Al ir extendiendo su repertorio a través de flores, cuerpos y caras, el conservadurismo de la estética de Mapplethorpe se volvió evidente: una reelaboración de la antigua táctica modernista de "escandalizar a los burgueses" (y hacerlos pagar), que recibe una nueva aura gracias a su marca característica, la búsqueda de la perfección en la técnica fotográfica. La cualidad vagamente transgresora de sus temas (el ritual sadomasoquista homosexual, las mujeres fisicoculturistas, los hombres negros) se vuelve más atractiva gracias a su evidente dominio de la tecnica fotográfica. Sin embargo, si no consideramos al autor como origen o garantía de los significados producidos en el texto, sino como, tal y como sostiene Michel Foucault en "¿Qué es un autor?", una "proyección, en términos más o menos psicológicos, de nuestra manera de manejar los textos", entonces lo más interesante de obras como Black Males y The Black Book es la forma en que el texto facilita la proyección imaginaria de ciertas fantasías raciales y sexuales acerca de la "diferencia" del cuerpo del negro. Cualesquiera que sean sus motivaciones subjetivas o su coartada de creación, la ambigua imaginación de Mapplethorpe abre una ventana hacia la estructura fetichista de las representaciones estereotípicas de la masculinidad negra, que circulan por toda una gama de superficies cotidianas, desde los diarios, el cine y la televisión hasta la publicidad, los deportes y la pornografía.
Lo primero que se nota en The Black Book (tan obviamente que no hace falta decirlo) es que todos los hombres están desnudos. A través de sus diferentes puntos de observación, tomas y encuadres, la mirada de la cámara está dirigida a un punto de fuga que organiza la objetivación erótica y estética de los cuerpos masculinos negros particulares para darles la forma idea-lizada de un "tipo" homogéneo. Recorremos secuencias de hombres afroamericanos que tienen nombres propios (jóvenes sin excepción, saludables, de piel oscura), pero "vemos" sólo su sexo como la suma esencial de los significados que se dan alrededor de los atributos de negritud y masculinidad. Es como si, de acuerdo con la línea visual de Mapplethorpe,
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| Hombre
en traje de poliéster |
Negro
+ Masculino = Objeto Estético/Erótico. Sin importar
la preferencia sexual del espectador, el resultado connotativo
del texto satura completamente el cuerpo masculino negro con predicados
sexuales. Mientras que las fotografías de parejas de hombres
homosexuales sadomasoquistas evocan una sexualidad subcultural
que consiste en "hacer" algo, los hombres negros se
encuentran confinados y definidos en su "ser" como sexuales
y nada más que eso, y por lo tanto hipersexuales. En Hombre
en traje de poliéster, aparte de las manos, es el pene
y sólo el pene lo que identifica al modelo de la fotografía
como un negro.
Esta
reducción ontológica se logra por medio de los códigos
visuales específicos que intervienen en la construcción
del espacio fotográfico. Esculpida y formada por medio
de las convenciones artísticas del desnudo, la imagen del
cuerpo masculino negro presenta al espectador una fuente de placer
erótico en el acto de mirar. Como código genérico
establecido en todas las tradiciones de las bellas artes de Occidente,
el sujeto convencional del desnudo es el cuerpo femenino (blanco).
Al sustituirlo por el sujeto masculino negro socialmente "inferior",
Mapplethorpe utiliza no obstante algunos de sus códigos
genéricos y sus convenciones para enmarcar la objetivación
de cuerpos masculinos negros en bellas "cosas" abstractas.
En Mapplethorpe toda referencia a un contexto social, histórico,
cultural y político queda fuera del cuadro de sus fotografías
y esta codificación visual vuelve abstracto y esencial
al cuerpo masculino negro dentro del campo de un ideal estético
trascendental. En este sentido, la idealización erótica
y estética tiene un efecto tan totalizador, que la imagen-texto
revela más sobre los deseos del sujeto masculino blanco
que está detrás de la cámara, oculto e invisible,
que sobre los hombres negros anónimos cuyos hermosos cuerpos
vemos representados.
