se estaban
cantando los Salmos en castellano. Todos los judíos de
Francia y casi toda Europa, excepto Alemania, son españoles
de origen, y muchos de naturaleza; porque yo los veía llegar
a Bayona a circuncidarse; todos hablan español, hombres
y mujeres; en español están sus Biblias, en español
todos sus rezos, tienen sobre todo esto tal etiqueta, que habiéndose
casado en Bayona un judío alemán que no entendía
español, aunque el contrato matrimonial se le puso también
en hebreo para que lo entendiera, se le leyó primero en
castellano, y éste fue el que firmó. Y aún
conservan en todo las costumbres españolas, como también
son los que primeramente comercian en España, por la cual
todos han paseado. La causa de tanto empeño en conservar
todo lo español es porque dicen que los que vinieron a
España enviados por el emperador Adriano son de la tribu
de Judá.
El conocimiento
de las antigüedades judías le fue dado a Mier por
Grégoire, obispo de Blois. También es preciso decir
que la descripción de los judíos de Bayona es la
primera, en las Memorias de Servando, donde aparece ante
sus ojos una realidad contemporánea y verosímil,
ajena a los motivos picarescos y eclesiásticos del mundo
hispánico del que provenía. El florecimiento de
Bayona como enclave judío en el golfo de Vizcaya, entre
los siglos XVII y XIX,
fue un hecho histórico que nuestro viajero constata.
Censados
en 1784, los judíos franceses contaban 3,913 familias con
19,707 miembros. Entre Bayona y Burdeos, vivían esos judíos
que conoció Mier, sefaradíes escapados de la península
ibérica, conocidos popularmente como "portugueses"
y detestados, dada su condición privilegiada, por los askhenazíes
de Alsacia, auténticos parias. Por su orden y prosperidad,
ligados estrechamente al tráfico comercial en la costa
atlántica, los también llamados "bordoleses"
fueron escogidos por el barón de Montesquieu como prueba
de que los judíos franceses se habían salvado de
la superstición y no volverían a ser exterminados
por motivos de conciencia. Muy distinta era la opinión
de Voltaire y de toda la segunda generación de philosophes,
cuyo antisemitismo reforzó a la brutal tradición
antijudía de la Iglesia francesa. El tristemente recordado
antisemitismo voltaireano era una forma extrema y paradójica
de anticristianismo. Crítico, Voltaire viajaba a las raíces
y encontraba, no sin razón, en la sinagoga a la madre de
la iglesia.
¿Quiénes
eran esos judíos que recibían a fray Servando en
esa primavera de 1801? Siguiendo el ejemplo del emperador José
II de Austria, Luis XVI
semblanteó en 1787 al ministro Malesherbes para emprender
una liberalización de la vida judía. Pero fue la
defensa de sus privilegios por parte de los "portugueses"
de Bayona y Burdeos, excluidos de las leyes discriminatorias,
la que complicó el proyecto. Y fueron convo-cados los Estados
Generales en 1789... La conducta de la comunidad judía
ante la Revolución francesa estuvo lejos de ser unánime.
Mientras que en la costa atlántica conservaron su estatuto,
relativamente indiferentes al decreto del 17 de septiembre de
1791, cuando la Asamblea Constituyente, antes de disolverse dispuso
por amplísima mayoría la emancipación total
de los judíos, en Alsacia el terror jacobino y el terror
blanco, la "descristianización" y la chuanería,
sucesivamente, prendieron el antisemitismo [Jacques Le Goff/René
Rémond, Histoire de la France religieuse, T. 3,
(XVIIIe-XIXe
siècle), Editions Du Seuil, Paris, 1991].
Un rabino,
Salomon Hesse, siguiendo el ejemplo de otros clérigos católicos
y protestantes, ofreció sus "fruslerías judías"
al Dios de la Libertad el veinte de Brumario del año II.
Fue un caso aislado. La tibieza de los judíos del Atlántico,
en cambio, tranquilizó a la Gironda, que había multado
al banquero Charles Peixotto, cuyas augustas y sincréticas
pretensiones nobiliarias ser de la familia Ha-Levi, alias
Santa María no concordaban con el monto de sus generosas
donaciones a los sans-culottes. Durante momentos álgidos
de la década revolucionaria, los sefaradíes franceses
jugaron a tres bandas previendo ganar mayor autonomía.
El inefable Fouché, ministro de la policía, alcanzó
a interceptar una oferta bordolesa al partido del rey en Londres,
para constituir en las Landas un feudo autónomo bajo soberanía
de la Corona, ese país de los judíos que el buen
barón de Montesquieu había soñado medio siglo
atrás.
Aunque
compartía muchos de los prejuicios católicos e ilustrados
contra los judíos, el Primer Cónsul que gobierna
Francia cuando el doctor Mier la visita, fue, en buena medida,
ese "liberador de los judíos" que el pueblo de
la Antigua Alianza exaltó. Napoleón Bonaparte consideraba
que los hebreos habrían de regenerarse y desjudaizarse
para integrarse lealmente al Imperio. Pero sus sueños orientales
prerrománticos que lo llevaron a juguetear en Egipto
con su conversión al Islam lo hacían variar
caprichosamente de actitud ante los viejos monoteísmos.
La República de Batavia, impuesta por la Revolución
en las tierras holandesas, otorgó todos los derechos de
ciudadanía a los judíos, asunto que disgustó
a la judería de Amsterdam, feliz con su antiguo estatuto
que la eximía de pagar al fisco. Pero en la zona cisalpina
y en los Estados papales, la emancipación convirtió
a los judíos en francófilos y republicanos. Todavía
en Portugal, durante la intervención napoleónica
de 1809, unos 200 mil marranos fueron liberados por el mariscal
Junot, a quien sirvieron con lealtad.
Cuando
Napoleón se convirtió en emperador en 1804, retomó
varios de los proyectos borbónicos que la Revolución
había interrumpido. La cuestión judía estaba
en el aire y Bonaparte, partidario de un supragalicanismo el
Imperio como organizador y garante de todas las religiones,
fue demasiado lejos. El 3 de mayo de 1806 ratificó la emancipación
constituyente y el 9 de marzo de 1807 convocó al Gran Sanedrín
de los judíos franceses. Su tío, el cardenal Joseph
Fesch (1763-1839) se alarmó. Le recordó que las
Escrituras anunciaban el fin del mundo para cuando los judíos
fueran reconocidos como una nación. A la reputación
continental del emperador como "Anticristo" sólo
le faltaba la de autoerigirse en rey de los judíos. Era
impropia, dijo Fesch, la bendición de los viejos deicidas
por los nuevos regicidas. Un año después su sobrino
retrocedió parcialmente con el "decreto infame"
que volvía a obstaculizar las actividades comerciales judías
y reglamentaba corporativamente al Sanedrín. Los judíos
franceses nunca habían dado utilidad práctica a
ese consistorio y respiraron aliviados al ver alejarse al omnipresente
emperador de sus asuntos. Bonaparte, en fin, fue una figura decisiva
en esa emancipación judía que concluiría
Luis XVIII diez años después
[León Poliakov, Historia del antisemitismo, El siglo
de las Luces, tomo III. La emancipación
y la reacción racista, tomo IV,
Barcelona, 1984].
