Su desahogo era
parte de los prolegómenos de algo que tenía en
la cabeza. Me invitaba a un seminario de intelectuales de izquierda
en la ciudad de Puebla. Sintió la necesidad de aclararme
que se trataría de un encuentro cerrado, sin prensa ni
público: una especie de encuentro de penitentes de muchas
creencias, si no derrotadas, que obviamente no estaban en el
momento más brillante de sus antiguas certezas. Se trata
de saber, dijo, en qué punto estamos después de
tantos naufragios, qué aprendimos, si es que lo hicimos,
y si tenemos algunas ideas comunes sobre la refundación
cultural de esa cosa, la izquierda, que en la historia de México
ha sido más un fenómeno de feligreses de varios
cultos en la contemplación de sus propios exclusivos
ombligos, que un fenómeno de masas. ¿Podría
hacerme cargo de una ponencia de quince minutos para introducir
la discusión sobre los temas de economía internacional?
Mi respuesta fue no. La cosa no me atraía sobremanera.
Pero la respuesta también fue sí: me interesaba
conocer el mood de los intelectuales de ese archipiélago
fantomático que es la izquierda mexicana. Una clase de
bicho con el cual no tengo, suponiendo que lo tenga con otros,
una relación habitual. Mi única o, por lo menos,
la mayor vinculación con el mundo, y mucho me temo que
se trate de un vínculo algo unilateral, son mis clases
y los artículos semanales que desde hace década
y media escribo en un periódico de la Ciudad de México.
Me ganó la
vanidad. Que alguien se acordara de mi existencia me hacía
pensar que mis mensajeras botellas periodísticas, lanzadas
a las olas los martes de cada semana, en algunos casos, por
lo menos en el de mi amigo, habían llegado a su destino.
No podía responder que no a lo que me parecía
un reconocimiento. Acepté participar con la reserva,
para mis adentros, de que no abriría el pico. Con la
mejor técnica de marketing, mi interlocutor me anunció
la presencia de varios nombres altisonantes del Gotha de la
intellighentsia izquierdosa de México. Y tal vez ésta
no fue la razón menor de mi aceptación. En más
de veinte años de vivir en México son muy pocas
las personas con las que me frecuento regularmente y menos aún
las personas importantes. Quiero decir, para que nadie se ofenda,
aquéllas cuyos suspiros o ritmos cardíacos afectan
de alguna manera el metabolismo intelectual, o de cualquier
otro tipo, del país.
Hace años,
una de las principales revistas italianas me pidió, por
boca de su director, un artículo que debía ser
una entrevista doble a Octavio Paz y a Carlos Fuentes. Las elecciones
presidenciales estaban en puerta y el enfrentamiento entre los
dos gigantes, en versión de querella en el star system,
evidentemente era lo que más interesaba por razones de
morbosidad intelectual-periodística. Tuve que confesar
que no los conocía. Y tengo que abrir un paréntesis.
A uno de los dos ya no lo conoceré y a veces me siento
culpable por la maldita pusilanimidad que me hizo perder la
oportunidad de acercarme a una de las cabezas más notables
de la historia de este país y, creo, del mundo. De vez
en cuando, me contento con leerlo y, cada vez, leyendo palabras
que me siguen pareciendo luminosas, experimento la sensación
de que mi escritura es un ejercicio infantil. Sin embargo, y
exactamente al mismo tiempo, es como si la inteligencia de Paz
me contagiara. Me siento engrandecido, como si sus palabras
fueran la envoltura fascinante de pensamientos que siempre pensé
sin saberlo, o que bien pudiera haber pensado si sólo
fuera un poco menos perezoso y un poco más inteligente.
Pero él se fue y yo me quedo hablando con un fantasma
y rumiando contra el destino y contra esa irremediable estupidez
mía de suponer que el presente es eterno.
*
Iba a la ciudad
de Puebla con curiosidad hacia una intelectualidad de izquierda
para la cual no tengo una simpatía desbordante, y con
pensamientos perezosos que se prendían y apagaban sin
orden o, por lo menos, sin ninguno que fuera racionalmente discernible.
Me invadía una mezcla de temores y prejuicios.
La llegada fue
complicada, como siempre que voy a Puebla.
¿Por qué
estoy aquí? En medio de las dudas, tengo una razón
clara: para entender algo del metabolismo intelectual de una
izquierda mexicana que forma parte de un universo de izquierda
que ha vivido los últimos veinte años recorriendo
un interminable Viacrucis. ¿Cómo se explican desde
aquí que es lo que más me interesa
tantas derrotas? ¿Seguiremos con los lloriqueos sobre
las maldades del neoliberalismo, del imperialismo, de la globalización,
de las multinacionales, las conspiraciones del Norte y similares,
o ya habremos entendido algo de la necesidad urgente de renovar
un patrimonio de ideas dramáticamente envejecido? No
es fácil para nadie hacer las cuentas con el propio pasado.
La vida, si se me permite el desplante, es un cargar vergüenzas
póstumas. No veo razón para suponer que esto no
valga para grandes conjuntos humanos: ideológicos, étnicos,
políticos o religiosos que sean. Hacer autocrítica
no es fácil para nadie. Pero es un tránsito saludable,
esencial, para liberarse de las culpas sin olvidar que, en los
territorios de la política, nadie es santo. Se me ocurre
un ejemplo. La resistencia de las empresas alemanas de hoy en
reconocer sus culpas por haber usado el trabajo forzoso, esclavo
en el sentido más arcaico del devenir humano, para abastecer
a pleno ritmo una demanda militar explosiva que usaba el trabajo
esclavo de una etnia cuya aniquilación había sido
decretada por aquellos mismos que necesitaban los productos
industriales producidos con tanto fervor patriótico.
Vidas se perdieron, otras quedaron selladas por heridas enterradas
en las mentes y en los cuerpos de aquéllos que tuvieron
la suerte de sobrevivir. Reconocer la responsabilidad de eso,
de parte de las antiguas empresas alemanas que hicieron entonces
lo que hicieron, significaría pagar los resarcimientos
a los sobrevivientes. Un acto mínimo de decencia, que
aún no se cumple.
¿Estamos
nosotros en una situación mejor? Porque habrá
que recordar que estas mismas industrias liberaron millones
de seres humanos encerrados en el universo rural proyectándolos
directamente dentro de las delicias y los dolores de la modernidad.
Y nosotros tampoco podemos ser considerados como la encarnación
de la abyección. Sólo se me ocurre en este momento
el sufragio universal.
A nosotros no se
nos pide sólo hacer las cuentas con responsabilidades
concretas sino, sobre todo, hacer las cuentas con las raíces
culturales que nos llevaron a lugares tan inhóspitos.
Si queremos seguir hacia delante no parecería haber otro
camino. Y no estoy pidiendo actos de contrición sino
actos de autoconsciencia. Una virtud que vale hacia el pasado
tanto como hacia el futuro. Estoy aquí para entender
en qué punto estamos. No sé qué esperar
de mi tribu. Una tribu que no me gusta y que, sin embargo, es
la mía. Por eso estoy aquí. Creo.
*
La inauguración
fue solemne. La solemnidad como máscara que da certidumbre
a lo que no la tiene es una forma de blindar un universo que
es más precario de lo que se está dispuesto a
reconocer.
Alrededor de las
nueve y media, el Gran Arquitecto y el Rector hicieron su aparición.
Pasando a mis espaldas, para llegar a las mesas de enfrente,
mi amigo me dio un golpecito sobre el hombro para indicarme
que había registrado mi presencia. Todo mundo tomó
asiento. Silencio. Comenzó a hablar el Gran Arquitecto
de la reunión, del que ya dije: marxista-ex-marxista,
comunista-ex-comunista, historiador y profesor de alguna universidad
de Texas. Cabello lacio, barba plateada, sesenta años
o algunos más. Pensé que se conservaba bien y
que seguía vistiéndose con ese gusto espartano
que indicaba un soberano desinterés hacia las prendas
que por la mañana encontraba en el armario. Rápido
y sintético, no obstante la ocasión protocolaria,
fue capaz de decir un par de cosas inteligentes. Primera: Puebla
es un estado conservador con una universidad progresista. Y
aquí estamos. Otra vez en el convento, pensé.
Ni modo, el día que se escriba la historia de la izquierda
latinoamericana, tal vez se descubra que, en una medida mucho
mayor que en Europa, es una historia universitaria. De clases
medias que convierten al marxismo en una especie de evangelio
para entretener una clase de monjes laicos, a veces abnegados
e incluso heroicos y, a veces, empalagosamente aburridos, que
no encuentran la forma de vincularse al mundo, llamémoslo
real, que los rodea, y se repliegan en el cultivo celoso de
un futuro que la doctrina indica inevitable. Las excepciones
son pocas y la mayor sigue siendo esa versión peruana
de Gramsci que respondía al nombre de Mariátegui:
un marxista original que, no por casualidad, no fue producto
universitario. Y, tal vez, el mexicano Revueltas, un alma en
pena que supo decir algunas cosas importantes. Otro no universitario.
El resto, y no exagero mucho, es tan exuberante como la superficie
de la Luna. El libro de Marta Hanecker, vulgarización
de certezas althusserianas, lleva no sé cuántas,
pero una enormidad de ediciones que recorrieron dos generaciones
de marxismo conventual. Naturalmente, el Gran Arquitecto no
podía inaugurar el encuentro diciendo estas cosas. Incluso
una izquierda que reflexiona sobre sí misma necesita
cautela para no abrir heridas antes de la lidia. Pero señalar
el binomio de una Puebla conservadora y una universidad progresista
es más que suficiente para que quien quiera entender,
entienda el patrimonio de escolasticismo y de debates esotéricos
de los cuales, de alguna manera, venimos. Tenemos en la espalda
una carga de certidumbres, silogismos y bizantinismos de la
que no será fácil emanciparnos.
El Gran Arquitecto
sigue hablando y añade otra cosa que, como disciplinado
escolar, recojo: después de la caída del socialismo
estamos obligados a la refundación de la izquierda. De
acuerdo otra vez. Pensé en el hundimiento de la Atlántida,
el paraíso en la Tierra, o sea, la URSS.
Pero el Gran Arquitecto añade algo que no entiendo si
es signo de escasez o de abundancia. Dice: en México
hay catorce revistas de izquierda. Me pregunto cómo las
contó. ¿Cuándo es una revista de izquierda,
de centro o de derecha? No digo que el contar y el contarse
sea trivial, pero, aparte los casos más obvios, no debe
ser tarea sencilla saber a partir de qué momento una
revista es de izquierda, a menos que uno sea como los farmacéuticos
de antaño que mezclaban en sus alambiques y morteros
distintas sustancias para obtener ciertos compuestos. Algún
día le preguntaré. Pero lo que me deja perplejo
es que no entiendo si, en el juicio del orador, catorce son
muchas o pocas. También tendré que preguntarle.
Concluye con otros números. Somos 40 invitados (¿seminaristas?
me sugiere mi malévolo cerebro) y tendremos veintitrés
ponencias. No puedo dejar de maliciar que no sé si pensamos
pero, bendita sea, ¡cuánto escribimos!
*
El primer acto
comenzó apenas el rector abandonó la sala y después
del paréntesis en el que unos periodistas locales, antes
de imitarlo, se lanzaron a captar al vuelo las palabras, más
o menos aladas, de algunos de los invitados.
Inicia el Viejo
Honorable. Catalán de origen, filósofo de oficio
y políglota, me imagino, por gusto. Y comienza en la
peor forma posible, tratando de definir la Izquierda. Es obvio,
pienso, que sin pasado no hay futuro o, por lo menos, uno que
vacune frente a lo peor de lo que se dejó atrás.
Pero ese deseo de definiciones previas no me convence, me recuerda
los arquetipos platónicos. Como si fuera una búsqueda,
tal vez inconsciente, de raíces, en el esfuerzo para
asegurar continuidades y fijar identidades. Tal vez no sea ésta
la intención del Viejo Honorable, pero me pongo en guardia.
La mía será una estricta vulgaridad, pero me imagino
que, si alguien se va a peinar, debe reconocer antes que está
despeinado. Primera idea: la izquierda es el archipiélago
de la disrupción frente al dominio. Y aquí, una
pequeña verdad se convierte en un consuelo para dejar
de ver las derrotas. Cuando la disrupción fue exitosa,
habrá que reconocer que en este siglo produjo desastres.
Y me ahorraré el listado. La ética no absuelve
la política, sobre todo cuando la política convertida
en gobierno hace de sus previas razones morales un teatro de
simulaciones autoritarias. No quiero ponerme sentencioso, pero
me resulta difícil dejar de reconocer que, en este siglo,
la izquierda ha sido una mezcla de dos cosas que conviven dolorosamente.
Por una parte, las sobradas razones de la crítica y,
por la otra, la construcción fallida del futuro que no
fue. Esta es la herida que cargamos y buscar definiciones éticas
ancladas a la primera parte es una forma de arrinconar una segunda,
mucho más incómoda. Como si fuera un accidente
de ruta.
Sin embargo, el
Viejo Honorable me cae bien. El tono de su voz es reposado y
razona sin esa actitud de los ancianos de decir verdades eternas.
Discurre. Me dicen que de joven era hombre de gran belleza.
De viejo, su cara alargada y sus lacios y desordenados cabellos
grises han transformado la hermosura en dignidad. No estaría
mal envejecer así. Sigue hablando y registro la segunda
idea: el liberalismo del siglo XVIII (¿no
será del XIX?, me sugiere mi quisquillosa
ciencia académica), originalmente de izquierda, se fue
degradando hacia el conservadurismo. Algo similar le ha pasado
a la idea del progreso. El marxismo-leninismo fue usado para
legitimar un régimen autoritario. Esta es la idea. Y
otra vez me siento incómodo. El Viejo Honorable acaba
de decir una verdad, pero no puede convencerme la idea de que
el marxismo-leninismo "fue usado". ¿No había
ahí, bien adentro de una cultura para la cual capitalismo
y liberalismo estaban preagónicos, asignando al proletariado
la tarea exclusiva de ser partera de una nueva historia, un
núcleo duro del futuro autoritarismo?
