UGO PIPITONE

La reunión*

 

 

Nadie es perfecto y yo, para confirmar la norma, soy un profesor universitario. Expresión de un universo cuyos inciertos méritos se mezclan con menos inciertos vicios, de los cuales no hablaré porque no es fácil encontrar a alguien, incluyéndome a mí, interesado en el asunto. Desde esta atalaya de vidrios empañados, suponiendo que exista alguna de cristales diáfanos, me veo obligado (qué remedio) a observar el mundo. Aunque no sea fácil creerlo, incluso entre los ropajes ostentosos de los habitantes de esa cosa que se autodenomina academia, se esconden a veces seres humanos: individuos que miran el mundo buscando respuestas.

Respuestas que a menudo tienen el gusto travieso de contestar demandas que no se hicieron o que alimentan secuelas de preguntas imprevistas. Y no hablaré de "condición humana", que es una anguila escurridiza que se entretiene escapándose de las manos que creían, santa ingenuidad, haberla atrapado.

En esta confesión inicial tendré que reconocer otros dos defectos de una gravedad que cada lector clasificará según sus humores e inclinaciones. Mi condición de hombre de izquierda y de moderado anacoreta. Ser de izquierda cuando el nuevo milenio acaba de comenzar a gatear, parece un disparate, como la obcecación de quien emprende un viaje a otras tierras llevando consigo, según orígenes y gustos, spaghetti o salsas enlatadas de chile chipotle. Como si alguien entrara a otro tiempo, cargando obtusamente los jirones de un tiempo pasado que, para empeorar las cosas, envejeció mal. Para mi parcial descargo, sólo puedo decir dos cosas. Mi ser de izquierda carga sí inercias, pero también, según días y humores vacilantes, un revoltillo variable de vergüenzas. La segunda es la terquedad del náufrago que, no sabiendo hacer otra cosa, vuelve a embarcarse aunque lo haga ahora con cierta circunspección echando miradas aprensivas hacia casco, castillos y cubiertas. Sobre los puentes de mando, mi confianza, creo, se ha deteriorado irremediablemente.

La condición de moderado anacoreta es algo que la vida, mezcla de genes y accidentes, me ha hecho descubrir en mí mismo en los últimos años; y que un amigo me reveló con claridad brutal hace poco. En una reunión social, le preguntaba quién era alguien que me había saludado con familiaridad. Abro un paréntesis. Vivo en el constante embarazo de no poder asociar las caras con los nombres de sus portadores. Una fuente eterna de azoramiento y sonrojos. El amigo en cuestión me contestó a boca de jarro: el problema es que no te fijas porque estás técnicamente impreparado para la vida en sociedad. Confieso que es cierto. La ingeniería de la convivencia no se me da con aquella soltura que observo con celos en otros. Lo cual explica probablemente mi condición de profesor: la universidad como convento laico, una forma de repliegue, un estar en el mundo sin estar realmente en él. Estar o no estar, éste ha sido el dilema que la vida universitaria me ha resuelto bondadosamente. La mía es una cárcel abierta: una cueva tapizada de libros adonde regresar y un lugar desde donde escaparse cuando el tedio te envuelve en una densa capa plomiza. En fin, una realidad atenuada.

Pero hay algo más que debo decir ahora para que el ego no me estorbe demasiado en la historia que contaré aquí: Soy extranjero. Necesito eliminar el posible patetismo que carga la palabra haciendo una afirmación estadística: he pasado la primera mitad de mi vida en Italia y la segunda en México. Dos países que se enredan dentro de mí y que me producen una mezcla inestable, dependiendo de los días y las horas, de orgullo y vergüenza. A veces pasa que me siento extranjero, sobre todo cuando alguien me recuerda que lo soy.

*

La llamada fue inesperada. Era un viejo amigo a quien no veía desde hacía años. Una de las primeras personas conocidas en México cuando estaba recién desempacado por estos rumbos. Yo, no él, que es mexicano, historiador, marxista y antiguo dirigente de ese Partido Comunista que, después de décadas, como dirían mis hijos, de no pegar el chicle, decidió, en un acto inesperado de lucidez, disolverse. Había dejado el país, él, no yo, para ir a enseñar no sé qué en no sé cuál universidad de Estados Unidos. Una amistad lejana, construida sobre un conocimiento ocasional y que nunca tuvo que ponerse a prueba con la frecuentación consuetudinaria. Con el paso de los años, su comunismo de juventud se había desdibujado hacia una visión socialdemócrata que era exactamente lo que en México resultaba brillantemente ausente. De un aislamiento a otro. Como retomando una conversación interrumpida hace años, se puso a hablarme de su descontento frente a la izquierda de su país. Sólo recuerdo algunas de las palabras que me llegaban por el cable: populismo, mesianismo, caudillismo, ausencia de discusión política seria. Para concluir, y mostrarme todo su enfado hacia un atraso cultural que le parecía escandaloso, dijo: habrase visto una izquierda que habla de líderes naturales. En lugar de ir hacia adelante, vamos hacia atrás.

Su desahogo era parte de los prolegómenos de algo que tenía en la cabeza. Me invitaba a un seminario de intelectuales de izquierda en la ciudad de Puebla. Sintió la necesidad de aclararme que se trataría de un encuentro cerrado, sin prensa ni público: una especie de encuentro de penitentes de muchas creencias, si no derrotadas, que obviamente no estaban en el momento más brillante de sus antiguas certezas. Se trata de saber, dijo, en qué punto estamos después de tantos naufragios, qué aprendimos, si es que lo hicimos, y si tenemos algunas ideas comunes sobre la refundación cultural de esa cosa, la izquierda, que en la historia de México ha sido más un fenómeno de feligreses de varios cultos en la contemplación de sus propios exclusivos ombligos, que un fenómeno de masas. ¿Podría hacerme cargo de una ponencia de quince minutos para introducir la discusión sobre los temas de economía internacional? Mi respuesta fue no. La cosa no me atraía sobremanera. Pero la respuesta también fue sí: me interesaba conocer el mood de los intelectuales de ese archipiélago fantomático que es la izquierda mexicana. Una clase de bicho con el cual no tengo, suponiendo que lo tenga con otros, una relación habitual. Mi única o, por lo menos, la mayor vinculación con el mundo, y mucho me temo que se trate de un vínculo algo unilateral, son mis clases y los artículos semanales que desde hace década y media escribo en un periódico de la Ciudad de México.

Me ganó la vanidad. Que alguien se acordara de mi existencia me hacía pensar que mis mensajeras botellas periodísticas, lanzadas a las olas los martes de cada semana, en algunos casos, por lo menos en el de mi amigo, habían llegado a su destino. No podía responder que no a lo que me parecía un reconocimiento. Acepté participar con la reserva, para mis adentros, de que no abriría el pico. Con la mejor técnica de marketing, mi interlocutor me anunció la presencia de varios nombres altisonantes del Gotha de la intellighentsia izquierdosa de México. Y tal vez ésta no fue la razón menor de mi aceptación. En más de veinte años de vivir en México son muy pocas las personas con las que me frecuento regularmente y menos aún las personas importantes. Quiero decir, para que nadie se ofenda, aquéllas cuyos suspiros o ritmos cardíacos afectan de alguna manera el metabolismo intelectual, o de cualquier otro tipo, del país.

Hace años, una de las principales revistas italianas me pidió, por boca de su director, un artículo que debía ser una entrevista doble a Octavio Paz y a Carlos Fuentes. Las elecciones presidenciales estaban en puerta y el enfrentamiento entre los dos gigantes, en versión de querella en el star system, evidentemente era lo que más interesaba por razones de morbosidad intelectual-periodística. Tuve que confesar que no los conocía. Y tengo que abrir un paréntesis. A uno de los dos ya no lo conoceré y a veces me siento culpable por la maldita pusilanimidad que me hizo perder la oportunidad de acercarme a una de las cabezas más notables de la historia de este país y, creo, del mundo. De vez en cuando, me contento con leerlo y, cada vez, leyendo palabras que me siguen pareciendo luminosas, experimento la sensación de que mi escritura es un ejercicio infantil. Sin embargo, y exactamente al mismo tiempo, es como si la inteligencia de Paz me contagiara. Me siento engrandecido, como si sus palabras fueran la envoltura fascinante de pensamientos que siempre pensé sin saberlo, o que bien pudiera haber pensado si sólo fuera un poco menos perezoso y un poco más inteligente. Pero él se fue y yo me quedo hablando con un fantasma y rumiando contra el destino y contra esa irremediable estupidez mía de suponer que el presente es eterno.

*

Iba a la ciudad de Puebla con curiosidad hacia una intelectualidad de izquierda para la cual no tengo una simpatía desbordante, y con pensamientos perezosos que se prendían y apagaban sin orden o, por lo menos, sin ninguno que fuera racionalmente discernible. Me invadía una mezcla de temores y prejuicios.

La llegada fue complicada, como siempre que voy a Puebla.

¿Por qué estoy aquí? En medio de las dudas, tengo una razón clara: para entender algo del metabolismo intelectual de una izquierda mexicana que forma parte de un universo de izquierda que ha vivido los últimos veinte años recorriendo un interminable Viacrucis. ¿Cómo se explican desde aquí –que es lo que más me interesa– tantas derrotas? ¿Seguiremos con los lloriqueos sobre las maldades del neoliberalismo, del imperialismo, de la globalización, de las multinacionales, las conspiraciones del Norte y similares, o ya habremos entendido algo de la necesidad urgente de renovar un patrimonio de ideas dramáticamente envejecido? No es fácil para nadie hacer las cuentas con el propio pasado. La vida, si se me permite el desplante, es un cargar vergüenzas póstumas. No veo razón para suponer que esto no valga para grandes conjuntos humanos: ideológicos, étnicos, políticos o religiosos que sean. Hacer autocrítica no es fácil para nadie. Pero es un tránsito saludable, esencial, para liberarse de las culpas sin olvidar que, en los territorios de la política, nadie es santo. Se me ocurre un ejemplo. La resistencia de las empresas alemanas de hoy en reconocer sus culpas por haber usado el trabajo forzoso, esclavo en el sentido más arcaico del devenir humano, para abastecer a pleno ritmo una demanda militar explosiva que usaba el trabajo esclavo de una etnia cuya aniquilación había sido decretada por aquellos mismos que necesitaban los productos industriales producidos con tanto fervor patriótico. Vidas se perdieron, otras quedaron selladas por heridas enterradas en las mentes y en los cuerpos de aquéllos que tuvieron la suerte de sobrevivir. Reconocer la responsabilidad de eso, de parte de las antiguas empresas alemanas que hicieron entonces lo que hicieron, significaría pagar los resarcimientos a los sobrevivientes. Un acto mínimo de decencia, que aún no se cumple.

¿Estamos nosotros en una situación mejor? Porque habrá que recordar que estas mismas industrias liberaron millones de seres humanos encerrados en el universo rural proyectándolos directamente dentro de las delicias y los dolores de la modernidad. Y nosotros tampoco podemos ser considerados como la encarnación de la abyección. Sólo se me ocurre en este momento el sufragio universal.

A nosotros no se nos pide sólo hacer las cuentas con responsabilidades concretas sino, sobre todo, hacer las cuentas con las raíces culturales que nos llevaron a lugares tan inhóspitos. Si queremos seguir hacia delante no parecería haber otro camino. Y no estoy pidiendo actos de contrición sino actos de autoconsciencia. Una virtud que vale hacia el pasado tanto como hacia el futuro. Estoy aquí para entender en qué punto estamos. No sé qué esperar de mi tribu. Una tribu que no me gusta y que, sin embargo, es la mía. Por eso estoy aquí. Creo.

*

La inauguración fue solemne. La solemnidad como máscara que da certidumbre a lo que no la tiene es una forma de blindar un universo que es más precario de lo que se está dispuesto a reconocer.

Alrededor de las nueve y media, el Gran Arquitecto y el Rector hicieron su aparición. Pasando a mis espaldas, para llegar a las mesas de enfrente, mi amigo me dio un golpecito sobre el hombro para indicarme que había registrado mi presencia. Todo mundo tomó asiento. Silencio. Comenzó a hablar el Gran Arquitecto de la reunión, del que ya dije: marxista-ex-marxista, comunista-ex-comunista, historiador y profesor de alguna universidad de Texas. Cabello lacio, barba plateada, sesenta años o algunos más. Pensé que se conservaba bien y que seguía vistiéndose con ese gusto espartano que indicaba un soberano desinterés hacia las prendas que por la mañana encontraba en el armario. Rápido y sintético, no obstante la ocasión protocolaria, fue capaz de decir un par de cosas inteligentes. Primera: Puebla es un estado conservador con una universidad progresista. Y aquí estamos. Otra vez en el convento, pensé. Ni modo, el día que se escriba la historia de la izquierda latinoamericana, tal vez se descubra que, en una medida mucho mayor que en Europa, es una historia universitaria. De clases medias que convierten al marxismo en una especie de evangelio para entretener una clase de monjes laicos, a veces abnegados e incluso heroicos y, a veces, empalagosamente aburridos, que no encuentran la forma de vincularse al mundo, llamémoslo real, que los rodea, y se repliegan en el cultivo celoso de un futuro que la doctrina indica inevitable. Las excepciones son pocas y la mayor sigue siendo esa versión peruana de Gramsci que respondía al nombre de Mariátegui: un marxista original que, no por casualidad, no fue producto universitario. Y, tal vez, el mexicano Revueltas, un alma en pena que supo decir algunas cosas importantes. Otro no universitario. El resto, y no exagero mucho, es tan exuberante como la superficie de la Luna. El libro de Marta Hanecker, vulgarización de certezas althusserianas, lleva no sé cuántas, pero una enormidad de ediciones que recorrieron dos generaciones de marxismo conventual. Naturalmente, el Gran Arquitecto no podía inaugurar el encuentro diciendo estas cosas. Incluso una izquierda que reflexiona sobre sí misma necesita cautela para no abrir heridas antes de la lidia. Pero señalar el binomio de una Puebla conservadora y una universidad progresista es más que suficiente para que quien quiera entender, entienda el patrimonio de escolasticismo y de debates esotéricos de los cuales, de alguna manera, venimos. Tenemos en la espalda una carga de certidumbres, silogismos y bizantinismos de la que no será fácil emanciparnos.

