Durante todas las sesiones los asistentes podían subir al escenario. El espectáculo duraba cerca de una hora y, por temor a las autoridades, todos se retiraban apenas acabada la función. Aparte de lo que sucedía en escena nada realmente importante pasaba entre el público. Esa pasividad le molestaba al Joven de la pierna artificial que protagoniza este relato. Por más que llevara pantalones cortos y hubiese decorado su pierna ortopédica con piedras semipreciosas, nadie parecía dispuesto a conocer las posibilidades sádicas o masoquistas que aquel miembro falso era capaz de ofrecer. El Joven Protagonista del Relato esperaba hasta que se fuera el último asistente para abandonar el local. Aguardaba hasta que el hombre maduro que ofrecía masajes gratuitos en medio de la sala se quedara sin clientes. Más de una vez había querido pedirle un turno, pero era incapaz de atreverse a hacerlo. Era sólo para una sesión terapéutica, no para uno de esos masajes que no habían dejado de solicitarle durante toda la noche. Al Joven de la pierna artificial lo que más le llamaba la atención de esa actividad era la pulcritud con que aquel hombre se desinfectaba las manos y los brazos antes y después de cada uno de sus tratamientos. Una vez que se puso el pantalón largo y el grueso abrigo que había dejado en el guardarropa, el Joven Protagonista del Relato se dispuso a salir. Iba a pedir un taxi con destino a la avenida de locales donde había cabinas de video de triple equis. Aunque estaba seguro de que nada ocurriría allí tampoco. Lo más probable era que sólo hubiese otro solitario masturbándose detrás de las placas de plástico transparente que separaban una cabina de otra. Después quizá caminara unas cuadras hasta llegar al muelle que daba al río. Debido al frío del invierno el muelle se encontraría vacío.
La mezquita de la ciudad estaba ubicada en una calle estrecha
que de principio a fin contaba con una serie de negocios. La entrada
pasaba casi inadvertida, pues estaba situada en un recodo escondido
entre una florería y una tienda que ofrecía ropa
en la acera. Cierta tarde de enero, el sheik que dirigía
las reuniones se sentó delante de los fieles para establecer
una conversación sobre el papel de la Virgen María
como nexo entre el pensamiento cristiano y el musulmán.
Comenzó refiriéndose al profeta Zacarías.
De acuerdo con algunos historiadores bíblicos cuando aquel
profeta alcanzó los ciento veinte años de edad y
su esposa cumplió los noventa, aprovechó un periodo
de sequía para quejarse ante Dios. Le reprochó no
haber tenido nunca hijos. A pesar de pedirlo una y otra vez su
esposa jamás había quedado embarazada. Deseaba un
vástago para que lo sucediera como líder espiritual
y difundiera la Verdad suprema entre la población
descreída. El sheik interrumpió su relato
y confesó que no entendía por qué hablaba
de Zacarías precisamente en ese momento. Los fieles entonces
bajaron la cabeza y pronunciaron la palabra inshalá todos al mismo tiempo. Luego bebió de una lata de refresco
que había mantenido junto a sus pies durante todo el discurso.
Prendió un cigarrillo. Fumó una y otra vez. Con
el cigarro aún en la mano señaló al Joven
Protagonista del Relato allí presente y lo conminó
a que contara un sueño místico. Era normal que todos
los fieles tuvieran este tipo de sueños de vez en cuando.
Lo difícil era diferenciar un sueño místico
de otro que no lo era. Para eso se contaba con la presencia del sheik de la mezquita. Para orientar a los discípulos
dentro del mundo onírico. Una de las misiones del sheik era reconocer qué era revelación y qué estado
psicológico. Durante todas las sesiones, a las que solía
acudir los lunes y los jueves, al Joven Protagonista del Relato
le gustaba estar en silencio. Permanecía callado hasta
el momento en que debía girar junto con los demás.
