los dos últimos siglos en las ciencias ha habido una creciente
proliferación de nuevas y cada vez más disímiles
tribus científicas. Ciencias, disciplinas, subdisciplinas,
cada una con sus comunidades, sus rituales, sus métodos,
sus niveles descriptivos y formas de representar sus recortes
fenomenológicos; es decir, sus peculiares formas de modelar,
idealizar, abstraer, teorizar, observar, medir, cuantificar, experimentar,
analizar datos, de verificar sus afirmaciones y modificarlas.
Según el caso, las prácticas de cada grupo se parecen
más o menos a las de disciplinas similares sin deberles
necesariamente alianza o subordinación; es común
que las inclusiones y exclusiones, las fronteras (más o
menos móviles y permeables) y las autonomías se
basen precisamente en las diferencias; en las tradiciones asumidas
o cuestionadas.
El resultado
es que las explicaciones que se dan de los diversos fenómenos
y dominios no están unidas ni argamasadas de un modo único
y simple. Las simulaciones computacionales de los geo-químicos
no afectan ni caben de un modo "natural" en las teorías
de los sismólogos, e insertarlas en ellas implica adecuaciones
y cambios nada evidentes. La farmacología habitualmente
sólo toma de la etnobotánica aquéllo que
le interesa (plantas con posibles sustancias activas) y le tiene
sin cuidado dar cuenta o considerar los aspectos históricos
o antropológicos de esa disciplina. La economía
usa éste o aquél resultado de la sicología
o de las ciencias cognitivas, sin preocuparse demasiado por su
fecha de caducidad, ni por la coherencia global entre sus teorías
internas y aquéllas que piratea.
Así
se procede y así se avanza. No hay una integración
de imágenes. Las explicaciones no están unidas,
ni hay una angustia especial por ello. Sólo cuando hay
motivos específicos se intentan las conexiones, las interacciones,
la puesta en común de aquéllo que pueden compartir
dos o más disciplinas.
El hecho
es que las representaciones y afirmaciones sobre el mundo de los
diferentes dominios casi nunca son transformables (analítica
o sintéticamente) en descripciones y asertos de otros niveles,
de otros dominios, de otras disciplinas. Las maneras en las que
cada campo puede interactuar con el conocimiento proveniente de
otros campos no pueden describirse a priori, como relaciones
verticales de dependencia explicativa, u horizontales de traducibilidad
y coherencia. Los pocos ejemplos de reducciones "exitosas"
de una teoría a otra son avasalladoramente contrapesados
en la historia de la ciencia por otro tipo de transformaciones
y reacomodos producto de la interacción. Muchas de éstas
son efectuadas a través de la creación de lo que
Peter Galison ha llamado trading zones (zonas de comercio,
es decir, de negociación, de intercambio), en las que cada
comunidad de científicos aporta lo que tiene y toma lo
que le sirve de otras comunidades, y donde cambian de valor, significado
y sentido, los objetos, los conceptos, las prácticas. Los
estudios concretos señalan que en cada caso las transformaciones
y traducciones que las comunidades científicas realizan
y aceptan son de naturaleza particular, que sólo puede
entenderse de manera local.
Si se
piensa con cuidado, no resulta sorprendente que las interacciones
más variadas, inesperadas y creativas se den entre disciplinas
y dominios que se ocupan, más o menos, de entidades y fenómenos
de niveles de complejidad similares, entre las que puede decirse
que existe una relación horizontal, u oblicua. Este tipo
de disciplinas (digamos la bioquímica vegetal y la toxicología)
se acercan, tocan, se unen en ciertos nodos, se hibridizan para
inaugurar áreas nuevas, se reproducen, para volver a aislarse.
La "bipartición" o la "fusión"
son sólo dos modelos simples para describir lo que ocurre.
Hay también fusiones, contaminaciones, interfecundaciones,
horizontales, tanto en cuestiones teóricas como de técnicas
de investigación y análisis. En ningún caso
ocurre espontáneamente, sino que siempre es necesario efectuar
"trabajo" para consolidar y completar la influencia.
Hay, si seguimos la literatura descriptiva de la historia reciente
de las ciencias, un sinnúmero de vías por las que
las diversificantes y proliferantes subdisciplinas se constituyen,
aíslan, o se hacen estratégicamente impermeables,
influenciables ante otras disciplinas o ciencias, con el fin de
avanzar.