El Gran Arquitecto sigue hablando y añade otra cosa que, como disciplinado escolar, recojo: después de la caída del socialismo estamos obligados a la refundación de la izquierda. De acuerdo otra vez. Pensé en el hundimiento de la Atlántida, el paraíso en la Tierra, o sea, la URSS. Pero el Gran Arquitecto añade algo que no entiendo si es signo de escasez o de abundancia. Dice: en México hay catorce revistas de izquierda. Me pregunto cómo las contó. ¿Cuándo es una revista de izquierda, de centro o de derecha? No digo que el contar y el contarse sea trivial, pero, aparte los casos más obvios, no debe ser tarea sencilla saber a partir de qué momento una revista es de izquierda, a menos que uno sea como los farmacéuticos de antaño que mezclaban en sus alambiques y morteros distintas sustancias para obtener ciertos compuestos. Algún día le preguntaré. Pero lo que me deja perplejo es que no entiendo si, en el juicio del orador, catorce son muchas o pocas. También tendré que preguntarle. Concluye con otros números. Somos 40 invitados (¿seminaristas? me sugiere mi malévolo cerebro) y tendremos veintitrés ponencias. No puedo dejar de maliciar que no sé si pensamos pero, bendita sea, ¡cuánto escribimos!

*

El primer acto comenzó apenas el rector abandonó la sala y después del paréntesis en el que unos periodistas locales, antes de imitarlo, se lanzaron a captar al vuelo las palabras, más o menos aladas, de algunos de los invitados.

Inicia el Viejo Honorable. Catalán de origen, filósofo de oficio y políglota, me imagino, por gusto. Y comienza en la peor forma posible, tratando de definir la Izquierda. Es obvio, pienso, que sin pasado no hay futuro o, por lo menos, uno que vacune frente a lo peor de lo que se dejó atrás. Pero ese deseo de definiciones previas no me convence, me recuerda los arquetipos platónicos. Como si fuera una búsqueda, tal vez inconsciente, de raíces, en el esfuerzo para asegurar continuidades y fijar identidades. Tal vez no sea ésta la intención del Viejo Honorable, pero me pongo en guardia. La mía será una estricta vulgaridad, pero me imagino que, si alguien se va a peinar, debe reconocer antes que está despeinado. Primera idea: la izquierda es el archipiélago de la disrupción frente al dominio. Y aquí, una pequeña verdad se convierte en un consuelo para dejar de ver las derrotas. Cuando la disrupción fue exitosa, habrá que reconocer que en este siglo produjo desastres. Y me ahorraré el listado. La ética no absuelve la política, sobre todo cuando la política convertida en gobierno hace de sus previas razones morales un teatro de simulaciones autoritarias. No quiero ponerme sentencioso, pero me resulta difícil dejar de reconocer que, en este siglo, la izquierda ha sido una mezcla de dos cosas que conviven dolorosamente. Por una parte, las sobradas razones de la crítica y, por la otra, la construcción fallida del futuro que no fue. Esta es la herida que cargamos y buscar definiciones éticas ancladas a la primera parte es una forma de arrinconar una segunda, mucho más incómoda. Como si fuera un accidente de ruta.

Sin embargo, el Viejo Honorable me cae bien. El tono de su voz es reposado y razona sin esa actitud de los ancianos de decir verdades eternas. Discurre. Me dicen que de joven era hombre de gran belleza. De viejo, su cara alargada y sus lacios y desordenados cabellos grises han transformado la hermosura en dignidad. No estaría mal envejecer así. Sigue hablando y registro la segunda idea: el liberalismo del siglo XVIII (¿no será del XIX?, me sugiere mi quisquillosa ciencia académica), originalmente de izquierda, se fue degradando hacia el conservadurismo. Algo similar le ha pasado a la idea del progreso. El marxismo-leninismo fue usado para legitimar un régimen autoritario. Esta es la idea. Y otra vez me siento incómodo. El Viejo Honorable acaba de decir una verdad, pero no puede convencerme la idea de que el marxismo-leninismo "fue usado". ¿No había ahí, bien adentro de una cultura para la cual capitalismo y liberalismo estaban preagónicos, asignando al proletariado la tarea exclusiva de ser partera de una nueva historia, un núcleo duro del futuro autoritarismo?

Otra vez, el deseo de salvar los orígenes, de achacar las culpas enteras a los demonios que tentaron nuestras purezas primigenias. Me molesta y me asusta el "fue usado". Es una forma melindrosa de achacar las culpas a Stalin y a Pol Pot. ¿No había detrás de ellos algo enfermo, una cultura de salvación exclusiva que deberíamos discutir aquí? ¿O es que podemos usar el marxismo-leninismo en otras formas? Mis dudas iniciales sobre la ambigüedad de las definiciones que aseguran identidad, son confirmadas.

Pero el Viejo Honorable tiene otras flechas en su carcaj. Deja de lado el pasado y se lanza al futuro. El nuestro, dice, debe ser un proyecto de democracia radical. Y explica: una democracia representativa complementada por poderes sociales permanentes en los distintos ámbitos de la vida colectiva. No puedo evitar pensar en Rudi Dutschke y en sus ideas de larga marcha a través de las instituciones, y en la Comuna de París. El primero, una de las mentes más brillantes del movimiento estudiantil alemán, recibió un balazo en la cabeza que lo entregó a una muerte lenta. La segunda fue destazada en una carnicería patriótica por la burguesía francesa que temía mucho más a sus obreros que al káiser Guillermo. "Democracia radical", si no entiendo mal, es una mezcla de democracia representativa y directa. Como diría Octavio Paz: sin entender, comprendo. La idea me gusta, pero no puedo evitar que mis no pocos cables sueltos se me crucen en la cabeza. ¿No se correría el peligro de mezclar parlamento y varios grupos con intereses corporativos? Ya estamos en un mundo que parece encaminado a identidades fracturadas, cada una de las cuales amenaza convertirnos en un zoológico de varias jaulas: las feministas, los no fumadores, los negros, los católicos en países musulmanes, los homosexuales, las minorías étnicas, y todo lo demás que parece moverse hacia un neofeudalismo de razones exclusivas, de pequeñas verdades incomunicadas, de fueros especiales. Tengo la impresión de que la idea del ciudadano, el individuo igualado en derechos y deberes, sigue siendo algo esencial. Y no se me ocurre cómo complementar esta idea, que se me figura irrenunciable, con la necesidad de una participación directa que evite el riesgo de las corporaciones con todo su séquito de clientelas y patriotismos pequeños. La idea de democracia radical me gusta, pero sigo atascado en el cómo. Sólo se me ocurre una fantasía, tal vez anodina: la necesidad de una democracia territorial fortalecida. Y aquí también surge el maldito gusano del cómo. ¿Cómo asegurar participación en los gobiernos locales sin obligar a la gente a una especie de virtud compulsiva que siempre produce ritos y simulaciones? La democracia en la que piensa el Viejo Honorable requiere un ciudadano activo, incluso entusiasta. Y siendo que, a veces, esto no ocurre, la democracia representativa me parece la única red de protección para evitar que el entusiasmo ausente produzca simulaciones autoritarias.

Tal vez para escaparme de la engorrosa tarea de imaginar un futuro deseable, me pregunto si no es hora de dejar de pensar en ingenierías perfectas. ¿Por qué no aceptar que el futuro se hace pedazo a pedazo, sin estaciones terminales, y que la tarea de la izquierda consiste en un aprendizaje continuo en contacto con los mejores elementos de la maduración civil de las sociedades? ¿O será que la mía es la racionalización de una fantasía embotada?

No tengo tiempo para pensarlo. El Gran Arquitecto es el siguiente orador. Su tema es México o, mejor dicho, el mayor partido de la izquierda mexicana. Habla como los buenos profesores, piensa mientras lo hace, hila ideas que confluyen hacia argumentos construidos sin deducciones forzadas. Siento admiración hacia los cerebros estructurados que no exigen a sus oyentes actos de fe. Como disciplinado contador, registro en mi libreta OMNI, de cubierta inevitablemente roja, las ideas que me parecen más interesantes. Primera: el mayor partido de la izquierda mexicana ha heredado del pasado, y sin esfuerzo, una tradición de nacionalismo revolucionario que no es capaz de renovar. Se ha convertido en un partido de denuncia y esto está muy lejos de ser suficiente para gobernar. Esta es la idea, y me resulta natural sentir cierta simpatía. Los mejores comunistas del pasado, pienso, siguen razonando. Persisten en el intento de no quedar entrampados en la palabrería retórica que sacraliza ideas débiles. En la URSS habrían sido fusilados o confinados en algún rincón maloliente de Siberia para depurar el ambiente de sus dudas y dejar el campo libre a los destinos luminosos sobre los que sólo los enemigos de clase podían dudar.

Denunciar no es suficiente para gobernar, dice. Me pregunto si esto no se aplica a gran parte de la izquierda latinoamericana. Tengo a menudo la impresión de que, en estas partes del mundo, la ética sustituye demasiado fácilmente a las ideas de gobierno de la realidad. En situaciones de tanto desgarramiento social, de tanta miseria, la ética absuelve la falta de proyectos que sean históricamente viables. Como si las buenas intenciones y el amor hacia los excluidos fueran suficientes. El Gran Arquitecto acaba de decir, en sus palabras y pensando en su país, que así no es. Estoy de acuerdo pero me asalta (¿asalta?) una duda: si, como la historia de una parte de Europa central reveló, no fue fácil construir un futuro socialista en países con industrias que funcionaban, administradores públicos más o menos weberianos, con espíritus ciudadanos enraizados en la población y con tradiciones de disciplina, de cultura de trabajo, de ahorro y de frugalidad; constituye una de las empresas más humanamente desesperantes tener en América Latina, o en otras regiones en desarrollo, ideas que desde la izquierda permitan establecer estos cimientos para dar el salto hacia formas más avanzadas de democracia y de solidaridad social. Ser de izquierda es hoy una empresa titánica, pero ser de izquierda en el subdesarrollo es empresa francamente monstruosa. La denuncia de las injusticias establece demasiado fácilmente un puente con mesianismos más o menos populistas. El Gran Arquitecto tiene razón, y tiene razón en apesadumbrarse, pero no sé si tiene plena conciencia de lo que cuesta tener ideas para gobiernos que construyan, en estas partes del mundo y, al mismo tiempo, democracia y bienestar. Tenemos todo en contra, lo cual no es ninguna piadosa justificación de nuestra impotencia, es el registro crudo de las dificultades que la historia nos pone enfrente. Para usar el lenguaje de los viejos tiempos: las condiciones objetivas son adversas, y las subjetivas, también.

Pero hay una segunda idea que mi libreta registra meticulosamente: frente a una izquierda nacional que mira tercamente al pasado, hay que reconocer que, sin ideas nuevas, estamos derrotados. Tenemos que recomenzar desde cero. Estoy absoluta, contundente e incondicionalmente de acuerdo. Después de lo cual me entra en el cuerpo una vaga mortificación: Estamos en un círculo vicioso. Necesitamos ideas y, sin embargo, estamos enclaustrados en un universo izquierdista que cree que la política es un ejercicio a medio camino entre la ética, que todo absuelve, y un estricto problema de movilizaciones populares y de relaciones de fuerza. Hay algo que está endiabladamente difícil meternos en la cabeza: una izquierda capaz de mover el mundo en una dirección que suponga más democracia y más justicia necesita, antes que cualquier otra cosa, ganar (o, por lo menos, no perder) la batalla cultural. Otra vez, las ideas nuevas gloriosamente ausentes.

Con los límites que tuvieron, Marx, Lenin, Rosa, Trotsky, Gramsci, Fanon, Bukharin, Senghor, Mao, Nehru, Mariátegui, no fueron agitadores de masas, eran, fueron antes que nada, intelectuales e intelectuales de punta en su momento y en su contexto. Será una dolorosa necesidad, pero normalmente las ideas las tienen los intelectuales y vivimos en una parte del mundo donde, a veces con sobradas razones, la izquierda siente una profunda desconfianza hacia ese género de individuos. Como si pudieran ser, a lo sumo, una especie de adorno necesario para dar algún paramento curial a lo que ya se sabe y se decidió. Y sin embargo, pienso, al adversario se le gana obligándolo a medirse con una cultura progresista capaz de imponerle su agenda. Con la ética nos salvaremos el alma, pero nada más. Los cuerpos seguirán deformes y hambrientos.

Me gustaría tener tiempo para pensar en este tema, el de las relaciones infelices entre intelectuales y partidos de izquierda en Latinoamérica, pero no lo tengo. El Gran Arquitecto terminó y, en el uso de la palabra, lo sustituye El Iluminado. De un solo golpe ¡cuán pluralista es esta izquierda!, pasamos del terreno laico al religioso. Religioso no por la fe en Dios, sino por la fe a secas. El Iluminado comienza a hablar del levantamiento armado indígena como la luz que alumbra nuestra oscuridad de izquierdistas fatigados. Es un corpulento gigante blanco. Pocas, si es que algunas, gotas de sangre indígena, le deben correr por las venas. Y tal vez por eso, o quién sabe por cuáles otras conjunciones astrales o ideológicas, se erige en ideólogo, o como se diga, del mundo indígena sublevado. Y en rápida secuencia, hilvana un tejido de bienintencionados actos de fe que, por desgracia, no me asombra. Primero: los indígenas son una fuerza de resistencia a la globalización. Yo, que ya no tengo alas para los vuelos pindáricos, me limito a pensar, para mis más soterrados adentros, que los indígenas son el último peldaño, explotado inmisericordemente, expulsado de sus tierras, despreciado y envilecido por un mundo que no termina de ser moderno y que, para acabarla de amolar, no los integra a sus escasos logros y a sus muchos problemas irresueltos. ¿La tarea no es exactamente la contraria? ¿Integrar a la globalización un universo cultural que ha sido históricamente marginado? Pero, tal vez, soy yo que ya no entiendo nada y mi condición de ex europeo me distorsiona la percepción del mundo. ¿Contra la globalización? Menos mal que ya no estamos en el pasado, si no la palabra de orden sería contra la industrialización y a favor de la belleza gandhiana de la rueca manual. Mientras el desconsuelo comienza a hacer mella en mi artillado optimismo –del cual La Feminista me acusará en varias ocasiones durante la Reunión– escucho esto: y no me detengo a ilustrar la visión del neoliberalismo como Cuarta Guerra Mundial. No puedo evitar pensar en mi despiste de intelectual izquierdoso que, por vivir en los circuitos universitarios, me perdí incluso la tercera.