A la hora del sikher, que era el momento en que los asistentes
comenzaban a bailar rotando sobre su eje emulando de ese modo
a los astros que se movían alrededor del sol, el Joven
Protagonista del Relato entonaba un canto gutural que no recordaba
haber aprendido en forma consciente ni cuál podía
ser su significado. Mientras tanto continuaba dando vueltas con
el cuerpo sosteniéndose normalmente sobre su única
pierna. En esas ocasiones casi siempre se encontraba despojado
de su aparato ortopédico, quizá para tener mayor
libertad de movimiento. Acostumbraba dejar la pierna en la entrada,
junto a los zapatos que se debían quitar los demás
fieles antes de ingresar en la mezquita. El Joven Protagonista
del Relato se cuidaba de no llevar la pierna adornada con piedras
de fantasía. Ante el asedio del sheik, que había
dejado el cigarrillo en un cenicero puesto en el suelo y lo miraba
con atención, el Joven Protagonista del Relato empezó
a contar un sueño que se situaba en un jueves, Día
de la remembranza. En el sueño ha pasado gran parte
del día bebiendo en un bar. No ha sentido culpa por tomar
bebidas alcohólicas. Muchas de las personas que están
presentes en aquel bar le parecen auténticos bebedores,
pues han comenzado a tomar desde temprano en la mañana.
Durante la jornada escucha infinidad de historias que cuentan
esas personas mientras beben. Unas son tristes, otras alegres.
Es testigo también de algunos altercados y del extraño
desmayo de una mujer que momentos antes se ha escondido con uno
de los asistentes detrás de una cortina. Se les ve bastante
animados. De pronto, el hombre sale con rapidez y abandona el
local. Un instante después la mujer aparece trastabillando
y a duras penas puede llegar a la barra. Acto seguido cae de espaldas
produciendo un ruido seco al golpearse contra el piso. Las acciones
entonces parecen paralizarse. Los demás asistentes se concentran
en sus propias bebidas y sólo el barman se pone a silbar
mientras seca un montón de vasos que hay al costado de
la barra. En esos momentos el Joven Protagonista del Relato (HAY
QUE EXPLICAR EN ESTE PUNTO EL RESTO DE CARACTERÍSTICAS
FÍSICAS DEL PERSONAJE Y SI A LO LARGO DE LA HISTORIA CONTARÁ
CON NOMBRE O NO) siente los primeros síntomas de
embriaguez. Experimenta pavor: horas después debe celebrar
el Día de la remenbranza en la mezquita. Sin embargo
confía en que durante el tiempo que falta para su encuentro
con el sheik se diluyan los efectos alcohólicos.
Teme un acto de repudio y hasta la expulsión si es descubierto.
Sale del bar luego de pagar la cuenta. El barman le recibe
el dinero pero no le da el cambio que le corresponde. El Joven
no protesta. La mujer continúa echada en el suelo. Nadie
parece dispuesto a marcar el número de emergencias médicas.
El Joven encuentra en la calle una gran cantidad de gente. El
sonido del tráfico le molesta. Recorre algunas avenidas.
Toma el transporte subterráneo. Hace un cambio de líneas,
para lo cual debe volver a la superficie y caminar hasta otra
estación que dista un par de cuadras. En el camino se detiene
delante de una cancha de básquetbol. El partido que se
libra le parece interesante. A un costado ve un restaurante de
comida de Tailandia y pocos metros después un local donde
en las noches se escucha jazz. Camina unos minutos más
y llega por fin a la calle donde se encuentra la estación
del metro que lo llevará a la mezquita. Para su sorpresa
algunos de los asistentes del bar están esperándolo
en la puerta. El Joven Protagonista del Relato no sabe por qué
se encuentran allí. Tampoco comprende las razones por las
que han llegado antes que él. Apenas lo ven, un par de
ellos levantan la mano en señal de saludo. Mientras se
va acercando escucha que le piden que los haga pasar a la mezquita.
En ese instante reflexiona sobre el Mandato divino que
ha hecho que esas personas se encuentren en ese lugar en aquel
preciso momento. El Joven Protagonista del Relato no puede oponerse
a la voluntad de Dios. Se acerca entonces y les indica por dónde
deben ingresar. Es cierto, la entrada es confusa y nunca se sabe
dónde está la puerta que lleva a la mezquita. Si
junto a la florería o a la tienda que exhibe las ropas
en la calle. Cuando el grupo trata de entrar curiosamente la puerta
se empequeñece. Casi como por efecto de un milagro se vuelve
más baja y angosta. Sólo algunos de los personajes
más delgados logran pasar. Los que se quedan afuera reclaman.
