La cólera de Hitler
Cuando se enfrentaba a sus generales, ante la menor sugerencia de contradicción, Adolf Hitler entraba en trance. Era un trance súbito, rabioso, incontenible: golpeaba la mesa donde se extendían los diversos mapas y cartas de guerra (en una ocasión llegó a aplastar un modelo en miniatura de un tanque Pánzer que se encontraba sobre el campo imaginario de maniobras), echaba espuma por la boca, todas las glándulas de su epidermis se ponían al unísono a transpirar, a destilar un helado sudor cuya composición sólo Goebbels y Mengele conocían. Gruesas gotitas de este líquido funeral le cubrían de pronto el cuerpo, la voz se le hacía más fina, más aguda, como si la garganta se cerrara un poco, como si en los distintos músculos y tendones que controlan el movimiento de la laringe sobreviniera un calambre atroz y prolongado.
¡Achtung!
Atención: el Fürher tiene un deseo, y los deseos son órdenes. Al menos el deseo del mandatario suele ser una orden, un ronquido, un golpe. Alejado de la ola de la caricia y más cercano a la condición crespa y erizada de los desfiladeros, el deseo de un dictador hiela la sangre y la agria. Pero siempre hay alguien, más cerca o más lejos, que se burla de estos deseos omnipotentes: miles de bufones y otros integrantes de las cortes, a lo largo y lo ancho de la extensa historia universal, han sido mandados decapitar por eso. Un oficial de pequeña estatura llamado Günther se mofaba en secreto de Hitler, de su furia, de sus gestos. En la clandestinidad, pero metido en el corazón mismo del alto mando alemán, el cabo Günther se las arreglaba para componer cuartillas satíricas, al mejor estilo picaresco de Leipzig, y las hacía circular no sin precaución entre los adustos generales y asesores de confianza del número uno.
Por
más que Hitler en persona intentó llevar a cabo
diversas purgas, con el fin de encontrar al culpable de tamañas
y soeces indignidades para su potestad, jamás pudo dar
con él.
Günther
era hábil, se escondía, dejaba aquí y allá
pistas falsas acerca del autor de las mofas. Más de un
inocente fue torturado en el desesperado afán de dar con
el culpable: pero hasta casi el fin de la guerra el pequeño
hombrecillo que era el cabo Günther logró escabullirse.
Poco
antes de que el Bunker fuera tomado por las tropas soviéticas,
poco antes de que Hitler y Eva Braun se suicidaran y sus cuerpos
fueran quemados en cumplimiento de una ineludible orden póstuma,
el pequeño Günther logró huir. Primero se refugió
en una granja cercana a Berlín, con su familia, a la que
impuso un estricto régimen de adelgazamiento. A la semana
de ayuno obligado, los rostros comenzaron a mostrar signos de
franca palidez. Estaban demacrados.
Luego
grabó, a fuerza de hierro candente, en las muñecas
de cada uno de sus dos hijos varones, y luego en la de su mujer,
y enseguida en la suya propia, números que los eximirían
de culpa y eventualmente los exhibirían como sobrevivientes
de campos de concentración.
Así,
el pequeño oficial logró al fin burlar, además
de a los diezmados ejércitos del Reich, también
el cerco impuesto por las tropas aliadas, y sus estrictas órdenes.
Shakespeare
y los anarquistas
Buena
parte de la vida del aplaudido y ponderado cisne de Stratford-on-Avon
fue una verdadera calamidad: sus complejas relaciones afectivas,
familiares, un desastre; su opinión de los reyes, por lo
general oscura o francamente negra.
William,
Guillermito, conocía las pasiones bajas del ser humano.
Muchas las sufrió en carne propia. No ignoraba tampoco
la sordidez que se oculta bajo el manto de terciopelo grueso del
Poder.
"Todo
trono", meditaba el actor y a la vez autor teatral, "es,
a su modo, una letrina".
Shakespeare
saqueó a piacere la historia europea para alimentar
el núcleo de sus obras. Pero hay que decirlo: en ciertos
casos fue piadoso, morigeró la espantosa apariencia de
algunos chancros de la estirpe inacabable y siempre renovada de
los que tienen el vicio infeliz de mandar y mandar.
