| se nos sumerge en la paradoja del amor aséptico, cuando a la vez se nos plantea el éxtasis como histórico; se nos muestra permanentemente el ángulo menos veraz de los modelos de gusto a seguir; se vive, en suma, lo invivible, mientras estamos atados a cuerpos y mentes cuyas funciones y actos tienen nada que ver con lo que atestiguamos como personas.
Esto todo, desatado por la avalancha del furor del cinematógrafo, de la radio, la televisión, la prensa, la publicidad y la cibernética. Por el incesante bombardeo comunicacional azuzado cual Gólem a estas alturas de la historia humana.
El efecto telescopio
A través de películas, entrevistas, publicaciones sensacionalistas, la pantalla grande o la chica, uno se asoma, por lo general con desmesurada facilidad, a las regiones más privadas de las personas más desconocidas; de gente, en teoría y en realidad, ajena.
El común de los mortales tiene acceso de igual forma a la parafernalia genital de un presidente de los Estados Unidos y de su examante Mónica Lewinsky como a los malabares eróticos de actores y actrices famosos.
El microscopio de la individualidad, del sujeto, se ha desdibujado por el telescopio de los medios masivos que acerca y agranda, que pospone la realidad para darnos en casa, para colocarnos en la mano, los cuerpos y recodos de personas tan inasibles como la bella diva hollywoodense Michelle Pfeiffer o un perfecto desconocido histriónico, protagonista de alguna película pornográfica.
El mundo así no es, pero simula serlo. El sexo tampoco se vive así, pero públicamente se ofrece como burbuja utópica modelada por los productores del sex media.
La
mujer que aparece en los comerciales de Bacardí blanco, difícilmente
será conocida por nadie, y sin embargo, se añade al
delirio fantástico de quien consume no sólo el ron
con esa marca sino los estándares manipulados que la señalan
como bella excluyendo seguro sin nos apegamos al patrón
físico próximo a la estética de la mujer
promedio de este país.
Las
estrellas descienden en apariencia gracias al telescopio fabricado
por los jinetes de los medios masivos de comunicación que
ofertan la epidermis del otro; lo mismo para concebir un paradigma
sexual que jamás podrá ser concretado, como para adentrarnos
en la vida de quienes debieran no importarnos y no obstante nos
conciernen gracias a esa presunta aproximación y conocimiento
del espacio exterior.
Instrucciones
Quien
asimila e incorpora la gran cantidad de mensajes emitidos por los
medios masivos de comunicación puede ahora aceptarse como
un receptor de órdenes, blanco de un instructivo inútil
e ineludible.
Los
modelos hegemónicos planteados para hombres y mujeres, los
empoderamientos de género sugeridos, las imágenes
ilusorias de lo bello, lo sensual, lo deseable, están perfectamente
marcados y pocos escapan a dichas instrucciones.
Si
un noticiario influyente logra advertirnos sobre la inminencia de
una erupción volcánica en determinadas áreas
de la geografía nacional, la gran mayoría de la población
afectada huirá de su tierra para salvarse de inmediato.
De
ser anunciada una epidemia fulminante en ciertos lugares del país,
lo menos que se esperará es que los habitantes de esas zonas
tomen las pertinentes providencias para prevenir enfermedad alguna.
Asimismo,
cuando se impone la imagen de lo güero y lo musculoso como
lo estéticamente agradable, cuando una relación amorosa
se ordena exitosa sólo sumergida entre los arrebatos vocales
de Celine Dion, o sucede en medio de un elegante departamento, al
más puro estilo arquitectónico neoyorquino, escasamente
podrá la realidad concreta devolver al soñador la
posibilidad de realizarse normalmente en un contexto tangible, factible,
a su alcance.
Las
órdenes propinadas desde las altas esferas de productores
y hacedores de los medios, de hecho, se eluden, pero esto no significa
que el ejercicio de la imaginación individual no esté
deslindado o tenga que batallar en la concreción contra esa
nube imaginaria que ha sido conformada como el paradigma comercial
de lo que es no siendo.
Historia
versus éxtasis
Los
medios señalan, apuntan y registran la historia cotidiana.
Plasman en pasado perfecto lo ocurrido en las horas y los días
que atañen a todos, sin hablar específicamente, desde
luego, de ninguno de nosotros.
Se
escribe y describe lo ocurrido, lo que está sucediendo y
quizá lo que vendrá. Pero, por lo que toca a la banalidad
del erotismo, al sex media, la paradoja salta justamente
cuando se llega a la cúspide del ámbito sexual: el
éxtasis.
Cuando
Kant se refería a la Revolución Francesa, solía
afirmar que su entusiasmo se situaba fuera del tiempo, incluso fuera
del tiempo de la historia. El éxtasis es el único
estado que nos permite escapar de nosotros mismos y de lo que somos,
el éxtasis se desliza fuera del tiempo. Pero más allá
de su evidente negación de la temporalidad, parece aspirar
a una frágil eternidad. Las imágenes electrónicas
que abordan clímax, éxtasis, pertenecen a un pasado
reciente, pero pretenden congelar el instante, forjarlo como presente
perpetuo, siempre renovable, o enfrentarlo a la historia y al devenir.
