Viajando sin nostalgia ni esperanza por los días, recoge sus hallazgos, nos comunica el asombro de encontrarse de nuevo con lo familiar. Porque, según apunta uno de sus poemas, lo que es nuestro es el tiempo, es lo único de lo que realmente nos vamos apropiando. Y para lograr atrapar sus asombrosos trechos tenemos que guardar silencio y nunca tener prisa para captar las sensaciones y pensamientos únicos que nos depara cada día.
Los días son el mundo que explora este poeta, están hechos de mañanas y tardes, de luces y de sombras, de cenefas de otros días, de todo lo que somos y hemos sido. Son el tiempo realmente humano, son la verdadera escala de nuestra experiencia.
Más que una voz cantante, la poesía de Antonio Deltoro es una invitación a caminar con él, compartir sus descubrimientos, sus recuerdos y sus pensamientos. Estos últimos nunca se alzan en vuelo retórico, se apegan a los días y a las cosas. Y es esto lo que en cada poema les va dando una luz particular; no se sirven de las cosas, se vuelven su sustancia. Sucede entonces que, por ejemplo, los aullidos de los perros sin dueño que andan por la noche amplían la ciudad, le inventan nuevos rumbos; que el lápiz es un ser que para hacer se deshace; que las azoteas derrotan las paredes y vuelven piso el techo de la casa; que en la plaza el asfalto descansa y toma vacaciones. Los pensamientos salen maravillosamente disparados del suelo de los días como el balón de su poema, tienen esa corporeidad y esa singularidad que sólo les da el roce con la vida modesta y silenciosa.
Hay además en esta poesía caricias y miradas a la gente: la mano que sigue la caligrafía, la mirada que busca otros ojos que han leído el mismo texto, el poema que busca un rostro recordado entre los muertos, la maestra que enseñaba a quedarse callado con los brazos cruzados y ese mejor amigo con quien entre tablas y escombros, en el fondo del patio, donde nadie se asoma, construyó el submarino que todos desconocen y con el cual seguramente este poeta seguirá por mucho tiempo buceando en las profundidades de los días.
Alicia García Bergua
Tu poesía, sin ser hedonista, nos transmite un cálido
gozo de vivir, un júbilo primordial por estar vivo y por
sentir vivo a todo. Sin embargo, en esta visión generosa
del mundo, tanto tiene que ver la inocencia como la lucidez. El
asombro expresado en tus poemas brota de la decisión de
dejar que la realidad entre en uno y no uno en la realidad. De
ahí que el pensamiento se adapte a ella y no al revés.
¿Es en tu caso la lucidez una voluntaria predisposición
a dejarse sorprender? ¿Qué añade el pensamiento
a la inocencia? A estas alturas de la historia del hombre, ¿puede
uno asombrarse sin recurrir a una especie de ingenuidad deliberada?
En
los ojos desmesurados del pasmo, en esta interrupción,
en este silencio, hay ya una pregunta. De esta pregunta nace la
lucidez del inocente. La lucidez del asombrado consiste en una
doble operación: en mantener vivo el asombro y en recoger
los frutos que el asombro sembró. No creo que el asombro
sea más abundante o legítimo en unas épocas
que en otras. Pienso que hoy nos podemos asombrar de las mismas
cosas que ayer, si poseemos esta capacidad; el que se asombra
no sólo lo hace con el pensamiento sino también
con las vísceras y el corazón; el asombro abre su
ser a otra realidad que es más intensa y verdaderamente
ésta. Después, todo propende a dejar que el asombro
se disuelva; sólo algunas veces el asombro crea un hueco
permanente, que ninguna respuesta, que ninguna costumbre, cerrará.
El asombro no estriba tan sólo en vivir lo que hemos vivido
toda la vida como si fuera la primera vez, sino también
en vivir la repetición, lúcida y conscientemente,
como un milagro, como un resplandor.
Hay
dos extremos del asombro: uno es el súbito, el puntiagudo,
pariente del susto y de la sorpresa; el otro es el estático,
el pausado, el lento; tiene que ver con la admiración y
el pasmo; está más en relación con el tender
la red y la espera, sin saber qué se pescará, que
con lanzar el arpón. El que pesca con arpón necesita
tener puntería, saber a qué le apunta. El asombro
del que nace mi poesía es el lento, el de la boca abierta
y no el del corazón agitado.
