Comparado
con los espacios que ocupaba la izquierda independiente y los
sectores del nacionalismo revolucionario en 1986, el avance es
incuestionable. Apoyados en esos logros, algunos dirigentes acostumbran
decir que "el PRD es un partido de vencedores".
El problema es el criterio con que se miden los avances y los
retrocesos, las victorias y las derrotas. Desde una posición
estrictamente instrumental, el balance es muy positivo. Y sin
embargo, el PRD está lleno de interrogantes.
Su carácter actual es ambiguo y su futuro está cargado
de incógnitas. Para las corrientes provenientes de la izquierda
independiente, el balance es mixto. Algunos de sus componentes
albergaron durante décadas el sueño de un partido
de masas y ese sueño se ha hecho realidad. Pero el nuevo
partido no se presenta como una continuidad de su proyecto socialista
y de su adhesión a la vía revolucionaria, sino como
una ruptura. Algunos de sus cuadros se esfuerzan en conservar
jirones del discurso marxista-leninista o bien tradiciones y recuerdos
de la izquierda histórica, que cada vez tienen menos relación
con la práctica actual. Otros prefieren sumirse en la amnesia
respecto al pasado, adhiriéndose a un pragmatismo inmediatista
o a una vaga simpatía hacia posiciones socialdemócratas
moderadas. Mientras tanto, el proyecto, el estilo y las prácticas
que predominan en el nuevo partido, alimentadas por olas sucesivas
de ex priístas, son las del populismo. Si esto no cambia,
la izquierda mexicana puede descubrir pronto que, habiendo alcanzado
su objetivo de un partido de masas legal, éste se transforme
en su sepulcro. La izquierda proveniente de los movimientos sociales
(izquierda social) que se ha sumado al PRD
desechando su desconfianza hacia la actividad partidista, está
también descubriendo que al adoptar la dinímica
electoral y al pasar sus cuadros a ocupar posiciones en los nuevos
gobiernos, su dinímica reivindicativa se pierde y su contacto
con las bases se debilita. Además debe hacer frente a fenómenos
de corrupción muy complejos que no existían en el
pasado. Por otra parte, al no poder renovar su ideario y su visión
del mundo, ambas han descubierto que la influencia que tuvieron
con la juventud o con los sectores más comprometidos con
el cambio en el pasado, se está desgastando.
El destino
de la izquierda intelectual no ha sido mejor. Algunos de sus representantes
se han convertido en ideólogos del cardenismo y en colaboradores
muy cercanos de Cárdenas. La gran mayoría, desalentados
por el antiintelectualismo prevaleciente en el partido, se ha
alejado, refugiándose en múltiples revistas y órganos
de prensa, en las ONG o en los círculos
que simpatizan con el EZLN. La prevalescencia
de dirigentes provenientes de la izquierda independiente en los
órganos de dirección del PRD
puede representar una oportunidad para revertir ese proceso y
dar paulatinamente una nueva orientación al conjunto del
partido.
¿Cómo
explicar el vertiginoso ascenso del PRD?
En primer lugar, es evidente que vino a llenar un gran vacío
político. Este vacío es resultado de la prolongada
crisis económica y social que ha padecido México
desde principios de los años ochenta y de la política
neoliberal adoptada por los círculos gobernantes. Ambas
aceleraron la descomposición del sistema corporativo e
impusieron límites al crecimiento de la leal oposición
panista. La cesantía, los bajos salarios, la agudización
de la desigualdad en la distribución del ingreso, la crisis
del sistema corporativo, impulsan a amplios sectores populares
a pasar a la protesta abierta. Las repetidas crisis financieras,
la proliferación de regiones deprimidas por la apertura
comercial y por el Tratado de Libre Comercio, siembran la desconfianza
en el sistema entre la clase media. Las fuerzas que componen el
PRD se apresuraron a irrumpir audazmente
en el espacio abierto, capitalizando las expresiones de rechazo
y las reivindicaciones populares. Pero también el PRI
y el PAN se mueven para ocupar ese
vacío, de manera que para que el avance del PRD
sea definitivo, es necesario que ese partido transforme los desprendimientos
temporales de sectores del PRI y la politización
incipiente de nuevos sectores en compromiso y adhesión
estables. Y eso requiere visión y planeación.
