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Uno de sus componentes es el núcleo armado y otro más
la circunstancia social en que aparece.
El primer componente suele predominar en los análisis gubernamentales,
particularmente
en las versiones oficiales que llegan al dominio público;
el segundo componente se acalla o disminuye en la versión
oficial, aunque adquiere una gran relevancia para la estrategia
militar con que se propone un gobierno eliminar o neutralizar una
guerrilla activa en zonas predominantemente rurales.
En un sentido lato, podemos
decir que son dos las principales modalidades que la guerrilla ha
asumido en México en el siglo XX: los
movimientos que se originan y se asientan en zonas primordialmente
campesinas (y que, por tanto, podríamos llamar rurales)
y los que se asientan y originan por lo común en capitales
de estados o en ciudades de cierta importancia (y que podríamos,
por tanto, llamar urbanos).
Si
en los movimientos urbanos la radicalización ideológica
es fundamental, en los movimientos armados rurales no necesariamente
hay un proceso de formación ideológica, pues la mayor
parte de sus contingentes suelen tener un nivel muy bajo o incluso
inexistente de escolaridad. En los movimientos rurales debemos prestar
atención a un proceso de radicalización o polarización
distinto: el que nace de las circunstancias sociales, agrarias o
políticas prevalecientes en la zona o región del alzamiento.
De la tensión extrema de estas circunstancias irán
surgiendo los movimientos armados rurales. A tales condiciones regionales
extremas se les puede llamar, ciertamente, antecedentes de los movimientos
armados.
Por
otra parte, y hablando aún en términos generales,
las guerrillas urbanas y las guerrillas rurales no suponen por necesidad
las mismas condiciones sociales de incubación ni de sostenimiento.
Por la naturaleza de su génesis, la urbana podría
suponer cauces suprarregionales (incluso internacionalistas) y una
movilidad mayor de sus células activas. Por su distinto origen,
la guerrilla rural suele ser regional y de movilización lenta,
puesto que se propone resolver o combatir conflictos propios de
una región y no fuera de ella. Por esto, cuando nos referimos
a los procesos de agravamiento de ciertas circunstancias sociales
como antecedentes regionales de un movimiento armado, podríamos
en el fondo señalarlos como posibles soluciones sociales
o políticas del movimiento. Estos antecedentes regionales
pueden considerarse, pues, como una de las facetas del alzamiento
rural.
No
suele verse con claridad la naturaleza regional de la guerrilla
y a menudo se le reconoce como una dimensión ambivalente.
Por un lado, surge el temor de que la guerrilla avance y se extienda;
por otro, la versión oficial insistirá en que se trata
de un conflicto que afecta a un reducido territorio municipal. En
el primer caso, se confunde la naturaleza de la guerrilla rural
con la de un ejército insurgente regular capaz de avanzar
en posiciones de combate y en captura de plazas. No es así,
no. La guerrilla rural no se extiende, no puede salir de su región.
Puede crecer en su región misma, ampliar su fuerza en la
región misma. También puede unirse a otros movimientos
armados regionales y lograr así, en cierto sentido, un crecimiento.
Pero tal crecimiento no logrará, en principio, extenderlo
fuera de las regiones iniciales de las bases con que se coordine
ni podrá caracterizarse como un avance territorial de un
ejército regular insurgente. Suponer que los movimientos
guerrilleros rurales pueden irse expandiendo a lo largo de un país
como una especie de incendio que se propaga o pudiera propagarse
sin control, sólo es posible por el desconocimiento de su
naturaleza regional.
Un movimiento
armado rural tiene su razón de ser en las circunstancias
de la región en que nace, independientemente de que una parte
de su núcleo armado pudiera provenir de otra zona, otra ciudad
o incluso otro país. La aceptación de las comunidades
para encubrir los núcleos armados expresa su naturaleza regional.
Una guerrilla rural no puede reproducirse en otras zonas en cuanto
movimiento inicial. Podría coordinarse con grupos armados
de otras regiones y sólo de esta manera convertirse en un
movimiento distinto, aunque aun así, arraigado a las regiones
a que cada grupo pertenezca. Por otra parte, las expectativas de
expansión territorial están latentes en distintas
etapas de los movimientos armados rurales, pero sólo se tornan
posibles dentro de la misma zona y cuando se supera la estrategia
militar que se propone contenerlos y sofocarlos. En otras palabras:
las medidas militares de contrainsurgencia se pueden proponer limitar
la expansión de los núcleos armados y de sus bases
sociales dentro de su región, pero no su reproducción
en diferentes regiones, puesto que eso no ocurre.
Ejemplifiquémoslo
con algunos alzamientos mexicanos. En 1974, la guerrilla de Lucio
Cabañas se había extendido ya en muchas zonas de la
sierra de Atoyac y de la Costa Grande; ese año intentó
en vano penetrar (y así salvarse) en la sierra de Tecpan.
El EZLN apareció como una fuerza fundamentalmente
posicionada en Las Cañadas, con bases sociales no armadas
pero susceptibles de ir facilitando progresivamente la expansión
del movimiento por otras regiones como Los Altos y el Norte de Chiapas.
Debemos entender que varias medidas militares han frenado la posibilidad
de esa expansión. Los tempranos conflictos de 1995 y 1996
en Sabanilla, Salto de Agua, Tila, Tumbalá y Chilón,
pongamos por caso, y más tarde, en 1997 y 1998, en Los Altos,
han sido, finalmente, un proceso complejo de polarización
social para frenar y obstaculizar esa posible expansión del
zapatismo. En el caso del EPR podemos colegir,
por las regiones donde aparecieron sus cuadros básicos, que
se integra como una coordinación de movimientos armados regionales
y que su presencia en varios estados del sur no significa, por tanto,
el avance territorial de un movimiento armado que es más
amplio, sino que permanece arraigado, contenido, en las regiones
iniciales de sus alzamientos.
La
aparente limitación territorial de los movimientos armados
rurales induce a adoptar como opción más efectiva
para frenarlos la represión militar y policiaca, sin prestar
atención a las circunstancias sociales de que se fueron nutriendo.
Las autoridades gubernamentales se proponen primero, pues, acorralar
y reducir las condiciones de movilidad y comunicación de
los núcleos armados. La aparente facilidad de su localización
y el alto grado de control que se puede tener sobre ellos mediante
un cerco militar que cada vez se cierre más en torno de los
territorios por los que esos núcleos se desplazan y obtienen
víveres, equipo, municiones o información, se convierte
de manera natural en el único y primer objetivo visualizable
en las operaciones contrainsurgentes. En otras palabras, las medidas
gubernamentales a menudo confunden la limitación propiamente
regional de los núcleos armados con la inexistencia de los
procesos de polarización social de la zona. Puesto que la
guerrilla rural no sale de su territorio, puede pensarse que ahí
se le sofocará tarde o temprano.
Esto
conduce a graves errores, particularmente para otra relevante dimensión
de estos conflictos: la recurrencia de las guerrillas rurales.
La dinámica
social no siempre asegura cambios a fondo en las zonas campesinas
de países como el nuestro, sobre todo si la población
predominante en ellas es indígena. Circunstancias de pobreza
extrema, discriminación, aislamiento, explotación,
despojos y una muy escasa o nula procuración de justicia
suelen volver a confluir y a polarizarse una y otra vez en ciclos
de pocos o muchos años en las mismas regiones. Las medidas
militares en estos casos suelen ser recurrentes también,
lo que se convierte en un poderoso indicador de su ineficacia como
solución social verdadera a mediano y a largo plazos.