Otra vez, el deseo
de salvar los orígenes, de achacar las culpas enteras
a los demonios que tentaron nuestras purezas primigenias. Me
molesta y me asusta el "fue usado". Es una forma melindrosa
de achacar las culpas a Stalin y a Pol Pot. ¿No había
detrás de ellos algo enfermo, una cultura de salvación
exclusiva que deberíamos discutir aquí? ¿O
es que podemos usar el marxismo-leninismo en otras formas? Mis
dudas iniciales sobre la ambigüedad de las definiciones
que aseguran identidad, son confirmadas.
Pero el Viejo Honorable
tiene otras flechas en su carcaj. Deja de lado el pasado y se
lanza al futuro. El nuestro, dice, debe ser un proyecto de democracia
radical. Y explica: una democracia representativa complementada
por poderes sociales permanentes en los distintos ámbitos
de la vida colectiva. No puedo evitar pensar en Rudi Dutschke
y en sus ideas de larga marcha a través de las instituciones,
y en la Comuna de París. El primero, una de las mentes
más brillantes del movimiento estudiantil alemán,
recibió un balazo en la cabeza que lo entregó
a una muerte lenta. La segunda fue destazada en una carnicería
patriótica por la burguesía francesa que temía
mucho más a sus obreros que al káiser Guillermo.
"Democracia radical", si no entiendo mal, es una mezcla
de democracia representativa y directa. Como diría Octavio
Paz: sin entender, comprendo. La idea me gusta, pero no puedo
evitar que mis no pocos cables sueltos se me crucen en la cabeza.
¿No se correría el peligro de mezclar parlamento
y varios grupos con intereses corporativos? Ya estamos en un
mundo que parece encaminado a identidades fracturadas, cada
una de las cuales amenaza convertirnos en un zoológico
de varias jaulas: las feministas, los no fumadores, los negros,
los católicos en países musulmanes, los homosexuales,
las minorías étnicas, y todo lo demás que
parece moverse hacia un neofeudalismo de razones exclusivas,
de pequeñas verdades incomunicadas, de fueros especiales.
Tengo la impresión de que la idea del ciudadano, el individuo
igualado en derechos y deberes, sigue siendo algo esencial.
Y no se me ocurre cómo complementar esta idea, que se
me figura irrenunciable, con la necesidad de una participación
directa que evite el riesgo de las corporaciones con todo su
séquito de clientelas y patriotismos pequeños.
La idea de democracia radical me gusta, pero sigo atascado en
el cómo. Sólo se me ocurre una fantasía,
tal vez anodina: la necesidad de una democracia territorial
fortalecida. Y aquí también surge el maldito gusano
del cómo. ¿Cómo asegurar participación
en los gobiernos locales sin obligar a la gente a una especie
de virtud compulsiva que siempre produce ritos y simulaciones?
La democracia en la que piensa el Viejo Honorable requiere un
ciudadano activo, incluso entusiasta. Y siendo que, a veces,
esto no ocurre, la democracia representativa me parece la única
red de protección para evitar que el entusiasmo ausente
produzca simulaciones autoritarias.
Tal vez para escaparme
de la engorrosa tarea de imaginar un futuro deseable, me pregunto
si no es hora de dejar de pensar en ingenierías perfectas.
¿Por qué no aceptar que el futuro se hace pedazo
a pedazo, sin estaciones terminales, y que la tarea de la izquierda
consiste en un aprendizaje continuo en contacto con los mejores
elementos de la maduración civil de las sociedades? ¿O
será que la mía es la racionalización de
una fantasía embotada?
No tengo tiempo
para pensarlo. El Gran Arquitecto es el siguiente orador. Su
tema es México o, mejor dicho, el mayor partido de la
izquierda mexicana. Habla como los buenos profesores, piensa
mientras lo hace, hila ideas que confluyen hacia argumentos
construidos sin deducciones forzadas. Siento admiración
hacia los cerebros estructurados que no exigen a sus oyentes
actos de fe. Como disciplinado contador, registro en mi libreta
OMNI, de cubierta inevitablemente roja,
las ideas que me parecen más interesantes. Primera: el
mayor partido de la izquierda mexicana ha heredado del pasado,
y sin esfuerzo, una tradición de nacionalismo revolucionario
que no es capaz de renovar. Se ha convertido en un partido de
denuncia y esto está muy lejos de ser suficiente para
gobernar. Esta es la idea, y me resulta natural sentir cierta
simpatía. Los mejores comunistas del pasado, pienso,
siguen razonando. Persisten en el intento de no quedar entrampados
en la palabrería retórica que sacraliza ideas
débiles. En la URSS habrían
sido fusilados o confinados en algún rincón maloliente
de Siberia para depurar el ambiente de sus dudas y dejar el
campo libre a los destinos luminosos sobre los que sólo
los enemigos de clase podían dudar.
Denunciar no es
suficiente para gobernar, dice. Me pregunto si esto no se aplica
a gran parte de la izquierda latinoamericana. Tengo a menudo
la impresión de que, en estas partes del mundo, la ética
sustituye demasiado fácilmente a las ideas de gobierno
de la realidad. En situaciones de tanto desgarramiento social,
de tanta miseria, la ética absuelve la falta de proyectos
que sean históricamente viables. Como si las buenas intenciones
y el amor hacia los excluidos fueran suficientes. El Gran Arquitecto
acaba de decir, en sus palabras y pensando en su país,
que así no es. Estoy de acuerdo pero me asalta (¿asalta?)
una duda: si, como la historia de una parte de Europa central
reveló, no fue fácil construir un futuro socialista
en países con industrias que funcionaban, administradores
públicos más o menos weberianos, con espíritus
ciudadanos enraizados en la población y con tradiciones
de disciplina, de cultura de trabajo, de ahorro y de frugalidad;
constituye una de las empresas más humanamente desesperantes
tener en América Latina, o en otras regiones en desarrollo,
ideas que desde la izquierda permitan establecer estos cimientos
para dar el salto hacia formas más avanzadas de democracia
y de solidaridad social. Ser de izquierda es hoy una empresa
titánica, pero ser de izquierda en el subdesarrollo es
empresa francamente monstruosa. La denuncia de las injusticias
establece demasiado fácilmente un puente con mesianismos
más o menos populistas. El Gran Arquitecto tiene razón,
y tiene razón en apesadumbrarse, pero no sé si
tiene plena conciencia de lo que cuesta tener ideas para gobiernos
que construyan, en estas partes del mundo y, al mismo tiempo,
democracia y bienestar. Tenemos todo en contra, lo cual no es
ninguna piadosa justificación de nuestra impotencia,
es el registro crudo de las dificultades que la historia nos
pone enfrente. Para usar el lenguaje de los viejos tiempos:
las condiciones objetivas son adversas, y las subjetivas, también.
Pero hay una segunda
idea que mi libreta registra meticulosamente: frente a una izquierda
nacional que mira tercamente al pasado, hay que reconocer que,
sin ideas nuevas, estamos derrotados. Tenemos que recomenzar
desde cero. Estoy absoluta, contundente e incondicionalmente
de acuerdo. Después de lo cual me entra en el cuerpo
una vaga mortificación: Estamos en un círculo
vicioso. Necesitamos ideas y, sin embargo, estamos enclaustrados
en un universo izquierdista que cree que la política
es un ejercicio a medio camino entre la ética, que todo
absuelve, y un estricto problema de movilizaciones populares
y de relaciones de fuerza. Hay algo que está endiabladamente
difícil meternos en la cabeza: una izquierda capaz de
mover el mundo en una dirección que suponga más
democracia y más justicia necesita, antes que cualquier
otra cosa, ganar (o, por lo menos, no perder) la batalla cultural.
Otra vez, las ideas nuevas gloriosamente ausentes.
Con los límites
que tuvieron, Marx, Lenin, Rosa, Trotsky, Gramsci, Fanon, Bukharin,
Senghor, Mao, Nehru, Mariátegui, no fueron agitadores
de masas, eran, fueron antes que nada, intelectuales e intelectuales
de punta en su momento y en su contexto. Será una dolorosa
necesidad, pero normalmente las ideas las tienen los intelectuales
y vivimos en una parte del mundo donde, a veces con sobradas
razones, la izquierda siente una profunda desconfianza hacia
ese género de individuos. Como si pudieran ser, a lo
sumo, una especie de adorno necesario para dar algún
paramento curial a lo que ya se sabe y se decidió. Y
sin embargo, pienso, al adversario se le gana obligándolo
a medirse con una cultura progresista capaz de imponerle su
agenda. Con la ética nos salvaremos el alma, pero nada
más. Los cuerpos seguirán deformes y hambrientos.
Me gustaría
tener tiempo para pensar en este tema, el de las relaciones
infelices entre intelectuales y partidos de izquierda en Latinoamérica,
pero no lo tengo. El Gran Arquitecto terminó y, en el
uso de la palabra, lo sustituye El Iluminado. De un solo golpe
¡cuán pluralista es esta izquierda!, pasamos del
terreno laico al religioso. Religioso no por la fe en Dios,
sino por la fe a secas. El Iluminado comienza a hablar del levantamiento
armado indígena como la luz que alumbra nuestra oscuridad
de izquierdistas fatigados. Es un corpulento gigante blanco.
Pocas, si es que algunas, gotas de sangre indígena, le
deben correr por las venas. Y tal vez por eso, o quién
sabe por cuáles otras conjunciones astrales o ideológicas,
se erige en ideólogo, o como se diga, del mundo indígena
sublevado. Y en rápida secuencia, hilvana un tejido de
bienintencionados actos de fe que, por desgracia, no me asombra.
Primero: los indígenas son una fuerza de resistencia
a la globalización. Yo, que ya no tengo alas para los
vuelos pindáricos, me limito a pensar, para mis más
soterrados adentros, que los indígenas son el último
peldaño, explotado inmisericordemente, expulsado de sus
tierras, despreciado y envilecido por un mundo que no termina
de ser moderno y que, para acabarla de amolar, no los integra
a sus escasos logros y a sus muchos problemas irresueltos. ¿La
tarea no es exactamente la contraria? ¿Integrar a la
globalización un universo cultural que ha sido históricamente
marginado? Pero, tal vez, soy yo que ya no entiendo nada y mi
condición de ex europeo me distorsiona la percepción
del mundo. ¿Contra la globalización? Menos mal
que ya no estamos en el pasado, si no la palabra de orden sería
contra la industrialización y a favor de la belleza gandhiana
de la rueca manual. Mientras el desconsuelo comienza a hacer
mella en mi artillado optimismo del cual La Feminista
me acusará en varias ocasiones durante la Reunión
escucho esto: y no me detengo a ilustrar la visión del
neoliberalismo como Cuarta Guerra Mundial. No puedo evitar pensar
en mi despiste de intelectual izquierdoso que, por vivir en
los circuitos universitarios, me perdí incluso la tercera.
El tono reposado
del expositor discrepa brutalmente de las certezas que la voz
enuncia. Me siento como un budista en pleno Ramadam. No alcanzo
a percibir el encanto, ni mucho menos la novedad, de lo que
El Iluminado propone con confiada firmeza. Y, como era de imaginar,
caemos otra vez en la ética. Estamos frente a una propuesta
de política ética (no entiendo por qué
no habla de Revolución Ética, ya entrados en gastos...)
que, en su opinión, tiene tres vertientes.
Una es mandar obedeciendo.
Pienso en Aristóteles y me cuesta digerir esto como novedad.
La otra es el rechazo a tomar el poder, y aquí se me
quita un peso de encima. Y la última es el rechazo a
ser vanguardia, y esto también me crea un conflicto.
Alguien que no quiere ser vanguardia ¿se recluye armado
en las montañas? Pero la idea central es formulada cristalinamente:
el mundo indígena ha sentado las bases para la refundación
de la izquierda. Y es obvio que el orador no habla de México,
sino del mundo.
Estoy viejo para
esto. Estoy cansado de iluminaciones. No me cabe la menor duda
que, incluso en esa sarta de ingenuidades bienintencionadas,
debe esconderse algún núcleo de verdad que se
me escapa. Pero no alcanzo a encontrarlo. Los indígenas
latinoamericanos son un escupitajo en la cara de ese extremo
Occidente que aplicó con ellos una política de
exterminio condimentada, de vez en cuando, con remordimientos
que nunca remediaron las cosas. Pero, para bien y para mal,
yo soy hombre de Occidente y no puedo participar en los entusiasmos
que suponen que los males de nuestras achacosas democracias
puedan curarse con inyecciones de comunitarismo ancestral. El
respeto hacia culturas brutalmente derrotadas por gente de un
color de piel como el mío, no va tan lejos como para
hacerme creer que de ahí pueda venir la redención
ni de la izquierda ni de Occidente. Esta es una parte del mundo,
no es el mundo. A pesar de mis desconciertos de hombre de izquierda
vapuleado por los inclementes ventarrones seculares, no estoy
disponible para pasar de una iluminación a otra. Bastante
me costó la anterior. Mis reservas de candidez se han
agotado.
Pero ¿de
qué me quejo? ¿No vine a Puebla para tomar el
pulso, para entender lo que se mueve en el cuerpo intelectual
de una de las izquierdas de este subcontinente? Bueno, ahí
lo tengo. Muchas almas. Algunas que miran hacia delante y otra
hacia atrás. Pero las certezas redentoras me cansan.
Estamos en Puebla, a final de cuentas. En una ciudad que se
fundó como utopía de franciscanos que quisieron
edificar un mundo mejor, de colonos y no de hacendados, de indios
libres y no sujetos a la encomienda. Un mundo que, según
Motolinía, debía ir hacia su autonomía
frente a España, nombrando sus propios dirigentes, y
teniendo con España un vínculo que tal vez podría
decirse, en lenguaje moderno, federal. Este sueño, no
libre de culpas, fue derrotado. Puebla es, como dijo alguien:
un experimento social fallido. ¿Hay mejor lugar que éste
para una reunión de intelectuales de izquierda?