Dentro
de la tradición dominante del desnudo femenino, las relaciones
patriarcales de poder se simbolizan por medio de la relación
binaria en la que, generalmente, los hombres asumen el papel activo
del sujeto que mira, mientras que las mujeres son objetos pasivos
que son mirad@s. La contribución fundamental de Laura Mulvey
("Visual Pleasure and Narrative Cinema", Screen
16, otoño 1975) a la teoría fílmica feminista
reveló el poder y los privilegios normativos de la "mirada
masculina" en los sistemas dominantes de representación.
Así, la construcción visual del desnudo femenino
se puede entender, más que como una representación
del deseo (hetero)sexual, como una forma de objetivación
que articula la hegemonía y la dominación masculina
en cuanto al aparato mismo de la representación. La imagen
abunda en escenas egocéntricas de fantasías falocéntricas
en que los artistas hombres se pintan a sí mismos pintando
a una mujer desnuda, escenas que, como las representaciones del
narcisismo femenino, construyen una imagen-espejo de lo que el
sujeto masculino quiere ver. Así, la lógica fetichista
de la representación mimética, que hace presente
para el sujeto lo que está ausente en lo real, se puede
caracterizar como una fantasía masculina de dominación
y como el control de los "objetos" representados y pintados
en el campo visual: la fantasía de un ojo/yo omnipotente
que ve pero nunca es visto.
En
el caso de Mapplethorpe, sin embargo, el hecho de que tanto el
sujeto como el objeto de la mirada son masculinos propone una
tensión entre la función activa de mirar y la función
pasiva de ser mirado. Este estremecimiento de igualdad (homo)sexual
transfiere la inversión erótica en la fantasía
de dominación de la diferencia de género a la racial,
y las huellas de esa transferencia metafórica subrayan
la inversión libidinal altamente cargada en el elemento
más visible que significa "diferencia" racial:
la fetichización de la piel negra. En su análisis
del pinup masculino ("Dont Look Now the Male
Pin-up", Screen 16, otoño 1982), Richard Dyer
sugiere que cuando los sujetos masculinos asumen la posición
pasiva, "feminizada", de ser mirados, el riesgo o la
amenaza para las definiciones tradicionales de la masculinidad
se ve contrarrestado por el papel de ciertos códigos y
convenciones, tales como una postura corporal tensa, rígida
o forzada los tipos caracterológicos; y los argumentos
narrativizados todos los cuales están dirigidos a
estabilizar la dicotomía de ver/ser visto. Aquí
Robert Mapplethorpe se apropia de estereotipos raciales comunes
para regular, organizar, apuntalar y fijar el proceso de objetivación
estética/erótica en que la carne del hombre negro
se carga con la tarea de significar las fantasías de transgresión
y los deseos del sujeto gay masculino blanco. Así, el brillo
relumbrante, sedoso, fetichi-zado de la piel negra sirve y se
pone al servicio del deseo del hombre blanco de mirar y disfrutar
la fantasía de dominación precisamente mediante
la intensidad visual que exigen las imágenes.
Homi
Bhabha ha sugerido que "un rasgo importante del discurso
colonial es que depende del concepto de fijeza en
la construcción ideológica de la otredad" ("The
Other Question: The Stereotype and Colonial Discourse", Screen
24, invierno 1983). Los estereotipos de los hombres negros difundidos
por los medios masivos (como criminales, atletas, artistas) reinscriben
la lógica de esa fantasía colonial, permitiendo
que los sujetos masculinos negros sólo se vuelvan públicamente
visibles a través de una rejilla de representaciones rígida
y limitada, que reproduce por lo tanto ciertas ideas fijas, ficciones
ideológicas y fijaciones psíquicas referentes a
la "diferencia" personificada por la masculinidad negra.