La
palabra inocencia deriva de la palabra nocivo; el inocente es
el que no es nocivo, en cierto sentido el inocente es el bueno.
Quisiera continuar esta larga respuesta a tu pregunta ci-tando
a un bueno: Antonio Machado en la persona de Juan de Mairena:
"Hay que tener los ojos abiertos para ver las cosas como
son; aún más abiertos para verlas otras de lo que
son; más abiertos todavía para verlas mejores de
lo que son."
En
la introducción a Maravilla del mundo, compilación
de textos de fray Luis de Granada, Pedro Salinas hace un elogio
del pasmado y lo compara con el listo: "Y por estar siempre
de ida rápida conocimiento superficial a algo
y de vuelta de ese algo, viene a resultar que el listo no está
de planta en cosa alguna y es a modo de correveidile y averigualotodo,
que se pasa la vida escrutando con la mirada o el microscopio
en los misterios para no creerlos, para no caer en el pasmo y
no ser un pasmado. Su afán de precisión cognoscitiva
le embota los filos de la admiración." Antes, Pedro
Salinas cita unas frases de fray Luis de Granada en donde habla
del pavo real: "Es la hermosura desta ave digna de grande
admiración; más la costumbre de cada día
quita a las cosas grandes su debida admiración. Porque
los hombres de poco saber, no se maravillan de las cosas grandes,
sino de las nuevas y raras."
Esta
disponibilidad hace que tus poemas acojan experiencias muy distintas
entre sí, siendo el tono y la manera de vivirlas en el
poema los que las acercan unas a otras, hasta poner en relación,
dentro de un mismo poema, experiencias diversas que se iluminan
mutuamente, como en "De mañana", donde la parte
inicial, que habla de peces, no sólo ilustra al resto,
sino que tiene en sí misma la vibración de una vivencia.
Háblame del sentido de la disponibilidad.
La
mañana es el tiempo de los animales y de los dioses y de
esta criatura intermedia que comparte ambas naturalezas: el niño.
La tarde, en cambio, es el tiempo de la conciencia de los hombres,
de los adultos, de los enfermos de tiempo. A veces siento que
en la mañana somos propietarios del tiempo, por las tardes
siento que somos como esos inquilinos que saben que se les vence
el contrato.
Desde
muy pequeño sentía lo anterior; por las tardes me
deprimía y solía preguntar a los mayores por la
edad madura y la muerte; casi me convertía en un anciano
precoz contagiado por la caída del sol.
El
poema al que te refieres en tu pregunta, "De mañana",
así como casi todo Balanza de sombras, mi libro
más reciente, surge de este contraste entre el olvido del
tiempo y la conciencia de éste; entre la mañana
y la tarde; entre la disponibilidad, prácticamente absoluta,
matutina, de un ocio profundo y avispado, pero no dirigido, y
el trabajo. El poema me llevaba años rondando: había
tirado la red a las horas de la mañana y de la tarde y
casi me había olvidado, cuando de pronto en una mañana
agitada, llena de compromisos y personas, tuve la visión
de una mañana desierta, submarina, silenciosa, sin nada
más que un pez separado de los otros por distancias oceánicas,
nadando, disfrutando el vacío. La segunda parte me vino
por añadidura. A veces escribir poesía más
que un trabajo es, como bien dices en mi caso, una disponibilidad;
un colocarse en cierta posición para alcanzar un estado,
apenas separado del cotidiano; una "normalidad aguda"
como dice Guillén: como el niño que sale a la calle
y no sabe qué juego lo encontrará.
Tu
poesía es extraordinariamente material, llena de relieves,
de matices, reflejos y ecos. Cada poema crea un espacio hecho
de imágenes, que se ven, se oyen y se tocan. ¿Esta
plasticidad muy lejos del empalago descriptivo nos
está invitando a recuperar una relación más
cordial con el lenguaje y superar así la desconfianza a
que parte de la poesía moderna lo ha sometido, sospechando
de su validez para expresar el mundo? ¿Podría ser
una de las tareas de la poesía del próximo inicio
de milenio aliarse de modo más incondicional con la palabra?
