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Las
barracas estaban divididas en dos sectores cada una. Nadie del edificio
se podía comunicar con las barracas. Cada piso estaba aislado
de los otros. Cada sector dentro de un mismo piso estaba aislado
de los otros sectores, cada ala estaba aislada de la otra. Si contamos
pisos, barracas, sectores, alas, la suma dice que los más
de mil presos allí encerrados estaban divididos en unos treinta
grupos incomunicados entre sí.
Todo
esto es complicado y no vale la pena tratar de comprenderlo. Ni
siquiera los presos llegaban a hacerse una idea exacta de la engorrosa
organización que dominaba los traslados de individuos, los
traslados de objetos, el procedimiento para higienizarse, para colgar
la ropa lavada, el reparto de la comida, el envío y la recepción
de cartas, las visitas de familiares y abogados, lo autorizado,
lo prohibido, la vida toda.
Cuando
uno, después de años, creía saber cómo
funcionaba algo, se daba cuenta de que no había logrado pasar
más allá de la superficie; que en lo profundo la organización
tenía otras complejidades, recovecos, zonas oscuras indomeñables
para el más experimentado administrador. Todavía más:
si lograba penetrar en lo hondo, llegaba a ver que las excepciones
a los procedimientos establecidos eran tantas, que en último
análisis todos eran casos para los que el plan organizador
intentaba encontrar soluciones lógicas, pero que las soluciones
nunca resultarían organizables en un sistema consistente.
Aun así, todo en la cárcel daba la impresión
de tener una razón. El sector de la vida rebelde a la racionalidad
castrense estaba en estudio, y ya se lograría dominarlo.
El
paisaje del lugar era un yermo de metal y rejas, poblado de soldados,
perros, garrotes y reglamentos. El prisionero iba a consagrarse
durante años a inventar la realidad, a nombrar lo que no
existía para que comenzara a existir. Era necesario generar
situaciones donde la alegría y la risa aparecieran como espontáneas.
Y aparecían, siempre aparecían, y nadie podía
entender de qué se reían aquellos individuos.
Aislamiento
y complicación burocrática eran las características
del Penal de Libertad. Aislamiento del mundo, del resto del país
y de los presos entre sí, hasta llegar al aislamiento individual.
La cárcel parecía un satélite artificial, sobre
sus columnas, inmóvil sobre el planeta Tierra, ajeno a las
leyes de la sociedad y de la naturaleza. La vida se transformaba
en moléculas que nunca llegaban a dar la imagen de un cuerpo
único.
A lo
anterior hay que sumarle medidas como obligar a los presos a marchar
siempre con las manos a la espalda, identificarlos por un número
que debían usar en el uniforme gris, en la camiseta, en las
sábanas, en el pantalón de fútbol, número
por el que uno era conocido, llamado, sancionado. Los presos no
tenían pelo. Se los rapaba una vez por semana, o cada tres
o cuatro días, o una vez al día. Hubo afortunados
que fueron rapados de mañana y de tarde el mismo día.
Lo
que no estaba expresamente autorizado caía en la categoría
de lo prohibido. La categoría era exquisita en el territorio
de la lectura. Cubría toda la Historia desde la Revolución
Francesa (incluida ésta) en adelante, la física, química,
electrónica, ciencias sociales, Víctor Hugo, Borges,
Proust, Jardiel Poncela, Benedetti, los Hermanos Marx, la Biblia
Latinoamericana. Nadie podría adivinar qué autores
estaban prohibidos porque la lógica militar sigue parámetros
inefables para el entendimiento de los civiles.
En
aquella pequeña jungla de espacios compartimentados, reglamentos,
órdenes, disposiciones contradictorias, arbitrariedades generales
y de detalle, arbitrariedades permanentes y circunstanciales, decididas
por las más altas cabecitas pensantes de las Fuerzas Armadas,
y decididas también por el soldado del momento, la realidad
se volvía abstracta. Cuando el mundo es parcelado y absurdo
uno despega, entra en otra cosa, algo que al comienzo no sabe bien
qué es y que luego de mucho tiempo logra organizar en la
cabeza, o no logra organizar y se pierde en el delirio y la triste
locura.