Esos
eran los tiempos felices de los judíos de Bayona cuando
el intruso novohispano nos cuenta que entró
puntualmente
a la sinagoga, al otro día de haber llegado, y era puntualmente
la Pascua de los ázimos y el cordero. El rabino predicó
probando, como siempre se hace en esa Pascua, que el Mesías
aún no había llegado, porque lo detienen los pecados
de Israel. En saliendo de la sinagoga todos me rodearon para saber
qué me había parecido el sermón. Ya me habían
extrañado, porque yo llevaba cuello eclesiástico,
y porque me quité el sombrero, cuando al contrario todos
ellos lo tienen puesto en la sinagoga, y los rabinos que eran
de oficio, un almaizal además sobre la cabeza. Sólo
en el cadí o conmemoración de los difuntos, que
entona siempre un huérfano, se suelen descubrir las cabezas
en la sinagoga.
La escena
retrata a un Servando fiel en la menos misionera de las
épocas y ante la audiencia más insólita
al motivo apostólico de la predicación. Convertido
en un Pablo picaresco antes que en un taumaturgo, Mier, curioso
de toda eclesiología y erudito en la sabiduría bíblica,
no sólo entra a la sinagoga con alzacuellos sino desafía
a los rabinos a sostener una disputa pública sobre las
competencias y milagrerías del judaísmo frente a
su perverso y exitoso hijo, el cristianismo. La desfachatez del
fraile refleja extrañamente la herencia medieval de la
Nueva España. No estamos en 1801, sino en la España
anterior a la expulsión de los judíos en 1492. Hacia
1265, el rey don Jaime el Conquistador, envió predicadores
cristianos a las sinagogas, becó a dominicos y franciscos
para que aprendieran el hebreo y el árabe, y accediendo
a los deseos de su arzobispo, autorizó las controversias
teológicas de Barcelona entre el converso Pablo Christiá
y los rabinos Mosen-ben-Najman y Ben-Astruch de Porta. Esa esgrima
doctrinaria terminó por convertirse en una humillación
antisemita, cuando el antipapa Benito XX
organizó la vil disputa de Tortosa (1414) para quebrar
la fe de los judíos de España.
Más
cercano al espíritu de Barcelona que al de Tortosa, fray
Servando nos cuenta:
Y el modo
que tienen para conocer si uno es judío es preguntarle
en hebreo: ¿Cómo te llamas? Yo deshice en un momento
todos los argumentos del rabino predicador, y me desafiaron a
una disputa pública. La admití y como tenía
en las uñas la demostración evangélica del
obispo Huet, me lucí tanto en la disputa, que me ofrecieron
en matrimonio una jovencita bella y rica llamada Rachel, y en
francés, Fineta, porque todos usan dos nombres,
uno para ellos, y otro para el público: y aún me
ofrecieron costearme el viaje a Holanda, para casarme allí,
si no quería hacerlo en Francia. [Pierre-Daniel Huet (1630-1721),
antiguo obispo de Avranches, era comentarista de Descartes, erudito
en patrística griega y dueño de una biblioteca de
8,271 ejemplares; Luis XIV lo adoraba y
todavía Sainte-Beuve alcanzó a decir que fue "la
pluma más sabia de Europa". Mier se refiere a su inconclusa
Démonstration évangélique (1679).
En la biblioteca decomisada a Servando en Soto la Marina en 1816
se encontraba otro título del obispo Huet, la Historie
du commerce et de la navigation des anciens (1716), que debió
alimentar la imaginación del fraile sobre las posibles
rutas de la evangelización precolombina de América].
La anécdota,
incomprobable, pierde crédito pues fue deformada más
tarde por el propio Mier. Pero fue jubilosamente recreada por
sus biógrafos católicos como José Eleuterio
González, alias Gonzalitos (Biografía del Benemérito
D. Fray Servando Teresa de Mier, Monterrey, Nuevo León,
1876), y por don Artemio de Valle-Arizpe [Fray Servando Teresa
de Mier y Guerra, Discurso de recepción a la Academia
Mexicana de la Lengua, 1933. El mecanoscrito de las versiones
del Fray Servando de don Artemio fue adquirido por CDM
y requeriría de una lectura filológica apropiada].
En las variaciones de Mier la "disputa" se convierte
en "conversión de judíos" y cambia de
escenario, ocurriendo en Madrid (nada menos) o en el Portugal,
más apropiadamente sospechoso. En el Manifiesto apologético
[1820], continuación insensata y pormenorizada de las Memorias,
el doctor Mier se presenta como autor de la conversión
de dos rabinos ingleses.
El interés
de Mier por los judíos, como en el caso de todos los gentiles
prosemitas del siglo XVIII, era del orden
misionero: amar a los judíos para convertirlos. Además
del listón que para un sacerdote dominico significaba presentarse
como conversor de judíos, el motivo del "retorno de
los judíos" invadió la Europa finisecular dieciochesca
y Servando aprendió que cada una de las épocas revolucionarias
ve pasar el fantasma del Judío Errante. El ilustrado judeoalemán
Moses Mendelssohn cautivó a Mirabeau, el futuro tribuno,
quien le dedicó un folleto a favor de la tolerancia en
1787. E impresionados por la amistad que Napoleón ofrecía
a los judíos, semitizantes y antisemitas empezaron a combatir
hasta la Restauración. El ultramonárquico Louis
Bonald advirtió sobre la imposibilidad de la integración
de los judíos a cualquier sociedad cristiana, mientras
que la obra de Francois Malot [Dissertation sur lépoque
du rappel des juifs, 1776] no había perdido su visionaria
popularidad, que Léon Bloy complicará un siglo después:
la Iglesia Celeste sólo se realizará con la conversión
de los judíos. Y dos escritores que fray Servando leyó,
el jesuita chileno Manuel Lacunza [La venida del Mesías
en gloria y majestad, 1816] y el último de los enciclopedistas,
Volney, argumentaron a favor y en contra de esa "judaización"
de la catolicidad. Este último destacó, en 1814,
que las fuentes del filosemitismo francés eran Pascal y
Bousset, autores de "novelas judías".
Tras
rehusar la oferta de matrimonio con la bella Fineta, Servando
se jacta de quedar
desde aquel
día con tanto crédito entre ellos, que me llamaban
Jajá, es decir, sabio; era el primer convidado para
todas las funciones; los rabinos iban a consultar conmigo sus
sermones, para que les corriegese el castellano, y me hicieron
un vestido nuevo. Cuando yo iba por curiosidad a la sinagoga como
otros españoles, los rabinos me hacían tomar asiento
en su tribuna o púlpito. Y acabada por la noche la función,
yo me quedaba solo para verle el estudiar lo que se había
de leer a otro día. Sacaba entonces la Ley de Moisés,
que cuando está el pueblo se saca con gran ceremonia y
acatamiento, inclinándose todos hacia ella. Está
en rollos, y sin puntos, con solas las letras consonantes, y la
estudiaba el rabino leyéndole yo en la Biblia con puntos.