Como artista, Mapplethorpe fabrica una fantasía de autoridad
"absoluta" sobre sus sujetos al apropiarse la función
del estereotipo para estabilizar la objetivación erótica
de la otredad racial y afirmar, con ello, su propia identidad
como el yo/ojo soberano que tiene poder de dominio sobre la abyecta
"cosisidad" del otro (como si las imágenes implicaran:
"tengo el poder de convertirte a ti, criatura baja e indigna,
en una hermosa obra de arte"). Como la mirada de Medusa,
su ojo-cámara convierte el cuerpo negro en una piedra;
cada "disparo" somete la carne del negro al espacio
de representación del imaginario masculino blanco, fijo
y congelado en el espacio y en el tiempo, inmovilizado y acallado
en nombre de un ideal estético trascendental. Aquí
se inscribe otro aspecto de la objetivación: a medida que
el nombre propio de cada hombre negro se le quita a la persona
y se le da a la obra de arte en calidad de título o leyenda,
el trabajo de creación invertido en la relación
intersubjetiva entre artista y modelo queda enajenado y borrado
por el valor comercial del objeto producido. Y las impresiones
de Mapplethorpe alcanzan precios exorbitantes como objetos de
arte en el mercado internacional de la fotografía artística.
El
énfasis fantasmático en la dominación también
es evidente en el efecto de aislamiento, por el cual sólo
un hombre negro aparece en el campo visual en un momento dado.
Como impronta de una fantasía narcisista centrada en el
ego, éste es un componente crucial de la objetivación
erótica de la otredad, no sólo porque encierra la
representación de un cuerpo masculino negro colectivo o
contextualizado, sino porque el encuadre con un solo sujeto es
condición previa para una fantasía voyeurista de
control unilateral y sin mediaciones sobre el otro, que es la
función que cumple la pornografía homosexual y heterosexual.
Superponiendo dos formas de ver (el desnudo, que erotiza el acto
de mirar, y el estereotipo, que fija el flujo de la experiencia)
vemos en la mirada de Mapplethorpe una reinscripción de
la ambivalencia fundamental de la fantasía colonial, que
oscila entre la idealización sexual del otro racializado
y la angustia en defensa de la identidad del yo masculino blanco.
Stuart Hall ha destacado esa ruptura del "ojo imperial"
al sugerir que para cada imagen del sujeto negro como un salvaje,
nativo o esclavo merodeador y amenazador, hay una imagen reconfortante
del negro como sirviente dócil o divertido payaso y farandulero
("The Whites of Their Eyes: Racist Ideologies and the Media",
en Silver Linings: Some Strategies for the Eighties, ed.
George Bridges y Rosalind Brunt, Londres, Lawrence Wishart, 1981).
Al comentar esa bifurcación en las representaciones raciales,
Hall la describe como "expresión de la nostalgia de
una inocencia por siempre perdida para los civilizados, así
como la amenaza de que la civilización se vea invadida
o minada por la recurrencia del salvajismo, que siempre está
al acecho justo debajo de la superficie; o por una sexualidad
no educada que amenaza con salirse-nos". En Mapplethorpe
podemos discer-nir tres códigos discretos de la cámara
por medio de los cuales se vuelve a representar esta ambivalencia
fundamental.
El
primero de éstos, que se reconoce más o menos conscientemente,
se podría llamar código escultórico en la
medida en que es en sí un subgénero del desnudo.
Cuando Phillip simula lanzar el peso, el cuerpo idealizado de
una estatua griega clásica se superpone al más común
de los estereotipos: el hombre negro en calidad de héroe
deportivo, dotado mitológicamente de un cuerpo "naturalmente"
musculoso y personificación de rasgos esenciales de fuerza,
gracia y perfección: bien duro. El deporte, arena pública
fundamental, es un sitio clave de la ambivalencia masculina blanca.
El espectáculo de cuerpos negros triunfantes en rituales
de competencia masculina refuerza la idea fija de que son "puro
músculo y nada de cerebro", y sin embargo como el
hombre blanco es vencido en su propio juego (futbol, box, críquet,
atletismo), el Otro es idolatrado hasta la envidia. Esta escisión
se escenifica diariamente en los tabloides. En los titulares de
primera plana los hombres negros aparecen como una amenaza, como
asaltantes, violadores, terroristas y guerrilleros; sus cuerpos
se convierten en la imagen de una irrefrenable y salvaje capacidad
de destrucción y violencia. Pero si vamos a las páginas
de atrás, las de deportes, Mike Tyson y Frank Bruno, "Magic"
Johnson y Daley Thompson están domesticados como mascotas
nacionales y animalitos falderos adoptados, y cualquier sugerencia
de antagonismo se ve contenida por la incorporación paternalista:
no son el Otro, están bien porque son nuestros muchachos,
uno de nosotros. La "vergüenza" nacional de la
defunción y derrota de Inglaterra en el críquet
internacional a manos de las Indias Occidentales va acompañada
de una admiración abyecta por el cuerpo impresionante de
Viv Richards: el boleador caribeño de alta velocidad es
al mismo tiempo amenaza y triunfador. La ambivalencia cala hondo
en el nicho de los temores y las fantasías de los hombres
blancos. Recordemos esas imágenes noticiosas de la reacción
de Hitler frente a Jesse Owens en los Juegos Olímpicos
de 1936 o bien, a la inversa, el saludo fálico con el puño
cerrado del Black Power, en las olimpiadas de 1968.