El tono reposado del expositor discrepa brutalmente de las certezas que la voz enuncia. Me siento como un budista en pleno Ramadam. No alcanzo a percibir el encanto, ni mucho menos la novedad, de lo que El Iluminado propone con confiada firmeza. Y, como era de imaginar, caemos otra vez en la ética. Estamos frente a una propuesta de política ética (no entiendo por qué no habla de Revolución Ética, ya entrados en gastos...) que, en su opinión, tiene tres vertientes.

Una es mandar obedeciendo. Pienso en Aristóteles y me cuesta digerir esto como novedad. La otra es el rechazo a tomar el poder, y aquí se me quita un peso de encima. Y la última es el rechazo a ser vanguardia, y esto también me crea un conflicto. Alguien que no quiere ser vanguardia ¿se recluye armado en las montañas? Pero la idea central es formulada cristalinamente: el mundo indígena ha sentado las bases para la refundación de la izquierda. Y es obvio que el orador no habla de México, sino del mundo.

Estoy viejo para esto. Estoy cansado de iluminaciones. No me cabe la menor duda que, incluso en esa sarta de ingenuidades bienintencionadas, debe esconderse algún núcleo de verdad que se me escapa. Pero no alcanzo a encontrarlo. Los indígenas latinoamericanos son un escupitajo en la cara de ese extremo Occidente que aplicó con ellos una política de exterminio condimentada, de vez en cuando, con remordimientos que nunca remediaron las cosas. Pero, para bien y para mal, yo soy hombre de Occidente y no puedo participar en los entusiasmos que suponen que los males de nuestras achacosas democracias puedan curarse con inyecciones de comunitarismo ancestral. El respeto hacia culturas brutalmente derrotadas por gente de un color de piel como el mío, no va tan lejos como para hacerme creer que de ahí pueda venir la redención ni de la izquierda ni de Occidente. Esta es una parte del mundo, no es el mundo. A pesar de mis desconciertos de hombre de izquierda vapuleado por los inclementes ventarrones seculares, no estoy disponible para pasar de una iluminación a otra. Bastante me costó la anterior. Mis reservas de candidez se han agotado.

Pero ¿de qué me quejo? ¿No vine a Puebla para tomar el pulso, para entender lo que se mueve en el cuerpo intelectual de una de las izquierdas de este subcontinente? Bueno, ahí lo tengo. Muchas almas. Algunas que miran hacia delante y otra hacia atrás. Pero las certezas redentoras me cansan. Estamos en Puebla, a final de cuentas. En una ciudad que se fundó como utopía de franciscanos que quisieron edificar un mundo mejor, de colonos y no de hacendados, de indios libres y no sujetos a la encomienda. Un mundo que, según Motolinía, debía ir hacia su autonomía frente a España, nombrando sus propios dirigentes, y teniendo con España un vínculo que tal vez podría decirse, en lenguaje moderno, federal. Este sueño, no libre de culpas, fue derrotado. Puebla es, como dijo alguien: un experimento social fallido. ¿Hay mejor lugar que éste para una reunión de intelectuales de izquierda?

Y, sin embargo, de pronto me siento cansado; el pluralismo me agobia. Quizás por eso mi libreta de apuntes está menos poblada en las páginas siguientes. La ponencia que sigue es el resumen de una investigación universitaria. En mis notas encuentro frases como éstas: aumento del abstencionismo, alternancia de arrepentimientos, proliferación de las ONG y de grupos guerrilleros. Pero hay algo que me llama la atención entre las doctas palabras que ilustran los hallazgos de la investigación universitaria: la vía electoral no ha mejorado las condiciones de vida de la población. Y de golpe, me traslado de las iluminaciones indígenas a delirios más conocidos. ¿"Vía electoral"? ¿Cuáles otras formas hemos pergeñado, no como izquierda, sino como humanidad, para un gobierno democrático? ¿O es que la democracia sigue siendo un valor burgués?

El otro ponente tiene la misma cara de Lenin. Me dedico a registrar en mi libreta las expresiones litúrgicas que salpican su discurso: correlación de fuerzas, variantes nacionales, cambio de paradigma, mecanismos de legitimación, grupo parasitario, reacomodo de fuerzas, hegemonía total(?), bases de sustentación, lógica de poder, proyecto de nación, permanencia de viejas estructuras. Mi cabeza comienza a irse por otros lados. Echo una mirada a La Feminista delante de mí que está descaradamente concentrada en la lectura de una revista que, mujer sabia, trajo consigo. Me siento pusilánime. No sería capaz de tanta muestra pública de fastidio. ¿Cuándo comenzaremos a cambiar el lenguaje? Me desdigo de lo que antes afirmé: comienzo a sospechar, con el clásico ya mencionado, que la forma es fondo. Si uno tiene la cabeza amueblada con ciertas palabras no es muy asombroso que con estos ladrillos se construya sólo un tipo de casa. Que, por cierto, a menos que yo no entienda nada, acaba de derrumbarse miserablemente. Sin renovación de los ladrillos de viejas frases, corremos el riesgo de que la izquierda se convierta en el universo indígena del siglo XXI. Una marginalidad desesperante; una verdad antigua que ya no tiene lugar en la historia.

Pero el Pasionario Académico apenas comienza. Se refiere al mayor partido de esta izquierda mexicana realmente existente que, obviamente, es todo menos un modelo ejemplar, de esta manera: el partido es ya parte del gobierno, un partido funcional para los intereses del neoliberalismo, como los partidos socialdemócratas europeos. Literal. Doble salto mortal sin red. La izquierda es él; todos los demás, o casi, somos parte de una conspiración neoliberal. Nuestra única, precaria salvación es la irremediable estupidez que nos impide ver la verdad que está ahí, obvia, frente a nuestros ojos ciegos. Miro a La Feminista. Ella también me mira. No necesitamos palabras. Somos imágenes vivas del desconsuelo. Pero estamos todavía en los prolegómenos. Sigue: frente a las luchas de los indígenas y los estudiantes, los artistas y los intelectuales se han aislado. La sociedad civil le ha fallado a los estudiantes y a los indígenas. La izquierda ayuda a Rectoría. Y aunque yo no tenga nada que ver ni con la Rectoría, que obviamente es el imperio del mal, ni con los estudiantes en huelga en la Máxima Casa de Estudios, de pronto me siento como Kautsky votando los créditos de guerra en el Reichstag. Ya sólo tomo notas por un estricto espíritu masoquista.

En la que fue mi tierra, el extremismo era un rasgo propio, no de los obreros ni del amplio universo social vinculado al viejo Partido Comunista. Era característico de los desclasados, de los individuos que no conocían la disciplina partidaria, de los desesperados en busca de milagros. En mi nueva tierra, descubro con azoro que toca a algunos miembros de una intelectualidad que por sus propios fueros debería estar vacunada frente a simplificaciones tan... tan no sé qué.

La primera parte del primer acto ha concluido. El moderador de la mesa resume lo que le parece emblemático de la situación actual de la izquierda. Y dice: como izquierda hemos perdido la esperanza. A mí comienza a perdérseme.

*

La discusión comienza acto seguido. Inaugura un profesor (¡otro!) y se refiere al Viejo Honorable que, en algún momento de su exposición, mencionó la igualdad de oportunidades. Este es tema, dice, que pertenece a la tradición liberal y no a la izquierda. Y comienzan a volar apellidos ilustres. Giddens y Rawls. Y aquí me atasco otra vez. ¿Pero de dónde vendrá esta voluntad de pureza, esa necesidad de fronteras seguras? Sólo se me ocurre una hipótesis. A muchos intelectuales les cuestan todas las fatigas de Hércules reconocer que la estrella de la izquierda explotó en mil pedazos en las ultimas décadas y que ahora nos toca recomponer sus distintos fragmentos tratando de reconocer los elementos de verdad que pertenecen a otras tradiciones de pensamiento. El instinto de cultivar una huerta exclusiva, donde mis rosas son las mejores, en su impoluta belleza, sigue vivito y coleando. Seguimos creyendo que, en la tradición de la izquierda, se encierra el mundo de todas, o casi, las posibles verdades. Como si estuviéramos encerrados en una biblioteca de Alejandría que fija en sus polvorientos manuscritos todo lo que merece ser pensado. No digo que esto no fuera atractivo en un mundo en que aún era lícito pensar en la reforma de los regímenes del socialismo real, pero cuando el socialismo real cayó en pedazos, junto con los nacionalismos revolucionarios de tantos países de reciente independencia y con las ensoñaciones guerrilleras de otros tiempos, cuando la cultura socialdemócrata registra tantas dificultades para dar respuestas aceptables a millones de excluidos y a sociedades encerradas en una hosca desesperanza, ¿no habrá llegado el momento de mirar alrededor, de renovar lo que pueda renovarse y encaminarse a una refundación cultural que sea capaz de recoger razones plurales que no pertenecen a nuestra huerta, devastada por los huracanes seculares? Decir: esto no es de izquierda, esto sí lo es, con la contundencia de quien sabe todo desde siempre, me parece un acto similar al embellecimiento del suicidio que hace de la derrota una elevación mística consoladora y, culturalmente, conservadora. Un rechazo a entender los tiempos.

El profesor, con una precisión clasificadora de entomólogo, acaba de recortar el territorio en fronteras que a él deben resultarle luminosamente claras. A mí, que cargo unas confusiones horribles, esta claridad me resulta extraña. La igualdad de oportunidades significó en la Inglaterra de ya muchas décadas atrás, impuestos de sucesión casi confiscatorios: una forma de volver a igualar el terreno después de las fragmentaciones que cada generación produce en su seno. Es obvio que la igualdad de oportunidades no significa igualdad real en la sociedad, pero es igualmente obvio que, sin el reconocimiento de derechos mínimos que no sean exclusivamente formales y que les sean garantizados a todos, la igualdad se reduce a un reparto de riqueza que, si bien esencial, no puede ser la única palanca para evitar segmentaciones que convertirían a la democracia en un teatro de formas. Siendo que estamos en vena de nombres ilustres, pienso en Christopher Lasch. Yo también tengo mi corazoncito, como se dice en México.

Con mi asombro, la intervención que sigue (otro profe de antiguas simpatías trotskistas) pone el dedo en la llaga: la vieja izquierda adolecía de purismos ideológicos. Y si lo dice él estoy obligado a creerle. No puedo dejar de pensar que cuando biografía e historia se mezclan, cualquier acto de conciencia o es doloroso o no es un acto de conciencia. Mientras tanto, mi entumecido corazón vuelve a calentarse. Partíamos, sigue el antiguo trotskista, de la idea y llegábamos a la realidad. Ahora tenemos que recorrer el mismo camino, pero al revés. Y cuando ya estoy degustando miel sobre hojuelas, sigue con algo que no entiendo: la sociedad civil es un concepto abstracto como idea y como realidad. No sé si sociedad civil es un concepto abstracto, aunque me resulta difícil imaginar un concepto que no lo sea. Sobre lo que no me cabe la menor duda es que, en gran parte de la realidad contemporánea, es un archipiélago de necesidades comunes y diferentes que vaga en medio de realidades colectivas que, en parte, son producto de su capacidad de mejorar la respirabilidad de la vida y, en parte, un teatro de espejos en el que lo real es vagamente extraño. Como si la suma de las voluntades de individuos y grupos produjera un resultado colectivo que a nadie puede realmente satisfacer; una especie de Dios de intenciones incomprensibles. Pero concepto abstracto o no, ése es el mar en el que una izquierda que no quiera volverse una divinidad trivial, un grillo parlante al margen de la historia, debe moverse para reencontrarse y reconstruirse. No acabo de entender de dónde viene esa fría displicencia hacia la sociedad civil de parte de alguien que acaba de informarnos que hay que volver a la realidad para reconstruir conceptos envejecidos.

Siguen las intervenciones. Por aquí y por allá pesco al vuelo frases que capturan mi interés. Una me parece notable, aunque no estoy seguro de entenderla: el pensamiento confuso tiende al totalitarismo. Me gusta, aunque no estoy seguro de entender qué significa. Lo normal, se me ocurre, es lo contrario, pero tal vez sea un problema de geografía. Me explico. En Europa Oriental, el totalitarismo fue producto, no de un pensamiento confuso, sino de certezas blindadas. La confusión vino después, en el intento de homologar una ideología redentora con una realidad que se resistía a ser su disciplinada confirmación. Sin embargo, el aforismo tal vez sea cierto en América Latina, donde la mezcla de nacionalismo, lenguaje revolucionario y mesianismos varios produce a cada rato ensaladas de todo y lo contrario de todo con una clara proclividad al autoritarismo, desde Santa Anna a Perón, pasando por Getulio Vargas y hasta ese Demóstenes contemporáneo que responde al nombre de Hugo Chávez. El pensamiento confuso tiende al totalitarismo: hay que pensarlo.

La sesión está a punto de concluir. Necesito señalar un avance respecto a una arraigada tradición. No hubo ni gritos ni sombrerazos. Las ideas son varias, y a veces confusas, pero en algo hemos avanzados: hasta ahora no hubo ni insultos ni descalabrados. No es poca cosa.

