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Steiner,
que caviló desde una vida y una obra enteramente dominadas
por la pertenencia judía, pensó que lo que nos rige
no es el pasado literal salvo posiblemente en un sentido biológico,
sino las imágenes del pasado a menudo muy estructuradas y
selectivas como los mitos. Estas imágenes y construcciones
simbólicas del pasado permanecen impresas en nuestra sensibilidad
casi de la misma forma que la información genética.
"Cada nueva época histórica se refleja en el
cuadro y en la mitología activa de su pasado. Cada era verifica
su sentido de identidad, de regresión o de nueva realización
teniendo como telón de fondo ese pasado", asevera Steiner
en En el castillo de Barba Azul. Una sociedad requiere de antecedentes,
pues el alcance, la lógica y la autoridad de la propia voz
vienen de atrás. Cuando estos antecedentes no están
naturalmente presentes en una comunidad nueva o reunida después
de un prolongado intervalo de dispersión o sometimiento,
citando de nuevo a Steiner: "un decreto intelectual y emocional
crea un tiempo pasado necesario a la gramática del ser".
Recuerdo
sin representación
El inmenso
poder de los textos antiguos radica justamente en su condición
de paradigmas, seguramente parciales, del funcionamiento de la memoria
colectiva, de una anamnesis o una crisis de olvido. Hay una clase
de olvido cuya naturaleza fue tal, que las fuentes jamás
podían mencionarlo. Recaía sobre las cosas de una
gran potencia, que fueron absolutamente olvidadas, hasta que su
propio olvido se olvidó. Por ejemplo, cuando en el antiguo
Israel echó raíces el monoteísmo, todo el vasto
y rico mundo de la mitología pagana del Cercano Oriente se
sumergió en el olvido, de manera que de él sólo
quedó "la caricatura legada por los Profetas: la pura
idolatría, el culto de maderas y piedras" (Yosef Yerushalmi,
"Reflexiones sobre el olvido", en Usos del olvido).
De todos
modos el monoteísmo es un concepto sumamente provisional.
Los historiadores de la religión nos dicen que el nacimiento
del concepto del Dios mosaico constituye un hecho único en
la experiencia humana, que ninguna idea comparable surgió
en otro lugar ni época. Este carácter repentino de
la revelación mosaica, el credo final del Sinaí, desgarró
la psique humana en sus raíces más antiguas pero nunca
cuajó del todo. Las exigencias impuestas al espíritu
son inconmensurables: se ordena a la conciencia que obedezca y ame
a la abstracción más pura. El Dios de la Tora no sólo
prohíbe construir iconos que lo representen sino también
imaginarlo. Sus atributos son su eternidad, su infinitud y su omnipresencia.
Steiner escribió un pasaje sorprendente: "Nunca se impuso
al espíritu humano exigencia más feroz, más
cruel, pues éste tiene la tendencia compulsiva, orgánicamente
determinada, a la imagen, a la presencia representada." Aunque
se lo invocara apasionadamente la institución del Dios mosaico
resultó, para la mayoría, una ausencia inexorable
o una metáfora, como ocurre en toda experiencia sincrética.
Para decirlo brevemente con Nietzsche, en el politeísmo estaba
la libertad del espíritu humano, su multiplicidad creativa.
La doctrina de una sola deidad "es el más monstruoso
de todos los errores humanos" ("die ungeheuerlichste aller
menschlichen Verirrungen") y en la historia, las exigencias
del monoteísmo absoluto resultaron intolerables. Por eso
el Antiguo Testamento es un registro de motines y recurrentes retornos
a los viejos dioses a los cuales las manos podían tocar y
la imaginación albergar.
Con justa
razón Vidal Naquet escribió que los judíos
tienen como patrimonio común el Libro. Un relato tomado de
Morris Berman (El reencantamiento del mundo) ilumina cabalmente
esta aseveración: "En 1883 o 1884, cuando mi abuelo
paterno cumplía 5 años, fue enviado por sus padres
al cheder, o escuela elemental judía, donde iría a
aprender a leer el idioma hebreo y el Antiguo Testamento. Era costumbre
entre los judíos de la provincia de Grodno en Belorrusia
darle una pizarra a los niños al entrar al cheder. Era su
pertenencia personal sobre la cual iban a aprender a leer y a escribir.
Y el primer día el profesor hizo algo bastante notable: tomó
la pizarra y dibujó en ella las primeras dos letras del alfabeto
hebreo aleph y beys con miel. A medida que mi abuelo
se comía las letras de la pizarra, aprendía un mensaje
que iba a permanecer con él por el resto de su vida: el conocimiento
es dulce". Pero es además, un mensaje que encarna un
simbolismo encubierto: la pizarra será ocupada materialmente
para aprender gramática y el vocabulario discursivo hebreo,
un tipo de conocimiento literal, no emotivo, que es necesario para
nuestro funcionamiento en el mundo. El que los trazos fuesen degustados
evoca un uso poético y más antiguo de las letras,
el uso de una forma especialmente distintiva del hebreo: el poder
de la Palabra. Sin embargo, no existe en la escuela judía
autoridad alguna, ni siquiera el Sanedrín, que posea el monopolio
de la interpretación. Hay quienes asignan un significado
a los textos y efectúan un pesher, un comentario explicativo
emitido en una especie de meta tiempo, como si éste no existiera,
y cuyo sentido es la relectura y actualización de un texto
(Pierre Vidal-Naquet, Los judíos, la memoria y el presente).
Los antiguos
libros judíos pueden resultar paradigmáticos porque
los problemas que suscitan y de los que tratan van más allá
de su contexto judío; la fenomenología de la memoria
y del olvido colectivos es esencialmente la misma en todas las culturas
humanas. De acuerdo con Yerushalmi, no hay pueblo para el que ciertas
imágenes del pasado, históricas o míticas,
no pasen a ser una Tora, oral o escrita. Una enseñanza canónica,
compartida y necesitada de consenso. Si esta Tora logró sobrevivir
es sólo porque no ha cesado de renovarse como tradición:
Moisés recibió la Tora en el Sinaí y la transmitió
a Josué y Josué a los antiguos y los antiguos a los
profetas y los profetas la transmitieron a los Hombres de la Gran
Asamblea. Así se inició la Mishnah Abot, revelando
la "cadena de la tradición" (Shalshelet ha-qabbalah)
farisea. Con el tiempo, esta cadena se trenzaría a través
del periodo talmúdico hasta el final de la Edad Media. Refiriéndose
a este pasaje este autor escribió: "Por lacónico
que sea, me parece encerrar la quintaesencia de la memoria colectiva
definida como movimiento dual de recepción y transmisión."
Y luego: "este proceso es lo que forja la mneme del grupo,
lo que establece el continuo de su memoria, lo que forma una cadena
de eslabones en lugar de desarrollar una sola pieza de hilo de seda.
Los judíos no eran virtuosos de la memoria; eran receptores
atentos y soberbios transmisores". Es preciso comprender, escribió
Yerushalmi, en el contexto en que lo concibió la tradición,
un oscuro e inesperado fragmento: cuando los maestros del Talmud
penetraron en el viñedo de Jabneh, dijeron que, como estaba
refrendado en la escritura, el destino de la Tora era ser olvidada
en Israel (versículo de Amos, VIII,11).
Habría días en que Dios mandaría hambre sobre
la tierra, pero no de pan ni de agua, sino hambre y sed de la Palabra
(Talmud de Babilonia, Tratado Shabbat, 138 a). Con excepción
de pocos y raros individuos cuya alma ha conservado huella de los
recuerdos prenatales del mundo de las ideas, todo conocimiento es
anamnesis y todo verdadero aprendizaje es un esfuerzo por recordar
lo que se olvidó. El Talmud (Tratado Niddah, 30 b), dice
que el feto conoce toda la Tora y puede ver el mundo de un extremo
al otro. En el momento de nacer sin embargo, un ángel le
toca la boca y el recién nacido la olvida. Deberá
volver a aprenderla.
El Segundo
Templo destruido a la postre por los romanos, fue el lugar de memoria
judío por excelencia. Hacia el año 2000 a.C, cuando
Antíoco III, bajo la monarquía
persa conquistó Jerusalén y Judea, cualquier forma
de Estado judío que existiese, era la de un Estado-Templo.
El vínculo entre el templo y la existencia misma de los judíos
parece muy fuerte.
Cuando
se dice que un pueblo recuerda, en realidad se dice primero que
un pasado fue activamente transmitido a las generaciones contemporáneas
a través de lo que el mismo autor llamó "canales
y receptáculos de la memoria" o el historiador Pierre
Nora (Les lieux du mémoire) "lugares de la memoria".
El lugar de la memoria es un espacio que simboliza un tiempo, una
transposición de espacios cuya función es evocar un
hecho que sucedió en el tiempo; también existen lugares
más sutiles y tratan de incorporar el tiempo en el espacio.