Para
capturar la multiplicidad que se da, los esquemas sencillos de
los filósofos con sus puentes y relaciones interteóricas
de coherencia y dependencia lógico-semántica (en
los que se encapsulan o ignoran las dimensiones prácticas,
fluidas, del quehacer científico, y la acción de
las tradiciones, estilos, e intereses locales) sencillamente no
alcanzan a ser mínimamente fieles a lo que la observación
de la actividad de las ciencias nos revela. La riqueza de los
movimientos que caracteriza las dinámicas representacionales
y justificatorias del conocimiento científico requiere
de herramientas metacientíficas más ricas y flexibles;
como las que se han comenzado a desarrollar en años recientes.
A estas alturas de nuestro conocimiento sobre las lógicas,
los métodos, las historias, las sociologías y antropologías
de las ciencias, es posible creo yo afirmar que la factibilidad
de tener una serie simple de reglas descriptivas (analíticas)
con las cuales capturar la diversidad de las conexiones, influencias,
resistencias, zonas de negociación y conflicto, etcétera,
se vuelve cada vez más ínfima. Y además cada
vez menos interesante a medida que se vacía de sentido.
Por
tanto creo que dar un listado exhaustivo, producto de una u otra
elucidación filosófica de tipos generales de vínculos
entre teorías, y entre éstas y prácticas
de investigación es, para estos tiempos, una ociosidad,
y lo que es peor un obstáculo para la comprensión
de las ciencias.
No se
concluya por lo anterior que defiendo una imagen en la que las
ciencias viven en un desorden babélico donde impera la
incomprensión y la discordia. Los científicos viven
comunicándose eficazmente no sólo hacia adentro
de sus tribus, sino también hacia los distintos sectores
exteriores, tanto de otras disciplinas, como de grupos ajenos,
como los políticos y la sociedad amplia. Para hacerlo necesitan
sin embargo realizar esfuerzos constantes de traducción
y negociación, nada fáciles ni automáticos.
Es necesario
mapear localmente esos esfuerzos, la creación de puentes
y zonas de negociación, antes de intentar cualquier afirmación
general. Lo contrario es apresurada temeridad.
Edward
O. Wilson está seguro de que es posible, a partir de deducciones
teóricas, localizar sin error, anticipadamente las avenidas
por las que pasarán nuestros progresos futuros. Las descripciones
y explicaciones causales que conecten y afiancen esa malla que
tejemos según cree entre todo lo existente
para completar nuestra representación del mundo natural
y social. Al parecer piensa que como hay una serie única
de caminos que la naturaleza utiliza para dar sitio a sus efectos,
es también única la manera de representarlos. Que
la tarea es distinguir y resaltar esas vías regias de las
causas naturales, capturarlas y ceñirlas con nuestras teorías,
de modo progresivamente preciso que implica inevitablemente la
unificación de todo el conocimiento digno de tal nombre.
Está
seguro por ejemplo de que los recortes y modelos histórico-probabilísticos
de la teoría de la selección natural deben conectarse
funcionalmente con los espacios descriptivos y explicativos de
la sicología y demás ciencias humanas a través
de la elucidación de un proceso que necesariamente debió
tener lugar entre genes y "cultura". Esta extensión
del alcance explicativo de una teoría más básica,
biológica, le parece la única estrategia de avance
verdadero. Pero es la misma teoría de la selección
natural la que nos da el mejor ejemplo de la falsedad de tal apreciación.
Lo que hoy aceptamos como objetivamente establecido sobre cómo
y por qué los seres vivos son como son, y han tenido la
historia que han tenido (de diversificación y adaptación
a distintos y cambiantes ambientes), se lo debemos al esquema
inaugurado por Darwin. Y es más que probable que casi todo
ese conocimiento permanecería incólume ante una
total revolución conceptual de las ciencias físicas
fundamentales. Con tal de que las regularidades fenoménicas
fisicoquímicas que sustentan los procesos de la vida sean
de hecho las mismas (aun bajo descripciones distintas), los procesos
de orden mayor que describimos como variación, heredabilidad,
selección y adaptación biológicas, podrían
seguir siendo descritos y explicados por básicamente las
mismas teorías que hoy empleamos. No es que sea inconcebible
que debamos en un futuro cambiar de imágenes sobre la historia
de la vida; y que la motivación para tal cambio no pueda
venir de donde sea. Sino que es un hecho que existe un real desacoplamiento
entre nuestras imágenes de los procesos físicos
y las de los procesos biológicos, de modo que unas puedan
caer o sostenerse independientemente de las otras. Nada impide
que lo mismo no sea el caso entre las ciencias biológicas
(y su selvática complejidad) y las ciencias sociales (aún
más complejas). En realidad hablar así, en general,
de bloques de ciencias tan disímbolas es ya de suyo un
error. Y la de Wilson no puede entonces ser sino una enorme petición
de principio sin visos de tener alguna factibilidad. No pasa por
su atención la idea de que pueda haber desa-coplamientos,
grandes regiones de aislamiento, desconexión o amortiguamento
causal entre las entidades que describen (o construyen) las ciencias
biológicas, y aquéllas de las ciencias sociales;
menos aún entre las de diversas parcelas de cada una de
éstas. Su ingenuo realismo metafísico contamina
su visión epistemológica hasta nublarla del todo.