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Concluye el primer acto y ahora los ponentes iniciales replican. El Viejo Honorable se entretiene en ejercicios ecuménicos que no me convencen. Que sean ecuménicos los políticos cuya tarea, a final de cuentas, es construir consensos que hagan socialmente viables sus proyectos. Un intelectual necesita enfrentar sin miramientos los problemas y las disyuntivas que sus reflexiones le indican. Muchas cosas hay que no tienen soluciones discursivas o que no las tienen en determinados contextos o en ciertos tiempos. Señalarlas, incluso brutalmente, es la tarea del intelectual, que sólo puede tener ambiciones diplomáticas renunciando a su función de elefante en cristalería, que es lo que más nobleza le da. Pero, entre uno y otro equilibrismo, el Viejo Honorable señala algo importante, la necesaria revaloración del liberalismo político. Trago amargo para una izquierda que creía haber encontrado en la planificación centralizada la clave del bienestar y en la dictadura del proletariado la clave transitoria de la disolución del Estado. Revalorar el liberalismo político es una saludable corrección de rumbo, pese a los liberalismos reales que andan sueltos en gran parte del planeta como botafumeiros de la catedral de Burgos que desparraman los humos de ritualismos cansados. Pero desde ahí, hay que volver a razonar. De acuerdo.

Casi no termina de hablar y El Iluminado recita la fórmula ritual: la izquierda mexicana se ha encerrado en el cretinismo parlamentario. No acierto a distinguir el sujeto del predicado. ¿Dónde está el mal? ¿En el cretinismo o en lo parlamentario? De cualquier manera no entiendo por qué lo primero debería ser una condena de lo segundo. Vuelvo a la banalidad: si hay formas de cretinismo parlamentario, habría que eliminar el cretinismo y no el Parlamento. Hay también cretinismo académico y me resultaría curioso que se decidiera el cierre de las universidades. Pero El Iluminado complementa el primer cañonazo con un segundo: el mayor partido de la izquierda de este país, en su lógica electorera (hago notar, electorera, no electoral) no da respuestas a cuarenta millones de pobres que andan por ahí en el milagro diario de conservar alma y cuerpo juntos. Seguimos a la busca de milagros, como si las formas políticas fueran respuestas inmediatas a todos los problemas. Evidentemente permanece en los socavones de una izquierda que rehúsa vivir el presente, la confianza en que existen mejores mecanismos que las elecciones para definir la voluntad colectiva. Me limito a preguntarme: ¿cuáles? La impaciencia y el pensamiento confuso (ahora sí) son la madre y el padre del extremismo, me digo, sentencioso, cerrando el tema.

Vuelve a tomar la palabra el Gran Arquitecto y dice dos cosas que recogen mi simpatía y mi acostumbrado cúmulo de dudas. Primera: tenemos un vergonzoso pasado de vanguardismo. Segunda: nadie cree que sea hoy posible un socialismo sin mercado. Me quedan sólo dos perplejidades. ¿Cómo hacer que la renuncia al vanguardismo impida que la política se vuelva un ejercicio trivial de venta de generalidades politically correct? ¿Cómo hacer que la política no se desbarranque en el marketing? Tal vez habría que comenzar a reconocer que la política no es todo y que el camarada Mao a veces desvariaba. Será feo decirlo así, pero la política es el arte del descubrimiento cotidiano de lo posible, de ese empuje terco para ir hacia delante sin tensar la cuerda hasta la ruptura y desbarrancarnos en el mesianismo. El vanguardismo será una bestia negra, pero echar la mirada más allá de la tapia es la tarea de quienes ven en el presente varias posibilidades evolutivas. La tarea monstruosamente compleja es encontrar puntos de fusión entre lo posible y lo necesario. Lo voy a decir en la forma peor: ser utopistas y socialdemócratas al mismo tiempo. Sólo me queda una duda: ¿y eso cómo se hace? La otra duda concierne al socialismo de mercado. ¿Cómo encontrar puntos de equilibrio mejores que los actuales entre la solidaridad y la competencia? Me resulta complicado imaginar fórmulas universales. Pero una cosa es obvia, o debería serlo: tanto la solidaridad como la competencia pueden crear miseria y exclusiones si a cada una de ellas se le deja el campo completo. Y hacerlas convivir es tarea endiabladamente compleja. Pero es la tarea. El Gran Arquitecto vuelve a tener razón.

*

La comida fue en el pórtico del patio del hotel. En el siglo XVIII, en el convento que ahora nos hospeda en la forma de un hotel de cinco estrellas, se recorrió el camino al revés. Las monjas fueron conminadas a renunciar a sus celdas, a dormir en dormitorios generales y a comer todas juntas a la misma hora. Antes, cada monja comía según los recursos de sus progenitores. Más o menos como ocurre ahora en las cárceles latinoamericanas donde los narcotraficantes viven como nababs. Pero, volviendo a las monjas, la convivencia obligada tal vez fortaleció el espíritu de cofradía que, es fácil imaginar, tuvo que ser fuente de rencillas y malevolencias. No debe haber peor soledad que la compelida por una cercanía demasiado estrecha con los propios símiles. Encontrar un equilibrio entre público y privado, o entre éstos y una sociabilidad acotada que puede ser un privado ampliado (o un público restringido), seguirá siendo, decreto, un reto abierto de la convivencia humana. A veces, los demás son una carga insoportable, y, a veces, el encierro en uno mismo, en lugar de generar respuestas, alimenta un embrollo caótico de dilemas sin soluciones. Uno se aburre a veces de sí mismo como de los demás: la alternancia es la única forma de evitar la locura. De los individuos y de las sociedades.

Por eso, cuando escucho a alguien hablar de la "toma del poder", me pongo en guardia. Una de las grandes ventajas de la democracia es no tener un punto de equilibrio, un descanso final. El gusto de experimentar es no menor que el otro, el de mandar al diablo a gobiernos y gobernantes que no cumplieron sus promesas o que, simplemente, llegaron a hastiarlo a uno. La luz eterna, para no hablar de la noche eterna, además de la calamidad de lo final, debe ser de un aburrimiento cósmico. Como bien debían saberlo los arcángeles rebeldes. Estamos otra vez sentados alrededor de la gigantesca mesa de mesas. Habla El Economista. Y casi de entrada dice algo que, en otros tiempos, habría desencadenado muestras ruidosas de repudio: la derecha se ha vuelto el partido (latu senso) de las ideas. Y menciona como evidencia a Friedman y a Lucas, dos economistas de las viejas y las nuevas generaciones. Mientras no dejo de registrar mecánicamente otras afirmaciones del susodicho, mi mente se va por su cuenta. No es fácil tener ideas cuando el mundo avanza tan impetuosamente hacia lo nuevo sin dar muestra de necesitarlas. Descompongo la afirmación de El Economista en dos partes. La izquierda está simplemente anonadada frente a una historia que acelera sus ritmos con una vitalidad inesperada. Cuando, todavía hace poco, el capitalismo nos parecía perro muerto. Evidentemente, el anciano está renovando su piel y lo hace con un asombroso ímpetu juvenil. La izquierda se pasó décadas anunciando el derrumbe inminente, la crisis, la descomposición, etcétera y, me parece obvio que, cuando Casandra descubre que nadie le creyó –entre otras cosas porque estaba equivocada, a diferencia del modelo homérico–, entra en un ciclo de desconfianza hacia sus ideas previas, mientras todavía no acumula ideas nuevas. Será el Viagra, la oxigenación de la sangre o sepa Dios cuáles otros remedios químicos salidos de algún laboratorio de estudios gerontológicos, pero asistimos a un renacimiento, cargado de bríos, del capitalismo. Los espíritus animales vuelven a cabalgar la historia. No está mal reconocerlo, para que sepamos a qué clase de bicho proteico nos enfrentamos.

Pero no estoy del todo convencido de que la derecha sea el "partido de las ideas". O, por lo menos, de las ideas nuevas que permitan gobernar el cambio en beneficio de mucha gente que queda al margen de esa nueva, alumbrada e imponente carretera de globalización, innovación tecnológica y demás. La derecha simplemente goza de una renta de posición: cabalga el tigre, reconfirmando que el mercado es la clave del progreso. El siglo XX mantuvo recurrentemente una idea poderosa: el Estado como remedio de las desigualdades y de los repetidos intentos fallidos de suicidio capitalista en nombre de los mercados vistos como un equilibrio natural, o sea inmejorable, más o menos como Newton consideraba a la gravitación universal. Las voces incómodas, desde Rathenau a Keynes, pasando por Lenin, fueron, cuando lo fueron, toleradas con íntimo disgusto. Y ahora, la derecha descubre que siempre tuvo razón. Una revancha póstuma; un disolverse de los fantasmas que molestaban sus sueños. Un liberarse de los complejos: la globalización como una especie de Sigmund Freud que cura las inseguridades acumuladas de una burguesía que ya sentía crujidos amenazadores en la azotea. Y ahora tenemos una derecha progresista, que mira al futuro con un entusiasmo juvenil. La historia está de su lado. Parecería. Pero ¿"partido de las ideas"? Lo dudo.

Ha llegado el turno del Político Malogrado. Con la precisión de quien no quiere que las aguas se mezclen y exige que cada cosa ocupe su lugar, declara que liberalismo y democracia son troncos separados. Quizá tenga razón, mientras apoya sus argumentos con nombres ilustres (Kant, Locke, Constant), pero experimento cierta incomodidad. Que los profesores tengamos que simplificar el mundo es nuestra fuerza y debilidad, pero el exceso de contundencia me produce siempre cierto recelo. Obviamente, son troncos separados, pero si queda espacio para una metáfora más, lo ocuparé diciendo que pertenecen a un bosque de contagios múltiples. Me vienen a la mente algunos nombres ilustres que ahorraré mencionar. El liberalismo, tal vez, sea algo más que el cajón en que se encierran los teóricos del individualismo, los mercados desregulados y el libre comercio. Pero el Político Malogrado sigue: la izquierda mexicana nunca fue la abanderada de la democracia en este país. El nunca otra vez me inquieta, aunque sea un saludable recordatorio pedagógico. Y termina apodícticamente como comenzó y sigue: cuando la izquierda no entiende el futuro, defiende el pasado y se acerca a su derrota. Pienso en los ludidas y me cuesta no estar de acuerdo.

Toca el turno en el uso (¿uso?) de la palabra a La Feminista. Comienza citando al Patriarca Heterodoxo de la cultura mexicana que, por cierto, incluido en la lista de los participantes, no hizo su anhelada aparición. Me dicen que no maneja y que los traslados le implican siempre engorrosas coordinaciones que, como precepta la ley de Murphy, casi nunca funcionan. El susodicho Patriarca Heterodoxo tiene un gusto especial por las sentencias ocurrentes, pero, en este caso, la cita de La Feminista es contundente: la batalla política sin batalla cultural está perdida. Santa verdad. Y de pronto salimos del territorio consagrado de la política para penetrar en las comarcas en las cuales la izquierda ha acumulado, para decirlo con benevolencia, un retardo monumental. Evidentemente, no es fácil pasar del proletariado, efigie de virtud revolucionaria, al reconocimiento de la sociedad y de sus complejidades individuales. Sin embargo, la antigua confianza –la Revolución como pedagogía transformadora–, que con la explotación, libera a los seres humanos de miedos y prejuicios, es ya una ingenuidad impresentable.

La Feminista, con su cabello blancorrubio cuidadosamente desordenado, sus rasgos finos y esos anteojos de carey que se quita y se pone con una coquetería tal vez inconsciente, no corresponde al estereotipo que tengo clavado en la cabeza: la feminista embravecida que, para salirse del rol impuesto, se erige en juez severo de miles de años de opresión masculina. Que Clitemnestra tuviera un carácter apacible, con el marido y el hijo que le tocaron en suerte, honestamente es mucho pedir. Abro un paréntesis: confieso que, frente a las mujeres, siempre me siento en situación de inferioridad. Y prefiero no saber si es por un retraimiento melindroso, por algún enterrado sentido de culpa o por la envidia hacia una fortaleza interior que sospecho en ellas y que sé no tener. Interrumpo las elucubraciones y escucho.

Critica la política de las identidades construidas sobre papeles sociales, preferencias sexuales o lo que sea. Este camino, dice, lleva a dos direcciones indeseables: el corporativismo y el victimismo. Se enfrasca en aclarar los linderos conceptuales entre diferencia sexual y género. Creo entender que, mientras la primera remite a una dimensión psicoanalítica, la segunda se refiere a diferencias sociales construidas. No entiendo dónde queda la biología. Para decirlo con Fromm: no es lo mismo penetrar que ser penetrados. La biología no será destino, pero lo enmarca encauzando sus formas. ¿Determinismo machista? Tal vez. Sigue con una afirmación que de política no tiene nada y que, sin embargo, me atrapa: no hay identidades monolíticas, las identidades son siempre fracturadas. Otra de estas afirmaciones elípticas que me estimulan varias posibles lecturas. Las identidades son exclusiones. Primera lectura. Las identidades son complejas y nunca una caleta de aguas mansas. Segunda lectura. Las identidades son renuncias que consuelan y conflictúan, que encierran y liberan. Tercera lectura. Cita a Derrida y a Bourdieu y sigue con una afirmación que me parece una verdad bíblica y que transita de lo psicoanalítico a lo político: el consenso no elimina el conflicto. La vida, individual y colectiva, es una renegociación permanente.

Establece un puente entre psicología y política y, por desgracia, es una afirmación que sólo podía venir del universo feminista, de una cultura que reflexiona a partir de siglos de exclusión. Frente a las simplificaciones que a menudo alimentan una idea de política enferma y de sociedades civiles virtuosas, sostiene: hay órdenes sociales excluyentes aun sin que la política se encargue de producirlos. Recordatorio de una obviedad que la izquierda pierde a menudo: que la política no es todo y que el mundo no se agota en la voluntad. Si así fuera, los hombres seríamos dioses, gloso. Si Minerva es la sociedad, una cosa es segura: no nació de la cabeza de Júpiter. La izquierda sólo puede ser una parte de ese intento de revelar las exclusiones extrapolíticas, una forma para insistir sobre nuestros límites colectivos que en cada cultura suelen otorgarse un pasaporte de naturaleza: de eternidad autocomplacida que es resistencia a reconocer que, con Freud, se ha borrado la línea segura que separaba la salud de la enfermedad, se ha desvanecido la posibilidad del consuelo final. Una política que haga cultura, vuelve La Feminista, debe reconocer las conexiones entre lo psíquico y lo social, entre lo público y lo privado. Y termina con un recordatorio poco halagüeño: la izquierda ha optado por olvidar estos temas.

