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Una interpretación
Adelanto la idea: el siglo XX mexicano es el periodo del corporativismo en el poder, de su fundación, consolidación, decadencia y enterramiento, en donde esta última etapa se conoce más como "la transición". Así, es el corporativismo el que explica a México en este siglo, aunque lo haga aderezado de asuntos como el crecimiento de la población, la urbanización e industrialización del país, el crecimiento económico y las crisis, y muchos otros pequeños asuntos.
Uso entonces como eje de la interpretación a la figura 1. En ella aparecen siete grupos que planteo como las bases del poder en México. Sobre ellas, el corporativismo actúa a través de sus mecanismos tradicionales. Hay un árbitro, en nuestro caso el presidente, que puede tomar decisiones finales, pero siempre tratando de mantener equilibrios entre estas fuerzas. Hay grupos que siendo corporativos tienen como elemento fundamental de cohesión la repartición de beneficios, pero que no excluyen a la violencia como último recurso para mantenerse.
El primer grupo es de los campesinos, que en 1930 representaban una de las fuerzas más importantes en nuestro país y que van haciéndose pequeños conforme México se industrializa y se vuelve urbano.
En este sentido son sustituidos por los obreros, que alcanzan el primer lugar a fines de los años cincuenta y que serán los más importantes en la repartición durante dos décadas. Junto a ellos, desde el principio, los militares, que al final de la Revolución tienen importancia evidente, pero que logran mantenerse en buen nivel, aun habiendo salido de la presidencia de la República.
Están también
los empresarios y financieros, que son dos grupos distintos, aunque
en los principios no lo pareciera, pero cuya diferencia se hizo
evidente a fines de los años setenta, cuando los segundos
crecen a costa de los primeros (y podríamos decir que a costa
del país entero). A ellos se suma la Iglesia (y con ello
me refiero a la jerarquía católica), como un grupo
que permanentemente se mantiene en las discusiones sobre la repartición
de beneficios, aunque con mayor predominancia desde los años
ochenta.
Figura
1. Las bases del poder en México, 1930-2000
Finalmente,
un grupo extraño, porque cuesta trabajo identificarlo como
tal, la clase media, que en México no es una definición
de ingreso, sino de forma de pensar. Este grupo, en los años
treinta, era prácticamente nada, pero fue creciendo, igual
que los obreros, como producto de la industrialización y
urbanización del país, y también como resultado
del incremento en la
educación.
El
poder en México, como régimen corporativo, ha tenido
que funcionar como árbitro de estos grupos, y no de todos
al mismo tiempo. Pero permítasenos que la narración
sea la que nos diga cómo es que funcionó este arbitraje
y cómo es que el régimen, tan útil y bien construido
en un principio, se convirtió en el principal lastre para
el país.
Antes
de ello, algunos factores que hay que poner en claro. Primero, el
crecimiento poblacional, que nos lleva de escasos 15 millones de
mexicanos al iniciar el periodo que revisamos, a prácticamente
cien millones en este momento. Pero no sólo hay crecimiento,
sino que como en cualquier población, éste se presenta
de manera abrupta y se construye alrededor de una curva logística,
cuya pendiente pronunciada ocurre precisamente entre 1970 y el 2005,
cuando pasaremos de 50 a 110 millones de habitantes.
Si
la población crece en ese lapso, también se acomoda
de manera distinta. Antes de la Revolución, la población
urbana pasó de 10% del total a 30% en poco más de
cien años. De 1940 al año 2000, el cambio es de 35%
a 75%. Son sólo sesenta años, pero los más
importantes en este renglón. Otro dato demográfico
más; el mayor crecimiento no sólo significa más
necesidades, sino un perfil poblacional distinto: muchos niños
y jóvenes, pocos adultos.
Una narración
Cuando
Carranza muere asesinado en Tlaxcalantongo, en agosto de 1920, un
nuevo país está por construirse. Don Venus había
sido congresista y gobernador de Porfirio Díaz; era, en cierta
forma, reminiscencia del antiguo régimen, del gran enemigo.
Cierto que fue de los primeros en apoyar a Madero (finalmente también
era coahuilense), pero también que pocas diferencias presentaba
con el pasajero del Ypiranga. Nueva Constitución, pero mismos
procedimientos. Para ello quería perpetuarse en el poder,
para ello se restauraba, con él, el régimen hacendario,
el proyecto de desarrollo que con la Gran Guerra se había
desterrado en el resto del mundo.
En
cambio, los sonorenses traían ideas distintas. No porque
hubiesen tenido mucha instrucción formal, sino porque habían
vivido mucho y en buenos lugares para aprender. Con ellos llegaba
al poder una generación joven, creada y criada en las tierras
difíciles que lindan con el desierto, aprendidos desde niños
a montar y a matar. Pero también conocedores de la realidad
del país del norte, de la industrialización, de la
empresa. No en balde con ellos iniciaría la época
del general-político-empresario.
Pero
no se puede hacer empresa en donde no hay empresarios, y habría
de ser su primera tarea el crearlos. Darles financiamiento, crear
mercados, producir mano de obra calificada; hacer, en fin, lo que
todos los gobiernos de occidente (y algunos de oriente) habían
hecho en los doscientos años anteriores. Para ello, se construye
un país nuevo en unos cuantos años: el Banco de México,
el Banco de Obras y Servicios, Nacional Financiera (o sus antecesoras),
bancos de avío, mercados agrícolas novedosos, cientos
de cambios orientados hacia lo que era el máximo desarrollo
económico logrado: Estados Unidos.
Es
importante, sin embargo, recordar lo que era México en la
década de los veinte y ubicarlo asimismo en el entorno internacional
imperante en esos años. En 1920 México contaba con
apenas 15 millones de habitantes, menos de los que a fines del siglo
viven en la zona metropolitana de la ciudad de México. Pero
no sólo eran menos que ahora, sino significativamente distintos.