Si
la mirada de Mapplethorpe se pierde en admiración por un
momento, reafirma su control "feminizando" al Otro al
hacer de él un objeto de arte decorativo. Cuando Phillip
es colocado en un pedestal, se convierte literalmente en plastilina
entre las manos del artista blanco, como otros que forman parte
de este código; su cuerpo se vuelve materia prima, mero
material plástico, para ser moldeado, esculpido y formado
dentro del idealismo estético de la abstracción
pura. En la foto de Derrick Cross, con la inclinación de
la pelvis, el trasero del hombre negro se convierte en un Brancusi.
Comentando la di-ferencia entre imágenes móviles
e inmóviles, Christian Metz sugiere que existe una asociación
entre la fotografía, el silencio y la muerte, porque las
fotos invocan un "efecto de muerte" residual que hace
que "la persona que ha sido fotografiada esté muerta
muerta por haber sido vista" ("Photography and Fetish",
October 34, otoño 1985, p. 85). Bajo el intenso
escrutinio de la mirada desapasionada y desapegada de Mapplethorpe,
es como si a cada uno de los modelos negros se le hiciera morir,
aunque no sea más que para reencarnar su esencia alienada
en calidad de objetos estéticos idealizados. No se nos
invita a imaginar cómo son sus vidas, sus historias o sus
experiencias; son silenciados como sujetos y en cierto sentido
"sacrificados" en el pedestal del ideal estético
a fin de afirmar la omnipotencia del sujeto principal: el yo/ojo
que tiene poder de luz y muerte.
Hay
en contrapunto un código adicional del retrato que "humaniza"
las duras líneas fálicas y se enfoca en la cara
(la "ventana del alma") para introducir en la escena
un elemento de realismo. Pero cualquier connotación expresiva
es negada por la mirada directa, que no afirma la presencia de
una objetividad autónoma sino que más bien, como
las expresiones remotas y lejanas de las modelos de modas en las
revistas ilustradas, destaca una distancia máxima entre
el espectador y el objeto inalcanzable del deseo. Mira, pero no
toques. La mirada directa a la cámara no es un desafío
a la mirada del artista blanco, aunque juega con la tensión
activa/pasiva entre ver/ser visto, porque cualquier perturbación
potencial queda contenida por el trabajo subtextual del estereotipo.
Así, en uno de los retratos, la naturaleza "primitiva"
del negro es evocada por el perfil; la cara se convierte en una
imagen residual de una máscara tribal estereotípicamente
"africana": los pómulos altos y los rizos apelmazados
connotan salvajismo, peligro, exotismo. En otro, el contorno cincelado
de una cabeza rasurada, afinada por hilos de sudor, evoca una
foto policial de los archivos forenses de delincuentes. También
recuerda los usos antropométricos de la fotografía
en el contexto colonial, cuando se medía el cráneo
de los colonizados para "mostrar", por medio de las
pruebas documentales de la fotografía, la inferioridad
inherente del Otro. Este aspecto está cargado con una ambivalencia
aún más profunda en el retrato de Terrel, cuya grotesca
mueca recuerda la máscara feliz/triste del artista ambulante
negro: humanizado por el pathos racial, el estereotipo
de Sambo está presente en la escena, evocando la dependencia
supuestamente infantil del hombre negro frente al Amo, que a su
vez fija su "castración" social, legal y existencial
a manos del amo blanco.
