Me mira desconcertada, y a mí me desconcierta todavía
más que a estas alturas de la vida moderna alguien se asombre
de que haya ginecólogas o a lo mejor se le hace raro el
nombre, vaya usted a saber qué piensan las recepcionistas,
pero la que me atiende apunta el nombre sin decir más y
me ruega espere en una de las bancas de la amplia sala de espera.
He dormido mal y la noche anterior tomé por variar porque
siempre tomo media una pastilla entera para poder dormir
y no había dormido casi nada, el estómago revuelto
y con un perpetuo sentimiento de náusea, de haberlo jodido
todo (de nuevo mi computadora protesta porque aparece en la pantalla
una mala palabra), y de que las cosas son totalmente irreversibles
y de que en esa irreversibilidad he contaminado el destino de
los seres más cercanos y más queridos y la cosa
se complica porque a lo mejor tengo un tumor canceroso en uno
de los senos, aunque esta visita a los laboratorios, me digo,
es simplemente la mastografía de rutina, la que se agrega
a la rutina del papanicolau que tiene más bonito nombre,
aunque sea más desagradable el procedimiento. Creo que
el sonido de una palabra es decisivo, ahí reside la explicación,
me digo, pronunciar la palabra papanicolau es mucho más
placentero que pronunciar mastografía y prefiero someterme
a ese examen, el del papanicolau, poco adecuado a la comodidad
interior de cada una pero mucho más sonoro como palabra
que la mastografía, vocablo que chilla, resuena y desgarra.
Espero
un largo rato, leyendo el final de una novela que habla de relaciones
familiares complicadas, espesas y viscosas, cuya única
solución parece ser la muerte y el incesto. Entre tanto
entran y salen enfermos, mujeres jóvenes acompañando
viejos, mujeres jóvenes acompañando niños,
mujeres de edad mediana, hombres de edad mediana, todos esperamos
sentados vagamente, unos mirando, otros leyendo, todos con el
mismo aspecto uniforme de desaliño y temor: ciertos pacientes
con un color amarillento que asusta. Pasan enfermeras con sus
uniformes, con zapatos de tacón altísimo algunas,
¿cómo pueden ocuparse de tantos enfermos, llamarlos
por su nombre en voz alta y cortés, conducirlos luego por
los largos pasillos, abrir una puerta, decirles que se desvistan,
que se pongan una bata desechable, que vuelvan a esperar sentados,
pero casi desnudos, sin ropa interior, sin ropa exterior, sin
aretes, sin reloj, sin collares, sin equipaje, sólo con
el cuerpo que va a ser examinado y ellas con zapatos de tacón
tan alto? Le doy vueltas y vueltas a ese enorme problema en mi
mente hasta que decido seguir leyendo mi novela, trata de dos
hermanas muy unidas que, como suele suceder en la vida real, se
aman y se odian y hasta en ocasiones sienten que tienen un solo
cuerpo, o mejor, no reconocen ningún límite entre
sus dos cuerpos, ni entre sus dos vidas; pero una de ellas tiene
un niño y, ¡claro!, eso cambia la relación,
para empezar, la que ha dado a luz ha sufrido dos operaciones,
una cesárea y una histerectomía aunque se
las hayan hecho al mismo tiempo y en el vientre ya plano
tiene profundos moretones, una cicatriz púrpura y rojiza
con marcas que parecen dentelladas, por encima y por debajo, le
han afeitado el vello púbico y sin embargo podrá
usar bikini. La trama me apasiona y me hace perder contacto con
la realidad, con esas otras personas que esperan y olvido que
tengo que hacerme una mastografía o mejor una mamografía.
De
pronto oigo un murmullo y me parece oír mi nombre, sigo
leyendo sin prestar demasiada atención, quisiera saber
en qué termina la novela, estoy en un pasaje muy interesante
y en la contraportada comparan a la novelista con Graham Greene.