Sólo leía y escribía (mal o bien) 35% de la
población, y estudiaba primaria apenas 6%. Más allá
de ello sólo lograba llegar uno que otro, que ostentaba con
orgullo su título de bachiller. Profesionistas liberales,
muy pocos: médicos, abogados, ingenieros. Algún científico
y muchos maestros.
Más
de dos terceras partes de la población vivía en el
campo, en pequeñas localidades, cuando las vías de
comunicación más eficientes eran las del camino de
hierro. Los ferrocarriles eran exactamente los mismos de hoy: 25
mil kilómetros de vías construidas por don Porfirio.
Algunas carreteras y muchos caminos vecinales. Eso era todo.
El México
de la década de los veinte consta, fundamentalmente, de dos
grandes grupos de población: campesinos y soldados. En las
ciudades vivían menos de cinco millones de habitantes, apenas
un millón en la ciudad de México, y sólo la
mitad de ellos tenía más de doce años. La mitad
de eso, poco más de un millón, eran hombres que podían
acceder a los incipientes mercados de trabajo; para las mujeres
todavía no había espacio, a pesar de su indispensable
función durante la guerra civil. Un millón de mexicanos,
pues, formaba la fuerza laboral de aquel entonces.
México
era, en 1920, un país eminentemente rural, con una clase
obrera apenas empezando, aunque fuertemente organizada, y con una
presencia militar y de la Iglesia todavía muy grande. Tanto,
que en esa década habría de pelearse la guerra de
la Cristiada.
Fuera
de México, las cosas eran bastante distintas. En Europa y
Estados Unidos, lo que imperaba era precisamente la clase obrera,
que llevaba dos siglos en formación. Era compensada, aunque
cada vez con más dificultad, por el grupo empresarial. El
ejército tenía presencia notoria (apenas había
terminado la Gran Guerra) y empezaba una de las grandes épocas
de los financieros. Precisamente en esa década, y en gran
medida a resultas de la guerra, y de un armisticio muy mal pensado,
se desatarían las inflaciones más grandes que ha conocido
Europa en tiempos modernos. El caso más notorio, por la importancia
de las naciones en que ocurrió, es el de los restos del imperio
Austro-prusiano, es decir, Alemania, Austria, Yugoslavia y Polonia.
Pero
es también la época de los roaring twenties,
los fabulosos veintes en traducción extraña pero ya
común. Se acaba la época de los grandes imperios y
la moral victoriana que se mantuvo hasta los inicios de la guerra,
se desatan los placeres y los festejos, en un sistema económico
cada vez más dependiente del capital financiero que ve crecer
las ganancias día a día, sin límite a la vista.
Pero
los límites existen. En 1929, como resultado de tres años
de presiones financieras internacionales originadas en las inflaciones
antes mencionadas, la bolsa de valores de Nueva York cae abruptamente.
Pasarían cuatro años para que tocase fondo, habiendo
perdido 90% del valor de las acciones. Simultáneamente, la
cruda moral es fuerte: empieza la época de la prohibición
en Estados Unidos y se inicia el ascenso de los grupos fascistas
en Europa, en sus distintas modalidades.
Es en
ese entorno en el que transcurren los quince años sonorenses.
En tiempos de bonanza internacional (del 20 al 29) que nosotros
no podemos aprovechar, por estar acomodando los restos de la Revolución
y construyendo nuevas instituciones, y en tiempos de cruda, del
30 al 35, en que se consolidaba un gran partido nacional en México.
Es precisamente en 1929 cuando Plutarco Elías Calles construye
el Partido Nacional Revolucionario a partir de cientos de pequeñas
fuerzas locales y sectoriales. Partidillos obreros, religiosos,
militares, del norte, del centro y hasta del sur. Incluso partidos
yucatecos, pues, lo que no era nada sencillo todavía en esos
tiempos.
Los
tiempos de crisis financieras son también tiempos de lucha
de proyectos. Y eso fue lo que ocurrió entre 1929 y 1933
en prácticamente todo el mundo. Los proyectos que competían
en Europa eran el socialista (impulsado por una Unión Soviética
que se industrializaba a gran velocidad, pavimentando con muertos
el camino al desarrollo stalinista) y el fascista, que no difería
mucho del otro en su sed de sangre y su voluntad colectivista. Se
impuso, con violencia y cuchillos largos, este último.
En México,
a mediados de los treinta, no hay proyectos que compitan, sino caminos
políticos: la lucha local permanente o la constitución
de una sola fuerza nacional. El corporativismo también gana
en México, pero sin necesidad de matar a nadie (o mejor dicho,
a muy pocos). La unidad nacional se impone, y se generaliza la idea
de que todos, en el fondo, quieren exactamente lo mismo.
El
proyecto puede consolidarse en los siguientes cinco años
gracias a uno de los más sabios estrategas que ha tenido
el poder en México: Lázaro Cárdenas. El divisionario
de Jiquilpan ya había tenido oportunidad de comprobar la
eficacia de los movimientos de masas, organizando a la Liga de Campesinos
y Obreros de Michoacán, fuerza política que le había
permitido impulsar una nueva forma de gobierno en su estado natal.
Trasladar la idea a nivel nacional no costó mucho trabajo.
Si, como hemos dicho, el poder residía esencialmente en tres
grupos sociales, bastaba con organizarlos a ellos para garantizar
la gobernabilidad en México. Para su fortuna, eran los tres
grupos que el corporativismo ya sabía como organizar y controlar:
campesinos, obreros y militares. Es con estos tres sectores que
se refunda el partido de Estado, ahora con el nombre de Partido
de la Revolución Mexicana.
Las
acciones de Lázaro Cárdenas se colocan más
en una visión corporativa que en el individualismo necesario
para fomentar una democracia verdadera. No era el tiempo de ello,
y Cárdenas era hombre de su tiempo y de su país, al
que conocía como pocos, si bien con una natural tendencia
a comprender más a la parte indígena del país
que a la norteña.
Cárdenas
logra otro punto clave en la estabilidad del sistema que acababa
de refundar: sabe retirarse a tiempo y con ello evade la tradicional
maldición de los monarcas-presidentes mexicanos: la dictadura.