Decisivo
para su surgimiento y desarrollo ha sido también el hecho
de que desde 1977 se habían sucedido las reformas legislativas
que facilitaban la existencia legal de partidos de oposición
electoral de centro-izquierda, camino que había sido ya
recorrido por los partidos de la izquierda independiente. Diseñadas
para estabilizar el sistema y no para transformarlo, esas reformas
permitían a la izquierda tener representantes en el Congreso,
sólo en una proporción que no ponía en peligro
la hegemonía del PRI. La debilidad
del poder legislativo frente al ejecutivo neutralizaba su acción
más aún y la fragmentación de la izquierda
hizo el resto, reduciendo la efectividad del reto. Pese a todo
ello, las reformas ampliaron el espacio legal para la actividad
electoral de la oposición de izquierda y crearon las condiciones
básicas para el registro y la consolidación del
nuevo partido. Sin esas condiciones y la experiencia de los partidos
de izquierda acumulada durante la década anterior, es dudoso
que el cardenismo hubiera podido constituirse en partido e imposible
que el PRD contara con los miles de cuadros
experimentados, necesarios para su propia construcción.
Con toda certeza, la rebelión de la Corriente Democrática
habría desembocado en el mismo callejón sin salida
del Movimiento de Liberación Nacional (MLN)
en 1963 o de la insurrección obrera de principios de los
setenta encabezada por Rafael Galván.
De
la denuncia política al proyecto de nación
En esta
década, el discurso del PRD se ha
centrado en la denuncia del sistema existente y de la política
de los gobiernos del PRI. Lo que ha capturado
la adhesión de muchos de sus electores es la crítica
intransigente de actos específicos del gobierno y los llamados
generales a movilizarse: La acción para el cambio o
Para sacar al PRI del Palacio de Gobierno.
La oposición al fraude electoral, la denuncia de la corrupción
oficial, el rechazo de los presupuestos federales de orientación
neoliberal y de las privatizaciones, así como la campaña
contra el Fobaproa, han jugado ese papel con bastante éxito.
Pero la denuncia no puede ser la base de un desarrollo duradero.
Un partido puede surgir de la denuncia, pero jamás se consolidará
si sólo se sustenta en ella. Suficiente para un partido
nuevo, empeñado en constituir una base y un electorado
acelerando los desprendimientos de dirigentes y militantes de
los partidos ya existentes, esa posición es inadecuada
para una fuerza que aspire seriamente a gobernar. Tampoco basta
para construir una política capaz de aglutinar un bloque
social duradero alrededor de ideas-fuerza o de tejer alianzas
prolongadas con otras organizaciones responsables. La denuncia
le confiere el papel de un polo de resistencia, no de una fuerza
de cambio y de gobierno.
En un
periodo de crisis de las viejas estructuras, en el cual la derecha
presenta un proyecto de cambio global, utópico pero coherente,
y cuenta con todas las oportunidades para ponerlo en práctica,
ninguna izquierda puede consolidarse como alternativa histórica
si carece de concepciones del futuro acordes con los intereses
de las mayorías. El objetivo de un nuevo proyecto de nación
es dotar a las fuerzas de izquierda de un conjunto de ideas coherentes
sobre el presente y el futuro que ayuden a hacer frente a la ideología
dominante. El proyecto debe servir de base para construir una
hegemonía que le permita cohesionar fuerzas con intereses
y objetivos diversos y crear las ideas-fuerza capaces de movilizar
a los ciudadanos para la acción. En ausencia de un proyecto
propio, la izquierda se subordina inevitablemente al proyecto
dominante. Su oposición se transforma en una variante,
una modalidad de ese proyecto, y su futuro está inevitablemente
ligado a él.
El primer
problema a resolver es: ¿por dónde comenzar? La
elaboración del proyecto pasa por tres momentos diferentes.
A saber: a) el examen del pensamiento crítico mexicano
desde la Revolución hasta nuestros días; b) la confrontación
de sus ideas con la realidad actual de México y del mundo
en sus prin-cipales tendencias y c) la elaboración de una
nueva síntesis que contenga análisis, visión
del futuro e incitación a la acción.
Comenzamos
con la premisa de que desde la Revolución se desarrolló
en México un pensamiento crítico de alto nivel,
vigoroso y multifacético que logró captar los grandes
problemas de la nación y apuntar vías de solución
que inspiraron a millones de mexicanos a la acción social.
Este pensamiento tiene puntos fuertes y como lo ha demostrado
la realidad graves limitaciones. Algunas de sus ideas han
sido realizadas y son cosa del pasado. Otras no han resistido
la prueba de los hechos. Sin embargo, es el punto de partida de
cualquier proyecto de nación que pretenda inscribirse en
la cultura existente y no ser la propuesta de un grupo más
o menos lúcido, pero aislado de las grandes corrientes
del pensamiento nacional.