Queda
entonces abierta la pregunta ¿cuál es la lección
a tomar desde los estudios de la ciencia de la fragmentación
de los discursos y de la disgregación de las prácticas
científicas? En palabras de Jerry Fodor: "la parte
más dura ahora es reconciliar una ontología fisicalista
con la en apariencia ineliminable multiplicidad de discursos que
requerimos cuando intentamos decir cómo son las cosas".
El
desalíneo de las ciencias biológicas
En el
clima menos idealista respecto de las ciencias que el desenlace
de los debates filosóficos post-kuhnianos ha creado, un
creciente número de estudios empíricos muestran
que los procesos por medio de los cuales se produce, se negocia,
se debate, se modifica o se desecha el conocimiento científico
le da a éste un carácter fuertemente vinculado a
las historias locales de las tradiciones y disciplinas; es decir,
ligado a la pragmática de los intereses y valores locales,
de los recursos descriptivos y materiales accesibles y aceptables
por cada comunidad específica. El contexto de producción
o construcción de las representaciones y prácticas
científicas se ha comenzado a ver como crucial para la
cabal comprensión de lo que son y hacen las ciencias por
nosotros. El caso de las ciencias biológicas es particularmente
importante pues en la segunda mitad de este siglo han pasado de
ser el patito feo (o el hermano torpe) de las ciencias físicas
para ocupar un lugar protagonista tanto en el desarrollo del conocimiento
científico mismo como en la actividad de investigación
y comprensión del fenómeno científico.
Así,
es posible encontrar en la obra reciente de destacados filósofos
de la biología la conclusión bien apuntalada de
que en este tipo de ciencias los traspasos de fronteras descriptivas,
disciplinarias y prácticas, cuando se dan como estrategias
para avanzar nuestro conocimiento, nunca adoptan formas ni soluciones
que podamos describir con justicia como reducciones de
un nivel a otro, ni como integraciones horizontales no problemáticas.
Los préstamos conceptuales y las integraciones de elementos
de una disciplina a otra deben negociarse y estabilizarse de un
modo penosamente constructivo. Lo que finalmente termina generando
espacios descriptivos de investigación impredecibles antes
de la interacción y donde continuamente surgen desarreglos,
heterogeneidades y distancias que deben salvarse con mucho esfuerzo
y transformación de ambos lados en las ya mencionadas zonas
de comercio.
Algo
similar ha ocurrido, significativamente, en un gremio de estudiosos
de la ciencia más conservador y escéptico respecto
de los estudios empíricos de las ciencias. Así,
si vemos hacia donde han ido llevando los filósofos de
la biología la canónica discusión de la posibilidad
de reducción de las teorías genéticas del
siglo XX anteriores a la revolución
molecular (o genéticas de transmisión) a las nuevas
visiones de la transmisión hereditaria que se basan en
la biología molecular, veremos que la idea de unificación
de las ciencias biológicas ha perdido, ahí también,
mucho terreno. Desde posiciones franca y diametralmente opuestas
casi todos los autores importantes han concluido que no tiene
ni tendrá sentido hablar ya nunca de una secuencia natural,
coordinada y progresiva, entre los diversos tipos de genéticas
que se han dado en el tiempo. Y se concluye que por ejemplo el
concepto mismo de "gene", tan atrincherado en el habla
científica y popular, tiene una historia semántica
compleja, para nada convergente en dirección a referir
adecuadamente una entidad biológica esencial (existente
independientemente de las teorías), hacia la que todos
los usos de la palabra apuntaban, así fuese por balbuceos.