Y luego apagaba yo las velas de las lámparas, porque ellos
no pueden hacerlo, ni encender fuego para hacer de comer o calentarse
los sábados. Se sirven para esto de criadas cristianas,
y yo les decía por lo mismo que su religión no podía
ser universal.
Tan amigo
de los judíos resultó ser Servando que se prestaba
como shabbos go criado gentil para el sabbat
de los rabinos de Bayona, apagándoles las lámparas,
no sin antes recordarles el acertijo del particularismo judío.
Lo más probable es que Servando jamás haya convertido
a rabino alguno la Iglesia jamás nos deja sin noticia
documentada de semejante milagro y que hayan sido los judíos
ricos de Bayona a quienes ese extraño visitante les haya
caído bien, al grado de querer contar con un ingenio americano
entre los circuncisos. Esta familiaridad del doctor Mier con el
judaísmo podría llevarnos hacia especulaciones no
por manidas menos sabrosas. En su tierra natal, nada menos que
el primer gobernador del Nuevo Reino de León, Luis de Carvajal
el Viejo (1565-1590), murió en prisión tras haber
sido procesado como judaizante, en lo que fue el primer gran auto
de fe del Santo Oficio de la Inquisición en América.
Su sobrino, Carvajal el Mozo (1565-1590), falleció por
garrote vil camino del quemadero de San Hipólito, tras
haber hecho una rotunda defensa, que consta en autos, de la fe
judía. Y como familiar de aquellos infortunados criptojudíos,
se cuenta al dominico fray Gaspar, nacido en 1556, que convertido
por los Carvajal a la Ley de Moisés, se fugó, antes
de su proceso, del Convento de Santo Domingo. Servando Teresa
pudo tener sangre judía, como tantos regiomontanos, pero
es atrevido creer en algún ascendiente criptojudío
pues los Mier llegaron de la metrópoli al Nuevo Reino de
León hasta principios del siglo XVIII.
En el Manifiesto apologético, al reconstruir la
ordalía tras su rendición en Soto la Marina en 1816
recuerda que el paisanaje, burlón o condolido, lo llamaba
"gachupín judío".
Pero
en esta ocasión no hay materia para novelar la vigilancia
y el castigo. Esta historia nos aleja de la Inquisición
y nos lleva hacia la tolerancia, deja atrás las catacumbas
y nos aventura en la más costosa de las aventuras modernas,
la libertad de culto. Es una buena y hermosa historia. Aunque
provisto de apuntes y borradores, fray Servando escribió
lo que conocemos como sus "memorias" la Apología
y la Relación hacia 1819, preso en las cárceles
secretas del Santo Oficio novohispano. Esto significa que su formación
intelectual ya había sido entretejida por la memoria. Y
aunque su escena judía ocurre meses antes, está
permeada de principio a fin por el encuentro más decisivo
de su vida, el ocurrido en 1801 con el abate Henri Grégoire
(1750-1831).
Antiguo
jansenista y jefe del Clero Constitucional, el "cismático"
Grégoire, obispo de Blois, creyó con fidelidad apostólica
que la cristiandad era incompatible con el despotismo, no con
la Revolución de 1789, que intentó "cristianizar"
a costa de su reputación y casi de su vida. Odiado por
los monárquicos y los jacobinos, Grégoire se abstuvo
de votar la decapitación de Luis XVI,
cuyo proceso aprobaba, por considerar que un sacerdote estaba
inhabilitado para sancionar el derramamiento de sangre. Idolatrado
en Haití como liberador de los negros, a quienes presentó
en la Convención, y difusor de Las Casas cuya devoción
enseñó al dominico Servando, Grégoire
se dio a conocer con un opúsculo, el Essai sur la régéneration
physique, morale et polique des juifs, que provocó
en 1788 la gran discusión ilustrada sobre la tolerancia
religiosa, cuyo des-enlace sangriento durante la Revolución
francesa convierte al abate en uno de los héroes de esta
biografía.
Fue
el obispo Grégoire quien educó, en escasos y oscuros
días, a fray Servando en el arte de la tolerancia. Pero
así como escogió sólo algunas de las lecciones
de su maestro, el doctor Mier podría haber obviado el tema
judío, intrascendente para un fraile novohispano. Fue mérito
propio y solitario de la sensibilidad de Servando dibujar en las
Memorias esas escenas en la sinagoga, dignas de la imposible
Hermandad de Abraham y que son tanto más significativas
por haber prendido el filo-semitismo en un clérigo que
se acaba de librar de la asfixia hispánica y cuya piel
barroca jamás acabó de mudar en esa democracia cristiana
que profetizó Grégoire.
El doctor
Mier, alejado de todo milenarismo, vio a los judíos como
amigos que practicaban una religión que respetaba en la
misma medida que reprobaba. Nunca los consideró en
contraste con Grégoire y el resto de la Ilustración
cristiana instrumentos de ninguna salvación universal.
Y como heredero involuntario de una literatura la picaresca
escrita por cristianos nuevos para humillar socarronamente la
pureza de sangre de los hidalgos, fray Servando reintegra honorablemente
al judío a la literatura hispánica, acabado de expulsar
con la sofocante Execración contra los judíos
(1633) de don Francisco de Quevedo y Villegas. Las páginas
dedicadas por Mier a los judíos bordoleses, son un momento
insólito e inadvertido de las letras de la lengua. ¿Algún
desván guardará la disputa de Bayona entre el doctor
tomista y los rabinos sefaradíes? Nos falta ese pintor
que retrate para siempre la alegría de "Fray Servando
en la sinagoga de Bayona", rodeado de esos judíos
que se le muestran hospitalariamente, etimológicos monstruos
que encontraron en él a un huésped extraviado. Quiero
creer que lo recordaron con ternura cuando mandaban apagar la
lámparas en su templo del barrio del Sancti-Spiritus.
París
bien vale una misa...
y
un plagio¡Cuidado con los detalles! La posteridad los desdeña;
son las ratas que socavan las grandes obras.
Voltaire, Carta a Dubos, 1738
No
hai experiencia cruel que no hayamos hecho...
Simón Rodríguez, Pródromo de Sociedades Americanas,
1828
Los judíos,
pueblo especialista en papelería migratoria, le dicen a
su amigo Servando, a la hora de internarse tierra adentro, que
su pasaporte está abreviado. Después del renglón
que dice "España" puede agregarse, por qué
no, "y Francia", de tal forma que el fraile marchará,
"legalmente", como tantos hijos de las ilusiones perdidas,
rumbo a París. La hospitalidad semítica, aderezada
con la belleza no por rechazada menos estimulante de la hebrea
Fineta, permiten al doctor Mier mirarse al espejo por primera
vez en varios años y descubrirse joven, pues
como yo
estaba todavía de buen aspecto, tampoco me faltaban pretendientes
entre las jóvenes cristianas, que no tienen dificultad
en explicarse, y cuando yo les respondí que era sacerdote,
me decían que eso no obstaba si quería abandonar
el oficio. La turba de sacerdotes que por el terror de la revolución,
que les obligaba a casarse, contrajeron matrimonio, les había
quitado el escrúpulo.
