He
dicho que creíamos y he dicho que así lo veía
yo. Es claro que traigo a Emilio Prados a mi terreno y que hablo
subjetivamente. La denuncia del subjetivismo me ha parecido siempre
una cursilería, hipócrita como toda cursilería.
Quien dice "para mí esto es así" no está
hablando de sus ojos ni menos aún de sus anteojos. Está
hablando de algo que está ahí porque está
ante unos ojos. La única manera de eliminar o "superar"
la mirada es no mirar nada, y entonces, paradójicamente,
es justamente el que no mira nada el que no ve más que
sus propios ojos. Si Emilio era así para mí, no
es que yo lo hiciera así, es que él se hacía
así para mí. Así es como viven con verdadera
significación los episodios de una vida, o las claves de
una vida, en este caso la mía, pero también la suya.
Los seres que han sido o son centrales para cada uno de nosotros,
cada uno sabe, sin necesidad de ser un lince o un filósofo,
que no son lo mismo para los demás. Afortunadamente, habría
que añadir. Pero cada uno sabe también, aunque casi
siempre de un modo más o menos informulado, que la verdad
de esa significación subjetiva, como dicen
no depende de la verdad relativa de otras significaciones igualmente
subjetivas, porque la verdad no es una cantidad que haya que repartir
entre sus propias sucursales competitivas. Mi madre, mi padre,
mis hermanos, sé perfectamente, como todo el mundo, que
no son para los otros lo que son para mí. Pero sería
el rey de los cretinos si pensara que tengo que decidir y repartir
entre la verdad de lo que mi madre es para mí y de lo que
es para su dentista. Esa verdad no es por supuesto absoluta, pero
sí trascendente como toda verdad, por lo demás
en el sentido de que está constitutivamente más
allá de toda oposición entre lo subjetivo y lo objetivo.
Está constituida de ella y de mí, del sentido que
nos damos y nos tomamos el uno al otro, y no es lo que corresponde
a un conocimiento, ni siquiera a un saber, sino a una fidelidad.
Y no la fidelidad del uno al otro, sino ante todo, incluyendo
la de cada uno a sí mismo, la fidelidad a esa verdad.
Esto
Emilio lo sabía. En el impresionante poema "Luz de
mi herencia" de Río natural dice de su madre
cosas que normalmente sólo podría uno decirse a
sí mismo, y ni siquiera, por lo menos fuera de la poesía:
Madre
mía en lo que amaron
íntimamente tan juntos
sus labios, en el amante
buscado para obtenerme,
que piensa al verme nacido
del tiempo en que fue besada:
ser ella la amante mía
por ser yo el cuerpo que supo
desnudar de su poder
entero al hombre que amaba
[...]
¡Soy fruto en la cruz de un beso
que ofrece el tiempo en mi sangre!
[...]
Dentro de un beso fantasma,
beso en pena de alma honda
que por mi existencia vaga,
vivo en mis labios. Y creo
besar su pena acabada,
cuando en mí beso por él
su cuerpo de ausencia en alma.
[...]
¡Heredero universal
del mundo en que estoy parado,
soy fiel que vivo mi herencia!...
Heredo en mis labios, juntos,
el beso que me ha engendrado
y el que he de entregar al mundo.
[...]
Digo
pues que no sólo yo era fiel a aquella significación
que Emilio Prados tenía a mis ojos, que yo le daba tanto
como la recibía de él. También él
era fiel a ese sentido que tal vez sólo existía
gracias a esos ojos míos, pero era él quien lo tenía,
del mismo modo que no sólo yo soy fiel a la verdad paternal
de mi padre, también él es fiel a su verdad de padre
mío que es verdad suya. Y es fácil adivinar que
no escojo al azar esa comparación. Nuestra amistad, ya
lo he dicho, era claramente asimétrica. Él era el
maestro (nunca el profesor). Él era el guía (nunca
el cabecilla). Él era el padre (nunca la autoridad). Yo
era el discípulo, el seguidor, el hijo, y no tenía
que salvarme de nada. Todos mis compañeros lo habían
conocido antes que yo y todos lo tuteaban. Yo había leído
ya algún libro suyo y lo imitaba descaradamente cuando
me dejé arrastrar, temblando de nervios, a conocerlo. Siempre
le hablé de usted. Y desde el principio él asumió
plenamente lo que su figura significaba para mí. Sabía
bien quién era a mis ojos y no dejaba de ver la exigencia
que con eso yo le imponía involuntariamente.