Y, sin embargo,
de pronto me siento cansado; el pluralismo me agobia. Quizás
por eso mi libreta de apuntes está menos poblada en las
páginas siguientes. La ponencia que sigue es el resumen
de una investigación universitaria. En mis notas encuentro
frases como éstas: aumento del abstencionismo, alternancia
de arrepentimientos, proliferación de las ONG
y de grupos guerrilleros. Pero hay algo que me llama la atención
entre las doctas palabras que ilustran los hallazgos de la investigación
universitaria: la vía electoral no ha mejorado las condiciones
de vida de la población. Y de golpe, me traslado de las
iluminaciones indígenas a delirios más conocidos.
¿"Vía electoral"? ¿Cuáles
otras formas hemos pergeñado, no como izquierda, sino
como humanidad, para un gobierno democrático? ¿O
es que la democracia sigue siendo un valor burgués?
El otro ponente
tiene la misma cara de Lenin. Me dedico a registrar en mi libreta
las expresiones litúrgicas que salpican su discurso:
correlación de fuerzas, variantes nacionales, cambio
de paradigma, mecanismos de legitimación, grupo parasitario,
reacomodo de fuerzas, hegemonía total(?), bases de sustentación,
lógica de poder, proyecto de nación, permanencia
de viejas estructuras. Mi cabeza comienza a irse por otros lados.
Echo una mirada a La Feminista delante de mí que está
descaradamente concentrada en la lectura de una revista que,
mujer sabia, trajo consigo. Me siento pusilánime. No
sería capaz de tanta muestra pública de fastidio.
¿Cuándo comenzaremos a cambiar el lenguaje? Me
desdigo de lo que antes afirmé: comienzo a sospechar,
con el clásico ya mencionado, que la forma es fondo.
Si uno tiene la cabeza amueblada con ciertas palabras no es
muy asombroso que con estos ladrillos se construya sólo
un tipo de casa. Que, por cierto, a menos que yo no entienda
nada, acaba de derrumbarse miserablemente. Sin renovación
de los ladrillos de viejas frases, corremos el riesgo de que
la izquierda se convierta en el universo indígena del
siglo XXI. Una marginalidad desesperante;
una verdad antigua que ya no tiene lugar en la historia.
Pero el Pasionario
Académico apenas comienza. Se refiere al mayor partido
de esta izquierda mexicana realmente existente que, obviamente,
es todo menos un modelo ejemplar, de esta manera: el partido
es ya parte del gobierno, un partido funcional para los intereses
del neoliberalismo, como los partidos socialdemócratas
europeos. Literal. Doble salto mortal sin red. La izquierda
es él; todos los demás, o casi, somos parte de
una conspiración neoliberal. Nuestra única, precaria
salvación es la irremediable estupidez que nos impide
ver la verdad que está ahí, obvia, frente a nuestros
ojos ciegos. Miro a La Feminista. Ella también me mira.
No necesitamos palabras. Somos imágenes vivas del desconsuelo.
Pero estamos todavía en los prolegómenos. Sigue:
frente a las luchas de los indígenas y los estudiantes,
los artistas y los intelectuales se han aislado. La sociedad
civil le ha fallado a los estudiantes y a los indígenas.
La izquierda ayuda a Rectoría. Y aunque yo no tenga nada
que ver ni con la Rectoría, que obviamente es el imperio
del mal, ni con los estudiantes en huelga en la Máxima
Casa de Estudios, de pronto me siento como Kautsky votando los
créditos de guerra en el Reichstag. Ya sólo tomo
notas por un estricto espíritu masoquista.
En la que fue mi
tierra, el extremismo era un rasgo propio, no de los obreros
ni del amplio universo social vinculado al viejo Partido Comunista.
Era característico de los desclasados, de los individuos
que no conocían la disciplina partidaria, de los desesperados
en busca de milagros. En mi nueva tierra, descubro con azoro
que toca a algunos miembros de una intelectualidad que por sus
propios fueros debería estar vacunada frente a simplificaciones
tan... tan no sé qué.
La primera parte
del primer acto ha concluido. El moderador de la mesa resume
lo que le parece emblemático de la situación actual
de la izquierda. Y dice: como izquierda hemos perdido la esperanza.
A mí comienza a perdérseme.
*
La discusión
comienza acto seguido. Inaugura un profesor (¡otro!) y
se refiere al Viejo Honorable que, en algún momento de
su exposición, mencionó la igualdad de oportunidades.
Este es tema, dice, que pertenece a la tradición liberal
y no a la izquierda. Y comienzan a volar apellidos ilustres.
Giddens y Rawls. Y aquí me atasco otra vez. ¿Pero
de dónde vendrá esta voluntad de pureza, esa necesidad
de fronteras seguras? Sólo se me ocurre una hipótesis.
A muchos intelectuales les cuestan todas las fatigas de Hércules
reconocer que la estrella de la izquierda explotó en
mil pedazos en las ultimas décadas y que ahora nos toca
recomponer sus distintos fragmentos tratando de reconocer los
elementos de verdad que pertenecen a otras tradiciones de pensamiento.
El instinto de cultivar una huerta exclusiva, donde mis rosas
son las mejores, en su impoluta belleza, sigue vivito y coleando.
Seguimos creyendo que, en la tradición de la izquierda,
se encierra el mundo de todas, o casi, las posibles verdades.
Como si estuviéramos encerrados en una biblioteca de
Alejandría que fija en sus polvorientos manuscritos todo
lo que merece ser pensado. No digo que esto no fuera atractivo
en un mundo en que aún era lícito pensar en la
reforma de los regímenes del socialismo real, pero cuando
el socialismo real cayó en pedazos, junto con los nacionalismos
revolucionarios de tantos países de reciente independencia
y con las ensoñaciones guerrilleras de otros tiempos,
cuando la cultura socialdemócrata registra tantas dificultades
para dar respuestas aceptables a millones de excluidos y a sociedades
encerradas en una hosca desesperanza, ¿no habrá
llegado el momento de mirar alrededor, de renovar lo que pueda
renovarse y encaminarse a una refundación cultural que
sea capaz de recoger razones plurales que no pertenecen a nuestra
huerta, devastada por los huracanes seculares? Decir: esto no
es de izquierda, esto sí lo es, con la contundencia de
quien sabe todo desde siempre, me parece un acto similar al
embellecimiento del suicidio que hace de la derrota una elevación
mística consoladora y, culturalmente, conservadora. Un
rechazo a entender los tiempos.
El profesor, con
una precisión clasificadora de entomólogo, acaba
de recortar el territorio en fronteras que a él deben
resultarle luminosamente claras. A mí, que cargo unas
confusiones horribles, esta claridad me resulta extraña.
La igualdad de oportunidades significó en la Inglaterra
de ya muchas décadas atrás, impuestos de sucesión
casi confiscatorios: una forma de volver a igualar el terreno
después de las fragmentaciones que cada generación
produce en su seno. Es obvio que la igualdad de oportunidades
no significa igualdad real en la sociedad, pero es igualmente
obvio que, sin el reconocimiento de derechos mínimos
que no sean exclusivamente formales y que les sean garantizados
a todos, la igualdad se reduce a un reparto de riqueza que,
si bien esencial, no puede ser la única palanca para
evitar segmentaciones que convertirían a la democracia
en un teatro de formas. Siendo que estamos en vena de nombres
ilustres, pienso en Christopher Lasch. Yo también tengo
mi corazoncito, como se dice en México.
Con mi asombro,
la intervención que sigue (otro profe de antiguas simpatías
trotskistas) pone el dedo en la llaga: la vieja izquierda adolecía
de purismos ideológicos. Y si lo dice él estoy
obligado a creerle. No puedo dejar de pensar que cuando biografía
e historia se mezclan, cualquier acto de conciencia o es doloroso
o no es un acto de conciencia. Mientras tanto, mi entumecido
corazón vuelve a calentarse. Partíamos, sigue
el antiguo trotskista, de la idea y llegábamos a la realidad.
Ahora tenemos que recorrer el mismo camino, pero al revés.
Y cuando ya estoy degustando miel sobre hojuelas, sigue con
algo que no entiendo: la sociedad civil es un concepto abstracto
como idea y como realidad. No sé si sociedad civil es
un concepto abstracto, aunque me resulta difícil imaginar
un concepto que no lo sea. Sobre lo que no me cabe la menor
duda es que, en gran parte de la realidad contemporánea,
es un archipiélago de necesidades comunes y diferentes
que vaga en medio de realidades colectivas que, en parte, son
producto de su capacidad de mejorar la respirabilidad de la
vida y, en parte, un teatro de espejos en el que lo real es
vagamente extraño. Como si la suma de las voluntades
de individuos y grupos produjera un resultado colectivo que
a nadie puede realmente satisfacer; una especie de Dios de intenciones
incomprensibles. Pero concepto abstracto o no, ése es
el mar en el que una izquierda que no quiera volverse una divinidad
trivial, un grillo parlante al margen de la historia, debe moverse
para reencontrarse y reconstruirse. No acabo de entender de
dónde viene esa fría displicencia hacia la sociedad
civil de parte de alguien que acaba de informarnos que hay que
volver a la realidad para reconstruir conceptos envejecidos.
Siguen las intervenciones.
Por aquí y por allá pesco al vuelo frases que
capturan mi interés. Una me parece notable, aunque no
estoy seguro de entenderla: el pensamiento confuso tiende al
totalitarismo. Me gusta, aunque no estoy seguro de entender
qué significa. Lo normal, se me ocurre, es lo contrario,
pero tal vez sea un problema de geografía. Me explico.
En Europa Oriental, el totalitarismo fue producto, no de un
pensamiento confuso, sino de certezas blindadas. La confusión
vino después, en el intento de homologar una ideología
redentora con una realidad que se resistía a ser su disciplinada
confirmación. Sin embargo, el aforismo tal vez sea cierto
en América Latina, donde la mezcla de nacionalismo, lenguaje
revolucionario y mesianismos varios produce a cada rato ensaladas
de todo y lo contrario de todo con una clara proclividad al
autoritarismo, desde Santa Anna a Perón, pasando por
Getulio Vargas y hasta ese Demóstenes contemporáneo
que responde al nombre de Hugo Chávez. El pensamiento
confuso tiende al totalitarismo: hay que pensarlo.
La sesión
está a punto de concluir. Necesito señalar un
avance respecto a una arraigada tradición. No hubo ni
gritos ni sombrerazos. Las ideas son varias, y a veces confusas,
pero en algo hemos avanzados: hasta ahora no hubo ni insultos
ni descalabrados. No es poca cosa.
*
Concluye el primer
acto y ahora los ponentes iniciales replican. El Viejo Honorable
se entretiene en ejercicios ecuménicos que no me convencen.
Que sean ecuménicos los políticos cuya tarea,
a final de cuentas, es construir consensos que hagan socialmente
viables sus proyectos. Un intelectual necesita enfrentar sin
miramientos los problemas y las disyuntivas que sus reflexiones
le indican. Muchas cosas hay que no tienen soluciones discursivas
o que no las tienen en determinados contextos o en ciertos tiempos.
Señalarlas, incluso brutalmente, es la tarea del intelectual,
que sólo puede tener ambiciones diplomáticas renunciando
a su función de elefante en cristalería, que es
lo que más nobleza le da. Pero, entre uno y otro equilibrismo,
el Viejo Honorable señala algo importante, la necesaria
revaloración del liberalismo político. Trago amargo
para una izquierda que creía haber encontrado en la planificación
centralizada la clave del bienestar y en la dictadura del proletariado
la clave transitoria de la disolución del Estado. Revalorar
el liberalismo político es una saludable corrección
de rumbo, pese a los liberalismos reales que andan sueltos en
gran parte del planeta como botafumeiros de la catedral de Burgos
que desparraman los humos de ritualismos cansados. Pero desde
ahí, hay que volver a razonar. De acuerdo.
Casi no termina
de hablar y El Iluminado recita la fórmula ritual: la
izquierda mexicana se ha encerrado en el cretinismo parlamentario.
No acierto a distinguir el sujeto del predicado. ¿Dónde
está el mal? ¿En el cretinismo o en lo parlamentario?
De cualquier manera no entiendo por qué lo primero debería
ser una condena de lo segundo. Vuelvo a la banalidad: si hay
formas de cretinismo parlamentario, habría que eliminar
el cretinismo y no el Parlamento. Hay también cretinismo
académico y me resultaría curioso que se decidiera
el cierre de las universidades. Pero El Iluminado complementa
el primer cañonazo con un segundo: el mayor partido de
la izquierda de este país, en su lógica electorera
(hago notar, electorera, no electoral) no da respuestas a cuarenta
millones de pobres que andan por ahí en el milagro diario
de conservar alma y cuerpo juntos. Seguimos a la busca de milagros,
como si las formas políticas fueran respuestas inmediatas
a todos los problemas. Evidentemente permanece en los socavones
de una izquierda que rehúsa vivir el presente, la confianza
en que existen mejores mecanismos que las elecciones para definir
la voluntad colectiva. Me limito a preguntarme: ¿cuáles?
La impaciencia y el pensamiento confuso (ahora sí) son
la madre y el padre del extremismo, me digo, sentencioso, cerrando
el tema.
Vuelve a tomar la
palabra el Gran Arquitecto y dice dos cosas que recogen mi simpatía
y mi acostumbrado cúmulo de dudas. Primera: tenemos un
vergonzoso pasado de vanguardismo. Segunda: nadie cree que sea
hoy posible un socialismo sin mercado. Me quedan sólo
dos perplejidades. ¿Cómo hacer que la renuncia
al vanguardismo impida que la política se vuelva un ejercicio
trivial de venta de generalidades politically correct? ¿Cómo
hacer que la política no se desbarranque en el marketing?
