Desde
el inicio de Territorios hasta el final de Litorales somos seducidos
por una secuencia de imágenes cada vez más ambivalentes de la
umbra de nuestra artista, sorprendida a su paso por el paisaje
mexicano. Dicha umbra puede también ser mirada como la sombra
del propio espectador, lo que sugiere que nos encontramos ante
una inquietante reedición del género del autorretrato como autorretrato
anónimo. Al internarnos en Antípodas, súbitamente nos descubrimos
desterrados del ideal y las bondades del otro como yo, enfrentados
a los terrores del yo como otro. El dispositivo del autorretrato
anónimo se mantiene, pero ahora nos hallamos plasmados en imágenes
difusas de pies y piernas que nos incitan tanto a la mirada deseante
del cuerpo, cuanto a la visión angustiada y angustiante de la
carne humana como estulta, vulnerable y putrefacta.
Cada
serie demanda una reflexión propia, no sólo porque
opera de manera singular dentro del conjunto, sino también
porque éste aparece atravesado por una tensión irresoluble
que deriva del repliegue de la muestra sobre sí misma (lo
mismo podría decirse acerca de cada una de las setenta
y cuatro gráficas individualmente). En su estructura, el
rizo resultante guarda una estrecha relación con la temática
de Límites y territorios: la umbra y sus aporías,
esto es, el autorretrato asimismo constituido por un repliegue
del retratante sobre sí. Como sucede en el análisis
de Freud de lo heimlich (familiar, amistoso, confiable), que transmuta
en lo unheimlich (sospechoso, siniestro, ominoso), aquí
todo aquéllo que de inicio aparece como fragante y perfumado
es precisamente lo que terminará por conducirnos a lo fétido
como su misma quintaesencia.
No
contemplamos, pues, el resultado de una investigación estética
y técnica. Más bien, Rowena Morales se ha valido
de un cierto soporte maquínico para plantearnos una suerte
de koan en
torno
al autorretrato. Dicho koan, el cuerpo mismo de Límites
y territorios, puede ser parafraseado en términos de las
siguientes interrogantes: ¿cómo es que los límites
y los territorios pueden aparecer definidos cuando su misma naturaleza
es la del desbordamiento?, ¿cómo es que la inmortalidad,
cuyo deseo anima todo autorretrato, es también emboscada
de la muerte?, ¿cómo es posible dar cuenta del surgimiento
de las Antípodas por entre los pliegues de los Litorales
y los Territorios? Como siempre, la tentación inmediata
es intentar responder tales incógnitas, pero un koan no
se responde, sólo se reenvía.
Territorios
no es sino la invitación al arrojo y la pasión de
contemplar nuestra propia sombra. Por encima de las vicisitudes
del terreno, la vegetación y los muros, aquí mi
sombra permanece como una afirmación rotunda de mí
mismo. Aquí la silueta distingue pero no separa, y los
límites operan extrañamente como una evocación
de lo que límites no tiene. Mi mirada se abisma en su propio
acto
de mirar, y en la conquista de todo aquéllo que capta.
De momento, la roca que distingo es, por esa sola razón,
mi roca; y el sol; y la hiedra. Empero, cuando me miro mirar,
¿qué es exactamente lo que miro?, ¿no acaso
veo porque no acabo de ver?, ¿no dirijo mi mirada precisamente
en dirección de aquéllo que no atino a ver del todo,
y que permanece finalmente invisible?; de otra manera, ¿para
qué mirar?
Territorios
anticipa algo que el conjunto demostrará en forma contundente:
nuestra mirada no es sólo causa, sino siempre también
efecto.
Bajo
el luminoso imperio del ojo avizor de mi umbra, y del dorado paisaje
en que ésta tiene lugar, opera sigilosa otra lógica
de orden moebiano que prefigura el bucle más holgado de
Límites y territorios:
los
territorios me seducen,
me seducen porque son siempre míos,
son míos porque al mirarlos me miro,
me miro porque no sé quién soy,
no sé quién soy porque soy parte del territorio:
los territorios se seducen,
se seducen porque son siempre suyos,
son suyos porque al mirarse se miran,
se miran porque no saben qué son,
no saben qué son porque son parte de mí:
los territorios me seducen...
Litorales
se despliega en seguida como un vertiginoso zoom in al lindero
y a la dinámica liminal que gobernaba Territorios sólo
tácitamente. La segunda serie nos deriva a una playa que,
a modo de fractal, estalla continuamente en mil otras y en ninguna.
La hermosura firme y automática bajo cuyo semblante aparecía
antes mi sombra se revela aquí como el despeñadero
mismo de la duda. El impulso a mirar no es sino cierta ceguera
originaria, y de dicho impulso nada puede ser evidenciado ni incautado
para fines de la representación. La umbra no es, sólo
incide: silueta, contorno, proyección, aparición,
espectro, mácula, caldo infinito e infinitamente fecundo
donde se cultiva toda cuestión insoluble: ¿miro
mi sombra o soy mirado por ella?, ¿está animada
o permanece inanimada?, ¿es mía o se me impone?
Del estar-en, del resguardo agraciado del adentro y el afuera
de Territorios, somos arrojados a ese vértigo que es el
movimiento originante de todo vaho y toda pestilencia, el cortar
y reunir mismo del lumbral, aquella nada productora del todo que
yo soy; y la hierba, y el destello. Somos, una vez más,
expulsados del reino de la plena visibilidad a la órbita
de lo que sólo borrándose se inscribe, esto es,
al mundo del autorretrato. Antes la inmortalidad de mi sombra
era promesa de la mía, ahora es su compromiso. Trato y
treta del autorretrato, asomo de mi muerte, umbra de mi umbra,
faro de todo horizonte, es eso lo que no se puede ver. El autorretrato
es conjetura, nada en él garantiza que el retratado y el
retratante sean, en efecto, la misma persona. Es el observador
quien hace al autorretrato, a ciegas.
Antípodas,
al fin, nos empuja hasta la orilla última de este duelo
conducido desde los bordes, contra los bordes. Nos ha sido dado
entrever que lo justo es del mismo orden que el exceso. Ahora
nos percatamos de que todo punto de fuga, en su pulcritud y erotismo,
es comercio con lo grotesco. Ocasión de renacimiento y
de funestos augurios, el autorretrato es también gala de
malformaciones, por lo común obviadas. Pero no puede evitarse
lo inevitable. En oposición a las criaturas fantásticas
e inmortales que son el deseo mismo de mirar, el acontecimiento
de mi autorretrato me enfrenta a mi propia monstruosidad. En él,
y a costa suyo, me redescubro engendrado, temeroso de la muerte.
Lo observamos en Antípodas: el oficio del autorretrato
es también una teratología. El cuerpo, otrora terso
y discretamente exhibido, se revela aquí sin más
como fiambre, paté de hígado, jamón del diablo,
carne tártara, moronga. Aunque ría, o por eso.
Lumbrales,
eternamente. Un autorretrato es siempre un koan; un koan, un autorretrato.
Y mi umbra, acecho permanente de esa oscuridad sin fin ni principio
de la que dependo para ver, y cuyo deslumbramiento último
es mi más profunda añoranza.
De
donde el arrojo y la pasión por mirar la propia sombra,
la hendidura, el platanar.
bmayer@prodigy.net.mx
Benjamín Mayer Foulkes,
"Lumbrales", Fractal
n°12, enero-abril,
1999, año 3, volumen IV, pp. 57-64.