Puedo
decir lo mismo de mi análisis sobre las relaciones entre
la afirmación de identidad personal o colectiva y la función narrativa. La distinción que propongo entre identidad-idem
e identidad-ipse sólo refuerza la capacidad de contar
y de contarse, y de responder así a la pregunta: ¿quién
soy? Esta capacidad no es evidente, como lo atestigua la impotencia
de los sobrevivientes de los campos de concentración para
elevar su memoria lastimada al plano de la expresión verbal
por medio del relato. Por último, la cuarta categoría,
la imputabilidad, que rige la transición entre los
primeros estudios descriptivos y los tres estudios dedicados a
mi "pequeña ética", también necesita
un complemento significativo: la dificultad que tienen nuestros
contemporáneos para reconocerse no sólo como autores
de sus actos, sino como responsables de las consecuencias de esos
actos, en particular cuando han perjudicado a otro; es decir,
cuando en última instancia han añadido algo al sufrimiento
del mundo. Al respecto, se puede hablar de una incapacidad para
ingresar en un orden simbólico, que incluye prohibiciones
estructurantes como incitaciones motivadoras. Esta incapacidad
tiene como efecto la impotencia para derivar, a partir de la relación
con la norma, el carácter moralmente significativo
de la acción. Estas incapacidades, que afectan la imputabilidad
de la actuación humana, plantean hoy problemas sumamente
graves a pedagogos, jueces y políticos en la medida en
que disminuyen lo que se puede llamar la aptitud para la ciudadanía.
¿Por
qué este exordio sobre la dialéctica del actuar
y del padecer? Por una razón sencilla: muchas de las críticas
podían encontrar un comienzo de respuesta en la dirección
que acabo de esbozar.
Respecto
a mi utilización del psicoanálisis, hoy ya no me
importaría tanto argumentar en el plano de la "metapsicología"
freudiana (aunque no añadiría ni quitaría
nada de lo que se refiere a la dialéctica entre hermenéutica
de la sospecha y hermenéutica de la renovación).
Más
bien me preguntaría sobre el sentido de la experiencia
analítica misma, en la medida en que una parte significativa
del sufrimiento psíquico se muestra enfrentada a la búsqueda
de una expresión lingüística, y encuentra una
ayuda y un apoyo en la mediación de un tercero que, en
cierta forma, "autoriza" la palabra.
Pero
este desplazamiento está motivado por un cambio más
significativo que afecta a la teoría narrativa en su conjunto.
En Tiempo y narrativa efectué una suerte de cortocircuito
que ponía en relación directa las formas estructuradas
del relato con la experiencia del tiempo; así dejaba de
mencionar la mediación de la memoria y del olvido, donde
la dialéctica del actuar y del sufrir encuentra un lugar
privilegiado para manifestarse. Además, la memoria y
el olvido están relacionadas con las modalidades del
relato de nivel preliterario, que yo había sacrificado
en beneficio de la ficción sofisticada y del relato historiográfico;
el lugar y el papel de lo que llamaré relato de conversación
apenas se esbozan como mimesis. Pero es en el nivel del
relato preliterario donde se expresan las heridas, los abusos,
las fallas de la memoria individual y colectiva. No sólo
es la etapa de "prefiguración" del relato la
que se puede enriquecer al tomar en cuenta la memoria, sino también
la etapa de la "refiguración". Al respecto, los
efectos de "redescripción de la realidad" deben
extenderse del tiempo al espacio y a lo vivido-corporal. El acto
de construir debería ser tomado en consideración
en una fenomenología ampliada del acto de habitar (habida
cuenta de la desgracia de la gente sin hogar). De este modo, la
noción de identidad, tan estrechamente ligada con la función
narrativa, perdería toda apariencia abstracta e intemporal,
una vez entregada a los azares del espacio y del tiempo.