Tal vez habría que comenzar a reconocer que la política
no es todo y que el camarada Mao a veces desvariaba. Será
feo decirlo así, pero la política es el arte del
descubrimiento cotidiano de lo posible, de ese empuje terco
para ir hacia delante sin tensar la cuerda hasta la ruptura
y desbarrancarnos en el mesianismo. El vanguardismo será
una bestia negra, pero echar la mirada más allá
de la tapia es la tarea de quienes ven en el presente varias
posibilidades evolutivas. La tarea monstruosamente compleja
es encontrar puntos de fusión entre lo posible y lo necesario.
Lo voy a decir en la forma peor: ser utopistas y socialdemócratas
al mismo tiempo. Sólo me queda una duda: ¿y eso
cómo se hace? La otra duda concierne al socialismo de
mercado. ¿Cómo encontrar puntos de equilibrio
mejores que los actuales entre la solidaridad y la competencia?
Me resulta complicado imaginar fórmulas universales.
Pero una cosa es obvia, o debería serlo: tanto la solidaridad
como la competencia pueden crear miseria y exclusiones si a
cada una de ellas se le deja el campo completo. Y hacerlas convivir
es tarea endiabladamente compleja. Pero es la tarea. El Gran
Arquitecto vuelve a tener razón.
*
La comida fue en
el pórtico del patio del hotel. En el siglo XVIII,
en el convento que ahora nos hospeda en la forma de un hotel
de cinco estrellas, se recorrió el camino al revés.
Las monjas fueron conminadas a renunciar a sus celdas, a dormir
en dormitorios generales y a comer todas juntas a la misma hora.
Antes, cada monja comía según los recursos de
sus progenitores. Más o menos como ocurre ahora en las
cárceles latinoamericanas donde los narcotraficantes
viven como nababs. Pero, volviendo a las monjas, la convivencia
obligada tal vez fortaleció el espíritu de cofradía
que, es fácil imaginar, tuvo que ser fuente de rencillas
y malevolencias. No debe haber peor soledad que la compelida
por una cercanía demasiado estrecha con los propios símiles.
Encontrar un equilibrio entre público y privado, o entre
éstos y una sociabilidad acotada que puede ser un privado
ampliado (o un público restringido), seguirá siendo,
decreto, un reto abierto de la convivencia humana. A veces,
los demás son una carga insoportable, y, a veces, el
encierro en uno mismo, en lugar de generar respuestas, alimenta
un embrollo caótico de dilemas sin soluciones. Uno se
aburre a veces de sí mismo como de los demás:
la alternancia es la única forma de evitar la locura.
De los individuos y de las sociedades.
Por eso, cuando
escucho a alguien hablar de la "toma del poder", me
pongo en guardia. Una de las grandes ventajas de la democracia
es no tener un punto de equilibrio, un descanso final. El gusto
de experimentar es no menor que el otro, el de mandar al diablo
a gobiernos y gobernantes que no cumplieron sus promesas o que,
simplemente, llegaron a hastiarlo a uno. La luz eterna, para
no hablar de la noche eterna, además de la calamidad
de lo final, debe ser de un aburrimiento cósmico. Como
bien debían saberlo los arcángeles rebeldes. Estamos
otra vez sentados alrededor de la gigantesca mesa de mesas.
Habla El Economista. Y casi de entrada dice algo que, en otros
tiempos, habría desencadenado muestras ruidosas de repudio:
la derecha se ha vuelto el partido (latu senso) de las ideas.
Y menciona como evidencia a Friedman y a Lucas, dos economistas
de las viejas y las nuevas generaciones. Mientras no dejo de
registrar mecánicamente otras afirmaciones del susodicho,
mi mente se va por su cuenta. No es fácil tener ideas
cuando el mundo avanza tan impetuosamente hacia lo nuevo sin
dar muestra de necesitarlas. Descompongo la afirmación
de El Economista en dos partes. La izquierda está simplemente
anonadada frente a una historia que acelera sus ritmos con una
vitalidad inesperada. Cuando, todavía hace poco, el capitalismo
nos parecía perro muerto. Evidentemente, el anciano está
renovando su piel y lo hace con un asombroso ímpetu juvenil.
La izquierda se pasó décadas anunciando el derrumbe
inminente, la crisis, la descomposición, etcétera
y, me parece obvio que, cuando Casandra descubre que nadie le
creyó entre otras cosas porque estaba equivocada,
a diferencia del modelo homérico, entra en un ciclo
de desconfianza hacia sus ideas previas, mientras todavía
no acumula ideas nuevas. Será el Viagra, la oxigenación
de la sangre o sepa Dios cuáles otros remedios químicos
salidos de algún laboratorio de estudios gerontológicos,
pero asistimos a un renacimiento, cargado de bríos, del
capitalismo. Los espíritus animales vuelven a cabalgar
la historia. No está mal reconocerlo, para que sepamos
a qué clase de bicho proteico nos enfrentamos.
Pero no estoy del
todo convencido de que la derecha sea el "partido de las
ideas". O, por lo menos, de las ideas nuevas que permitan
gobernar el cambio en beneficio de mucha gente que queda al
margen de esa nueva, alumbrada e imponente carretera de globalización,
innovación tecnológica y demás. La derecha
simplemente goza de una renta de posición: cabalga el
tigre, reconfirmando que el mercado es la clave del progreso.
El siglo XX mantuvo recurrentemente una
idea poderosa: el Estado como remedio de las desigualdades y
de los repetidos intentos fallidos de suicidio capitalista en
nombre de los mercados vistos como un equilibrio natural, o
sea inmejorable, más o menos como Newton consideraba
a la gravitación universal. Las voces incómodas,
desde Rathenau a Keynes, pasando por Lenin, fueron, cuando lo
fueron, toleradas con íntimo disgusto. Y ahora, la derecha
descubre que siempre tuvo razón. Una revancha póstuma;
un disolverse de los fantasmas que molestaban sus sueños.
Un liberarse de los complejos: la globalización como
una especie de Sigmund Freud que cura las inseguridades acumuladas
de una burguesía que ya sentía crujidos amenazadores
en la azotea. Y ahora tenemos una derecha progresista, que mira
al futuro con un entusiasmo juvenil. La historia está
de su lado. Parecería. Pero ¿"partido de
las ideas"? Lo dudo.
Ha llegado el turno
del Político Malogrado. Con la precisión de quien
no quiere que las aguas se mezclen y exige que cada cosa ocupe
su lugar, declara que liberalismo y democracia son troncos separados.
Quizá tenga razón, mientras apoya sus argumentos
con nombres ilustres (Kant, Locke, Constant), pero experimento
cierta incomodidad. Que los profesores tengamos que simplificar
el mundo es nuestra fuerza y debilidad, pero el exceso de contundencia
me produce siempre cierto recelo. Obviamente, son troncos separados,
pero si queda espacio para una metáfora más, lo
ocuparé diciendo que pertenecen a un bosque de contagios
múltiples. Me vienen a la mente algunos nombres ilustres
que ahorraré mencionar. El liberalismo, tal vez, sea
algo más que el cajón en que se encierran los
teóricos del individualismo, los mercados desregulados
y el libre comercio. Pero el Político Malogrado sigue:
la izquierda mexicana nunca fue la abanderada de la democracia
en este país. El nunca otra vez me inquieta, aunque sea
un saludable recordatorio pedagógico. Y termina apodícticamente
como comenzó y sigue: cuando la izquierda no entiende
el futuro, defiende el pasado y se acerca a su derrota. Pienso
en los ludidas y me cuesta no estar de acuerdo.
Toca el turno en
el uso (¿uso?) de la palabra a La Feminista. Comienza
citando al Patriarca Heterodoxo de la cultura mexicana que,
por cierto, incluido en la lista de los participantes, no hizo
su anhelada aparición. Me dicen que no maneja y que los
traslados le implican siempre engorrosas coordinaciones que,
como precepta la ley de Murphy, casi nunca funcionan. El susodicho
Patriarca Heterodoxo tiene un gusto especial por las sentencias
ocurrentes, pero, en este caso, la cita de La Feminista es contundente:
la batalla política sin batalla cultural está
perdida. Santa verdad. Y de pronto salimos del territorio consagrado
de la política para penetrar en las comarcas en las cuales
la izquierda ha acumulado, para decirlo con benevolencia, un
retardo monumental. Evidentemente, no es fácil pasar
del proletariado, efigie de virtud revolucionaria, al reconocimiento
de la sociedad y de sus complejidades individuales. Sin embargo,
la antigua confianza la Revolución como pedagogía
transformadora, que con la explotación, libera
a los seres humanos de miedos y prejuicios, es ya una ingenuidad
impresentable.
La Feminista, con
su cabello blancorrubio cuidadosamente desordenado, sus rasgos
finos y esos anteojos de carey que se quita y se pone con una
coquetería tal vez inconsciente, no corresponde al estereotipo
que tengo clavado en la cabeza: la feminista embravecida que,
para salirse del rol impuesto, se erige en juez severo de miles
de años de opresión masculina. Que Clitemnestra
tuviera un carácter apacible, con el marido y el hijo
que le tocaron en suerte, honestamente es mucho pedir. Abro
un paréntesis: confieso que, frente a las mujeres, siempre
me siento en situación de inferioridad. Y prefiero no
saber si es por un retraimiento melindroso, por algún
enterrado sentido de culpa o por la envidia hacia una fortaleza
interior que sospecho en ellas y que sé no tener. Interrumpo
las elucubraciones y escucho.
Critica la política
de las identidades construidas sobre papeles sociales, preferencias
sexuales o lo que sea. Este camino, dice, lleva a dos direcciones
indeseables: el corporativismo y el victimismo. Se enfrasca
en aclarar los linderos conceptuales entre diferencia sexual
y género. Creo entender que, mientras la primera remite
a una dimensión psicoanalítica, la segunda se
refiere a diferencias sociales construidas. No entiendo dónde
queda la biología. Para decirlo con Fromm: no es lo mismo
penetrar que ser penetrados. La biología no será
destino, pero lo enmarca encauzando sus formas. ¿Determinismo
machista? Tal vez. Sigue con una afirmación que de política
no tiene nada y que, sin embargo, me atrapa: no hay identidades
monolíticas, las identidades son siempre fracturadas.
Otra de estas afirmaciones elípticas que me estimulan
varias posibles lecturas. Las identidades son exclusiones. Primera
lectura. Las identidades son complejas y nunca una caleta de
aguas mansas. Segunda lectura. Las identidades son renuncias
que consuelan y conflictúan, que encierran y liberan.
Tercera lectura. Cita a Derrida y a Bourdieu y sigue con una
afirmación que me parece una verdad bíblica y
que transita de lo psicoanalítico a lo político:
el consenso no elimina el conflicto. La vida, individual y colectiva,
es una renegociación permanente.
Establece un puente
entre psicología y política y, por desgracia,
es una afirmación que sólo podía venir
del universo feminista, de una cultura que reflexiona a partir
de siglos de exclusión. Frente a las simplificaciones
que a menudo alimentan una idea de política enferma y
de sociedades civiles virtuosas, sostiene: hay órdenes
sociales excluyentes aun sin que la política se encargue
de producirlos. Recordatorio de una obviedad que la izquierda
pierde a menudo: que la política no es todo y que el
mundo no se agota en la voluntad. Si así fuera, los hombres
seríamos dioses, gloso. Si Minerva es la sociedad, una
cosa es segura: no nació de la cabeza de Júpiter.
La izquierda sólo puede ser una parte de ese intento
de revelar las exclusiones extrapolíticas, una forma
para insistir sobre nuestros límites colectivos que en
cada cultura suelen otorgarse un pasaporte de naturaleza: de
eternidad autocomplacida que es resistencia a reconocer que,
con Freud, se ha borrado la línea segura que separaba
la salud de la enfermedad, se ha desvanecido la posibilidad
del consuelo final. Una política que haga cultura, vuelve
La Feminista, debe reconocer las conexiones entre lo psíquico
y lo social, entre lo público y lo privado. Y termina
con un recordatorio poco halagüeño: la izquierda
ha optado por olvidar estos temas.
Me siento algo
agobiado. Hay verdades que abren territorios tan amplios que
la agorafobia es casi una reacción de autodefensa. La
política es entusiasmo colectivo, cuando lo es, y sin
embargo, reconocer la masa monstruosa tanto de sus límites
como de los de la especie, me envuelve en dubitaciones sobre
el sentido mismo del quehacer político. Afortunadamente
no es ésta la política mi tarea, ni
mi aspiración. Pero eso tampoco es un consuelo. El feminismo
es verdaderamente femenino, pienso, aunque La Feminista aquí,
probablemente, me agarraría a bofetadas: reconocimiento
de la existencia de tiempos largos. Los latinos decían
que el arte es largo y la vida breve. Me temo que también
sea cierto lo contrario. Intento quitar de mis espaldas el desconsuelo
de la conciencia de los tiempos largos que convierten la política
en algo similar a la pretensión de una hormiga de construir
la catedral de Chartres. Me concentro en la siguiente intervención.
Habla el Historiador
Bermejo. No debe de tener más de cuarenta años,
tal vez menos. Tiene una cara abierta y una barba rojiza que
recorta con diligencia. Es hijo del Gran Arquitecto y, como
el padre, razona mientras habla; la diferencia respecto al molde
genético es que lo hace con vehemencia. Debe ser el aporte
materno, pienso. Siente la necesidad de convencer y argumenta
sin preocuparse mucho por presentar sus argumentos con cautela,
como envueltos en papel de regalo. El suyo es un discurrir cerrado,
sin concesiones. Me resulta simpático. En los diez minutos
que le tocan es capaz de meter una cantidad asombrosa de reflexiones.
La primera es la desmemoria: hemos pasado del marxismo al nacionalismo
revolucionario sin que nadie se molestara en explicar por qué
o cómo. Moraleja: somos una izquierda amnésica.