Digo
que lo sabía y tengo que matizar una vez más qué
verdad era la que así sabía: esa verdad coincidía
punto por punto con una fidelidad. Decir aquí que él
lo sabía es exactamente lo mismo que decir que nunca traicionó
eso que era para mí. Ser fiel así, incluso si fuese
a una verdad indigna, es siempre elevarse a una dignidad. Para
mí Emilio Prados era ese paradigma, mucho más santo
que genio, mucho más puro que hábil, más
hecho para el afecto que para el aplauso y más dado él
mismo a lo primero que a lo segundo, más consuelo que maestro
y más maestro que modelo, incluso más protector
y cómplice que consejero o formador.
En
su departamento ejemplarmente pobre de la calle de Lerma, en México,
me dejaba leer ávidamente o llevarme a casa los pocos libros
que poseía. Allí leí por primera vez a Novalis,
a Hölderlin, a los poetas del 27 que no me habían
leído en clase, a Meister Eckhart, a San Juan de la Cruz,
a Verlaine y Rimbaud, autores de los que él hablaba siempre
y casi exclusivamente. La edición de Rimbaud que me prestó
estaba ilustrada con el precioso dibujo a pluma de Verlaine que
representa al poeta-niño paseando con su pipa y su chambergo.
Yo me identificaba de tal manera con ese adolescente de mi edad,
que era capaz de reproducir de memoria, con sorprendente exactitud,
ese dibujo, sin que en mi feliz inocencia imaginara nunca la posible
malicia con que algún malintencionado podría ver
esa identificación, que sugería involuntariamente
identificar a su vez a Emilio con Verlaine. Yo lo visitaba casi
todos los días, y nos leíamos mutuamente los poemas
recién escritos, tan abundantes en aquella época
los suyos como los míos. Otros días salíamos
a caminar por el Paseo de la Reforma o el Bosque de Chapultepec,
y él a veces hablaba mucho, contándome con su acento
y su gracia andaluces mil cosas de su infancia, o menos a menudo
anécdotas de sus compañeros de generación,
o divagando sobre la poesía y sobre sus amados místicos.
Una vez incluso vino a verme jugar un partido de futbol, seguramente
el último que jugué en mi vida (yo fui sin discusión
el peor futbolista que hubo nunca en el equipo de mi escuela),
y aunque era claro que no entendía nada de ese deporte,
se paseó apaciblemente por los alrededores de la cancha
y departió de buen talante con los otros chicos de ambos
equipos. También fuimos algunas veces a nadar en piscinas
públicas, pero pronto abandonó esa costumbre, tal
vez porque, después de haberse jactado muchas veces de
sus hazañas natatorias en las playas de Málaga,
resultó mucho menos buen nadador de lo que me había
dejado imaginar, mientras que yo era bastante bueno. En todo ese
tiempo no recuerdo que me haya hablado nunca de ningún
tópico de la actualidad literaria o artística, de
las tendencia o las modas intelectuales, de los éxitos
editoriales, de los premios y beatificaciones. Si alguna vez mencionó
a Picasso o a Dalí, era con la misma actitud con que me
hablaba de sus primas o de don Ventura, su maestro de párvulos.