Tiempo de guerra mundial, tiempo de generales en el poder. Es electo,
con sus dificultades de siempre cuando las elecciones son de trámite,
Manuel Ávila Camacho como presidente de México. Se
genera así el acercamiento necesario con quienes habían
sufrido durante el tiempo de Cárdenas en el poder: la Iglesia
y los empresarios, que si bien poco importantes como base de poder,
finalmente representaban algo y no podían ser permanentemente
ignorados.
Tiempo
de cosechar: el desarrollo estabilizador
La década
de los cuarenta inicia la verdadera industrialización de
México y el gran cambio poblacional. Para 1950, ya no era
35% el que podía leer y escribir, sino casi 60%, y serían
tres cuartas partes de la población antes de 1970. En primaria
estaba ya más de 12% de la población y la multitud
de ingenieros, abogados, médicos y cada vez más profesiones
nuevas, era creciente. Vivía ya 50% de la población
en ciudades o localidades con más de 5 mil personas. Era,
indudablemente, otro México, que seguía administrado
por el mismo sistema, que tenía una gran capacidad de adaptación
y había sabido sustituir a los militares por un sector novedoso
llamado "popular", en donde cabía de todo, siempre
y cuando fuese población urbana, de recursos limitados y
educación escasa. Esa sustitución permitió
tambien cambiar el nombre del partido de Estado. Ya no más
Revolución Mexicana, ahora Revolución Institucional,
¡viva la confusión, el oxímoron y la dialéctica!
El
poder ahora no dependía ya de los campesinos en la misma
medida que antes, mucho menos de los militares. Pero los obreros
podían sostener todavía al partido, sin mayor dificultad.
Además, alguna parte de la naciente clase media, el llamado
"sector popular" también sumaba algunos elementos
a las bases partidistas. No había necesidad, todavía,
de incorporar a nadie más, pero no sobraba meter empresarios,
uno que otro financiero y algunos curas. El sexenio de Miguel Alemán
se dedica a ello, no sólo porque las alianzas permiten una
mayor gobernabilidad, sino porque dan dinero, y el cachorro de la
revolución sabe juntarlo e invertirlo.
Nuevamente
el sistema actúa sabiamente y compensa los seis años
de corrupción y despilfarro de los alemanistas con el periodo
de Adolfo el viejo. Ruiz Cortines administra al país con
mesura y con una gran dosis de astucia política, que buena
cantidad de anécdotas nos ha dejado. No sólo eso,
también se consolida el cambio de orientación de la
economía nacional, aprovechando nuevamente un entorno internacional
favorable: la Guerra Fría. Lo único que había
que hacer era evitar cualquier tendencia socializante en el país
para que Estados Unidos apoyase el cada vez mayor desarrollo nacional.
A la separación tradicional del norte y el sur mexicanos,
se suma ahora una nueva brecha, entre los grandes consumidores urbanos
y el campesinado que sigue viviendo como antes. De pronto, hay cada
vez mayor distancia entre la ciudad y el campo, no porque éste
se hubiese pauperizado, sino porque aquélla tiene ya lavadoras
automáticas, teléfonos, automóviles, radio
y televisión. La mayor presión en los mercados de
trabajo, por la presencia intempestiva de miles de brazos desocupados,
genera un conflicto natural entre los factores de producción.
A diferencia del resto del mundo, que a principios de los sesenta
no tiene gran problema con los sindicatos, en México se presenta
la mayor actividad sindical que nunca se haya visto. Entre 1958
y 1966 ocurren, si no la mayor cantidad de huelgas, sí las
más significativas.
Fuera
de ello, la economía no tenía mayor problema. Para
1958 las nuevas instituciones internacionales habían ya madurado
y se lograba la mejor época en la historia de la humanidad.
El crecimiento económico era casi por default; la
inflación baja, un comercio internacional pequeño
y una población que todavía podía alimentarse
sin mayor dificultad. Era la época de la revolución
verde, todavía funcionaban las colonias en Africa y Asia,
apenas la India se había independizado y la era de las revoluciones
nacionalistas todavía no empezaba en serio. Calma general,
lo único que se tenía que hacer era llevar una contabilidad
decente. Eso era lo que sabía hacer Ortiz Mena y eso fue
lo que hizo. Y qué bueno, porque no se requería más.
Frente
al terrible desastre económico vivido desde 1970, se piensa
ahora que lo hecho en tiempos del desarrollo estabilizador fue prácticamente
un milagro económico, de ahí que Enrique Krauze, en
alguno de sus trabajos de divulgación, haya elevado a Antonio
Ortiz Mena a un altar que, siendo justos, es excesivo.
Cuando
en 1946 llega Miguel Alemán a la presidencia, el mundo entero
se encontraba en los albores de la mejor época (en términos
económicos) de la historia de la humanidad. De 1947 a 1972,
prácticamente todos los países del mundo crecieron,
año tras año, a ritmos que antes no eran concebibles.
Lo harán además sin tener presiones inflacionarias.
México, entre ellos, será uno más, con resultados
equivalentes a los de varios países en desarrollo. Ni más,
ni menos. La aplicación del Plan Marshall en los terrenos
de la guerra, la creación de instituciones financieras más
o menos adecuadas, la constitución de un espacio de negociación
razonable (la ONU) y la cosecha de los avances
tecnológicos que la guerra detuvo por un tiempo o que restringió
al ámbito militar, dieron origen a un mundo de crecimiento
económico acelerado, muy acelerado para los estándares
que la humanidad había conocido.
El patrón
de política económica en esos tiempos era relativamente
sencillo. Las fronteras se utilizaban para impulsar la industria
nacional: se cerraban a lo que era posible producir internamente,
se abrían, con fuertes impuestos, para lo que era definitivamente
imposible de producir. Con ello, se fomentó la instalación
en México de muchas empresas estadounidenses que veían
más fácil producir desde adentro. Para ello, claro,
era necesario que se asociasen con mexicanos, que por pura coincidencia
tenían alguna relación con políticos (si es
que no lo eran ellos mismos).