El pasado que se transmite se recibe como cargado de un sentido
propio. Un pueblo olvida, cuando la generación poseedora
del pasado rechaza lo que recibió y cesa de transmitirlo
a sus descendientes o cuando una comunidad humana no logra transmitir
a la posteridad lo que aprendió de su pasado. Recordar es
el mandato más imperioso de la ley judía. Pero los
mandamientos y órdenes de "recordar" y de "no
olvidar" que se dirigieron al pueblo judío no habrían
tenido ningún efecto si los ritos y relatos históricos
no se hubiesen convertido en el canon de la Tora: "torah, lo
recuerdo rememoró Yerushalmi, significaba literalmente
enseñanza en el sentido más amplio". Cada pueblo,
incluso cada grupo, tiene su halakhah, que no es la ley, nomos,
en el sentido alejandrino y después paulínico, sino
que corresponde a una palabra hebrea que viene de halakh, que significa
"marchar". Halakhah , para Yerushalmi, es entonces el
camino por el que se marcha, semejante a la Vía o el Tao.
En toda
la Biblia " se hace oír el terror al olvido", reverso
de la memoria que es siempre negativo, pecado cardinal del que se
desprenden los demás. El locus classicus, escribió
Yerushalmi, se encuentra posiblemente en el Deuteronomio VIII:
"Guárdate bien de olvidarte de Yavé, tu Dios,
dejando de observar sus mandamientos, sus leyes y preceptos, que
hoy te prescribo yo, no sea que te ensoberbezcas en tu corazón
y te olvides de Yavé." Constituye ésta una premisa
asombrosa, en la que un pueblo no es sólo exhortado a recordar,
sino considerado culpable de olvidar. Yavé es un dios celoso:
"No tendrás otros dioses más que yo". Toda
la tradición rabínica y talmúdica se basó
en la extirpación del animismo y las imágenes esculpidas.
El Antiguo Testamento es justamente la historia del triunfo del
monoteísmo sobre Astarte, Baal, el becerro de oro y los dioses
de la naturaleza de los pueblos vecinos, paganos. Jabneh fue una
fortaleza erigida contra el olvido; en ella se salvó, estudió
y ordenó la tradición, para asegurar su perpetuación
en el porvenir. La angustia de los sabios de Jabneh no era que se
olvidara la historia, sino la halakhah, es decir la Ley. El viñedo
de Jabneh remite a la academia que el rabino Johanan ben Saccai
estableció durante la destrucción del Segundo Templo
y su enorme poder quedó demostrado en el gesto de Freud que,
2,000 años después, rechazó la "cadena
de la tradición" en provecho de la cadena de la "repetición
inconsciente"; en agosto de 1938, tras escapar de su Jerusalén
vienesa inmediatamente después del anschluss, se volvió
instintivamente hacia el ejemplo de Jabneh para encontrar en él
una palabra de consuelo: "Los infortunios sufridos por la nación
judía le enseñaron a valorar debidamente el único
bien que le quedó: su Escritura
y el interés
espiritual que ésta suscita", afirma Yerushalmi. La
memoria es siempre selectiva, al elegir elimina todo lo que se ve
llano, pero al cabo de unas generaciones este casual olvido aparecerá
en relieve. Lo único que la memoria retiene es aquella historia
que pueda integrarse en el sistema de valores de la halakhah, el
resto es ignorado u olvidado. La Tradición conoció
tres momentos antiguos en los que la Tora fue realmente olvidada
en su totalidad o en parte, y luego restaurada. Cuando en Israel
se olvidó la Tora, Esdras llegó a Babilonia y la restableció.
Una parte de ella fue olvidada nuevamente hasta que R. Hiyya y sus
hijos llegaron y nuevamente la establecieron (Talmud de Babilonia,
Tratado Sukkah, 20 a). El sentido del pasaje está claro:
aquéllo que el pueblo olvidó puede, en ciertas circunstancias,
ser recuperado.
En el capítulo
VIII del libro de Nehemías, Esdras
reúne a su pueblo en la plaza de la Puerta del Agua, en Jerusalén,
para un ejercicio dramático de rememoración nacional.
Como ocurre en casi toda anamnesis colectiva, lo que vuelve a la
memoria vuelve metamorfoseado. Por primera vez en la historia, durante
los siete días de los tabernáculos, Esdras y sus compañeros
leen públicamente toda la Tora, en este caso los cinco libros
de la Ley de Moisés, como un "libro" (sefer) continuo,
mientras los levitas iban explicando su sentido. El sistema de la
ley levítica fue lanzado al mundo en plena madurez por Esdras,
en el año 444 a.C en Jerusalén (Frazer, El folklore
en el Antiguo Testamento). Por primera vez en la historia, explicó
Yerushalmi, un libro sagrado se convirtió en propiedad común
de un pueblo y cesó de ser patrimonio exclusivo de los sacerdotes.
Así nació la escritura. Así nació la
exégesis. Así, de la religión del antiguo Israel
nació el judaísmo, y Jabneh se hizo posible.
La
condenación a la memoria
Nietzsche
anidó justamente el pensamiento contrario y lo hizo en un
sentido muy distinto: es absolutamente imposible vivir sin olvidar.
Proclamó incluso el epigonismo (Gianni Vattimo, El fin de
la modernidad) como la enfermedad de un hombre que experimenta una
fiebre histórica devoradora: la saturación de saberes
y de la conciencia del tiempo privó a este hombre de una
propiedad clave: hacer la verdadera historia como creación
(res gestae). El exceso de historicidad le impidió tener
un estilo propio obligándolo a buscar las formas de su arte,
su arquitectura y su moda en el gran depósito de trajes teatrales
que termina de representar el pasado para él. Un instinto
vigoroso debe advertirle cuándo es preciso ver las cosas
desde la historia y cuándo es necesario verlas desde fuera
pues ambas perspectivas son igualmente necesarias para la salud
de una nación, de una civilización y del propio individuo,
escribe Yerushalmi.
La apreciación
de Vattimo es que la Segunda consideración intempestiva liberó
la amargura de un hombre decimonónico arquetípico.
Pues en ese tiempo del corrosivo ennui, según la impresionante
afirmación de Eliot: "en extremos nerviosos cruciales
de la vida social e intelectual se percibía una especie de
gas de pantanos, un aburrimiento, un tedio, una densa vacuidad"
(Steiner, En el castillo de Barba Azul). Un aspecto notorio del
pensamiento de Nietzsche aspiraba a reconstruir la posibilidad de
un olvido creador. La creación requería de olvido,
de un horizonte cerrado en cuyo interior el ser pudiera consagrarse
a una tarea asumida en cierto sentido como absoluta. La teoría
o metáfora del eterno retorno le permitió al filósofo
admitir la enfermedad de la historia como un destino. Es fácil
advertir que la actitud que se adjudicó al atribulado hombre
del siglo XIX, y que pareció constituir
un fenómeno propio de una élite en la época
de Nietzsche, ha pasado a ser, en un sentido muy amplio, también
la nuestra.
Un camino
enteramente filosófico y metafísico se aparta de una
investigación antropológica situada en otra terrenalidad.
Sin embargo, una reflexión sobre la memoria y el olvido obliga
a mencionar las tesis decisivas procedentes de Nietzsche y Heidegger
de acuerdo con la jerarquía que Vattimo les asignó:
"La Verwindung que se traduce del alemán como
metamorfosis, entendida en todos estos significados, define
la posición característica de Heidegger, su idea de
la función del pensamiento en el momento en que nos encontramos,
que es el momento del fin de la filosofía en su forma metafísica.
Para él como para Nietzsche, el pensamiento no posee ningún
otro objeto que no fuera el "errar incierto de la metafísica".
El pensamiento rememora en una actitud que no es la de la superación
crítica ni la de la aceptación que repite y prosigue
lo repetido: "El problema de la Wiederholung, la repetición,
vinculado con la distinción entre Tradition y Ueberlieferung
como modos diferentes de asumir el pasado, es ya un problema central
en Ser y Tiempo" (Vattimo, El fin de la modernidad). En esta
obra, el filósofo atribuyó al pensamiento la tarea
del olvido del ser, la misión de reformular el sentido del
ser, pensándolo de un modo enteramente distinto al que había
sido concebido por la metafísica durante los siglos anteriores.
Heidegger definió todo el pensamiento postmetafísico
como rememoración (An-denken), como volver a pensar y considerar
el pasado. Concepción que obtuvo su fundamento en una "destrucción
de la historia de la ontología", que determinó
por lo demás el desarrollo de su pensamiento y lo condujo
a identificar cada vez más su función con una obra
de destrucción o mejor dicho, de desconstrucción.