Había
un problema menor que yo comprendí mucho tiempo después
de haber ingresado al penal, cuando comencé a escribir: en
la cárcel no existen objetos comunes, los que uno usa en
la sociedad. No hay un reloj, una silla, una olla. Uno no enciende
ni apaga la luz, no tiene llave para abrir y cerrar puertas, no
hay un cuarto de baño, o el cuarto de baño es también
dormitorio y comedor sin puerta, no hay una corbata, un pantalón,
un peine. Uno no enciende ni apaga ningún fuego, no tiene
dinero, no compra, no paga, no llama por teléfono, no lee
el diario, no enciende la radio ni el televisor.
Uno
acaba por olvidar cómo son muchos objetos y las situaciones
en las que se utilizan. Esto aumenta la extrañeza con respecto
a la palabra. Vocablos que uno conoce pierden utilidad, pasan a
la categoría de cosas que solo viven en el lenguaje, como
El Cipango y el número pi
La
obsesión por la palabra
Lo más
reprimido en la cárcel era la palabra. Si uno pasa mucho
tiempo sin hablar pierde el hábito. Cuando un día
se le permite volver a hacerlo, se aturde, siente dolor de cabeza,
le duelen las mandíbulas, prefiere escuchar lo que dice otro,
o mejor el silencio.
Como
el ser humano es empecinado y el preso lo es por definición,
porque por algo está en la cárcel, alguna norma violó,
cuando uno no puede hacer uso de la palabra no hace otra cosa que
querer hablar. Entonces la palabra adquiere un valor que no tiene
en la vida normal: comienza a hacerse evidente que poder decir algo
y que otro escuche y responda es una maravilla, la más grande
maravilla del ser humano. En ese momento uno descubre lo que siempre
supo pero nunca necesitó formularse: que el que es, es por
la palabra.
Luego
el preso pasará a aplicar esta conclusión a la sociedad,
donde viven los libres. Si fuera de la cárcel hay gente que
carece de la palabra, gente que no puede nombrar ni lo que existe
ni lo que no existe, ¿cuál es la libertad de esa gente?
Quien no puede expresarse o no tiene tiempo para pensar en qué
y cómo merece ser expresado, ¿es?
El
intento de romper el aislamiento y la imposibilidad de conseguirlo
produce, sucesivamente, una sobrevaloración de la palabra
y una subvaloración posterior. Porque uno avanza hasta preguntarse:
¿para qué hablar? ¿Hablar para nombrar qué
realidad? ¿La realidad de la cárcel o la verdadera
realidad que transcurre en el mundo y que al preso le está
vedada? Mejor no hablar, mejor el silencio.
La
falta de oportunidades de comunicarse hace que al principio uno
viva obsesionado por romper el aislamiento, inventa códigos,
lenguajes por golpes, lenguajes por señas. Pero esto, que
a su vez valoriza de un extraño modo el habla, lleva a que
las pocas oportunidades de comunicarse que se tienen sean aprovechadas
al máximo. Se habla poco, claro, breve. Nadie puede darse
el lujo de hacer largos discursos faltos de contenido objetivo,
o de lo que a uno le parece objetivo, cuando la palabra está
tan vigilada y reprimida. Así el lenguaje gana en precisión
y pierde en dimensión, una dimensión que trataré
de explicar con un ejemplo.
Al
salir de la cárcel tuve esta sensación. Durante años
nunca había hablado más que con una persona a la vez
porque estaba prohibido juntarse más de dos en el patio.
Con mi familia y los amigos nos sentábamos ocho o diez personas
alrededor de una mesa. Todos hablaban a la vez. De acuerdo a mis
hábitos, lo que los demás decían era importante
porque ¿por qué iban a hablar si no? Entonces yo quería
atenderlos a todos, y me desesperaba porque todos hablaban al mismo
tiempo. Empecé a darme cuenta de que lo que alguien decía
no era atendido por los demás, se interrumpían unos
a otros, cambiaban de asunto sin que al que estaba hablando le importara
mucho. Yo los observaba, me parecía imposible que aquello
fuera hablar. Luego entendí que no se decían nada,
que estaban jugando. La gente se reúne no para contarse cosas
importantes sino para jugar con las palabras. En los viejos tiempos,
en las oportunidades en que podía conversar con alguien,
yo hablaba 60 minutos y decía lo que tenía para decir.