El
gasto público se mantenía por encima de los ingresos
del gobierno, pero en una medida razonable. El déficit fiscal
debería mantenerse siempre dentro de un rango de 1 a 3 puntos
del PIB, lo que era fácilmente financiable
a través de deuda interna. La emisión de dinero, igual
de sencilla: se usaba algo parecido a lo que Milton Friedman recomendaba
años después: al crecimiento esperable de la economía
(en términos de productividad) se le añadía
un crecimiento deseable de los precios, digamos 2 o 3%, para definir
cuánto dinero había que imprimir. Rodrigo Gómez,
responsable del Banco de México durante buena parte de ese
periodo, no le buscaba ecuaciones complicadas al asunto.
Ortiz
Mena tampoco, y tenían razón ambos en ello. No había
para qué inventar el hilo negro. Bastaba con llevar las cuentas
en orden, y el crecimiento de la economía, por sí
mismo, permitiría ir repartiendo las prebendas propias del
régimen corporativo, sin que hubiese demasiadas dificultades.
Pero
en esa misma simplicidad de los mecanismos estaba el problema. Cuando
el proceso consiste en trasladar riqueza del campo, a la industria,
el asunto es sencillo. Se protege la industria frente al exterior,
se mantienen bajos los ingresos del campo, y se produce entonces
un excedente que se acumula en la industria. Al mismo tiempo, hay
una migración hacia las ciudades o, si se quiere, de la agricultura
a la industria y de ella a los servicios. Este proceso de redistribución
de la riqueza entre sectores productivos no es necesariamente malo,
pero tampoco puede sostenerse impunemente por un largo periodo.
Los
mismos éxitos del modelo de desarrollo estabilizador son
sus problemas: la industrialización va agotando al campo,
por razón lógica, lo que es notorio a partir de los
primeros sesenta, pero también va generando, al interior
de este sector secundario, una dependencia de la protección
arancelaria y (por las condiciones políticas del régimen
corporativo) una dependencia de los empresarios por los contratos
del gobierno, que tiene que ser cada vez más grande para
cumplir con esta necesidad.
De
1960 a 1975, la agricultura pasa de ser 19% del valor agregado total
del país, a sólo 12%. Ahí se mantendría
por los siguientes 10 años. El crecimiento del sector secundario
es impresionante en esa misma época. Pasa de ser 26% del
PIB en 1960 a 30% en 1970. Reitero el punto:
es durante los últimos años del desarrollo estabilizador
y durante el sexenio echeverrista que se contrae la agricultura
de manera más acelerada. En parte por el gran crecimiento
de la industria, pero también porque fue abandonado a su
suerte: ni se invirtió en él, ni se avanzó
tecnológicamente, ni hubo una necesaria redistribución
de la tierra, para pasar del ejido original de la Revolución
a algo más adecuado al mundo de la posguerra.
Visto
de otra forma, este periodo de veinticuatro años de bonanza
fue también un tiempo que se desperdició en términos
de la construcción del México nuevo. Y este desperdicio
se debe a un asunto político: el sistema corporativo exige
el mantenimiento de las prebendas para los grupos y se trata más
de repartir entre ellos que de producir más riqueza. En ese
sentido, podemos decir que esta etapa es la de mejor distribución
del ingreso y la riqueza. Claro, para quienes estaban representados
en las negociaciones de prebendas, que eran los miembros del PRI:
obreros, campesinos y pequeños productores y empleados, así
como quienes negociaban con ellos desde afuera: empresarios. El
problema es para quienes no estaban en este reparto: la clase media.
Los nuevos profesionistas, los empleados calificados, los comerciantes
no incorporados a la CNOP, que a partir de
1950 se van contando en millones de personas y que a fines de los
sesenta exigen su incorporación, en la víspera de
las Olimpiadas, y son simple y sencillamente reprimidos y masacrados.
Es
aquí donde el partidazo falla. A diferencia de sus mejores
épocas, cuando tuvo la capacidad de renovarse, a fines de
los sesenta las rigideces alcanzadas no le permiten identificar
una oportunidad como tal, sino como amenaza. El movimiento estudiantil
de 1968 resultó para
Gustavo Díaz Ordaz, pero también para el sistema,
un obstáculo insalvable.
Primera
crisis: 1968-1971
Los
estudiantes no pedían democracia, ni mucho menos socialismo
o cosas parecidas. Lo que exigían, como antes lo habían
hecho maestros y médicos, era mayor espacio para la clase
media en la toma de decisiones nacionales. Cierto es que eso nunca
apareció en los "seis puntos", ni en las consignas
de las marchas, ni en los discursos de los dirigentes. Pero eso
era lo que estaba detrás, la necesidad de los jóvenes
de tener expectativas claras sobre su futuro, de tener alguna garantía
de empleo, de que el desarrollo nacional se orientase en su beneficio
o, al menos, que pudiesen intervenir en la discusión sobre
ello.
Era,
nuevamente, un país distinto que requería un gobierno
distinto. Pero ahora falló el sistema. Por varias razones:
primero, porque quien tenía el poder máximo, el presidente,
tenía como cualidad personal la necedad; segundo, porque
la burocracia había tomado parte del control: prácticamente
medio ga-binete llevaba diez años en el poder; tercero, el
sistema mismo se había anquilosado: Fidel cumplía
treinta años dirigiendo a la clase obrera; cuarto, porque
el más importante mecanismo de control del sistema estaba
fuera de combate: Lázaro Cárdenas.
Cárdenas
había podido influir en prácticamente todas las grandes
decisiones nacionales desde su salida de la presidencia. Si bien
tuvo la capacidad de reconocer que el poder no era suyo, pudo servir
como un contrapeso. Para nadie era posible ir demasiado tiempo en
contra de los deseos del general, so pena de una recomposición
del partido alrededor de aquél. Sin embargo, en 1968 Cárdenas
tenía varias cosas en contra. Primero, su edad, que le impedía
actuar con la rapidez y energía de otros tiempos. Pero segundo
y más importante, estaba demasiado alejado de los deseos
aparentes de Estados Unidos. Demasiado a la izquierda para el momento,
es rebasado por su creación y muere unos meses después.