El reposo
en la sinagoga de Bayona convirtió a Servando, no en un
abate libertino, pero sí en ese religioso a la francesa
que erraba sin callar su admiración por la belleza de las
mujeres de los Bajos Pirineos. Pero pasando el Dax, desaparecidas
las blancas vascongadas, Mier se permite ese racismo climatológico
que el abate Raynal había recetado como maldición
del Nuevo Mundo. "Nunca sentí más el influjo
del clima", nos dice el viajero, "que en comenzando
a caminar para París, porque sensiblemente vi desde Montmarsan,
a ocho o diez leguas de Bayona, hasta París, hombres y
mujeres morenos, y éstas feas. En general las francesas
lo son, y están formadas sobre el tipo de las ranas. Malhechas,
chatas, boconas, y con los ojos rasgados. Hacia el norte de Francia
ya son mejores".
Entre
feas o bonitas, que más da, a Servando le queda poco tiempo
para la relajación. El hábito, el suyo y el ajeno,
lo atrae sin tregua. Peor que las mujeres feúchas son los
monjes, los mismos que Goya dibujará, apretujados y diabólicos,
en los Caprichos. En Bayona había mantenido sus
relaciones con los clérigos franceses emigrados a España,
quienes lo habían pasado de Burgos a La Coruña.
Amenazados por la amistad del Príncipe de la Paz con Napoleón,
que había pedido su confinamiento en las islas Baleares
o Canarios, correspondieron a la generosidad previa de fray Servando:
Yo dirigí
a su nombre una suplicación al clero burgalés para
ayudarlos a fin de hacer su viaje. Gustó tanto que el clero,
entusiasmado, salió con bandejas por las calles a hacer
una colecta, y se junto muy bastante para transportar con decencia
sesenta sacerdotes, que, en obsequio mío, vinieron a montar
ante el Convento de San Pablo donde yo estaba. Los infelices me
enviaron a Bayona cuarenta francos, con que determiné,
al cabo de dos meses, internarme en Francia.
La información
es preciosa y me obliga a detener el itinerario de Servando a
París. La situación equívoca que el doctor
Mier vivirá poco después en esa ciudad, como supuesto
párroco de Santo Tomás, con devociones divididas
entre los cleros constitucional y refractario, alcanza cierta
explicación en ese párrafo. El exilio de los sacerdotes
franceses en España fue muy complicado, tanto para los
refractarios que huyeron desde 1792 como para quienes, a pesar
de haber jurado la Constitución Civil del Clero, sufrieron
los terrores de la descristianización entre 1793 y 1797.
Los curas que auxiliaron a Servando en su escapatoria de España
hacia Bayona pertenecían, seguramente, a este segundo grupo,
engrosado por quienes habían jurado por logreros, miedosos
o indiferentes. Este clero componía un exilio hoy diríamos
que de baja intensidad, refugiado en España por la cercanía
geográfica y no por la identidad católica, pues
el reino de Godoy y Carlos IV era aliado, en virtud de la paz
de Basilea de 1795, de la República revolucionaria. Entre
esa fecha y el dramático año de 1808, España
volvió a la órbita francesa con el desenlace conocido.
Incluso la breve Guerra del Rosellón de 1793-1794, la frustrada
réplica borbónica contra la ejecución del
primo capeto, como cuenta Alcalá-Galiano en sus Memorias,
contaminó de "liberalismo" a los ejércitos
espa-ñoles. Y por fuerza, de eso estaban contaminados los
clérigos franceses que Mier conoció en el país
vasco español, juramentados arrepentidos o perseguidos
que no podían encontrar refugio en los nidos ultras
de Londres o en los Ejércitos de los Príncipes,
destartalados más allá del Rhin. Entre esos sacerdotes,
Servando escuchó las primeras referencias directas, críticas
o entusiastas, del obispo Grégoire. No sería extraño
que una recomendación directa, la que le abrió las
puertas del Segundo Concilio de 1801, como observador, haya provenido
de los amigos del país Vasco.
La situación
de esos curas ilustra las espantosas paradojas revolucionarias.
Mientras que la anglicana Inglaterra recibió al clero católico
emigrado con creciente emoción, hasta motivar aquel elogio
de Edmund Burke nunca vi humildad tan magnánima,
ni tanta dignidad en la paciencia, ni tanta elevación en
los sentimientos del honor, en España las cosas fueron
distintas. La catolicidad ibérica, desde los arzobispos
hasta el po-pulacho, recibió con espanto a aquellas víctimas
del terror, portadores incurables de las nocivas "ideas francesas",
agentes del jansenismo y del galicanismo.
En Zaragoza,
durante la fiesta de la Virgen del Pilar, los padres franceses
no se inclinaron ante la procesión, como el resto de los
fieles. Quizá temían ensuciar sus sotanas. La muchedumbre
los apedreó. Y don Rafael Menéndez, obispo de Santander,
había justificado esa conducta:
En Francia,
clérigos, padres, curas, religiosos, se empolvaban y se
frotaban como los hijos del siglo más imbuidos del espíritu
del siglo... Se presentaban en España descaradamente empolvados
y vestidos de gala... ¡Oh, escándalo! ¡Oh,
eterno oprobio del clero francés! Oprobio que no puede
ser lavado con las lágrimas más ardientes. Sólo
con el agua fría puede deshacerse esa pomada. [Ivan Gobry,
La Révolution Française et lEglise, Lyon,
1989]
Al inclemente
obispo santanderino no le faltaban sus razones. La brutalidad
del clero español le impedía distinguir, entre la
clerecía francesa, a los juramentados de los refractarios,
a los constitucionalistas remisos de los ultramontanos, a los
galicanos de los jansenistas... La abominación y la servidumbre
ante Francia no conocía matices en la España borbónica.
Fray Servando, veloz ante el conocimiento, entendió claramente
el enjambre y caminaba hacia París para implicarse en él.
Y como hombre enamorado de las ropas talares, criollo a la moda
cuando se podía, Mier debió admirar la raída
pudencia de esos abates de corte que por más fieles al
decapitado Luis XVI que hayan sido, no se iban a postrar ante
la primera peregrinación de pueblo que les saliera al paso.
Volvamos
al camino de París:
proseguí
(desde Bayona) a pie para Burdeos, distante más de treinta
leguas, en compañía de dos soldados desertores de
España, zapateros. Como todo el camino es un arenal, padecí
infinito, y al cabo no hubiese podido llegar a Burdeos, por lo
muy inflamado de mis pies, si no me hubiese embarcado en otro
río. Mis zapateros comenzaron inmediatamente a trabajar,
y ganaban ese dinero como tierra, mientras que yo, lleno de Teología,
moría de hambre y envidia. Entonces conocí cuán
bien hicieron los padres en dar a sus hijos, aunque fuesen nobílisimos,
algún oficio en su niñez, especialmente uno tan
fácil y tan necesario en todo el mundo. Esto sería
proveerlos de pan en todos los accidentes de la vida.