Por
último, dos códigos juntos (de formateo e iluminación)
interpenetran la carne y la mortifican para hacer de ella un fe-tiche
sexual y racial, un amuleto africano venido del lado oscuro del
imaginario del hombre blanco. El conjunto corporal se fragmenta
en detalles (pecho, brazos, torso, trasero, pene) que invitan
a una disección escopofílica de las partes que constituyen
el todo. Como si fuera un talismán, cada parte es investida
con el poder de invocar la mística de la sexualidad masculina
negra con más perfección que cualquier todo empíricamente
unificado. La cámara recorta como un cuchillo, permitiendo
que el espectador inspeccione y examine la "mercancía".
En esta atención fetichista por el detalle, las pequeñas
cicatrices e imperfecciones en la superficie de la piel negra
sólo realzan el sentido del perfeccionismo técnico
de la impresión fotográfica. El recorte y la fragmentación
de los cuerpos (a menudo "decapitados", por así
decir) es un rasgo destacado de la pornografía y ha sido
considerado desde ciertas posturas feministas como una forma de
violencia masculina, una inscripción literal de un impulso
sádico en la "mirada masculina", que corta los
cuerpos de las mujeres en fragmentos visuales.** Sea sostenible
o no esa opinión, su efecto aquí es sugerir que
hay agresión en el acto de mirar, pero no como "violencia
racial" o racismo-como-odio (por el contrario, agresión
como expresión de la frustración de parte del yo
que encuentra que el objeto de que su su deseo está fuera
de su alcance, que es inalcanzable). El recorte en este sentido
es análogo al striptease, pues la exhibición
de las sucesivas partes del cuerpo distancia al objeto erotogénico
y lo vuelve intocable a fin de excitar el impulso de mirar,
que alcanza su objetivo en el desenlace que devela el sexo de
la mujer. La diferencia es que aquí la develación
que rebaja a la mujer de ángel a puta es sustituida por
el no ocultamiento de las partes pudendas del hombre negro: el
pene fetichizado como tótem prohibido de la fantasía
colonial.
A
medida que cada fragmento va seduciendo al ojo en una intensa
fascinación, percibimos la dilatación de una manera
libidinal de mirar que se extiende por la superficie de la piel
negra. Fuertes contrastes de sombra y luz enfocan la mirada en
la oscura y hermosa textura de la piel del hombre negro. Según
Bhabha, a diferencia del fetiche sexual per se, cuyos significados
generalmente se ocultan como un secreto hermenéutico, el
color de la piel funciona en la cadena significante de la "negro-fobia"
o es hipervalorizado como un atributo deseable en la "negrofilia";
el fetiche del color de la piel como "el más visible
de los fetiches". El que se desvalorice en los códigos
del dis-curso racial constituye el elemento más visible
de la articulación de lo que Stuart Hall llama "el
significante étnico" ("Pluralism, Race and Class
in Caribbean Society", en Race and Class in Post-Colonial
Societies, París, UNESCO, 1977). La superficie brillante
de la piel negra cumple varias funciones en su representación:
sugiere el esfuerzo físico de cuerpos poderosos (los boxeadores
negros siempre brillan como bronce en el cuadrilátero iluminado),
o como en la pornografía sugiere una intensa actividad
sexual "justo antes" de que se tomara la foto, un estímulo
metonímico para provocar la participación del espectador
en la puesta en escena del deseo. En las fotografías de
Mapplethorpe el brillo espectacular de la piel negra está
ligado en una doble articulación en calidad de agente fijador
para la repetición de la fantasía colonial en el
texto. Hay un deslizamiento sutil entre representador y representado
cuando la superficie brillante de la piel negra se vuelve consustancial
al lujoso atractivo de la impresión fotográfica
de alta calidad. Como lo ha observado Victor Burgin, el fetichismo
sexual se une con el fetichismo mercantil para inflar la valorización
de la textura de la impresión en la fotografía artística,
tanto como en la fotografía de modas (véase: "Photography,
Fantasy, Fiction", Screen 21, primavera 1980). Aquí
la piel negra y la superficie de la impresión van unidas
para resaltar el placer del espectador blanco al igual que lo
redituable de las mercancías del mundo artístico
que se intercambian entre el artista y sus corredores, coleccionistas
y curadores.