Creo recordar que una sola vez me leyó poemas suyos de
la etapa surrealista. Los leía con un tono paródico
y guasón, y me decía, casi riéndose, que
entonces él era surrealista, con la misma ironía
con que yo solía decir que antes yo era futbolista. Yo
sabía que trabajaba para la Editorial Séneca, había
visto en su casa ejemplares de la vieja Litoral y le había
oído muchas cosas sobre esa revista y las actividades editoriales
que había compartido con Altolaguirre. Así me inicié
también en el amor a la tipografía que me ha acompañado
siempre. Yo había sido a mi vez aprendiz en un taller de
encuadernación, y aunque no me hago la ilusión de
que pudiéramos borrar de veras sin dejar rastro nuestra
condición de diletantes, de todas formas me parece que
hasta cierto punto nos movíamos en ese mundo como verdaderos
trabajadores. Emilio me enseñaba también, sin necesidad
de darme lecciones, la dignidad del trabajo, en especial del trabajo
artesanal.
Porque
es en la artesanía donde todavía hoy el trabajo
se muestra en la plenitud de sus dos caras opuestas: no sólo
como producción, esa operación que transforma la
materia de nuestra herencia natural en un mundo de bienes económicos
despegados de su raíz y crea esos nuevos circuitos, propiamente
económicos, que se cierran sobre sí mismos y fundan
el orden de la explotación y la injusticia; sino también
como hechura, esa lucha amorosa con la materia, ese contacto
corporal, manual, con las cosas y su resistencia que nos deja
saber sobre la materialidad del mundo lo que sólo la mano,
nunca el intelecto, puede saber. Por eso lo que sale de las manos
del artesano no es nunca puramente bien de consumo, sino a la
vez bien precioso, belleza no desechable, objeto no para la necesidad
o el apetito que se satisfacen destruyéndolo, sino para
el amor que, digan lo que digan, está más allá
de la dialéctica del apetito y la satisfacción,
de la apropiación y la destrucción, sino que es
capaz de apetecer en la satisfacción y satisfacerse en
la apetencia. Los que han leído con atención a Emilio
Prados saben que ese oscuro y nebuloso amor del que habla tanto,
a veces con mayúscula, es claro por lo menos que es de
esta especie.
Su
amor a la revolución iba también sin duda alguna
por ese lado. No creo que ningún poeta, tal vez incluso
ningún ser humano en general, haya sustituido nunca tan
rápida y radicalmente a la Revolución por Dios,
así con mayúscula. Es que su fervor había
sido mucho más por los trabajadores reales que por la idea
de revolución, y un trabajador, cuando tiene un rostro
propio, es un rostro que se parece mucho más al de un artesano
o un campesino que al de un exponente del proletariado. El salto
radical y casi instantáneo de los romances de guerra a
los poemas panteístas, como suelen llamarlos, de Memoria
del olvido no es una abjuración, ni siquiera una verdadera
conversión, es más bien un reconocimiento y una
aceptación. Es claro que, lo mismo cuando cantaba a un
dinamitero muerto en combate que cuando nos dice:
Aunque
dentro de mí, como una daga
siento al ángel crecer que me atormenta,
Emilio
Prados no estuvo nunca del lado del poder, ni siquiera del poder
o del posible poder revolucionario. Es claro también que
no se rozó nunca con los poderosos de una u otra especie,
ni aun bajo esa forma tan moderna de los que les hacen impertinencias
pero se dejan mimar por ellos. Sus Cartas desde el exilio
que podemos leer ahora nos muestran sin duda un Emilio Prados
un poco quejica, obsesivamente sediento de amor y de atención,
pero inflexible en su altiva probidad, por más que esa
inflexibilidad le haga a veces saltarse algunos matices al juzgar
a sus compañeros de generación.