La instantánea
nos regresa al autodesprecio erasmaniano que fray Servando sufrió,
en todo tiempo y lugar, por su propia condición de monje,
figura de la inutilidad, peso muerto y manos torpes. Y el par
de zapateros desertores ilustra la facilidad con que las Memorias
reproducen la narración picaresca, pues sólo a un
escritor de esa estirpe se le ocurre bosquejar a lápiz
ese microcosmos andariego con la exhibición del fraile
descalzo, ridiculizado por el contrapunto de los laboriosos zapateros,
colocados allí para ponerlo en picota, por necesitado.
El camino
termina, sin mayor trámite, en París. Infiel tanto
al viaje sentimental a la Sterne, como a la bitácora ilustrada
y diplomática de un Jovellanos, Mier funciona como pícaro
y lo primero que busca es cobijo. Informa de inmediato que sus
tres valedores en Lutecia son el embajador español José
Nicolás de Azara (1730-1804), el botánico colombiano
Francisco Antonio Zea (1770-1822) y José Sarea, Conde de
Gijón. [Azara fue un personaje consistente de la Ilustración
española, especialista en Garcilaso, letrado de la Universidad
de Huesca, agente de Carlos III en la corte
pontificia hacia 1765, ministro plenipotenciario de España
durante las campañas italianas de Napoleón, y al
fin, embajador en París. A José Sarea, Conde de
Gijón, no he podido identificarlo.]
Si el
embajador Azara parece ser una persona circunstancial, relacionada
con un pasado ilustrado que Mier no tuvo, Zea será el primer
prohombre de la independencia americana que el fraile recordará
haber conocido. Nacido en Medellín, en el Reino de Nueva
Granada, su precocidad científica coloca a Zea, junto a
don José Celestino Mutis, en la expedición botánica
de 1789-1794. Abogado y teólogo, Zea le enseñaba
sus latines al virrey-arzobispo granadino cuando quedó
implicado en la temprana conspiración de Antonio Nariño
(1765-1823) en 1794. Todos aquellos revolucionarios colombianos
fueron procesados y remitidos a Cádiz. Este contemporáneo
de fray Servando en las prisiones peninsulares, era para él
uno "de los jóvenes doctores de Cundinamarca, que
habiendo impreso un librito de los derechos del hombre, había
puesto en prisión la Audiencia de Santa Fe de Bogotá".
El caso
de Zea cayó en manos más liberales que el de Mier
y, favorecido por su fama e ilustración, marchó
desterrado a París. En 1801, al encontrarse con él,
regresaba a Madrid se le tenía prohibido pisar América
para dirigir el Jardin Botánico. Testigo del 2 de mayo
de 1808, pareció inclinarse por los patriotas pero se afrancesó
hasta ser el prefecto de Málaga de José Bonaparte.
Se reunió con Bolívar en Londres en 1814 y lo alcanzó
en Haití, ya como independentista. Presidió el Congreso
que proclamó la República de Colombia el 17 de diciembre
de 1819. Finalizó su carrera tras haber incumplido la misión
diplomática que Bolívar le encargó en Europa,
donde agravó la deuda externa y derrochó dineros
de la embajada. Negoció una abortada confederación
entre España y los nuevos Estados hispanoamericanos que
habría de ser regida por Fernando VII.
El botánico
Zea confrontó a Mier con un hombre representativo de su
generación y con un puente hacia su todavía lejano
futuro político. A pocos meses de haber cruzado la raya
de Francia, el fraile ya sabe lo que es disputar con los sabios
de Sión y ahora se topa con ilustraciones científicas
y heterodoxias políticas impensables para él. En
la legación del embajador Azara, nos dice la Relación...,
Mier se sintió incómodo o atemorizado por los empleados.
Los covachuelos de la Inquisición habían sido sustituidos
por las lechuzas de la Ilustración. El cónsul español
remitió al recomendado mexicano con su secretario, con
órdenes de que dispusiese su alojamiento. Pero
este era
un español que se empeñó en hacerme ateísta
con la obra de Fréret, como si un italiano no hubiese reducido
a polvo sus sofismas. He observado que se leen con gusto los libros
impíos, porque favorecen las pasiones, y no sólo
se leen sus impugnaciones, sino que se desprecian, porque el tono
fanfarrón y satisfecho de los autores incrédulos
pasa al espíritu de los lectores. Hablan con la satisfacción
que, en su interior, no tienen, para imponer, y si la tienen,
es por su propia ignorancia. Qui respicit ad pauca, de facili
pronuntiat.
Contra
lo que se piensa en aquella época, los espíritus
genuinamente ateos eran muy pocos, como ese fabuloso Abate Marchena,
con quien ya nos encontraremos. Fray Servando, como todo católico
en problemas con su Iglesia, se cuidará siempre de esquivar
toda acusación de impiedad. Y en este caso el doctor Mier
se equivoca, pues los libros de Nicolas Fréret (1688-1749)
le hubieran gustado. Era un anticuario de su estilo que, careciendo
de verdaderas ideas antirreligiosas, cometió la imprudencia
de afirmar que la virtuosa civilización china era 2,575
años anterior a Cristo, lo que le valió su temporada
en La Bastilla. Mier confundía a los criticistas barrocos
como él con los horribles ateos de la propaganda
contrarrevolucionaria.
El secretario
ateizante, una vez fracasada su misión de adoctrinamiento,
descubre que el fraile carga dinero y, desobedeciendo la hospitalidad
consular, le cobra veinte duros de alojamiento. Esta otra pincelada
picaresca nos lleva al extravagante José Sarea, conde de
Gijón, natural de Quito, quien completa la galería
de excéntricos con quienes el dominico hace su París,
era una fiesta. De Sarea sabemos solamente lo que Mier nos cuenta.
Era un señorito derrochador dedicado al contrabando que
"tiraba el dinero como si estuviese en América".
A Servando, convencido de que los salvajes eran los europeos,
aquéllo le parecía afrentoso "considerando
que se había de ver gran miseria en Europa, donde todos
se conjuran para despojar al americano recién venido, le
iba a la mano, aun cuando quería gastar en mi obsequio.
Él se enfadó de esto y me abandonó casi luego
que llegamos a París".
A sus
virtudes como cristiano ecuménico y fraile impermeable
al ateísmo agregamos el espíritu ahorrativo de Servando,
pues advierte que el Conde de Gijón se arrepintió
de sus derroches "porque le sobrevinieron los trabajos que
yo le había predicho" y fue víctima de un fraude
comercial con el azúcar que exportaba de La Habana. En
una declaración rara en el memorialista, se despide de
José Sarea como un hombre que al conocer "mi hombría
de bien" se convirtió en su mejor amigo.
Mier
jamás abandonó su conciencia y sus obligaciones
de sacerdote:
no quiero
omitir que un francés al servicio de España, me
recomendó desde Burdeos con eficacia a su hermano, que
ocupaba una plaza de influjo en París, porque aunque
sacerdote, le decía de mí, es hombre de bien.
Me enseñó esa cláusula y me dijo que era
necesaria, porque todos ellos eran unos libertinos. Después
vi que era cláusula corriente en la recomendación
de un sacerdote. Tanto habían declarado los incrédulos
contra la religión y sus ministros como unos impostores,
que llegaron a impresionar al pueblo, el cual salía a cazarlos
en los bosques, adonde huían cuando la revolución,
diciendo que iban a matar bestias negras.