Me siento algo agobiado. Hay verdades que abren territorios tan amplios que la agorafobia es casi una reacción de autodefensa. La política es entusiasmo colectivo, cuando lo es, y sin embargo, reconocer la masa monstruosa tanto de sus límites como de los de la especie, me envuelve en dubitaciones sobre el sentido mismo del quehacer político. Afortunadamente no es ésta –la política– mi tarea, ni mi aspiración. Pero eso tampoco es un consuelo. El feminismo es verdaderamente femenino, pienso, aunque La Feminista aquí, probablemente, me agarraría a bofetadas: reconocimiento de la existencia de tiempos largos. Los latinos decían que el arte es largo y la vida breve. Me temo que también sea cierto lo contrario. Intento quitar de mis espaldas el desconsuelo de la conciencia de los tiempos largos que convierten la política en algo similar a la pretensión de una hormiga de construir la catedral de Chartres. Me concentro en la siguiente intervención.

Habla el Historiador Bermejo. No debe de tener más de cuarenta años, tal vez menos. Tiene una cara abierta y una barba rojiza que recorta con diligencia. Es hijo del Gran Arquitecto y, como el padre, razona mientras habla; la diferencia respecto al molde genético es que lo hace con vehemencia. Debe ser el aporte materno, pienso. Siente la necesidad de convencer y argumenta sin preocuparse mucho por presentar sus argumentos con cautela, como envueltos en papel de regalo. El suyo es un discurrir cerrado, sin concesiones. Me resulta simpático. En los diez minutos que le tocan es capaz de meter una cantidad asombrosa de reflexiones. La primera es la desmemoria: hemos pasado del marxismo al nacionalismo revolucionario sin que nadie se molestara en explicar por qué o cómo. Moraleja: somos una izquierda amnésica. La segunda es que la historia de México ha tenido un poco de todo, pero principalmente revueltas agrarias y populismo, y ninguno de los dos fue capaz de construir la supremacía de la ley. La tercera: la socialdemocracia europea parte de algo que es cimiento firme para cualquier proyecto de humanización de la vida: instituciones confiables. Esta es la tarea que aún nos falta cumplir. Y es un prius ineludible, complemento yo, con mis borrosos recuerdos de un latín que contribuyó no poco a amargarme la adolescencia y que, como remoción, olvidé. La cuarta: o la izquierda es constructora de democracia o no va a ninguna parte. Y la última, que mi disciplinada libreta (roja) registra: mientras el siglo está a punto de terminar, la izquierda no tiene alternativas al capitalismo. En síntesis: todo un programa político en diez minutos. Estoy asombrado y me resulta difícil encontrar algo en lo que no esté de acuerdo.

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La discusión comienza de inmediato. Un profesor (estoy rodeado de profesores: justo castigo por haber escogido este oficio) nos recuerda que la línea divisoria entre el liberalismo y la izquierda está en las prioridades entre dos objetivos complementarios: libertad e igualdad. Bien, me digo en el encierro de mi quisquillosa cabeza, ha llegado la hora de que la izquierda subsuma (¡cuántos recuerdos librescos!) en su cultura los valores de la libertad y busque mejores equilibrios entre ella y la igualdad. Y apenas lo pienso, silencio de inmediato mi mente por mi incapacidad de establecer alguna fórmula que sea apenas proponible. Sólo se me ocurre que la igualdad misma necesita ser repensada a menos que queramos meter a la humanidad en un lecho de Procrustes, donde se cortan los pies a quienes son demasiado altos o se estiran los huesos de demasiado pequeños.

Toma (¿toma?) la palabra un historiador que también fue dirigente político en un estado del norte del país. Me dicen que escribió un libro notable sobre las luchas de los apaches hacia fines del siglo XIX. Apunto que tendré que buscarlo. Él también tiene el problema de las identidades deseadas de la izquierda y establece tres coordenadas negativas de lo que la izquierda no debe ser: caudillista, fundamentalista, tolerante hacia cualquier forma de poder que no esté legitimada a través de elecciones. Siento alivio.

Le sigue El Iluminado que, con la mejor y descarriada buena fe, dice un disparate: en Italia, la izquierda se repiensa a sí misma desde la óptica de la sublevación indígena mexicana. Miro a mi alrededor buscando señales de asombro. Nada. Insisto, los mexicanos tienen a menudo una vocación sorprendente para la imperturbabilidad. No alcanzo a enojarme. Yo también me estoy volviendo imperturbable. La izquierda italiana hizo en 19.... una operación cultural dolorosa que le impidió ver convertido a su mayor partido en un grupúsculo con el cinco por ciento de los votos: emanciparse de su añeja identidad comunista. Y, obviamente, no fue fácil en un país en el que el comunismo fue por más de medio siglo una fe de raíces populares profundas. La alternativa era convertir una fuerza social determinante para el equilibrio del país en una especie de grillo parlante, anunciador de milagros. Y virtuosamente minoritario. Quedaron, como era inevitable, residuos de nostalgia: Refundación Comunista, por ejemplo, que quiso continuar el camino intentando la renovación de un recorrido concluido. Rescatar las buenas intenciones originales debajo de una masa de escombros puede ser un empeño admirable por la buena fe y la voluntad de coherencia. Salvo correr el riesgo de que la coherencia se convierta en una especie de losa mortuoria. El comunismo es un recorrido llegado al final: una primavera que, sin pasar por el verano, se transformó en invierno. Demasiadas muertes innecesarias, demasiada retórica, demasiados desvaríos carismáticos, demasiada pobreza y demasiada incapacidad para entender los tiempos del mundo. En cambio, esa izquierda que supo apurar el trago amargo de emancipación de una ideología monolítica es hoy, a pesar de sus indecisiones y sus experimentalismos, la única barrera a una cultura conservadora que tiene en Berlusconi su mesías empresarial. Estoy lejos de creer que todo lo que proviene de las montañas del sur de México sea irrelevante, pero decir que desde ahí se repiensan los dilemas de la izquierda italiana me parece una necedad cargada de una virginal simpleza. Que Dios bendiga a (y nos proteja de) los redentores ingenuos.

Alguien toca un punto sensible: el mayor partido de la izquierda mexicana no enfrenta el tema del derecho al aborto por temor a perder votos. Me quedo pensando que sería maravilloso que los tiempos de la cultura y los de la política coincidieran. Por desgracia no es así, y aunque creo que las dos galaxias deberían vivir más cerca, el ejemplo ilustra una dificultad real. Los partidos necesitan vivir en el territorio intermedio de lo que somos los seres humanos y lo que deberíamos ser. Nadie salva el alma en la política. No quiero justificar, me limito a señalar una dificultad real.

Habla ahora el Profesor Mediático. Es persona menuda y de hablar afable. Debe de tener pocos años más que yo. Me gusta su primera imagen: en las redes mundiales del poder, David ya no sabe dónde está Goliath. Se me ocurren Foucault y La Feminista. Vivir en sociedad significa siempre estar penetrados por las razones del poder. Reformarlo es reformarse. Pero, tal vez, el Profesor Mediático quiere decir otra cosa: la palabra clave es redes de poder. Y tal vez quiera decir dos cosas: la globalización altera los espacios de poder tradicionales armados alrededor del Dios laico de la modernidad, el Estado nacional. Y además, el poder deja de ser algo externo a la sociedad para volverse concreción de prácticas de vida colectiva en la que se manifiestan los límites de nuestra capacidad para imaginar otra cosa. El poder se ha vuelto difuso a escala mundial y en cada una de las cabezas.

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Las réplicas doctorales comienzan en cuanto la gente regresa del providencial intermedio que les permitió ir al baño, fumar y compartir en pequeños corrillos gustos y disgustos. Ya es casi de noche, y descubro con asombro que no estoy cansado. Ha sido un largo día, pero no me he aburrido. Mis congéneres a veces me hastían, a veces me ilustran y otras, me producen un mortal desconsuelo. Es difícil no sentir, al mismo tiempo, aprecio y desconfianza hacia miembros de la propia familia. En el balance de la partida doble (o triple o n-ple), estoy satisfecho de haber venido a pesar de la güeva primigenia y me predispongo a abrir nuevamente mi libreta para registrar lo bueno, lo malo y todo lo contrario.

El Economista dice algo que es tan obvio como esencial: la globalización es un proceso objetivo y no un sinónimo de neoliberalismo. Cita a Krugman y se augura un retorno al keynesianismo. Tal vez sea ésta la fórmula, tal vez no. Pero lo importante es que se ponga el problema.

La Feminista declara su acuerdo con el Historiador Bermejo e insiste: que la izquierda abandone su silencio sobre lo privado. El Historiador Bermejo no devuelve la deferencia. Debe de haber pasado mucho tiempo en el exterior y tal vez perdió el contacto con las normas de la cortesía mexicana. De las cuales el padre es, sin duda, maestro. Y dice dos cosas dignas de mi puntillosa libreta. La primera es que nos hace falta un Keynes (otra vez) izquierdoso que, al igual que lo hizo el original con sus propios ancestros económicos, revise con severidad el patrimonio del pensamiento y las prácticas de la izquierda del siglo XX. Por telepatía le envío mi concordancia con el augurio de que él sea lo que busca en los demás. Por lo menos, para la izquierda mexicana. La segunda afirmación no es un deseo, sino una fotografía: quien no está en los medios de comunicación no está en la realidad. Me pregunto si no fue siempre así. En los medios o en los papiros apolillados de la biblioteca de Alejandría, del British o de la biblioteca del Congreso.

Consulto mi libreta por una curiosidad de última hora. Quiero hacer una especie de contabilidad onomástica de los nombres citados durante el día. Hela aquí en orden de aparición: Bobbio (dos veces), Giddens(2), Touraine(2), Rawls(2), Smith, Ricardo, Hamilton, List, Friedman, Lucas, Kant, Locke(2), Constant, Monsiváis, Derrida, Bourdieu, Freud, Lacan, Rousseau, Nader, Schmitter, Keynes(3), Huntington, Krugman, Galván. Frente a este Gotha, la lista de los pensadores propiamente marxistas que fueron citados es curiosamente corta: Gramsci, Stalin y, obviamente, Marx (en la formulación de marxismo, marxista, algunas, pero no muchas veces). No tengo la menor idea sobre la representatividad de esta izquierda reunida en Puebla, pero me parece obvio que algo está ocurriendo.

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Bajo al gran patio, que por la mañana es tan hermoso como a cualquier hora del día. El aire es fresco. Abajo de un pórtico está el buffet sobre una larga mesa cubierta por un mantel excesivamente blanco.

Están hablando de la huelga en la Máxima Casa de Estudios. Lleva más de seis meses. Pienso en mis tiempos. ¿En que más puedo pensar? Entonces eran (éramos) jóvenes de clase media frustrada que, en el despertar de la universidad de masas, descubrían la necesidad impelente de enterrar liturgias cansadas que venían del siglo XIX. Una primavera de creatividad, de ganas de humillar festivamente a barones académicos llenos de tics y de obsesiones y que, a menudo, preparaban los exámenes como si fueran desquites de clase. Una manera de exorcizar y quitarse de encima a esa masa aumentada de jóvenes que buscaban un lugar en el mundo y comenzaban a sentir que, tal vez, ese lugar no existía. Teníamos un sano deseo de fastidiar al mundo. En pocos meses, el marxismo estaba virtualmente sepultado como ideología de la revuelta, bajo un enredo monstruosamente vital de nuevos caminos e ingenuidades que no nos llevaban a ninguna parte sin que en realidad hiciera mucha falta. Y naturalmente, cuando el marxismo renació, lo hizo bajo las vestimentas más miserables: un pensamiento confusamente dogmático al servicio de un terrorismo de iluminados, prisioneros de pocos y malos libros. Y que sembraba de cadáveres su búsqueda de una simplicidad esencial que habría aclarado todo y que sólo aclaraba, y confirmaba, las razones de una marginalidad heroica. Cuando el movimiento estudiantil se desinfló, las cabezas pensantes dejaron de hacerlo. Terminó la fiesta callejera, las grandes asambleas donde corrían ideas buscadas con voluptuosidad vital y aparecieron las pequeñas tribus de elegidos. Y todo, como era inevitable y sguramente justo, se fue a la mierda. Una estación había terminado y comenzaba otra en la que el terrorismo sería el acompañamiento fúnebre de derrotas que ya no serían sólo estudiantiles.

Cuando miro a los huelguistas de ahora se me ocurre que todo es distinto. Mis puntos de referencia han sido barridos. Veo pocas ideas, ninguna verdaderamente nueva, y las pocas que veo no son de ellos: son caricaturas del pasado. Simplificaciones burdas que, me temo, apenas son costras de un deseo de suicidio colectivo. No pueden imaginar ningún futuro y artillan un pasado que fue derrotado sin que se enteraran. Están derrotados antes de comenzar la lucha. Sospecho que en la Máxima Casa de Estudios ha habido un progresivo empobrecimiento del origen social y, al mismo tiempo, un cierre de futuros. Y lo que queda ahora es, se me ocurre, no mucho más que desesperanza, ira contenida que se descarga destruyendo el juguete que, un tiempo, fue el trampolín de ascenso social y que ya casi no lo es. Parecería, a veces, que los nuevos estudiantes quisieran convertir la universidad en una especie de asamblea permanente construida sobre una necesidad de congelar el tiempo. El Profesor Mediático lo dijo: David ya no sabe dónde está Goliath. Lo busca y no lo encuentra. Lo que más visible queda es esa universidad que está a punto de convertirse en una desplumada paloma expiatoria. Un acto de desagravio; un escupitajo en una sopa que ya no llena. Me vienen a la mente esos asaltos de masas de desempleados contra los sindicatos italianos en el sur de Italia, hace algunos años. El sindicato se había vuelto el último residuo visible e impotente para corregir lo que lo desbordaba por todos lados; un objetivo sobre el cual descargar la ira en un mundo de difusión de poderes.