A partir
de ese momento, las cosas serían muy diferentes. Terminaba
la época dorada de la economía internacional y también
la época de control absoluto del partido de Estado. Para
colmo de males, esto ocurría cuando el árbitro seleccionado
era Luis Echeverría Álvarez: megalómano, populista,
soberbio e hiperactivo.
A diferencia
de los años anteriores, cuando bastaba llevar las cuentas
para administrar la economía nacional, a partir de 1970 las
cosas son bastante más complicadas. Ahora ya se necesitaba
saber economía. Era otro mundo distinto que requería
de otras habilidades. En todo el planeta esos años fueron
difíciles y todos cometieron errores. En realidad, el modelo
estaba agotado y era el momento de cambiar. Pero Echeverría
era, antes que nada, un político hecho en el sistema corporativo
y lo más importante para él era mantener este proceso
de redistribución entre grupos que le permitiese controlar
el poder. Y precisamente este sistema era el origen del problema
económico, por lo que la única posibilidad que le
quedaba a Echeverría era la huida hacia adelante, esto es,
llevar al sistema político y al modelo económico al
límite, o más allá de él, para aprovechar
y reforzar su posición arbitral. No está claro que
entendiese las consecuencias de lo que hacía, aunque parece
difícil que tuviese plena ignorancia. De cualquier forma,
fuese por ignorante o por megalómano, Echeverría forzó
al modelo económico para sostener el sistema político.
Tenía que atender, además de los sectores y asociados
tradicionales, a la clase media, que él mismo había
golpeado y reprimido, pero que necesita incorporar de alguna forma
en el reparto, so pena de derrumbamiento del sistema.
La secuencia
de hechos es sencilla. Para mantener el poder presidencial y al
sistema corporativo, Echeverría reparte más de lo
disponible. Con ello incrementa el déficit fiscal y lo financia
con moneda nueva, lo que eleva la inflación. Mayor inflación,
con tipo de cambio fijo y escasa competitividad de las empresas,
incrementa las importaciones. Para evitar la devaluación,
Echeverría frena las importaciones con mayores aranceles
y financia el déficit comercial con mayor deuda externa.
Los agujeros que se van abriendo para tapar los anteriores son,
como era de esperarse, cada vez mayores, y en alguno había
que caer. En 1976 la situación es insostenible y hay que
devaluar el peso, aceptar negociaciones con el FMI
y entrar en crisis.
El descubrimiento
de grandes mantos petroleros y el ascendiente precio de este producto
hace posible imaginar un futuro promisorio, con todo y el sistema
que tanto hemos mencionado. Y regresamos a lo mismo: se reparte
para todos y al mismo tiempo se construye la plataforma necesaria
para explotar el petróleo. No olvidemos que, al entrar José
López Portillo, México no era capaz de producir el
petróleo que utilizaba para consumo interno, mucho menos
para exportar. Así, el endeudamiento que había llevado
Echeverría a 20 mil millones de dólares crece a más
de 50 mil en unos pocos años para poder incrementar la producción
de crudo. De poco más de 700 mil barriles diarios se pasa
a más de 2 y medio millones de barriles, de los que uno y
medio eran para exportar, a un fabuloso precio.
Los
flujos esperados pagarían con creces la nueva deuda, y la
anterior, puesto que cada año había que pagar apenas
4 mil millones de dólares de intereses y se recibían
más de 15 mil por exportaciones de crudo. Había pues
un "excedente petrolero" del orden de 10 mil millones
de dólares que podía utilizarse para desarrollar al
país.
Con
tanto tiempo, uno olvida muchas cosas, pero vale la pena recordar
que entre 1978 y 1980 la clase media vivió en un sueño.
Todos tenían empleos, la mayoría muy bien remunerados.
Había posibilidades de tener casa propia, uno o dos autos
grandes, televisiones, refrigeradores y estéreos (que o eran
muy malos, hechos en México, o eran de fayuca, muy abundante
entonces). Pero no sólo eso, los mexicanos éramos
turistas reconocidos en el mundo. Nomás nos faltaba el turbante
para parecer jeques árabes: champaña, fiestas, vinos,
de todo podíamos comprar en cualquier parte del mundo.
Se cumplía
con esto lo prometido: incorporar a la clase media en el reparto,
por fin la Revolución hacía justicia a estos nietos
suyos. Claro que, salvo el petróleo, en todo lo demás
seguíamos siendo extremadamente ineficientes y la competencia
de los productos extranjeros era abrumadora. Para evitarla, el proteccionismo
seguía creciendo, y para fines del 81 llegaría a límites
estrafalarios: todo requería permiso de importación,
las fronteras estaban totalmente cerradas.
En
ese año, además, se contratan créditos extraordinarios,
para poder comprar maíz y para financiar un servicio de deuda
que, contra lo esperado, no era de los 4 mil millones de antes,
sino que estaba cerca de 20 mil millones de dólares por año.
Estados Unidos, que había resentido todos los incrementos
del precio del petróleo, estaba luchando por bajar su inflación
y lo hacía elevando las tasas de interés. En lugar
de 7 u 8% normal en los créditos internacionales, la tasa
para 1980 y 81 llegó a estar en 22%. Y la deuda de México
era ya de más de 80 mil millones de dólares. Mientras,
el precio del petróleo había dejado de subir y amenazaba
con bajar.
En
ese entorno tan complicado, los técnicos desplazados por
Echeverría, que se habían refugiado en el Banco de
México, inician el contraataque. Viendo claramente que mientras
mayor fuese el desorden financiero mayores serían las posibilidades
de Miguel de la Madrid para suceder a López Portillo, desde
la Secretaría de Programación y Presupuesto se invaden
funciones de Hacienda, se contratan créditos impagables y
se sume al país en una nueva crisis, mucho mayor que la anterior.