La
pornografía no pretende otra lectura que recoger y fijar
esos instantes climáticos de infinito goce que fluye y prolifera
al margen de la historia. La pornografía y el erotismo aluden
al más secreto propósito del mass media, la
seducción sin límites, la seducción constante
que distrae al hombre del devenir y agrega así un elemento
patológico más a su conceptualización común
del acto sexual.
Se
antoja complejo recordar algo menos real que los derrames amorosos
petrificados por la pornografía que abunda en los medios
y que se adjunta al imaginario sexual colectivo.
Publicidad
La publicidad
es, sin duda, el nuevo evangelio de los hombres. Son el slogan
y la imagen publicitaria los que conforman nuestro modelo de realidad.
La distorsión del sexo y vida sexual que recibe el público,
la imagen misma de lo apetecible y lo deleznable, han sido pues
reforzadas, sin duda, por la eficacia de todos los publicistas.
Creativos
de agencias trasnacionales y nacionales se consagran a decantar
los ángulos menos veraces de cualquier producto para venderlo
como verdad. La publicidad ofrece siempre un producto bajo su menor
máscara, bajo su apariencia de verdad, pero no bajo su cruda
y verdadera realidad.
Si
un spot televisivo de un producto X
dura comúnmente pocos segundos, en realidad le hace un favor
a los diseñadores de campañas publicitarias, ya que,
de prolongar su vida comercial (al aire), se forzaría la
extracción de más verdades que deben a toda costa
ser omitidas, apagadas, como deben silenciarse asimismo las palabras
e imágenes que las evidencian.
Ahora
bien, el maquillaje publicitario adherido al producto en venta,
que incorpora lecturas sexuales, sensualismos utópicos, puede
ser descalificado a punta de enfrentamientos con la experiencia
real de los individuos. Por otro lado, lo que no es factible, es
que los portavoces de la irrealidad eviten anticipar en la mente
de sus consumidores potenciales visiones del mundo articuladas fuera
del combate cotidiano.
De ahí
que, el consumo inocente o agudo del bagaje publicitario provoque
un inextricable y traumático batallar entre los individuos
y su vida, y la imagen pública que se han conformado del
sexo.
En lo
que la publicidad disloca el sexo posible y las posibilidades del
sexo en las relaciones dadas, la tensión que ocasionan ambos
mundos son causa de un choque recurrente con los mitos funcionales
del sistema de imágenes (en este caso imágenes sexuales,
eróticas).
Vistas
desde la semiología más elemental, las realidades
diferentes y divergentes entre la factura que cobra la publicidad
a sus consumidores, parecen insólitas, insaldables, inevitablemente
condicionadoras.
Si
todo producto se presenta virtualmente como signo, y todo hombre
puede investirlo de un sentido de consumo, de un significado mercantil,
existen conceptualizaciones sexuales cuya sola razón de ser
es la no especificidad, y tratan justamente de imponer la incomunicación
entre los hombres con base en estereotipos enajenantes.
Sea
éste no más que un escenario pérfido y plausible
para el sexo en público que nutre al hombre masa de McLuhan,
ya depurado, por cierto, a su máxima expresión finisecular.
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| Estar
Fuera
Allen Jones |
La
coexistencia de actitudes deformadas y grotescas respecto del sexo,
con la accesibilidad de asomarse de manera superintegral a intimidades
extrañas, indica no sólo que la imagen sexual que
este siglo soporta gracias a los medios masivos de comunicación
es efímera e ilusoria, sino que remata las puntas terminales
de la coherencia para asaltar la razón y roer de paso, entre
otros, los coitos repentinos.
El
daltonismo existencial aportado por el sex media subyuga
entonces las concreciones eróticas, animando la insatisfacción
sexual.
Lo
anterior no significa que los modelos sexuales al alcance no puedan
modificarse con la entrada de los años venideros. Simplemente
valga recalcar que, los sueños guajiros sexuales sobre los
que se construye el imaginario popular actualmente, reposan sin
más en la banalización del erotismo, en una especie
de asideros viscosos difíciles de superar.
Según
Jean Baudrillard, toda relación sexual se funda siempre en
un arquetipo imaginario. Cuando la relación sexual se consuma
dentro de lo real desaparece y se pierde el arquetipo imaginario
que la fundó.
Si
el sex media genera anticipadamente tantos arquetipos imaginarios,
y a su vez los explota deformados al extremo, aun cuando el sexo
sea consumado dentro de lo real resulta imposible hacerlos desaparecer.
Más todavía, cuando resulta imposible agotar la vastedad
de arquetipos que brindan los medios hoy en día.
Ana
Cecilia Terrazas, "El abatimiento de Eros",
Fractal
n°12, enero-abril,
1999, año 3, volumen IV, pp. 83-80. |