Llegar
a la Francia postrevolucionaria fue para fray Servando una comprobación
amarga: la Iglesia Católica estaba en ruinas, víctima
de su propia disipación y de la derrota filosófica.
En España era fácil culpar a la Inquisición
y a sus covachuelos del desastre pero en Francia imperaba o el
libertinaje o el martirio. A esa constatación se sumaba
el horror por el propio hábito, esa monacofobia que Mier
sufrió toda su vida: ser "religioso" era aun
peor que ser solamente sacerdote [Servando Teresa de Mier no era
monje, sino fraile, pertenecía a las Órdenes Mendicantes,
regidas por las Reglas de San Agustín. Pero utilizó
el término "monje" y "monacofobia"
en sentido extensivo a todos aquellos "religiosos" ajenos
al estado secular]. Quizá fue ese francés, precisamente,
quien lo recomendó en París desde Burdeos, pero
es esa recomendación con cláusula de buena conducta
la que provoca la página más triste de la Relación...:
Si el francés
hubiera sabido que yo era religioso, no me hubiera recomendado,
porque el sobrenombre de fraile me constituía incapaz.
Entre católicos e incrédulos es un oprobio, o, por
mejor decir, el compendio de todos los oprobios, y con decirle
a uno que lo es creen haber agotado todas las injurias. Equivale
a ser hombre bajo, soez, malcriado, ocioso, pordiosero, ignorantísimo,
impostor, hipócrita, embustero, fanático, supersticioso,
capaz de cometer todas las vilezas e incapaz de honor y hombría
de bien. Parece increíble y es ciertísimo. Aun en
los buques de los católicos es menester no decir uno que
es fraile, porque si hay alguna borrasca lo echan al agua, como
ha sucedido varias veces. Por eso los franceses en España
los mataban sin remordimiento, dentro y fuera de los conventos.
Por eso ya casi no existen en Europa. José Bonaparte los
había extinguido en España, y allá iban las
Cortes. Donde existen se les ve con el mayor vilipendio, y no
se les da entrada en ninguna casa decente. Lo peor es que el
frailazgo imprime carácter indeleble. Nada se avanza con
secularizarse, ser obispo ni Papa. Siempre lo frailean desdeñosamente,
y en Roma, para despreciar al Papa, o alguna providencia suya,
dicen hombres y mujeres: "Oh é un frate".
[Subrayados de CDM]
En el
episodio siguiente veremos a fray Servando incurrir en al menos
tres o cuatro de los trece adjetivos que cuelga a los religiosos.
Y aunque no lo vamos a tirar por la borda, tendremos que reconocer
que obró frailunamente contra una de las escasas
personas cándidas y sabias en la crudelísima historia
americana: Simón Rodríguez (1771-1854), el pedagogo
ilustrado que fue maestro y confidente de Simón Bolívar.
Tras
recibir un "socorrito" del señor inquisidor José
de Yeregui, jansenista español que intervendrá varias
veces en la vida de Mier [Poco se sabe de José de Yeregui,
que Servando da por muerto hacia 1808. Don José Antonio
Llorente, en su Historia crítica de la Inquisición
en España (1817-1822), publicado en Madrid en 1981,
lo presenta en el número 118 de la "Noticia de los
literatos que han padecido por causa de la Inquisición"
con la siguiente ficha: "presbítero secular, doctor
en teología y cánones, natural de Vergara, de Guipúzcoa,
maestro de los infantes Gabriel y Antonio de Borbón, caballero
de la Real Orden de Carlos III, autor de
un catecismo y capaz de serlo de muchas obras de buena teología
y disciplina eclesiástica por su grande ciencia. Fue delatado
tres veces a la Inquisición de corte como hereje jansenista
por ciertos clérigos y frailes ignorantes del partido jesuítico.
Se le asignó, año de 1792, la villa de Madrid por
cárcel, que duró medio año, pero satisfizo
a todos los cargos, de modo que los inquisidores de corte le absolvieron
de la instancia. En el Consejo había contrarios que
deseaban decretase solamente suspensión del proceso, y
las intrigas se multiplicaron de manera que verosímilmente
prevalecerían si no fuera por haber fallecido entonces
mismo el inquisidor general Rubín de Cevallos, obispo de
Jaén, y nombrándose luego para sucesor a Manuel
Abad y la Sierra, arzobispo de Selimbra, cuyas opiniones eran
conformes con las de Yeregui, a quien por fin se dio testimonio
de haber sido absuelto y puesto en libertad. Henri Grégoire
lo menciona en sus Mémoires como autor de la Idea
de un catecismo nacional. Atacó a los curas juramentados
y tomaba las aguas en Bagnéres, donde predicó en
la misa de la Asunción, lo que provocó que el magistrado
de la ciudad le ofreciera una diputación], Servando anuncia
que:
a poco de
estar yo en París llegó Simón Rodríguez,
un caraqueño que con el nombre de Samuel Robinsón,
enseñaba en Bayona, cuando yo estaba, inglés, francés
y español, como también enseñaba este último
un fraile trinitario descalzo, llamado Gutiérrez, apóstata
y libertino. [Quizá se trata de alguno de los Gutiérrez
de Terán, afrancesados eliminados por la Junta Central
entre 1813 y 1814. Mier agrega: "después fue autor
de la gacetilla española de Bayona, y últimamente
ajusticiado en Sevilla por orden de la Junta Central, a causa
de que iba a España, de orden de Napoleón, a intrigar
con el sello de Fernando VII"] [...] Robinsón se fue
a vivir conmigo en París y me indujo a que pusiésemos
escuela de lengua española, que estaba muy en boga.
En 1801,
Simón Rodríguez, roussoniano y bohemio, nadaba mar
adentro en un siglo en el que Servando apenas se mojaba la sotana.
Pero el fraile pagó esas clases de ilustración y
romanticismo con la impostura, el abuso de confianza y el plagio:
Por lo que
toca a la escuela de lengua española que Robinsón
y yo determinamos poner en París, me trajo él a
que tradujese, para acreditar nuestra aptitud, el romancito o
poema de la americana Atala de M. Chateaubriand, que está
muy en celebridad, la cual haría él imprimir mediante
las recomendaciones que traía. Yo la traduje, aunque casi
literalmente, para que pudiese servir de texto a nuestros discípulos,
y no con poco trabajo, por no haber en español un diccionario
botánico y estar lleno el poema de los nombros propios
de Canadá, etcétera, que era necesario castellanizar.
El doctor
Mier, teólogo de la Real y Pontificia Universidad de México,
donde no enseñaban francés, se solaza en explicar
que
Se imprimió
con el nombre de Robinsón, porque éste es un sacrificio
que exigen de los autores pobres los que costean la impresión
de sus obras. Así es el barcelonés Juan Plá
autor de la Gramática y el Diccionario de Cormón,
que costeó la edición y no sabía español
[...] Ródenas en Valencia hizo apuesta de traducir la
Atala al castellano en tres días, y no hizo más
que reimprimir mi traducción, suprimiendo el prólogo
donde Chateaubriand daba razón de dónde tomó
los personajes de las escenas, pero reimprimiendo hasta las
notas que yo añadí.