¿Será cierto, me pregunto? Tengo que terminar el
libro, pienso y me enfrasco en la lectura, de repente se oye gritar
al bebé, es un grito, no muy débil y la madre se
pone tensa, y de inmediato por sus dos pechos suben dos anillos
"como pececillos saltarines", obviamente uno en cada
pezón, pero justo en el momento que leo esas palabras oigo
nítidamente mi nombre, vuelven a gritarlo más fuerte
y me levanto desganada, echo la novela en mi bolsa, me pongo los
anteojos negros que disimulan un poco los efectos que creo reversibles
de un corte de cabello mediocre, banal y caro y me dejo conducir
rumbo a un largo pasillo con muchas puertas y pequeños
compartimentos; sigo a la enfermera, lleva tenis blancos, ¡vaya,
pienso, por fin alguien que hace bien su trabajo! Me hace entrar
en un cuarto pequeño, especie de clóset con una
banca forrada de plástico, unas perchas y una bata de papel
color azul ascético. Cuando la enfermera me dice desnúdese
de la cintura para arriba y pón-gase la bata, me dan ganas
de hacer pipí; sigue dándome instrucciones con un
tono muy gentil, levemente derogatorio, como si se dirigiera a
un débil mental o simplemente a un cuerpo que será
despojado de sus vestimentas y quedará a su merced, aunque
no totalmente porque sólo tendrá en sus manos medio
cuerpo, de la cintura para arriba; en realidad nunca pondrá
las manos sobre mí, me dará instrucciones con voz
suave, amable, lejana, falsamente cariñosa, protocolaria,
haciendo el simulacro de considerarme humana, como si de verdad
creyera que lo soy en ese momento en que debo empezar a desnudarme.
Interrumpo su perorata, porque, como decía, me han dado
ganas de ir al baño, le pregunto dónde queda y salgo
corriendo.
Hago
pipí, me cuesta trabajo, como si la vejiga estuviera llena
pero cerrada avaramente para no dejar salir el líquido
que duele en su posible desbordamiento, como ahorita cuando escribo
estas líneas y tengo que levantarme a orinar. Lo hago y
regreso al compartimento, me desvisto de la cintura para arriba,
dejo mi ropa y mis joyas y me encamino al cuarto de rayos X, es
medio complicado, muchos pasillos iguales, miles de puertas también
iguales, enfermeras no tan iguales, pero al fin lo encuentro;
mi enfermera ya no está, aparece otra, muy pintada, abriendo
cajones y sacando batas y toallas, le pregunto dónde está
la mía, la que es joven, delgada, rubia teñida,
mona, formal, eficiente, demasiado eficiente. Voy a buscarla,
dice la otra, y de inmediato la mía, mi enfermera, regresa
y me ordena acérquese al aparato de rayos X y póngase
de pie frente a las placas, me acerco a la plancha especial con
su plataforma móvil donde deben colocarse cada uno de los
pechos antes de que sean oprimidos por una plancha en cuyo interior
está la placa para la radiografía.
Mire
mi hijita, dice, así, sáquese la manga derecha porque
vamos a empezar del lado derecho, sí, así, sí
mi vida, le va a doler un poquito, corazón, le voy a apretar
y le va a doler un poco, pero yo me detengo en cuanto usted me
diga que le pare, chulita, así, bien, pero agárrese
bien el seno derecho y colóquelo sobre la plancha, así,
muy bien, corazón, ahora voy a empezar a apretar, y usted
debe dejar de respirar y decirme cuando ya no aguante, ¿así,
así?, ¿ya no?, ¿le duele, linda?, ¿puedo
apretar más?, usted me dice, corazón, ¿más?,
¿más?, ¿así ya?, bueno, ahora sí,
mhijita, ya no respire, aguántese un ratito, no respire,
bien, así, así mi vida, así, así mi
corazón, muy bien, perfecto.
El
tono de la enfermera es amable, oficial, pegajoso y dulzón
como si uno estuviera en sus manos literalmente, una más
entre muchas otras enfermas. ¿Y si después de tantas
palabras, no sobrevive la palabra? Cuando pongo con cuidado mi
pecho derecho sobre la plancha fría, me estremezco, se
me pone la carne de gallina, y cuando ella le da vuelta a una
manivela para prensarme el pecho, me siento atrapada y grito levemente,
si apenas comienzo, me dice, cuando ya mi pecho se ha estirado
y perdido su forma y parece una lonja de carne aplanada como las
que aplanan en las carnicerías; tiene que esforzarse un
poco, madre, me dice, voy a apretar un poquito más la plancha,
mi vida, y aprieta como si mi pecho fuera un trozo de materia
prima, vuelve a apretar y mi pecho derecho desaparece prensado
entre dos planchas de acero, una de las cuales tiene, como ella
dice, una placa fotográfica, me duele mucho, siento como
si me fueran a cortar el pecho, ¿será un castigo
por tenerlos?