Incluso uno queda atascado al pretender ingresar por un espacio
que obviamente es más pequeño que su cuerpo. Adentro
los fieles ya están reunidos. Se hallan en el momento previo
a las oraciones del anochecer. Están esperando la aparición
del sheik, quien bajará del segundo piso vistiendo
un kaftan negro o blanco según lo requieran las
circunstancias. El Joven Protagonista del Relato, que ha entrado
precisamente antes de que el hombre quedara atascado en la puerta,
ve señales de alarma en las caras de los fieles cuando
advierten la intromisión del grupo de gente ebria. Es en
ese momento cuando El Joven Protagonista del Relato comienza a
hablar. Todo debe ser cambiado, dice, mientras trata de liberarse
del pantalón y de las correas que sujetan la pierna ortopédica.
Las costumbres variarán desde sus raíces, continúa
cuando se ve libre de la pierna. Primero se efectuarán
los giros, que durarán una hora exacta. Luego será
el momento de la cena, durante el cual se servirá vino
para acompañar los alimentos. Las oraciones deben situarse
al final de la ceremonia. Afirma asimismo que la dirección
de La Meca debe ser ignorada. Pero hay que visitarla aunque para
hacerlo se tenga que pedir dinero prestado. De pronto aparece
en el sueño Abu Ákar, uno de los compañeros
preferidos del profeta Mohammed, con una sonrisa dirigida al Joven
Protagonista del Relato. Sigue adelante, le dice Abu Ákar,
el espacio te pertenece. Ignorando a los demás, incluyendo
a Abu Ákar y al sheik que ha bajado apresuradamente
vestido de color negro y se encuentra sentado en el suelo moviendo
la cabeza en forma pendular, el Joven Protagonista del Relato
camina por el resto de la mezquita. Cruza el patio y el adoratorio,
hasta ponerse frente a uno de los textos de profecía escrito
en una tabla que cuelga de la pared. La tabla está protegida
por un vidrio que el Joven rompe asestándole un puñetazo.
El ruido que hace el cristal quebrado despierta a la mujer acostada
en el piso del bar. En ese punto termina el sueño. El Joven
Protagonista del Relato se lo dijo al sheik, quien dejó de improviso de moverse. El sheik le sonrió antes
de preguntarle lo que pensaba de su propio sueño. El Joven
no contestó. Estaba avergonzado por las cosas que acababa
de contar. Se levantó con dificultad y se dirigió
a la ventana. En la calle había comenzado a oscurecer.
Los de la tienda de al lado estaban retirando sus mercancías
de la acera. En la florería comenzaban a bajar los visillos
de las ventanas. Se escuchaba el sonido de una sirena. El frío
se acentuó.
El
Joven escritor que protagoniza este relato sentía no poder
seguir desarrollando su trabajo teniendo su casa en el centro
de la ciudad. Además de la perturbación que le producía
la dinámica citadina tenía problemas para pagar
la renta. No era suficiente el dinero que había recibido
del ayuntamiento para realizar su investigación sobre las
distintas maneras como se ejercía el sexo en la ciudad
(DESCRIBIR EN DETALLE EN QUÉ CONSISTE EL
PROYECTO DEL AYUNTAMIENTO.) Contaba con ahorros para los
siguientes dos meses. Comenzó entonces a recorrer distintas
zonas suburbanas buscando la más adecuada para mudarse.
Quería vivir lejos, sin embargo no estaba dispuesto a traspasar
los puentes que delimitaban el centro de la ciudad. Pensaba que
ir más allá haría que su rutina de vida variara
en forma notable. Tampoco podía irse lejos porque el libro
en el que trabajaba actualmente se desarrollaba en pleno centro
de la ciudad. El Joven Protagonista del Relato escribía
sobre algunos de los grupos de personas que deambulaban principalmente
por las calles conocidas como el Hell kitchen. Debía
visitarlas a diario para ver qué tipo de variantes sexuales
podía encontrar. Aparte de los establecimientos clásicos
dedicados a las Drag queens y de los bares de mujeres que
jugaban al billar varias horas seguidas, el Joven Protagonista
del Relato había descubierto a un puñado de muchachas
que vestidas como hombres se reunían todas las tardes en
un local de puertas doradas llamado el Okoge. En la entrada había
un par de afiches donde se representaba a dos picapedreros en
plena faena. A esas mujeres les atraían los hombres, siempre
y cuando éstos gustasen de otros hombres. Casi ninguna
lograba emparejarse, pese a que sabían que en otras sociedades
este tipo de relación contenía un alto grado erótico.
Pese a todo, las muchachas del Okoge continuaban sus pesquisas
en teatros, bares y cabinas de video de triple equis de los alrededores.