El arraigo
del relato en la memoria, en combinación con la dialéctica
del actuar y del sufrir, ¿me permitiría hacer justicia
a los relatos confeccionados por mujeres? Al dar hoy un lugar
al tema de la memoria lastimada y al de la función terapéutica
del relato, espero adelantarme a este reclamo. Sin embargo, me
gustaría decir que, confrontado en el plano etnológico
con la tendencia dominante a través del espacio y del tiempo
a la subordinación de las mujeres frente al poder masculino,
me sentiría inclinado a relacionar, siguiendo a Françoise
Héritier en Masculin-Féminin, la defensa
de los derechos de las mujeres con la afirmación moral,
jurídica y política de la humanidad en común
a ambos sexos. A esta humanidad en común aplico mi análisis
del actuar y del padecer. El que haya una manera femenina no sólo
de sufrir sino de actuar, y que mi análisis referido a
la humanidad en común sufra los límites propios
de una reflexión y una escritura masculinas, éso
es algo que no disputaré en modo alguno. Los complementos
y las rectificaciones que varias escritoras aportan a mis análisis
no me parecen necesitar, empero, de una refundición fundamental
de mis tesis sexualmente neutras. En particular, persistiré
en decir que hasta la figura eminentemente femenina de Antígona
muestra un conflicto que interesa a la humanidad en común:
el de las relaciones entre las leyes no escritas y las que promulga
el poder político. La figura de Antígona irrumpe
no sólo en el texto, sino en la estructura del poder. Al
mismo tiempo, rompe con los estereotipos del poder político
y con los que se refieren a la condición femenina interpretada
por la figura masculina del poder. La pregunta de por qué
tenía que ser un hombre quien encarnara al poder y una
mujer quien lo pusiera en tela de juicio, sigue siendo una buena
pregunta; pero no se plantea contra un telón de fondo donde
lo que está en juego es una humanidad que va más
allá de los roles sexuales. Al respecto, la lectura de
las Antígonas de G. Steiner sería de gran
ayuda para articular entre sí las múltiples dialécticas
que movilizan la intriga: humano-divino, moral absoluta-poder
histórico, juventud-vejez, vida-muerte, hombre-mujer. Entre
las múltiples funciones femeninas, todavía quedaría
por descifrar la de la hermana frente a los hermanos
enemigos.
Al arraigo
del relato en la memoria quisiera añadir su arraigo en
la imaginación. La dialéctica entre memoria e imaginación
opera en un nivel más fundamental que la pareja literaria
ficción-historiografía. De ahí resulta que
la dialéctica del actuar y del padecer, con los aspectos
viscerales y emocionales de este último, es más
directamente discernible en el punto de articulación entre
memoria e imaginación, donde la primera señala un
pasado caduco y la segunda un posible irreal. También es
en este nivel primordial donde se efectúa la unión
entre función narrativa y corporeidad, y entre las múltiples
modalidades de habitar corporalmente el mundo. Sin embargo, sólo
el lenguaje puede articular esas modalidades, esos moods,
para convertirlas en "variaciones imaginativas"; en
este plano discursivo es como se puede entender la expresión
de Hölderlin que celebraba la manera "poética"
de habitar el mundo.
No quisiera
acabar estas reflexiones, en las que la identidad personal y comunitaria
todavía se consideran en un nivel prepolítico, sin
decir unas cuantas palabras sobre la noción de testimonio.
Quisiera hacer énfasis en el término de atestación
para expresar el tipo de certidumbre y de confianza que aplico
a mi capacidad de actuar (hablando, haciendo, contando,
asumiendo mi responsabilidad). Lo contrario de la atestación
es precisamente la sospecha, motor de la hermenéutica que
menciono más arriba. Reservo el término de testimonio
para el reconocimiento que se da a otro que encarna y ejemplifica
ante mis ojos el ideal de una vida correcta. Es en el marco del
testimonio donde se articulan la narratividad y la moralidad.
En lo
que se refiere a la identidad colectiva, quisiera decir
que la consideración de la memoria trae consigo un highlight
importante. ¿No acaso se debe considerar el fenómeno
de la conmemoración, colectivo y público
por naturaleza, como algo estrictamente correlativo a la rememoración
individual del pasado? Únicamente en la tradición
filosófica que Charles Taylor, pone bajo el título
de inwardness en The Sources of the Self, es donde
la memoria se trata como un fenómeno fundamentalmente personal.
Pero recordamos juntos; y es en el medio social del lenguaje
donde articulamos nuestros recuerdos más propios de modo
narrativo. Sobre la base de la noción de memoria colectiva,
se podría hacer justicia a la idea de identidad narrativa
de las comunidades a las que pertenecemos. Se comprende además
que esta identidad colectiva puede sufrir los mismos abusos y
las mismas fallas que la memoria lastimada de los individuos.
Así abordaría yo la cuestión de la crisis
"identitaria" de muchas comunidades históricas
contemporáneas.