Ahora
vamos a hacerlo de perfil, póngase muy derecha y coloque
su pecho de nuevo sobre la plancha, ¿está muy fría?;
bueno, ahorita se mejora, sujétese el pecho y levante la
carita, mi vida, para que yo pueda empujar la plancha, así,
muy bien, así me gusta, mhijita, así, así,
chulita, corazón mío, pero no respire, le digo que
no respire y que no se mueva, va a ver que sólo le va a
doler un poquito, así es esto, hay que empujar el aparato
para que el pecho se apriete, sólo así se puede
ver si hay algo malo, este es el problema de las mamografías,
así, así, ¿ya no aguanta más?, bueno,
ahora sí, mhijita, no respire porque si respira no
sale bien la placa, así, ya mero acabamos, ¿le duele
mucho?, bueno, pasa pronto; le digo, le estoy diciendo que no
respire porque si respira la placa sale mal y tendremos que volver
a empezar y le va a volver a doler, que no respire, le digo, ¡caramba!,
ni que fuera usted de porcelana, corazón, le aseguro que
no se va a romper.
Bueno,
ni modo, ya no salió la placa, tendremos que hacerla otra
vez, ¡caramba!, bueno, en fin, no importa, mi vida, ahora
descanse y tranquilícese, madre, parece que va a llorar,
¿a poco duele tanto?, si es sólo una apachurradita
y para su bien, mhijita. ¿Ya está mejor?,
tómese su tiempo, pero recuerde, corazón, que me
falta sacar dos placas más, ahora lo tenemos que hacer
de perfil, se necesitan varias tomas desde diversos ángulos,
así es esto, si no el doctor no puede leer bien las placas
y le podemos dar un mal diagnóstico. ¿Ya está
lista? Vuélvase a sacar la manguita del lado derecho, así,
así muy bien, ahora agarre su pecho derecho y póngalo
sobre la plancha, así, mhijita, así mi corazón,
tranquilícese y no ponga la cara sobre el marco porque
salen sombras en la mamografía. ¿Ya? ¿Puedo
empezar? Usted me dice mhijita cuando ya no aguante, ahora
empiezo a apretar, ¿le aprieto más, corazón?
Así está bien, permítame bajar la plancha
un poquitito más, ¿ya?, no respire, ¡caramba!,
¡quédese tranquila, le digo!, mhijita, no respire,
aguante el aire, yaaa, perfecto. Descanse un poco, pero, ¿por
qué llora? ¿No me diga que no aguanta, madre?, ¿a
poco es tan doloroso?, es sólo un apretoncito, una pellizcadita
y luego ya está, me llevo las placas, se las leen y vemos
qué tiene, aunque de verdad, debe usted tranquilizarse,
no creo que tenga usted nada, ¿siente como un bultito en
uno de los pechos? Luego la examino y vemos, no se preocupe, no
pasa nada, así, así, así, ahora sosténgase
el pecho izquierdo, no me levante la cabeza, corazón, póngame
su seno bien colocado sobre la placa, reinita, ya le había
advertido que estaba fría, pero apenas ahorita empieza
a molestarle, ¿verdad ? No me dijo nada la primera vez.
Bueno, sea por Dios, vamos a ver, voy a apretar, le repito que
no duele demasiado, mi vida, pero tiene que aguantarse un poquito,
allí va, ¿le duele?, ¿puede aguantar un poquito
más? Así, bien, bueno, mhijita, no se altere,
ya no llore, que no es el fin del mundo, es un ratito, madre,
una pellizcadita, pero le digo, !caray¡, que no me respire,
estése quieta, un momentito más, no se me mueva,
ya casi terminamos, aguáaantese, le digo, ¡ni que
fuera de vidrio!
La
enfermera repite sus órdenes y yo furiosa. No sé
qué me pone más furiosa, si que me diga mhijita
o que todo lo ponga en diminutivo, los pechitos, las manitas,
la manguita, la plaquita, la respiracioncita, esa degradación
de las palabras que se vacían de su contenido agregándoles
simplemente una terminación. La odio cuando me llama madre,
como si esa palabra se volviera anónima cuando la dice
la enfermera, con su voz también anónima, burocrática,
salida de una boca ordinaria que bautiza a su presa. Me indigna
entrar en la categoría de madre si la palabra es dicha
con una entonación melodramática, una palabra dicha
con tono respetuoso y cursi que generaliza y me clasifica como
biología, me degrada como si fuera vaca y mis senos ubres.
¿Cómo sería un aparato que hiciera mamografías
de las ubres de las vacas?, ¿cómo se las ingeniarían
para apretarles cada una de sus innumerables tetas, esas tetas
ordeñadas hoy con aparatos modernos que extraen hasta la
última gota de leche? (¡Más valdría,
en verdad, que se lo coman todo y acabemos!)