El otro escuchaba sin afirmar ni negar, en silencio. Dos o tres
o cuatro semanas después el otro contestaba, en 60 minutos,
todo lo que mi monólogo le había parecido. Era una
especie de comunicación por telégrafo, uno por vez
El
animal hablado
Había
en la cárcel de Libertad un lugar especial que se llamaba
"La isla". En aquel sitio separado del mundo que era el
Penal de Libertad, había otro todavía más aislado,
que se definía por su propio nombre. La isla eran los calabozos,
el lugar donde se metía a los presos que infringían
el reglamento, o se negaban a cumplir órdenes, o se rebelaban
contra la arbitrariedad, o cometían errores, o habían
caído en desgracia con algún militar. Motivos para
ir a parar a La isla no escaseaban.
Los
calabozos eran un lugar siniestro dentro de la cárcel. Algunos
de los que allí entraron no volvieron a salir y los que salieron
habían cambiado en algo sustancial que los volvía
otros.
La
isla era soledad, silencio y represión. No se podía
hablar, nunca. No había luz, el agua para beber era racionada
por los militares: por motivos ajenos a la comprensión del
preso podían darla a las diez de la mañana, a las
seis de la tarde o a las tres de la madrugada. El calabozo era una
habitación de 2 x 2, de cemento gris, separada de la verdadera
puerta por una reja, con un agujero en un rincón. El agua
corría por las paredes y el suelo, el viento soplaba por
un hueco a la altura del techo. Dos veces por día se abría
la puerta y le entregaban al castigado un plato de aluminio con
comida hirviendo. A los cinco minutos lo retiraban. Uno no se bañaba,
no se afeitaba, no veía caras. Una vez por semana le cortaban
el pelo. Podía tener barba de un mes, pero nada de pelo.
El
tiempo del castigado no es el tiempo de la sociedad: es el tiempo
que falta para cumplir el castigo. Para el castigado el futuro va
comenzar el día en que acabe el castigo. El presente no es
el tiempo de la Historia, del trabajo, de la creación, de
la lucha con otros hombres y con cosas: es un paréntesis
fuera del mundo. El castigado vuelve a la soledad esencial en que
nacemos. Se convierte en un pensador a tiempo completo porque allí
uno solo puede pensar. Está solo con sus pensamientos: 16
horas por día despierto, caminando en los dos metros y medio
de la diagonal.
Cuando
un ser humano está solo, absolutamente solo, cuando no hay
naturaleza ni cultura ni sol ni luz artificial ni sonido, no está
en el mundo. Entonces, ¿qué le queda? Le queda su
propio cuerpo y le queda la palabra pensada. La palabra es el pasado,
la tradición, la cultura. El cuerpo y la palabra son toda
la vida del hombre absolutamente solo. Pero la palabra allí
no vale para nombrar lo que no se tiene, ni para comunicarse. No
hay nada, es el vacío: el agua no es agua, es humedad en
las paredes. El sonido es el crujir de alguna puerta. La luz es
la que el ojo inventa en la oscuridad las imágenes que crea
en las manchas de las paredes. Los olores son los del animal y sus
heces. Está el cuerpo y está la palabra, pero el cuerpo
no sirve para trabajar ni para el placer y la palabra no sirve para
nombrar la ausencia de cosas, de gente, de amante, de amigos, vecinos,
padres, hijos.
En
aquel lugar, cuando la piel comenzaba a caerse por falta de sol,
lo único que importaba era uno mismo. Uno se repetía:
"Debo vivir, debo vivir, contra todo. Si el mundo se hunde,
yo igual viviré." Aunque no sabía bien por qué,
a uno le parecía que vivir era necesario. Para sobrevivir
uno se concentra tanto en la naturaleza que se vuelve sólo
cuerpo, se vuelve una bestia.
La
palabra es la única compañía del castigado
y es también su peor enemigo. A la bestia le basta con comer,
beber agua, dormir algunas horas. En cambio la palabra no cesa de
hostigar a la pobre bestia. En la palabra están los recuerdos,
las ilusiones, las preguntas incontestadas, lo que se hizo mal,
lo que no se hizo y se debió haber hecho. En la palabra está
el ser humano. Pero uno duda de ser todavía humano, y más
duda cuando al carcelero, por mera diversión, se le ocurre
dejar sin comer a los presos. En La isla no hay voces más
que la propia para responder, para estimular, disentir, aprobar
y recordarle a uno que es mejor ser humano que ser bestia. Uno intuye
que sin la palabra sólo quedaría la bestia, y es seguro
que la bestia sobreviría mejor que uno, que carga la maldición
de ser un animal hablado.