La
poesía nace del trecho de la realidad despalabrado, silencioso,
mudo y, en los espacios finales de cada verso y con más
vigor, al final de cada poema, vuelve a él. Siempre, incluso
en los poetas más materiales y confiados o en las formas
más próximas a la prosa, como el versículo,
está presente este vacío. La poesía logra
la hazaña de mentar con palabras lo que no tiene palabras
hechas para ser mentado, por eso siempre es un hacer, un crear,
ya que el poema es una excepción que logra darle voz a
una realidad no verbal. Es natural, pues, que la pluma tiemble
ante el papel en blanco. En todo poeta hay este vértigo
ante el vacío. Al mismo tiempo, hay una atracción
irrechazable y poderosa, tanto por las palabras como por el mundo;
de pronto se siente que son la misma cosa, que se funden insepara-blemente:
estos momentos pertenecen, como habitantes de siempre y para siempre,
al poema. La desconfianza predominantemente intelectual ante el
lenguaje, a veces juguetona, pero también visceral y afectiva,
pudo ser fértil en los primeros años del siglo:
se pudieron hacer cuadros y poemas basados en el abismo que separa
el lenguaje del mundo y en la vaguedad de este último;
después, poco a poco, se volvió una pose, una moda,
una academia, el simulacro de una lucidez. Creo que en los próximos
años se agudizará la sensación de catástrofe,
de vivir el final de los tiempos, y la desconfianza en la palabra
y en el mundo dejará de ser una pose. Esto volverá
más necesaria y más escasa la existencia de tierra
firme, de una poesía material y afectiva, que recalque
lo que Einstein decía, ese milagro que supone la correspondencia
entre el lenguaje del universo y el del hombre.
Sí,
mi poesía no sólo invita a recuperar una relación
más cordial con el lenguaje, sino que nace de la simpatía
por éste. Una de las tareas sería ésta: aliarse
de un modo más incondicional con la palabra, devolverle
frescura y naturalidad; pero que no excluya otras tareas y sobre
todo otras actitudes: si un poeta es capaz de afrontar este vacío
y llenar su lenguaje del mismo, logrará, paradójicamente,
hacer lo de siempre de nuevo; hacer poesía: poner en contacto
la palabra con lo que no tiene palabras y creará, por otro
camino, por descorazonador que éste sea, un poco de humanidad
en el vacío.
A
pesar del despliegue de imágenes y de una amplia visión
apoyada en el versículo, siento que tu poesía surge
de un centro de intimidad, intimidad de la que se contagia el
mundo de fuera. Cada poema es un puente por el que se cruzan lo
exterior y lo interior y en un punto se encuentran. ¿Se
podría situar tu poesía en este punto de coincidencia
de dos corrientes tan mexicanas: una expansiva, rica en imágenes
y otra pudorosa, recogida, que habla en voz baja?
Sí,
creo que, efectivamente, toda mi vida he intentado hacer una poesía
que, en forma íntima y cada día en voz más
baja, acoja la maravilla del mundo. Soy un habitante de la altiplanicie
mexicana enamorado del trópico y un lector que frecuenta
ambas corrientes. Aunque dentro de la poesía mexicana,
con la excepción de Pellicer, que entra de lleno en la
corriente expansiva y de Paz, inclasificable desde este punto
de vista, mis lecturas se inclinan hacia la corriente pudorosa
e íntima. En cambio, en la poesía latinoamericana
leo pendularmente a Huidobro y a Vallejo, a Neruda y a Borges,
a Lezama y a Eliseo Diego, a Gonzalo Rojas y a Roberto Juarroz.
Mis
versos me parecen, a veces, largos puentes entre la intimidad
y la intemperie, por los que dialogan seres y cosas de ambas orillas
y que, como todos los puentes, no pertenecen por entero a ninguno
de los extremos. Con frecuencia pienso que se asemejan a un sueño
recurrente: un río tropical ancho y caudaloso que penetra
por mi ciudad inundando sus calles. En él se alían
mi naturaleza matutina con la vespertina, la intempérica
e iluminada, con la cargada de tiempo, de habitaciones, y de ciudad;
mi timidez con mi apetito voraz. Adelantándome un poco
a tu pregunta siguiente: creo que en este río, en donde
se pierden los límites entre lo interior y lo exterior,
está la matriz de mis versos. Vivo en una ciudad edificada
sobre un lago, en la que los ríos que nutrían a
éste, todavía corren enterrados por sus calles y
avenidas. En época de lluvias reviven y los oigo debajo
de la cama, entre los sueños, entonces mis versos se ensanchan
y se alargan contagiados por tanta abundancia y humedad; en época
de secas se encogen, sobreviven afónicos, sedientos, pero
se hacen menos sustanciales y más esenciales: fluctúo
entre el idioma del río y la jerga del arroyo.