La segunda es que la historia de México ha tenido un
poco de todo, pero principalmente revueltas agrarias y populismo,
y ninguno de los dos fue capaz de construir la supremacía
de la ley. La tercera: la socialdemocracia europea parte de
algo que es cimiento firme para cualquier proyecto de humanización
de la vida: instituciones confiables. Esta es la tarea que aún
nos falta cumplir. Y es un prius ineludible, complemento yo,
con mis borrosos recuerdos de un latín que contribuyó
no poco a amargarme la adolescencia y que, como remoción,
olvidé. La cuarta: o la izquierda es constructora de
democracia o no va a ninguna parte. Y la última, que
mi disciplinada libreta (roja) registra: mientras el siglo está
a punto de terminar, la izquierda no tiene alternativas al capitalismo.
En síntesis: todo un programa político en diez
minutos. Estoy asombrado y me resulta difícil encontrar
algo en lo que no esté de acuerdo.
*
La discusión
comienza de inmediato. Un profesor (estoy rodeado de profesores:
justo castigo por haber escogido este oficio) nos recuerda que
la línea divisoria entre el liberalismo y la izquierda
está en las prioridades entre dos objetivos complementarios:
libertad e igualdad. Bien, me digo en el encierro de mi quisquillosa
cabeza, ha llegado la hora de que la izquierda subsuma (¡cuántos
recuerdos librescos!) en su cultura los valores de la libertad
y busque mejores equilibrios entre ella y la igualdad. Y apenas
lo pienso, silencio de inmediato mi mente por mi incapacidad
de establecer alguna fórmula que sea apenas proponible.
Sólo se me ocurre que la igualdad misma necesita ser
repensada a menos que queramos meter a la humanidad en un lecho
de Procrustes, donde se cortan los pies a quienes son demasiado
altos o se estiran los huesos de demasiado pequeños.
Toma (¿toma?)
la palabra un historiador que también fue dirigente político
en un estado del norte del país. Me dicen que escribió
un libro notable sobre las luchas de los apaches hacia fines
del siglo XIX. Apunto que tendré
que buscarlo. Él también tiene el problema de
las identidades deseadas de la izquierda y establece tres coordenadas
negativas de lo que la izquierda no debe ser: caudillista, fundamentalista,
tolerante hacia cualquier forma de poder que no esté
legitimada a través de elecciones. Siento alivio.
Le sigue El Iluminado
que, con la mejor y descarriada buena fe, dice un disparate:
en Italia, la izquierda se repiensa a sí misma desde
la óptica de la sublevación indígena mexicana.
Miro a mi alrededor buscando señales de asombro. Nada.
Insisto, los mexicanos tienen a menudo una vocación sorprendente
para la imperturbabilidad. No alcanzo a enojarme. Yo también
me estoy volviendo imperturbable. La izquierda italiana hizo
en 19.... una operación cultural dolorosa que le impidió
ver convertido a su mayor partido en un grupúsculo con
el cinco por ciento de los votos: emanciparse de su añeja
identidad comunista. Y, obviamente, no fue fácil en un
país en el que el comunismo fue por más de medio
siglo una fe de raíces populares profundas. La alternativa
era convertir una fuerza social determinante para el equilibrio
del país en una especie de grillo parlante, anunciador
de milagros. Y virtuosamente minoritario. Quedaron, como era
inevitable, residuos de nostalgia: Refundación Comunista,
por ejemplo, que quiso continuar el camino intentando la renovación
de un recorrido concluido. Rescatar las buenas intenciones originales
debajo de una masa de escombros puede ser un empeño admirable
por la buena fe y la voluntad de coherencia. Salvo correr el
riesgo de que la coherencia se convierta en una especie de losa
mortuoria. El comunismo es un recorrido llegado al final: una
primavera que, sin pasar por el verano, se transformó
en invierno. Demasiadas muertes innecesarias, demasiada retórica,
demasiados desvaríos carismáticos, demasiada pobreza
y demasiada incapacidad para entender los tiempos del mundo.
En cambio, esa izquierda que supo apurar el trago amargo de
emancipación de una ideología monolítica
es hoy, a pesar de sus indecisiones y sus experimentalismos,
la única barrera a una cultura conservadora que tiene
en Berlusconi su mesías empresarial. Estoy lejos de creer
que todo lo que proviene de las montañas del sur de México
sea irrelevante, pero decir que desde ahí se repiensan
los dilemas de la izquierda italiana me parece una necedad cargada
de una virginal simpleza. Que Dios bendiga a (y nos proteja
de) los redentores ingenuos.
Alguien toca un
punto sensible: el mayor partido de la izquierda mexicana no
enfrenta el tema del derecho al aborto por temor a perder votos.
Me quedo pensando que sería maravilloso que los tiempos
de la cultura y los de la política coincidieran. Por
desgracia no es así, y aunque creo que las dos galaxias
deberían vivir más cerca, el ejemplo ilustra una
dificultad real. Los partidos necesitan vivir en el territorio
intermedio de lo que somos los seres humanos y lo que deberíamos
ser. Nadie salva el alma en la política. No quiero justificar,
me limito a señalar una dificultad real.
Habla ahora el Profesor
Mediático. Es persona menuda y de hablar afable. Debe
de tener pocos años más que yo. Me gusta su primera
imagen: en las redes mundiales del poder, David ya no sabe dónde
está Goliath. Se me ocurren Foucault y La Feminista.
Vivir en sociedad significa siempre estar penetrados por las
razones del poder. Reformarlo es reformarse. Pero, tal vez,
el Profesor Mediático quiere decir otra cosa: la palabra
clave es redes de poder. Y tal vez quiera decir dos cosas: la
globalización altera los espacios de poder tradicionales
armados alrededor del Dios laico de la modernidad, el Estado
nacional. Y además, el poder deja de ser algo externo
a la sociedad para volverse concreción de prácticas
de vida colectiva en la que se manifiestan los límites
de nuestra capacidad para imaginar otra cosa. El poder se ha
vuelto difuso a escala mundial y en cada una de las cabezas.
*
Las réplicas
doctorales comienzan en cuanto la gente regresa del providencial
intermedio que les permitió ir al baño, fumar
y compartir en pequeños corrillos gustos y disgustos.
Ya es casi de noche, y descubro con asombro que no estoy cansado.
Ha sido un largo día, pero no me he aburrido. Mis congéneres
a veces me hastían, a veces me ilustran y otras, me producen
un mortal desconsuelo. Es difícil no sentir, al mismo
tiempo, aprecio y desconfianza hacia miembros de la propia familia.
En el balance de la partida doble (o triple o n-ple), estoy
satisfecho de haber venido a pesar de la güeva primigenia
y me predispongo a abrir nuevamente mi libreta para registrar
lo bueno, lo malo y todo lo contrario.
El Economista dice
algo que es tan obvio como esencial: la globalización
es un proceso objetivo y no un sinónimo de neoliberalismo.
Cita a Krugman y se augura un retorno al keynesianismo. Tal
vez sea ésta la fórmula, tal vez no. Pero lo importante
es que se ponga el problema.
La Feminista declara
su acuerdo con el Historiador Bermejo e insiste: que la izquierda
abandone su silencio sobre lo privado. El Historiador Bermejo
no devuelve la deferencia. Debe de haber pasado mucho tiempo
en el exterior y tal vez perdió el contacto con las normas
de la cortesía mexicana. De las cuales el padre es, sin
duda, maestro. Y dice dos cosas dignas de mi puntillosa libreta.
La primera es que nos hace falta un Keynes (otra vez) izquierdoso
que, al igual que lo hizo el original con sus propios ancestros
económicos, revise con severidad el patrimonio del pensamiento
y las prácticas de la izquierda del siglo XX.
Por telepatía le envío mi concordancia con el
augurio de que él sea lo que busca en los demás.
Por lo menos, para la izquierda mexicana. La segunda afirmación
no es un deseo, sino una fotografía: quien no está
en los medios de comunicación no está en la realidad.
Me pregunto si no fue siempre así. En los medios o en
los papiros apolillados de la biblioteca de Alejandría,
del British o de la biblioteca del Congreso.
Consulto mi libreta
por una curiosidad de última hora. Quiero hacer una especie
de contabilidad onomástica de los nombres citados durante
el día. Hela aquí en orden de aparición:
Bobbio (dos veces), Giddens(2), Touraine(2), Rawls(2), Smith,
Ricardo, Hamilton, List, Friedman, Lucas, Kant, Locke(2), Constant,
Monsiváis, Derrida, Bourdieu, Freud, Lacan, Rousseau,
Nader, Schmitter, Keynes(3), Huntington, Krugman, Galván.
Frente a este Gotha, la lista de los pensadores propiamente
marxistas que fueron citados es curiosamente corta: Gramsci,
Stalin y, obviamente, Marx (en la formulación de marxismo,
marxista, algunas, pero no muchas veces). No tengo la menor
idea sobre la representatividad de esta izquierda reunida en
Puebla, pero me parece obvio que algo está ocurriendo.
*
Bajo al gran patio,
que por la mañana es tan hermoso como a cualquier hora
del día. El aire es fresco. Abajo de un pórtico
está el buffet sobre una larga mesa cubierta por un mantel
excesivamente blanco.
Están hablando
de la huelga en la Máxima Casa de Estudios. Lleva más
de seis meses. Pienso en mis tiempos. ¿En que más
puedo pensar? Entonces eran (éramos) jóvenes de
clase media frustrada que, en el despertar de la universidad
de masas, descubrían la necesidad impelente de enterrar
liturgias cansadas que venían del siglo XIX.
Una primavera de creatividad, de ganas de humillar festivamente
a barones académicos llenos de tics y de obsesiones y
que, a menudo, preparaban los exámenes como si fueran
desquites de clase. Una manera de exorcizar y quitarse de encima
a esa masa aumentada de jóvenes que buscaban un lugar
en el mundo y comenzaban a sentir que, tal vez, ese lugar no
existía. Teníamos un sano deseo de fastidiar al
mundo. En pocos meses, el marxismo estaba virtualmente sepultado
como ideología de la revuelta, bajo un enredo monstruosamente
vital de nuevos caminos e ingenuidades que no nos llevaban a
ninguna parte sin que en realidad hiciera mucha falta. Y naturalmente,
cuando el marxismo renació, lo hizo bajo las vestimentas
más miserables: un pensamiento confusamente dogmático
al servicio de un terrorismo de iluminados, prisioneros de pocos
y malos libros. Y que sembraba de cadáveres su búsqueda
de una simplicidad esencial que habría aclarado todo
y que sólo aclaraba, y confirmaba, las razones de una
marginalidad heroica. Cuando el movimiento estudiantil se desinfló,
las cabezas pensantes dejaron de hacerlo. Terminó la
fiesta callejera, las grandes asambleas donde corrían
ideas buscadas con voluptuosidad vital y aparecieron las pequeñas
tribus de elegidos. Y todo, como era inevitable y sguramente
justo, se fue a la mierda. Una estación había
terminado y comenzaba otra en la que el terrorismo sería
el acompañamiento fúnebre de derrotas que ya no
serían sólo estudiantiles.
Cuando miro a los
huelguistas de ahora se me ocurre que todo es distinto. Mis
puntos de referencia han sido barridos. Veo pocas ideas, ninguna
verdaderamente nueva, y las pocas que veo no son de ellos: son
caricaturas del pasado. Simplificaciones burdas que, me temo,
apenas son costras de un deseo de suicidio colectivo. No pueden
imaginar ningún futuro y artillan un pasado que fue derrotado
sin que se enteraran. Están derrotados antes de comenzar
la lucha. Sospecho que en la Máxima Casa de Estudios
ha habido un progresivo empobrecimiento del origen social y,
al mismo tiempo, un cierre de futuros. Y lo que queda ahora
es, se me ocurre, no mucho más que desesperanza, ira
contenida que se descarga destruyendo el juguete que, un tiempo,
fue el trampolín de ascenso social y que ya casi no lo
es. Parecería, a veces, que los nuevos estudiantes quisieran
convertir la universidad en una especie de asamblea permanente
construida sobre una necesidad de congelar el tiempo. El Profesor
Mediático lo dijo: David ya no sabe dónde está
Goliath. Lo busca y no lo encuentra. Lo que más visible
queda es esa universidad que está a punto de convertirse
en una desplumada paloma expiatoria. Un acto de desagravio;
un escupitajo en una sopa que ya no llena. Me vienen a la mente
esos asaltos de masas de desempleados contra los sindicatos
italianos en el sur de Italia, hace algunos años. El
sindicato se había vuelto el último residuo visible
e impotente para corregir lo que lo desbordaba por todos lados;
un objetivo sobre el cual descargar la ira en un mundo de difusión
de poderes.
Mis compañeros
de mesa, por una mezcla de amabilidad y curiosidad, me preguntan
qué pienso acerca del tema incandescente de las cuotas.
Confieso que no alcanzo a iluminarme con el asunto. No acierto
a ver qué tendría de malo que los jóvenes
de mayores ingresos contribuyeran al sostenimiento de la universidad.
En mis escasamente sofisticadas volutas cerebrales, no veo razones
para que el derecho a una buena educación pública
tenga que implicar educación gratuita para aquéllos
que, sin gran esfuerzo, podrían parcialmente financiarla.
Era fácil garantizar la educación gratuita cuando
la población universitaria era de pocos miles de individuos.
No es lo mismo cuando son centenares de miles. No puedo ver
un problema de justicia social en el principio de las no cuotas.
¿No podrían haberse negociado dos cosas y evitar
ese rito de irracionalidad principista? Primera: que quedaran
exentos de cuotas todos los muchachos con un ingreso familiar
inferior a cierta cantidad. Segunda: que se formara una comisión
permanente de estudiantes y profesores para decidir el uso de
esos recursos: se me ocurre, sobre todo, para becas, apoyo para
la compra de libros y comedores decentes. Pero no, la furia
sagrada de un principio entregó la Máxima Casa
de Estudios a ese tiro de autodestrucción que amenaza
convertirla en una Sarajevo académica.
Eso les digo, mientras
mis interlocutores me miran como si miraran a un cándido
extraterrestre caído del cielo e ignorante de los sofisticados
vericuetos de objetivos e intenciones de la vida universitaria.