Esa
idea me tranquiliza un poco y trato de pensar en la novela que
estoy leyendo y en los "pececillos saltarines" o hilitos
de leche que asoman en cada uno de los pezones de la parturienta
y la mirada perpleja de su hermana. Pero es imposible, la paz
dura muy poco, allí está de nuevo la enfermera con
sus moditos suaves y su lenguaje impío.
No
puedo contenerme y mientras me aprieta el pechito izquierdo medio
amoratado por el frío y la presión, una piel de
gallina literal que quizá disimule nódulos cancerosos,
me suelto a llorar con grandes sollozos entrecortados, mientras
el seno se me queda prensado eternamente entre las dos placas
que me dejan sin aliento porque duele y porque me han pedido que
aguante la respiración, ¿cómo puedo aguantarla
si estoy sollozando? ¿Cómo la aguantarían
las vacas? La enfermera se interrumpe, libera mi pecho izquierdo
y con un tono amable que no logra encubrir su exasperación
explica hay que volver a empezar de nuevo otra vez, tome usted
este kleenex, madrecita, suénese por favor la nariz, sí,
así, bien, muy bien, así, así, muy bien,
mi vida, descanse, tranquilícese, mhijita y cuando
se sienta mejor, volvemos a empezar, no se preocupe, reinita,
duele un poquito, poquitito, pero, corazoncito mío, tiene
usted que tener más ánimo y aguantarse, contenerse,
las mujeres estamos hechas para sufrir, tenemos que aguantarnos,
ponga su pecho izquierdo aquí, voy a apretar un poquito,
así, súbame la carita, madre, para que no interfiera
con la placa, no trate de mirar, aguánteme la respiración,
no, que no respire, caray, le estoy diciendo mhijita que
no me respire, párese derecha, mi vida, no se me doble
y no respire, de otra forma las placas saldrán mal y tendríamos
que volver a empezar y le dolerá de nuevo, tenga paciencia
y calma y terminaremos pronto, madrecita, ya sólo falta
este pechito.
Me
calmo y me entra una rabia de puta madre o de la chingada madre
(con la consabida indignación de la computadora, que también
se indigna cuando escribo las palabras mamografía, mastectomía
y cuando pongo en diminutivo los sustantivos con que me bombardea
la enfermera) y quiero darle de bofetadas y entonces le digo,
ya déjeme en paz, que no soy su madre y tampoco su hijita,
deje de tratarme como imbécil, ¿por qué no
me dice simplemente señora que es lo que soy, una señora
que tiene que hacerse una mastografía para evitar que le
hagan una mastectomía?
Ya,
ya, no se ofenda ahora sí ya acabamos, puede usted sentarse,
no se me vista, mi vida, porque tengo que ver si el radiólogo
aprueba las placas, si no habrá que volver a hacerlas,
pero no se preocupe, ya ve que no duele tanto, se trata sólo
de apachurrar un poquito y de no respirar, verdad mhijita,
ya esta bien?, bueno, ya vengo, no se preocupe. Y, ¿ahora,
de nuevo?, ¿por qué llora?, ¿a poco le duele
tanto ?, ya acabamos, bájese las mangas, y cúbrase
los pechos, ¿tiene frío?, ya sé que la plancha
está helada y que casi no tiene ropa, pero ya no llore,
mhijita, ya terminamos, !que no llore, le digo, mhijita¡,
!queee ya terminamos, mhijita¡, ¿que por qué
le digo mhijita?, ¿le choca?, lo hago para que se
sienta cómoda, ¿se siente peor?, así hablamos
aquí, es la manera que tenemos de tratar a los pacientes,
no se enoje, ya casi acabamos, no se enoje , ¿y ahora,
por qué llora de nuevo, madrecita? Ni que la hubiera torturado,
duele un poquito, pero no tanto y es la única manera de
saber qué pasa. Es un simple chequeo, como el papanicolau,
pero si no se hace, puede ser peligroso. Se pone usted como si
la fuese a quebrar
¿.....
?
No,
no se preocupe, estos apretones no le causan daño, tampoco
las radiaciones, son muy ligeras, muy rápidas, ya acabamos,
pero espéreme, no se vista, déjeme consultar con
el radiólogo, no váyamos a tener que repetir las
placas. Mientras regreso, mi corazón, llene ese formulario.