Salvo
cuando el tema lo requiere por causa de tanteo o sigilo, tu cauce
expresivo habitual es el versículo relajado que tiende
hacia la prosa. ¿Qué función tiene el oído
en tu escritura y cómo concibes la organización
formal en una poesía tan abierta, tan libre en apariencia
de sujeciones dadas por una tradición?
El
versículo es, quizá, la forma literaria más
primitiva y tribal, la más religiosa y civil, la menos
pura, entre el verso y la prosa, comparte con el verso lo lírico
o lo épico; con la prosa lo narrativo o lo discursivo;
pero lo comparte como un tronco dos de sus ramas. Mis versos,
a los que nunca me he atrevido a llamar versículos para
no arrimarme al prestigio de lo bíblico, creo que tienen
su origen más remoto en las lecturas de la maestra Teresa,
quien en primero de primaria nos leía romances españoles
y leyendas griegas, poesía y prosa, y nos embobaba y aquietaba
con ambas. Quizá mi verso nazca de ambas lecturas, refrendadas
después por Walt Whitman. Me gustaría que mis versos
largos y desgarbados y tan llenos de cosas se leyeran como versos;
haciendo la cesura final, abriendo apenas los labios, casi en
voz baja, como yo oía, o como me parece todavía
oír en mi recuerdo, a la maestra Teresa, que no necesitaba
levantar la voz para que la rodeara nuestro silencio. Me gustaría
que mis versos fueran como el tiempo de los jueves; un archipiélago
de islas alargadas y no el continente de la prosa. No aspiro,
en la esfera del oído, a que sean notoriamente musicales,
me gustaría que tuvieran, para citar a Eliseo Diego, "la
música del significado", pero también que en
su interior conviviera lo diverso, con sus diferentes sonidos
y silencios, en un tempo más ancho y más
hospitalario, capaz de reunirlos como una de esas familias numerosas,
variopintas, pero no demasiado mal avenidas, bajo un emparrado.
Tu
poesía no se detiene en el pasado ni huye hacia el futuro,
sino que abarca y reúne presencias. Por esto el tiempo
parece que no pasa: sentimos su temblor, sus cambios de
Esta
luz
En
el fondo del patio se serenan
el helecho, la hierba, el moscardón
que hace seis horas era el calor y la energía sorda.
Descansa la luz de todo el día
alrededor de los objetos, fuera del lustre,
ausente del vigor, tranquila.
Descanza la luz de sí misma en la tarde
y da a lo que roza una dignidad dorada y enfermiza.
La luz descansa en la luz
y adopta una calidad de baño de oro y de madera.
El gato prefiere esta luz,
se esconde el cazador mejor en esta luz,
pero a mí me gusta el vigor y el moscardón zumbando.
Esta luz es la antesala de la otra,
que es la antesala de la otra,
que es la antesala de la noche.
La luz del mediodía es ella misma.
En esta luz de las seis hay una que contiene
el hilo de seda que ahorcará a este día.
Yo desconfío de esta luz que como el gato
se mueve hermosa y lentamente.
ANTONIO
DELTORO
postura
a través
de las transparencias y opacidades del espacio y las cosas. Esta
condición espacial hace que la inquietud por la fuga-cidad
del tiempo no se exprese en minutos, horas o días, sino
en el estrechamiento paulatino del espacio, en su encogido resplandor.
"Esta luz" es un poema espléndido y significativo
al respecto. Su poesía, más que recordar, da la
impresión de que reconstruye algo pasado o lo hace visible
de nuevo, como si no hubiera desaparecido, y lo sitúa en
la misma órbita del instante. Así, la memoria en
tu obra es un plano oculto de la realidad, no un depósito
de años inertes. Háblame de la dimensión
de la memoria en tu escritura, relacionándola con el presente.
¿Es la opción por la mirada inocente, asombrada,
lo que acerca la una al otro?