"Los discursos desconstructivos han cuestionado suficientemente,
entre otras cosas, las clásicas certidumbres de la historia,
la narrativa genealógica y las periodizaciones de todo tipo,
y ya no podemos proponer cándidamente un cuadro ni una historia
de la desconstrucción. Análogamente, no importa cuáles
sean hoy sus intereses ni su necesidad, las ciencias sociales (especialmente
las que tratan sobre instituciones culturales, científicas
y académicas) no pueden, en cuanto tales, pretender objetivar
un movimiento que esencialmente, cuestiona la axiomática
filosófica, científica e institucional de esas mismas
ciencias sociales." (Derrida, Memorias para Paul de Man) Para
la antropología esta idea posee un valor inmenso; hacer filosofía,
hermenéutica, es hacer una crítica de la cultura.
La tesis heideggeriana tuvo entonces un punto de arranque en la
"determinación de la metafísica como olvido del
ser". En La época de las imágenes del mundo se
puede intentar comprender lo que Heidegger llamó olvido del
ser: justamente la imposibilidad de olvidar (el ente) que constituye
la enfermedad histórica de Nietzsche. El ente de Heiddeger
es aquél que posee un atributo o encarna un proceder anticipador,
ya que es el propio conocer, como proceder anticipador, el que se
instala en el ámbito de lo ente, en la naturaleza o en la
historia. Hay que cuidarse de reducir este proceder al método
o procedimiento: todo proceder anticipador requiere ya un sector
abierto en el que poder moverse. La apertura de este sector, para
Martín Heidegger (La época de la imagen del mundo)
es el paso previo y fundamental de la investigación. La palabra
mundo es el nombre otorgado a lo ente en su totalidad, que no se
agota en el cosmos, la naturaleza y la historia, y su mutua y recíproca
penetración, sino que incluye el fundamento del mundo, cualquiera
sea la relación que imaginemos entre el fundamento y el mundo,
siguiendo a Heidegger. El arraigo cada vez más exclusivo
de la interpretación del mundo en la antropología,
que se inició a fines del siglo XVIII,
se expresa en el hecho que la posición fundamental del hombre
frente a lo ente en su totalidad se determina como visión
del mundo (visión no pasiva del mundo, más bien, desde
el siglo XIX, visión de la vida).
En ambos
pensamientos, el de Nietzsche y el de Heidegger, la imposibilidad
de olvidar que se identifica con el olvido del ser, no se presenta
como un rasgo negativo o alienado de la condición actual
del pensar. Es también e inseparablemente, la única
posibilidad que le está dada al ser de preparar una salida
o superación de la metafísica. De acuerdo con Vattimo,
hablar de olvido del ser a propósito de la enfermedad histórica
y de la imposibilidad del olvido, es otorgar a la doctrina de Nietzsche
una dimensión que trasciende el nivel de una mera "crítica
de la cultura" a la que se exponía relegada. Sólo
si se le reconoce como destino (Ge-Schick) del ser, la imposibilidad
del olvido revela las implicaciones positivas que Nietzsche había
intuido, como posibilidades de "una apertura del ser diferente,
de una experiencia del mundo diferente" (Vattimo, El olvido
imposible). Se trata de buscar el olvido del ser admitiendo, en
principio, su imposibilidad. Se trata de recurrir a la meditación
para la configuración creadora del mundo, que permite al
hombre saber lo "incalculable" y preservarlo en su verdad.
La meditación, que traslada al hombre "futuro"
a un lugar intermedio, a un entre en el que pertenece al ser, pero
sigue siendo un extraño dentro de lo ente. Esta meditación,
escribió Heidegger (La época de la imagen del mundo)
"no es ni necesaria para todos ni realizable o tan siquiera
soportable por todos. Por el contrario, la falta de meditación
forma buena parte de las distintas etapas de la realización
y la empresa". Para la meditación, el ser es lo más
digno de ser cuestionado, en el ser la meditación encuentra
su mayor resistencia y es lo que persigue disolver, aquel ente "que
se ha deslizado en la luz de su ser".
El ser
original de la memoria en la palabra originaria rige para Heidegger
en la palabra originaria (Derrida, Memorias para Paul de Man). La
esencia de la memoria reside primaria, originalmente, en la congregación
(versammlung). Inicialmente (anfänglich), memoria (Gedächtnis)
no significaba en absoluto el poder para evocar (Erinnerungsvermögen).
La palabra designa el alma entera en el sentido de una constante
congregación interior. Escribió: "Hemos determinado
Memoria como la congregación del pensamiento
devoto" (Versammlung des Andekens). Se encuentra, por lo tanto,
"en el texto heideggeriano" una indispensable referencia
a la originariedad: la palabra originaria gedanc significa lo congregado
(gesammelte), recordación que todo lo congrega (alles versammelnde
gedenken). El gedanc dice la misma cosa que el alma (das Gemüt),
espíritu, (der Muot), el corazón, (das Hertz). Este
significado terminó por encogerse a causa de la filosofía
escolástica y la emergencia y generalización de las
definiciones "tecnocientíficas".
Al interior
de nuestra proximidad, los espíritus de la memoria y el olvido
vuelven desde un tiempo arcano hacia el presente. Suelen resucitar
bajo la forma de una constante en la historia humana, como lo hacen
el espíritu imperial o el espíritu barroco que retornan
siempre a la actualidad, provistos de la fuerza de una pulsión
creadora. En referencia a Eugenio D'Ors, Carpentier (Ensayos) describió
el barroco como una constante humana, que suele retornar circularmente
en el devenir de la historia.
La memoria
experimenta también ese comportamiento cíclico, que
en su caso bien puede llamarse alegórico. Paul de Man hizo
hincapié en la estructura secuencial y narrativa de la alegoría
(Jacques Derrida, Memorias para Paul de Man): "Si la alegoría
sigue siendo una figura y una figura entre otras, en el momento
mismo en que, articulando el límite, marca un exceso, es
porque dice de otro modo algo acerca de lo otro. Si uno pudiera
establecer una oposición (lo cual no creo) o diferenciar
(lo cual es otra cosa), se podría decir que entre la memoria
del ser y la memoria de lo otro hay quizá la disyunción
de la alegoría." Pero una disyunción no sólo
separa, como en el concepto hegeliano de alegoría: "Aun
siendo defectiva, la piedra angular soporta y articula, une lo que
separa." De acuerdo con Paul de Man, la alegoría, más
que una forma del lenguaje figurativo, representa una de las posibilidades
esenciales del lenguaje: aquélla que le permite "decir
lo otro y hablar de sí mismo mientras se habla de otra cosa";
la oportunidad de decir siempre algo diferente de lo que "ofrece
a la lectura", incluida la escena de la lectura misma. La alegoría
se enfatiza también en la continuidad, o en la manera como
lo antiguo prefigura lo nuevo. La alegoría bíblica
constituye un ejemplo: los padres de la Iglesia habían establecido
desde antaño que la exégesis de la Biblia debía
llevarse a cabo en tres sentidos de interpretación asumidos
desde la retórica: el literal o histórico, el moral
y el alegórico; este último recurso fue indispensable
para tratar de conciliar el Antiguo y el Nuevo testamentos (para
descender al tema del arte del decir, el relato y los recursos de
la narratividad, consúltese "El tiempo de las historias"
en La invención de lo cotidiano, Artes de hacer de Michel
de Certeau). La alegoría guarda relación con la metáfora,
pues se instituye como un elemento dúctil susceptible de
acoplarse a distintos discursos y ámbitos de la realidad.
Se destacó su uso como mecanismo de argumentación:
al interior de la doctrina exegética medieval, cuyo auge
imperó en el siglo XVI, el efecto de
la alegoría se apreciaba en el autor que creaba y en el lector
que interpretaba y era en sí misma el fundamento de toda
interpretación textual bíblica o clásica (Diego
de Baladez, Rethórica Cristiana, en Jaime Humberto Borja,
"La escritura de un texto de Indias", en Historia y
grafía núm. 10). La infinitud de la alegoría
es la que en mucho contribuye a imposibilitar toda síntesis
totalizadora, toda narración exhaustiva o absorción
total de una memoria o un recuerdo. Derrida rememora: "Así,
siempre he pensado que Paul de Man sonreía para sí
mismo cuando hablaba de la estructura narrativa de la alegoría,
como si secretamente nos deslizara una definición de la narración
que es irónica y alegórica al mismo tiempo, una definición
donde apenas se sugiere lo narrativo." A propósito de
esto, Michel de Certeau destacó el libro de Vernant y Detienne
sobre la mêtis griega arma absoluta que le vale a Zeus
la supremacía entre los dioses; es un principio de economía,
pues con el mínimo de fuerzas se deben obtener los máximos
efectos así se define una estética (Jean-Pierre Vernant
et Marcel Detienne, Les Ruses de l'intelligence); cuya forma
es una trama de relatos que desde ya se conciben como prácticas
textuales, pues un arte del decir es, al mismo tiempo, un arte del
hacer y el pensar. El arte del relato sólo puede ser practicado,
no se limita a expresar un movimiento; lo hace, produce efectos,
no objetos; es una narración, no una descripción.