Ante la necesidad, de encontrar un nuevo lugar para vivir, el
Joven Protagonista del Relato llamó por teléfono
a la única persona con la que solía comunicarse
ocasionalmente. El Joven lo había bautizado como el Amante
Otoñal, por su gusto a frecuentar el mundo de los ancianos.
Cuando hablaron, el Amante Otoñal le informó que
una tía suya quería rentar el cobertizo de la casa
que habitaba. La tía vivía en un conjunto de viviendas
con patio trasero, visible desde lo alto cuando una de las líneas
de transporte público elevaba sus rieles por aquel sector
de la ciudad. Desde las ventanas de los vagones se podían
ver los techos de las casas. El Joven Protagonista del Relato
había conocido al Amante Otoñal una noche en que
ambos estaban apostados frente a las cabinas de video sin atreverse
a entrar. Quizá por el hecho de que se encontraban en la
misma situación comenzaron a hablar. El Joven le dijo que
era escritor y de inmediato trató de describirle el libro
en el que trabajaba. Algunos hombres salieron en ese momento de
las cabinas y abandonaron el local. El Joven Protagonista del
Relato señaló que se trataba de una novela donde
cada uno de los personajes travestis intentaba encontrar un travestismo
personal. Conversaron hasta el amanecer. El Amante Otoñal
le dijo que en una época acostumbraba salir a la calle
vestido de mujer. Abandonó esa práctica cuando fue
acuchillado por un anciano con el que se metió en el elevador
de un edificio vetusto. A la hora del cierre, el Protagonista
y el Amante Otoñal se retiraron de las proximidades del
local de videos y fueron a sentarse en las bancas de un parque
rodeado de abetos. El Amante Otoñal dijo que después
de su recuperación comenzó a vestirse como una anciana.
Su atuendo estaba conformado por una blusa blanca con lazo, una
chaqueta y una falda recta que le llegaba hasta debajo de las
rodillas. En apariencia se trataba de un atuendo de tres piezas,
pero era en realidad un mismo vestido cosido para poder ser sacado
y vuelto a poner con facilidad. Usaba además una peluca
blanca cubierta con un sombrero con tul. Nunca llevó ropa
interior. Por esa época frecuentaba algunos bares leather
donde solía convertirse en el centro de atención.
Al escogerlo como parte de sus ritos nocturnos, algunos asistentes
no maltrataban con sus bates de béisbol de imitación
al Amante Otoñal sino a la anciana en la que se había
convertido. Mientras iban aclarándose los contornos en
el parque, el Amante Otoñal señaló que recordaba
esa etapa como una de las más intensas de su vida. Siempre
había disfrutado de la compañía de la gente
mayor. Recordaba ese gusto desde niño. Los fines de semana
acostumbraba pedir que lo llevaran al Hogar de Ancianos donde
estaba internada su abuela. Sólo le hicieron caso una vez.
La vio sentada en una sala junto a algunos ancianos que se miraban
entre sí. El Amante Otoñal recordaba que en cierto
momento de la visita la abuela comenzó a llorar quejándose
de su condición de huérfana de padre y madre. El
Joven Protagonista del Relato le dijo que ya era de día,
pero que antes de irse le gustaría hablarle de las quejas
del profeta Zacarías y de su mujer. El reclamo de la abuela
se lo había traído a la memoria. Era curioso, años
después escucharía hablar de aquel profeta al sheik
de la mezquita. Al final, la pareja formada por Zacarías
su mujer fue recompensada y procrearon un hijo, el Arcángel
San Juan. El Amante Otoñal lo escuchó con atención.
Después señaló que aún en la actualidad
disfrutaba con la contemplación de los ancianos. En las
mañanas paseaba por los parques de la zona para ver cómo
los viejos alimentaban a las palomas, comían solos o se
quedaban dormidos bajo el sol con las bocas abiertas. Había
tratado de hablar de aquello con otras personas, pero al parecer
a nadie más le interesaba aquella afición. Continuaron
conversando hasta cuando los primeros practicantes de jogging
empezaron a dar vueltas alrededor del parque. La mayoría
llevaba una toalla alrededor del cuello. El Joven y el Amante
Otoñal se levantaron y se despidieron. Habían comenzado
a llegar algunos paseantes con perros que poco a poco fueron ocupando
el espacio reservado para que retozaran las mascotas.