Y
aquí me siento obligado a añadir algo que no se
refiere concretamente a Emilio Prados, sino a ese mundo del exilio
español al que él pertenecía mucho más
que yo, aunque mucho menos programáticamente que tantos
otros. Tendré que vencer la renuencia que he tenido siempre
a hablar públicamente de ese tema, como la tenía
también Emilio; pero se trata de algo que no he visto nunca
expresado y que pienso que vale la pena señalar, aunque
hubiera preferido que lo señalara otro. Cuando los jóvenes
de mi generación de exiliados empezamos a escribir, en
México, es visible que en toda la poesía y casi
toda la narrativa que hacíamos no hay rastro de lo que
poco después estaría en todas las bocas bajo el
nombre de "literatura comprometida". Como en toda sociedad
exiliada, estábamos muy unidos a nuestros padres, a nuestros
mayores, a nuestros maestros. Esos antecesores nuestros eran luchadores
y militantes que acababan de perder una guerra, pero no la esperanza
de ver caído al enemigo y de poder proseguir su lucha o
su tarea. En la pequeña sociedad compacta que formábamos
en estas condiciones, nuestros mayores nos ponían mucha
atención y nos seguían de muy cerca. Ahora, cuando
lo miro a la distancia, me parece asombroso que nunca los escritores,
los maestros, los lectores de la generación anterior nos
hicieran el menor reproche por nuestra falta de compromiso visible
o nos sugirieran mínimamente que siguiéramos un
camino más acorde con el que había sido el suyo
y en gran parte seguía siéndolo. He acabado por
ver en esta actitud una ejemplar nobleza. Lo que descifro en ella
es que de un modo o de otro nuestros padres sabían, y nos
lo daban así a entender, que no habían luchado por
la lucha misma, sino justamente por librar a sus hijos de ella;
que el sacrificio en nombre de la vida humana no tiene sentido
si después el valor de esa vida no está en ella
misma sino en ese sacrificio; que militar por la liberación
de nuestro prójimo es una falacia si sólo lo liberamos
para que milite en nuestras filas y casi siempre bajo nuestra
guía.
Sé
que la frontera entre esta interpretación y su contraria
es una línea delgada, y que también el conformismo
y el aferramiento a los privilegios argumentan a menudo recurriendo
al valor de la vida y de la libertad. Pero en este caso por lo
menos me parece que sería difícil atribuir a los
exiliados españoles, en aquella época, posturas
convenencieras y compadrazgos sospechosos. En el Emilio Prados
que yo conocí, se ve de manera particularmente clara que
no es cuestión de declaraciones, sino de las actitudes
que las aplican y les dan su pleno sentido. Emilio no me interrogó
jamás sobre mis ideas o posturas respecto del exilio, de
la política, de la actualidad histórica. Dábamos
por sabidas, naturalmente, algunas coincidencias mínimas
sobre algunos principios esenciales: el antifascismo, la igualdad
para todos, el antirracismo, la fe en la libertad, la búsqueda
de la justicia. A partir de eso no había inquisiciones
ni sospechas, reproches ni exigencias. Nunca me leyó por
ejemplo ninguno de sus poemas revolucionarios. Yo conocía
algunos que se mencionaban en los medios exiliados:
Entre cañones me miro,
entre cañones me muevo...
...Alta va la paloma,
alta va y sola.
Sobre el viento las balas
hieren su sombra...
y
sabía que no renegaba de ellos aunque tampoco los exhibía.
Pero él no había combatido por esa poesía
combativa: había combatido por el otro, y esa poesía
combativa había combatido por la otra. Y ahora que compartía
con un joven poeta, como el maestro con el discípulo, el
pan de esa otra poesía, hubiera sido absurdo atenerse a
ese combate despreciando el pan en cuyo nombre se había
librado. Y es cierto que el pan de la verdad está siempre
amenazado y que nuestra responsabilidad no cesa nunca, pero una
de las maneras de olvidar eso es confundirnos tanto con las armas
con que lo defendemos, que acabemos por dar la espalda a lo que
con ellas defendemos. Hablo de una época en que el peligro
de esa confusión era mucho más cercano que ahora.
Si Emilio viviera hoy, estoy seguro de que sabría librarse
también de las confusiones de estos tiempos; que sabría
decirnos de algún modo que si su revolución y su
guerra no fueron un dogma, tampoco su Dios, su nostalgia, su remo-lino
metafísico, su Amor sin cuerpo y con mayúscula,
sus revolcones con el lenguaje, y ni siquiera sus olivos y sus
playas eran un dogma. Hubiera sido tan impermeable a esta ideología
cínica que nos rodea como lo fue a aquella ideología
dogmática que lo rodeó a él.