Todavía Alfonso
Reyes, con buena fe y pocas luces, sostuvo la autoría servandiana.
Pero el erudito venezolano Pedro Grasses puso en orden las cosas,
al analizar la traducción "de Mier", publicada
en 1801, pero no en París, sino en Bayona. El texto, según
Grasses, es una versión de buena factura, en absoluto literal
y con algunos galicismos [La primera versión castellana
de Atala, Caracas, 1955. Agradezco a José Balza la
búsqueda y el envío del folleto, que Alfonso Reyes
citó sin haberlo leído, pues lo daba como prueba
de la atribución de Mier]. Nada hay de la pedagogía
publicitada por Mier en defensa de reproches imaginarios, pues
el fraile no sabía francés o apenas lo farfullaba
en 1801, como lo muestra su propia confesión de ¡haber
hablado como mexicano para hacerse pasar como clérigo francés
en la frontera española! Ni yo. Meses después aparece
milagrosamente un Servando políglota en calidad de negro
y víctima de Rodríguez, que nada tenía
de empresario y estaba tan desguarecido o más que su amigo
mexicano, pues carecía de sus relaciones eclesiásticas.
El resto de los argumentos de Grasses son casi irrebatibles. Pero
ladrón que roba a ladrón, Mier agrega que "su"
traducción le fue robada después por Pascual Genaro
Ródenas en Valencia [1803] y por el inglés Walton
para sus Dissentions of Spanish America. Grasses leyó
una y otra cosa: la traducción de Ródenas es distinta
de la que Mier se atribuye, y el libro de Walton tan sólo
la cita. Mier conocía de oídas ambos libros, y en
concreto, se queja que Ródenas quiso enmendarle la plana
desacentuando sabanas en vez de sábanas.
No hay tal cambio en la versión valenciana. Yo agregaría:
¿para qué necesitaba Mier de un diccionario botánico
cuando convivía con un botánico americano tan importante,
el francoparlante Zea? Pues porque la traducción ya había
sido hecha en Bayona por Simón Rodríguez, quien
dedicó el trabajo a sus alumnos en esa ciudad y ofreció,
a los compradores de Atala, su nueva dirección en
París,165, rue Saint-Honoré.
A principios del
siglo XIX la noción de derecho de
autor era bastante laxa, pero no son lo mismo los plagios de Stendhal,
sobre textos de personas desconocidas, historiadores de la música
y la pintura, que la treta de fray Servando contra Simón
Rodríguez, su amigo y huésped. Al entrar en el desván
de los detalles, esas ratas que maldecía Voltaire, Mier
no sólo trata vanamente de ocultar su deshonestidad, sino
manifiesta una mutación decisiva en su personalidad. La
privanza con las ideas modernas y sus detentadores, lo enriqueció
intelectualmente de manera irreversible, pero agudizó su
sentimiento de inferioridad frailuna, culminando su involuntaria
metamorfosis picaresca, la forma que mejor conocía de sobrevivir
al infortunio.
Servando no tenía
motivo alguno para perjudicar a Simón Rodríguez
al que seguramente ayudó en la escuela parisiense
ni al traductor valenciano o al publicista inglés. Pero,
durante la redacción definitiva de las Memorias
en 1819, al doctor debió dolerle que tantas partes de su
vida carecieran de documentación, justo cuando era sometido
a un proceso inquisitorial. Inclusive, durante las primeras declaraciones
del reo, en septiembre de 1817, dice que el viejo Robinsón
era un "anglo-americano católico" [El proceso
inquisitorial contra Mier en 1816-1820 aparece completo, con sus
1097 folios, en las páginas 638-950 del tomo VI
de Juan E. Hernández y Dávalos, Documentos para
la historia de la guerra de Independencia de México de
1808 a 1821 (1877-1882), José M. Sandoval Impresor,
1888. De aquí en adelante citaré esa documentación
como Hernández y Dávalos, op.cit] lo que
prueba que casi había olvidado quién fue su camarada
parisiense. Entre 1814 y 1820, los nombres de Servando Teresa
de Mier y de Simón Rodríguez amenazaban con perderse
como las máscaras desechables tras el carnaval de esa revolución
hispanoamericana que parecía aplastada por la Restauración.
Así que plagiar la traducción de Chateaubriand era
fácil e inofensivo. Un detalle que la posteridad desdeñaría.
La argumentación
final de Mier, plagada de erudición frailuna y salpicada
de las migas de la cena conventual, no deja de conmoverme:
Cuando murió
el abate Gándara, todos decían ya murió
el Cicerón de (José Nicolás) Azara, traducida
del inglés, que no sabía Azara. Mil intrigas se
hacen. La Apologia Jesuitarum a Fr. Daniele Concina es
notoriamente obra de un jesuita veneciano. El ex jesuita Zacarías
añadió el suplemento a la obra de Natal Alejandro,
porque nadie le daría fe sobre las materias de la gracia.
Y es costumbre de los jesuitas callar por eso su profesión,
como lo hizo Berant Bercastel, que dicen en Francia dio por
historia eclesiástica los anales de su Compañia...
Esas parrafadas escolásticas
a propósito de Chateaubriand, el autor moderno por antonomasia
en 1800, traídas a cuenta "para contrarrestar la inocua
maniobra de las gentes que no reparan en fobias y ficciones",
muestran a ese Mier desesperado entre la erudición y la
paranoia, en esa pesadilla de quien por huir hacia adelante retorna
al origen. ¿Qué habrá aprendido de Simón
Rodríguez, llamado por la bobería republicana Sócrates
de Caracas o Diógenes de América? Tal parece que
cuando Servando topa con esos gigantes que lo colman de admiración,
vuelve a ser el prisionero que cuida de las arañas en su
celda, contándolas como su única heredad. Ese Robinsón,
en cambio, caminó entre dos siglos tras un ejemplar vivo
del Emilio de Rousseau, a quien creyó encontrar en el joven
Bolívar, a quien vio morir en el fango, como a Bonaparte;
fue un loco de las Luces fundando falansterios en las imposibles
repúblicas bobas de América Latina. Acaso Servando
y Simón se hayan divertido, al verse involucrados en el
año X de la República francesa,
en conspiraciones eruditas o jesuíticas contra la sabiduría
de las Órdenes mendicantes. Ambos son criaturas desdeñadas
por la biografía y arropadas por la novela. Mier tiene
en Reinaldo Arenas [Inspirado por La expresión americana
(1957), de José Lezama Lima, donde hay un par de páginas
precursoras sobre el doctor Mier, el novelista cubano Reinaldo
Arenas (1943-1990), escribirá El mundo alucinante
(una novela de aventuras), logrando la resurrección
de fray Servando en la gran literatura latinoamericana del siglo
XX.] a su custodio y Simón Rodríguez
a Arturo Uslar Pietri, autor de La isla de Robinsón
(1981), que dado que creo en la realidad novelesca, acaso sea
la única fuente verosímil sobre el encuentro.