La
recurrencia de los movimientos armados en zonas rurales debe entenderse
de manera distinta a la de la guerrilla urbana. Es posible distinguir
varios elementos concomitantes en el caso de la recurrencia de la
guerrilla rural en regiones específicas: lazos complejos
y firmes de parentesco a través de poblaciones numerosas
en selvas, montañas o costas; lazos también profundos
de idioma, cultura o religión en el caso de comunidades indígenas;
lazos naturales que la producción económica ejidal
o comunal puede establecer en las comunidades de que emanen los
grupos armados; lazos profundos entre las élites que ejerzan
la hegemonía económica o política en esas regiones.
La
perspectiva oficial tiende a reducir el movimiento guerrillero a
solamente el núcleo armado mismo y hace abstracción
de estos otros elementos concomitantes que en la zona de conflicto
representan los lazos sociales, culturales y políticos. Pero
reducir la causalidad de la guerrilla rural a un grupo armado específico
es insuficiente ante la recurrencia misma de los movimientos ar-mados
rurales. El EZLN en Chiapas y el EPR
en cuatro o cinco estados de la república son una muestra
de la reaparición y supervivencia de cuadros guerrilleros
rurales y urbanos que nacieron y actuaron varias décadas
atrás. Ambas organizaciones recalcan además su doble
naturaleza: la política y la militar. El EZLN
es el brazo armado del Comité Clandestino Revolucionario
Indígena (CCRI) y el EPR
el brazo armado del Partido Democrático Popular Revolucionario
(PDPR). Las bases sociales y políticas
no equivalen a los núcleos armados ni tienen un mismo origen.
Sí, parte de la estructura militar del EZLN
proviene de una guerrilla urbana surgida en estados del norte del
país a principios de la década de los setentas. Sí,
parte de la estructura militar del EPR proviene de cuadros guerrilleros
rurales y urbanos que han permanecido activos desde 1971 en varios
estados del sur del país. Pero el EZLN
y el EPR son, con sus bases políticas
y sociales, una demostración contundente no sólo de
la recurrencia de los movimientos guerrilleros en México,
sino de la ineficacia, insisto, de las medidas militares y policiacas
que el gobierno mexicano decidió tomar como única
opción en los años setentas.
En
otras palabras, para entender con mayor objetividad la génesis
y las soluciones posibles de un movimiento armado rural, debe aceptarse
que en él concurren al menos dos dinámicas diferentes:
la dinámica social de polarización que se desarrolla
y se expresa en circunstancias específicas regionales, y
la dinámica militar que se desarrolla y se expresa en la
conformación de la estrategia y los núcleos armados
de la guerrilla. De la claridad o confusión con que se entienda
un planteamiento así, se derivarán múltiples
acciones para solucionar o agravar un conflicto como el de Chiapas.
II
La primera
posibilidad de entender mal este planteamiento sería considerar
desvinculados el núcleo armado de la guerrilla y las condiciones
sociales en que se sostiene. Una segunda posibilidad riesgosa sería
considerar que el vínculo entre las condiciones sociales
y los núcleos guerrilleros es mecánico o sólo
casual y que no hay, por tanto, una integración profunda
entre la guerrilla y sus circunstancias regionales. En ambas interpretaciones,
la decisión gubernamental podría inclinarse fácilmente
por una acción policiaca o militar que sofocara al núcleo
armado sin modificar las circunstancias sociales de la región.
Es decir, "el restablecimiento del orden" no implicaría
modificar las condiciones sociales que quizás alteren más
profundamente el orden social por la injusticia y desigualdad económica,
política o cultural que ellas mismas entrañen.
Una
tercera forma de interpretar el planteamiento sería reconocer
que hay, en efecto, un vínculo entre los núcleos armados
y las condiciones sociales en que se incuban y sostienen. Con esta
interpretación estaríamos en posibilidad de considerar
a la guerrilla como un proceso social complejo y no como un fugaz
caso de delincuencia. Pero la interpretación no es simple,
ciertamente, pues requiere que reconozcamos las facetas de cada
una de las dinámicas y agregar la función del vínculo
mismo. Es decir, la naturaleza del vínculo entre el movimiento
armado rural y las condiciones sociales de polarización regional
se convierte ahora en un elemento primordial y quizás decisivo.
De la forma en que definamos este vínculo dependerá
que el planteamiento nos conduzca hacia una nueva vía para
comprender y solucionar estos procesos o que nos regrese a una visión
reduccionista que reafirme, con peligrosos matices, opciones solamente
policiacas y militares.
Reconocer
la dinámica social como uno de los componentes de los movimientos
armados rurales obliga, en principio, a programas gubernamentales
de desarrollo que solucionen o atenúen carencias sociales
de la zona. En ocasiones un reconocimiento así conducirá
a reformas municipales, agrarias, educativas o electorales. Pero
las características del campo mexicano impedirán que
la gama de posibilidades de cambio en una región de conflicto
sea amplia: tarde o temprano, tendrá que reconocerse como
prioritario el desarrollo efectivo, provisional o duradero, en áreas
agropecuarias o forestales, de salud y de educación. La atención
presupuestal se torna así indispensable y también
los criterios de operación. Un derrame presupuestal modesto
o abundante exige al menos aclarar dos principales puntos: primero,
las regiones a beneficiar; segundo, los grupos, organizaciones o
dirigentes que recibirán y administrarán oficialmente
los fondos.
Un gobierno
puede reconocer, pues, que se deben modificar o aliviar algunas
circunstancias críticas del deterioro social de una región.
Pero puede proponérselo para evitar cualquier surgimiento
de movimientos armados en ese instante y en el futuro, o aplicar
los programas de cambio y desarrollo social para eliminar a un movimiento
armado específico. No es lo mismo aplicar proyectos de desarrollo
pensando en un cambio social a profundidad y a mediano y a largo
plazos, que aplicarlos para doblegar de inmediato a un solo y concreto
grupo armado.
La
dinámica social podría atenderse regionalmente, por
ello, con programas efectivos de desarrollo de dos distintas maneras:
una, desplegando o incluso enfrentando los programas de desarrollo
a los movimientos armados; otra, aplicándolos paralelamente
a una negociación política. En el primer caso, los
proyectos de desarrollo se aplicarían como parte de una estrategia
de combate y aun de exterminio de los núcleos armados y sus
bases sociales. En el otro, se aplicarían como parte de una
acción coordinada de negociación política.
Una cosa sería la paz alcanzada por la negociación
y el cambio social. Otra cosa sería la paz alcanzada mediante
el exterminio de las bases sociales y los núcleos armados.
En este caso, de acuerdo con la experiencia mexicana, podríamos
afirmar que se estarían sentando de nuevo las condiciones
para la recurrencia de la guerrilla. Es aquí donde el conflicto
de Chiapas requiere de un nuevo replanteamiento, amplio y sereno.
III
La aplicación
de proyectos de desarrollo regional como parte de una estrategia
de combate adolece de limitaciones en muchos aspectos. La principal
es que no se aplican ni se sostienen por el desarrollo social mismo,
sino en función del sofocamiento de los núcleos armados
y de sus bases sociales. Ningún proyecto de infraestructura
económica, agraria, forestal, de salud, de comunicaciones,
será efectivo a largo plazo si nace como estrategia de guerra.
El
planteamiento que expongo responde a ciertas señales que
el gobierno mexicano comenzó a emitir con mucha claridad
y peligro desde mediados del año 1997, cuando el discurso
presidencial afirmaba que en Chiapas se habían superado ya
las condiciones sociales en que había surgido el EZLN.
Poco tiempo después, en el mes de julio de 1997, se dio a
conocer, con cierta reserva oficial, la Encuesta Nacional de Alimentación
y Nutrición en el Medio Rural 1996 (ENAL
1996). La encuesta señaló a Guerrero como el estado
con peores condiciones de vivienda, seguido de Veracruz, Oaxaca,
Puebla y Chiapas. Señaló como los estados con la menor
capacidad de gasto en alimentación, con menos de tres pesos
diarios por persona, a Chiapas, Guerrero, Hidalgo y Puebla. Indicó
que en el estado de Guerrero 53% de los jefes de familia y 55% de
las cónyuges jamás asistieron a la escuela y que en
Chiapas, Hidalgo, Oaxaca, Puebla y Veracruz ésta era la condición
de escolaridad de más de 40% de los padres y madres de familia.