Puedo
retomar ahora el hilo que dejé suelto hace rato en la mano
de Van Gogh. Dije al principio que la figura de Emilio Prados
confirmaba para mí, en mi adolescencia, una actitud para
la cual la poesía lo es todo y a la vez no es nada, y ahora
hablo de un combate suyo por la poesía. Me parece obvio
que no hay contradicción, pero no tengo inconveniente en
aclararlo un poco. En una carta a José Luis Cano de octubre
de 54 le dice:
No
es la poesía, José Luis. Tú me conoces
y, o la poesía está en mi sangre y me lleva, o
no la tengo. Uno escribe, escribe y creo que nada se dice al
final. Siente uno la necesidad de escribir y la tristeza de
haberlo hecho. El lenguaje no existe aún y el dolor de
haber dado en malas palabras la emoción destrozada nos
deja hechos guiñapos. Pero volvemos a hacerlo siempre.
Obra yo no tengo. Hijos sí, vosotros...
Lo
que yo leía bastantes años antes en su ejemplo era
que hay un tipo de poeta que nunca venderá a ningún
precio la fidelidad a la poesía, pero que a la vez nunca
se venderá a ella. Dicho de otra manera, nunca hará
de ella un verdadero fin, porque un verdadero fin es siempre un
fin en sí, algo fundado en sí mismo y aislado del
resto de todo lo que tiene sentido, aunque sólo fuese porque
está en la cúspide de todo ello y confina con lo
absoluto.
Venderse
al absoluto, o incluso a su confín, ha sido y será
siempre vender su alma al diablo. Emilio ha dicho de mil maneras
que no es la poesía en sí lo que ama. No otra cosa
significa la insistencia machacona con que citaba, de viva voz
y por escrito, dentro o fuera de propósito, los versos
de San Juan de la Cruz:
Por
toda la hermosura
yo nunca me perderé,
sino por un no sé qué
que se halla por ventura.
Sobre
ese no sé qué ha dicho muchas cosas, casi todas
vagas, y en su última época tiende cada vez más
a llamarlo directamente Dios. Pero lo que es claro es que en su
contexto "toda la hermosura" equivale a la poesía,
y que lo que nos está diciendo es que él no se perderá
por la poesía. En esas cartas desbocadas que enviaba desde
México a José Luis Cano hay constantemente reticencias
ante sus compañeros, incluso ante los que más quería:
A
Dámaso [dice en marzo de 59] no sé si escribirle.
Él no me contesta a mí y yo me pico. Pero,
como estas son cosas serias... ¡Estos críticos!
No están conformes con la poesía de uno y dejan
de ser amigos. ¡No lo entiendo! Yo tengo un poquito de
sentido crítico, muy poquito, porque yo no sirvo ni he
servido para nada; pero hay ciertos afectos que no los someto
a servidumbre de nada. Por eso aquí estoy con vosotros
todos. Hasta con los que no conozco más que por cartas.
Una
manera bastante drástica de distinguir al poeta de la poesía
y de interesarse más, como Van Gogh, en el primero que
en la segunda. Y no, evidentemente, porque vea en la poesía
un instrumento o un arma para conseguir ventajas o victorias personales.
Eso está tan claro en él como en Van Gogh, que es
tal vez el artista que más heroicamente, más santamente
lo dio todo por la pintura y no se benefició nada de ella.
Tampoco, indudablemente, porque la poesía le parezca cosa
secundaria o superflua. Cuando dice "obra yo no tengo",
no hay que entenderlo literalmente, por supuesto. Hoy sabemos
que sí la tiene, y no es poca, y cuánto tesón,
cuánta obsesión incluso puso en hacerla, hasta el
punto de que puede sorprendernos (aunque creo que el caso no es
tan raro) que haya acabado trabajando tanto un hombre confesadamente
perezoso. No es eso pues lo que quiere decirnos, sino más
bien que uno acaba casi inevitablemente por hacer una obra, pero
no se trata de eso. Se trata de estar aquí, "con vosotros
todos": "Hijos sí..."