Pero
entonces, ya en el límite, la palabra inventa una voce-cita,
muy tenue, que habla, que vuelve a inventar el mundo, los colores,
los sonidos, los olores agradables, las amables voces conocidas.
Entonces la palabra vuelve a ser la salvación, vuelve a crearlo
todo: los pájaros cuyo nombre nunca conoció, una puesta
de sol en la infancia, los árboles y su sombra, una cancioncita
trivial, la leyenda de la Escuela Pitagórica sobre los números
irracionales, un cuento de Dino Buzzatti donde hay un rey, un gol
que vio hacer a su jugador favorito. Todo vuelve a ser, a existir
por el poder del que, no teniendo nada, descubre otra vez que posee
la palabra, que es la que todo lo crea.
Es
una lucha donde el único objetivo es sobrevivir. El mundo
desaparece, uno se tiene a sí mismo y con ese individuo tiene
que convivir. Uno puede despreciarse, sentirse lástima, odiarse
un poco, pero no se puede declarar la guerra total ni condenar al
otro que uno es. En algún momento tiene que absolverse, creer
en sí mismo, sentir que aun siendo la vida lo que es, vale
la pena vivirla.
Uno
hace las paces, se respeta los defectos, rescata algo positivo,
aunque sea mínimo, aunque sea ilusorio. De pronto se sorprende
hablando solo. La primera vez la sorpresa de escuchar la propia
voz puede provocar miedo: uno cree que hablar solo es el signo evidente
de que ya se pasó para el otro lado. Luego se da cuenta de
que hablar, aunque sea solo, es necesario y es sano. Entonces, reconciliado,
se cuenta cosas, recuerda en voz alta, se canta canciones, formula
frases que no quiere que se le escapen en el torrente del pensamiento.
De
la palabra a la libertad
Cuando
nada es posible uno hace lo que puede dentro del estrecho andarivel
que le dejan y, aunque no parezca, entre esos límites cabe
un territorio prácticamente infinito. Por inversión
extraña de las cosas, cuando el preso piensa en el mundo
de fuera de la cárcel y lo compara con el suyo, siente que
puede ejercer su libertad más que los otros.
Como
no puede hacer que algo cambie, el preso trabaja sobre sí
mismo, que es la única materia que puede dominar. A transformarse
dedica las 24 horas del día. Esa transformación obliga
a transformar el idioma, en varias etapas, en varias capas: el que
él es, el proyecto de sí mismo, la representación
ante el guardián, la relación con el preso que está
en la celda de al lado, su secreto pasado.
La
mentira ante el guardián que el preso representa permanentemente,
está vigilada por el que él siente que es. Vive representando
y representándose a toda hora. Es una obra de teatro sin
pausa. Puede hacerse el que no sabe, el que no entiende, el distraído,
el tonto, el loco. Cada una de esas representaciones exige coherencia
en las acciones y un lenguaje también coherente. El preso
escribe el guión y lo representa. Él es su propia
obra de teatro, y esa obra, en la que se le va la vida, implica
una moral para mostrar al represor y otra para sí mismo.
Aun la insanía tiene una lógica. El preso se hace
el loco para no enloquecer. Cada paso en la locura premeditada es
una experimentación con el lenguaje. ¿Cuál
de los dos soy, el loco, o el que hace que está loco?
Ante
el represor vale todo, pero no hay que olvidar que esa segunda moral
es hija y dependiente de la otra, la de la dignidad. El preso es
un ser vencido, pero su existencia desafía a los vencedores.
En una cárcel de presos políticos el preso es siempre
"un enemigo de la sociedad". Ser un enemigo que no tiene
nada ni nada puede, es una especie de escándalo existencial:
suena dramático y acaba siendo ridículo. La mera existencia
es ya resistencia, y le da al más débil un poder que
el vencedor no tiene. Al vencido le basta con existir para dar significado
al mundo. Al vencedor no le basta ni la muerte del vencido: observa
al preso día tras día, meses, años: el otro
sigue existiendo, respira, piensa, hace cosas en silencio. El vencedor
sabe que lo que él ve no es más que una representación.