Su edad, antecedentes cancerosos en la familia, ¿no le
duele nada?, ¿no ha notado cosas extrañas en sus
pechos?, ¿le duele cuando se los toca?, ¿cuál
más, el derecho o el izquierdo?, ¿alguna mujer de
su familia ha tenido problemas en los senos?, ¿su mamá?,
¿sus tías?, ¿sus hermanas?, ¿alguna
abuela que usted recuerde? Bueno, llene bien el formulario y espéreme
un ratito, mi vida, voy a ver al radiólogo a ver si las
placas están bien, porque si no, hay que volver a empezar.
No se asuste, no, no, no se me vista todavía, reinita,
tápese bien con la bata y siéntese en el cuarto
de junto.
Espero,
todavía lagrimeando, con el sentimiento de algo oscuro,
infantil, viscoso, algo que se mete dentro, en el estómago,
algo que da náuseas, el sentimiento de invalidez y la violencia
de que lo traten a uno como si fuera tarado, una gente cualquiera,
alguien que puede tener algo anónimo y enfermo, esa enfermedad
que puede detectarse si uno se toca los pechos y siente en ellos
algo anormal, algo que interrumpa el color, la lisura, la consistencia
esférica uniforme, algo que se esconde dentro, en la más
remota célula, algo que puede transformarse en un tumor,
y luego en una operación que mutila el cuerpo, antes de
someterlo a la violencia química.
¿Me
tendrán que hacer una biopsia?, ¿tendrán
que remover un poco de tejido del seno para saber si ese nódulo,
esa protuberancia, ese cuerpo extraño que tengo dentro
del pecho izquierdo es maligno? La biopsia consiste, me contó
una amiga, en introducir una aguja delgada en el nódulo,
y en el peor de los casos hay que hacer una pequeña operación
quirúrgica; me asusto, me dan náuseas, vuelvo a
lagrimear, ¿y si me tienen que hacer una mastectomía?
Se me vuelve a poner la carne de gallina. ¿Me extirparán
el pecho entero?, el nódulo es muy pequeño, me digo
para tranquilizarme, a lo mejor no es nada, a lo mejor sólo
me hacen una pequeña incisión y extirpan la pequeña
protuberancia incómoda. Si se detecta a tiempo, no es necesario
quitar todo el seno ni los ganglios, es terrible, duele mucho,
ni siquiera puedes levantar los brazos si te los quitan, dice
mi amiga, y además te queda una horrible cicatriz; recuerdo
a otra amiga a la que le encontraron un tumor en un seno y la
sometieron a un tratamiento de radio y mi único comentario
fue "no te lo tomes tan a pecho". Me lo merezco, pero
no quiero tener miedo, es apenas una bolita de grasa y en caso
de que fuera otra cosa la he detectado a tiempo y pueden hacerme
una mastectomía parcial, quitarme sólo un pedacito
de pecho (ya estoy pensando como habla la enfermera) y sólo
quedará una pequeña herida convertida muy pronto
en cicatriz, una cicatriz que interrumpirá la lisura de
la piel y ahuyentará las caricias, bueno, hay cosas peores,
me digo, esas operaciones de rutina de hace muchos años
en las que la ablación del seno se hacía sin anestesia,
apenas un vaso de vino o una copa de aguardiente o unas pastillas
de opio para mitigar el dolor, ¿no lo cuenta así
Fanny Burney, operada en París en 1811 de un tumor en el
seno derecho?
Dice,
si no recuerdo mal, que se encaminó al salón de
su casa y vio cómo la mesa estaba repleta de objetos, más
bien de ese tipo de instrumentos que los médicos usan para
efectuar una operación. También dice que retrocedió
espantada, luego, haciendo fuerza de voluntad, entró de
nuevo al salón, pues, ¿qué sentido tenía
ocultarse a sí misma lo que muy pronto iba a saber y a
experimentar? Pero al mirar la gran cantidad de vendas, compresas,
esponjas, se sintió desfallecer, dio vueltas como enajenada
y entró gradualmente en un estado de torpeza, de inconsciencia
y estupidez hasta que oyó sonar las tres en el gran reloj,
momento en que regresó a su alcoba. Trató de controlarse
para recobrar sus fuerzas, pidió una pluma y empezó
a escribir unas palabras a su esposo y a su hijo (en esos momentos,
para mayor desgracia, ausentes), en caso de que el resultado fuera
fatal. Y como en las películas de suspenso a la Hitchcock,
el doctor Moreau, que así se llamaba su médico o
más bien su carnicero, entró en su habitación
para prepararla, ¡¡le dio una copa de vino!!, y regresó
al salón. Asustadísima y queriendo protegerse o
estar siquiera rodeada de gente conocida, llamó a su sirvienta
y a sus enfermeras. Su cuarto fue invadido de pronto por siete
hombres vestidos de negro que entraron sin llamar a la puerta
y la ayudaron a salir de su estupor provocándole una gran
indignación. ¿Por qué ha entrado tanta gente
en mi habitación y sin pedirme permiso?, dijo. Luego llegaron
las sirvientas y los médicos las echaron; ella exigió
que se quedaran; pero apenas iniciada la operación las
criadas huyeron despavoridas.