Pero hay algo más que quiero decirles, mientras hago
un esfuerzo para refrenar mis inestables humores. El problema
no son los estudiantes. Cada generación tiene que inventarse
su prueba heroica, necesita ese momento de excitación
colectiva para ponerse a prueba, reconstruir la tribu fragmentada,
tenerse un poco más de respeto a sí misma y, posiblemente,
acelerar la caída de vetustas hojas que afean el panorama.
Y aunque me sienta incómodo frente a un movimiento estudiantil
en el que sospecho una desesperanza social sin perspectivas
y sin ideas, creo que el principal problema son los profesores.
Aún recuerdo, no hace mucho, a mi hija que se levantaba
antes de la seis, se duchaba como si tuviera el diablo en el
cuerpo y salía disparada para tomar colectivos y metro
en una ciudad que despertaba de malhumor, para llegar a tiempo
a la universidad a la primera clase de ocho u ocho y media.
Llegaba ahí y encontraba que el maestro no estaba. No
había llegado. Y la experiencia se repetía varias
veces a la semana. O, peor aún suponiendo que sea
posible encontrar algo peor que un profesor que trata su responsabilidad
con tan asqueroso desaliño, un profesor que ha
dejado de estudiar por años y encarga a los muchachos
biografías con un olor inconfundible a la Rumania de
los cincuenta. ¿Crisis del pensamiento de izquierda?
Viendo los textos que debía estudiar mi hija, a veces
se me ocurría preguntarme: ¿crisis? Tal vez, pero
¿pensamiento?
No me resulta difícil
imaginar que la universidad no se limite a profesores ausentistas
y a otros, atados a ritos envejecidos que no aciertan a renovar,
pero mucho me temo que su presencia es suficiente para establecer,
sobre todo en algunas facultades y escuelas, un clima mixto
de salvación ideológica y de irresponsabilidad
a secas. Un camino esplendoroso al desempleo y a la marginación
intelectual. Desde lo alto de mi ignorancia, sólo puedo
ver tres consecuencias y eso digo a mis compañeros de
mesa. La primera: la concentración de la demanda de trabajo
en los egresados de las universidades privadas y, cuando la
demanda viene del Estado, la conformación de una creciente
capa de funcionarios que cargan, con conciencia o sin ella,
un irreprimible sentido de superioridad frente al mundo entero
que no tuvo bondadosos papás adinerados. De los sueños
ideológicos derrotados a las ensoñaciones tecnotrónicas
de dirigentes que aún no han hecho todo el daño
que pueden. La segunda: el cierre de la universidad pública
como instrumento de ascenso social. O sea: un mundo de licenciados
públicos con un prestigio social inexistente y con capacidades
no muy distintas. La tercera: el deterioro de la universidad
pública en su función de irradiadora de cultura
viva. ¿Tiene esto algún remedio? No lo sé.
Lo que sí sé es que, si no lo tuviera, vamos hacia
líos mucho mayores que los actuales. Por desgracia, me
digo, la izquierda coquetea condescendiente con esos hijos,
en parte suyos, mientras les construye puentes de oro(?) hacia
la marginación.
*
El tercer acto
estaba a punto de iniciar. Como disciplinado seminarista, cada
quien toma su lugar. Toca el turno al Economista Postpopulista.
Como el Historiador Bermejo, él tampoco siente la necesidad
de formular sus pensamientos de manera suave. Su argumentación
no se propone reducir poco a poco las distancias de percepción
entre las nuevas necesidades y los viejos reflejos. Se pone
en el centro de sus ideas y desde ahí (¿un punto
de llegada?) revela a los presentes la extendida llanura entre
su lugar y la plétora de circunloquios que constituyen
los códigos tradicionales de la izquierda. Una pedagogía
de la impaciencia frente a un universo de ideas de izquierda
que avanza demasiado lentamente. Pero, tal vez, más que
un diseño, hay aquí un temperamento. Una impaciencia
sin excesivas preocupaciones pedagógicas. La primera
afirmación es perentoria: la comunidad no excluye la
dominación. Interpreto: el futuro no está dormido
en el pasado en espera de que el Príncipe Azul lo despierte.
Inclemente, pregunta: ¿qué buscamos, una sociedad
justa o una comunitaria? Una izquierda en el poder, más
que disruptiva tiene el deber de enfrentarse a disyuntivas complejas
que podrían romper las armonías comunitarias míticas
que persisten en un estado de semihibernación en una
parte importante de la cultura de izquierda.
Está tocando
un punto sensible en la piel ideológica de la izquierda.
Trato de decirlo con mis palabras. El gran diseño marxiano
suponía un retorno desde las fragmentaciones sociales
hacia una comunidad restaurada sobre bases nuevas: ya no la
tradición como cimiento comunitario sino el empuje colectivo
hacia nuevas realizaciones. Comunismo como comunidad moderna.
Marx estaba dividido entre una historia real, que debía
ser objeto de reflexión científica, y un futuro
lejano, cuyo cuidado era entregado a la filosofía, que
pretendía haber enterrado. Sin embargo, el gran viejo
perdió algo. Cuando la comunidad se restablezca sobre
las ruinas de la sociedad de clases, ¿qué impedirá
que la sociedad renazca a través de los empujes en diferentes
direcciones producto de individuos que buscan dar al futuro
distintos significados? Hacer convivir, en la historia, una
ciencia del presente y una filosofía del futuro no es
tarea muy cómoda, suponiendo que sea posible. El hecho
es que persiste en amplios sectores de la izquierda un finalismo
donde la última parada es la de la armonía, donde
la sociedad vuelve al antiguo cauce de esa comunidad que fue
una infancia de la que salimos traumáticamente. El deseo
de retorno comunitario no haría mucho daño si
sólo fuera una necesidad de consuelo. El problema es
que esa imagen de salvación laica produce en el presente
lecturas deformadas, mitos de consonancia y deseos de unanimidad
que, desde la ideología, transforman a las personas reales
en actores griegos con máscara y alimenta una búsqueda
de ingeniería social perfecta y final. Frente a este
reflejo antiguo, un clásico del movimiento estudiantil
italiano decía, con el desparpajo con que a veces es
necesario decir las verdades necesarias: tenemos que acostumbrarnos
a vivir en el temblor. O sea, en la sociedad. O sea, en un universo
de conflictos sin fin. Ahí la izquierda está obligada
a reinventarse cada día para construir y reconstruir
convergencias, para decidir qué rescatar y qué
enterrar del pasado, como una incansable Penélope que
teje su tela en un mundo de intereses que cambian de piel y
crean necesidades y problemas nuevos que imponen respuesta inéditas.
Sería consolador que la izquierda fuera la administradora
de verdades últimas encerradas en un escriño de
purezas comunitarias inalterables. Una izquierda de este tipo
sería perfecta en un mundo perfecto. Mientras no sea
así, ni por un lado ni por el otro, corremos el riesgo
de que la idealización de la comunidad sea un escape
que amenaza convertir el discurso progresista en una jaculatoria
redentora. Con el riesgo de que la realidad se vaya por otro
lado, sin una orientación capaz de humanizarla. Gobernar
la realidad significa, me vuelvo a poner sentencioso, empujarla
hacia mayores grados de civilización en la convivencia
colectiva sin escapes hacia redenciones comunitarias. La tarea
es gobernar el conflicto, no eliminarlo.
Las clases medias,
sigue el Economista Postpopulista, no son corporativizables
como lo fue la clase obrera. Y ahí no tenemos respuestas
canónicas. Este es un rasgo propio de la transición
mexicana, declara. Y sin preanuncio, deja partir una saeta inesperada:
todo mundo trajo aquí La Jornada y añade: pensamiento
de grupo, una tradición autorreferencial de la izquierda.
Si no entiendo mal, el que habla no desborda de simpatía
hacia el periódico en el cual escribo desde hace década
y media. Sus razones debe tener y es probable que algunas de
ellas sean acertadas. Y a mí no me sale la función
del abogado de oficio. Confieso que La Jornada me gustaba más
hace muchos años, cuando era un periódico que
salía de milagro cada día y dejaba más
espacios a la improvisación y a las querellas de familia.
Entre un mayor pluralismo y varios exabruptos, el periódico
era capaz de ser un reflejo más vivo de las transformaciones
de la sociedad de lo que sería después. Me queda
la esperanza de que la historia no termina hasta que se acaba.
A los periódicos, como a los partidos y a cualquier otra
actividad humana, les puede suceder que el éxito los
orille a atarse a una fórmula exitosa y pierdan la capacidad
de aprender sobre la marcha, de sentir la necesidad de renovarse
para conservar el contacto con el mundo. La Jornada es también
un fragmento de esa izquierda que aún no encuentra en
ese castillo de fantasmas de familia y de falsas salidas comunitarias
que se creen discurso político el espacio para
airear el ambiente, para dejar entrar nuevas corrientes y poner
todo, otra vez, en movimiento. Que cien flores florezcan y cien
escuelas de pensamiento compitan entre sí: de pronto
recuerdo al viejo Mao, muchas de cuyas verdades se convirtieron
en delirios. Naturalmente, el problema no es que la izquierda
compre La Jornada y la lleve como bandera a sus seminarios,
el problema está en otra parte: en saber si entre los
dos universos no termina de establecerse una relación
de recíproca autoabsolución. Que las mayores resistencias
al cambio que vienen de un lado terminen por fortalecer resistencias
similares en el otro. Lo cual sería la confirmación
de las recíprocas debilidades para generar ideas y perspectivas
menos vinculadas a un pasado que requiere crítica. Y
no por tratarse del pasado, sino por tratarse, como en la gramática
inglesa, de un presente continuo.
La transición
es más fácil, concluye el Economista Postpopulista,
cuando en el pasado hay una dictadura. Es más difícil
cuando en el pasado hay redes corporativas capilares. Probablemente
tiene razón, salvo que me asalta una duda: que las transiciones
de los demás siempre son más fáciles que
las propias. Las propias duelen más y requieren un desgaste
de inteligencia mucho mayor respecto a las experiencias ajenas
que, como es natural, vistas desde lejos, adquieren una coherencia
absoluta post factum y la bendición de la historia.
Toca el turno al
Ciudadano Imaginario. Ha llegado la hora de las ONG.
De vez en cuando, Deo Gratias, la academia rompe el círculo
de sus elucubraciones. Sin faltarle el respeto a mi profesión,
tengo que reconocer que, a menudo, me parece ser un buey uncido
a la noria en un movimiento eterno que en lugar de moler trigo,
pulveriza y vuelve a pulverizar sustancias más etéreas,
sobre cuya utilidad mis dudas no son poco frecuentes. Queda
la esperanza de que a fuerza de mezclar las mismas sustancias
tantas veces pueda producirse la sorpresa, alguna combinación
inesperada. El Ciudadano Imaginario es buey de otra noria, y
la diferencia se nota de inmediato. Los códigos comunicativos
cambian. El Ciudadano Imaginario está, evidentemente,
más interesado en la realidad y en sus alteraciones humorales
que en los Grandes Diseños. Aun cuando él también
tenga un gran diseño, aunque sea con minúsculas.
La nuestra, dice, es una sociedad corporativizada y envejecida.
Sin embargo, las cosas se mueven y, al margen de los vínculos
instrumentales entre fragmentos de sociedad organizada y Estado,
algo comienza a cambiar. Habla del lento nacimiento del ciudadano.
Aunque el asunto quizá sea menos lineal de lo que el
Ciudadano Imaginario imagine otra vez mi noria quisquillosa.
Se dedica a un rápido
ex cursus histórico. Entre el 17 y el 40 se establecieron
las bases del corporativismo a través de símbolos
que daban una sensación de continuidad histórica
renovada. Los ritos sexenales, dice, fueron entonces un refrendo
del nuevo contrato social. El 68 se presenta como el castigo
(¿sacrificio humano?, se me ocurre pensar) por la insolencia
contra esos ritos. De ahí hasta 1982, sigue el Ciudadano
Imaginario, aparecen en la sociedad mexicana periferias radicalizadas.
Me gusta, pienso para mis adentros, la expresión periferia
radicalizada. Me hace pensar en las oscuridades a las que no
llegan los reflectores de los ritos colectivos y en exclusiones
que exigen ser miradas a los ojos. Después de 1982, con
la reducción de las responsabilidades sociales por parte
del Estado menciona el sismo de 1985 como un momento de
protagonismo desde abajo surgen nuevos imaginarios: el
cardenismo y la sublevación indígena. Y a mí
se me ocurre pensar que los países no hacen casi nunca
otra cosa que inventarse futuros a partir de los propios pasados.
Nada se crea y nada se destruye, decía Lavoisier. Frente
a este escenario, el Ciudadano Imaginario establece la clave
del futuro que considera necesario: el nacimiento del Poder
Ciudadano. Evidentemente, piensa en algo similar a lo que el
Viejo Honorable había indicado en el primer acto: la
necesidad del ciudadano situado que, desde la óptica
de sus intereses (no estrictamente económicos), se convierte
en una condicionante estructural de las decisiones políticas
generales. Concluye, pro domo sua, ponderando la necesaria consolidación
de una red nacional de ONG que pueda articular diferentes ópticas
e intereses.
*
Acto seguido, la
discusión comienza. La balacera comienza con el Viejo
Honorable al cual el Economista Postpopulista se atrevió
a picarle la cresta. La pregunta es sencilla: si izquierda es
disrupción, ¿qué ocurre cuando está
en el poder? La respuesta está construida más
con giros verbales que con una argumentación sólida.
Pero por palabras no vamos a parar y el Viejo Honorable saca
del sombrero una de efecto seguro, y de significado nebuloso:
contrapoder.
El Ex Subsecretario
habla de aparatos verticales de control corporativo, de presidencialismo
y demás. Y también concluye con una pregunta:
transición sí, pero ¿hacia adónde?