William
Shakespeare no era anarquista, jamás lo hubiera sido. Creía
en Dios, en cierto orden natural de los seres. Pero es un hecho
que muchos de sus actores eran díscolos, beodos o demasiado
inquietos, y no respondían con facilidad a sus directivas,
en particular durante la época más temprana del
llamado teatro isabelino, cuando los personajes femeninos podían
ser encarnados por hirsutos actores que portaban en su vientre
pene y gónadas.
Muchos
no le hacían caso. Shakespeare maldecía, bufaba.
Pero tenía su sistema, su método. Una extraña
combinación de premios y castigos (estos últimos
llegaron en algún caso al extremo de propinar azotes a
un actor que llegó completamente borracho a la representación,
tanto, que no se pudo sostener en pie y debió ser retirado
en andas por sus compañeros, antes de que finalizara el
primer acto de la obra, ante el abucheo notorio de buena parte
del público).
Una
obra de teatro puede representar la malignidad y el caos, pero
para que salga bien, los actores deben procurar atender o, al
menos en la mayoría de los casos, obedecer al director.
Stalin
borracho
Es
sabido que uno de los instrumentos del mandar es la amenaza y
ésta misma, exagerada, hipertrofiada, llevada a su propia
macabra caricatura o extremo, es el terror.
Stalin
bebía. Bebía mucho. Un asistente contó una
noche siete botellas vacías de vodka sobre su escritorio
de trabajo.
El
alcohol aumenta en proporción considerable la vehemencia
e inflación del Poder. El alcohol desata, anima, vuelca,
libera un tigre vacilante, torpe y estúpido sobre los otros.
Un tigre suelto y absurdo. Ahora, en ciertos ámbitos, decirle
a alguien que es "estalinista" es peyorativo, pero en
Caracas, en Venezuela, en una reunión que ya pasaba con
largueza la medianoche y la veintena vacía o semivacía
de botellas de un exquisito ron, de un ron inolvidable, alguien
se detuvo, detuvo la maquinaria alegre de aquella reunión
caraqueña en medio de la oscuridad habitada de risas y
comentarios de la noche, detuvo la charla, se paró, un
tanto vacilante, elevó la copa y dijo:
¡Viva Stalin!
¡Que viva!, coreó una parte de la reunión.
Otra
parte, visiblemente ofuscada, ofendida, comenzó a reivindicar
en un ronroneo apenas discernible primero, y en estridentes gritos
después, la postura de izquierda independiente y latinoamericanista
que, afirmaban, habían mantenido desde los años
treinta.
Por
muy poco, la hermosa y afable reunión no termina en descomunal
trifulca. Alguien rompió una botella y con la corona afilada
del cuello fracturado, brillosa, amenazó la posición
de un intelectual norteamericano, a la sazón presente en
la reu-nión, que, a pesar de los crecientes insultos, insistió
en mantenerse en sus trece.
Por
fortuna, alguien hizo desistir al beodo de su filosa arma improvisada,
que reposó tristemente sobre la mesa.
Se
sirvió más ron.
Esta
vez se decidió cambiar el motivo profundo del brindis:
¡Por Bolívar y por América!
¡Por ellos!
Al fin, la noche se disipó. Apareció el alba, imponente.
Por
el resto del tiempo que se estiró la irregular, intensa
velada, a nadie se le ocurrió vivar a nadie más
ni dar órdenes de ninguna clase, ni directivas, ni líneas.
La
soledad de poder no poder
Se
habla mucho, a veces en exceso, de la soledad del poder. Lo cierto
es que siempre, en medio de su membrana de soledad y asesores,
los Mandamás van y vienen rodeados de allegados, chupamedias,
adulones, presentes o futuros enemigos.
La
soledad del poder está llena de gente, de una increíble
multitud impulsada por los más variados, explícitos
u ocultos, móviles.
En
medio de la soledad del no poder, en cambio, en medio de los restos
de naufragio de una reciente derrota, de un tropezón o
una piruetesca caída, hay unas pocas personas, unos pocos
seres. Algunos, con saña o sencilla estupidez, se dedican
a patear al caído.
Otros
lo consuelan, lo animan.
Entre
unos y otros sopla una brisa fina, delgada, que parece la respiración
de un dios invisible, el lejanísimo aliento de un crucificado,
de un derrotado, de un débil que resucitó al tercer
día y todavía respira.
Rafael Courtoisie, " Los
que dan órdenes", Fractal
n° 14, julio-septiembre,
1999, año 4, volumen IV, pp. 25-30.