Informó que en la Huasteca, en la Sierra Norte de Puebla,
en la Mixteca, en Tehuantepec y en el sur de Chiapas se presentaban
niveles de entre 55 y 62% de desnutrición; que en Guerrero,
Michoacán, Tlaxcala y el sur de Puebla la prevalencia de
desnutrición era superior a 55% y que ahí se incrementaron
de 16 a 25% las formas que la encuesta llama moderadas y severas.
Que en las comunidades no indígenas la prevalencia de desnutrición
en la población menor de 5 años era de 38.5%, en las
comunidades con presencia indígena era de 45.2% y que se
elevaba hasta 58.3% en las comunidades indígenas. Que de
acuerdo con uno de los indicadores, la desnutrición afectaba
a 50.9% de los niños de las comunidades no indígenas,
a 59.5% en las comunidades con presencia indígena y a 73.6%
de los niños de las comunidades indígenas.
Cuando
se difundió la encuesta, comenté que llamaba la atención
que en los estados más violentados por la desnutrición
como Guerrero, Oaxaca y Chiapas los movimientos armados rurales
estuvieran presentes y que la ocupación militar aumentara.
¿Había un vínculo estructural entre la guerrilla
rural y las condiciones extremas de pobreza?
¿El
Ejército debía convertirse en el único indicador
oficial de proyectos concretos a corto y a largo plazos?
Cuando
apareció el EPR en el vado de Aguas
Blancas señalé que la sierra de Guerrero, desde la
llamada Sierra de Atoyac hasta la que se conoce como Sierra de Tecpan,
era una de las regiones con más tradición de lucha
en México durante siglos. Referí que en los años
setentas dos movimientos campesinos se abrieron paso ahí
de manera cada vez más radical hasta convertirse en luchas
guerrilleras que mantuvieron al estado prácticamente bajo
ocupación militar durante diez años: la lucha encabezada
por Genaro Vázquez Rojas y la encabezada por Lucio Cabañas.
Fueron movimientos que se iniciaron primero con movilizaciones de
copreros y de campesinos en defensa de sus productos, predios, aserraderos
o comercialización de productos, pero que al momento de su
formación sufrieron siempre la represión inmediata:
a veces carcelaria, a veces sangrienta. En la estrategia de combate
contra estas guerrillas rurales se recurrió también,
como ahora en Chiapas, a la aplicación de diversos proyectos
de desarrollo regional. Con la ocupación militar aparecieron
créditos a la producción, alimentos, apoyos a la comercialización
de productos, carreteras, caminos de terracería, teléfonos,
electricidad. Pero formaban parte de una estrategia de combate y
se proponían un objetivo: la desaparición, el exterminio
de los movimientos armados. Cuando ese objetivo se alcanzó,
los programas de desarrollo desaparecieron.
Asombra
que después de las medidas militares no siguieran otro tipo
de medidas económicas, educativas, de infraestructura carretera
o de salud ¿Por qué se decidió no transformar
a Guerrero? ¿Por qué no se impulsó el progreso
social y económico de la sierra? ¿Por qué no
ver a la guerrilla como la fase armada y final de una violencia
social previa? No bastó con aniquilar los núcleos
armados de la guerrilla para que desaparecieran las necesidades
sociales y políticas de cambio en la región donde
fueron sofocados. El surgimiento del EPR veinte
años más tarde es un indicador de que algo falló
en esa estrategia de combate. Podemos adelantar ahora, paralelamente,
que tampoco la desaparición del EZLN
asegurará el desarrollo social de las zonas indígenas
de Chiapas ni cancelará en un futuro próximo el resurgimiento
de otros movimientos armados en la región.
IV
La dinámica
de la guerrilla en México es muy compleja y cambiante, porque
tanto comunidades como militares han recurrido a ella. Vicente Guerrero
luchó así durante la guerra de Independencia. Juan
Álvarez y Profirio Díaz alcanzaron estaturas heroicas
como guerrilleros durante la ocupación francesa. Desde el
siglo XVII hasta entrado el siglo XX
se designó a las guerrillas indígenas como sublevaciones
y revueltas. En algunos casos las guerrillas rurales recibieron
otro nombre: en Yucatán se habló de la Guerra de Castas;
en Sonora, de la Guerra del Yaqui; en el Bajío, de la Rebelión
Cristera. Algunos núcleos armados del EZLN
en Chiapas y del EPR en estados del sur se
explican, sólo en parte, por los movimientos guerrilleros
aparecidos en México después de la Revolución
Cubana.
He dicho
ya reiteradamente que México ha vivido en estado de guerra
de manera casi ininterrumpida al menos desde el amanecer del 23
de septiembre de 1965, cuando un grupo de jóvenes guerrilleros
quiso tomar por asalto el cuartel militar de Ciudad Madera, población
de la sierra de Chihuahua situada en los límites de la frontera
con el estado de Sonora. Señalo esa fecha por la continuidad
de las luchas armadas que vivió el país entero durante
los siguientes casi treinta años, aunque en la década
de los cincuentas el estado de Morelos fue escenario de otro importante
movimiento guerrillero encabezado por Rubén Jaramillo, movimiento
también de raigambre zapatista y de bases campesinas e indígenas.
Este guerrillero depuso las armas, fue amnistiado y poco después
asesinado arteramente por un grupo de soldados en los alrededores
de Xochicalco. El asesinato de Rubén Jaramillo fue uno de
los acontecimientos que más recordarían los grupos
armados de origen campesino e indígena y su nombre aparecería
ligado en décadas posteriores a varios movimientos de importancia,
fundamentalmente en el estado de Morelos, aunque relacionados en
distintos momentos con grupos como el Partido Revolucionario Obrero
Campesino Unión del Pueblo (PROCUP)
y el Partido de los Pobres (PDLP) de Lucio
Cabañas, antecedentes fundamentales del actual EPR.
A partir
del asalto en 1965 al cuartel militar de Ciudad Madera se inició
en diversas zonas de México una lucha de numerosos grupos
guerrilleros que alcanzó su fase más intensa durante
los años de 1971 a 1977. Estos movimientos no desaparecieron
del todo durante la década de los ochenta, puesto que varias
de esas agrupaciones intervinieron activamente en las zonas de las
cañadas de Chiapas y su trabajo de organización fortaleció
las bases que posteriormente serían del EZLN.
No es
posible, sin embargo, señalar una línea divisoria
clara entre los grupos propiamente armados y las organizaciones
populares activas, cambiantes y complejas que enarbolaron reivindicaciones
agrarias, magisteriales o sindicales. La insurrección armada
de Rubén Jaramillo fue resultado de la radicalización
de la lucha cañera en Morelos; los guerrilleros de 1965 en
la sierra de Chihuahua fueron resultado de la radicalización
de cierto grupo de un mucho más vasto y complejo movimiento
campesino que desde 1959 comenzó a manifestarse, cohesionarse
y extenderse por varias zonas de los estados de Sonora, Chihuahua
y Durango, algunos de cuyos líderes y organizaciones se mantienen
activos en nuestros días; los movimientos guerrilleros de
Genaro Vásquez Rojas y de Lucio Cabañas fueron resultado
de la radicalización provocada por la represión del
gobierno del estado de Guerrero y las fuerzas caciquiles que asfixiaban
demandas agrarias de la Costa Grande guerrerense y de la sierra
de Atoyac. Por lo tanto, debemos tomar en cuenta que organizaciones
armadas como las que acabo de enlistar han formado parte o se han
radicalizado al paso de movimientos sólo u originalmente
populares.