Hay
que distinguir aquí dos fenómenos distintos. Con o
sin las acciones de Programación y Presupuesto (de Carlos
Salinas, para ponerle nombre al asunto), el sistema nuevamente había
caído en sus propias redes: repartir lo que no hay no lleva
a nada bueno, pero sin repartir, el corporativismo no sobrevive.
La vida de ilusiones de los últimos dos años de los
setenta fue la forma de sobornar a la clase media y comprar su lealtad
para el PRI. Y eso es lo que se pagaría
con la crisis.
Sin
embargo, la crisis fue peor de lo que debería haber sido
por las acciones de Salinas a que nos hemos referido y que le garantizaban
a su jefe el poder (o sea a Salinas mismo y a su equipo). Pero en
la misma gravedad de la crisis estaba un factor favorable para el
grupo de los técnicos (ahora llamados tecnócratas)
que Salinas no tardaría en utilizar: ya no había que
distribuir ganancias, sino pérdidas, y eso era más
sencillo.
A partir
de 1983, lo importante para los grupos no era sacarle mucho al sistema,
sino evitar que éste les quitase a ellos. Una vez convencidos
los líderes de estos grupos de la magnitud de la crisis,
la amenaza era perder con ella y cada uno pedía que le quitasen
poquito, no que le diesen. Y eso, para De la Madrid y Salinas, era
un espacio de negociación impresionante. No por nada el nuevo
presidente llegó enfatizando: "México se nos
va de entre las manos."
Segunda
crisis: 1982-1986
Entre
1983 y 1985, el nuevo gobierno se encarga de mantener la crisis
en buen nivel. Aunque esto parezca muy raro, era de esa crisis prolongada
de donde el grupo de tecnócratas podía sostener sus
ambiciones. Porque el sistema seguía siendo el mismo: corporativo
y autoritario, por lo que la única forma de mantener el poder
era la misma de antes: repartiendo prebendas y negociando con los
grupos. Así que el primer paso para mover al país
en una dirección distinta era sustituir a los grupos, de
alguna forma. Aquí, De la Madrid podía aprovechar
un cambio casi natural originado por la crisis: los empresarios,
aquéllos que habían vivido de las barreras arancelarias
y los contratos con el gobierno, ya no tenían margen de negociación.
Como hemos dicho antes, ya las fronteras se habían cerrado,
ya no se podía hacer nada más.
Así,
era posible desplazar a los empresarios, sustituyéndolos
por otro grupo privado que diese fuerza al grupo de técnicos
en el poder. Se les sustituyó por los financieros, un grupo
muy distinto, que había resultado muy agraviado por López
Portillo en sus últimos momentos. Junto con los empresarios
cayeron los trabajadores. Asociados a ellos en la producción,
sin empresas no hay poder de sindicatos. Para 1985, campesinos y
obreros ya no tenían mucha importancia en las decisiones
políticas reales. Los empresarios también habían
perdido mucho espacio. Ahora los agentes relevantes eran los financieros,
la clase media y la Iglesia católica, con quienes la relación
del poder crecía continuamente, en la búsqueda de
válvulas de escape para conflictos violentos, que amenazaban
continuamente.
Sin
embargo, el factor más importante en la estabilidad de esos
años sería Estados Unidos. Para ese país, el
grupo de técnicos era lo mejor que podría pasarle
a México. Con ellos en el poder, ya no había contrapartida
en América Latina, Ronald Reagan podía invadir Grenada
o financiar a la "contra" en Nicaragua o a los batallones
de la muerte en El Salvador sin ninguna preocupación diplomática.
Más aún, México mostraba a todo el mundo que
era posible pasar de ser un país nacionalista casi extremo
a aplicar el Consenso de Washington en unos cuantos años.
La
idea del Consenso de Washington, que era un poco el pago al apoyo
de Reagan, puede resumirse en tres palabras: apertura, desregulación
y privatización, aunque para países en vías
de desarrollo había un requisito: estabilidad macroeconómica.
México cubre éste con el Pacto de Solidaridad Económica,
hecho a imagen y semejanza del programa de estabilización
israelí de 1985.
A diferencia
del país del oriente medio, México no se conforma
con una inflación de alrededor de 20%, sino que entra en
la obsesión de "un dígito". Eso hará
una gran diferencia hacia adelante, cuando Salinas comete exactamente
los mismos errores que su odiado predecesor, Luis Echeverría.
No sólo controla él la economía desde Los Pinos
y mantiene un tipo de cambio prácticamente fijo mientras
la inflación avanza, sino que también abraza ilusiones
reeleccionistas. Los megalómanos, a fin de cuentas, se parecen.
La estabilización
macroeconómica ocurre, pues, a partir de diciembre de 1987,
y a ella se dedican todos los esfuerzos durante 1988. Gracias a
ello, al tomar posesión de la presidencia en diciembre de
ese año, Carlos Salinas tiene un margen de acción
mucho mayor que el que había tenido De la Madrid seis años
antes. Carlos Salinas de Gortari, presidente de México desde
1988 por virtudes cibernéticas, se hace del poder real en
unos cuantos días merced a golpes de mano: un líder
sindical despótico y un financiero abusivo son encarcelados,
lo que permitía afianzar nuevamente la imagen presidencial
frente a quienes, en ese momento, representaban la mayor fracción
de las bases del poder: la clase media.
Para
bajar la inflación con rapidez durante el Pacto de Solidaridad
Económica, el factor más importante no fue ni el freno
a salarios, ni el tipo de cambio fijo. Fue la apertura, que se convirtió
en el mecanismo de fijación de precios general más
eficiente. Cuando hay competencia de otros productos, iguales o
mejores, a precios más bajos, no se puede vender caro, y
fue la apertura la que obligó a los empresarios mexicanos
a bajar sus precios y, en muchos casos, a quebrar y desaparecer.
Cuando la apertura llegó a estos niveles absurdos (por excesiva
e indiscriminada), se vio el otro lado de la moneda: las importaciones
empezaron a crecer a ritmos muy acelerados.