"¿Quién
me sostiene este seno?", dijo fríamente el cirujano
blandiendo el terrible instrumento de acero que brillaba ante
los ojos de la escritora, y ante los de los otros médicos,
enfermeros y mirones que habían venido a presenciar la
operación, con gran violencia de su parte. Y Fanny Burney
quien sobrevivió treinta años a esta sangrienta
operación efectuada sin anestesia y sin asepsia alguna,
en el momento mismo en que el temible acero fue introducido en
su pecho, abriéndose paso entre las venas, las arterias,
la carne, los nervios, empezó a gritar sin pudor, lanzando
un solo grito prolongado que duró intermi-nablemente mientras
el médico hacía la incisión y separaba el
pecho de su cuerpo. Muchos años después Fanny confesaba
el asombro que le provocaba advertir que ese sonido no hubiese
permanecido para siempre en sus oídos, tan intensa había
sido la agonía. Y cuando terminaron de hacerle la incisión
y el instrumento y su pecho fueron retirados de su cuerpo sintió
que el dolor disminuía, pero apenas el aire penetró
en esas partes delicadas sintió como si un alud de diminutos
y aguzados puñales desgarraran los bordes de su herida.
Recuerdo el verso de Sor Juana : "¡Mas ay de la infeliz
y desdichada/ que a su Pí-ramo dar no puede el pecho/ni
aun por los duros filos de una espada!"
Pero
a Fanny Burney no le extirparon los ganglios axilares, pienso,
y sin anestesia y sin asepsia sobrevivió treinta años,
y si algo me pasa a mí por lo menos tengo el consuelo de
la anestesia y de la asepsia. No puedo apartar mi pensamiento
de ese relato y de sólo pensar que me puedan hacer una
ablación de seno o de mama como se dice técnicamente
también para mi horror e indignación
me estremezco y siento escalofríos debajo de mi bata aséptica
y lloriqueo y me empiezan unas náuseas espantosas y vomito
una larga bilis amarga y verde. Me lavo la boca, tomo agua y vuelvo
a sentarme, un poco más tranquila, a esperar a que regrese
la enfermera, trato de concentrarme en la novela que he estado
leyendo, pienso en las hermanas incestuosas, en lo que hará
después la que acaba de dar a luz, la que utiliza sus pechos
para amamantar a su hijo, sus pechos abultados, surcados de venas
azulosas, con el pezón erecto y la areola rugosa y ennegrecida.
Y me palpo el pecho, siento de nuevo el nódulo, esa invasión
probable de células malignas que avanzan y destruyen la
forma armónica de mi pecho, mis senos, dos crías
mellizas de gacela pastando entre azucenas, tus senos un huerto
de granados con frutos exquisitos, lirios con nardos, azafrán,
caña y canela, árboles de incienso, mirra, áloe
y los más extraños y mejores aromas, como canta
La Biblia, pero en mi pecho, no muy lejos del pezón erguido,
hay una cosa extraña que me invade, que me parte el corazón
en mil pedazos.
No
tengo, digo para tranquilizarme, ni ardor ni comezón (como
sentía esa amiga mía a la que le tuvieron que cortar
el pecho), y el nódulo está al borde del hueso y
no se ha producido ninguna decoloración, mi pecho no ha
empezado a contraerse ni el tumor ha aumentado de tamaño,
y sin embargo, es un nódulo y un nódulo como este
que tengo en el seno izquierdo es parecido al que laceró
el pecho a mi amiga y la mató: células duras y fibrosas,
crecen y proliferan, causan pena, atraen a la muerte o esperan
la ablación. ¿Ablación de mama?, pronuncio
en voz alta las palabras, me queman los labios, resplandor y puñal,
¿tendré que sufrir una mutilación?, pues
es eso, una mutilación, espejo y resplandor, ¿no
significa eso la palabra ablación?, separación o
extirpación de cualquier parte del cuerpo, en este caso
la mama, y me dan ganas de reír y de conjugar al infinito
de nuevo la palabra mama, glándula alveolar compuesta,
cuya secreción en las hembras y en los mamíferos
sirve para la nutrición de sus recién nacidos, las
mamas, sí, la ablación de las mamas, una herida
oscura y luminosa, un dolor mitigado por la anestesia: deja una
cicatriz, un corte irregular practicado en una esfera de carne
globulosa, de paredes gruesas, surcada de venas y de arterias,
una esfera sensible, hermosa, deseable, erotizada, erotizable.