Debo
repetir que la dinámica de los dos principales tipos de movimientos
armados es sustancialmente distinta: los urbanos se nutren de cuadros
con una sólida formación ideológica que a menudo
acentúa entre ellos las diferencias de estrategia y de concepción
política, impidiendo la formación de un frente nacional
que aglutine todas sus fuerzas. Por el contrario, en el medio rural
los lazos familiares actúan como un poderoso factor de cohesión
que suple la impreparación ideológica. Los cuadros
urbanos actúan a través de células dotadas
con un movimiento independiente y clandestino; los cuadros rurales
actúan en función de lazos de parentesco, agrarios
o culturales predominantes en la región, sobre todo si hablamos
de zonas indígenas.
Conocemos
a grandes rasgos algunas de las numerosas fuerzas que han surgido
durante los últimos treinta años, pero seguimos careciendo
de la información suficiente para entender a profundidad
y con nitidez la conformación de los movimientos guerrilleros
de México desde 1965 hasta la fecha. El conflicto de Chiapas
no puede verse ni entenderse al margen de este complejo proceso
armado. Diversos grupos guerrilleros y también legales realizaron
trabajo político en ciertas zonas de Chiapas durante casi
catorce años ininterrumpidos, al final de los cuales se establecieron
los contingentes que formaron el EZLN.
Algunas
de las organizaciones armadas que contaron con bases en diversas
regiones del país fueron las siguientes: Mo-vimiento Revolucionario
del Pueblo, Partido de los Pobres, Asociación Cívica
Nacional Revolucionaria, Comando Urbano Lacandones "Patria
Nueva", Partido Revolucionario Obrero Clandestino Unión
del Pueblo (PROCUP), Frente Urbano Zapatista,
Unión Campesina Independiente, Movimiento 23 de Septiembre,
Liga Comunista 23 de Septiembre, Liga Comunista Espartaco, Frente
Revolucionario del Pueblo, Fuerzas Revolucionarias Armadas del Pueblo
y Fuerzas Armadas de Liberación. Éstas y una docena
más de organizaciones armadas contribuyeron a conformar un
panorama militar y político de México que aún
ahora es desconocido y que al parecer no saldrá a la superficie
del conocimiento histórico o periodístico en fechas
próximas.
El general
Mario Acosta Chaparro publicó en enero de 1990 el informe
Movimientos subversivos en México, con listados, gráficas
y análisis sucintos de la guerrilla mexicana durante algo
más de tres décadas. El general observa en la introducción
que:
Hasta
el año de 1981, los cuerpos de seguridad e investigación,
encargados de mantener un control sobre los factores subversivos
en el país, desempeñaron una labor de neutralización
efectiva, cuyos frutos fueron notorios y dignos de admiración,
ya que prácticamente fueron exterminados los focos de insurrección
que representaron un serio problema durante los años 1973
a 1977. En 1978, los principales dirigentes exiliados en Cuba
iniciaron pláticas sobre el tema de unificación
orgánica que en México nunca pudo efectuarse debido
a la intransigencia de sus representantes...
Esta
ausencia de coordinación nacional fue notoria, efectivamente,
en los movimientos armados de México, y su posibilidad preocupó
siempre a los servicios de inteligencia. El general Acosta Chaparro
lo advirtió así:
El
común denominador de la disidencia había sido el
afán competitivo de los diversos dirigentes de la misma
por trascender el ámbito político como los únicos
poseedores de la verdad doctrinaria. Esto explica la fragmentación
de la izquierda y, consecuentemente, la falta de arraigo de ésta
entre la población.
Desde
el momento mismo en que apareció el EZLN
los nombres de varias organizaciones armadas vinieron a colación.
Entre ellas, el del Partido de los Pobres y el del PROCUP,
particularmente por los sabotajes de los días 8 y 9 de enero
de 1994. El general Acosta Chaparro apuntó en su libro lo
siguiente:
En
lo que respecta al PROCUP, se puede decir
que es, quizás, la organización más peligrosa
en México, sobre todo por el tipo de actividades que lleva
a cabo en la clandestinidad, así como por la línea
violenta que lo caracteriza con el manejo de explosivos. Sus antecedentes
así lo manifiestan: actos de terrorismo y sabotaje contra
instalaciones militares, así como de oficinas y dependencias
de los gobiernos estatales y federal, incluyendo también
a empresas particulares en varios estados del país. Son
ocho años que no se tiene información fidedigna
de los miembros componentes de esta organización ni de
sus actividades. No obstante lo anterior, se conoció que
el PROCUP auxilió al Partido de los
Pobres (PDLP) a reorganizarse y lo ayudó
económica y políticamente para reubicar sus cuadros
de operación en el estado de Guerrero.
Este
tipo de acción lo relacionó con las demás organizaciones
que sentaron sus bases de operación en el estado de Guerrero,
para de ahí llevar acciones a todo el país, tales
como la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria
(ACNR) y la Asamblea Nacional Obrera, Campesina
y Popular (ANOCP), así como sus brazos
armados clandestinos Fuerzas Armadas de Liberación Nacional
(FALN) y las Fuerzas Revolucionarias Armadas
del Pueblo (FRAP), respectivamente.
El
PROCUP actúa en todo el país
como organización clandestina y a últimas fechas ha
hecho circular folletos en centros de estudios dando a conocer sus
propósitos de actuar bajo la tendencia denominada GPP
(Guerra Popular Prolongada).
En "Cronología
y análisis de los sucesos en Chiapas y a nivel nacional"
del libro Lucio Cabañas 20 años después,
coordinado por Felipe Edgardo Canseco, los integrantes del PROCUP
mismo describieron de la siguiente manera sus operativos de los
días 8 y 9 de enero de 1994:
El
Partido Revolucionario Obrero Clandestino Unión del Pueblo
(PROCUP) y el Partido de los Pobres (PDLP)
realizan acciones de hostigamiento político militar en
solidaridad con el EZLN y en demanda de
que cesen los bombardeos en Chiapas y se respete a los prisioneros
de guerra. Colocan un vehículo con explosivos en el estacionamiento
de un importante centro comercial, lanzan proyectiles tierra-tierra
contra instalaciones del Campo Militar N°1 de la ciudad de
México, hacen detonar explosivos en el palacio municipal
de Acapulco, Guerrero, asimismo dañan torres de conducción
de energía eléctrica en Cuautitlán y Texcoco,
Estado de México, y realizan un sabotaje contra el oleoducto
de Petróleos Mexicanos (PEMEX) en
Tula, Hidalgo... En el estado de Guerrero, policías y militares
peinan varias regiones de la Costa y la Montaña, ante la
eventual aparición de grupos insurgentes del Partido Revolucionario
Obrero Clandestino Unión del Pueblo (PROCUP)
y del Partido de los Pobres (PDLP).
En
febrero de 1995 el gobierno mexicano difundió la noticia
de que el EZLN era una derivación de
un grupo guerrillero anterior llamado Fuerzas de Liberación
Nacional (FLN), surgido años atrás
en el norte del país. Las FLN eran
ya conocidas por inteligencia militar: se formaron el 6 de agosto
de 1969 y sus principales dirigentes eran Flavio César Yáñez
Muñoz, alias "El hermano Pedro" o "Manuel",
y Alfredo Zárate Mota, alias "Salvador" o "Santiago".
En Movimientos subversivos en México el general Mario
Acosta Chaparro escribió lo siguiente sobre ellos:
El
día 20 de julio de 1971 tienen un enfrentamiento a tiros
con elementos de la Policía Judicial, cuando estableció
una vigilancia en Vista Ocaso, en la colonia Lindavista de Monterrey,
habiendo resultado herido un elemento de la policía judicial;
se decomisaron en el interior del inmueble vehículos, armamento
y documentación. Tenían establecidas sus zonas de
operaciones en los estados de Veracruz, Puebla, Tabasco, Nuevo
León y Chiapas.
