La
década de los años treinta sufrió la más
oscura represión stalinista en la Unión Soviética,
periodo en el cual poetas y escritores se veían silenciados
no sólo por el censor, sino también por el verdugo.
En 1937, pongamos por caso, la poesía de Osip Mandelstam
tenía ya muchos años de no publicarse: él
vivía desterrado, lejos de Moscú, temiendo por
su vida y al mismo tiempo viviendo para que su poesía
sobreviviera y permaneciera para siempre como lo que Auden llamaba
"una boca". A principios de esa década, había
vuelto a escribir una especie de poesía lírica
que, cual desafío, estaba a tono con las leyes de su
propia naturaleza artística, y esto quería decir
que se hallaba fatalmente fuera de tono respecto de las leyes
artísticas de la tierra en la Unión Soviética.
Dado que entendía los derechos y las libertades de la
poesía lírica como equivalentes de los derechos
y las libertades fundamentales del ser humano negados por el
Estado, la vocación de Mandelstam como poeta se volvió
la expresión de un humanismo profundamente comprometido
y de profunda oposición. Era como si hubiera prestado
juramento para encarnar una suerte de Antígona de la
imaginación, para obedecer las leyes de su musa más
que las leyes de sus maestros. Para él, "la inmutabilidad
del habla articulada" era de una importancia estremecedora.
En un poema llega incluso a declarar que un poeta fulminado
por un verso es como la tierra fulminada por un meteoro; a partir
de esa imagen se pueden proyectar tanto la planta como el alzado
de su poética y de su filosofía.
Según el pensamiento de Mandelstam, no se podía
fijar un sitio para la doctrina de la necesidad histórica,
que a fin de cuentas quedaba reducida a la línea ideológica
de partido que los poetas debían promover y a la que
se debían suscribir. En cuanto a lo que a él concierne,
el logro creativo en el arte y en la vida implica el pasar por
alto la necesidad, la diestra evasión de la siguiente
movida obvia, la terminante añadidura de lo impredecible.
El asunto llega como una aparición y aun así no
se puede considerar fuera de lugar: he aquí lo que hace
de los grandes poemas algo indispensable e imposible de contradecir,
lo que los hace sucesos en y acerca de sí mismos.
Se puede responder a la pregunta de qué es lo que la
poesía de Mandelstam hace ocurrir diciendo que abre una
brecha rumbo a la creación de otros poemas, y al decir
poemas me refiero no sólo a obras hechas de palabras
y después impresas en libros; también me refiero
a la palabra en ese su sentido más amplio, definido por
el poeta Les Murray. Para él, "poema" puede
significar un gran sistema de creencias o una ética de
la conducta. Y el siglo veinte nos presenta con toda claridad
un periodo durante el cual la cuestión toda de la relación
de la poesía con los valores humanos se conformó
a un costo extremo en las vidas de los poetas mismos, un periodo
en el cual el equivalente secular de la santidad se alcanzaba,
con frecuencia, gracias a la devoción por la vocación,
y en el cual se ha dado hasta un cierto martirologio de los
escritores.
Basta pensar en nombres como los de Marina Tsvietáieva,
Samuel Beckett y Paul Celan para recordar con qué rigor,
a qué costo y en medio de qué soledad tan singular
hollaron el camino del arte y lo siguieron hasta sus últimas
consecuencias.
En
el compromiso de esta voluntad podríamos decir,
citando equivocadamente a Dante iba implícito su
tormento. Su sendero era una vía ascética, no
tanto en un bosque oscuro como en una vía negativa lingüística,
y fue a instancias de una vocación artística que
cambiaron sus vidas y las vivieron, en bien del lenguaje, llevando
al lenguaje más allá.