La
luz es mi Magdalena: cuando era niño y entraba al baño
y mi padre se estaba duchando me fascinaba su piel y su cuerpo
y soñaba, con los ojos abiertos, que, a imagen y semejanza,
el tiempo me daría una piel similar y un cuerpo velludo.
Ahora, cuando en las mañanas me baño, bajo la misma
entonación de la luz y en la misma altiplanicie, a veces
no veo en mí, mi cuerpo, sino su cuerpo. Esta visión
es el resultado del cariño, del asombro y del tiempo.
Todos
los días se reúnen para mí los dos tipos
de tiempo: el tiempo que pasa y el tiempo que permanece fluyendo.
Los días descalzos comienza con un verso donde se
alude al amanecer de un día que sólo en apariencia
acabará para emerger, como uno de esos ríos que
hunden sus aguas debajo de la tierra, siete días después,
otro en apariencia, pero el mismo en sustancia y esencia, siempre
jueves, un paraíso rodeado de semana; y termina con un
poema que anuncia en su final la tarde del día y de mi
vida. Balanza de sombras, el libro posterior a Los días
descalzos, también comienza de mañana y termina
con un poema donde se pone en la balanza las sombras de la mañana
y la tarde.
Por
las mañanas el tiempo permanece y nos damos cuenta que
lo que ha sido, es. Para tocar la realidad, no sólo del
individuo y de la especie, sino la de la vida, debemos conjugarla
toda en un tiempo presente tan largo, al menos, como la vida en
el planeta; de otro modo la realidad se hace pequeña y
se nos escapa como un puño de arena entre los dedos. En
el recuerdo y en los sueños el pasado está presente:
"Esta luz de Sevilla es el palacio/ donde nací
con su rumor de fuente"... "Mi infancia son recuerdos
de un patio de Sevilla." Es el pasado apócrifo machadiano
que llevamos mientras vivimos como un presente en perpetuo estado
de creación y que incluye, paradójicamente, el tiempo
que pasó. Por otra parte, en todas las tardes está
el pasado que se llevó a las cosas y a los seres a no ser
y el futuro, nuestro futuro extremo: la muerte. Ambos tiempos,
las horas que pasan y las horas que permanecen, pasan y permanecen
en el espacio, bajo cierta luz, en el suelo y en el aire de un
día.
Tenemos
varias edades: quince y sesenta, somos nuestros hijos y nuestros
padres, no tenemos, según Canetti, necesariamente la edad
que anuncia nuestra fecha de nacimiento. A nuestro alrededor,
en una plaza, en el pavimento, coexisten varios tiempos en uno:
se reúnen los niños y los ancianos, el que va a
nacer, en el vientre de la madre, y el que va a morir. En el planeta
coexisten despiertos y dormidos; el día en Sevilla o en
Madrid, la noche en México o en Tegucigalpa: siempre, en
la superficie de la tierra y en el idioma alguien está
de guardia con los ojos abiertos y siempre hay alguien que descansa.
Considero
que la misión eminente de un poema es llegar hasta donde
nosotros no llegaríamos sin él. Desde ese más
allá del aquí y ahora, nos hace guiños, nos
trae intuiciones o nos descubre aquéllo que no somos. En
esta concepción de la escritura es donde nace tu interés
por los animales o por los otros hombres. José Ángel
Valente habla de la necesidad de la poesía de descubrir
el tú. Mirar a los otros, ver a través del poema
esos mundos subterráneos o aéreos que colindan con
el nuestro pero que casi no advertimos (pienso, por ejemplo en
"Alcantarillas", "Pájaros"), ¿nos
ayuda a ser lo que somos o a dejar de serlo? ¿Hay en esta
mirada hacia el tú un deseo de ancestralidad que nos alejaría
de quien uno suele ser o sencillamente una conciencia de límites?
Las
cuatro cosas: nos ayuda a ser lo que somos, pues siempre somos
más de lo que creemos ser y a ser otros; y hay un deseo
de ancestralidad, como hermosamente lo dices tú y una conciencia
de límites.
El
mundo está habitado. Compartimos algo tan íntimo,
tan inasible como es el tiempo, con otros y lo compartimos no
sólo con nuestros contemporáneos, sino también
con nuestros ancestros: el poeta es un arqueólogo que no
excava entre piedras, sino en el lenguaje, en el aire, entre palabras.