¿No
es eso también lo que quiere decirnos Van Gogh? Interesarse
más por la pintura que por los pintores puede querer decir
varias cosas, pero una de ellas es pensar más en el museo
que en los cuadros que lo habitan. Sería algo así
como eso que llaman enamorarse de la mujer en general. En el momento
y en el nivel en que estamos a solas con nuestro pintor, con nuestro
poeta, no lo vemos como "uno de los pintores" o "uno
de los poetas": es siempre "otra cosa", igual que
estar enamorado de una mujer es no poder verla como "una
de las mujeres", sino incomparablemente como "otra cosa".
Hablo de un momento y un nivel porque esa experiencia no puede
aislarse totalmente excluyendo lo que la rodea, pero eso no quita
que ese nivel exista (en su momento). Cuando estoy enamorado de
una mujer, no borro del todo y literalmente a las otras mujeres,
pero no cabe duda de que hay un nivel donde la mujer que amo está
fuera de toda clasificación, incluso de la clasificación
en sexos, convertida en un ser diferente y único y hasta
en un sexo diferente y único. Es claro que ese nivel de
unicidad incomparable no es sólo el terreno en el que todos,
hombres o mujeres, quisiéramos ser amados, es también
en el que un poeta quisiera ser leído, un pintor mirado,
un músico escuchado. Estar aquí, con vosotros todos.
Aquí y no en el museo; aquí y no en la Obra con
mayúscula, no en el diccionario de autores, no en la historia
de la literatura.
Quisiéramos.
Pero no todos o no siempre a cualquier precio. Uno se aviene a
ser amado por tales o cuales "prendas", tales o cuales
ventajas, tal o cual precio, y no por ser uno mismo; uno se aviene
a ser leído por tal o cual premio, tal o cual fama o moda,
tal o cual patriotismo, tal o cual centenario. Pero también
algunos resisten más insobornablemente que la mayoría.
Nadie ignora que Emilio Prados fue uno de éstos. Lo que
yo aprendí de él a mis 16 años fue sobre
todo esa idea del poeta, más decisiva que la idea de poesía,
y esa idea del hombre, más decisiva que la idea de poeta.
En aquella época me hubiera parecido absurda la posibilidad
de que un día se organizaran ceremonias para celebrar su
centenario, y mucho más la de que yo participara en ellas.
Y no porque entonces Emilio fuera un poeta bastante desconocido
y yo inexistente, sino porque semejante cosa me parecía,
y me sigue pareciendo, incompatible con la figura ejemplar del
poeta que yo recibía de él y que prefiero seguir
creyendo que él me daba.
Empecé
preguntando si se puede de veras hablar de un poeta en estas condiciones.
Poder, se puede, ya se ve. Si lo he intentado a pesar de todo
es porque, como dije, la mirada centrada en el cuadro no borra
del todo y literalmente el museo, ni la lectura absorta del poema
la historia de la literatura, como el enamoramiento de una mujer
no hace desaparecer literalmente, ni en la realidad ni en la imaginación
del enamorado, a todas las demás. Se puede, a pesar de
todo, inventarse en un museo un rincón al que nos llevamos
el cuadro para hablar a solas con él; se puede, después
del homenaje oficial a un poeta, buscar en casa sus poemas para
leerlos como "otra cosa", del mismo modo que se puede
con una señora firmar un contrato matrimonial y amarla,
a pesar de todo, por encima de la ley. Estas cosas, aunque nada
seguras, son posibles, a pesar de todo. Pero cuidado: a pesar
de todo no querrá decir nunca lo mismo que ante todo.
________________
* Palabras pronunciadas en el Centenario de Emilio
Prados, celebrado en Málaga el 3 de marzo de 1999.
tomas@servicom.es
Tomás
Segovia, "Invocación de Emilio Prados",
Fractal
n°11, octubre-diciembre,
1998, año 3, volumen III, pp. 69-83.