El punto de partida está (relativamente) claro, el punto
de llegada lo está menos. Obviamente. Cuando se viaja,
fallo, caben siempre dos posibilidades: naufragar o llegar a
donde no se imaginaba.
El punto es y
aquí es donde la izquierda puede interpretar un papel
positivo que sólo ella puede desempeñar
encontrar rumbos que al recorrerlos, ella misma se desprenda
de su costra de agitación mesiánica para ocupar
su lugar en un proceso general de transformación. De
invención de la democracia que le corresponda. Izquierda
es muchas cosas, y quizá sea sobre todo un estado de
ánimo, pero lo que necesitará el país será
más solidaridad, más visiones generosas de inclusión,
más espacios para las distintas voluntades ciudadanas
y me resulta difícil imaginar que todo ello sea posible
sin la extensión de una cultura laica y progresista vital.
Mirar desde afuera el banquete de una modernidad excluyente
produce inevitablemente una costumbre al anuncio de catástrofes
y una proclividad mesiánica. Todos los desafíos
están en el tapete: el presidencialismo, un aparato de
administración pública que se encuentra lejos
de ser lo que debería, una agricultura que es zona de
desastres desde hace siglos, el problema de un creciente acercamiento
con Estados Unidos.
El Historiador Bermejo
retoma el tema transición y partidos. Y dice: la transición
es un cambio de relaciones entre sociedad e instituciones. Y
en este tránsito, añade, los partidos son esenciales.
Atacarlos desde la sociedad civil es un acto autolesivo. Los
partidos deben reformarse, cuando es posible y, cuando no lo
es, deben ser enterrados para abrir espacio a otros. Pero, mientras
no inventemos algo mejor, lo que no parece estar a la vuelta
de la esquina, hay que seguir con ellos. Me parece una sana
y sabia advertencia. Me sigue asombrando como hay jóvenes,
y el Historiador Bermejo lo es, sabios. Me paso la vida rodeado
de una juventud académica que vive entre modas demasiado
ligada al presente: jóvenes que, a menudo, parecen banderolas
al viento en espera de algún Rasputín científico
capaz de saciar su hambre de novedad sin centro, con un par
de teoremas bien armados y la justa dosis de desparpajo. La
frivolidad como programa científico. Redescubrir que,
no obstante los vientos cruzados de este tiempo, hay jóvenes
capaces de reconocer continuidades necesarias sin renunciar
a criticar lo que el entendimiento permite discernir, aplaca
mi descontento con el mundo.
Alguien habla de
jerarquizar actores y ejes de movilización, y dejo de
escuchar. Tengo una sensibilidad de rechazo bastante desarrollada
hacia las ideas que buscan formatos consagrados. Y tengo un
prejuicio: me cuesta imaginar que las viejas formas puedan hospedar
contenidos nuevos. Y así, apenas escucho algo que me
suena a liturgia, mi mente se va a otra parte. Lo mismo que
me ocurría cuando de niño entraba a la Iglesia.
*
Sigue el tercer
acto y nosotros hemos regresado apenas a tiempo. La Feminista
es la primera. Es evidente que se siente un bicho raro en un
contexto donde no tiene cabida ni por el lado de los sexos (las
mujeres presentes son pocas, tal vez el diez por ciento de los
asistentes) ni por el de ideas que, en varios casos, deben obligarla
a pensar que nosotros, sus congéneres izquierdosos, tal
vez avanzamos, pero con tanta lentitud que debe necesitar la
paciencia de Job para no soltar uno que otro latigazo. Los cuales,
probablemente, producirían efectos contrarios a los deseados.
Pero tiene un pasado trotskista y eso la debe ayudar a entender
los códigos, y las resistencias culturales, de esa izquierda
masculina. No asume el tono del ángel vengador, pero
tampoco es la imagen viva de la condescendencia. Dice lo que
debe decir y los heridos que quedan después de su paso
no parecen ser motivo de su mayor preocupación. Y dice:
el feminismo es parte de una vitalidad cultural en el universo
progresista que no termina de tener el peso político
que merece. La izquierda se resiste a aterrizar (un verbo que
no me gusta) en las cosas chiquitas; en lo que afecta la vida
de las personas sin provenir de los Grandes Procesos Históricos.
Lo que está diciendo es claro: la izquierda sigue planteándose
los problemas de la confrontación entre nosotros y ellos
sin percibir que el nosotros es mucho más complejo y
variado de lo que la tradición sugiere. Y el ellos también,
por cierto. Las fronteras se han alterado y ya no está
del todo claro si el obrero que golpea a la esposa tiene que
estar de este o del otro lado. Sin considerar que del otro lado
hay un florecer de figuras y necesidades que sería ridículo
considerar adversarias. No estoy del todo seguro de entender
sus intenciones, pero sospecho que lo que La Feminista está
diciendo es que en un universo social que ha alterado sus antiguas
divisiones de clase, el amigo y el enemigo ya no vienen con
una estrella en la frente para nuestro cómodo reconocimiento
en el campo de batalla. Las clases han dejado de ser identidades
seguras como todavía lo eran en un pasado no tan lejano.
Y es obvio que, si las cosas están así, a la izquierda
se le presentan hoy tareas infinitamente más complejas
que ayer. Sobre todo la de construir canales de comunicación
que permitan convergencias entre culturas diferentes que no
convergen por gracia de dios o por la mano bondadosa del progreso.
Si las clases se fracturan internamente por los cambios de esta
edad de cambios, suponer una izquierda monolítica es
el mejor camino a la marginalidad. Eso leo en lo que La Feminista
desgrana frente a nuestros ojos como una crisis de representación.
Y se me abre frente a los ojos, un posible camino de transformación
de El Partido en una confederación capaz de mantener
juntas almas distintas, de forzarlas a comunicarse entre sí,
de establecer los escenarios de una confrontación de
ideas y necesidades que impide a cada una de ellas la tentación
de considerarse la clave central o, peor, núcleo de acero.
El Politólogo
de Sólidas Raíces Históricas, que el día
anterior había dicho cosas sensatas, dice ahora algo
que no puedo entender. Mejor: que no quiero entender. No se
puede pensar en cambio sin ideología. Frases de este
tipo tienen el poder de abatirme y hacerme sentir la nostalgia
de mi acostumbrado encierro cuajimalpense. Siento olor a incienso
y no me gusta, es más, me produce una instintiva reacción
de rechazo. ¿Cuál bendita ideología? ¿Necesitamos
suspender la historia, mientras algunos sabios se reúnen
para definir las verdades eternas que deberán guiarnos,
una vez que premiemos al mundo con nuestro retorno a él?
¿No es éste un tiempo en el que el palo necesita
torcerse por el lado opuesto, o sea el reconocimiento de la
realidad? Es obvio que todos necesitamos brújulas, pero
¿tiene sentido mirar obsesivamente el cuadrante cuando
a simple vista resulta evidente que estamos atascándonos
en bajos fondos? Y además ¿una ideología?
¿No será que necesitamos una red comunicativa
entre culturas distintas que exigen ser escuchadas, que necesitan
construir entre sí convergencias políticas? La
palabra ideología me enerva: me hace pensar en estructuras
de pensamiento cuyas buenas intenciones encubren su naturaleza
de fantasmas consoladores ¿Qué sentido tiene una
armazón reluciente para proteger un cuerpo evanescente?
Me viene a la mente el Caballero inexistente.
*
Concluye el Tercer
Acto y ya comienza a notarse cierta premura por terminar. Uno
de los ponentes, con los cuales se inauguró la sesión
de la mañana, suelta uno de esos disparates que, por
desgracia, no pueden achacarse al cansancio: la izquierda es
agente de cambio, la derecha no. ¿De dónde habrá
salido una enormidad de esta clase? En un intento de salvamento
in extremis, podría decirse que sólo los cambios
positivos pueden achacarse a la izquierda. Los otros, por exclusión,
a la derecha. Pero ni así el disparate deja de serlo.
Mi cultura historiográfica no me sirve para entender
las leyes de la historia, suponiendo que sean entendibles, y,
sobre todo, que haya algo en ella que merezca el sustantivo
jurídico, pero sí me funciona a las mil maravillas
para encontrar siempre dos mil excepciones (tal vez, menos)
a cada certeza formulada con tono definitivo. ¿La restauración
Meiji, que saca a un país amodorrado por trescientos
años de aislamiento internacional, fue de izquierda?
¿O no merece el título honorífico de cambio?
¿Y las políticas de desarrollo acelerado de la
edad guillermina? ¿También de izquierda? ¿Y
Mahatir Muhammad de la Malasia de estos días? ¿Y
Adenauer, De Gasperi, Churchill, De Gaulle? ¿Todos ellos,
por ser de derecha eran enemigos del cambio? ¿O por ser
políticos que aceleraron el desarrollo de sus países
eran izquierdistas embozados? Maldito el daño que hacen
esos maniqueísmos ramplones. Una izquierda que sigue
mirándose a sí misma como ciudadela exclusiva
de virtud, ni se ve a sí misma ni, peor aún, ve
al mundo. Rubrico el tema bajo la inscripción: simplezas
consoladoras.
Vuelve a hablar
el Ciudadano Imaginario y volvemos a una izquierda capaz de
mirarse con menor complacencia. Dice: el corporativismo, como
cultura de control político sobre distintos grupos sociales,
se ha transferido a la izquierda. Critica al movimiento indígena
insurgente por sus exclusivismos y señala la tarea de
recoger agendas diversas de distintos grupos de la sociedad
para buscar construir la unidad posible a través de la
diversidad. Es evidente su preocupación de que lo diverso
se convierta en una masa indiferenciada de retóricas
hueras que sólo resuelven los problemas en forma discursiva
y que no unen nada y confunden todo. Ese individuo me gusta,
tiene la terquedad del que se ha fijado un rumbo: la construcción
del ciudadano a través de sus múltiples intereses,
y las grandes palabras no lo hacen arredrarse frente al objetivo.
Y su objetivo es la pluralidad que se conserva, para volver
a Hegel, mientras trasciende hacia la unidad. Sostiene que los
partidos son necesarios pero, también lo son sus distintas
contrapartes sociales. Mientras lo escucho me surge una duda:
el camino de las contrapartes ¿no es el camino de la
desconfianza frente a partidos considerados irremediablemente
monolíticos? ¿No se corre el riesgo de que sean
cada vez más necesarias las contrapartes de contrapartes
de contrapartes?
Para él,
también, se plantea un problema de transición
y su idea es la construcción de un poder desde abajo
que permita acompañar la transición política
con una "transición social". Y aquí
el realista político que traigo adentro respinga. A mí
sólo se me ocurren procesos de transición por
el lado conservador o, para decirlo de otra manera, de apertura
conservadora. Después de décadas de vivir en un
ambiente de remoción patriótica del conflicto
después del recuerdo de los dolores de un golpe
militar exitoso, de una dictadura o de una revolución
posteriormente institucionalizada, ninguna sociedad acepta
una transición democrática cuyas promesas de cambios
profundos puedan materializar el fantasma del retorno a antagonismos
irreconciliables. Son las derechas ilustradas las que dan garantías
de apertura con seguridad. Después, una vez consolidada
la transición, resurgirá el gusto por el conflicto
democrático. A final de cuentas los seres humanos siempre
tenemos buenas razones para odiarnos. Pero el camino va de Suárez
a Felipe González. No al revés. Lo que dejan los
regímenes que se han conservado por muchos años
es, sobre todo, una cosa: temor y, especialmente, temor de que
la democracia pueda ser el disparador de un nuevo ciclo de inestabilidad.
Por eso la idea del Ciudadano Imaginario me huele a buenos deseos.
No se pasa de un solo salto de una democracia simulada, o de
la estricta ausencia de ella, a una democracia con poderes sociales
fuertes. La historia contemporánea cuenta otro cuento.
Obviamente, la historia no es norma, pero obviar sus, llamémoslas,
enseñanzas, no es lo más sabio que pueda hacerse.
*
La comida es el
momento de las afinidades. La idea no me encanta pero tengo
que sentarme a la cabecera de la mesa; nadie quiso ocupar ese
lugar prominente. ¿Casualidad? A mi izquierda está
el Historiador Bermejo y a mi derecha el Gran Arquitecto, además
de La Feminista, el Economista Postpopulista, el Historiador
Apache y otros. En la mesa hay un conflicto de opiniones entre
La Feminista y el Historiador Bermejo a propósito de
un fotógrafo gay estadunidense: Robert Mapplethorpe.
La Feminista está fascinada por sus series de flores
que expresan una sexualidad vital y por sus series de cuerpos
masculinos desnudos que, sin embargo, para alguien en la mesa,
reproducen ese carácter de énfasis pomposo y clasicista
de Leni Riefensthal. El Historiador Bermejo argumenta que, en
las fotografías de cuerpos masculinos desnudos, se trasluce
una deshumanización del cuerpo humano. El acuerdo se
restablece al reprochar la censura de la que ha sido objeto
varias veces Mapplethorpe en una sociedad americana que sigue
siendo una de las grandes reservas mundiales de espíritu
puritano.
Cuando estamos
ahí, entretenidos en mostrarnos nuestra amplitud de criterio
y en parlotear con ese sosiego que caracteriza a las personas
que se otorgan recíprocamente un estatuto de cultura
y de valores, o reflejos, comunes, hace su aparición
un muchacho que debe tener poco más de veinte años.
Se pone al lado del Gran Arquitecto, que está comiendo,
y le pregunta en voz baja si puede hablar un momento con él.
El Gran Arquitecto se levanta y lo sigue. Regresa diez minutos
después y nos informa. Era un joven del consejo de huelga
de la Máxima Casa de Estudios, que le expresaba su extrañeza
de que ninguno de sus representantes hubiera sido invitado:
reprobaba el hecho de que los estudiantes del consejo mencionado
tuvieran que seguir desde la pantalla de televisión de
circuito cerrado, instalada en el patio del edificio, el desarrollo
de las sesiones. Y además, le había dicho, abajo
había corrientes de aire frío. El Gran Arquitecto
nos informa que le comentó que aquélla era una
reunión privada, como las que ellos hacían, reservándose
el derecho de admisión. Y se disculpó por el frío.