Pero como el preso tiene muchas capas de representación,
el represor no sabe nunca cuándo está frente a una
representación y cuándo está frente al verdadero
individuo. El preso, para el guardián, es un misterio. Nunca
sabrá quién es. Esto hace del preso un ser poderoso
y libre.
En
el mundo desarticulado de la cárcel, parcelado, desconectado
del gran mundo, y a su vez dividido en trozos inconexos, la palabra
primero se retrae. Con los años, poco a poco la cárcel
comienza a reflejarse en el lenguaje. El lenguaje organiza la realidad,
le da forma, le impone un sentido y así modifica la realidad.
Entonces las palabras vuelven por su camino, vuelven a conquistar
trozos de libertad. Ahora tienen a su favor el peso que han adquirido
después del viaje al límite, allí donde reside
el animal y donde el ser humano se confunde con él.
Nunca
se supera la añoranza del mundo real, el de los libres. Pero
aparece una línea oblicua para llegar a él: la ironía,
el humor negro. Cuando nada puede estar peor, no hay nada de qué
reírse. Pero entonces, como nadie es más grotesco
que un preso, todo puede ser motivo de risa. Esto acaba por dar
una extraña fuerza: uno pasa a ser blanco de sus propias
bromas y así se salva. El lenguaje vuelve a salvarlo. Uno
ha organizado el terror a morir, ha discutido con él. No
lo ha vencido, pero lo mantiene a raya. En una etapa posterior uno
puede bromear sobre sus propia situación. ¿Y por qué
no hacerlo con la situación de los demás, de los libres,
los que están afuera, que no saben lo que es la verdadera
libertad?
La
reflexión en torno al lenguaje, el llegar al límite
donde el ser humano comienza a ser solo animal, lleva al descreímiento
en el lenguaje. La palabra es la cultura, y la cultura, propiedad
de los vencedores, es mentira, represión, arbitrariedad,
mal-trato. Las palabras se vuelven inanes: todas las palabras, las
de otros, las propias. Por este camino de la desconfianza en el
lenguaje se llega a una ironía esencial y peligrosa. Uno
desconfía del lenguaje, de sí mismo, de todo lo que
se dice, y le parece que hasta el conocimiento científico
es una construcción vacía.
Esto
es sano, porque desarrolla la capacidad de nunca tomarse demasiado
en serio. Pero es peligroso, porque puede llevar al descreímiento
total en el ser humano, que es la palabra.
Por
fortuna uno acaba descubriendo las palabras esenciales, las de la
amistad, las de la solidaridad, la que nombra el sabor del pan y
de la sal. Entonces vuelve poco a poco a rescatar la palabra, un
poco temeroso, con mucho cuidado, comienza a sacarla de la basura
donde la dictadura la ha hundido. Recuerda lo que ya sospechaba,
o accede a un nuevo conocimiento: el ser humano no es solamente
una criatura luminosa o solamente una bestia. El ser humano es las
dos cosas y el lenguaje refleja las dos. Que el torturador también
tenga el don de la palabra no anula el valor del silencio del torturado,
que en el tormento se tragó las respuestas. Pese a la hipocresía,
a la mentira, a la corrupción del pensamiento y los sentimientos
que toda dictadura quiere imponer a la convivencia, hay palabras
que importan y mucho, y esas deben ser salvadas para poder salvarnos.
Soledad
y solidaridad, muerte y libertad, fueron objetos de reflexión
alguna vez para cada preso, no importa con qué grado de elaboración
y desarrollo ni hasta dónde llegó con las respuestas.
Quisiera decirlo con pocas palabras y mucha modestia: yo, además
de hacerme adulto, me hice escritor en la cárcel, y siento
que algo de este viaje a los límites de la lengua están
en el fundamento más profundo de todo lo que he escrito,
en y después de la cárcel.
Carlos Liscano, "El
lenguaje de la soledad", Fractal
n°11, octubre-diciembre,
1998, año 3, volumen III, pp. 45-57.
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