En
el discurso cotidiano el término "fetichismo"
probablemente connota una sexualidad desviada o "rara",
que evoca imágenes de ropa de cuero o de látex como
signos de perversidad sexual. Este no es un ejemplo fortuito,
porque el fetichismo de la ropa de cuero tiene un atractivo sensual
en calidad de una especie de "segunda piel". Cuando
se toma en cuenta que esa ropa siempre es negra, en vez de cualquier
otro color, la ropa de cuero sugiere un deseo de simular o imitar
la piel negra. La teorización freudiana del fetichismo
como un fenómeno clínico de patología o "perversión"
sexual es problemática desde muchos aspectos, pero la noción
central del fetiche como sustituto metafórico del falo
ausente permite comprender la estructura psíquica de la
negación o la separación de niveles de creencia
consciente o inconsciente relacionada con el eje ambiguo en que
la negrofilia y la negrofobia se entrelazan. Para Freud, el niño
a quien le produce un shock "ver" en la niña
la ausencia del pene, que cree perdido o castrado, se encuentra
con el reconocimiento de la diferencia sexual o genital, que sin
embargo es negada o desconocida por el sustituto metafórico
del que depende el fetichista adulto para acceder al placer sexual.
De ahí que, para expresar el fenómeno en una fórmula
lingüística como lo propone John Ellis, "Yo sé
(que la mujer no tiene pene), pero (lo tiene por medio del fetiche)"
("On Pornography", Screen 21, primavera 1980,
p. 100).
Esa
separación se capta con precisión en Hombre en
traje de poliéster cuando el enfoque central en el
pene negro que surge de la bragueta abierta afirma y niega simultáneamente
ese mito racial tan fijo del imaginario masculino blanco, a saber,
que todo hombre negro tiene un pene monstruosamente grande. La
escala de la foto pone en primer plano el tamaño del pene
negro, que de esta manera significa una amenaza no la amenaza
de la diferencia racial en cuanto tal sino el temor de que el
Otro sea sexualmente más potente que su amo blanco. En
calidad de objeto fóbico, la gran verga negra es un "objeto
malo", un punto fijo en las fantasías paranoides del
negrófobo, que Frantz Fanon encontró tanto en las
patologías de sus pacientes psiquiátricos blancos
como en las representaciones y los artefactos culturales normalizados
de su época. Entonces como ahora, frente a esa foto "uno
ya no es consciente del negro, sino sólo de un pene; el
negro queda eclipsado. Se ha convertido en un pene. Es un pene"
(Frantz Fanon, Black Skin, Londres, Paladin, 1970, p. 120).
La fantasía primaria de la gran verga negra proyecta el
miedo de una amenaza no sólo a las mujeres blancas, sino
a la civilización misma, pues la angustia de la mezcla
de razas, la contaminación eugenésica y la degeneración
racial se escenifica por medio de los rituales masculinos blancos
de agresión racial (el linchamiento histórico de
negros en Estados Unidos solía incluir la castración
real del extraño fruto del Otro).
El
mito del pene negro en la ideología supremacista ha sido
el objetivo de la desmistificación liberal ilustrada y
la ciencia moderna se ha embarcado repetidas veces en el proyecto
de medir penes empíricos para demostrar su falsedad. En
la Norteamérica posterior al movimiento de los Derechos
Civiles y al Poder Negro, donde la ortodoxia liberal de la opinión
pública no proporciona ninguna legitimación a tales
mitos folclóricos, Mapplethorpe pone en escena una negación
de esta "verdad" ideológica: Yo sé (que
no es cierto que todos los negros tienen penes enormes), pero
(en mi foto los tienen).
Esta
es supuestamente la bromita que se escenifica en la foto. Pero
el racismo que presupone o al que obedece es borrado y diluido
por la ironía jocosa del contraste entre las partes pudendas
del negro y su atuendo público de traje de poliéster
barato y de mal gusto. La oposición entre lo oculto y lo
expuesto, lo desnudo y lo vestido, funciona alrededor de las oposiciones
binarias naturaleza/cultura, salvaje/civilizado del discurso racial.