El
14 de febrero de 1974, en una granja ubicada en Nepantla, estado
de México, resultaron muertos en un enfrentamiento con
la policía algunos miembros de esta organización,
entre los cuales se pudieron identificar a Mario Sánchez
Acosta "Manolo", Alfredo Zárate Mota "Santiago"
o "Salvador", uno al cual únicamente se le conoció
con el seudónimo de "Gabriel", Deny Prieto Stock
"Ma. Luisa" y Carmen Ponce Custodio "Sol"
o "Carmita".
Sin
embargo, por distintas razones, tanto el ejército como el
obispado de San Cristóbal de las Casas tenían una
memoria particular de los grupos que en el pasado inmediato de Chiapas
podrían explicar la aparición del EZLN.
Parte de esos antecedentes, o mejor, de los grupos inmediatamente
anteriores a la movilización que después se conocería
como EZLN, se habían incorporado ya,
de manera destacada, en el gobierno federal. A mediados de los años
setenta ciertas brigadas de activistas políticos del norte
del país se extendieron al estado de Chiapas a invitación
del obispado de San Cristóbal de las Casas: los líderes
fueron amigos cercanos a Carlos Salinas de Gortari y particularmente
a su hermano Raúl. Tres instituciones fundamentales de México
tenían, pues, antecedentes y fuentes de información
propios sobre estas brigadas: el Ejército, la Iglesia y la
Presidencia de la República.
Aunque
nunca se expresó oficialmente, desde la aparición
del EZLN privó al interior del Ejército
una enorme desconfianza frente a la Iglesia. El análisis
de la composición del EZLN en los primeros
días de 1994, que en algunas entrevistas con periodistas
expresó el Comandante de la Séptima Zona Militar de
Chiapas, el general Miguel Ángel Godínez, fue, sin
embargo, cuidadosa y clara:
Pienso
que es un grupo de individuos preparados en cuestiones de guerra,
bien entrenados y bien armados. Sin embargo, creo que el grupo
con estas características es pequeño. Hay después
otro grupo, al cual estas personas han tratado de arbitrear y
llevado a lugares cercanos a las poblaciones o dentro de la selva
para darles instrucción militar; este grupo es más
numeroso que el primero y cuenta con armas, creo yo, de bajo calibre.
Y hay otros grupos que realmente son los simpatizantes, los vecinos
de las localidades alrededor de donde se encuentran estas personas
y que en su mayoría no cuentan con armas directamente,
aunque tienen simpatía por estos individuos.
El
esquema del general Miguel Ángel Godínez sigue un
ordenamiento estrictamente militar, muy útil para nuestro
análisis. Se sustenta en la descripción de un núcleo
armado principal y de otro subordinado. Entre ambos grupos y las
comunidades simpatizantes no hay vínculo aparente de causalidad
social. El núcleo con preparación militar y mejores
armas constituye la explicación básica del alzamiento
y se convierte, por tanto, en última instancia, en el enemigo
a contener y vencer. Este núcleo principal, que puede ser
incluso extraño a la región, domina a un segundo grupo,
al que recluta, instruye y disciplina. Este segundo grupo con insuficiente
instrucción militar y mal armado constituye el primer cordón
de resguardo del núcleo principal. El segundo cordón
de resguardo lo constituyen las comunidades que simpatizan con ellos.
Esta simpatía no aparece explicada por circunstancias de
polarización social de la región. Es una simpatía
que podría explicarse de otras maneras: con la intervención,
por ejemplo, de la Diócesis de San Cristóbal de las
Casas y la teología de la liberación. Así se
desplaza la naturaleza social del vínculo de las comunidades
de la región con la guerrilla a una estrategia catequística.
Podemos deducir esto por múltiples señales. Veamos
sólo una.
A finales
del año de 1976 el obispo Samuel Ruiz viajó a la comarca
lagunera para apoyar como mediador a la diócesis de Torreón.
El gobernador de Coahuila había ordenado arrestar a algunas
decenas de campesinos que en demanda de tierras habían bloqueado
los accesos a San Pedro de las Colonias. Entre los detenidos se
hallaba el sacerdote José Batarse, eje de la negociación
que planteaba el gobernador: si dejaba la diócesis de Torreón,
quedarían en libertad todos los detenidos. Para el gobernador
era claro que el padre Batarse ejercía un gran ascendiente
sobre un nutrido grupo de sacerdotes que participaban en ciertas
brigadas de acción política de una organización
llamada Línea Proletaria, derivada a su vez de otra más
amplia, denominada Política Popular, que desde los inicios
del movimiento estudiantil de 1968 había ido formando primero
sus postulados de acción ideológica y luego brigadas
activas en varias zonas de Durango, Sonora y Michoacán y
en ciudades como Torreón, Monterrey y Monclova. Durante ese
viaje de 1976, Samuel Ruiz tuvo contacto con los cuadros de Línea
Proletaria y, a invitación suya, después de septiembre
de 1977, los brigadistas comenzaron a trabajar en Chiapas, en la
región de las Cañadas, al lado de la línea
pastoral propia de la diócesis de San Cristóbal de
las Casas, con el fin de fortalecer la organización social
y no sólo la catequística, de las comunidades.
En
sus orígenes, Política Popular aglutinó a estudiantes
de varias instituciones de enseñanza superior, particularmente
de la Universidad Nacional Autónoma de México y del
Instituto Politécnico Nacional. Un grupo determinante en
el futuro de la organización provino de la Escuela Nacional
de Economía y de la Facultad de Ingeniería. Adolfo
Orive, hijo de Adolfo Orive Alva, Secretario de Recursos Hidráulicos
durante el gobierno de Miguel Alemán, fue la cabeza ideológica
y financiera; cursó un posgrado en la Escuela Normal Superior
de París y su ideología maoísta se estructuró
a partir de la orientación de su asesor, Charles Bettelheim,
y de sus investigaciones sobre la Revolución Popular Cultural
China.
El sábado
17 de septiembre de 1977 Adolfo Orive se reunió en la vicaría
de la diócesis de San Cristóbal con los sacerdotes
que trabajaban con Samuel Ruiz; una semana después llegaron
los primeros once brigadistas de Línea Proletaria a Chiapas.
Pero en el transcurso del primer año, empero, la polarización
entre los cuadros de Línea Proletaria y el obispado fue en
aumento hasta la ruptura violenta. Samuel Ruiz expulsó prácticamente
a las brigadas de Línea Proletaria. Empleo la palabra expulsión
porque es la que más se aviene con el recuerdo que varios
brigadistas tienen de esa ruptura y de su salida de Chiapas. No
todos lo vieron como una discrepancia entre la línea pastoral
y la organización política, pues a menudo los cuadros
preparados por la línea pastoral eran los mismos que encabezaban
las organizaciones sociales y agrarias en la demanda de tierras
y de regularización de su tenencia.
Tengamos
en mente que se prepararon, por la línea pastoral, a ocho
mil catequistas y a cuatrocientos diáconos que actuaban en
más de dos mil quinientas comunidades indígenas de
la diócesis. Los diáconos o tuhumeles podían
administrar ciertos sacramentos, particularmente el del matrimonio,
y a menudo eran los líderes de las organizaciones campesinas.
Los mismos cuadros de catequistas se convertían naturalmente
en las bases de acción de Línea Proletaria, por lo
que pronto la discrepancia empezó a mostrar su principal
factor: el deslinde de autoridad en esos grandes e importantes cuadros
de masas. La acción pastoral de la diócesis y la acción
política de los brigadistas invitados convergieron durante
algunos años en el fortalecimiento de organizaciones campesinas,
de cuadros activos en comunidades y de ciertos métodos de
acción rápida que el EZLN utilizaría
después, como el de la construcción previa de estructuras
de viviendas y su desplazamiento sigiloso para "edificar"
súbitamente, de la noche a la mañana, un poblado o
un campamento en terrenos disputados por las comunidades o las organizaciones
agrarias.