El libro citado se consagró a la mêtis, una forma de
inteligencia que existe sólo inmersa en una práctica,
en la que se mezclan la sagacidad, la intuición, el olfato,
la astucia y otras habilidades como la cautela, el sentido de la
oportunidad y la experiencia. Resultó interesante para De
Certeau la "triple relación" que mantiene la mêtis
con la ocasión, con los disimulos y con una "invisibilidad
paradójica", pues estos rasgos son también atribuibles
al relato: aprovecha y cuenta el momento oportuno, el kairos; es
una práctica del tiempo, multiplica máscaras y metáforas,
es decir, carece de expresión propia o cultiva un no lugar,
y no posee una imagen de sí misma pues finge siempre ser
su otro con la descripción historiográfica; "hace
como si se eclipsara detrás de la erudición o de las
taxonomías que sin embargo manipula. Bailarín disfrazado
de archivista". La mêtis representó para De Certeau
una memoria en el sentido antiguo del término, "que
designa una presencia en la pluralidad de tiempos y no se limita,
pues, al pasado", y cuyos conocimientos son indivisibles desde
el momento de su adquisición. La memoria vive informada de
una multitud de sucesos, circula en ellos sin poseerlos, cada uno
de ellos es un fragmento de tiempo. Además, esta memoria
puede prever "las múltiples vías del porvenir",
al combinar las posibilidades anteriores o posibles. Se introduce
así una duración que provocará un cambio en
la relación de fuerzas, la memoria de la mêtis permanece
oculta hasta su revelación en el instante oportuno; "el
resplandor de esta memoria brilla en la ocasión".
Recuperar
lo olvidado
En el periodo
que separa el fin del medioevo y los inicios de la imprenta, el
Settecento, se contempló la lenta agonía del arte
de la memoria o de la alegoría; ya desde el Cinquecento comenzó
a alejarse de los grandes centros neurálgicos de la tradición
europea para devenir en la marginalidad (Francis Yates, El arte
de la memoria). Rella escribió que frente al advenimiento
de las matemáticas y la memorización mediante las
"minúsculas letras" de los números, los
símbolos del arte de la memoria, que habían sobrevivido
desde la antigüedad hasta el siglo XVII
se rompieron para siempre (se refiere al tránsito del Renacimiento
al Barroco, en Metamorfosis): "Es el momento en el que las
cosas aparecen desnudas, símbolo, o mejor dicho, simulacro
de sí mismas. Es el momento en que también el ánima
descubre, como ha dicho Pascal, su terrible desnudez, hasta el punto
de desear el olvido, de querer perder el recuerdo de su estado auténtico".
El hallazgo de Pascal, el "alma desnuda", provoca detenerse.
En su expresión humana, el ánima es un ser "implume",
según la metáfora de Platón, o "decaído"
en la teología medieval: una natura lapsa (Giannini, La reflexión
cotidiana). Se puede sostener también que el alma es un principio
(arxé) en la totalidad del universo, aquéllo que rige
su destino viviente y orgánico. Por ella, o en virtud de
ella, dice Giannini, al interior del universo ocurre el movimiento,
que es a su vez el principio de todas las cosas que llegan a la
existencia. Principio de lo que está permanentemente en vías
de ser y de no ser. Terrenal o celeste, el alma permanece inmortal
y expuesta a todo movimiento, no nace ni perece como el cuerpo que
la anima. Lo más radical: el alma transita sin ser transitoria;
prueba de la condición superior del universo.
Agustín
fue quien heredó al cristianismo medieval una adaptación
y profundización cristiana de la antigua teoría retórica
sobre la memoria, "una versión cristiana, adaptada,
de la trilogía antigua de las tres facultades del alma: memoria,
intelligentia, providentia" (Jaques Le Goff, El orden de la
memoria). Se nutrió de una concepción muy remota de
los loci y de las imágenes de memoria, otorgándoles
una extraordinaria profundidad (Agustín, Confesiones), pues
habló de la "inmensa aula de la memoria" (in aula
ingenti memoriae) y de su "cámara vasta e infinita"
(penetrale amplum et infinitum): "Llego ahora a los campos
y a los vastos confines de la memoria, donde reposan los tesoros
de las innumerables imágenes de toda clase de cosas introducidas
por las percepciones; donde están igualmente depositados
todos los productos de nuestros pensamientos
Cuando están
allí dentro, evoco todas las imágenes que quiero.
Algunas se presentan al instante, otras se hacen desear largamente"
(citado en Yates, El arte de la memoria). Estas imágenes
cristianas de la memoria se han armonizado con las grandes iglesias
de arquitectura gótica. Con Agustín, la memoria se
sumergió profundamente en el hombre interior, "en el
corazón de aquella dialéctica cristiana del interior
y del exterior de la cual saldrá el examen de conciencia,
la introspección y quizá también el psicoanálisis"
(Le Goff, El orden de la memoria). Alude a una experiencia
íntima con lo divino, una manera de en-contrarlo en sí
mismo. Por ese camino se llegará a ese "arrobamiento
de Dios" del que habló Teresa de Ávila y que
define bien las formas del misticismo cristiano. Cabe preguntar
si se trata de una dialéctica distintivamente cristiana y
lamentar enseguida no asumir la tarea de rebatir esta creencia.
La figura que le Goff llamó dialéctica de un interior
y un exterior en el cristianismo, es posible que se encontrara ya
en los más remotos orígenes de la mística judía
y también de la mística de Oriente. San Agustín
se esforzó especialmente por colocar a la memoria entre las
facultades del alma, junto a la intelligentia y la providentia.
Más
adelante, en el siglo XIII, los dos grandes
dominicos Alberto Magno y Tomás de Aquino, concedieron un
sitio preponderante a la memoria. A la retórica antigua agustiniana
sumaron las ideas aristotélicas de la distinción entre
memoria (mnemme) y reminiscencia, (anamnesis). Los griegos llamarán
memoria a aquéllo que permanece esencialmente ininterrumpido.
La anamnesis designará la reminiscencia de lo que se olvidó.
"A la buena manera judía", el mismo Yerushalmi
(Reflexiones sobre el olvido) tomó estos términos
de los griegos y particularmente de Platón, donde remiten
no a la historia sino al conocimiento filosófico de las ideas
eternas. Con excepción de esos pocos y raros individuos cuya
alma ha conservado huella de los recuerdos prenatales del mundo
de las ideas, todo conocimiento es anamnesis, todo verdadero aprendizaje
es un esfuerzo por recordar lo que se olvidó. El Talmud,
(Tratado Niddah, 30 b) dice que el feto conoce toda la Tora
y que puede ver el mundo de un extremo al otro. En el momento de
nacer, sin embargo, un ángel le toca la boca y el recién
nacido olvida todo: deberá volver a aprenderla.
Alberto,
precursor de la melancolía del Renacimiento, destacó
la participación de la memoria en lo imaginativo, postulando
que la fábula, lo maravilloso, las emociones que conducen
a la metáfora (mataphoroica) ayudan a la memoria. Pero ya
que ésta es parte indispensable de la prudencia, es decir
de la sabiduría (imaginada como una mujer con tres ojos,
capaz de ver las cosas pasadas, presentes y futuras), Alberto insistió
en la necesidad del aprendizaje de la memoria. Como buen naturalista
puso a la memoria en relación con los temperamentos; el más
favorable a una buena memoria es la "melancolía seco-cálida,
la melancolía intelectual". Su discípulo, Tomás
de Aquino, escribió como su maestro un comentario a De memoria
et reminiscentia de Aristóteles y concluyó ciertas
reglas mnemónicas: la memoria está ligada al cuerpo,
la memoria es razón, la "meditación" preserva
la memoria puesto que "el hábito es como la naturaleza".
La importancia de estas reglas se debe a la influencia que ejercieron
durante siglos, especialmente desde el XIV
al XVII, sobre los teóricos de la memoria,
los teólogos y los artistas. Yates (El arte de la memoria)
aventuró justamente que los frescos de la segunda mitad del
siglo XIV en el convento dominico de Santa
María Novella en Florencia son la ilustración con
símbolos corpóreos de las teorías tomistas
sobre la memoria. Aristóteles, y antes Platón, habían
concebido la memoria como un componente del alma que no se manifiesta
en su parte intelectual sino sólo en su aspecto sensible.