Y que más bien puede resultar que la idea clásica
de "gene" no sea sino un accidente histórico,
del mismo tipo que lo fueron el flogisto en la química
o el éter en la física.
John
Dupré, por ejemplo, desde un realismo interno pragmatista
y una lúcida postura que acepta una pluralidad indefinida
de posibles recortes ontológicos, dependientes de aspectos
pragmáticos de los programas de investigación, concluye
que todo apuntalamiento de lo macroscópico basado en lo
microscópico será siempre contingente y parcial.
Philip Kitcher por su lado ha discutido a favor de la autonomía
y la intraducibilidad de los patrones explicativos de los distintos
niveles descrip-tivos, debido a que partiendo del puro nivel molecular
jamás reconstruiríamos las regularidades y clases
naturales (mole-cularmente heterogéneas) que nos permiten
hacer las infe-rencias de la genética de transmisión.
En un
bando rival al de los dos filósofos mencionados, Alexander
Rosenberg, quien asume lo que podríamos llamar una visión
instrumentalista "obligada" de las teorías biológicas,
se ve forzado a aceptar la irreducibilidad entre ellas, con el
aparte de que es sólo para entes con nuestras débiles
capacidades cognitivas. Algún marciano con cerebro supercomputador
podría piensa Rosenberg derivar todo el conocimiento
significativo de los niveles complejos de agregación biológica
partiendo de las moléculas y sus propiedades. Filosofía
ficción, si la hay. El hecho es que para todo fin interesante
o relevante, aun él ve que la reducción es, en todo
sentido terrestre, una quimera.
Ahora
bien, desde mi punto de vista, en esta disputa el peso de la prueba
se ha ido desplazando hacia el lado de los reduccionistas, pues
incluso los ejemplos otrora más sólidos y convincentes
en biología (como la reducción de la genética
mendeliana a la molecular) se han encontrado inadecuados.
Esta
discusión, de alcurnia entre los filósofos de la
biología, sigue y seguirá dando peras por un rato.
Pero de ella y su discurrir hasta el momento, creo yo, ya podemos
derivar algunas conclusiones robustas. Una es que las descripciones
que los filósofos hacen de las teorías científicas,
sus estructuras, sus funciones, sus vínculos con otros
conocimientos y con las parcelas del mundo hacia las que apuntan,
dependen crucialmente de las virtudes y valores epistémicos,
que han elegido situar los filósofos en el centro de su
reconstrucción de la ciencia. La unidad o la unificación
de algún tipo sigue siendo epistémicamente virtuosa
para algunos de los filósofos. Mas la unidad ideal (o desunidad
contingente) de un empirista adecuacionista como Rosenberg, será
distinta de la unión local y contingente, y la desunidad
profunda, de un realista interno como Dupré. A su vez ambas
serán distintas de la unidad metodológica bajo una
diversidad descriptiva de Kitcher, quien sitúa el poder
explicativo de las teorías en el sitio de privilegio.
Hay
que decir ahora que lo que comparten, en mayor o menor grado,
todos ellos es una visión de las ciencias biológicas
filtrada por sus anteojeras relativamente ahistóricas,
que opacan o dejan en el rincón los hallazgos de los innumerables
estudios empíricos de la ciencia recientes. Incorporando
esa dimen-sión las conclusiones antirreduccionistas se
ahondan y tornan casi inevitables.
Ian Hacking
por ejemplo ha hecho ver que si acaso hay encarnaciones de la
idea de unidad de las ciencias que han jugado (y lo siguen haciendo)
un papel epistemológicamente relevante, éstas son
las que los científicos mismos han generado en su práctica
a lo largo de los siglos. La mayoría de las discusiones
filosóficas de este siglo sobre el tema, al adquirir un
carácter totalmente desprendido de la ciencia como de hecho
se practica, han terminado por no tener relevancia alguna para
el desarrollo de nuestro conocimiento. Si acaso es el afán
unificador el que a veces (o a menudo) mueve a la ciencia, no
por ello el filósofo y el historiador están obligados
a asumir que el resultado de ese afán es inevitable; el
sustrato empírico con el que trabajan, la historia misma,
suele mostrar otros desenlaces.