Yo, que soy menos diplomático que nuestro anfitrión,
dejo escapar: no fueron invitados, porque ésta es una
reunión de izquierda. Obviamente, no me habría
salido: de intelectuales de izquierda. Serán mis resabios
de sobriedad, pero la palabra intelectual no me resulta fácilmente
pronunciable. De cualquier manera, el comentario está
descaminado. Ellos también son izquierda, aunque no pueda
dejar de pensar, para desgracia suya y nuestra.
*
El Cuarto Acto
está a punto de comenzar. Hemos llegado al final. Hasta
ahora ha pasado un día y medio y confirmo de estar satisfecho
de haber venido. Comienza el Ex Subsecretario, que nos habla
de la Tercera Vía como manifiesto de la socialdemocracia
contemporánea. Reconoce los condicionamientos que provienen
de la globalización y reivindica el papel de la política
como instrumento para evitar que los condicionamientos conviertan
cada sociedad en una banderola sujeta a los vientos planetarios.
Lo escucho con atención y no puedo evitar una sensación
de extrañeza. Europa está lejos. No se necesitan
idiomas distintos para complicar el entendimiento entre las
personas, es suficiente la geografía. Tengo la impresión
de que las mismas palabras en ambos lados del océano
tienen significados distintos. Escucho al Ex Subsecretario hablar
de Tercera Vía y las palabras me resultan extrañas
y sospecho que, para los demás oyentes, mi misma impresión
debe agigantarse. La geografía como una masa gravitatoria
que desvía la luz. O sea, las palabras. En Nueva York,
a veces ponen subtítulos en inglés en las películas
australianas o de otras latitudes del planeta anglosajón.
Y a mí, en ocasiones, me haría falta algo similar
cuando veo en México películas españolas.
La Tercera Vía es Europa y, trasladada a estos rumbos,
siento un desconcierto, una distancia, como frente a una película
en la que escucho un lenguaje conocido que, sin embargo, me
resulta vagamente ajeno. América Latina está condenada
a ser ella misma y dudo seriamente que Anthony Giddens, un pensador
relevante, nos pueda ayudar mucho en una operación de
autorreconocimiento que tiene que partir de las urgencias, las
fuerzas y las culturas de estas partes del mundo.
Sigue el Profesor
Mediático. Y, de entrada, nos propone este pequeño
tema: la necesaria reconstrucción cultural de lo público
en un contexto global. Todavía somos una izquierda gutenbergiana,
nos informa. ¿Será cierto? Me quedo pensando.
Sigue: el desinterés hacia la industria cultural por
parte de la izquierda es comparable con una falta de interés
similar que pudiera haber ocurrido un par de siglos atrás
hacia la revolución industrial. Comparaciones de estos
vuelos cargan siempre una gran dosis de aproximación,
pero tiene razón.
Estoy un poco aburrido,
tal vez cansado, y todavía no sé lo que me espera.
Había notado la presencia de un individuo de unos sesenta
años, piel clara, camisa blanca de mangas cortas, cabellos
plateados cuidadosamente peinados y la cara de uno de esos apacibles
predicadores protestantes que, con una batería de plumas
y bolígrafos alineados en el pecho, a veces tocan la
puerta para venderte la paz interior bajo el signo de los mormones,
los cuáqueros o los adventistas del séptimo día.
Ahora le toca a él. Es europeo y se me revela de inmediato
como el Ángel Exterminador que cualquier conjunto humano
requiere como instrumento para canalizar el frenesí colectivo,
del deseo de salir de la realidad para llegar de un solo salto
a la salvación. Comienza a hablar y de inmediato me doy
cuenta de que la apariencia candorosa esconde un monolito de
certezas sin mella. El tono es de quien alecciona e increpa
a alumnos un poco retrasados. Sólo le falta el pizarrón.
No debe tener confianza en la capacidad de entendimiento de
los presentes y organiza su sermón, para nuestra mejor
asimilación, en tesis que deben ayudarnos a no desviar
la atención de las diferentes piezas de un cuerpo doctrinario
de coherencia marmórea. Las enumera, las tesis, como
si desgranara la mazorca de la verdad revelada. Habla de prisa,
con tono duro y voz estentórea.
El comienzo es al
estilo del Libro de la Revelación: estamos frente a una
crisis del capitalismo, de las ciencias sociales, una crisis
"estructural ideológica y política del paradigma
de dominación neoliberal" y (para no olvidar nada)
una crisis de la civilización burguesa en sus dos pilares:
la economía de mercado y la democracia liberal. Comienzo
a ponerme nervioso y a mirar a mi alrededor: la solidez del
edificio que nos hospeda me resulta súbitamente dudosa.
Sigue hablando de economías criollas y no entiendo de
qué habla pero no tengo tiempo de medir la masa inconmensurable
de mi ignorancia, debo seguir la acosante argumentación:
estamos frente al "colapso moral y científico del
sector de la clase intelectual global". Me siento portador
de un virus letal que amenaza el mundo, de una culpa que no
alcanzo a definir con precisión. Enumera con minuciosidad
siete tendencias políticas dominantes en América
Latina, a las cuales añade el "Nuevo Proyecto Histórico
para las mayorías", (NPH).
No entiendo si el hecho de que la palabra mayorías no
aparezca con su inicial en la sigla corresponde a un sofisticado
giro del pensamiento que se me escapa o es un lapsus sin consecuencias
históricas. Nos informa que la lucha armada "ya
no sirve como estrategia generalizada, como en los tiempos del
Che". Cuando, como es notorio, tuvo un éxito estruendoso.
Para evitar a sus oyentes descarríos innecesarios, revela
que Bobbio y Habermas (¿quién sabe por qué
sólo ellos?) son ideólogos del establishment liberal.
Sigue: la civilización
capitalista-burguesa ha entrado en una crisis sistémica
existencial. Y comienzo a sospechar que los redactores de la
Biblia eran una bola de apocados y melindrosos incapaces de
producir sensaciones fuertes en sus lectores. Están dadas
las condiciones materiales del postcapitalismo, pero faltan
las condiciones subjetivas, y, obviamente, no puedo evitar sentirme,
otra vez, vagamente culpable. El NPH es
justamente eso: el instrumento para desarrollar las condiciones
subjetivas. En un giro imprevisto, el orador nos muestra un
librillo, del cual es inevitable autor, que contiene el camino
del NPH. Risitas entre los asistentes.
El Ángel Exterminador no sólo sigue prisionero
del planeta Gutenberg, sino que además promueve personalmente
sus productos olorosos a tinta. En rápida secuencia,
nos asombra con informaciones que obviamente no tenemos: 1.
El keynesianismo neoliberal (?) latinoamericano no dispone de
una propuesta de poder de cambio estructural; 2. Estados Unidos
ya se ha tragado a México; 3. el proyecto venezolano
es la única opción realista. Y ahí lo dejo.
Estamos en medio de un cataclismo que, como mínimo es
comparable a las glaciaciones, y nadie se había dado
cuenta. No sé si reír o llorar de desconsuelo.
Mi capacidad de usar la ironía como defensa se está
acercando al límite de sus posibilidades. Lloraría
si no hubiera gente a mi alrededor.
Todavía
no termina. La economía de mercado adolece de cuatro
(evidentemente al Ángel Exterminador le gustan los números)
deficiencias sistémicas: es un sistema caótico,
asimétrico, monopólico y "nacional-etnocéntrico".
De lo cual colijo que su persistencia por tantos siglos es la
prueba irrefutable de la existencia de Dios. Que además
de existir es, lógicamente, neoliberal. Pero todo esto
es diagnóstico científico, falta la terapia. Hela
aquí: la civilización burguesa será sustituida
por una economía democráticamente planificada
"sobre la base tecnológica de las computadoras"
y "el principio operativo del valor objetivo". Y concluye
in crescendo: el ADN de la evolución
está totalmente claro. "Tal es el curso de la evolución
histórica observable." Amén.
Entiendo perfectamente
que en este punto el lector pensará que a ese humilde
cronista, como se dice científicamente, se le botó
la canica o exagera para mostrar sus habilidades de cuentista
o para crear efectos especiales grotescos. Bien, pues no. Al
contrario, necesito confesar toda la fragilidad de mis instrumentos
narrativos para reproducir en el papel el tamaño del
delirio. Pienso en el Gran Arquitecto y me convenzo de que es
un genio diabólico: evidentemente quiso que los asistentes
a la reunión organizada por él tuviéramos
una pequeña muestra de las locuras que la izquierda conserva
en su seno. Estoy anonadado: ni en los tiempos de un movimiento
estudiantil que era un carnaval de Río había asistido
a delirios de estas dimensiones. Intento imaginar de dónde
pueden venir. Y sólo se me ocurre una respuesta: evidentemente
existe una intelectualidad extramarginal que convierte sus locuras
silenciosas en una acumulación de delirios, cuya única
sublimación es una mezcla de catastrofismo y de anuncio
del paraíso a la vuelta de la esquina. Una especie de
cátaro-marxismo. Se me ocurre pensar en la ultraderecha
americana, prisionera de sus paranoias y de sus certezas de
virtud. Bien, acabo de escuchar una versión "roja".
El Gran Arquitecto será un mago pedagógico, pero
me pregunto qué estoy haciendo allí.
Pero aún
no termina. Le toca el turno al Obispo Rojo. Es una de esas
personas cuyo currículum, me imagino, debe de tener un
tamaño apenas inferior al de uno de esos gruesos tomos
que asustan por el tamaño. Tiene una cara que me recuerda
vagamente a la de mi papá y una edad que no debe de estar
lejos de los ochenta, aunque cargue sus años con desenvoltura
y sin achaques visibles. Una cara agradable de anciano aunque
con ciertas expresiones que revelan una dureza que no se cuida
mucho en ocultar. Tenerlo de adversario no debe ser placentero.
Va a hablar.
Él también
comienza declarando la crisis del neoliberalismo. Parece que
ya es una forma canónica, como introito en Misa. A mí
obviamente se me perdió algo y mis escasas luces me hicieron
ver la crisis del socialismo en las últimas décadas.
Tengo la impresión, pero, insisto en que deben de ser
mis escasas luces, de que pocas veces como en estos años
el capitalismo goza de tan asombrosa y cabal salud, aunque,
evidentemente, no pueda decirse lo mismo de todos los que siguen
atrapados en su universo. Nos informa que está interesado
en una historia universal de la caridad y la mentira. No entiendo
si, en sus intenciones, es una sola historia o son dos. Después
de la inter-vención anterior, no estoy en el punto más
alto de mi lucidez.
Se envuelve en la
bandera patriótica y habla de un aporte mexicano a la
historia mundial: la revolución democrática. Sigo
sin entender de qué habla. Y no es que no entienda, porque
no me parezca atractiva la idea de una revolución democrática,
sino porque no la veo a mi alrededor. Si las fórmulas
lingüísticas fueran soluciones reales, compartiría
el entusiasmo del Obispo Rojo, pero puesto que no me parece
que sea así, las fórmulas lingüísticas
me siguen pareciendo fórmulas lingüísticas,
y me quedo frío frente a su evidente entusiasmo. Pero
apenas entramos en tema. El orador nos aclara otro aporte mexicano
fundamental al mundo y dice que es el levantamiento indígena,
y otra vez en el terreno de la democracia. Cuando todavía
no me repongo, añade: lo mismo que hicieron los mayas.
Me siento un burro redomado. Me había quedado en el conocimiento
astronómico, en el cero, en las técnicas de canalización
y el uso de las aguas. Pero ¿democracia? ¿Los
mayas como ejemplo mundial de democracia? Hasta donde llega
mi lábil memoria, recuerdo aristocracia y sacrificios
infantiles. A menos que el Obispo Rojo y yo, cuando decimos
democracia hablemos de cosas distintas, me cuesta pensar que
mi vaga idea de democracia tenga algo que ver con lo que dice.
México ha dado aportes varios al mundo, desde el maíz
hasta Octavio Paz, pero tengo serias dudas de que en el terreno
de la democracia haya en la historia del país algo que
merezca el título rimbombante de "aporte mundial".
O no entiendo nada o alguien delira.
Al final, yo también
debo intentar un balance. ¿Qué he aprendido en
dos días de palabras: diálogos, desencuentros,
enfrentamiento civilizado entre opiniones y actitudes divergentes?
¿Qué sé ahora que antes no sabía?
Voy a tratar de resumirlo en sus mínimos términos.
El punto de arranque
es, siempre, la virtud incontaminada. En algún momento
de nuestras vidas nos sentimos encarnación de una causa
impoluta. Después viene el contacto con el mundo. Y ahí
descubrimos que no hay ángeles. Pero el problema no es
sólo privado. La realidad es más compleja que
las verdades que pretendían encerrarla en una cuadrícula
en que todo tendría una explicación, un sentido.
Y el resultado de este doble reconocimiento es el cinismo. Me
convierto en pieza de algo que he dejado de entender y que,
sin embargo, mientras ando por ahí como sonámbulo,
me dice cuál es la dirección correcta. De ahí
en adelante, el proceso es un declive dramático. Quien
sigue el camino puede convertirse en fanático de una
causa que exige olvidar los escrúpulos que son mi contacto
inconsciente con el mundo. Y, al final, quien siga el camino
puede convertirse en guardián de un campo de concentración.
El peldaño más bajo de la condición humana.
El olvido de la humanidad a favor de la causa. No pretendo decir
que ese camino de la virtud incontaminada del guardián
de un campo de concentración sea un camino necesario.
Sólo digo que es un camino posible.
Eso he entendido.
Y mi impresión es que la intelectualidad
de izquierda de este país sigue atascada en la incapacidad
de mirar críticamente su pasado y en la debilidad para
generar, a través de una autocrítica que la acerque
a lo que ya es casi conciencia común, ideas originales.
_________________
*Extractos de un libro que aparecerá próximamente
publicado en la ciudad de México.