Alice
era la tía del Amante otoñal que quería rentar
el cobertizo. Tenía más de ochenta años y
vivía sola. A lo largo de los años había
perfeccionado la habilidad de conseguir que algunos de sus vecinos
le sirvieran de nexo con el mundo exterior. Sabía del horario
de muchos de ellos. Por ejemplo, conocía la hora exacta
en que la muchacha de la casa de al lado iba a hacer sus compras.
Alice aparecía por la ventana y ofreciendo una sonrisa
le arrojaba una lista con los artículos que requería.
También tenía conocimiento de la hora en que regresaba
del trabajo el corpulento hombre que habitaba la casa al lado
de la suya. Acostumbraba llamarlo cada vez que se producía
un problema relacionado con la electricidad o la plomería.
Alice se mostró bastante desconfiada cuando el Joven Protagonista
del Relato se presentó a indagar por el cobertizo (NO
HACE FALTA DES-CRIBIRLO, PUES EL COBERTIZO NO TIENE NINGUNA SEÑA
EN PARTICULAR). Leyó con dificultad la tarjeta que
el Joven le pasó por abajo de la cadenita que dejaba entreabierta
la puerta. El ideal de inquilino de Alice parecía estar
constituido por muchachas llegadas a la ciudad con aspiraciones
menores. Aparte del dinero, lo que deseaba en realidad era alguien
que fuera un acompañante. Una persona con quien ver la
televisión en las noches, que de cuando en cuando pudiera
hacerle las compras y que la acompañase a su visita mensual
a la peluquería. Pese al recelo inicial hizo pasar al Joven
a la casa. Lo invitó a tomar asiento en uno de los sofás
de una sala decorada con figuras de porcelana china y muebles
cubiertos con fundas de plástico. Sin apartar la vista
de la pierna artificial que se insinuaba debajo del pantalón,
Alice comenzó a hacer preguntas. Aquel interrogatorio desanimó
rápidamente al Joven Protagonista del Relato de la idea
de rentar el cobertizo. Se puso de pie y después de despedirse
salió de la casa con rumbo a la estación del subterráneo
(EN ESTE PUNTO PUEDE INSERTARSE UN FLASH BACK
DE LA INFANCIA DEL PERSONAJE HACIENDO ALUSIÓN A QUE SE
TRATA DE UNA VÍCTIMA DE LA TALIDOMIDA**). Después
de que transcurrieron los dos meses que le permitían sus
ahorros, el Joven Protagonista del Relato decidió llamar
a Alice con la vaga esperanza de que el cobertizo se encontrara
rentado. Estaba angustiado pues no había hallado nada que
se ajustara a su presupuesto y a sus necesidades. No tenía
grandes expectativas con respecto a las condiciones del cobertizo
de Alice, pero intuía que no pediría mucho dinero
por su arriendo. El pequeño cobertizo continuaba vacío.
El Joven notó cambios en la voz de Alice. Parecía
como si hubiera recapacitado después de su visita. Quizá
había conversado con su sobrino. Alice le preguntó
en ese momento algo inusual: "¿usted no es negro ni
viejo, verdad?" Cuando el Joven llegó a la casa, Alice
lo recibió inquiriendo acerca de lo sucedido con su pierna.
Sólo cuando le respondió dejó que pasara
verdad?en cuando le respondió dejó que pasara. Mientras
se adentraban en la casa, Alice le contó que cuarenta años
atrás un autobús le seccionó la pierna a
una de sus mejores amigas. Cuando salieron al patio, el Joven
Protagonista Del Relato descubrió que el cobertizo era
peor de lo imaginado. No tenía más de tres metros
cuadrados y las paredes estaban repletas de agujeros. Se sentó
en una esquina. Mientras contemplaba aquel espacio pensó
que costaría mucho dinero repararlo. Alice había
ido a la cocina a preparar un poco de té. En esa época
el Joven no sabía aún rezar. No había entrado
en el espacio místico donde se comprendía que toda
la realidad obedecía a una misma naturaleza divina. Aquel
momento, en el que se encontraba sentado en aquel cobertizo destartalado,
habría de recordarlo muchas veces en sus visitas a la mezquita.