México
había creado una industria propia, pero ineficiente. Muy
dependiente de la protección arancelaria pero, sobre todo,
de los contratos gubernamentales, se convirtió en beneficiaria
y auspiciadora de la corrupción, por más que ahora
la califiquen y señalen. Sin empresarios corruptos, no se
podían mantener los políticos deshonestos, no hay
vuelta en esto. El necesario cambio estructural de la economía,
para pasar de la ineficiencia de los setenta a la competitividad
exigida por una economía global en el siglo XXI
no se realizó.
Frente
a la presión por las divisas, Salinas saca uno de sus primeros
ases de la manga: modifica la legislación para permitir la
entrada de capital extranjero de corto plazo. A partir del tercer
trimestre de 1989, las entradas de capital volátil se multiplican
mes tras mes. El dinero fresco que tan necesario era conseguir,
se obtiene a través de este medio.
Pero
esto no puede sostenerse indefinidamente. Sin entradas de capital
de más largo plazo, el país estaría en un grave
riesgo. Carlos Salinas saca otro as: se anuncia que inician las
negociaciones para un eventual acuerdo comercial con Estados Unidos.
El simple anuncio de este acuerdo, y la posibilidad de que se firme,
incrementan los flujos de inversión extranjera directa. Mientras
que en toda la década de los ochenta las entradas de capital
por este renglón fueron de alrededor de 2 mil millones de
dólares anuales, para 1992 y 1993 serán superiores
a 4 mil.
Estos
cambios se hacen realidad en 1994, con la entrada en vigor del acuerdo
mencionado. Los flujos de inversión, nuevamente se duplican,
ahora estableciéndose en el rango de 10 mil millones de dólares
por año. Sin embargo, no debemos olvidar que la inversión
extranjera ocurre por una única razón: porque invertir
en México les produce mayores ganancias. No viene la inversión
por el afán de generar empleos o porque les guste México.
Vienen para obtener ganancias y esas ganancias las regresarán
a su lugar de origen, si no por completo, sí en buena proporción.
Así, si consideramos estas salidas por utilidades, lo que
ocurre con la inversión extranjera es menos bueno de lo que
parecía. Surge la gran diferencia entre la inversión
extranjera directa, y el mismo flujo, pero neto de utilidades. En
1990, en realidad, la inversión neta fue negativa, y durante
toda la década de los ochenta fue bastante pequeña.
Más aún, en los años noventa, la entrada real
de capital está siendo apenas de 6 mil millones de dólares.
Aparece
un déficit de entre 3 y 4% del PIB.
Se trata de la zona peligrosa de la cuenta corriente. Cuando el
déficit supera esta barrera, la necesidad de un ajuste crece
muy rápidamente. Mantenerse arriba de esta zona, o incluso
en ella, no es nada grave. Las dos crisis graves de los últimos
años ocurrieron precisamente con déficit en cuenta
corriente muy superiores a lo recomendable.
No es
raro que un personaje audaz y desprovisto de escrúpulos actúe
como lo hizo Salinas, sobre todo en un régimen político
que permitía eso y más. Lo increíble es que
durante dos años prácticamente nadie haya querido
ni ver ni oír el tamaño del problema en que se había
metido la economía nacional. Igual de raro es que hoy mismo
no lo quieran ver.
Al
inicio de 1994, un levantamiento indígena en Chiapas, más
espectacular que peligroso para el Estado, se va transformando en
un problema, porque repite las circunstancias del 68: el sistema
no sabe cómo resolverlo. Ahora, por fortuna, la represión
tampoco puede usarse. Casi cinco años después, el
levantamiento continúa en un impasse que de vez en
cuando se ve roto por accesos de locura presidencial, intentos represivos
que siempre son detenidos por la sociedad. La nacional y la internacional.
Más
grave para la seguridad nacional, en marzo de 1994 el candidato
a la presidencia por el PRI es asesinado.
Muere Luis Donaldo Colosio en Tijuana, de uno o dos balazos, disparados
por una o dos pistolas, por uno o dos tiradores, ayudados por algunas
o muchas personas, miembros o no de la seguridad del candidato.
Nadie lo sabe. En ese mes de marzo de 1994, el déficit que
presentaba México en sus cuentas con el exterior era bastante
difícil de manejar. Tanto, que desde unos meses antes se
había iniciado la venta de papeles de deuda del gobierno
federal indexados al dólar. Al momento del asesinato de Colosio,
las presiones sobre las divisas provocaron un crecimiento extraordinario
de los Tesobonos (que así se llamaban), que alcanzaron más
de 12 mil millones de dólares al final de ese mes.
Tercera
crisis: 1995- ?
En noviembre,
la fuga de capitales superaba mil millones de dólares semanales,
presagiando una devaluación brusca en algún momento
de los primeros meses de 95. Sin embargo, y casi de manera sorprendente,
el 20 de diciembre de 1994, a muy temprana hora, el secretario de
Hacienda del nuevo gobierno, Jaime Serra Puche, anunciaba el desplazamiento
de la banda de flotación en 15%. En ese entonces, el tipo
de cambio se mantenía dentro de una banda de flotación
que actualizaba el valor del peso cada día. Sin embargo,
esta banda se había quedado corta desde al menos 1991, por
lo que a fines del 94 la sobrevaluación de la moneda se encontraba
entre 30 y 40%.
Al anunciarse
dicha corrección, menor a la necesaria, la respuesta inmediata
de los inversionistas fue una "corrida". Ésta,
sumada a la debilidad notoria del gobierno entrante, provocaron
que la corrección real del tipo de cambio fuese no de 3.50
a 4 pesos por dólar, sino hasta 5.50 pesos. Se hizo evidente
entonces el tamaño de la deuda de los Tesobonos, que ascendía
ya a 28 mil millones de dólares, casi todos pagaderos entre
enero y marzo del año siguiente. La preocupación de
los inversionistas extranjeros era si el gobierno mexicano podría
pagarlos, puesto que las reservas internacionales no alcanzaban
los 6 mil millones de dólares. El problema creció
rápidamente frente a un gobierno demasiado nuevo, que no
entendía cómo resolver el problema. El 9 de marzo
se anuncia un programa de ajuste, en la línea tradicional
del Fondo Monetario Internacional, que reducía el gasto público,
elevaba el IVA de 10% a 15%, y restringía el crédito
interno neto.