Uslar Pietri camina
tras el par de prodigios, escucha al barroco disertar sobre Santo
Tomás, mientras Robinsón le da sus primeras lecciones
sobre la Revolución francesa, Robespierre y Bonaparte,
esas formas de despotismo que Servando desconocía. En esas
conversaciones debió escuchar las primeras opiniones políticas,
estrictamente contemporáneas, provenientes de un intelectual
ajeno al clero por definición, el Aristóteles de
Alejandro-Bolívar. Con mejor maestro informal no pudo toparse
el fraile. Y Uslar Pietri se atreve a contrastar el Atala
con la imaginación de sus traductores. ¿Cuál
de los dos americanos había visto con más atención
a un indio? Mi respuesta es que Servando, acaso vio de niño
a los comanches colgados por su padre en los caminos del Nuevo
Reino de León y don Simón jamás trató
a los descendientes novohispanos de los aztecas. Para ambos, el
indio americano era una criatura tan mitológica como para
el vizconde de Chateaubriand, nueva estrella de la literatura
francesa.
¿Por qué
traducir a Chateaubriand? Era el hombre de la hora. El 6 de abril
de 1801, la imprenta de Mignaret daba a luz los primeros ejemplares
de Atala ou les amours de deux sauvages dans le désert.
Su autor había nacido en 1768, diecisiete años después
que Rodríguez, sólo un lustro menor que Mier. Hijo
segundón de la nobleza bretona, François-René
alcanzó a ser presentado en la corte de Luis XVI durante
una cacería. Se entusiasmó, como le ocurre a los
jóvenes, con el aliento libertario de 1789, pero fue de
los primeros en retroceder ante las cabezas paseadas en picas
por la turba parisiense. Amigos y familiares suyos conocieron
el cadalso. Chateaubriand escapó al Nuevo Mundo, recorriendo
muchas leguas entre Estados Unidos y Canadá, territorio
que su imaginación extendió hasta la península
de la Florida. Perdido en esas inmensidades, leyó en un
periódico viejo que su rey, juzgado como Luis Capeto, había
sido guillotinado el 21 de enero de 1793. Regresó a Londres
para ver la derrota militar de los hermanos del rey y en 1800
lo tenemos de regreso en Calais, tras haber publicado su Essai
sur les révolutions, donde se debate entre la "vieja"
Ilustración y el "nuevo" catolicismo. El Consulado,
en un triz de convertirse en Imperio, necesitaba de Chateaubriand
para poder legitimar entre la inteligencia la restauración
del culto católico. Eso ocurrirá con El genio
del cristianismo, de 1802, el best-seller del Concordato.
Es natural que a
Mier y Rodríguez, más allá de la oportunidad
editorial, les sedujese Atala. La antigua Ilustración
sonrió con amargura ante esa sanción pública
de la cursilería de los románticos. El cuento se
interrumpe en treinta y tres ocasiones debido a las lágrimas
del narrador, mientras el viejo Chactas cuenta a René ese
romance piadoso y exótico. Por ser una invención
del origen, sin la cual el exiliado enloquece, Atala debió
conmover también a sus traductores al español. Mier
no conocía América; Rodríguez la recordaba
demasiado. Uno la perdería por ignorancia, el otro por
confusión. Y Chateaubriand, cristianizador de Rousseau,
había viajado al Nuevo Mundo huyendo de los horrores del
Contrato Social, a la caza del Buen Salvaje, que para el vizconde,
como para fray Servando, no podía sino ser cristiano.
Atala es una
tragedia cristiana entre gentiles, la historia de amor de un indio
apóstata Chactas por una india cristiana Atala
desplegada ante la mirada enternecida de un sacerdote ideal, el
padre Aubry, que habrá de morir martirizado. Un ignorante
de la literatura moderna como lo era Mier y tantos de los
lectores franceses del día comprendía fácilmente
el catecismo de Chateaubriand: la Virtud, arrancada del mundo
por la furia deísta, se reconquista en las antípodas,
en el corazón de una princesa indígena cristiana,
cuya castidad es una ofrenda a Dios, a la naturaleza y al amor,
trinidad romántica elemental que en 1801 era una oferta
que garantizaba el éxito popular. Por más antecedentes
que tuviera en Rousseau y en Bernardin de Saint-Pierre [Paul
et Virginie, 1787], Atala, por su cristianización del
motivo, era una auténtica novedad. ¿También
lo era para Mier, que estaba aprendiendo francés junto
al pedagogo Rodríguez? No del todo. ¿No era acaso
la leyenda de Santo Tomás Apóstol otra tragedia
cristiana entre gentiles? ¿No había narrado fray
Servando, en su célebre sermón, el amor de una indianidad
apóstata por la Virgen de Guadalupe, madre de Jesucristo?
¿No se identificaría él mismo con el padre
Aubry, quien siembra la verdadera religión en el corazón
entusiasta aunque desordenado del pagano?
Pero Mier no volvió
a ocuparse de Atala, salvo para presumir que la había
traducido. Y nuestro fraile, para dolor de sus biógrafos
y en beneficio de sus novelistas, era incapaz de retratar. No
lo hace ni como barroco, ni como romántico. Tiene demasiada
prisa por desahogar sus diligencias. Alaba a pocas personas y
tizna a sus enemigos. Se es covachuelo o se es fraile, el resto
no es humanidad. En la Relación..., un personaje
de la riqueza de Simón Rodríguez, sólo merece
seis líneas de presentación. Más importante
le parece la currícula, una nuez abierta, del zutano Gutiérrez,
trinitario, libertino y ajusticiado. Que Mier le haya perdido
la pista a Rodríguez en 1819 es lógico, no lo es
su indiferencia ante Chateaubriand, uno de los escritores más
famosos de su época. Pero sólo nos dice: "en
cuanto al Atala, el primero que vino a comprárnosla
fue el mismo autor..."
Todas las biografías
de Chateaubriand coinciden que en abril de 1801 el vizconde estaba
en París. Es muy probable que se haya hecho de la versión
española de Atala que vendían un par de americanos.
El novelista Uslar Pietri también se queda hambriento ante
la imperdonable reticencia del memorialista. Imagina a Simón
Rodríguez increpando a fray Servando por no haberle contado
completa a Chateaubriand su historia de Santo Tomás Apóstol
en América. Quizá Servando tuvo, durante sus exitosos
años veinte del siglo XIX, alguna
noticia de los cuadernos de Simón Rodríguez, donde
su espíritu matemático trataba de resolver la ecuación
entre la anarquía y el despotismo con un resultado favorable
para América. Acaso Mier se reconoció en la idea
de Simón Rodríguez, proyectada como una maldición:
los hispanoamericanos han experimentado con todas las formas de
la crueldad [Simón Rodríguez, Inventamos o erramos,
1988 y Juan David García Bacca, Simón Rodríguez,
pensador para América, 1981]. Pero si Napoleón
se ufanó de haber recogido una corona tirada en el arroyo,
fray Servando habría dicho que el Atala, de Chateaubriand
fue otra moneda caída en el bolsillo del desvergonzado.
Christopher Domìnguez, "Fray
Servando entre los judíos de Bayona",
Fractal
n°13, abril-junio,
1999, año 3, volumen IV, pp. 11-40.
|