La expulsión
marcaría, en la memoria de quienes ya en ese momento eran
amigos cercanos de Carlos Salinas de Gortari, el deslinde de poder
como elemento básico de esa ruptura y el predominio indiscutible
del obispo Samuel Ruiz. Una premisa natural para los ex brigadistas
de Orive en Chiapas sería la de que el ingreso de los cuadros
que se convirtieron en el EZLN estaría
determinado sólo por la decisión del obispo.
Una
interpretación así se avenía perfectamente
con el esquema de interpretación militar planteado desde
los primeros meses de 1994 por el general Miguel Ángel Godínez
y revelaba, a otro nivel, un nuevo cordón de resguardo del
núcleo armado principal, que vendría a convertirse,
dentro del esquema militar, en el vínculo real, no social,
sino político, de ese grupo armado.
El planteamiento
militar desconoce la causalidad social y toma como única
explicación del alzamiento al núcleo armado principal.
Este núcleo recluta a muevos milicianos y se granjea la simpatía
de las comunidades. Pero un núcleo armado que incursiona
de esa manera en una región debe responder a intereses suprarregionales
y contar con un apoyo político fuera de esos dos cordones
visibles de resguardo. El razonamiento militar prosigue planteándose,
entonces, la pregunta de quién o de dónde se sostiene
ese grupo. Como no hay vinculación social, la respuesta debe
conducir a otro grupo invisible. Ese posible grupo oculto sólo
puede provenir de tres sitios: del gobierno, de la Iglesia o del
narcotráfico. Ahora, después de cuatro años
del alzamiento del EZLN, sabemos que la respuesta
elegida en el análisis militar fue la Iglesia.
Así
pues, para adentrarse hasta los linderos del núcleo armado
principal, debía desarticularse primero el apoyo de ese grupo
invisible. La desaparición de la Conai y la presión
y neutralización de muchos cuadros de la diócesis
de San Cristóbal de las Casas era un paso necesario en la
lucha contra el alzamiento. Ese paso se ha dado.
El otro
paso debía asegurar la desarticulación de los grupos
o comunidades simpatizantes. Este paso se está dando también,
de manera compleja y desgarradora. Pero con este paso, además
de intensificar en el conflicto actual los enfrentamientos armados,
se están sentando las bases para alzamientos futuros.
Debo
repetir que la guerrilla campesina e indígena crece bajo
el silencio cómplice de una región entera. Un puñado
de hombres armados no podría sobrevivir sin el apoyo de esta
red familiar de las zonas indígenas. Los núcleos armados
o con preparación militar no son sino la punta de un iceberg.
Los extensos y complejos lazos familiares penetran poblados y rancherías
con un sistema de comunicación que al Ejército le
es imposible descifrar o anticipar sin recurrir al arrasamiento
indiscriminado. Este soporte indígena y campesino del guerrillero
es el circuito que los ejércitos se proponen desactivar.
Y es el rasgo que la oficialidad política en turno se niega
a aceptar, pues la más cruenta de las respuestas militares
se ha dado al sofocar estas guerrillas campesinas o indígenas.
La barbarie, el asalto a poblaciones enteras, el arrasamiento de
territorios, de rancherías o de pequeñas comunidades,
millares de familias desplazadas, ha sido la respuesta ominosa que
los ejércitos y los gobiernos han dado a estas insurrecciones.
A la
labor de masas o al convencimiento de comarcas enteras que apoyan
la insurrección guerrillera, la respuesta militar opone el
arrasamiento de pueblos, el cerco asfixiante para el traslado de
víveres, medicinas y personas, y la violación indiscriminada
de derechos humanos. Es la secuela que tras los guerrilleros han
dejado los ejércitos de todo el mundo. Detrás del
núcleo guerrillero hay millares de ancianos, de niños,
de hombres y mujeres silenciosamente cómplices o activamente
proveedores de información, alimento, rutas, ropa, armas,
medicinas, correspondencia. La guerra tiene que ir contra ellos.
V
Pero,
¿quiénes son ellos?
¿Qué
razones podrían tener para simpatizar con el EZLN?
Sobre todo, ¿qué significa que sean indígenas?
He explicado
en varios momentos que no estamos preparados para saber qué
no es indígena o qué sigue siendo indígena.
La cultura es un entramado complejo que va abarcando alimentación,
parentesco, valores morales, formas de ver el mundo.
Los
que no somos indios hemos hablado siempre de los indios, hemos tratado
de decir qué son, qué no son, cómo son, qué
piensan, qué no piensan. No sabemos todavía en qué
medida México es indígena, en qué medida la
espiritualidad indígena ha estado ganando terreno con el
paso del tiempo en lugar de estarlo perdiendo.
Para
los indios la tierra no es algo inerte, sino un ser vivo, y el hombre,
o mejor, los pueblos indios, están al servicio del mundo.
La tierra, los manantiales, los ríos, las lluvias, las siembras
y las cosechas representan procesos de entidades vivientes en el
mundo visible e invisible que las comunidades tienen que recorrer
día con día. Cada una de las etapas del proceso agrícola,
cada una de las señales que la tierra, los insectos, las
condiciones atmosféricas o la lluvia significan para la vida
fecunda del campo, abren una oportunidad de comprender la vida de
las cosas de manera deslumbrante y al mismo tiempo secreta. Su relación
con el mundo es una relación entre seres vivientes. De aquí
que la comprensión que los pueblos indígenas de México
tienen de sus compromisos con la tierra sea sustancialmente distinta
a la nuestra.
Para
el Occidente es obvia la calendarización de la historia:
creemos que lo que ha ocurrido una vez ocurrió sólo
en ese momento y que nada tiene que ver con el momento siguiente.
Para la cultura indígena el tiempo tiene otra naturaleza,
otra rapidez (u otra lentitud quizás), y es uno de los secretos
de la resistencia cultural y de la capacidad combativa de esos pueblos.
Para ellos el pasado se encuentra en otra dimensión que sigue
coexistiendo con el presente. La memoria indígena es un proceso
de revitalización del pasado. Las festividades, las danzas,
los rezos, la tradición oral, son la fuerza de una memoria
que se comunica con esa otra dimensión en que las cosas siguen
vivas. Por ello, cuando hablan de Emiliano Zapata, o de héroes
de la remota Conquista, de la Independencia o del siglo XIX,
están hablando de una fuerza que se mantiene viva. En esa
otra dimensión del mundo el tiempo no transcurre, o es simultáneo,
y por ello el pasado convive con lo que estamos viviendo ahora.
Así sucede con la memoria de sus luchas agrarias.
En el
proceso electoral de Chiapas en el año de 1936 resultó
gobernador electo el candidato cardenista Efraín Gutiérrez,
pero el gobernador en funciones en ese momento, antiagrarista y
de filiación callista, el general Grajales, se rehusó
a entregarle el poder. El Senado de la república depuso de
inmediato al gobernador rebelde. Así empezó el agrarismo
en Chiapas. En el Soconusco y la sierra sur se repartieron fincas
y se crearon ejidos. En el norte, entre los choles, se expropiaron
fincas de norteamericanos y alemanes, como la de El Triunfo; el
dirigente chol más recordado y ya elevado a la categoría
de leyenda fue Manuel Guzmán, apodado Manuel Sol. En Los
Altos, donde los tzotziles empezaron a recuperar sus tierras, el
organizador fue don Erasto Urbina.