Así
pues, la primera tarea es la de un balance riguroso de las ideas
producidas desde los años veinte por los pensadores, especialistas,
dirigentes políticos, organizaciones y órganos de
prensa que adoptaron una posición crítica hacia
el sistema político existente. Desde José Vasconcelos
y Jesús Silva Herzog, pasando por José Revueltas,
Carlos Fuentes, el movimiento ferrocarrilero de 1958 y el MLN,
hasta Octavio Paz, Adolfo Sánchez Vázquez, el PRD
y el EZLN de 1998. Inevitablemente se pasa
por el reflejo en el pensamiento del 68, por el auge del marxismo
y los efectos de su derrumbe a partir de 1988, por el renacimiento
del nacionalismo revolucionario, por la lucha contra el neoliberalismo,
etcétera.
El segundo
paso es la confrontación de esas ideas con las tendencias
de la sociedad mexicana y la situación mundial en este
fin de siglo: revolución técnico-científica,
globalización, liberación de los flujos internacionales
de capital, crisis del Estado de bienestar y caída del
socialismo de tipo soviético, crisis del modelo económico
desarrollista en México, reformas neoliberales, dependencia
creciente y democratización. El análisis debe ser
dinámico, proyectivo, prospectivo. Debe ubicar y definir
las fuerzas conservadoras y los sujetos y fuerzas del progreso.
No debe caer en la trampa de creer que las fuerzas que hoy están
en ascenso se mantendrán así indefinidamente. Por
su parte, la síntesis debe proponerse construir el puente
entre las ideas del pasado y la situación del presente
así como explorar las posibilidades del futuro. Sin visión
del futuro, no puede haber acción transformadora. Y la
elaboración de esta visión que entraña la
previsión y la recuperación de la esperanza, es
hoy más posible que hace diez años. Las ilusiones
sobre el carácter del capitalismo alimentadas por sus triunfos
se han disipado y los movimientos populares se reponen lentamente,
definiendo algunos de los nuevos rasgos que los distinguen.
Hasta
ahora, frente a una derecha que impulsa una catarata de reformas
políticas y económicas, el PRD
se presenta con la cara vuelta al pasado. Muchos de sus miembros
son defensores consecuentes de los derechos emanados de la Revolución
y la Constitución de 1917, pero carecen de propuestas para
el siglo XXI. Otros son dignos herederos
de la conciencia anticapitalista y el ideal revolucionario de
la izquierda socialista, pero no pueden reformularlos para responder
a los retos que plantea la nueva realidad. Los ideales libertarios
de la revolución de 1910-40 y del socialismo mexicano de
los años 60-80 son aún válidos. Los proyectos
de nación y las vías de acceso que ellos plantearon
son, en términos generales, obsoletos. Su asimilación
crítica puede servir de punto de partida, pero no puede
sustituir la labor de análisis de los grandes cambios acaecidos
en esos últimos veinte años y las nuevas tendencias
del de-sarrollo en el mundo y en México. La izquierda del
siglo XXI necesita un nuevo proyecto de
nación. Los elementos de continuidad con el pensamiento
del pasado son importantes, pero lo determinante debe ser la renovación
de los enfoques y la formulación de nuevas ideas-fuerza.
Los grandes
proyectos de nación que aparecen en la historia de México
tuvieron un impacto profundo en el desarrollo de la cultura nacional.
Liberales, conservadores, científicos, naciona-listas revolucionarios,
socialistas, difundieron nuevas visiones del mundo, valores éticos,
estilos políticos y cánones estéticos. Después
de los sucesos de los últimos veinte años, la izquierda
mexicana necesita formular de nuevo su proyecto de nación
o resignarse a vivir en los márgenes del sistema actual,
contribuyendo consciente o inconscientemente a su recomposición.
Antes
de elaborar una posición sobre todos y cada uno de los
problemas que enfrentamos, es necesario definir las cuestiones
principales y resolverlas. Las respuestas que se obtengan serán
el punto de partida para el estudio de los demás temas,
la elaboración de programas y plataformas y las tomas de
posición. La izquierda no puede ser identificada con una
ideología o una doctrina determinada, pero sí con
un proyecto de nación y un plan de acción para el
cambio social. Una persona puede ser de izquierda, sin dejar de
ser liberal, socialista, nacionalista revolucionaria, posmoderna,
cristiana o musulmana, pero no sin adherirse a objetivos sociales
y políticos claros y normas de acción definidas.