Así,
Hacking nos enseña cómo es que hacer una epistemología
histórica que rastree de cerca el surgimiento, difusión
y estabilización de estilos de razonar, a lo largo de la
historia de la ciencia, nos lleva tanto a ver con más minucia
las líneas de unificación o hibridación de
disciplinas, como al establecimiento de fronteras, desarreglos
y heterogeneidades. Su idea es que no son sólo las representaciones
que las ciencias engendran (teorías, modelos) los elementos
significativos para revelar sus procesos de desarrollo y cambio,
y piensa que los filósofos en general han perdido de vista
mucho de lo sustantivo en el devenir real de las ciencias.
A mi
entender está claro que los estudiosos de la biología
están obligados a desprenderse de los enfoques simplistas
que separan a las representaciones científicas de sus hábitat
na-turales (usando la ecología como metáfora) y
las trasladan a laboratorios conceptuales, donde se les homogeneiza
y desnaturaliza al traducir a jergas técnicas o generalizaciones
cada vez más vacías de contenido real (léase:
"todos los cisnes son blancos"). Desde aquella distancia
no sólo perdemos todo contacto con el objeto mismo que
estamos intentando conocer (que en el caso de las ciencias biológicas
son los conocimientos que sobre los seres vivos hemos de hecho
tenido, tenemos y estamos queriendo tener), sino que fomentamos
el trabajo en torno de una serie de preguntas y respuestas abstractas,
altamente fantasiosas, como la de la existencia inmanente de una
unidad (elucidable por los filósofos) del conocimiento
biológico.
La
sana desunidad
La tarea
de unificar el conocimiento científico bajo descripciones
simples, analíticas, únicas es, hasta donde puede
verse desde aquí, una ambición ilusoria. El estudioso
de la ciencia debe aceptarlo así puesto que: 1) Nuestras
prácticas y representaciones científicas no forman
bajo ningún criterio una clase natural, o algún
tipo de jerarquía de clases vinculadas. 2) Tampoco forman
una familia de semejanza bajo criterios descriptivos puramente
analíticos; su localización y adjetivación
como científicas requieren de la incorporación de
historias, contextos, determinaciones locales, contingentes. 3)
Las ciencias en cualquier momento dado producen recortes, clasificaciones,
taxonomías y presupuestos ontológicos refractarios
entre sí. Aún incongruentes. 4) Los objetos y sucesos
que construyen, aíslan y describen las distintas ciencias
dependen en grados variantes de la orografía social en
la que están insertos. La posibilidad de que ciertas clasificaciones
de objetos y fenómenos surjan de la interacción
entre las comunidades de investigadores y las potencias y disposiciones
causales del mundo es circunstancial y contingente, y el grado
de "cemento social y psicológico" que algunas
de ellas requieren es variante. Las descripciones posibles no
preexisten, ni el mundo, al menos en una mayoría de sus
dominios, tiene "puntitos" señalando por dónde
deben hacerse las incisiones descriptivas, y los recortes de cosas
y eventos. Más bien, de un mismo espacio es posible producir
esquemas descriptivos varios y heterogéneos. Es a través
de la intervención material y representacional que se generan
y estabilizan tales esquemas, cuya dinámica de cambio,
por otro lado, apenas comenzamos a descubrir. Es decir, las ontologías
posibles de las ciencias son mucho más ricas de lo que
es dable suponer a partir de un puro fisicalismo reduccionista.
Es claro
que si consideramos el ideal de unificación como un valor
entre otros que se pone en juego en el terreno de la investigación
científica, al que podemos ver actuar de distintos modos
(como estímulo o freno), es en la investigación
empírica interpretativa de los historiadores donde encontraremos
las ubicaciones y formas que adquiere dicho ideal.
Ahora
bien, es otro el terreno cuando se trata de anticipar si nuestras
ciencias, por algún tipo de necesidad, o afortunada coincidencia,
terminarán unificándose, o no. El debate ahí
se torna más apriorístico e ideológico; es
una disputa interesada por imponer una u otra imagen de las ciencias.
En mi
opinión la actitud más honesta (y modesta) es reconocer
el estado actual de fragmentación epistémica y ontológica
de las ciencias, y en todo caso suspender el juicio sobre un futuro
cambio de rumbo hacia la unificación. Considerar tal situación
como positiva abre un espacio de descripción e investigación
de las ciencias más interesante, complejo y fructífero,
en el que diversas preguntas provenientes de ámbitos varios
(sociología, psicología, antropología, lingüística)
pueden convivir e interactuar.