En
una obra teatral de los escritores tzotziles y tzeltales de Sna
Jtzibajom (La Casa del Escritor) de San Cristóbal de
las Casas, Batik ta Pinka (¡Vámonos a la
finca El Paraíso!), don Erasto Urbina es el personaje
central para descubrir y oponerse a las condiciones de esclavitud
a que eran sometidos los trabajadores indígenas en las fincas
cafetaleras. Otra obra de estos mismos autores, también escrita
en tzotzil, Skotol ta skotol (De todos para todos),
se refiere a los levantamientos armados indígenas de Chiapas,
particularmente en homenaje al del 1 de enero de 1994; en ella interviene,
hacia el final, un personaje mítico, que en otros relatos
de tradición oral se enfrenta en combate contra los ejércitos
del gobierno: Juan López, héroe o rey indio entre
los tzeltales. Otras obras colectivas, como Svokol chonetik loil
ta batzi kop (El sufrimiento de los animales)
y Yorail Mayaetik (Tiempo de los mayas) se refieren
al proceso irregular de colonización de la selva lacandona.
Tal
proceso de colonización puede verse desde diferentes perspectivas.
Una de ellas, importante para nuestro tema, es el agrario. Retomaré
aquí, de uno de los libros que he publicado sobre el tema,
algunos datos relevantes, en particular la superposición
de decretos presidenciales que afectaron territorios de la selva
lacandona desde el año de 1966 hasta la fecha. La construcción
de hidroeléctricas, el empobrecimiento de la tierra, el crecimiento
demográfico, la posibilidad legal de solicitar dotaciones
de tierra para fundar ejidos, la explotación del petróleo
e incluso la erupción de volcanes motivaron el desplazamiento
de choles, tzeltales, tzotziles y tojolabales hacia las zonas de
las Cañadas. Las migraciones iniciadas desde la década
de los cuarenta y cincuenta fueron tratadas durante el gobierno
de Gustavo Díaz Ordaz con un ánimo consecuente: mediante
un decreto presidencial se dotaría legalmente de tierras
a familias que se asentaban en la selva en zonas de colonización.
El
siguiente presidente frenó ese decreto en marzo de 1972 con
otro, conocido como Decreto de la Comunidad Lacandona, mediante
el cual reintegraba 614 mil 321 hectáreas a 66 familias de
lacandones, es decir, casi media selva. Este nuevo decreto afectó
aproximadamente a casi cuarenta comunidades de choles, tojolabales,
tzeltales, tzotziles y zoques que estaban asentados ya en la selva
y que tenían años tramitando la formalización
o la ampliación de sus dotaciones de tierra. El presidente
Díaz Ordaz había decretado que se les diera posesión
legal de las tierras; el nuevo decreto cancelaba el derecho de esas
comunidades a poseerlas y aparentemente las devolvía a los
lacandones.
El cambio
fue beneficioso para ciertos empresarios que contrataron con los
"verdaderos" dueños de la selva el derecho a explotar
los recursos maderables de caobas y cedros durante diez años
a razón de 35 mil metros cúbicos de madera al año,
sin estipular precio fijo. La Compañía Forestal Lacandona,
S.A., apoyada por Nacional Financiera, se dedicó a expulsar
de la propiedad de los lacandones a todas las comunidades asentadas
en esos territorios. Esta expulsión o "reubicación"
de familias que habían sido ya expulsadas años atrás
por las presas o el hambre fue el inicio de un complejo proceso
político que transformó la vida de las Cañadas
a costa de despojos, explotaciones y enfrentamientos de comunidades
que con el tiempo serían la base social fundamental del EZLN.
En 1979, un nuevo presidente decretó la Reserva Integral
de la Biósfera de Montes Azules, afectando otra vez territorios
de las Cañadas y de la Comunidad Lacandona, lo que provocó
una nueva necesidad de reubicar poblaciones enteras. Los gobernadores
que se sucedieron en Chiapas no pudieron o no quisieron resolver
a fondo los conflictos originados por la superposición de
decretos presidenciales contradictorios, sobre todo porque estos
conflictos se intensificaron por el crecimiento demográfico
de las comunidades que solicitaban ampliaciones o nuevas dotaciones
y porque los gober-nadores del estado mostraron preferencia por
los grandes propietarios y ganaderos en detrimento de las comunidades
indígenas.
Para
controlar y detener el impulso de estas comunidades emplearon recursos
variados, principalmente el de provocar la división entre
las propias comunidades indígenas mediante tres procedimientos
esenciales: apoyando la formación o el fortalecimiento de
agrupaciones cercanas a organismos gubernamentales, permitiendo
la consolidación de guardias privadas en las fincas y estancias
ganaderas y, finalmente, presentando a las organizaciones independientes
como invasoras o mediatizadoras de los derechos agrarios de otras
comunidades. Particularmente represivo y conflictivo fue el periodo
que corrió de finales de los setenta a finales de los años
ochenta. Por ello quizá fue el periodo en que las comunidades
de las Cañadas y de los Altos aprendieron a pensar, actuar
y organizarse de una manera nueva con los cuadros religiosos de
la diócesis de San Cristóbal de las Casas, con los
miles de catequistas que reflexionaban también de manera
distinta sobre su propia condición indígena y con
las brigadas que intentaron actuar entre los nuevos colonos de la
selva primero como Unión del Pueblo, después como
Línea Proletaria y luego como EZLN.
El escalonamiento
de los decretos presidenciales culminó en 1992, ya no con
otro decreto, sino ahora con la reforma al artículo 27 constitucional,
que aseguró la propiedad privada agraria eliminando las secciones
del artículo que permitía a las comunidades solicitar
el reparto de tierras y autorizando, además, que las tierras
ejidales pudieran legalmente comprarse, venderse o usarse como garantía
de créditos, a fin de que las empresas privadas, con nuevas
asociaciones entre capitalistas y propietarios, pudieran comprar
tierras ejidales de acuerdo con nuevos límites legales, dando
como resultado que una empresa con treinta accionistas pudiera incrementar
treinta veces su propiedad a partir del límite individual.
Es decir, se sentaron las bases para legalizar los latifundios familiares
o corporativos que ochenta años atrás la Revolución
Mexicana se había propuesto combatir (aunque, ciertamente,
no en Chiapas).
La
falta de solución a las viejas y numerosas peticiones de
tierra, que en México denominábamos rezago agrario,
afectaba a las comunidades indígenas de Chiapas de distintas
maneras. Primero, porque se trataba del estado con mayor rezago;
segundo, porque la carencia de títulos definitivos de propiedad
aumentaba la posibilidad de desalojo por parte de terratenientes
o de asociaciones campesinas oficialistas; tercero, porque impedía
otorgamientos de crédito. En un estudio de Maria Eugenia
Reyes Ramos, El reparto de tierras y la política agraria
en Chiapas, se comprueba que los mecanismos oficiales frenaron
siempre las aspiraciones agrarias de las comunidades de la selva.
Por ejemplo, 79 comunidades tuvieron que esperar más de 20
años para que se les entregara la tierra solicitada. Otras
66 tuvieron que esperar entre 20 y 39 años la respuesta a
sus demandas de tierra en las modalidades de dotación y de
ampliación. La comunidad El Paraíso, en Margaritas,
tuvo que esperar 40 años; El Nopal, en Ixtapa, 42 años;
Tamaulipas, ahora Joaquín Amaro, en Pijijiapan, 43 años;
Las Delicias, en Trinitaria, 45 años; la comunidad de Santa
Rosa, hoy Morelos, en Tonalá, 46 años, y El Letrero,
en Siltepec, 53 años.
Esto
contrasta con la celeridad de los trámites resueltos a favor
de terratenientes. Por ejemplo, durante el gobierno del general
Absalón Castellanos Domínguez se otorgaron en Chiapas
7 mil 646 certificados de inafectabilidad que ampararon un millón
142 mil 881 hectáreas predominantemente ganaderas. Contrastes
así aclaran que uno era el gobierno para finqueros y otro
para las comunidades indígenas, muestran la violencia social
que no se toma en cuenta cuando aparece la violencia armada en las
comunidades. Descalificamos los movimientos armados campesinos reduciendo
sus causas e identificándolas con individuos que una vez
aniquilados darían como consecuencia lógica la extinción
del movimiento. Cuando descubrimos que la insurrección era
resultado de la confluencia de una misma actitud en comunidades
enteras, entre poblados enteros, casi siempre es demasiado tarde.