Y pienso cómo se verá mi pecho después de
quince días, un mes después de la intervención,
con una sombra de piel que se le estirará encima, tan delgada
que nadie se atreverá a detener mucho tiempo sus ojos en
ella. Para alejar ese pensamiento, introduzco mi mano debajo de
la bata y toco la piel de mis senos, paso los dedos sobre el pezón
y sobre la areola y siento cómo se distienden, se ponen
eréctiles y sigo acariciando con deleite, pero de repente
toco el nódulo en el pecho izquierdo y caigo de nuevo en
mis sombrías cavilaciones. Más adelante cuando la
piel se cicatrice, después de la ablación, esa mutilación,
las arrugas comenzarán a insinuarse, se formarán
y se alterarán y si alguien decidiera espiarme de noche,
como hace un protagonista de Onetti en una novela memorable, si
hace mucho calor y yo duermo sin cobijas, desnuda de tal manera
que pudiera verse que tengo un solo pecho y que mi piel se adhiere
al hueso y que esa cicatriz que ahora alguien observa a sus anchas,
a escondidas, se ha llenado de rugosidades como la cáscara
de una fruta ¿un melón? (¿Tendrá mayor
semejanza con la forma que antes tenía mi pecho?) ¿Qué
sentirá el mirón ? ¿Asco, horror, deseo?
Quizá descubra figuras levemente dibujadas por los bordes
de la cicatriz, porque yo cicatrizo mal, me quedan cordones gruesos
sobre la piel, cicatrices queloides que dibujan otra geografía
corporal, otro tipo de protuberancias cuyo tono es apenas más
sonrosado o blanquecino que la piel y también pueden producirse
algunas manchas violáceas. Puedo, eso sí, hacerme
una prótesis, ponerme unos implantes, ¿no se lo
hacen las artistas de cine para tener un mejor cuerpo?, ¿no
se lo hacen las mujeres que quieren ser más sexy ?, ¿por
qué no podría hacérmelo yo, pues no quiero
quedar desfigurada? Le tengo miedo a los hematomas, a la hinchazón,
a la hipersensibilidad durante varias semanas, como esa otra amiga
mía a quien le hicieron una mastectomía y luego
se puso una prótesis que no la dejaba dormir, ni siquiera
toleraba el peso de las sábanas de tenue holanda, como
se diría en un romance. ¿Tendré de nuevo
sensibilidad en el pezón? ¿No me pasará lo
que a millares de mujeres a quienes la silicona les ha producido
enfermedades "autoinmunes"? Y, ¿si me colocan
mal el pezón? Y, ¿si se produce una compresión
de la prótesis y tengo una infección incurable?
Para
contrarrestar mis pensamientos, vuelvo a abrir la bata y coloco
mi mano derecha sobre mi pecho izquierdo, lo recorro, siento su
peso, la suavidad de la piel, la rugosidad del pezón, bajo
un poco la mano, vuelvo a acariciarme y en ese momento, casi al
lado del hueso, cuando la redondez del seno termina, vuelvo a
sentir la pequeña protuberancia que tanto me ha alarmado.
Salgo de mi ensoñación, ¿por qué ha
crecido tanto?, ¿no habrá aumentado de tamaño
desde que entré en el laboratorio para hacerme la mastografía,
digo, la mamografía?
Apenas
puedo dominar mi desconcierto, pienso en la muerte, es una muerte
nocturna, oscura, sigilosa, disfrazada. La inquietud vuelve a
apoderarse de mí con fuerzas renovadas, las emociones acumuladas
en ese breve intervalo, el de mi llegada al laboratorio, la lectura
intermitente de la novela, la cursilería y eficacia de
la enfermera, la toma de las placas. De pronto la angustia se
mitiga si puedo expresarla con palabras, aunque sean putas, aunque
chillen, mejor que chillen. Me calmo, reflexiono, conjugo la palabra.