Sin embargo, el camino ascético no fue el único
elegido por la poesía en este siglo. La extraordinaria
fecundidad y fuerza hipnótica de poetas como Vladimir
Mayakovsky, Federico Gar-cía Lorca y Dylan Thomas debe,
a su vez, tomarse como una respuesta noble a los tiempos que
les tocó vivir. Sus muertes prematuras acaso los volvieron
héroes culturales y los revistieron del glamour de los
estereotipos románticos; pero vaya si se yerguen como
recordatorios de las fuerzas del daimon del arte, su alianza
con la voz cantante de Orfeo, el mero poder hechizante de su
discurso rítmico. Dylan Thomas penetró el oído
de los hablantes de lengua inglesa a mediados de siglo con una
confianza apocalíptica; lástima que luego, en
los años cuarenta y cincuenta, la luz de la fe en la
vida misma comenzara a desvanecerse.
Después del holocausto, una nueva oscuridad se proyectó
sobre el siglo. Se instaló en la conciencia como una
segunda caída, que no era parte de algún mito
de creación y redención, sino en verdad parte
del registro histórico, lo inimaginable al fondo de cualquier
espejo en el cual los seres humanos acaso optaran por mirar
su reflejo. Aparece, por ejemplo, como telón de fondo
pesadillesco en poemas de Sylvia Plath que poseen calidad de
parteaguas, como "Papacito" y "Doña Lázara",
publicados en su poemario Ariel , de 1965. Éstos y otros
poemas de Plath sí lograron que algo ocurriera de cierta
manera muy política: el resurgimiento y desafío
de su obra, la combinación de logro artístico
y liberación personal que implicaban, todo eso comenzó
muy rápidamente a conducir la corriente de lo que en
un principio se llamó liberación de la mujer,
después feminismo y, por último, política
de género.
La obra de Plath, dicho de otro modo, tuvo un efecto definitivamente
cinético. "Cinético" es el vocablo empleado
por el Stephen Daedalus de Joyce, con objeto de describir el
arte que provoca un efecto de saldo o remanente sobre la vida.
Arte que puede apropiarse, digamos, con propósitos políticos
o como estímulo para propósitos eróticos.
Y tal efecto de apropiación de la poesía en la
vida es, por supuesto, un fenómeno bastante común.
Si uno se pregunta hasta qué punto la visión compasiva
de un Neruda o un Brecht ayudó a los pobres y a los reprimidos,
o a qué grado Hugh MacDiarmid contribuyó a la
evolución de una nueva conciencia nacional en Escocia,
no hallará una respuesta exacta; pero hay, en cambio,
una certidumbre en que algo real y positivo sí ocurrió.
De igual modo, no cabe duda de que la obra de poetas-soldados
durante la Primera Guerra Mundial afectó sus actitudes
respecto de la masacre masiva y la lealtad a las mitologías
nacionales; de que los poetas de Europa Oriental que se negaron
a plegarse a las ideologías comunistas mantuvieron vivo
el espíritu de la resistencia que triunfó en 1989;
de que Allen Ginsberg y los poetas de la generación beat
en general cambiaron el clima de la cultura norteamericana,
contribuyeron al movimiento en contra de la guerra de Vietnam
y aceleraron la revolución sexual; de que las poetas
de surgimiento posterior al de los logros de Plath llenaron
de género su propuesta y afectaron el clima social y
político; de que los poetas pertenecientes a minorías
étnicas han tenido éxito al incorporar sus poemas
a una obra más amplia de solidaridad y otorgamiento de
poderes; y así sucesivamente.
La obra de todos estos poetas, en el sentido más obvio
de la expresión, sí hizo que algo positivo ocurriera.
No obstante, doy por hecho que ninguna poesía digna de
llamarse tal es indiferente al mundo por el cual y al cual responde.
La función de respuesta, tal como lo ha señalado
el poeta estadunidense Robert Pinsky, es precisamente lo que
hace a la poesía responsable en el sentido más
profundo: capaz y dispuesta a ofrecer una respuesta, pero una
respuesta en sus propios términos. Y son esos términos
los que con frecuencia fuerzan al poeta a recluirse en aquellos
"ranchos del aislamiento y penas trabajadoras" a que
aludía Auden.