Hay además
razones importantes para estar alerta ante demasiado entusiasmo
apriorístico por la unidad, como el que muestran algunos
científicos, bien representados por Edward O. Wilson. A
menudo su sentimiento (o intuición) de la bondad de la
unidad va acompañado de la creencia en "ácidos
metafísicos" que todo lo homogeneizan en una ontología
bien ordenada y predeterminada. Ya sea de origen divino o natural,
tal presunción, que hace presuponer redes o mallas de conexiones
causales, capaces de finalmente explicarlo todo, tiene semillas
de dogmatismo en ella. Tal tipo de actitud a menudo es inocente,
pero además de poco objetiva, puede resultar nociva si
se vuelve la base de una imagen pública cientificista,
poco crítica de la ciencia, y de una autoimagen arrogante
y enceguecida de los científicos de su actividad y sus
capacidades.
Quizá
el problema más serio de las imágenes modernas asociadas
a las ciencias y a las técnicas sea la ilusión del
control completo. La enseñanza de las ciencias naturales
induce en sus practicantes un espacio de representaciones en donde
la parametrización de las variables es la mitad de la solución
de cualquier problema, y en el que el modelado de los fenómenos
parece asegurar el acceso al cableado causal simple que está
detrás de la sucia profusión de excepciones en las
que la naturaleza y las sociedades humanas suelen embrollarse.
El corolario ineludible del éxito en las ciencias (como
quiera que lo definamos) es la pretensión ilusoria e ilusa
de tener en la yema de los dedos (en nuestras ecuaciones, gráficas,
bases de datos) los botones del tablero de control del aspecto
del mundo en el que se es experto. Inducir estados del alma con
fármacos de diseño inteligente, teledirigidos a
receptores específicos en la corteza cerebral; diseñar
una red de captura lo suficientemente sutil para entrampar al
elusivo monopolo magnético; o determinar el futuro de los
genes de las especies biológicas (incluida la nuestra)
son el tipo de intervenciones que en nuestros tiempos mueven a
las comunidades científicas. La acumulación de poderes
(eficacia técnica, retórica y de cabildeo político)
que siguen haciendo los científicos en nuestras sociedades
ha tendido a reforzar la convicción de que esa visión
simplista de partir todo en sus unidades causales menores y representarlo
en ecuaciones o diagramas de flujo es todo lo que hay que
hacer para entender y controlar las naturalezas, la humana y la
otra; de ahí la impaciencia y arrogancia de los científicos
y técnicos ante quienes toman cierta distancia e intentan
ejercer la actividad crítica (que ellos por otro lado dicen
respetar) sobre sus pretensiones de verdad, objetividad y control
totales. Y no me refiero aquí a quienes desde un disgusto
romanticoide alientan las hogueras de la anticiencia sino a quienes
desde las sólidas tradiciones críticas de la filosofía
y los estudios sociales de la ciencia han hecho ver repetidamente
la falsedad y el peligro de la autoimagen que comparten nuestras
ciencias y técnicas. Finalmente ideológica (que
no necesariamente perversa) la ilusión de una objetividad
universalizable, basada en la construcción progresiva de
un edificio monolítico, es una de las que debemos vigilar
con la mayor de las atenciones en nuestro mundo. Hay por todos
lados síntomas de que del dicho de los modelos y teorías
científico-técnicas, al hecho de lo que en nuestro
entorno ocurre hay un trecho muy grande y poblado de múltiples
opacidades. Nuestras representaciones científicas del mundo,
con todo lo eficaces, precisas, elegantes, bellas, productivas
que puedan ser, no forman una malla de verdades eternas que se
acumulan. Son racimos de disciplinas y tradiciones. Son un delta
de teorías, modelos, objetos epistémicos que cambian,
se reproducen, fenecen. Y nos dan una visión compleja del
mundo hecha de mosaicos diversos, algunos bien enfocados y definidos,
otros más desenfocados y en elaboración; fragmentos
que en partes embonan bien, en otras apenas se acomodan, y en
otras más chocan y se raspan mutuamente transformándose
siempre.
Notas
1
Para la visión del progreso y la unificación en
la historia de las ciencias ver Larry Laudan, Progress and
its Problems, y D. Gillespie, The Edge of Objectivity.
2
Descripciones adecuadas de las nuevas visiones de las ciencias
pueden encontrarse en Steve Woolgar, Science: The very idea,
Harry Collins, Chang-ing Order y Bruno Latour, Science
in Action. Para discusiones detalladas sobre las fragmentaciones
y negociaciones que en distintas ciencias se dan ver Peter Galison
y David Stump (eds.), The Disunity of Science: Boundaries,
Contexts and Power, Stanford: Stanford University Press, 1996.