Mis compañeros de mesa, por una mezcla de amabilidad y curiosidad, me preguntan qué pienso acerca del tema incandescente de las cuotas. Confieso que no alcanzo a iluminarme con el asunto. No acierto a ver qué tendría de malo que los jóvenes de mayores ingresos contribuyeran al sostenimiento de la universidad. En mis escasamente sofisticadas volutas cerebrales, no veo razones para que el derecho a una buena educación pública tenga que implicar educación gratuita para aquéllos que, sin gran esfuerzo, podrían parcialmente financiarla. Era fácil garantizar la educación gratuita cuando la población universitaria era de pocos miles de individuos. No es lo mismo cuando son centenares de miles. No puedo ver un problema de justicia social en el principio de las no cuotas. ¿No podrían haberse negociado dos cosas y evitar ese rito de irracionalidad principista? Primera: que quedaran exentos de cuotas todos los muchachos con un ingreso familiar inferior a cierta cantidad. Segunda: que se formara una comisión permanente de estudiantes y profesores para decidir el uso de esos recursos: se me ocurre, sobre todo, para becas, apoyo para la compra de libros y comedores decentes. Pero no, la furia sagrada de un principio entregó la Máxima Casa de Estudios a ese tiro de autodestrucción que amenaza convertirla en una Sarajevo académica.

Eso les digo, mientras mis interlocutores me miran como si miraran a un cándido extraterrestre caído del cielo e ignorante de los sofisticados vericuetos de objetivos e intenciones de la vida universitaria. Pero hay algo más que quiero decirles, mientras hago un esfuerzo para refrenar mis inestables humores. El problema no son los estudiantes. Cada generación tiene que inventarse su prueba heroica, necesita ese momento de excitación colectiva para ponerse a prueba, reconstruir la tribu fragmentada, tenerse un poco más de respeto a sí misma y, posiblemente, acelerar la caída de vetustas hojas que afean el panorama. Y aunque me sienta incómodo frente a un movimiento estudiantil en el que sospecho una desesperanza social sin perspectivas y sin ideas, creo que el principal problema son los profesores. Aún recuerdo, no hace mucho, a mi hija que se levantaba antes de la seis, se duchaba como si tuviera el diablo en el cuerpo y salía disparada para tomar colectivos y metro en una ciudad que despertaba de malhumor, para llegar a tiempo a la universidad a la primera clase de ocho u ocho y media. Llegaba ahí y encontraba que el maestro no estaba. No había llegado. Y la experiencia se repetía varias veces a la semana. O, peor aún –suponiendo que sea posible encontrar algo peor que un profesor que trata su responsabilidad con tan asqueroso desaliño–, un profesor que ha dejado de estudiar por años y encarga a los muchachos biografías con un olor inconfundible a la Rumania de los cincuenta. ¿Crisis del pensamiento de izquierda? Viendo los textos que debía estudiar mi hija, a veces se me ocurría preguntarme: ¿crisis? Tal vez, pero ¿pensamiento?

No me resulta difícil imaginar que la universidad no se limite a profesores ausentistas y a otros, atados a ritos envejecidos que no aciertan a renovar, pero mucho me temo que su presencia es suficiente para establecer, sobre todo en algunas facultades y escuelas, un clima mixto de salvación ideológica y de irresponsabilidad a secas. Un camino esplendoroso al desempleo y a la marginación intelectual. Desde lo alto de mi ignorancia, sólo puedo ver tres consecuencias y eso digo a mis compañeros de mesa. La primera: la concentración de la demanda de trabajo en los egresados de las universidades privadas y, cuando la demanda viene del Estado, la conformación de una creciente capa de funcionarios que cargan, con conciencia o sin ella, un irreprimible sentido de superioridad frente al mundo entero que no tuvo bondadosos papás adinerados. De los sueños ideológicos derrotados a las ensoñaciones tecnotrónicas de dirigentes que aún no han hecho todo el daño que pueden. La segunda: el cierre de la universidad pública como instrumento de ascenso social. O sea: un mundo de licenciados públicos con un prestigio social inexistente y con capacidades no muy distintas. La tercera: el deterioro de la universidad pública en su función de irradiadora de cultura viva. ¿Tiene esto algún remedio? No lo sé. Lo que sí sé es que, si no lo tuviera, vamos hacia líos mucho mayores que los actuales. Por desgracia, me digo, la izquierda coquetea condescendiente con esos hijos, en parte suyos, mientras les construye puentes de oro(?) hacia la marginación.

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El tercer acto estaba a punto de iniciar. Como disciplinado seminarista, cada quien toma su lugar. Toca el turno al Economista Postpopulista. Como el Historiador Bermejo, él tampoco siente la necesidad de formular sus pensamientos de manera suave. Su argumentación no se propone reducir poco a poco las distancias de percepción entre las nuevas necesidades y los viejos reflejos. Se pone en el centro de sus ideas y desde ahí (¿un punto de llegada?) revela a los presentes la extendida llanura entre su lugar y la plétora de circunloquios que constituyen los códigos tradicionales de la izquierda. Una pedagogía de la impaciencia frente a un universo de ideas de izquierda que avanza demasiado lentamente. Pero, tal vez, más que un diseño, hay aquí un temperamento. Una impaciencia sin excesivas preocupaciones pedagógicas. La primera afirmación es perentoria: la comunidad no excluye la dominación. Interpreto: el futuro no está dormido en el pasado en espera de que el Príncipe Azul lo despierte. Inclemente, pregunta: ¿qué buscamos, una sociedad justa o una comunitaria? Una izquierda en el poder, más que disruptiva tiene el deber de enfrentarse a disyuntivas complejas que podrían romper las armonías comunitarias míticas que persisten en un estado de semihibernación en una parte importante de la cultura de izquierda.

Está tocando un punto sensible en la piel ideológica de la izquierda. Trato de decirlo con mis palabras. El gran diseño marxiano suponía un retorno desde las fragmentaciones sociales hacia una comunidad restaurada sobre bases nuevas: ya no la tradición como cimiento comunitario sino el empuje colectivo hacia nuevas realizaciones. Comunismo como comunidad moderna. Marx estaba dividido entre una historia real, que debía ser objeto de reflexión científica, y un futuro lejano, cuyo cuidado era entregado a la filosofía, que pretendía haber enterrado. Sin embargo, el gran viejo perdió algo. Cuando la comunidad se restablezca sobre las ruinas de la sociedad de clases, ¿qué impedirá que la sociedad renazca a través de los empujes en diferentes direcciones producto de individuos que buscan dar al futuro distintos significados? Hacer convivir, en la historia, una ciencia del presente y una filosofía del futuro no es tarea muy cómoda, suponiendo que sea posible. El hecho es que persiste en amplios sectores de la izquierda un finalismo donde la última parada es la de la armonía, donde la sociedad vuelve al antiguo cauce de esa comunidad que fue una infancia de la que salimos traumáticamente. El deseo de retorno comunitario no haría mucho daño si sólo fuera una necesidad de consuelo. El problema es que esa imagen de salvación laica produce en el presente lecturas deformadas, mitos de consonancia y deseos de unanimidad que, desde la ideología, transforman a las personas reales en actores griegos con máscara y alimenta una búsqueda de ingeniería social perfecta y final. Frente a este reflejo antiguo, un clásico del movimiento estudiantil italiano decía, con el desparpajo con que a veces es necesario decir las verdades necesarias: tenemos que acostumbrarnos a vivir en el temblor. O sea, en la sociedad. O sea, en un universo de conflictos sin fin. Ahí la izquierda está obligada a reinventarse cada día para construir y reconstruir convergencias, para decidir qué rescatar y qué enterrar del pasado, como una incansable Penélope que teje su tela en un mundo de intereses que cambian de piel y crean necesidades y problemas nuevos que imponen respuesta inéditas. Sería consolador que la izquierda fuera la administradora de verdades últimas encerradas en un escriño de purezas comunitarias inalterables. Una izquierda de este tipo sería perfecta en un mundo perfecto. Mientras no sea así, ni por un lado ni por el otro, corremos el riesgo de que la idealización de la comunidad sea un escape que amenaza convertir el discurso progresista en una jaculatoria redentora. Con el riesgo de que la realidad se vaya por otro lado, sin una orientación capaz de humanizarla. Gobernar la realidad significa, me vuelvo a poner sentencioso, empujarla hacia mayores grados de civilización en la convivencia colectiva sin escapes hacia redenciones comunitarias. La tarea es gobernar el conflicto, no eliminarlo.

Las clases medias, sigue el Economista Postpopulista, no son corporativizables como lo fue la clase obrera. Y ahí no tenemos respuestas canónicas. Este es un rasgo propio de la transición mexicana, declara. Y sin preanuncio, deja partir una saeta inesperada: todo mundo trajo aquí La Jornada y añade: pensamiento de grupo, una tradición autorreferencial de la izquierda. Si no entiendo mal, el que habla no desborda de simpatía hacia el periódico en el cual escribo desde hace década y media. Sus razones debe tener y es probable que algunas de ellas sean acertadas. Y a mí no me sale la función del abogado de oficio. Confieso que La Jornada me gustaba más hace muchos años, cuando era un periódico que salía de milagro cada día y dejaba más espacios a la improvisación y a las querellas de familia. Entre un mayor pluralismo y varios exabruptos, el periódico era capaz de ser un reflejo más vivo de las transformaciones de la sociedad de lo que sería después. Me queda la esperanza de que la historia no termina hasta que se acaba. A los periódicos, como a los partidos y a cualquier otra actividad humana, les puede suceder que el éxito los orille a atarse a una fórmula exitosa y pierdan la capacidad de aprender sobre la marcha, de sentir la necesidad de renovarse para conservar el contacto con el mundo. La Jornada es también un fragmento de esa izquierda que aún no encuentra –en ese castillo de fantasmas de familia y de falsas salidas comunitarias que se creen discurso político– el espacio para airear el ambiente, para dejar entrar nuevas corrientes y poner todo, otra vez, en movimiento. Que cien flores florezcan y cien escuelas de pensamiento compitan entre sí: de pronto recuerdo al viejo Mao, muchas de cuyas verdades se convirtieron en delirios. Naturalmente, el problema no es que la izquierda compre La Jornada y la lleve como bandera a sus seminarios, el problema está en otra parte: en saber si entre los dos universos no termina de establecerse una relación de recíproca autoabsolución. Que las mayores resistencias al cambio que vienen de un lado terminen por fortalecer resistencias similares en el otro. Lo cual sería la confirmación de las recíprocas debilidades para generar ideas y perspectivas menos vinculadas a un pasado que requiere crítica. Y no por tratarse del pasado, sino por tratarse, como en la gramática inglesa, de un presente continuo.

La transición es más fácil, concluye el Economista Postpopulista, cuando en el pasado hay una dictadura. Es más difícil cuando en el pasado hay redes corporativas capilares. Probablemente tiene razón, salvo que me asalta una duda: que las transiciones de los demás siempre son más fáciles que las propias. Las propias duelen más y requieren un desgaste de inteligencia mucho mayor respecto a las experiencias ajenas que, como es natural, vistas desde lejos, adquieren una coherencia absoluta post factum y la bendición de la historia.

Toca el turno al Ciudadano Imaginario. Ha llegado la hora de las ONG. De vez en cuando, Deo Gratias, la academia rompe el círculo de sus elucubraciones. Sin faltarle el respeto a mi profesión, tengo que reconocer que, a menudo, me parece ser un buey uncido a la noria en un movimiento eterno que en lugar de moler trigo, pulveriza y vuelve a pulverizar sustancias más etéreas, sobre cuya utilidad mis dudas no son poco frecuentes. Queda la esperanza de que a fuerza de mezclar las mismas sustancias tantas veces pueda producirse la sorpresa, alguna combinación inesperada. El Ciudadano Imaginario es buey de otra noria, y la diferencia se nota de inmediato. Los códigos comunicativos cambian. El Ciudadano Imaginario está, evidentemente, más interesado en la realidad y en sus alteraciones humorales que en los Grandes Diseños. Aun cuando él también tenga un gran diseño, aunque sea con minúsculas. La nuestra, dice, es una sociedad corporativizada y envejecida. Sin embargo, las cosas se mueven y, al margen de los vínculos instrumentales entre fragmentos de sociedad organizada y Estado, algo comienza a cambiar. Habla del lento nacimiento del ciudadano. Aunque el asunto quizá sea menos lineal de lo que el Ciudadano Imaginario imagine –otra vez mi noria quisquillosa.

Se dedica a un rápido ex cursus histórico. Entre el 17 y el 40 se establecieron las bases del corporativismo a través de símbolos que daban una sensación de continuidad histórica renovada. Los ritos sexenales, dice, fueron entonces un refrendo del nuevo contrato social. El 68 se presenta como el castigo (¿sacrificio humano?, se me ocurre pensar) por la insolencia contra esos ritos. De ahí hasta 1982, sigue el Ciudadano Imaginario, aparecen en la sociedad mexicana periferias radicalizadas. Me gusta, pienso para mis adentros, la expresión periferia radicalizada. Me hace pensar en las oscuridades a las que no llegan los reflectores de los ritos colectivos y en exclusiones que exigen ser miradas a los ojos. Después de 1982, con la reducción de las responsabilidades sociales por parte del Estado –menciona el sismo de 1985 como un momento de protagonismo desde abajo– surgen nuevos imaginarios: el cardenismo y la sublevación indígena. Y a mí se me ocurre pensar que los países no hacen casi nunca otra cosa que inventarse futuros a partir de los propios pasados. Nada se crea y nada se destruye, decía Lavoisier. Frente a este escenario, el Ciudadano Imaginario establece la clave del futuro que considera necesario: el nacimiento del Poder Ciudadano. Evidentemente, piensa en algo similar a lo que el Viejo Honorable había indicado en el primer acto: la necesidad del ciudadano situado que, desde la óptica de sus intereses (no estrictamente económicos), se convierte en una condicionante estructural de las decisiones políticas generales. Concluye, pro domo sua, ponderando la necesaria consolidación de una red nacional de ONG que pueda articular diferentes ópticas e intereses.