A partir
de este análisis de la identidad narrativa colectiva es
como se plantea el problema de la identidad considerada en el
nivel político. Lo que he dicho antes sobre la categoría
de imputabilidad, en virtud de la cual un agente tiene la capacidad
de ser responsable de las consecuencias de sus actos, permitiría
articular la dimensión normativa y la dimensión
narrativa de la identidad colectiva en el plano político.
Al respecto, las conmemoraciones son el lugar de articulación
entre lo normativo y lo narrativo en el marco de relatos que se
pueden calificar de políticos, tales como los relatos fundadores
de la comunidad política. Además, la dialéctica
entre la memoria y la imaginación, iniciada en el plano
individual, sigue su curso en el plano colectivo y político
bajo las formas de la ideología y de la utopía,
de las que he hablado en otra parte como formas del imaginario
social. La utopía, en particular, constituye el discurso
contestatario en relación con las posiciones de poder.
Así, los análisis dedicados al poder de "redescripción"
de la metáfora y de "refiguración" del
relato tienen una extensión notable, a cuyo favor la función
estructurante y la función contestataria del imaginario
social ecuentran su equilibrio inestable.
Acepto
de buena gana que no hay que pedirles demasiado a una teoría
de la metáfora y a una teoría narrativa, incluso
si las extendemos a la esfera pública. Es en la ética
donde hay que encontrar la referencia a las normas. Cierto es
que la imaginación puede ser considerada como una iniciación
a la función crítica, en la medida en que enseña
a soñar de otra manera, al igual que el relato enseña
a contar de otra manera. En este doble "de otra manera"
se encuentra in nuce una fuerza crítica. Incluso
la mirada retrospectiva del historiador aplicada al pasado de
nuestra cultura y a sus textos fundadores no se opone a la mirada
exploradora de lo posible en el imaginario social. En efecto,
la historia no se limita a describir y explicar los hechos
pasados digamos: lo que efectivamente tiene lugar.
Puede también aventurarse a resucitar y a reanimar las
promesas no cumplidas del pasado; se une así al imaginario
de los humanos desaparecidos y lo libera de la contingencia de
las realizaciones inacabadas, para pasarlo a cuenta del imaginario
del futuro. Pero, repito, no hay que pedirle a una teoría
del imaginario, completada por una teoría narrativa, y
ambas elevadas al plano colectivo, lo que se le debe pedir a la
ética. Los análisis de la "redescripción
de la realidad" y de la "refiguración" por
medio del relato sólo adquieren un significado normativo,
requerido por la teoría política, si se acoplan
en el plano ético con los análisis de las modalidades
de la sabiduría práctica, heredera de la phronesis
de los griegos y de la prudentia de los medievales. El
paso de la norma a la decisión concreta, adoptada en situaciones
de incertidumbre en el centro de lo trágico de la acción,
constituye el momento crítico por excelencia de una acción
moralmente sensata. La imaginación y la memoria
la metáfora y el relato sólo ofrecen
puntos de apoyo, incitaciones en el mejor de los casos; pero ni
una función ni la otra incluyen en cuanto tal la dimensión
de la valoración. Sólo esperan de lo político
la abstención de toda censura. La distinción entre
el bien y el mal, entre lo permitido y lo prohibido, requiere
de todo el aparato de una ética, que a su vez atraviesa
los niveles sucesivos del deseo de la vida correcta, con y para
los demás en instituciones justas; luego el de la norma
bajo la doble figura de la obligación y de la prohibición;
y, por último, el de la sabiduría práctica,
el juicio prudencial. Sólo entonces se les puede
pedir a la imaginación y al relato que alimenten el sueño,
que ejemplifiquen concretamente, y en cierto modo carnalmente,
el juicio prudencial en el cual se reúne toda la ética
en la cotidianeidad de nuestros días.
Traducción
del francés: Flora Botton-Burlá
____________________
* Este texto fue redactado a manera de respuesta
a las ponencias presentadas durante el coloquio organizado en
Canadá por la Universidad de Calgary en 1994 sobre la obra
de Paul Ricur. Más tarde, fue publicado como preámbulo
del volumen colectivo Paul Ricur and Narrative (1997),
editado por la misma universidad.
Paul
Ricur, "Respuesta a mis críticos", Fractal
n°13, abril-junio,
1999, año 3, volumen IV, pp. 129-137.