Aristóteles distinguió la memoria como mera facultad
de preservar el pasado, de la reminiscencia, cualidad de volver
a llamarlo voluntariamente. En los inicios del siglo XVII,
Vico escribió, refiriéndose a los latinos, que llaman
a la memoria memoria cuando ella custodia las percepciones de los
sentidos y reminiscentia, cuando la restituye. En todo caso, ambos
vocablos designaban la facultad gracias a la cual se forman las
imágenes que los griegos llamaron phantasia y los latinos
imaginativa. Lo que vulgarmente designamos imaginare, los latinos
lo llamaron memorare. Por eso los griegos decían en su mitología
que las Musas, es decir, las virtudes de lo imaginativo, son las
hijas de la memoria en la mitología griega, cualquiera
de las nueve hijas de Mnemosine y Zeus, cada una de las cuales protegía
un arte: Caliope, la poesía épica, Clío, la
historia, Erato, la poesía lírica, Euterpe, la poesía
lírica y la música, Melpómene, la tragedia,
Polimnia, el canto, Talía, la comedia, Terpsícore,
la danza y el canto coral y Urania, la astronomía. Los griegos
constituyen una referencia obligada en el tema de la memoria y el
olvido: paradigmática. Lo más notable fue la divinización
de la memoria y la elaboración de una vasta mitología
del recuerdo en la Grecia arcaica. Sus hallazgos en el arte de la
memoria y su cultivo, están en la base de todo el pensamiento
de nuestra civilización.
Concluiré
esta breve digresión con un fragmento tomado de Giannini
(La reflexión cotidiana) pues creo que en él se prefigura
un sorprendente paralelo entre el alma y la memoria como alegorías:
"Pues bien, el movimiento que expresa la condición más
propia de una cosa inmortal ha de ser, sin duda, una translación
que anule constantemente el pasar del tiempo; una translación,
en fin, que girando alrededor de un centro absoluto, esté
volviendo en cada vuelta a su punto de partida, regresando a Sí
con un retorno completo (sin merma) como lo hace el movimiento espiritual
en su reflexión. Tal carácter, ya lo adivinamos, corresponde
al movimiento circular, en contraposición al movimiento centrípeta,
dispersivo, de las cosas inanimadas, que no poseen un Sí"
por lo demás, explicó Giannini, "el movimiento
circular es lo más próximo a aquella inmovilidad perfecta
propia de las realidades que verdaderamente son, sin merma ni tránsito
alguno: a las Cualidades puras o, dicho más platónicamente,
a las Ideas". Por lo tanto, como los cuerpos celestes se mueven
perpetuamente de un modo circular, es posible suponer que están
animados y que sus almas configuran un orden ontológico e
histórico antecedente al nuestro. Para las almas de aquí
abajo, la patria, la residencia, está allá en el cielo
de los astros. Pero el alma humana, escribió Giannini, ha
perdido su condición alada y viajera. En las revelaciones
cosmogónicas más antiguas, el lenguaje de la predicación
mistérica órfica, cuyos reflejos más abundantes
se hallan en Esquilo y Aristófanes (Aves), está ya
presente la idea de una impura condición humana: "Ciegos
humanos, semejantes a la hoja ligera, impotentes criaturas hechas
de barro deleznable, míseros mortales que, privados de alas,
pasáis vuestra vida fugaz como vanas sombras o ensueños
mentirosos
" Sometida a las necesidades y caprichos del
cuerpo mortal, encadenada a él, en éste, su estado
de humanidad (humus), se ha vuelto irreconocible. Este humus (tierra)
se relaciona con homo; el adjetivo humanus lo indica claramente,
pues alude a un mitologema (Kerényi, Hombre primitivo y misterio)
que aquí se halla condensado en la idea epicúrea de
una procedencia en que la tierra era la madre originaria. Por otra
parte, ya no hay símbolo capaz de conservar las cosas en
la memoria y, en consecuencia, es preferible intentar fijarlas,
poseerlas, coleccionarlas. Sin embargo, arrancadas de su circunstancia
y trasladadas al decorado de la colección, las cosas de la
vida se convierten en fetiches inanimados. Sin anima, fracasa al
final el deseo de poseer la totalidad del mundo a través
de las cosas arrancadas: "El sueño del coleccionista
es el sueño de un poseso puro, de una redención de
las cosas del curso del tiempo, de esclavitud de ser útiles."
Derrida
(en el prefacio de las citadas Memorias...) eligió la alegoría
de Mnemosyne para rememorar e interpretar la escritura y el pensamiento
de su entrañable y recién desaparecido amigo Paul
de Man: pensador de la memoria, "Hölderlin de Estados
Unidos", como se lo bautizó y en cuya obra se encuentra
"un futuro legado y prometido". Mnemosyne es el nombre
griego y femenino de la memoria. Según la escritura de Sócrates,
la madre de todas las musas y se le nombra junto a Leteo, Atropos,
y sus hermanas las Moiras, Cloto y Láquesis, las que hilan
y cortan el hilo de la vida; ellas también son hijas de Zeus
y de Themis. Además de presentarse como mitos, lo hacen como
alegorías en un sentido estricto, pues encarnan personificaciones
de la Memoria, el Olvido, la Muerte. Las historias que tejen estos
espíritus, por nombrarlos de algún modo, son siempre
historias familiares, de filiación en un sentido antropológico.
Relaciones de descendencia, hijos e hijas. Mnemosyne era además
la esposa con quien Zeus pasó nueve noches para dar a luz
nueve musas. Ella reveló al poeta los secretos del pasado
y lo introdujo en sus misterios. Mnemosyne es su ofrenda y su don,
el doron de Sócrates que "es como la cera donde todo
cuanto deseamos preservar en la memoria se graba en relieve dejando
una marca, como la de los anillos, correas o sellos. Preservamos
nuestra memoria y conocimiento de ellos, luego podemos hablar de
ellos, hacerles justicia, mientras su imagen (eidolon) permanezca
legible". Como el oráculo es adivino del futuro, el
aedo lo es del pasado, un hombre poseído por la memoria que
al componer versos recuerda. La poesía, identificada de este
modo con la memoria, hace de ésta una sabiduría. La
memoria ocupó un sitio vasto en las doctrinas órficas
y pitagóricas: fue el antídoto del olvido. En el infierno
órfico, el muerto debe evitar la fuente del olvido, no beber
del Leteo, sino apagar la sed en la fuente de la memoria que es
fuente de inmortalidad. Los ejercicios de la memoria protagonizaron
el aprendizaje pitagórico (Le Goff, El orden de la memoria).
Uno de los temas que Derrida persiguió en la obra de De Man
es precisamente el de la memoria del ser y la memoria de lo otro.
Esta distinción conduce inevitablemente a una especie de
hito clásico de la modernidad al interior de las ciencias
humanas: las categorías abstractas de otredad y mismidad
contenidas en toda reflexión del pensamiento dialéctico,
desde Hegel hasta Levinas, en la segunda mitad del siglo veinte.
Las figuras abstractas que forman estas dualidades parecen mostrar
la existencia de un espíritu disyuntivo que se aloja obstinadamente
en la estructura del pensamiento humano. Por una parte pervive una
memoria de lo extraordinariamente íntimo y radical, el ser.
Y por otra, una memoria de su otredad, que no es sino el paisaje
que observa, narra y es reflejo de sí misma. Derrida, inspirado
en el poema Mnemosyne de Hölderlin (traducción de Norberto
Silvetti Paz), contribuyó bastante con la fenomenología
de un duelo imposible. "Todos hemos hablado, escrito y discutido
mucho sobre el duelo, especialmente en los últimos años.
No se sorprenderán ustedes cuando yo diga que todos los escritos
de Paul de Man que he leído y releído recientemente
parecen atravesados por una insistente reflexión sobre el
duelo, una meditación en que la memoria acongojada está
grabada hondamente. El discurso y la escritura funeraria no siguen
a la muerte; trabajan sobre la vida en lo que llamamos autobiografía."
Se trata de un poema para cuando se carece de lamentación:
cuando el duelo es un requisito: "Y otros murieron todavía.
Pero cercana a Citerón yacía Eleutera, ciudad de Mnemosyne.
También a ella, cuando el dios dejó su capa, al punto
lo nocturno le deshizo las trenzas. Pues los dioses se indignan
cuando alguno se ha recogido sin cuidar de su alma, porque es preciso
hacerlo, pues entonces también carece de lamentación."
Se pregunta qué nos puede decir un duelo imposible acerca
de la esencia de la memoria. En lo que concierne al otro en nosotros,
se encuentra la traición más injusta (Georg Eickhoff,
La historia como arte de la memoria): "la más
angustiante, o aun la más fatídica infidelidad, la
de un duelo posible que interiorizaría en nosotros la imagen,
ídolo o ideal del otro que está muerto y vive sólo
en nosotros". La presa de la memoria es la imagen del otro,
verdad del duelo del otro que siempre habla ante nosotros, que firma
(signa) en nuestro lugar el epitafio "siendo siempre del otro
y para el otro". Lo cierto es que la imposibilidad del duelo
o duelo verdadero son momentos del lenguaje, consisten en una cierta
retoricidad: la memoria alegórica que constituye cualquier
huella (trace como vestigium, rastro; noción recuperada
por Levinas, "el hombre descubre rastros que le permiten ir
más allá"), como siendo siempre huella
del otro.