¿Cuántos en este momento, están pronunciando
para sí la palabra "yo"? ¿Cuántos
la han pronunciado? ¿Cuántos la pronunciarán
todavía? Y en todos los labios suena diferente y en todas
las mentes tiene volumen y edad, afecto y alma diferentes. A veces,
un poco en broma, un poco en serio, me imagino una escuela en
la que se enseñara la conjugación al revés:
ellos, vosotros, nosotros, él, tú, yo. ¿Qué
pasaría con estos niños? ¿Se pensarían
desde afuera? ¿Serían más sabios y generosos?
¿Se volverían locos?
La
superficie, el aire, el subsuelo, están habitados por seres
que viven de otra manera que nosotros, pero que aunque no los
percibamos viven con nosotros y nos ensanchan. ¿Qué
serían nuestros sueños y nuestra poesía,
nuestra vigilia, nuestro lenguaje y nuestro cerebro, sin animales?
Seríamos más pobres, no sólo en el aspecto
alimenticio o en el económico, más pobres cerebralmente,
menos que retrasados mentales o sentimentales: no seríamos
hombres.
Quisiera
acudir a dos poetas esenciales para mí: Antonio Machado
y Fernando Pessoa. En consonancia con José Ángel
Valente, Machado escribe: "No es el yo fundamental eso que
busca el poeta/ sino el tú esencial." En cambio Pessoa
dice: "El hecho divino de existir no debe asimilarse al hecho
satánico de coexistir." Pero entre Machado, Juan de
Mairena y Abel Martín hay menos distancia que entre Pessoa
y sus heterónimos; las creaciones de Machado son Machado
bajo otros nombres, no salen de su yo; las de Pessoa son verdaderos
poetas independientes; cada uno con su yo radical, aislado, autosuficiente.
Y, sin embargo, la poesía del sevillano está más
abierta al otro que la del portugués. Para mí, como
lector, sería ideal un poeta que uniera la capacidad diferenciadora,
dramática de Pessoa, con la concepción y el corazón
fraternal de Machado: un poeta tan rico en túes, como Pessoa
en yoes.
Los
objetos y ámbitos de la niñez siempre están
animados, como si estuvieran aquí. ¿Es la infancia
antes que un paraíso perdido esa dimensión líquida
y aérea que no acaba en la madurez, desde la que realmente
se escribe la poesía?
La
poesía no sólo nos permite ser otros y ser en otras
partes, sino no dejar de ser lo que fuimos, permanecer, quedarse.
En la infancia todo está animado, todo está "almado"
y un poema, desde mi punto de vista, para revelar el alma de lo
que parece que no la posee, tiene que ir al origen, sumergirse
en su torrente; Huidobro lo expresaba así: "La poesía
es el vocablo virgen de todo prejuicio; el verbo creado y creador,
la palabra recién nacida. Ella se desarrolla en el alba
primera del mundo: su precisión no consiste en denominar
las cosas, sino en no alejarse del alba." En este sentido,
toda la poesía está escrita desde la infancia y
la infancia es una dimensión de la existencia, necesaria
y siempre presente. Pero, curiosamente, y al margen ya de mi poesía
o a contrapelo de ella, desde hace algún tiempo prefiero
los poemas escritos al final de la vida o en la madurez de los
poetas que admiro, a no ser que sean jóvenes prematuramente
viejos como Eliseo Diego o Antonio Machado, a los escritos en
su juventud. En la juventud, sobre todo en una juventud saludable
y voraz, sólo se está en apariencia cercano a la
niñez, verdaderamente se está, por necesidad de
crecimiento, de espaldas a ella. Algunos de los poemas que prefiero
en este momento tienen tan sólo una punta de infancia como
punto de apoyo y por lo tanto un arco temporal mayor. Están
escritos desde ambos extremos de la vida, utilizando las hebras
de la infancia y la vejez, tienen ese resplandor matizado de las
horas vespertinas que se origina, sí, al amanecer y que
llega a su colmo al mediodía, pero valorado y revivido
delicadamente como con un soplo, como el que toma una cosa a punto
de deshacerse entre los dedos; nos dan, además del paso
del tiempo, no sólo el vigor de la infancia sino también
su fragilidad.
Tus
poemas son una celebración. ¿Concibes la poesía
como un modo de agradecimiento?