Para conocer las polémicas que esto ha ocasionado sobre
todo en el medio académico anglosajón ver Andrew
Ross (ed.), Science Wars, Durham, NC: Duke University Press,
1996.
3
Una excelente colección reciente recopila varios trabajos
fundamentales de esta nueva manera de analizar las ciencias: Mario
Biagioli (ed.), The Science Studies Reader, New York: Routledge,
1999.
4
El episodio de los últimos años que en el mundo
anglosajón se ha dado por llamar Science Wars, es
la encarnación de este malestar en una campaña de
desprestigio de las humanidades, sobre todo de aquéllas
que hacen de las ciencias su objeto, y que han intentado comprender
la influencia de todo tipo de factores causales, sociales, económicos,
políticos, éticos y estéticos, en la producción
del conocimiento científico. Entre los episodios más
conocidos (y menos comprendidos al ser leído fuera de contexto)
es el mentado affaire Sockal, que algunos científicos
y divulgadores de nuestro país ahora intentan importar
sin que tenga sentido. Entre otras cosas porque aquí estamos
lejos de conocer bien el tipo de imágenes de la ciencia
que los mejores estudios de las ciencias han construido. Ocurre
así que esgrimiendo de manera ignorante y palurda adjetivos
como "posmoderno" y "hermeneuta" algunos científicos
asokalados locales creen poder eliminar su necesidad de conocer
de verdad los estudios humanistas de las ciencias.
5
Además de Science Wars (nota 2), ver también
Andrew Pickering (ed), Science as Culture and Practice,
Chicago: Chicago University Press, 1992. Para críticas
a los estudios de la ciencia ver Paul R. Gross, Norman Levitt,
Martin Lewis (eds.), The Flight from Science and Reason,
Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1997. Una evaluación
más informada está en Ian Hacking, The Social
Construction of What?, 1999.
6
A sus casi 70 años Edward O. Wilson debe contarse entre
los hombres más sabios de nuestro tiempo. Su trayectoria
como científico y pensador es a la vez asombrosa y ejemplar.
Es uno de esos individuos que en una sola vida de investigación
y reflexión obtiene resultados de una cantidad y calidad
que otros no acumularían en diez. Y no uso el apelativo
sabio ligeramente, pues detrás de todos sus afanes e ideas
hay una auténtica búsqueda, bien despegada de intereses
y recompensas superficiales. El suyo es también un camino
lleno de accidentes y de malos entendidos, debido por un lado
a la singular tenacidad con la que ha perseguido su íntima
necesidad de esclarecer, para él y quien quiera seguirlo,
la naturaleza del mundo en el que le tocó nacer; y por
otro lado debido a su rasposa impaciencia respecto a la actitud
de quienes por buenas o malas razones se resisten a seguirlo,
y aun le ponen piedras críticas en el camino
7
Wilson es autor de Sobiología, Sobre la naturaleza humana,
Hormigas, La coevolución de los genes y la cultura,
El fuego de Prometeo, Biofilia, entre varios importante
libros.
8
Es visible la certeza que siente Wilson de que los relativistas,
fragmentadores, contextualistas, escépticos y demás
habitantes del "cauto" mundo donde hay que tomar la
ciencia con pinzas están equivocados; pero parecen agradarle
los retos que presentan, cuando son inteligentes. Sin embargo,
no siempre logra ubicar la dirección ni la fuerza de los
argumentos que ataca; y se pelea con molinos de viento que etiqueta,
a la usanza de los participantes en las "guerras de las ciencias"
recientes, como posmodernistas. Es importante señalar que
Wilson, a diferencia de otros belicosos científicos como
Steven Weinberg, sí lee atentamente las obras de los autores
que critica.
9
Se han propuesto varias opciones de traducción: convergencia,
confluencia, conciliación, concordancia. Ninguna de ellas
captura el aura antigua y un tanto teológica de la palabra
inglesa.
10
Son recomendables H.J. Rheinberger, The History of Epistemic
Things, P. Galison, Image and Logic, I. Hacking, Reshaping
the Soul, B. Latour, The Pasteurization of France.
11
Lo que filósofos como W. Wimsatt y J. Dupré han
discutido analíticamete ha sido también mostrado
con ejemplos por autores empíricamente orientados como
H.J. Rheinberger o J. Fujimura.