A pesar de no haber aún aprendido a rezar sintió
un estado similar al que experimentaría años después
cuando se ponía a girar. Tomó en ese momento una
decisión, que se reforzó cuando Alice volvió
con el té y le informó que las reparaciones iban
a ser descontadas de la renta. El Joven aceptó. En las
semanas siguientes se dedicó a trabajar cubriendo los huecos
y pintando las paredes. Consiguió además algo que
no creyó posible lograr: Alice le permitió apropiarse
no sólo del cobertizo sino del patio de la casa. El Joven
Protagonista del Relato no entendía aquel cambio de conducta.
A partir de entonces se comunicaron mayormente por una pequeña
ventana que tenía roto el vidrio. En los tres años
que duró la convivencia ninguno de los dos hizo nada por
componerlo. El Joven comenzó a pasarle por ese agujero
las compras que le hacía y algunos platos que preparaba
en una esquina del patio, que luego de cubrir con un pequeño
techo había adaptado como cocina. Para el Joven Protagonista
del Relato una de las imágenes recurrentes de esa etapa
era la visión de Alice conversando a través del
agujero con alguno de los informantes travestis que necesitaba
para llevar adelante su proyecto (MENCIONAR EN
ESTE PUNTO CON DETALLE EL PROGRAMA PARA TRAVESTIS QUE FINANCIA
LA ESCRITURA DEL JOVEN). Alice prefería conversar
con uno de mediana estatura que acudía siempre acompañado
por su hijo de tres años de edad.
Por
esas fechas, el Joven Protagonista del Relato tuvo un breve encuentro
con cierta crítica literaria que conoció durante
la presentación de un libro. El Joven y la crítica
se sentaron juntos. Alguien los presentó y hablaron sin
cesar de lo que se producía en materia literaria en la
ciudad. En realidad el Joven la escuchó, pues guardó
silencio casi todo el tiempo. Es imposible, afirmó la crítica,
establecer una medida estándar de las obras que van apareciendo.
Parecía desconcertada con los cambios. Hasta unos años
atrás era fácil detectar los distintos tipos de
corrientes establecidos. Luego de cenar fueron juntos al departamento
de la crítica. La hija estaba ya dormida. Apenas llegaron,
la crítica despidió a la niñera. Comenzaron
a besarse en la sala y terminaron acostándose en la habitación.
En la madrugada el Joven Protagonista del Relato quiso ir al baño.
Se puso la pierna artificial y salió del cuarto. Pasó
frente a la habitación de la hija. A un lado estaba la
cama y en el piso era posible ver desparramados algunos juguetes.
El Joven se quedó en la puerta mirando a la niña
dormida. No la podía ver bien pero intuyó su presencia.
Luego se asomó por la ventana del corredor. Abajo la calle
estaba animada. Al frente había un club nocturno. El portero
hacía formar en fila a la gente que quería ingresar.
Momentos antes de dormirse la crítica literaria lloró
al lado del Joven. Ambos estaban desnudos echados encima de la
cama. Se oían de manera nítida los ruidos de la
ciudad. En un par de ocasiones se escucharon las sirenas de algún
vehículo de emergencia. La pierna estaba puesta de pie
a un lado de la puerta. La crítica literaria señaló
que le gustaría dejar aquel apartamento. No lo hacía
porque la niña estaba acostumbrada a vivir allí.
Dijo también que desde hacía unos meses ya no preguntaba
por su padre. En ese momento comenzó a llorar. Cuando se
calmó quiso contarle al Joven la historia completa. Al
finalizar el invierno pasado, su esposo, con quien llevaba cerca
de diez años de casada, cierta noche decide invitarla a
cenar fuera de casa. Dejan a la hija al cuidado de la niñera
y salen a un restaurante situado a pocas cuadras de distancia.
Cuando están por terminar el postre el esposo lanza la
noticia. Va a someterse a una operación de cambio de sexo.
Dice también que le siguen atrayendo las mujeres, pero
de una manera distinta. Quiere acercarse a ellas de mujer a mujer.
No se atreve a pedírselo, pero si está dispuesta
pueden continuar con el matrimonio. A la manera de dos mujeres
que viven juntas teniendo una niña pequeña que criar.
Ovillada y desnuda en una esquina de la cama, la crítica
literaria le dijo al Joven que era la primera persona a quien
le contaba la verdad. Para los demás se trataba de un simple
divorcio. A partir de aquella noche el marido no vuelve más
al apartamento. Al día siguiente la crítica empaca
sus cosas y las envía a un depósito. La crítica
literaria cree que lo peor del asunto no es la decisión
del marido de cambiar de sexo, sino no haber aceptado la propuesta
de seguir viviendo juntos. Luego de volver del baño, el
Joven Protagonista fue por sus ropas y se vistió en silencio.