En
el universo este planeta es sólo un grano de arena pero,
quizás, el único con vida; ser hombre entre las
formas vivas es una probabilidad minúscula, habitar este
tiempo entre todos los tiempos es otra; nacer es la casualidad
mayor. Concibo mi poesía como una forma de agradecimiento.
Creo, con Paul Eluard, que el estar vivos es un honor. Como todo
honor, es un honor inmerecido y misterioso, a este privilegio
y a este misterio responde mi poesía.
Tu
poesía la recorre un temblor onírico del que se
contagia la vigilia, condicionando la visión de las cosas.
¿Es el sueño una revelación, una manera de
hacer más dúctil la realidad cotidiana o un punto
de escape?
Así
como la infancia es una corriente que por seca que esté
la superficie de la vida corre subterránea otorgando humedad
a quien tiene los oídos atentos; en los sueños podemos
mojarnos cada noche y si en la vigilia no nos secamos deliberadamente,
en el día podemos soñar y devolverle a cada cosa
su sueño. Cada cosa en el mundo tiene su alma y sus sueños
y, desde luego, también sus pesadillas; no es el mismo
el sueño del aire que el del fuego; no son los mismos los
sueños de un árbol que los de una mesa. Bachelard,
maestro en sueños, o como diría Machado "hombre
en sueños", nos dice: "la ley misma de la expresión
poética consiste en rebasar el pensamiento"... "La
imaginación es un más allá psicológico"...
"En el reino de la imaginación el infinito es la región
donde aquélla se afirma como imaginación pura, donde
está libre y sola, vencida y vencedora, orgullosa y temblando."
Este reino infinito, a que se refiere Bachelard, este temblor,
al que te refieres en tu pregunta, no termina al despertar, nos
revela el alma de las cosas, hace más dúctil la
realidad cotidiana y es un baño en la infancia, no sólo
en la individual, sino en la de todas las cosas. Las cosas que
miramos verdaderamente en la vigilia, poseen una realidad doble:
la que les otorga ser ellas, independientes de nuestros ojos,
y la que les contagia nuestra mirada, en estos momentos vigilia
y sueño se funden en la vigilia y adquieren la vivacidad
inventiva de las cosas soñadas.
"1982"
es antes una toma de conciencia, una reorientación en este
fin de siglo que un poema de desengaño. El progreso es
un derrumbe cuyo camino está cegado: "los ruidos y
misterios me llenan más que la esperanza". Este poema
alude a cierto proceso espiritual de la historia contemporánea,
pero sobre todo confirma tu fe en las facultades de la poesía
para transformar el mundo interior de cada uno. ¿Debe la
poesía sobre todo dar un sentido al ahora del hombre y
ayudarnos a habitar el momento?
La
conciencia aguda de la época, de lo que distingue nuestro
tiempo de los otros, es experimentada sobre todo, casi como una
necesidad vital de identidad, por la juventud. Pero la época
suele ser el rostro actual del tiempo, lo que tiene éste
de más exterior y notable; por debajo de ella hay otro
tiempo más enraizado, más lento y continuo, éste
lo viven de manera más lúcida los adultos y con
más naturalidad los niños. Desde este punto de vista,
la poesía que subraya la juventud tiende a recalcar la
época, el cambio, lo nuevo; la otra suele ser una poesía
más ancha y universal.
A
principios de siglo coincidió la irrupción vigorosa
de una época con la juventud de sus protagonistas. Un nuevo
tiempo mejor apareció como posible. "1982", el
poema al que se refiere tu pregunta, surgió de la fascinación
por esa época y de la conciencia de su fracaso. ¿Hacia
dónde es aquí? Me preguntaba en el título
del libro, que lo incluye como poema final, pensando, todavía,
que el aquí, todo aquí, crea una estela hacia el
pasado, pero sobre todo hacia un futuro que lo define. En "1982"
me di cuenta que ese hacia dónde, que ese futuro, no sólo
no era mejor, sino que no definía ni daba sentido al aquí,
que el aquí tenía sentido por sí mismo, que
nos tocaba enriquecerlo y que se podía vivir independientemente
de la catástrofe como un sucesivo y misterioso ahora; que
esta forma de vivir el presente y de enfrentarse a un futuro,
no era algo particular de una época, sino la manera en
que todos los que han vivido lúcidamente, han vivido su
tiempo; como algo incierto e incluso acechante, pero habitable
y vivible.