Comencé con una elegía para un poeta porque justamente
con motivo de la muerte de un poeta experimentamos con mayor
fuerza la necesidad de la poesía, y la gratitud más
grande para con él por haber hecho cosas, como decía
Rilke, "capaces de eternidad". Cuando muere un poeta,
siempre surge una contradicción entre nuestra gratitud
por lo que ha ganado el arte y nuestros sentimientos de pérdida
personal, y esta ambivalencia queda poderosamente expresada
en un par de versos de Tadg Dall O h-Uiginn, poeta irlandés
del siglo XV, escritos en memoria de su hermano, que era poeta
a su vez. Ante el hijo de su madre muerto, en palabras de O
h-Uiginn, "La poesía se ha acobardado/ Una duela
de barril se ha aplastado/ Y el muro del aprendizaje se ha derribado".
A pesar de la intensidad de la pena que se expresa, las imágenes
también ofrecen un magnífico panorama de la reciedumbre
inmemorial de la poesía, como la obra de contención
de la madera y la piedra. Y precisamente por eso cité
los versos de O h-Uiginn a principios de noviembre del año
pasado, en el entierro de Ted Hughes. Con la muerte de este
gran poeta inglés de la segunda mitad de nuestro siglo
se esclareció por completo que, a solas, él había
hecho un recordatorio de Inglaterra, por así decirlo,
que había hecho recordar a buena parte del país
y de la cultura mucho de lo que acarrean su tierra y su lengua.
En cierto sentido, él volvió a enarcar el barril
colocándole una nueva duela. Este poeta moderno de Yorkshire,
que en los años sesenta publicó un poema titulado
"El Toro Moisés", habría hecho muy buenas
migas con Caedmon, el primer poeta inglés, que comenzó
a vivir como trabajador de una granja en Nortumbria, un coterráneo
norteño con el arpa bajo un brazo y el bulto de forraje
bajo el otro.
Al
término de un siglo que ha visto las nubes de hongo sobre
Japón y el humo de las cámaras de gases sobre
Europa, las regiones de sequía y los casquetes polares
derritiéndose, la lluvia ácida y la erosionada
capa de ozono, Hughes logró reconocer todas las verdades
destructivas y, aun así, seguir cantando como Caedmon
acerca de la gloria de la creación. En su elegía
a su amigo y suegro, el granjero Jack Orchard, Ted escribió
versos que ahora expresan nuestro propio sentimiento de pérdida:
The
trustful catle, with frost on their backs
Waiting for hay, waiting for warmth,
Stand in a new emptiness.
From now on, the land
Will have to manage without him.
[El confiable ganado, con escarcha en el lomo,
Espera la pastura, espera el calor,
Parado en un nuevo vacío.
De ahora en adelante, la tierra
Tendrá que vérselas sin él.]
En este contexto, viene a la mente la frase de Auden, "el
cultivo de un verso", como la vieja relación, presente
en la palabra "cultivar", entre el cultivo y la cultura,
relación que originalmente deriva del verbo latino colere.
Así que esto también me recuerda algo que una
vez dijo el poeta Joseph Brodsky en mi presencia, algo muy audenesco
en cuanto a su simple claridad y convicción. Los seres
humanos, dijo, se han puesto sobre la tierra para crear la civilización.
Y si aceptamos esa definición de nuestra raison d´etre
humana, entonces tendremos que admitir que en un siglo en
el cual la inhumanidad nunca se ha hallado fuera del alcance,
los poetas han sido fieles a tal propósito y han probado,
ciertamente, constituir su centro.
Traducción
de Pura López Colomé
Seamus Heaney, " La fuente
curativa", Fractal
n°12, enero-abril,
1999, año 3, volumen IV, pp. 11-18.