La elaboración del proyecto exige, en cambio, el uso selectivo
de las ciencias sociales y del pensamiento progresista de nuestro
tiempo.
Inspirado
en la democracia, el nuevo proyecto debe tomar debida cuenta de
las distintas prioridades que existen en una sociedad tan heterogénea
como la mexicana y de la legitimidad de los múltiples intereses
que se disputan los recursos escasos. Pero eso no debe impedir
la definición de las cuestiones centrales, cuya solución
abre nuevas perspectivas para la solución de muchos otros
problemas. Esta es la respuesta, ¿por dónde comenzar?,
que es a su vez la pregunta a la cual responde el proyecto de
nación.
En una
época de refundación de la izquierda en el mundo
y en México, el planteamiento de nuevas propuestas es necesariamente
un proceso prolongado y complejo de elaboración, discusión
y confrontación con la práctica. En ella intervienen
una gran cantidad de actores individuales y colectivos. El PRD
no puede concebirse como portador exclusivo de esa tarea, pero
tampoco sustraerse a ella o dejar de aspirar a ser su centro.
El proyecto de nación se configura no como un pensamiento
cerrado y mucho menos único, sino como una problemática
en proceso de investigación y una polémica con todas
las corrientes culturales existentes.
En descargo
de culpas, debe decirse que la carencia de proyectos históricos,
no es necesariamente privativa del PRD.
Después del derrumbe de la opción comunista, la
crisis del proyecto socialdemócrata y la postración
del pensamiento anticolonialista, la izquierda en el mundo entero
adolece del mismo problema. Lo que no es tan aceptable, es la
postergación del esfuerzo consciente por superar esa deficiencia.
En esta
década la elaboración del nuevo proyecto de nación
de la izquierda ha avanzado considerablemente dentro y fuera del
PRD. Los centros de este esfuerzo son las
revistas de la izquierda, el pensamiento del EZLN,
así como los debates alrededor de los cuatro congresos
del PRD, sus programas y propuestas. Ellos
aportan un material inicial valioso para un esfuerzo más
sistemático y profundo. Pero considerando los avances en
otras esferas, así como los recursos con los que cuenta
el PRD, debe decirse que esta tarea es una
de las más descuidadas y que su postración se está
convirtiendo en una traba decisiva para el desarrollo de ese partido
como fuerza de izquierda.
El proyecto
de nación es el paso que separa a un partido que sólo
aspira a ocupar posiciones de poder de un partido que se propone
transformar al país. Ante el manifiesto gatopardismo de
la clase dominante en la transición democrática,
un partido de centro-izquierda sin proyecto alternativo será
un factor más en la renovación conservadora del
régimen existente. Los intentos de redistribución
del ingreso del pasado han sido un fracaso y no han logrado consolidar
las reformas introducidas. Abordar la tarea en el siglo XXI
sin un proyecto preciso, equivale a renunciar de antemano al objetivo
mismo. Comenzamos a construir la democracia en México,
¿pero de qué tipo? La de-mocracia sin adjetivos
no existe y la democracia mexicana debe recoger todas las particularidades,
idiosincrasias y necesidades reales. Para comenzar, existe entre
ella y la democracia de los países desarrollados, una gran
diferencia: la de México debe asegurar la sobreviviencia
a todos sus ciudadanos ya que sin ella, ninguna democracia política
puede ser duradera. La tarea histórica de transformar a
México en un país vivible para todos sus ciudadanos,
no se puede confiar exclusivamente al poder carismático
de las personalidades democráticas ni a la denuncia del
neoliberalismo. Las seis grandes cuestiones del México
actual parecen ser:
¿Cómo
recuperar la esperanza?
La crisis
de las utopías del siglo XX, el prolongado
estancamiento económico, el desempleo juvenil, la destrucción
acelerada del ambiente, los escándalos de corrupción
han creado un ambiente de desesperación, pasividad, miedo
al cambio, escepticismo, perplejidad. Reconstruir la esperanza
y darle un nombre; recogiendo el aforismo de Sábato: La
esperanza nace en la desesperanza,
¿Cómo
lograr el desarrollo con equidad?
El problema
secular de México: todos los modelos han conservado el
contraste entre riqueza extrema y pobreza masiva. El problema
sólo se agrava en las últimas dos décadas.
Explicar las causas y encontrar la solución económico-político-cultural.