"1982",
basado en una cita de Vicente Huidobro es también una mirada
a cierta tradición poética. ¿Qué intuiciones
y recursos olvidados debería rescatar la creación
poética de hoy y de qué hábitos desprenderse?
Siguiendo en la órbita de "1982", ¿en
qué se fundaría la responsabilidad del poeta actual?
Para
Huidobro el poema era una carga eléctrica, una afirmación,
un vigor y el poeta era un pequeño Dios; un creador, no
subordinado a nada ni a nadie, mucho menos a la naturaleza y a
la tradición. Inventor de formas autónomas, rebasaba
en esto a los técnicos y a los revolucionarios de la época.
Huidobro, más que nadie, representa en nuestro idioma una
poesía admirable y genial, desmesurada y vertiginosa. Su
poesía no nos acompaña, ni nos ayuda a habitar nuestro
tiempo; no le da alma sino que con su rapidez metafórica
lo despoja y lo desalma, desenmascarándolo. Altazor
termina en la glosolalia, en la destrucción del lenguaje
y, por lo tanto, en un mundo deshabitado y en un tiempo desértico.
En
esa misma época, unos años antes de la publicación
de Altazor, en 1925, en un poema de Luna de enfrente,
titulado "Jactancia de quietud", Borges hacía
una crítica a este tipo de poesía y a esta actitud,
y continuaba y restablecía la posibilidad de una poesía
íntima y lenta, privada y acogedora; anacrónica,
sólo en el sentido de ir más allá de la época,
afincada en la tradición, no ególatra ni caprichosa.
En la edición de las Obras completas de EMECÉ,
en sus líneas finales, este poema dice: "Ellos son
imprescindibles, únicos, merecedores del mañana/Mi
nombre es alguien y cualquiera/Paso con lentitud como viene de
tan lejos que no espera llegar."
Vivimos
el cansancio y el agotamiento de una actitud de permanente juventud
y de vindicación de lo nuevo; el culto a la juventud ha
sido una característica de este siglo. Creo que en los
años que vienen hace falta una poesía de tempo
más lento. Una poesía de la lentitud no privilegiaría
ningún instante sobre los ojos, no resaltaría el
instante juvenil sobre el maduro; exploraría la longevidad,
el tiempo chino, canettiano, de la sobrevivencia, en un tiempo
en que la sobreviviencia de la especie está en entredicho;
situaría el paraíso no al principio o al final de
los tiempos, sino aquí, en este tiempo; no solamente en
la creación, sino también en lo recreado, en lo
saboreado, en lo vivido.
Para
ayudarnos a habitar este momento la poesía debe ser ella
misma habitable. La época es fragmentaria, rápida,
promiscua, ruidosa. La poesía puede aportar a la época
continuidad, lentitud, intimidad, silencio. El poema puede ser
un lugar: el poema que repetimos en la memoria, que llevamos en
nuestro interior, nos ayuda a salvaguardarnos de la vorágine,
del tumulto, de la promiscuidad. Esta intimidad lejos de cortar
amarras con el mundo y el prójimo nos ayuda a establecer
lazos más fraternales y profundos, silenciosos y musicales,
menos ruidosos. Así el poema puede ser, recordando un fragmento
de Guillén: "Tiempo de profundidad."
El
poema crea su soledad, su silencio. Esta zona de silencio, que
está representada en la página por el blanco que
rodea al poema, es el origen del rostro y de la voz del poeta,
es su responsabilidad. Éste no debe rendirse a la superstición
del resultado, de la prisa, de la cantidad, de lo lleno, que es
la superstición de nuestros días: "Inocencia
y no ciencia:/ para hablar, aprender a callar", decía
Octavio Paz. El poeta debe ser fiel a su silencio y a su verbo,
tener, como el pescador, la religión de la espera. El poeta,
porque es el responsable de su voz, es el guardián del
silencio.
*Entrevista realizada por Francisco José Cruz Pérez
Una
versión de esta entrevista sirvió de epílogo
al libro Poemas de una balanza, que apareció en
el número 14 de la revista Palimpsesto y que se edita en
Sevilla.
Antonio
Deltoro", Poesía a la Intemperie",
Fractal
n° 14, julio-septiembre,
1999, año 4, volumen IV, pp. 103-121.