¿Qué es un pecho? Un órgano anatómico
en sí mismo o una idea que existe sobre todo dentro de
la mente. El pecho, dicen los psicoanalistas es objeto de deseos
orales, impulsos, fantasías y ansiedades. La palabra pecho
atrae de inmediato la imagen de la madre, el seno materno abarca
el vientre entero y la región del cuerpo llamada pecho
es una imagen anatómica, biológica, también
simbólica, ¿no decía Freud o alguno de sus
acólitos que el niño divide la imagen del pecho
en dos y en sus fantasías uno es el pecho bueno, perfecto,
amable, satisfactorio; el otro es el mal pecho, odioso y rechazante?,
¿como este pecho que ya nada tiene que ver con la maternidad?,
¿un mal pecho, vulnerable a la enfermedad, privado de erotismo
y de vitalidad?, ¿un pecho preñado solamente de
muerte?
El
pecho, simple estructura anatómica que produce leche en
las mujeres, siguiendo los mismos procesos fisiológicos
de todos los mamíferos con glándulas mamarias. Los
pechos se desarrollan más en los humanos, aunque funcionan
de la misma manera en cualquier especie de mamífero; la
glándula mamaria es rudimentaria y no funciona, como regla
general, entre los machos, aunque excepcionalmente pueda darse
el caso de que algunos pechos masculinos hayan cumplido las mismas
funciones que los pechos femeninos. ¿Podrán dar
de mamar los travestis operados? Respiro hondo, trato de rechazar
esta idea insaciable que da vuelta sobre sí misma y se
alimenta de imáge-nes morbosas. En los humanos más
bien en las humanas los dos pechos están colocados
en la parte delantera del cuerpo, esa parte que va de la cintura
para arriba, o al revés, esa parte del cuerpo que se extiende
desde el cuello hasta el vientre, donde además de los pechos,
situados en clara prominencia si se trata de una hembra, se alojan
también, allá dentro, el corazón y los pulmones.
Las vacas y las perras tienen las glándulas mamarias en
el vientre, entre las patas; la ubre de las vacas está
provista de tetillas y las perras tienen dos hileras de pezones.
A veces a algunas mujeres y hasta a algunos hombres
les pueden ¿brotar?, ¿salir?, ¿crecer?, glándulas
mamarias suplementarias. Me imagino de inmediato con el pecho
cubierto de teti-llas, como una esfinge de piedra, de esas que
se colocan en hileras en algunos de los parques o las escalinatas
de los palacios. ¿No sería mejor que de los pechos
brotase agua y no leche como en las estatuas femeninas de las
fuentes? Con todo, es obvio que es mejor amamantar a los recién
nacidos, ¿no se asegura que los niños a quienes
sus madres destetan muy temprano tienen, además de problemas
físicos, problemas psicológicos?
Las
palabras restallan, silban, chillan, me ahogan, quedan atoradas
en la garganta. Me operarán y extirparán el tumor
y quizá también el pecho, entonces seré anormal,
un monstruo, una hembra diferente, parecida a Polifemo con un
solo ojo en medio de la frente: mi torso exhibirá su triste
pecho, solitario, asimétrico... La enfermera reaparece
con el uniforme bien almidonado, los cabellos en su lugar, el
mismo gesto cortés, frío y eficiente, mis desvaríos
se detienen en seco.
Ya
puede usted vestirse, chulita. El doctor piensa que no hay que
volverla a molestar, las placas salieron bien, sólo falta
analizarlas y mañana por la mañana puede usted venir
a recogerlas. O si prefiere, mi vida, podemos mandárselas
a su médico directamente y usted le llama por teléfono
para que él le explique lo que tiene.
Siento
como un latigazo la burla anticipada que sus palabras descargan
sobre mí, entro al compartimento donde había dejado
mi ropa, empiezo a vestirme lentamente, la blusa, los collares,
los aretes, me miro en el espejo, paso el bilé sobre mis
labios, observo mis ojeras y la expresión ansiosa de mis
ojos. Tomo mi bolsa, saco de ella los anteojos que velarán
mi mirada y el reflejo del sol que cae a plomo. Salgo, por fin,
apresurada, del laboratorio. Queda la rabia.
Las
palabras chillan, atoradas en mi garganta, no alcanzo a pronunciar
sonido. Trato de darles vuelta, las azoto, les doy azúcar
en la boca, las llamo putas, las cojo del rabo, las seco, las
capo, las piso, las tuerzo, desplumo, destripo, arrastro, trago.
Anda, putilla del rubor helado, anda, ven, vámonos al diablo.
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Fragmento de una novela escrita bajo los auspicios
de la Fundación Guggenheim.
margo_glantz@hotmail.com
Margo Glantz, "Palabras
para una fábula", Fractal
n°12, enero-abril,
1999, año 3, volumen IV, pp. 37-55.