Para
abril, las tasas de interés en México alcanzaban los
100 puntos, mientras las empresas despedían trabajadores.
Y apareció un problema que no se había contemplado
en toda su magnitud: la banca. Ésta, que se había
privatizado entre 1991 y 1992 fue uno de los mecanismos que más
ayudaron a Carlos Salinas a crear la imagen de país exitoso.
El crédito fluyó como nunca lo había hecho:
hipotecario, al consumo, para bienes durables, todo tipo de créditos
para todo tipo de deudores. Al mantenerse el tipo de cambio sobrevaluado,
las tasas de interés también eran artificialmente
bajas (aunque nunca lo fueron mucho), y esto dio origen a un consumo
acelerado de la población, mucho de ello basado en créditos
aparentemente fáciles de pagar.
La magnitud
del fraude que representó la presidencia de Carlos Salinas
quedó claramente al descubierto. Para gobernar, Salinas necesitaba
cubrir la mayor parte de las bases del poder: clase media, Iglesia,
financieros. Y aparentemente a todos había dado lo que querían,
pero lo había logrado, como se dice en los negocios, con
pura saliva. El problema real del sistema político es que
el corporativismo requiere beneficios para los sectores. Cuando
los sectores son muchos, o muy grandes, no hay forma de beneficiar
a todos. Salinas había repartido a todos, y lo había
hecho generosamente. Eso, ciertamente, no era posible. Lo había
hecho gracias a una déficit externo inmenso, de más
de 100 mil millones de dólares durante su sexenio, que se
financió en parte con inversión extranjera directa,
pero también, y de manera más importante, con dinero
de corto plazo. La crisis, a fines del 94 y principios del 95, cobró
el resto.
La
caída del PIB en ese año fue
de más de 7% y el consumo se contrajo en más de 15%.
La inversión, en una tercera parte. En ese año, de
golpe, se perdieron cinco; regresamos a 1990 en materia económica.
La ilusión había desaparecido, se habían perdido
seis años y, sobre todo, se había hipotecado una dosis
de confianza como nunca antes en la historia moderna del país.
El
problema de fondo
El problema
de fondo en México es la distribución. Distribución
del ingreso, de la riqueza, del poder, de las oportunidades. Siguiendo
a Walzer, es un problema de justicia en todas las esferas. Siempre
ha sido éste el problema, pero sobre todo desde los años
ochenta. El esquema de desarrollo utilizado en ese periodo, algunas
veces llamado neoliberalismo, es muy útil para reducir la
inflación, pero no para generar empleos. Por cuestiones demográficas,
deberíamos haber generado 20 millones de empleos grosso
modo desde 1980. Se crearon sólo cinco en estos veinte
años. Una cantidad significativa de mexicanos, que puede
alcanzar 10 millones, emigró a Estados Unidos. Otra cantidad,
no tan grande pero igualmente importante, se desplazó al
mercado informal. Y algunos más tienen empleo en el campo,
aunque eso no pueda llamarse, con propiedad, empleo.
Si
se quiere ser franco, en pocas palabras podemos decir que el empleo
en México, en los últimos veinte años, es el
fracaso más grande de la política económica.
Hemos fracasado rotundamente, no hay vuelta de hoja. Pero no es
sólo cuestión de incapacidad de creación de
empleos, sino de salarios cada vez más bajos.
El
salario mínimo ha perdido, en este lapso, prácticamente
85% de su valor. Cierto es que, conforme pasó el tiempo,
dejó de ser este minisalario la referencia obligada. Hay
que agregar la variación entre salarios. En 1994, la rama
económica con mayor salario era la de los servicios financieros,
con un promedio de más de 27,600 dólares anuales.
En 1996, después de la crisis, seguía siendo el primer
lugar, pero con sólo 17 mil dólares al año.
Como referencia, el PIB per cápita
es de 4 mil dólares anuales.
La
agricultura y la ganadería han sido la última y penúltima
ramas, en materia salarial. En términos porcentuales, el
crecimiento de los ingresos salariales en ganadería había
sido, entre 88 y 94, de 46% y en agricultura de 33%. Mientras tanto,
la petroquímica registraba un crecimiento de 75%, y los servicios
financieros de 254%. En 1988, la petroquímica tiene un salario
promedio 33 veces mayor al de la agricultura. Para 1994, una persona
ocupada en los servicios financieros gana, en promedio, 73 veces
lo que gana alguien que trabaja en la agricultura.
Hoy,
a fines del siglo, un mexicano ocupado en la agricultura recibe
menos de 300 dólares al año. Eso, para los estándares
internacionales, se conoce como pobreza extrema. Nada más
hay 6 millones de mexicanos, con sus familias, viviendo de esta
actividad, que en 1930 era una de las bases del poder y hoy, menos
de cien años después, no es nada.
El
siglo XX mexicano es el siglo del corporativismo.
En este régimen logramos industrializar el país, educarlo,
urbanizarlo, y en el abuso, acabar con las esperanzas de un futuro
mejor. El siglo XXI será otro, y tendrá
otro régimen diferente. Con suerte, habrá democracia;
con suerte, habrá desarrollo. Pero hemos hecho hasta lo imposible
por evitarlo. Tanto nos encariñamos con el régimen
anterior, que hoy nos cuesta salir de él.
No
habrá un México del siglo XXI
sin un régimen distinto. Lo que nos tardaremos en construirlo
será un costo adicional. Pero alguna excusa tenemos: nadie
más ha logrado transitar sin violencia, del corporativismo
a la democracia. Nosotros lo vamos logrando.
Macario
Schettino, "El cansancio de México" Fractal
n°12, enero-abril,
1999, año 3, volumen IV, pp. 123-149.
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