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Acto seguido, la discusión comienza. La balacera comienza con el Viejo Honorable al cual el Economista Postpopulista se atrevió a picarle la cresta. La pregunta es sencilla: si izquierda es disrupción, ¿qué ocurre cuando está en el poder? La respuesta está construida más con giros verbales que con una argumentación sólida. Pero por palabras no vamos a parar y el Viejo Honorable saca del sombrero una de efecto seguro, y de significado nebuloso: contrapoder.

El Ex Subsecretario habla de aparatos verticales de control corporativo, de presidencialismo y demás. Y también concluye con una pregunta: transición sí, pero ¿hacia adónde? El punto de partida está (relativamente) claro, el punto de llegada lo está menos. Obviamente. Cuando se viaja, fallo, caben siempre dos posibilidades: naufragar o llegar a donde no se imaginaba.

El punto es –y aquí es donde la izquierda puede interpretar un papel positivo que sólo ella puede desempeñar– encontrar rumbos que al recorrerlos, ella misma se desprenda de su costra de agitación mesiánica para ocupar su lugar en un proceso general de transformación. De invención de la democracia que le corresponda. Izquierda es muchas cosas, y quizá sea sobre todo un estado de ánimo, pero lo que necesitará el país será más solidaridad, más visiones generosas de inclusión, más espacios para las distintas voluntades ciudadanas y me resulta difícil imaginar que todo ello sea posible sin la extensión de una cultura laica y progresista vital. Mirar desde afuera el banquete de una modernidad excluyente produce inevitablemente una costumbre al anuncio de catástrofes y una proclividad mesiánica. Todos los desafíos están en el tapete: el presidencialismo, un aparato de administración pública que se encuentra lejos de ser lo que debería, una agricultura que es zona de desastres desde hace siglos, el problema de un creciente acercamiento con Estados Unidos.

El Historiador Bermejo retoma el tema transición y partidos. Y dice: la transición es un cambio de relaciones entre sociedad e instituciones. Y en este tránsito, añade, los partidos son esenciales. Atacarlos desde la sociedad civil es un acto autolesivo. Los partidos deben reformarse, cuando es posible y, cuando no lo es, deben ser enterrados para abrir espacio a otros. Pero, mientras no inventemos algo mejor, lo que no parece estar a la vuelta de la esquina, hay que seguir con ellos. Me parece una sana y sabia advertencia. Me sigue asombrando como hay jóvenes, y el Historiador Bermejo lo es, sabios. Me paso la vida rodeado de una juventud académica que vive entre modas demasiado ligada al presente: jóvenes que, a menudo, parecen banderolas al viento en espera de algún Rasputín científico capaz de saciar su hambre de novedad sin centro, con un par de teoremas bien armados y la justa dosis de desparpajo. La frivolidad como programa científico. Redescubrir que, no obstante los vientos cruzados de este tiempo, hay jóvenes capaces de reconocer continuidades necesarias sin renunciar a criticar lo que el entendimiento permite discernir, aplaca mi descontento con el mundo.

Alguien habla de jerarquizar actores y ejes de movilización, y dejo de escuchar. Tengo una sensibilidad de rechazo bastante desarrollada hacia las ideas que buscan formatos consagrados. Y tengo un prejuicio: me cuesta imaginar que las viejas formas puedan hospedar contenidos nuevos. Y así, apenas escucho algo que me suena a liturgia, mi mente se va a otra parte. Lo mismo que me ocurría cuando de niño entraba a la Iglesia.

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Sigue el tercer acto y nosotros hemos regresado apenas a tiempo. La Feminista es la primera. Es evidente que se siente un bicho raro en un contexto donde no tiene cabida ni por el lado de los sexos (las mujeres presentes son pocas, tal vez el diez por ciento de los asistentes) ni por el de ideas que, en varios casos, deben obligarla a pensar que nosotros, sus congéneres izquierdosos, tal vez avanzamos, pero con tanta lentitud que debe necesitar la paciencia de Job para no soltar uno que otro latigazo. Los cuales, probablemente, producirían efectos contrarios a los deseados. Pero tiene un pasado trotskista y eso la debe ayudar a entender los códigos, y las resistencias culturales, de esa izquierda masculina. No asume el tono del ángel vengador, pero tampoco es la imagen viva de la condescendencia. Dice lo que debe decir y los heridos que quedan después de su paso no parecen ser motivo de su mayor preocupación. Y dice: el feminismo es parte de una vitalidad cultural en el universo progresista que no termina de tener el peso político que merece. La izquierda se resiste a aterrizar (un verbo que no me gusta) en las cosas chiquitas; en lo que afecta la vida de las personas sin provenir de los Grandes Procesos Históricos. Lo que está diciendo es claro: la izquierda sigue planteándose los problemas de la confrontación entre nosotros y ellos sin percibir que el nosotros es mucho más complejo y variado de lo que la tradición sugiere. Y el ellos también, por cierto. Las fronteras se han alterado y ya no está del todo claro si el obrero que golpea a la esposa tiene que estar de este o del otro lado. Sin considerar que del otro lado hay un florecer de figuras y necesidades que sería ridículo considerar adversarias. No estoy del todo seguro de entender sus intenciones, pero sospecho que lo que La Feminista está diciendo es que en un universo social que ha alterado sus antiguas divisiones de clase, el amigo y el enemigo ya no vienen con una estrella en la frente para nuestro cómodo reconocimiento en el campo de batalla. Las clases han dejado de ser identidades seguras como todavía lo eran en un pasado no tan lejano. Y es obvio que, si las cosas están así, a la izquierda se le presentan hoy tareas infinitamente más complejas que ayer. Sobre todo la de construir canales de comunicación que permitan convergencias entre culturas diferentes que no convergen por gracia de dios o por la mano bondadosa del progreso. Si las clases se fracturan internamente por los cambios de esta edad de cambios, suponer una izquierda monolítica es el mejor camino a la marginalidad. Eso leo en lo que La Feminista desgrana frente a nuestros ojos como una crisis de representación. Y se me abre frente a los ojos, un posible camino de transformación de El Partido en una confederación capaz de mantener juntas almas distintas, de forzarlas a comunicarse entre sí, de establecer los escenarios de una confrontación de ideas y necesidades que impide a cada una de ellas la tentación de considerarse la clave central o, peor, núcleo de acero.

El Politólogo de Sólidas Raíces Históricas, que el día anterior había dicho cosas sensatas, dice ahora algo que no puedo entender. Mejor: que no quiero entender. No se puede pensar en cambio sin ideología. Frases de este tipo tienen el poder de abatirme y hacerme sentir la nostalgia de mi acostumbrado encierro cuajimalpense. Siento olor a incienso y no me gusta, es más, me produce una instintiva reacción de rechazo. ¿Cuál bendita ideología? ¿Necesitamos suspender la historia, mientras algunos sabios se reúnen para definir las verdades eternas que deberán guiarnos, una vez que premiemos al mundo con nuestro retorno a él? ¿No es éste un tiempo en el que el palo necesita torcerse por el lado opuesto, o sea el reconocimiento de la realidad? Es obvio que todos necesitamos brújulas, pero ¿tiene sentido mirar obsesivamente el cuadrante cuando a simple vista resulta evidente que estamos atascándonos en bajos fondos? Y además ¿una ideología? ¿No será que necesitamos una red comunicativa entre culturas distintas que exigen ser escuchadas, que necesitan construir entre sí convergencias políticas? La palabra ideología me enerva: me hace pensar en estructuras de pensamiento cuyas buenas intenciones encubren su naturaleza de fantasmas consoladores ¿Qué sentido tiene una armazón reluciente para proteger un cuerpo evanescente? Me viene a la mente el Caballero inexistente.

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Concluye el Tercer Acto y ya comienza a notarse cierta premura por terminar. Uno de los ponentes, con los cuales se inauguró la sesión de la mañana, suelta uno de esos disparates que, por desgracia, no pueden achacarse al cansancio: la izquierda es agente de cambio, la derecha no. ¿De dónde habrá salido una enormidad de esta clase? En un intento de salvamento in extremis, podría decirse que sólo los cambios positivos pueden achacarse a la izquierda. Los otros, por exclusión, a la derecha. Pero ni así el disparate deja de serlo. Mi cultura historiográfica no me sirve para entender las leyes de la historia, suponiendo que sean entendibles, y, sobre todo, que haya algo en ella que merezca el sustantivo jurídico, pero sí me funciona a las mil maravillas para encontrar siempre dos mil excepciones (tal vez, menos) a cada certeza formulada con tono definitivo. ¿La restauración Meiji, que saca a un país amodorrado por trescientos años de aislamiento internacional, fue de izquierda? ¿O no merece el título honorífico de cambio? ¿Y las políticas de desarrollo acelerado de la edad guillermina? ¿También de izquierda? ¿Y Mahatir Muhammad de la Malasia de estos días? ¿Y Adenauer, De Gasperi, Churchill, De Gaulle? ¿Todos ellos, por ser de derecha eran enemigos del cambio? ¿O por ser políticos que aceleraron el desarrollo de sus países eran izquierdistas embozados? Maldito el daño que hacen esos maniqueísmos ramplones. Una izquierda que sigue mirándose a sí misma como ciudadela exclusiva de virtud, ni se ve a sí misma ni, peor aún, ve al mundo. Rubrico el tema bajo la inscripción: simplezas consoladoras.

Vuelve a hablar el Ciudadano Imaginario y volvemos a una izquierda capaz de mirarse con menor complacencia. Dice: el corporativismo, como cultura de control político sobre distintos grupos sociales, se ha transferido a la izquierda. Critica al movimiento indígena insurgente por sus exclusivismos y señala la tarea de recoger agendas diversas de distintos grupos de la sociedad para buscar construir la unidad posible a través de la diversidad. Es evidente su preocupación de que lo diverso se convierta en una masa indiferenciada de retóricas hueras que sólo resuelven los problemas en forma discursiva y que no unen nada y confunden todo. Ese individuo me gusta, tiene la terquedad del que se ha fijado un rumbo: la construcción del ciudadano a través de sus múltiples intereses, y las grandes palabras no lo hacen arredrarse frente al objetivo. Y su objetivo es la pluralidad que se conserva, para volver a Hegel, mientras trasciende hacia la unidad. Sostiene que los partidos son necesarios pero, también lo son sus distintas contrapartes sociales. Mientras lo escucho me surge una duda: el camino de las contrapartes ¿no es el camino de la desconfianza frente a partidos considerados irremediablemente monolíticos? ¿No se corre el riesgo de que sean cada vez más necesarias las contrapartes de contrapartes de contrapartes?

Para él, también, se plantea un problema de transición y su idea es la construcción de un poder desde abajo que permita acompañar la transición política con una "transición social". Y aquí el realista político que traigo adentro respinga. A mí sólo se me ocurren procesos de transición por el lado conservador o, para decirlo de otra manera, de apertura conservadora. Después de décadas de vivir en un ambiente de remoción patriótica del conflicto –después del recuerdo de los dolores de un golpe militar exitoso, de una dictadura o de una revolución posteriormente institucionalizada–, ninguna sociedad acepta una transición democrática cuyas promesas de cambios profundos puedan materializar el fantasma del retorno a antagonismos irreconciliables. Son las derechas ilustradas las que dan garantías de apertura con seguridad. Después, una vez consolidada la transición, resurgirá el gusto por el conflicto democrático. A final de cuentas los seres humanos siempre tenemos buenas razones para odiarnos. Pero el camino va de Suárez a Felipe González. No al revés. Lo que dejan los regímenes que se han conservado por muchos años es, sobre todo, una cosa: temor y, especialmente, temor de que la democracia pueda ser el disparador de un nuevo ciclo de inestabilidad. Por eso la idea del Ciudadano Imaginario me huele a buenos deseos. No se pasa de un solo salto de una democracia simulada, o de la estricta ausencia de ella, a una democracia con poderes sociales fuertes. La historia contemporánea cuenta otro cuento. Obviamente, la historia no es norma, pero obviar sus, llamémoslas, enseñanzas, no es lo más sabio que pueda hacerse.

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La comida es el momento de las afinidades. La idea no me encanta pero tengo que sentarme a la cabecera de la mesa; nadie quiso ocupar ese lugar prominente. ¿Casualidad? A mi izquierda está el Historiador Bermejo y a mi derecha el Gran Arquitecto, además de La Feminista, el Economista Postpopulista, el Historiador Apache y otros. En la mesa hay un conflicto de opiniones entre La Feminista y el Historiador Bermejo a propósito de un fotógrafo gay estadunidense: Robert Mapplethorpe. La Feminista está fascinada por sus series de flores que expresan una sexualidad vital y por sus series de cuerpos masculinos desnudos que, sin embargo, para alguien en la mesa, reproducen ese carácter de énfasis pomposo y clasicista de Leni Riefensthal. El Historiador Bermejo argumenta que, en las fotografías de cuerpos masculinos desnudos, se trasluce una deshumanización del cuerpo humano. El acuerdo se restablece al reprochar la censura de la que ha sido objeto varias veces Mapplethorpe en una sociedad americana que sigue siendo una de las grandes reservas mundiales de espíritu puritano.