La
interiorización de lo otro
Se desliza
ante nosotros la pregunta: ¿Quién puede afirmar que
sabe lo que implica una narración? Y antes que ésta:
¿Quién puede afirmar que sabe lo que implica el recuerdo
o la memoria que recalca? Si la esencia de la memoria maniobra entre
el Ser y la Ley, ¿qué sentido tiene preguntarse sobre
el ser y la ley de la memoria? Son preguntas que, plantea Derrida,
no se pueden sostener fuera el lenguaje, sin confiarlas a la transferencia
y a la traducción. La cuestión del Ser y la Ley nos
sitúa en el "corazón de la memoria": no
somos más que memoria, venimos a nosotros mismos a través
de una memoria de duelo imposible, ésta es justamente la
alegoría. Desde Freud, la memoria se presentó como
interiorización, pues "supone un movimiento en que una
idealización interiorizante toma en sí misma el cuerpo
y la voz del otro, el rostro y la persona del otro". Esta interiorización
mimética es el origen de la ficción o de la figuración
apócrifa. Tiene lugar en un cuerpo, hace lugar para un cuerpo,
una voz y un alma que, aunque nuestros, no existían y no
tenían sentido antes de la posibilidad que se debe empezar
por recordar y cuya huella debe seguirse. Es la ley de la relación
necesaria del Ser con la Ley: El azar de un giro idiomático,
por otra parte, hace que memoria e interiorización coincidan
en Erinnerung, que en alemán significa remembranza. Cuando
decimos en nosotros o entre nosotros para referirnos a la "memoria
de", el movimiento de la interiorización mantiene dentro
de nosotros la vida, el pensamiento, el cuerpo, la voz, la mirada
y el alma del otro. Pero lo hace en la forma de memorandos, signos
o símbolos, imágenes o representaciones mnésicas
que no son más que fragmentos discontinuos, sólo partes
del otro ausente: "A la vez son partes de nosotros, incluidas
en nosotros, en una memoria que de pronto parece mayor y más
vieja que nosotros, mayor, más allá de toda comparación
cuantitativa." La figura de esta memoria "acongojada"
se convierte en una suerte de metonimia, donde la parte representa
el todo. Una metonimia alegórica que dice más de lo
que dice y "manifiesta lo otro en el abierto y nocturno espacio
del ágora". No tiene más opción que dejar
hablar al otro, esa huella que habla y que viene del otro "y
que nos dirige hacia la escritura tanto como hacia la retórica".
Y finalmente: "esta huella se interioriza en el duelo como
lo que ya no se puede interiorizar, como Erinnerung imposible, en
y más allá de la memoria dolida. Pero este ejercicio
está a la espera de la verdadera Mnemosyne. La Erinnerung
se vuelve inevitable e imposible, como la Psique, nombre propio
de una alegoría, Psique, el nombre común del alma."
La palabra
central mémoire que el medioevo brindó, apareció
en los primeros monumentos de la lengua en el siglo XI.
Existe en sus formas femenina y masculina, singular y plural; cruza
ambos géneros y además posee como atributo una singularidad
y una pluralidad. Si la memoria aspira a la totalidad, si no hay
sentido afuera de la memoria, entonces, siempre habrá una
paradoja en "interrogar mémoire como unidad de sentido".
En el pensamiento que une a Derrida y De Man, la memoria se anuncia
como narración o en la narración. Esta idea fue un
hallazgo de la tradición veteroeuropea, la metáfora
de la cera en la que los signos quedan impresos y de esta manera
pueden ser reforzados. Justamente, sin que la materia causa de la
impresión intervenga (Aristóteles, Peri Psyches).
La estructura de la memoria requiere por lo tanto de distinciones
complejas: dos tipos de materia, cera y cincel, y sin embargo estas
dos cosas no son las que deben ser recordadas. Esto explica, según
Luhmann, por qué Platón insistió exhaustivamente,
a través de la voz de Sócrates, en la capacidad de
distinguir sin que se confundan, la identidad, como también
la particularidad de no acordarse de aquéllo que no ha quedado
impreso de algún modo. En la delimitación de las impresiones
estriba la condición de posibilidad de conservarlas contiguamente,
y también la razón de que los recuerdos de distintas
memorias se puedan distinguir en el sentido de que una no recuerda
y que otra sí. Florès y Pierre Janet desarrollaron
justamente la idea de considerar al comportamiento narrativo como
el acto mnemotécnico fundamental, ya que narrar es también
comunicación de información "hecha por otros
a falta de acontecimiento o del objeto que constituye el motivo
de éste", y Derrida preguntó qué ocurre
cuando se pierde la narración precisamente porque se conserva
la memoria.
Paul de
Man enfatizó una oposición o ruptura entre una interioridad
de la memoria y una exterioridad, en su forma gráfica, espacial
y técnica. Esta última constituye una memoria pensante
(Gedächtnis) distinta de una memoria interiorizante (Erinnerung),
que en alemán se traduce como remembranza; pues "el
arte es cosa del pasado". Si el arte es cosa pasada, eso viene
de su enlace a través de la escritura, el signo, la techné,
con una memoria pensante, "esa memoria sin memoria, con ese
poder del Gedächtnis sin Erinnerung". Y lo más
sorprendente es que este poder "ahora sabemos, está
preocupado por un pasado que nunca ha sido presente y nunca se permitiría
a sí mismo ser reanimado en la interioridad de la conciencia".
Se desliza aquí un posible sentido para la memoria: conservar
para la memoria la diferencia entre ambos manantiales, Leteo y Menmosyne,
que podemos llamar aletheia.
También
De Man creó un lazo irreductible entre el pensamiento como
memoria y la dimensión técnica de la memorización,
vale decir el arte de la escritura, de la inscripción material
y de toda esa exterioridad que desde Platón se ha llamado
hipomnésica. La exterioridad de Mnemon, antes que la de Mneme.
El personaje de Mnemón es el que recuerda, pero sobre todo
el que hace recordar. Es la figura de un auxiliar, un técnico,
un artista de la memoria, un servidor recordatorio o hipomnésico.
Aquiles Derrida cuenta esta historia en Memorias...
a quien servía, lo recibió de su madre en vísperas
de la Guerra de Troya. Mnemón tenía una misión
poco habitual: debía recordar a Aquiles un oráculo,
haciendo las veces de un agente de la memoria o memoria externa.
Este oráculo había predicho que si Aquiles mataba
a un hijo de Apolo, moriría en Troya. Por ende, se suponía
que Mnemón debía recordar a Aquiles la genealogía
de todos los que estaba por matar: "Recuerda, no debes matar
al hijo de Apolo, recuerda el oráculo." Un día,
en Tenedos, Aquiles mató a Tenes hijo de Apolo, y así
se precipitó hacia la muerte a la que estaba destinado por
un error, o falla de la memoria, a través de este lapso de
Mnemón. Antes de morir, para castigarlo, Aquiles mató
a Mnemón de un lanzazo.
La
memoria artificial
No hay
desconstrucción posible, planteó Derrida, que no comience
por abordar la problemática de la disociación entre
pensamiento y tecnología. De Man evocó justamente
esta unidad, es decir también entre el pensamiento y la exterioridad
de su inscripción gráfica, lo que llamó "arte
de la escritura": el vínculo entre ambas se realiza
a través de la memoria. Por este camino, De Man ingresó
en la inmensa cuestión de la memoria artificial y las modalidades
modernas de almacenamiento que hoy en día afectan la totalidad
de nuestra relación con el mundo y que se lleva a cabo según
un ritmo y unas dimensiones sin parangón con las del pasado
(de este lado de o más allá de su determinación
antropológica): la transformación del hábitat,
todos los idiomas, la escritura, la cultura Niklas Luhmann,
en La cultura como un concepto histórico reflexiona sobre
el impacto que los cambios cualitativos en las formas de la memoria
han ejercido en el concepto de cultura, el arte, la literatura,
la información o informatización, las tecnociencias,
la filosofía y todo aquéllo que transfigura las relaciones
con el futuro. Prodigiosa mutación que no sólo eleva
la estatura, la economía cuantitativa de la llamada memoria
artificial, sino también su estructura cualitativa. Al hacerlo,
obliga al hombre a repensar lo que relaciona esta memoria artificial
con la llamada memoria psíquica e interior del hombre, con
la verdad, con el simulacro y simulación de la verdad. Hay
una frase muy sorprendente en el texto de Derrida: "Hemos llamado
memoria a la misma cosa sobre la cual meditamos desde ayer."
Procurará después atender a las preguntas acerca de
qué es la misma cosa, y qué ocurriría si la
misma cosa, aquí, fuera la otra. Qué diferencia hay
pues entre el ser y lo otro.