La gran aportación de la izquierda del siglo XXI:
encabezar la lucha victoriosa por fundir las dos naciones en una
a la vez que asegure el crecimiento y el desarrollo. Los mecanismos
de acumulación de capital y de redistribución del
ingreso. ¿Qué hacer para que México se inscriba
en el club de los países desarrollados sin dejar la mitad
de la población en el camino?
¿Cómo
integrar a México al proceso de globalización y
revolución técnico-científica en una posición
ventajosa?
Informática,
genética, revolución en las comunicaciones y en
los transportes. Las nuevas ingenierías de computación,
diseño, sonido, etcétera. Las nuevas teorías
y prácticas de la organización. El impacto sobre
la productividad y la composición de la clase obrera. Sobre
la estructura de la industria. El desarrollo de esos procesos
en México. Desarrollo desigual y homogeneización
del país. Consecuencias ecológicas. Cómo
insertarse en todos esos procesos. Educación, investigación,
renovación de la planta productiva, competitividad.
¿Cómo
llevar a México hacia una democracia integral, tomando
en cuenta su cultura y sus tradiciones?
Avances
de la democracia en la segunda mitad del siglo XX.
Democracia conservadora y democracia integral. Estado-gobierno-nación.
Economía y política de la democracia. Mercado y
democracia. Pluralismo, diversidad, desarrollo regional desigual.
Instituciones y gobernabilidad. Sujetos individuales y colectivos
de la democracia.
¿Cómo
responder en la cultura y la educación a los retos del
siglo XXI?
El nuevo
papel de la cultura y la educación en el mundo de la globalización
y la cibernética. Cultura culta y cultura popular. Las
culturas mexicanas: norte, centro, sur; mestizos, indios, cholos,
americanizados. Las instituciones culturales. Medios de comunicación.
La educación como factor de igualdad, pedagogía
cívica, fuente de apropiación de los avances tecnológicos,
formadora de científicos, etcétera. Relación
con la investigación.
¿Quiénes
son y cómo actúan los agentes del cambio?
Clases,
estratos, minorías. El bloque social. Las vías de
acción: voto, movimiento social, guerrilla, revolución
cultural. Posibilidades y límites de cada uno de ellos.
Partidos políticos, ONG, movimientos
populares, asociaciones empresariales. Clase política y
sociedad civil. Los conceptos teóricos se vuelven ideas-fuerza
sólo cuando son adoptados y enriquecidos por miles de activistas
políticos. La segunda tarea es, por lo tanto, la difusión
activa del nuevo proyecto entre los militantes del PRD.
Hasta ahora, los avances en el pensamiento no han tenido un impacto
decisivo en los círculos más amplios de la organización.
No parecen existir vasos comunicantes entre ambas esferas. Tampoco
hay entre la gran mayoría de sus militantes conciencia
de la necesidad de la utilidad de este proceso. En cambio ellos
piden a voces una formación práctica. Lo que les
preocupa es cómo ser un buen diputado, cómo gobernar
un municipio, cómo dirigir al partido a esca-- la local.Por
eso la difusión del nuevo proyecto de nación es
un proceso complejo que exige una estrategia refinada. Debe estar
ligada a la formación práctica y poner en acción
a miles de "educadores". Así concebida, se transforma
en una revolución cultural.
La tardanza
en la elaboración de un proyecto de cambio definido no
es un problema administrativo. Su realización tiene enemigos
poderosos. Hay fuerzas en el PRD que, de
una u otra manera, siguen practicando inconscientemente los estilos
políticos del PRI. Hay también
quienes quieren conscientemente hacer del PRD
el escenario de la reconstrucción del partido populista
de México que no pudo llevarse a cabo en las filas del
partido gobernante. También hay personalidades que ven
con desconfianza la presencia de ideas-fuerza demasiado precisas:
la fidelidad ideológica puede ser un obstáculo a
las relaciones de fidelidad personal en las cuales se basa su
poder. Y por si no fuera suficiente, muchos grupos que lo componen
sólo ven en él un aparato electoral que sirva a
sus intereses inmediatos.
Existen
hoy en el PRD dos posiciones: la primera,
que podemos llamar pragmática, es inmediatista e
instrumental y lleva inevitablemente al populismo. La segunda
a la cual denominaremos constructiva, se propone la reforma
con vista a su transformación en un partido de izquierda
democrática. Por ahora, la fuerza parece estar de lado
de la primera, la razón, del lado de la segunda.
esemo@proceso.com.mx
Enrique Semo, "
El
PRD, entre la izquierda y el populismo",
Fractal
n° 14, julio-septiembre,
1999, año 4, volumen IV, pp. 11-24.