El sexo se confirma como la "naturaleza" de la masculinidad
negra, así como el traje de poliéster confirma el
fracaso del negro que intenta acceder a la "cultura".
Incluso cuando el Otro busca la respetabilidad (el significado
del traje), su camuflaje no logra ocultar el hecho de que él,
al igual que su pene, tienen su origen en un lugar anterior a
la civilización.
Por
último, la punta del pene brilla. Como el "brillo
en la nariz" que era el fetiche sexual para el paciente de
Freud; el brillo de este objeto emblemático de la fantasía
sexual-racial de Mapplethorpe lo hace más visible. Pero
en este aspecto simplemente recupera lo que es común y
corriente: dondequiera que aparecen cuerpos negros desnudos en
las representaciones, están saturados de sudor, ya mojados
de sexo. Las imágenes etnográficas de Leni Riefenstahl
en The Last of the Nuba demuestran las raíces coloniales
del fetichismo visual del negrófilo: lo que se muestra
tiene muy poco que ver con la cultura de la ornamentación
corporal africana; más bien, como una página en
blanco, la misma negrura de la piel negra funciona como tabula
rasa para la inscripción de una mirada que habla sobre
todo de una sexualidad europea blanca. Riefenstahl admite que
su fascinación por este pueblo de África Oriental
no surgió de un interés en su "cultura",
sino de una fotografía de dos luchadores nubios tomada
por el documentalista inglés George Rodgers (The Last
of the Nuba, Londres, Collins, 1976). En este sentido su excusa
antropológica para un voyeurismo etnográfico no
es más que la elaboración y racionalización
secundaria del deseo primordial de volver a ver una y otra vez
esta imagen perdida. Riefenstahl se hizo famosa como autora de
espectáculos cinematográficos en la Alemania nazi
y hay semejanzas superficiales que podrían sugerir no sólo
que el fetichismo racial implica una cierta manera de mirar que
está a disposición tanto de las mujeres como de
los hombres blancos, sino también una continuidad de sensibilidad
con Mapplethorpe que resulta en una estetización semejante
de la política. Pero no tendría sentido calificar
a Mapplethorpe de "fascista"; sólo aumentaría
su reputación y su personalidad de artista "transgresor"
en la vanguardia moderna reciente. Quizás sea más
útil observar que en su obsesión por los cuerpos
masculinos negros, Mapplethorpe reinscribe silenciosamente la
negación ambivalente que se encuentra en esta expresión
tan común de "No soy racista, pero
"
La
figuración fetichista del cuerpo masculino negro en la
fotografía de Mapplethorpe atrae la atención hacia
la política cultural de la ambivalencia fundamental que
habita el paisaje extraño, inexplorado y teóricamente
"desconocido" de la imaginación masculina blanca,
el "inconsciente político" de la masculinidad
blanca. El desafío de su trabajo (y su posición
altamente ambigua en la estructura del miedo, la fantasía
y el fetichismo que se desdobla a través de la filigrana
de poder ejercida por su mirada masculina blanca) es que, por
lo menos, atrae nuestra atención hacia las maneras ambivalentes
en que los blancos "miran" a los negros y nos hace examinar
hasta dónde nosotros estamos implicados en ellas.
Traducción
de Flora Botton-Burlá
© Kobena Mercer. Texto aparecido en Emily
Apter & William
Petz (eds.), Fetishism as cultural discourse, London, 1998.
Notas
_________________
* Me refiero sobre todo a Robert Mapplethorpe,
Black Males, introducción de Edmund White, Amsterdam,
Gellerie Jurka, 1982; Robert Mapplethorpe, The Black Book,
introducción de Ntozake Shange, Munich, Schirmer/Mosel,
1986; y Robert Mapplethorpe, 1970-1983, introducción
de Allan Hollinghurst,
Londres, Institute of Contemporary Arts, 1983.
**
Rosalind Coward, "Sexual Violence and Sexuality", Feminist
Review 11 (verano 1982), pp. 17-22.
Kobena
Mercer, "Los mil falos de Mapplethorpe", Fractal
n°12, enero-abril,
1999, año 3, volumen IV, pp. 67-83.