La
memoria blanqueada
Además
de presentarse al investigador como alegoría y narración,
la memoria lo hace como objeto de borramiento. Todos los imperios
consignados por la historia, los clásicos del Viejo Mundo,
los del Nuevo Mundo y los modernos, pusieron de manifiesto el deseo
incontenible de borrar una memoria exasperante. En la temática
griega de la escritura como instrumento privilegiado de la política,
el acto de borrar (exaleíphein) era primeramente un gesto
institucional y material: "Nada más oficial que una
borradura": los atenienses establecían una estrecha
relación de equivalencia entre prohibir en la memoria y borrar.
Se borra el nombre de una lista, un decreto, una ley. "Borrar
es destruir por sobrecarga", escribió Nicole Loraux
(De la amnistía y su contrario): sobre la tablilla oficial
blanqueada a la cal se vuelve a pasar otra capa de cal, el espacio
está listo para un nuevo texto. Entonces se dibuja la imagen
de una escritura completamente interior, trazada en la memoria o
en el espíritu. Durante la segunda mitad del siglo XX
en los países sudamericanos se hizo particularmente posible
un espacio de desaparición que comprometió a toda
la sociedad, en el que víctimas y victimarios se propiciaron
en trágica coincidencia (Pierre Vidal-Naquet, Los judíos,
la memoria y el presente). Allí el olvido trabajó
para secar las raíces, persiguió diluir la responsabilidad
de preguntarse por qué el crimen se hizo posible. Muchas
veces el borramiento fue acompañado por una especie de delirio
epigráfio. Otras veces el esfuerzo memorioso se consagró
a perpetuar el recuerdo del dolor que se ejerce como un no olvido.
Esta idea del duelo que remplaza a la ira y que se lleva a cabo
en el marco de una amnistía, o de otra manera, se ritualiza,
pareció instaurarse en la Grecia clásica.
La voluntad
proclamada de una amnistía es precisamente el olvido: un
borramiento sin retorno y sin huella, la marca groseramente cicatrizada
de una amputación, el acondicionamiento de un tiempo para
el duelo y la reconstrucción de la historia. Nicole Loraux
se impuso un rodeo a la antigüedad, a la noción griega
y más precisamente ateniense del olvido En la Atenas del
siglo V había dos prohibiciones de
recordar, una al comienzo y otra al final del siglo. En ambos sucesos
de la historia se combinó una prescripción, la prohibición
de recordar las desgracias, y un juramento, "no recordaré
las desgracias". Heródoto fue el primero en narrar el
alzamiento de Jonia en 494 y la manera en que los persas aplastaron
la revuelta y se apoderaron de Mileto. Despoblaron la ciudad, quemaron
sus santuarios. El historiador se detuvo en la reacción de
los pueblos de la familia jónica. En ese año surgió
una de las primeras obras del repertorio trágico, La toma
de Mileto compuesta por el poeta Frínico que llevó
a escena justamente el desastre provocado por los persas. Aunque
en general el género trágico eligió durante
el siglo V el terreno de la leyenda heroica, esta obra encarnaba
una tragedia histórica, una tragedia de actualidad. "Lo
que los griegos llaman historia: la investigación sobre los
conflictos entre ciudades, en el interior de las ciudades o entre
helenos y bárbaros, es asunto de Heródoto y Tucídides.
La tragedia extrae sus temas de otra parte: de las viejas leyendas"(Jean-Pierre
Vernant y Pierre Vidal-Naquet, Mito y tragedia en la Grecia antigua
II). Heródoto relató que tras
la puesta en escena, los espectadores prorrumpieron en lágrimas
y el poeta fue castigado con una pesada multa por haber recordado
calamidades nacionales, desgracias consideradas como propias (oikeia
kaka). Frínico fue apartado irrevocablemente del escenario
a causa de introducir en el teatro de Atenas una acción (drama)
que para los atenienses, no es sino sufrimiento (pathos) y asunto
de familia, de la familia jónica. Familia que es ciudad e
identidad cívica, un sí mismo colectivo que se define
por la esfera de lo propio (oikeion). A comienzos del siglo V
la tragedia dio sus primeros pasos. Los grandes acontecimientos
de la época, los dramas de la vida colectiva, las desgracias
que atañen a cada ciudadano, no se consideraban susceptibles
de ser trasladadas a la escena del teatro. Pues el drama es demasiado
familiar, no permite una disociación, esa transposición
gracias a la cual los sentimientos de terror y piedad se desplazan
a otro registro; tales sentimientos ya no son padecidos como en
la vida real, sino captados y entendidos inmediatamente en su dimensión
ficticia. Puede decirse junto con Loraux, que la tragedia es propiamente
la ciudad que se convierte en teatro, que se representa a sí
misma: al convocar a sus conciudadanos a la memoria de sus "propios
males", el primer trágico los despertó a la conciencia
de los peligros de la rememoración, cuando su objeto es fuente
de duelo para el sí mismo cívico.
En este
punto comienza el prolongado ejercicio de la práctica ateniense
de la memoria, también de la tragedia. El pueblo ateniense
hizo saber que no soportaba que se le presentara en escena lo que
lo afectaba dolorosamente, las tragedias verdaderas. Allí
donde el drama era al mismo tiempo phatos, sufrimiento, tendría
que escenificarse fuera de la ciudad. En el siglo IV,
Isócrates se complació en formular una ley que estableció
que Atenas sólo podía ofrecer en su teatro la representación
de los crímenes originalmente atribuidos a las "otras
ciudades" así fue que en el año 472 Esquilo
montó Los persas, cuyos padecimientos no fueron acaso para
el público griego los suyos propios, sino duelo para otros.
A comienzos del siglo V, Atenas se embarcó
en una práctica muy vigilada de la memoria cívica.
La segunda prohibición apuntó entonces a cerrar el
paso de cualquier rememoración de "desgracias"
(Loraux en De la amnistía y su contrario): "llamamos
a esto amnistía modelo, paradigma de todas aquellas que conocerá
la historia occidental". Plutarco empleaba ya ese término
consciente de la afinidad entre los dos gestos; "el decreto
de amnistía" y la multa impuesta a Frínico. La
reconciliación general se presentó como decreto y
como prestación de un juramento. La apelación kaká,
es aquélla con que nosotros designamos eufemísticamente
los "acontecimientos", el desorden de la ciudad. Mnesi
es la forma desarrollada del radical griego de memoria. Me mnesikakei
es la manera de proclamar la prohibición y ou mnesikaéeso
el juramento me mnesikaken, con la mira a restituir la continuidad
de la ciudad, simbolizada por el aeí de la rotación
de los cargos más allá de la oposición entre
democracia y oligarquía; continuidad de la democracia del
siglo V con la que siguió a la reconciliación.
En los
asuntos atenienses se trataba de olvidar no sólo las maldades
de los otros, sino la propia cólera, con el fin de reparar
el lazo de la vida en la ciudad. El olvido de los males sería
el olvido del presente doloroso que aporta el canto del poeta al
celebrar la gloria de los hombres del pasado. En este sentido La
Odisea encarna el duelo inolvidable: para atenuar el dolor, Helena
recurrió a una droga que vierte el olvido sobre todos los
males y a un relato, antídotos para el duelo y la ira. Inmediata
y provisional en su efecto, la droga puede sustituir el duelo por
el "encanto", el mismo eminentemente ambiguo "del
relato"(R. Dupont-Roc y A. Le Boulluec, Le charme du récit),
y por las alegrías del festín. Entre la prohibición
política y duradera de perseguir una venganza que daña
a la comunidad, y el encanto que súbita, pero provisoriamente
disipa el duelo, la distancia resulta evidente. Cuando prestó
juramento de no recordar las desgracias recientes, el ciudadano
ateniense aceptó renunciar a toda venganza. Se colocó
así bajo la doble autoridad de la ciudad que decreta y de
los dioses que sancionan. Pero no por ello dejó de conservar
el dominio que, como sujeto, ejercía sobre sí mismo.
El dulce olvido venía de otra parte, del don de las musas
o del poeta, es efecto de la droga de Helena, del vino o del pecho
materno. Si tan insistentemente se lo presenta como olvido de lo
que no se olvida, significa que "no se requiere ninguna adhesión,
ningún consentimiento de aquél a quien acude y al
que el sometimiento instantáneo a esta puesta entre paréntesis
de la desgracia priva quizá de lo que constituía su
identidad" (Loraux, De la amnistía y su contrario).
Lo que se podría llamar "inolvidadizo", es aquéllo
que en la tradición poética griega no olvida y que
habita enlutado. Esto es lo que es preciso anular recurriendo a
la droga del "olvido de los males", aquéllo que
los atenienses prefirieron conjurar en su nombre propio mediante
un decreto y un juramento para forjar un neologismo, Nicole
Loraux se respaldó en la existencia del adjetivo "olvidadizo".