Cuando estamos ahí, entretenidos en mostrarnos nuestra amplitud de criterio y en parlotear con ese sosiego que caracteriza a las personas que se otorgan recíprocamente un estatuto de cultura y de valores, o reflejos, comunes, hace su aparición un muchacho que debe tener poco más de veinte años. Se pone al lado del Gran Arquitecto, que está comiendo, y le pregunta en voz baja si puede hablar un momento con él. El Gran Arquitecto se levanta y lo sigue. Regresa diez minutos después y nos informa. Era un joven del consejo de huelga de la Máxima Casa de Estudios, que le expresaba su extrañeza de que ninguno de sus representantes hubiera sido invitado: reprobaba el hecho de que los estudiantes del consejo mencionado tuvieran que seguir desde la pantalla de televisión de circuito cerrado, instalada en el patio del edificio, el desarrollo de las sesiones. Y además, le había dicho, abajo había corrientes de aire frío. El Gran Arquitecto nos informa que le comentó que aquélla era una reunión privada, como las que ellos hacían, reservándose el derecho de admisión. Y se disculpó por el frío. Yo, que soy menos diplomático que nuestro anfitrión, dejo escapar: no fueron invitados, porque ésta es una reunión de izquierda. Obviamente, no me habría salido: de intelectuales de izquierda. Serán mis resabios de sobriedad, pero la palabra intelectual no me resulta fácilmente pronunciable. De cualquier manera, el comentario está descaminado. Ellos también son izquierda, aunque no pueda dejar de pensar, para desgracia suya y nuestra.

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El Cuarto Acto está a punto de comenzar. Hemos llegado al final. Hasta ahora ha pasado un día y medio y confirmo de estar satisfecho de haber venido. Comienza el Ex Subsecretario, que nos habla de la Tercera Vía como manifiesto de la socialdemocracia contemporánea. Reconoce los condicionamientos que provienen de la globalización y reivindica el papel de la política como instrumento para evitar que los condicionamientos conviertan cada sociedad en una banderola sujeta a los vientos planetarios. Lo escucho con atención y no puedo evitar una sensación de extrañeza. Europa está lejos. No se necesitan idiomas distintos para complicar el entendimiento entre las personas, es suficiente la geografía. Tengo la impresión de que las mismas palabras en ambos lados del océano tienen significados distintos. Escucho al Ex Subsecretario hablar de Tercera Vía y las palabras me resultan extrañas y sospecho que, para los demás oyentes, mi misma impresión debe agigantarse. La geografía como una masa gravitatoria que desvía la luz. O sea, las palabras. En Nueva York, a veces ponen subtítulos en inglés en las películas australianas o de otras latitudes del planeta anglosajón. Y a mí, en ocasiones, me haría falta algo similar cuando veo en México películas españolas. La Tercera Vía es Europa y, trasladada a estos rumbos, siento un desconcierto, una distancia, como frente a una película en la que escucho un lenguaje conocido que, sin embargo, me resulta vagamente ajeno. América Latina está condenada a ser ella misma y dudo seriamente que Anthony Giddens, un pensador relevante, nos pueda ayudar mucho en una operación de autorreconocimiento que tiene que partir de las urgencias, las fuerzas y las culturas de estas partes del mundo.

Sigue el Profesor Mediático. Y, de entrada, nos propone este pequeño tema: la necesaria reconstrucción cultural de lo público en un contexto global. Todavía somos una izquierda gutenbergiana, nos informa. ¿Será cierto? Me quedo pensando. Sigue: el desinterés hacia la industria cultural por parte de la izquierda es comparable con una falta de interés similar que pudiera haber ocurrido un par de siglos atrás hacia la revolución industrial. Comparaciones de estos vuelos cargan siempre una gran dosis de aproximación, pero tiene razón.

Estoy un poco aburrido, tal vez cansado, y todavía no sé lo que me espera. Había notado la presencia de un individuo de unos sesenta años, piel clara, camisa blanca de mangas cortas, cabellos plateados cuidadosamente peinados y la cara de uno de esos apacibles predicadores protestantes que, con una batería de plumas y bolígrafos alineados en el pecho, a veces tocan la puerta para venderte la paz interior bajo el signo de los mormones, los cuáqueros o los adventistas del séptimo día. Ahora le toca a él. Es europeo y se me revela de inmediato como el Ángel Exterminador que cualquier conjunto humano requiere como instrumento para canalizar el frenesí colectivo, del deseo de salir de la realidad para llegar de un solo salto a la salvación. Comienza a hablar y de inmediato me doy cuenta de que la apariencia candorosa esconde un monolito de certezas sin mella. El tono es de quien alecciona e increpa a alumnos un poco retrasados. Sólo le falta el pizarrón. No debe tener confianza en la capacidad de entendimiento de los presentes y organiza su sermón, para nuestra mejor asimilación, en tesis que deben ayudarnos a no desviar la atención de las diferentes piezas de un cuerpo doctrinario de coherencia marmórea. Las enumera, las tesis, como si desgranara la mazorca de la verdad revelada. Habla de prisa, con tono duro y voz estentórea.

El comienzo es al estilo del Libro de la Revelación: estamos frente a una crisis del capitalismo, de las ciencias sociales, una crisis "estructural ideológica y política del paradigma de dominación neoliberal" y (para no olvidar nada) una crisis de la civilización burguesa en sus dos pilares: la economía de mercado y la democracia liberal. Comienzo a ponerme nervioso y a mirar a mi alrededor: la solidez del edificio que nos hospeda me resulta súbitamente dudosa. Sigue hablando de economías criollas y no entiendo de qué habla pero no tengo tiempo de medir la masa inconmensurable de mi ignorancia, debo seguir la acosante argumentación: estamos frente al "colapso moral y científico del sector de la clase intelectual global". Me siento portador de un virus letal que amenaza el mundo, de una culpa que no alcanzo a definir con precisión. Enumera con minuciosidad siete tendencias políticas dominantes en América Latina, a las cuales añade el "Nuevo Proyecto Histórico para las mayorías", (NPH). No entiendo si el hecho de que la palabra mayorías no aparezca con su inicial en la sigla corresponde a un sofisticado giro del pensamiento que se me escapa o es un lapsus sin consecuencias históricas. Nos informa que la lucha armada "ya no sirve como estrategia generalizada, como en los tiempos del Che". Cuando, como es notorio, tuvo un éxito estruendoso. Para evitar a sus oyentes descarríos innecesarios, revela que Bobbio y Habermas (¿quién sabe por qué sólo ellos?) son ideólogos del establishment liberal.

Sigue: la civilización capitalista-burguesa ha entrado en una crisis sistémica existencial. Y comienzo a sospechar que los redactores de la Biblia eran una bola de apocados y melindrosos incapaces de producir sensaciones fuertes en sus lectores. Están dadas las condiciones materiales del postcapitalismo, pero faltan las condiciones subjetivas, y, obviamente, no puedo evitar sentirme, otra vez, vagamente culpable. El NPH es justamente eso: el instrumento para desarrollar las condiciones subjetivas. En un giro imprevisto, el orador nos muestra un librillo, del cual es inevitable autor, que contiene el camino del NPH. Risitas entre los asistentes. El Ángel Exterminador no sólo sigue prisionero del planeta Gutenberg, sino que además promueve personalmente sus productos olorosos a tinta. En rápida secuencia, nos asombra con informaciones que obviamente no tenemos: 1. El keynesianismo neoliberal (?) latinoamericano no dispone de una propuesta de poder de cambio estructural; 2. Estados Unidos ya se ha tragado a México; 3. el proyecto venezolano es la única opción realista. Y ahí lo dejo. Estamos en medio de un cataclismo que, como mínimo es comparable a las glaciaciones, y nadie se había dado cuenta. No sé si reír o llorar de desconsuelo. Mi capacidad de usar la ironía como defensa se está acercando al límite de sus posibilidades. Lloraría si no hubiera gente a mi alrededor.

Todavía no termina. La economía de mercado adolece de cuatro (evidentemente al Ángel Exterminador le gustan los números) deficiencias sistémicas: es un sistema caótico, asimétrico, monopólico y "nacional-etnocéntrico". De lo cual colijo que su persistencia por tantos siglos es la prueba irrefutable de la existencia de Dios. Que además de existir es, lógicamente, neoliberal. Pero todo esto es diagnóstico científico, falta la terapia. Hela aquí: la civilización burguesa será sustituida por una economía democráticamente planificada "sobre la base tecnológica de las computadoras" y "el principio operativo del valor objetivo". Y concluye in crescendo: el ADN de la evolución está totalmente claro. "Tal es el curso de la evolución histórica observable." Amén.

Entiendo perfectamente que en este punto el lector pensará que a ese humilde cronista, como se dice científicamente, se le botó la canica o exagera para mostrar sus habilidades de cuentista o para crear efectos especiales grotescos. Bien, pues no. Al contrario, necesito confesar toda la fragilidad de mis instrumentos narrativos para reproducir en el papel el tamaño del delirio. Pienso en el Gran Arquitecto y me convenzo de que es un genio diabólico: evidentemente quiso que los asistentes a la reunión organizada por él tuviéramos una pequeña muestra de las locuras que la izquierda conserva en su seno. Estoy anonadado: ni en los tiempos de un movimiento estudiantil que era un carnaval de Río había asistido a delirios de estas dimensiones. Intento imaginar de dónde pueden venir. Y sólo se me ocurre una respuesta: evidentemente existe una intelectualidad extramarginal que convierte sus locuras silenciosas en una acumulación de delirios, cuya única sublimación es una mezcla de catastrofismo y de anuncio del paraíso a la vuelta de la esquina. Una especie de cátaro-marxismo. Se me ocurre pensar en la ultraderecha americana, prisionera de sus paranoias y de sus certezas de virtud. Bien, acabo de escuchar una versión "roja". El Gran Arquitecto será un mago pedagógico, pero me pregunto qué estoy haciendo allí.

Pero aún no termina. Le toca el turno al Obispo Rojo. Es una de esas personas cuyo currículum, me imagino, debe de tener un tamaño apenas inferior al de uno de esos gruesos tomos que asustan por el tamaño. Tiene una cara que me recuerda vagamente a la de mi papá y una edad que no debe de estar lejos de los ochenta, aunque cargue sus años con desenvoltura y sin achaques visibles. Una cara agradable de anciano aunque con ciertas expresiones que revelan una dureza que no se cuida mucho en ocultar. Tenerlo de adversario no debe ser placentero. Va a hablar.

Él también comienza declarando la crisis del neoliberalismo. Parece que ya es una forma canónica, como introito en Misa. A mí obviamente se me perdió algo y mis escasas luces me hicieron ver la crisis del socialismo en las últimas décadas. Tengo la impresión, pero, insisto en que deben de ser mis escasas luces, de que pocas veces como en estos años el capitalismo goza de tan asombrosa y cabal salud, aunque, evidentemente, no pueda decirse lo mismo de todos los que siguen atrapados en su universo. Nos informa que está interesado en una historia universal de la caridad y la mentira. No entiendo si, en sus intenciones, es una sola historia o son dos. Después de la inter-vención anterior, no estoy en el punto más alto de mi lucidez.

Se envuelve en la bandera patriótica y habla de un aporte mexicano a la historia mundial: la revolución democrática. Sigo sin entender de qué habla. Y no es que no entienda, porque no me parezca atractiva la idea de una revolución democrática, sino porque no la veo a mi alrededor. Si las fórmulas lingüísticas fueran soluciones reales, compartiría el entusiasmo del Obispo Rojo, pero puesto que no me parece que sea así, las fórmulas lingüísticas me siguen pareciendo fórmulas lingüísticas, y me quedo frío frente a su evidente entusiasmo. Pero apenas entramos en tema. El orador nos aclara otro aporte mexicano fundamental al mundo y dice que es el levantamiento indígena, y otra vez en el terreno de la democracia. Cuando todavía no me repongo, añade: lo mismo que hicieron los mayas. Me siento un burro redomado. Me había quedado en el conocimiento astronómico, en el cero, en las técnicas de canalización y el uso de las aguas. Pero ¿democracia? ¿Los mayas como ejemplo mundial de democracia? Hasta donde llega mi lábil memoria, recuerdo aristocracia y sacrificios infantiles. A menos que el Obispo Rojo y yo, cuando decimos democracia hablemos de cosas distintas, me cuesta pensar que mi vaga idea de democracia tenga algo que ver con lo que dice. México ha dado aportes varios al mundo, desde el maíz hasta Octavio Paz, pero tengo serias dudas de que en el terreno de la democracia haya en la historia del país algo que merezca el título rimbombante de "aporte mundial". O no entiendo nada o alguien delira.

Al final, yo también debo intentar un balance. ¿Qué he aprendido en dos días de palabras: diálogos, desencuentros, enfrentamiento civilizado entre opiniones y actitudes divergentes? ¿Qué sé ahora que antes no sabía? Voy a tratar de resumirlo en sus mínimos términos.

El punto de arranque es, siempre, la virtud incontaminada. En algún momento de nuestras vidas nos sentimos encarnación de una causa impoluta. Después viene el contacto con el mundo. Y ahí descubrimos que no hay ángeles. Pero el problema no es sólo privado. La realidad es más compleja que las verdades que pretendían encerrarla en una cuadrícula en que todo tendría una explicación, un sentido. Y el resultado de este doble reconocimiento es el cinismo. Me convierto en pieza de algo que he dejado de entender y que, sin embargo, mientras ando por ahí como sonámbulo, me dice cuál es la dirección correcta. De ahí en adelante, el proceso es un declive dramático. Quien sigue el camino puede convertirse en fanático de una causa que exige olvidar los escrúpulos que son mi contacto inconsciente con el mundo. Y, al final, quien siga el camino puede convertirse en guardián de un campo de concentración. El peldaño más bajo de la condición humana. El olvido de la humanidad a favor de la causa. No pretendo decir que ese camino de la virtud incontaminada del guardián de un campo de concentración sea un camino necesario. Sólo digo que es un camino posible.

Eso he entendido. Y mi impresión es que la intelectualidad de izquierda de este país sigue atascada en la incapacidad de mirar críticamente su pasado y en la debilidad para generar, a través de una autocrítica que la acerque a lo que ya es casi conciencia común, ideas originales.

 

 

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*Extractos de un libro que aparecerá próximamente publicado en la ciudad de México.

 

 

Ugo Pipitone, "La reunión", Fractal n°13, abril-junio, 1999, año 3, volumen IV, pp. 41-100.