Salió del apartamento sin que nadie lo advirtiera. En los
días siguientes visitó en las tardes el parque de
diversiones aledaño al edificio donde vivía la crítica.
Desde lejos vio jugar a la hija. Algunas veces estaba acompañada
por su madre y otras por mujeres desconocidas. El Joven Protagonista
nunca volvió a comunicarse con la crítica. En un
par de ocasiones encontró en su contestador mensajes donde
la mujer le pedía textos para publicar en distintas revistas.
El Joven nunca devolvió las llamadas. En las tardes observaba
de manera persistente a la niña. Sólo se le acercó
en una ocasión. Sucedió cuando en el parque fue
hallado un perro perdido. Se trataba de un animal pequeño.
Tenía el pelo corto y una mancha marrón aureoleando
un ojo. El Joven vio cuan-do la niña tomaba la correa que
arrastraba por el piso. Sólo en ese momento, cuando observaba
cómo la hija de la crítica cogía la correa
y se ponía a preguntar por el dueño advirtió
que su conducta podía tener algo de anormal. No estaba
bien que un hombre adulto dedicara tardes enteras a visitar a
escondidas parques infantiles. El Joven Protagonista se acercó
a la niña y le dijo que el perro era suyo. La hija de la
crítica se lo entregó. El Joven caminó con
el perro unas cuadras. Al llegar a una esquina se lo dio a un
viejo que estaba ocupado en armar una covacha usando cajas de
cartón. Ante la sorpresa del anciano, el Joven Protagonista
del Relato le proporcionó además un billete. Luego
tomó una de las avenidas principales que recorrían
de sur a norte la ciudad.
Conforme
continuaba su camino, el Joven Protagonista del Relato se preguntó
por su conducta de las últimas semanas. Le parecía
extraño haber pasado tardes enteras espiando a la niña
en el parque. Más raro aún haber entregado el perro
perdido a aquel anciano. Ante la imposibilidad de hallar al dueño,
la crítica literaria quizá lo hubiera aceptado en
su apartamento. Aquello habría hecho feliz a la niña.
Aunque en sus pesquisas en el parque no había visto a la
niña triste. Al recordar lo alegre que lucía mientras
se columpiaba, el Protagonista recordó un momento específico
de su infancia. Se acordó de cuando su madre no podía
comprarle la pierna artificial que necesitaba. Desde niño
sabía lo costosos que suelen ser los aparatos ortopédicos.
Afirmaba que era porque no eran construidos en serie, pues cada
persona malformada tiene su malformación particular. De
alguna manera aquello sucedía también con ciertos
grupos del Hell kitchen (TRATAR DE AMPLIAR
EN ESTE PUNTO EL DESEO DE AQUELLAS PERSONAS). Muchos de
ellos querían hallar una sexualidad propia. Como la madre
no contaba con los recursos necesarios para pagar la prótesis,
el Joven fue llevado a un programa de televisión. Se trataba
de un espacio conducido por una mujer y dirigido a un público
femenino. Aparte de ofrecer clases de manualidades, se daban también
lecciones de cocina y había también un espacio para
pedir ayuda de orden social. Antes de que el programa llegase
a su fin, el Joven fue sentado junto a la conductora, quien después
de decir unas palabras a la cámara le pidió que
mostrara el muñón.
Aquella
exposición hizo que se consiguiera el dinero necesario
para la confección de la prótesis. Los talleres
quedaban casi a treinta kilómetros de distancia. Hasta
antes de volverse musulmán, el Joven aseguraba que la imposición
de una prótesis a edad temprana era posiblemente la causa
de que al despojarse de ella el usuario se sintiera desnudo (EXPLICAR
EN DETALLE EL PROCESO DEL PASO DEL PROTAGONISTA DEL CRISTIANISMO
A LA RELIGIÓN MUSULMANA). Actualmente, y gracias
a los giros que realizaba ocasionalmente, el Joven podía
prescindir de su pierna en el momento que juzgara conveniente.
________________________
*Expresión que significa repudio.
**Fármaco que causó malformaciones a más
de 40,000 recién nacidos.
bellatin@yahoo.com
Mario Bellatín, "Formotón
asai",
Fractal
n° 14, julio-septiembre,
1999, año 4, volumen IV, pp. 67-82.