Al trazar
el mapa de lo que no se olvida se nombró al duelo y la ira
que la droga de Helena buscaba disolver. El duelo y la ira que causaron
"la extrema aflicción de los atenienses" al producirse
la toma de Mileto. Mucho después, en una pequeña ciudad
de Arcadia, la ira remplazaría a las desgracias que no había
que recordar en oportunidad de una reconciliación. En la
Atenas reconciliada a fines del siglo V se
razonaba de la misma manera: quedarse con la ira era eternizar,
como si fuese lo más precioso, el pasado del conflicto. La
reconciliación adquiere aquí, antropológicamente,
las características de un ritual. Duelo e ira: un cuasi hapax:
a Electra de Sófocles agobiada por el pensamiento de un Orestes
olvidadizo, el corifeo le dio el consejo de abandonar "una
ira demasiado dolorosa" para no profesar a aquéllos
a quienes ella odiaba, "ni demasiada aflicción ni olvido
completo". Por un lado el olvido y por el otro "una memoria
en carne viva que no tiene otro nombre que el exceso de dolor"
y que apenas metafóricamente es un aguijón. Dolor-ira
que en La Iliada caracteriza a Electra en Sófocles. Ella
no sólo dice "mi ira no se escapa" o "yo no
olvido mi ira" sino también "mi ira no me olvida".
Como si sólo "la ira diera al sí mismo el coraje
de entregarse por entero a la ira, porque la ira es, para el sujeto,
presencia ininterrumpida del sí mismo": Queda para los
ciudadanos-espectadores reunidos en el teatro adivinar, en esta
ira que no olvida, aquéllo que para la ciudad es lo absoluto
del peligro. Pues el peor adversario de la política, la ira
como duelo, hace "crecer" los males que ella cultiva asiduamente:
es un lazo que se cierra a sí mismo hasta resistir a todo
intento por desatarlo. (En la lengua cívica el nombre más
empleado de la reconciliación es diálusis, la desatadura,
como si la guerra civil fuera el más fuerte de los lazos.)
La tragedia tomó de la más antigua tradición
poética la noción de ira. Muy particularmente de la
epopeya. Desde la primera palabra, La Iliada, da a este sentimiento
muy activo el nombre de mênis. Ira de Aquiles, ira de las
madres enlutadas, desde Démeter hasta Clitemnestra. En este
punto, Nicole Loraux se abrió hacia una posibilidad sorprendente
de la ira helénica: la mênis de Aquiles es la que está
en todas las memorias griegas, la ira en duelo, cuyo principio es
la eterna repetición de no ser así, de buena
gana podría pensarse en una figura femenina de la memoria;
Laura Slatkin sugirió que la mênis del héroe
podría ser una lectura por desplazamiento de la "ira"
de su madre Tetis que las ciudades se esfuerzan por acantonar en
la esfera de la anti-política.
La mênis
posee un origen que se percibe como peligroso. Tanto, que su nombre
ha sido prohibido para el propio tribunal ateniense. Mênis:
lo que dura y hasta lo que aguanta y que, sin embargo está
condenado, como por necesidad, a ser objeto de un renunciamiento.
Una palabra para esconder la memoria cuyo nombre se disimula en
ella, otra memoria distinta, mucho más temible que mnéme.
Una memoria que toda ella, se reduce al no-olvido. El no-olvido,
por su parte, entraña una negación que debe ser entendida
en su performatividad: lo "inolvi-dadizo" se instaura
por sí mismo. Alastos como alétheia, es un vocablo
construido de una negación del radical del olvido y, sin
embargo, expresa una manera muy distinta de no estar en el olvido.
Duelo e indignación se comunican con toda naturalidad entre
ellos, ya que uno y otro participan del no-olvido. Alast: matriz
de sentido para expresar el páthos o drama de una pérdida
irreparable, (alaston penthos de Penélope al pensar en Ulises,
de Tros llorando a su hijo Ganimedes). Este páthos desgarrante
demuestra que, como la mênis, el álaston expresa la
duración inmovilizada, sin tiempo, en un querer negativo,
y que eterniza el pasado en presente. Hay una obsesión en
álaston, su presencia no tiene tregua en el sentido fuerte
del término, "ocupa al sujeto y no lo suelta".
En el último duelo entre Aquiles y Héctor, este último
suplicó a su adversario que prometiera no mutilar el cadáver
del enemigo caído. Aquiles exclamó: "No vengas,
álaste, a hablarme de acuerdos, vas a pagar de una sola vez
toda la tristeza que sentí por aquéllos de los míos
que tu pica furiosa mató." Álaste se traduce
como maldito. He aquí el asesino aunado con su víctima
por el no-olvido que constituye una aparición.
Predomina
la creencia de que los griegos clásicos vivieron bajo el
dominio del pasado, que no cesaron de dedicarse a conjurar el no-olvido
como la más temible de las fuerzas del insomnio. Lo ideal
sería neutralizar el no-olvido sin perderlo todo, domesticarlo
instaurándolo en la ciudad, desactivado y hasta vuelto contra
sí. Cuando la ira recobra su autonomía empero, retorna
por no poder olvidar. Reuniendo tiempo y espacio en su totalidad,
el no-olvido está por todas partes afirmando su materialidad,
inseparable de su dimensión psíquica. Se trata de
la materialidad del álaston, que silenciosamente monta guardia
contra el olvido. La lista sería incompleta si no se agrega
la "desgracia" (kakón). Rechazo y dominio del tiempo,
tal parece ser la fórmula lingüística privilegiada
para afirmar el ser sin olvido en el ejemplo de Electra. Si se vuelve
a la Atenas del año 403 y a aquel decreto y juramento que
proclamaron la amnistía, se contempla que la ciudad prohíbe
"posando para la eternidad", pero se borra como instancia
de palabra. Queda el juramento que debe ser asumido por todos los
ciudadanos, pero uno por uno, por cada ateniense singular, enunciado
en primera persona: "No recordaré las desgracias",
"me contendré de recordar". Y sin embargo, todo
puede trastornarse una vez más. Para hacer callar a la memoria,
el juramento ateniense habla ciertamente en el mismo sentido que
Electra al proclamar su voluntad de no olvidar. Sin embargo, lo
que Electra prestaba no era un juramento hecho a sí misma
sin testigos divinos. Si es verdad que sólo el juramento
permite a la amnistía vencer sobre el resentimiento, el juramento
debe su eficacia al ministerio que envuelve la palabra promisoria:
la de los dioses, llamados a título de testigos.
Y he aquí
el sentido último de toda amnistía: quebrar el álaston
pénthos exigía que se hubiese recurrido a la magia.
Para rechazar el álaston mas acá de las palabras,
lo político tiene necesidad de lo religioso; "no olvidaré,
no tendré resentimiento". El rito de palabra reúne
así los dos cabos de la historia: puesto que cada ateniense
ha jurado por sí mismo, la ciudad cuenta con que la suma
de estos compromisos singulares reconstituirá la comunidad;
asegurado el concurso de los dioses, la instancia política
puede instituirse como censor de la memoria. La Musa es la que abre
el camino de la buena anamnesis, el poeta es el puro instrumento
de esta transubstanciación: "Sólo la hija de
Memoria sabe contar una mênis sin que el relato esté
afectado por la terrible aura de su objeto; convirtiendo la ira
en gloria." Vuelta a instaurar en su integridad y en virtud
de un acuerdo, la comunidad se restituye. A cada ateniense le tocará
olvidar lo que fue la stásis, y si no lo logra, deberá
"obedecer a la ciudad edificando para sí mismo una máquina
contra el vértigo lúcido del álaston".
La política entonces recobrará sus derechos: construir
la versión cívica y tranquilizadora del olvido de
los males. Desaparece el olvido, borrado en beneficio de la amnistía;
pero quedan los males. Esta pregunta se repite: ¿en qué
medida nos hace falta recordar y olvidar? Para el historiador, Dios
mora en los detalles que son dioses y el problema es que ya no disponemos
de una halakhah. Lo que Nietzsche y sus sucesores concibieron como
una crisis del historicismo en la modernidad es el reflejo más
visible de la crisis de nuestra cultura, de nuestra vida espiritual.
Si ha pervivido la malignidad, ha tenido su fuente en la pérdida
de un sentido que rija y que quiera saber de qué debe apropiarse
una historia y qué debe dejar de lado. Faltos de un camino,
no somos capaces de trazar una línea que separe lo "excesivo"
y lo "demasiado escaso" de la investigación histórica.
Yerushalmi (Reflexiones sobre el olvido) concluyó sus reflexiones
de esta manera: "Por mi parte, si me es dado elegir, me pondré
del lado del exceso de historia, tanto más poderoso
es mi terror al olvido que el temor de tener que recordar demasiado".
rossana@correo.unam.mx
Rossana Cassigoli, "La
memoria y sus relatos", Fractal
n°13, abril-junio,
1999, año 3, volumen IV, pp. 139-176.
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