En algún
momento de noviembre y diciembre de 1996, el gobierno mexicano tomó
decisiones firmes en cuatro sentidos: no reconocer los Acuerdos
de San Andrés Larráinzar, no reanudar el diálogo
de paz, continuar y extremar el cerco militar en las Cañadas
y no frenar el surgimiento de grupos paramilitares en diversas zonas
del norte y de los Altos de Chiapas. En estas decisiones fueron
seguramente determinantes ciertos enfoques políticos y militares
que desde los meses finales de 1994 habrían madurado y desarrollado
las premisas que ya eran visibles en las primeras exposiciones del
general Miguel Ángel Godínez. La decisión esencial
del gobierno mexicano fue, pues, militar.
El primer
y más evidente objetivo tenía que ser el de reducir
la naturaleza política y social del EZLN
a solamente su capacidad de fuego. El cerco militar en las Cañadas
era el recurso efectivo para neutralizarlo; en términos militares,
el EZLN se convertía en un enemigo
vencido; no había razones para negociar con él. En
términos regionales, los grupos paramilitares bloquearían
el desarrollo y la movilización de las bases sociales zapatistas
en el norte y en los Altos de Chiapas. Ambos recursos eran suficientes,
los únicos, para asegurar el desgaste militar y social del
EZLN. Su desgaste militar se conseguiría
con el Ejército; el social con los grupos paramilitares y
las luchas intercomunitarias. Restaba tan sólo planear el
desgaste político del EZLN. Esto requería
de otros elementos coyunturales. Pero el desgaste social mediante
los grupos paramilitares (o grupos de autodefensa, según
los llama técnicamente el Ejército o se autodenominan
organizaciones como Paz y Justicia) es lento, desgarrador y de efectos
devastadores. Puede abrir heridas más severas y prolongarse
más tiempo. La masacre de Acteal es solamente un ejemplo
extremo y público. El desgarramiento social es diario e incesante.
Ahora, con la desaparición de la Conai, con la expulsión
masiva de observadores nacionales e internacionales, además
del cerco militar en las Cañadas hay un cerco nuevo: la privacidad
para el socavamiento de comunidades zapatistas mediante grupos paramilitares.
Durante
varios años las autoridades mexicanas expresaron reiteradamente
en foros nacionales e internacionales que el conflicto provocado
por la aparición del EZLN se reducía
a cuatro municipios de Chiapas. Ahora sabemos que la estrategia
militar para sofocar al EZLN y a sus bases
sociales extendió la violencia armada a veintisiete municipios
a través de por lo menos nueve grupos paramilitares y que
el Ejército mismo amplió su radio de acción
a 66 de los 111 municipios que componen el estado. Uno entre varios
documentos, Chiapas, la guerra en curso, que el Centro de
Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez, A.C. publicó
el mes de febrero de 1998, ubicó en cuadros descriptivos
cada una de las fuerzas paramilitares, los municipios, comunidades
y poblados donde actúan, las armas con que cuentan, los nombres
de algunos de sus integrantes y dirigentes, los nombres de las instituciones
gubernamentales o de las personalidades políticas que los
apoyan y, por supuesto, varias de las acciones criminales cometidas.
Estas
organizaciones paramilitares se extiendan por muchas regiones de
Chiapas. Por ejemplo, el Tomás Munzer en la zona de la selva
(Oxchuc, Ocosingo y Altamirano), el Movimiento Indígena Revolucionario
Antizapatista en las Cañadas y norte de la selva (Las Margaritas,
Oxchuc, Huixtan, Altamirano, Ocosingo, Sitalá, San Juan Cancuc),
Paz y Justicia y Los Chinchulines en el norte de la selva (Tila,
Sabanilla, Tumbalá, Salto de Agua, Palenque, Yajalón,
Chilón, Ocosingo, Venustiano Carranza), Alianza San Bartolomé
de los Llanos y Fuerzas Armadas del Pueblo en los valles centrales
(Venustiano Carranza) y Máscara Roja en Los Altos (Chenalhó,
Larráinzar, Chamula, Pantelhó) y más recientemente
Los Puñales, en Amatenango del Valle y Comitán. Por
otra parte, el documento describe y enlista más de doscientos
operativos del Ejército mexicano efectuados en numerosos
municipios de Chiapas entre el 22 de diciembre de 1997 y el 2 de
febrero de 1998. Ninguno de ellos se propuso frenar, desarticular
o desarmar a los grupos paramilitares. El curso de la guerra está,
pues, al descubierto.
La
guerra es un proceso con muchos recursos y facetas. La planeación,
organización, sostenimiento y desarrollo de la guerra no
son asuntos simples, sino de imaginación, oportunidad, decisión,
inteligencia. La guerra no siempre tiene el rostro descubierto.
Inventa discursos, imagina causas y explicaciones, cambia los nombres
de las cosas. La guerra no siempre aparece diciendo que su nombre
es ése.
La guerra
dice que ella no mata ni amenaza ni quema ni destruye; son los otros,
son los pueblos mismos quienes se enfrentan y combaten entre sí.
Conforme la violencia crece en regiones elegidas, ella argumenta
que esa violencia la generan las propias comunidades y justifica
su intervención como fuerza de pacificación entre
todas las partes. Queda al margen de los pueblos mismos. Se presenta
como el único factor que puede resolver esas luchas intercomunitarias.
Pero incluso durante el despliegue de sus facetas económicas
y de progreso, la guerra necesita de privacidad. Quiere a solas
inventar cómo ocurren las cosas, insiste en que la versión
de la realidad que ella socava provenga sólo de ella misma.
Nadie más debe acercarse a mirar. La privacidad es importante.
Puede así disponerse a aniquilar a solas al último
núcleo, al enemigo. Puede y exige prescindir de cualquier
mediación. Puede exigir un diálogo directo con el
enemigo acorralado. Pero el costo social de devastar a incontables
comunidades indígenas que simpatizan con el EZLN es aterrador
y desmesurado. Habrá que atacar después al segundo
grupo que describió el general Miguel Ángel Godínez,
un grupo con insuficiente instrucción militar y mal armado.
Habrá luego que aniquilar al núcleo principal y bien
armado.
¿Es
justo el costo de vidas humanas y culturas y millares de familias
desplazadas en uno de los estados con mayor desnutrición
indígena en México para aniquilar militarmente a un
grupo armado? No, no es posible aceptarlo ni matizarlo. Se está
alentando una violencia incontrolable actual y apuntalando las bases
de una violencia guerrillera mayor a largo plazo.
Más
de cincuenta mil efectivos militares en Chiapas durante cuatro años
no podían permanecer quietos como las aguas de un estanque.
Su presencia obligó a decidir una estrategia militar clara
en acciones. Avanza la guerra diciendo que es pacificación.
Va ganando un terreno que no es simple ni fácil. Es el momento
de que todos sepamos que se trata de una guerra. Propongo que esto
lo sepamos todos más allá de la cúpula del
poder que la decide y permite. Es el momento de comprender que tenemos
que frenar la guerra. No de creer que el diálogo se ha interrumpido,
no, sino de entender que debemos frenar la guerra.
_________________
*Este ensayo forma parte del libro La guerrilla
recurrente que publicará proximamente la Universidad
Autónoma de Ciudad Juárez en la Serie Alebrijes
de sus Cuadernos Universitarios.
Carlos Montemayor, "La
guerrilla en México hoy", Fractal
n°11, octubre-diciembre,
1998, año 3, volumen III, pp. 11-44.
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